Mostrando entradas con la etiqueta Zaratustra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Zaratustra. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de abril de 2023

GA143-2 Estocolmo 17 de abril de 1912 -El camino de la iniciación

  Índice

El camino de la iniciación

RUDOLF STEINER

Estocolmo 17 de abril de 1912

Si se me permite indicar en pocas palabras el punto en el que culminaron las consideraciones de ayer, quisiera decir que de ellas debería salir a la luz la posibilidad para todo hombre, mediante una profundización de su ser, mediante una confianza en los mundos espirituales, de hacer surgir en él un estado de ánimo, una disposición del alma, que le dirá: "Hacia el hombre fluyen no sólo las cosas que están en la periferia de la tierra, no sólo las cosas que provienen de la evolución de la tierra misma, sino que es posible para el hombre sintonizar su alma de tal manera que reciba de los mundos espirituales fuerzas auxiliares que fluyan hacia él, que produzcan un equilibrio entre el yo egoísta individual y la totalidad de su organización - si se ofrece esa posibilidad que ha fluido en la misión-tierra." Quien puede alcanzar esta confianza en esta afluencia de los mundos espirituales, no importa cómo llame a este acontecimiento interior, a esta experiencia interior, ha vivido interiormente la experiencia personal de Cristo. El resto de esta cuestión se nos revelará si hoy empezamos por considerar el tercer camino hacia Cristo, el camino de la iniciación.

Con el camino a través de los Evangelios y el camino a través de la experiencia interior, tenemos los dos caminos hacia Cristo que son accesibles a todo hombre: Digo expresamente: a todo hombre. Pero al camino de la iniciación corresponde una cierta preparación, que debe ser comprensible para todos. En nuestro tiempo, esto nos exige profundizar, de manera real y no meramente teórica, en la verdadera y genuina ciencia espiritual que, al menos en nuestro tiempo actual, debe ser siempre el punto de partida, si queremos comprender lo que es el camino de la iniciación. En cuanto a la esencia de la iniciación, sería bueno hacer algunas observaciones introductorias en cierta dirección. Veréis, la iniciación es lo más elevado que el hombre puede alcanzar en el curso de la evolución terrestre, porque conduce al hombre a una cierta comprensión, a una verdadera penetración en los secretos del mundo espiritual. Lo que ocurre en los mundos espirituales es realmente el contenido, el objeto de la iniciación, y en el camino de la iniciación se alcanza un conocimiento real, una percepción inmediata de los acontecimientos en los mundos espirituales. Cuando la iniciación se caracteriza de esta manera, algo muy especial debe golpear a todo aquel que deja que esta caracterización actúe en su alma. Esto quiere decir, fundamentalmente, que la iniciación es -permítaseme la expresión- una vía suprarreligiosa. Las religiones que en el curso de las épocas humanas se han extendido sobre la superficie de la tierra, y que aún prevalecen entre los hombres, todas ellas, en la medida en que son grandes religiones, y en la medida en que las estudiamos en sus puntos de origen, fueron fundadas originalmente sobre la iniciación, por iniciados. Han surgido de lo que los grandes iniciados han podido dar a los hombres. Pero las religiones fueron dadas en tal forma que, en su contenido, los hombres recibieron lo que era adecuado a la época en que vivían, a la raza a la que pertenecían, incluso a la región de la tierra en la que vivían.
Ahora vivimos en una época muy especial de la evolución humana, y es justo la tarea de la ciencia espiritual comprender que vivimos en una época especial. La forma en que entre nuestros contemporáneos puede surgir y difundirse la ciencia espiritual, esto no era posible en ninguna parte en tiempos pasados. La Antroposofía como tal no podía ser enseñada públicamente. Sólo en nuestra época comenzamos a enseñar Antroposofía. Antes, las religiones eran los canales a través de los cuales debían fluir los secretos de la iniciación hacia la humanidad; debían fluir de una manera adecuada en un momento dado a un grupo determinado de hombres. Pero hoy estamos en condiciones de dar a través de la Antroposofía algo que no está adaptado a una sola raza, a una sola región, a un solo grupo de hombres, sino que puede llevar a cada hombre, no importa dónde se encuentre en la tierra, algo de esos secretos de la existencia, cuyo conocimiento anhelan las almas y que las almas deben tener si los corazones han de ser fuertes para el trabajo en la tierra. Pero esto ya muestra que a través de la Antroposofía debe darse algo que adopte un punto de vista más elevado que el que tenían o tienen los puntos de vista religiosos, allí donde éstos siguen siendo aceptados. En cierto modo, la antroposofía es la que debe propagar los secretos de la iniciación de una manera humana universal, mientras que en los diversos sistemas religiosos antiguos de la tierra los secretos de la iniciación siempre se anunciaban de una manera especial, de una manera diferente, adaptada al grupo humano particular.

¿Qué se deduce de esto? De ello se deduce que encontramos las más variadas religiones esparcidas por la tierra, todas las cuales se remontan a tal o cual fundador. Primero encontramos la religión de Krishna, que se remonta a Krishna; segundo, la religión de Buda, que se remonta a Buda; tercero, la antigua religión hebrea, que se remonta a Moisés; y encontramos el cristianismo, que se remonta a Jesús de Nazaret. Habiendo brotado todas las religiones de la iniciación, debemos tener muy claro que hoy no podemos adoptar la posición adoptada por los filósofos de la religión que se consideran "iluminados". Los filósofos de la religión comparada tienen una visión secreta de las religiones; las consideran a todas o bien falsas o bien etapas infantiles del desarrollo humano. Pero nosotros, como antropósofos, desde que aprendemos a saber que las religiones son sólo diferentes formulaciones de las verdades de la iniciación, estamos en condiciones de captar lo verdadero y no lo falso en los diversos sistemas religiosos. Hacemos justicia a todos los sistemas religiosos comparándolos entre sí. Los consideramos como revelaciones igualmente justificadas de las grandes verdades de la iniciación.
¿Qué se deduce de esto? Se deduce que encontramos las más variadas religiones esparcidas por la tierra, todas las cuales apuntan a tal o cual fundador. Encontramos primero la religión de Krishna, que se remonta a Krishna; segundo, la religión de Buda, que se remonta a Buda; tercero, la antigua religión hebrea, que se remonta a Moisés; y encontramos el cristianismo, que se remonta a Jesús de Nazaret. Habiendo brotado todas las religiones a partir de la iniciación, debemos tener muy claro que hoy en día no podemos adoptar la posición adoptada por los filósofos de la religión que se consideran "iluminados". Los filósofos de la religión comparada tienen una visión secreta de las religiones; las consideran a todas o bien falsas o bien etapas infantiles del desarrollo humano. Pero nosotros, como antropósofos, desde que aprendemos a saber que las religiones son sólo diferentes formulaciones de las verdades de la iniciación, estamos en condiciones de captar lo verdadero y no lo falso en los diversos sistemas religiosos. Hacemos justicia a todos los sistemas religiosos comparándolos entre sí. Los consideramos como revelaciones igualmente justificadas de las grandes verdades de la iniciación.

Y de esto se desprende algo terriblemente importante para el sentimiento práctico y la actividad práctica. ¿Qué es esto tan importante? Que del estado de ánimo antroposófico procederán la comprensión completa, el respeto sincero y el reconocimiento pleno del núcleo de la verdad en todas las religiones; y que quienes, desde una actitud antroposófica, reflexionen sobre el mundo y su curso de desarrollo, respetarán las verdades de los diversos sistemas religiosos. Habrá la más alta estima y respeto. Sí, mