jueves, 8 de enero de 2026

GA090b Lugano, 10 de enero de 1906 -. Lo efímero y lo eterno.

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AUTO CONOCIMIENTO Y CONOCIMIENTO DE DIOS

RUDOLF STEINER

Lo efímero y lo eterno.

Lugano, 10 de enero de 1906

Conferencia 38

Nuestros pensamientos, sentimientos y anhelos se mueven en dos direcciones y nos llevan a dos concepciones de lo que nos rodea constantemente: lo efímero y aquello que el ser humano anhela, lo eterno, acerca de lo cual espera obtener una explicación, que intenta descifrar porque le parece un enigma de la vida.

La verdad que busca el ser humano ha sido siempre la misma, pero los seres humanos no son siempre los mismos; por eso, a lo largo de los tiempos, dependiendo del desarrollo de la humanidad, las respuestas a las preguntas sobre la verdad han sido diferentes. La corriente de pensamiento que hoy en día quiere darnos la respuesta a la cuestión de lo eterno de una manera adecuada se denomina teosófica. Ha alcanzado su pleno desarrollo en las últimas cuatro décadas. «Teosofía significa literalmente: sabiduría de Dios. Sin embargo, el movimiento actual no significa que queramos recibir sabiduría de Dios; para el teósofo la deidad que buscamos es también aquello a lo que quiere acercarse continuamente, pero que no puede comprender con conceptos; porque vendrán tiempos en los que tendremos conocimientos muy diferentes y mucho más elevados del concepto de Dios, de aquello a lo que miramos con admiración. Por lo tanto, sería presuntuoso querer comprender a la divinidad con las capacidades actuales. Tampoco podemos decir que el futuro lo hará. La teosofía quiere difundir la sabiduría de Dios; quiere introducir otro tipo de conocimiento. El ser humano llama conocimiento a lo que puede percibir con los sentidos y combinar con la mente. Pero consideremos ahora cuánto queda aún en el alma cuando dejamos de lado todo lo que vivimos un día en un lugar determinado, —Lugano—, y en un momento determinado, —hoy—. Nos sentiríamos muy diferentes si, en lugar de en Lugano, viviéramos en Moscú, por ejemplo, y en lugar de hoy, viviéramos hace cien años. Dejemos atrás lo que está ligado al lugar y al tiempo y busquemos cuánto queda entonces en el alma. 

Lo que el ser humano entiende habitualmente por conocimiento está relacionado con el lugar y el tiempo; y quien lo acepta es el ser humano efímero. Sin embargo, la esencia más profunda del ser humano no adquiere el conocimiento sirviémdose de los sentidos. Él conoce aquello que es válido en todas partes y en todo momento. Las religiones quieren dar a conocer al ser humano aquello que no está ligado ni al lugar ni al tiempo. Y el sentido de la religiosidad es la conexión entre lo humano y lo eterno. La teosofía es el conocimiento de este ser humano interior, de su esencia. La teosofía no es el conocimiento de algo diferente a lo que nos rodea, sino solo de otra parte de lo mismo. Supongamos que un ciego de nacimiento hubiera sido operado con éxito en esta sala. Los mismos objetos siguen ahí, como antes, pero ahora con revelaciones completamente diferentes para él.  De manera similar, gracias a la teosofía, el ser humano aprende sobre las mismas cosas que antes, —personas, plantas, animales y minerales—, pero descubre otras propiedades de ellas. Así como la cirugía sirve para que el ciego pueda ver el mismo objeto con los ojos, la teosofía sirve para señalar otra apariencia de las cosas, lo que para él son nuevas cualidades espirituales y anímicas de las cosas. De este modo, le parecen estar en relaciones más estrechas con los seres humanos y con todo el resto del mundo. De esta manera, el ser humano se eleva y las cosas adquieren un nuevo significado para él. La teosofía es el conocimiento de la parte imperecedera del ser humano. Podemos medir lo que es la esencia imperecedera del ser humano, lo que es la esencia del hombre divino, con las palabras de Goethe:

Si la esencialidad del ojo no fuera solar,
¿cómo podría ver el sol?
Si no residiera en nosotros el poder de Dios,
¿cómo podría deleitarnos lo divino?

El ojo debe encontrarse con el rayo del sol; lo mismo ocurre con la fuerza interior del alma y la fuerza fluida de la divinidad. Los místicos lo han expresado a su manera; por ejemplo, Angelus Silesius, con las siguientes palabras:

Aunque Cristo nazca mil veces en Belén y no en ti, seguirás perdido eternamente.

Debido a la mediación del núcleo eterno del ser, el conocimiento es un tipo de conocimiento diferente al que obtenemos a través de nuestros sentidos y nuestra mente. Por lo tanto, distinguimos diferentes tipos de naturaleza humana, en la medida en que el ser humano es eterno o efímero. Por lo general, se concibe al ser humano de forma muy uniforme. Se puede ver al ser humano con los ojos, es perceptible para los sentidos como un mineral. Pero, aunque el anatomista diseccione el cadáver, solo experimenta lo que puede ver con los ojos y tocar con las manos. El ser humano que él observa es igual que la naturaleza inerte que se encuentra en el exterior. En su cuerpo tienen lugar los mismos procesos físicos y químicos. Este ser humano es lo mismo que los minerales; algo más complejo, sí, pero igual que el resto del mundo físico en sí mismo.

Pero eso no es la totalidad del ser humano, sino solo la primera parte del ser humano. Por lo tanto, existe una diferencia entre los demás cuerpos físicos y el cuerpo humano. Si reproducimos a un ser humano y le cortamos la mano a este ser humano reproducido, sigue siendo una mano; si se la cortamos al ser humano real, se marchita; mi mano solo puede existir conmigo. Fuera de mí, deja de ser una mano. Un médico dirá: «Es muy natural, porque ya no circula sangre por ella». Pero la pregunta es: ¿por qué mi mano necesita sangre y la otra no?

Y así llegamos al segundo eslabón del ser humano: todo el cuerpo es un ser vivo, a diferencia del cristal. A aquellos seres de los que, si se les quita una parte, ya no siguen siendo los mismos, se les denomina «seres vivos». Los seres humanos tenemos, pues, este cuerpo vital que mantiene unidas las distintas partes, y a este cuerpo vital lo llamamos cuerpo etérico. Para el teósofo, es tan real como el cuerpo físico. Y al igual que compartimos el cuerpo físico con todos los minerales, compartimos el cuerpo etérico con todas las plantas. El ser humano es una planta; crece y se reproduce, porque estas propiedades dependen del cuerpo etérico.

Aún más substancial que este es el tercer eslabón. En el mismo espacio que el cuerpo físico y el cuerpo etérico se encuentra una suma de placer y dolor, una suma de instintos y pulsiones, pensamientos e ideas, que pueden ser atravesados con una espada al igual que el cuerpo físico y el cuerpo etérico. Durante siglos se le ha dado a este tercero el nombre de cuerpo astral. Este cuerpo lo compartimos con todos los animales. El ser humano es, por tanto, un ser que reúne en sí mismo los tres reinos de la naturaleza: mineral, vegetal y animal. Goethe lo reconoció y Schiller lo documentó con las palabras más bellas en su primera carta a Goethe:

Desde hace mucho tiempo, aunque desde bastante distancia, he observado el curso de su mente y he seguido con admiración renovada el camino que usted se ha trazado. Usted busca lo esencial de la naturaleza, pero lo busca por el camino más difícil, del que cualquier fuerza más débil se mantendrá alejada. Usted toma la naturaleza en su conjunto para obtener luz sobre lo particular; en la totalidad de sus manifestaciones busca la razón que explica lo individual. [Carta del 23 de agosto de 1794]

Un naturalista de principios del siglo XIX, Lorenz Oken, describe al ser humano como un extracto armonizado de todas las características del reino animal. Paracelso, el gran médico de la Edad Media, dice: «Lo que se extiende en letras individuales, se une en el ser humano; hay que deletrear toda la naturaleza para poder recomponer al ser humano».

Así, tenemos al ser humano en su triple naturaleza: mineral, vegetal y animal, en el cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral.

Las naturalezas sutiles reconocen aún una cuarta parte; así Jean Paul, que cuenta de sí mismo: «De niño, una vez me encontraba delante de un granero. De repente, se me ocurrió una idea completamente nueva: tú eres un yo, y ahora me parecía haber mirado dentro del pasado de mi ser».

Cuando nombramos las cosas, descubrimos que cada una tiene su nombre específico, como mesa, silla, banco, un nombre con el que cualquiera puede designar el objeto en cuestión. Solo el ser humano tiene un nombre que solo él puede pronunciar, que solo él puede atribuirse a sí mismo. Los espíritus profundos de las religiones siempre desarrollan este sentimiento. Por eso los judíos han llamado al nombre inefable de Dios, Yahvé, el Yo. No puedo comprender mi yo desde fuera, solo desde lo más profundo de mi interior. En mi interior, Dios se anuncia en mi alma. Este yo mantiene unido todo lo demás, y el trabajo del yo en los otros tres cuerpos es el desarrollo del mundo. El yo domina toda la animalidad en sí mismo y la ennoblece.

Cuando Darwin llegó una vez a una zona donde vivían caníbales, les dijo que no estaba bien comer personas. Él recibió como respuesta que cómo podía saberlo. Como nunca había probado carne humana, no podía juzgar si era buena o mala. Por «bueno» y «malo», el salvaje solo entendía lo agradable y lo desagradable. El conocimiento de que comer personas es algo indecoroso se ha desarrollado gracias al trabajo del yo en el cuerpo astral. Al principio, los deseos son crudos, pero el yo los refina, trabaja el cuerpo astral, —el cuerpo de los deseos—, de tal manera que se convierte en una criatura del propio yo. Entonces ya no sigo mis instintos, sino lo que mi yo, —mis deberes—, me dicta. A un cuerpo astral así, completamente transformado, lo llamamos quinto miembro, Manas. El ser humano actual ha alcanzado parcialmente este estadio. Cuando haya trabajado todo el cuerpo astral, estará maduro para trabajar también su cuerpo etérico. Si lo consigue, habrá alcanzado en sexto lugar el budhi y, desde el plano del budhi, podrá finalmente trabajar también el cuerpo físico. Cuando domine el cuerpo físico, se despertará en él, en séptimo lugar, todo su ser, el átma.

Así tenemos al ser humano en sus siete miembros: cuatro miembros inferiores y, por último, tres superiores, que el ser humano desarrolla por sí mismo. También el cuerpo astral es, en parte, resultado del trabajo del yo.

¿Qué ocurre cuando el ser humano muere? Entonces tenemos ante nosotros el cuerpo físico. Se ha comparado la muerte con el dormir; pero el dormir es algo diferente, un estado en el que el ser humano deja de ser temporalmente lo que realmente es. ¿Qué tiene el ser humano dormido de lo habitual? Los procesos físicos y químicos, la digestión y los demás procesos vitales, se desarrollan igual que cuando está despierto; el placer y el dolor se olvidan. Si pinchamos al durmiente, no lo nota hasta que se despierta. En el ser humano dormido, el cuerpo físico y el cuerpo etérico, o cuerpo vital, están ante ustedes. El cuerpo astral, el cuerpo de deseos, no está presente, de lo contrario, la persona dormida también sentiría placer y dolor. El yo con el cuerpo astral se ha ido. Por lo tanto, el dormir es una separación del cuerpo astral, el cuerpo de deseos. El dormir se ve interrumpido inicialmente por los sueños. Pero los sueños no son como las experiencias despiertas. Distinguimos tres tipos de sueños:

Primero: recuerdos de la vida cotidiana, reminiscencias. Segundo: percepciones del entorno, pero de una manera especial. Quizás veamos la lámpara, pero no cómo está colocada. El tictac de un reloj junto a nuestra cama puede sonar en el sueño como el trote de un caballo, expresado de manera simbólica. Por lo tanto, en segundo lugar, el sueño es un creador de símbolos. Por ejemplo, una campesina sueña que va del pueblo a la ciudad, entra en la iglesia para escuchar el sermón. El párroco en el púlpito levanta las manos. Sus manos se convierten en alas. De repente, en lugar de hablar, empieza a cantar y fuera ha cantado el gallo. Esta es la forma pictórica en que el sueño actúa y crea. El cuerpo astral es el gran simbolista, transformó el canto del gallo en la imagen simbólica.

Tercero: el tipo de sueños se caracteriza por ser restos de las experiencias del cuerpo astral cuando se separa del físico y permanece en otro mundo, el mundo astral. Los sueños pueden formarse, en lugar de ser caóticos, con gran regularidad.

La muerte: cuando el ser humano muere, ocurre algo diferente; no solo se desprende el cuerpo astral, sino que también se lleva consigo el cuerpo etérico. El ser humano dormido vive, pero el ser humano fallecido ya no vive, porque ha perdido el cuerpo etérico, el cuerpo vital. Después de un tiempo el cuerpo etérico se entrega al resto del mundo etérico. Entonces queda el cuerpo astral con el yo. Consta de dos partes: lo que no se ha trabajado y lo que el ser humano ya ha incorporado. Todo lo que le ha sido prestado desde fuera debe entregarlo después de la muerte; y, concretamente, entrega lo animal en el Kamaloka, el mundo astral. En él se le encomienda la tarea de despojarse de la envoltura que no ha cultivado; entonces aún posee lo que ha trabajado puramente en su yo.

Al Kamaloka le sigue el Devachan, el lugar donde vive todo lo divino, es decir, el yo, y lo que ha divinizado en su cuerpo astral. Allí, el ser humano madura para regresar a esta Tierra, y lo que aquí necesite debe tomarlo en su nueva vida. En la nueva vida, ennoblece cada vez más su cuerpo astral. Solo puede hacerlo si obtiene un nuevo cuerpo etérico. Esta reintegración de los miembros inferiores conduce a la reencarnación. Lo que el ser humano ha incorporado a su cuerpo astral es eterno; lo que debe desprenderse es efímero, es decir, lo que aún no ha trabajado. Cuando haya llegado al punto de haber trabajado todo su cuerpo astral, deberá trabajar también, en un nivel superior, su cuerpo etérico. A una persona así la llamamos chela.

La doctrina de la sabiduría distingue entre el simple hombre culto y el chela. En la antigua Grecia había escuelas en las que no solo se impartía la gran cultura, sino que también se formaban chelas, es decir, iniciados. A estos se les exigía haber pasado por una catarsis, una purificación, una expiación. Solo entonces se despiertan el budhi y el Cristo. La diferencia entre el hombre culto y el chela en la muerte es la siguiente: cuando muere un chela, su cuerpo etérico ya no se disuelve en el éter cósmico, sino que permanece tanto como el yo haya trabajado en él. El chela vuelve a encontrar su cuerpo etérico para volver a incorporarlo en la reencarnación, mientras que el hombre culto recibe uno nuevo.

Por ejemplo, lo que prescriben las religiones, la verdadera piedad, tiene un efecto sobre el cuerpo etérico. Dejar que la sabiduría interior surta efecto en uno mismo conserva el cuerpo etérico. Entre los libros que ofrecen sabiduría interior se encuentran: [«El libro del consuelo divino»]; Frases de «El seguimiento de Cristo»; en el «Nuevo Testamento», el Evangelio de Juan contiene, a partir del capítulo trece, frases inspiradoras que despiertan el interior del ser humano, la fuerza eterna que hay en él. En «Luz en el sendero», escrito por Mabel Collins, cada frase es inspiradora. Las siguientes cuatro frases son especialmente fortalecedoras para la fuerza etérica:

Antes de que el ojo pueda ver, debe deshabituarse de las lágrimas.
Antes de que el oído pueda oír, debe desaparecer su sensibilidad.
Antes de que la voz pueda hablar ante los maestros, debe desaprender a herir.
Y antes de que el alma pueda presentarse ante ellos, debe regar sus pies con la sangre de su corazón.

Otro medio es la búsqueda de verdades terrenales. El conocimiento y la sabiduría actúan sobre el cuerpo astral. Profundizar en las obras de la belleza: las madonas de Rafael. Dejar que la belleza fluya en uno mismo actúa sobre el cuerpo astral. El chela transforma este trabajo en uno consciente. Cuando el chela ha trabajado su cuerpo etérico, entonces tiene que trabajar para someter su cuerpo físico a su dominio.

Al trabajar mi cuerpo astral, me convierto en una persona más noble, más sabia y mejor, y como tal puedo animar a otros a ennoblecerse. Este es un efecto de persona a persona; la persona buena y sabia ejercerá una influencia más benéfica que la contraria. El cuerpo etérico tiene su capacidad no solo en el mundo físico, sino también en el mundo de los pensamientos. A través de la imaginación, a través de los pensamientos, se puede influir en los demás. Puedo enviar los pensamientos de mi alma a otros. Hablar, exhortar es actuar en el mundo físico. Del mismo modo, se pueden ejercer efectos en el mundo suprasensible en la medida en que se trabaja el cuerpo etérico y se despiertan fuerzas latentes. Al seguir los pensamientos hasta la herramienta, se convierten las fuerzas del cuerpo físico en sobrenaturales. Este ideal es Atma, o como dice el cristiano: la comunión con el Padre.

Quien trabaja así en sí mismo, se adentra en lo eterno. La piedra se desintegra, es absorbida por la tierra; también la planta entrega su cuerpo físico a la tierra, su cuerpo etérico al éter universal. El ser humano, al igual que el mineral, entrega su cuerpo físico a la materia física, al igual que la planta entrega su cuerpo etérico al éter universal. El cuerpo astral se disuelve gradualmente en el kamaloka, salvo aquellas partes que han sido trabajadas. Algo permanece. El ser humano se vuelve inmortal a través de lo que ha trabajado en su cuerpo; crea un núcleo esencial.

El cuerpo físico es más amplio que el cuerpo astral; no tiene ninguna parte que sea mala. Consideremos, por ejemplo, un fémur. No es una masa compacta, sino, —desde un punto de vista microscópico—, una estructura maravillosa que ningún ingeniero podría construir. Ninguna viga es más fuerte de lo que debe ser. Nada de esto lo construye ningún arquitecto, sino que se construye ahí fuera, en el cosmos. El corazón humano, con todas sus fibras, todo el cuerpo físico, es un producto del orden divino.

El cuerpo astral ataca continuamente al cuerpo físico. El corazón está bien. Entonces llega el cuerpo astral, —el cuerpo de los deseos—, con vino, té y otras sustancias estimulantes, y perturba su ritmo normal. Se necesita mucho tiempo para que el cuerpo astral llegue a ser tan sabio como el físico. Pero entonces puede trabajar en su cuerpo etérico. Cuando el cuerpo etérico también es sabio, se trabaja el físico; este fortalece el cuerpo físico en el futuro. Pero, ¿quién actúa hoy en su cuerpo físico? La deidad; ella crea en los miembros de la naturaleza humana aquellos en los que el ser humano aún no crea por sí mismo. Volvamos al ejemplo de la mano cortada. La mano solo puede existir en el cuerpo; separada de él, se marchita.  Del mismo modo, si me elevaran solo unos kilómetros por encima de la Tierra, me marchitaría como una mano cortada. De ello se deduce que, como ser humano físico, estoy ligado al lugar en el que me encuentro. Al igual que no puedo considerar la mano por separado, tampoco puedo considerar al ser humano sin la Tierra. El ser humano no es un cuerpo en sí mismo, sino una parte del organismo terrestre completo. Solo puede existir con las características que este le ofrece. Por ejemplo, no podría existir a doscientos grados de temperatura. Al igual que nuestro organismo está animado por el alma, todo el organismo terrestre está animado por el alma de la Tierra.

El «espíritu de la tierra» en el Fausto de Goethe no es una frase hecha, sino una verdad. Quien despierta en sí mismo el cuerpo etérico puede comunicarse con espíritus superiores, como Goethe, a quien se le revela el espíritu de la tierra:

En las mareas de la vida, en la tormenta de las acciones,
me agito arriba y abajo,
¡vaivén de un lado a otro!
Nacimiento y tumba,
Un mar eterno,
Un tejido cambiante,
Una vida ardiente.
Así creo en el veloz telar del tiempo
Y tejo el vestido viviente de la divinidad.

El cuerpo físico es un miembro del organismo planetario. El cuerpo etérico es un miembro del éter planetario. En el espíritu etérico vive el espíritu que se llama Budhi o, en términos cristianos, «Hijo»; en el cuerpo físico vive el «espíritu del Padre». A través del cuerpo astral, del cuerpo etérico y del cuerpo físico llegamos a Dios. Astral es el «espíritu» que, cuando está bien purificado, llamamos «Espíritu Santo». En el cuerpo etérico tenemos la unión con el Hijo. En el cuerpo físico encontramos al espíritu del padre, el espíritu de la vida planetaria.

Estas verdades son la base de todas las religiones. La teosofía quiere despertar estas verdades. La cosmovisión teosófica quiere dar pistas a las almas que buscan. El ser humano proviene de lo eterno. Si bien no sabe nada sobre las moléculas del cerebro, sí sabe mucho sobre sus pensamientos; y conquistamos las naturalezas inferiores acercándolas a lo divino.

El ser humano debe desarrollar diferentes habilidades a lo largo del tiempo. En la antigua India, lo que solo el chela puede recordar está recogido en la poesía del «Veda». En las regiones europeas, los druidas, —hombres santos, grandes maestros—, han transmitido conocimientos sagrados de forma similar al Veda. El «Edda» es lo mismo que el Veda.

En Buda se manifiestan de otra manera las mismas enseñanzas de sabiduría. Buda se convierte en Wotan en germánico: «Boda» se convierte en «Wota», y «Wota» se convierte en «Wotan». Así tenemos la misma clave para la mitología alemana. En la doctrina secreta hebrea tenemos el «Yo», el «Jao», «Jehová». En el cristianismo, el Cristo.

La eternidad enseña a través de los espíritus de la sabiduría.

Más tarde llegó una época en la que se conquistó el mundo físico [...]. Esta conquista del mundo físico hizo que el mundo espiritual pasara a un segundo plano. Por eso ahora entra en escena la teosofía, para sustituir el materialismo dominante por algo espiritual. Antes, las diferentes religiones enseñaban a los distintos pueblos según sus necesidades. Hoy en día, el materialismo ha envuelto todo el globo terráqueo; por lo tanto, lo espiritual también debe abarcar todo el globo terráqueo. La humanidad terrenal debe convertirse en un todo espiritual. Este es el objetivo de la teosofía. Al igual que en lo material los seres humanos se entienden en todas partes, al igual que un cheque circula por todo el mundo como moneda de curso legal, la verdad y la sabiduría deben convertirse en moneda de curso legal en todas partes. Que los seres humanos de todas partes aprendan a entenderse e intercambien sus pensamientos como se intercambia un cheque por moneda, ese es nuestro objetivo, y por eso la exigencia de la fraternidad entre los seres humanos es la primera que plantea la Sociedad Teosófica. Los últimos siglos han conquistado bienes temporales. La cultura ha depositado capas sobre la masa terrestre que dan testimonio de su proceso de desarrollo. Solo en las capas superiores se encuentran restos humanos. Dentro de millones de años, todo lo que ahora estamos trabajando formará también una capa alrededor del globo terráqueo y constituirá una historia cultural uniforme. La teosofía trabaja para un futuro en el que no solo lo material, sino también lo eterno e imperecedero abarcará todo el universo. Por eso concede tanta importancia al núcleo de la fraternidad.

Así como ahora los seres humanos se entienden en términos materiales, en el futuro también se entenderán en sus almas cuando despierten lo eterno, porque lo eterno se revela en las almas. A través de lo eterno que hay en nosotros mismos, lo eterno se revela por primera vez, y de lo transitorio a lo eterno, ese es el camino que nos prescribe la teosofía.

Traducido por J.Luelmo ene, 2026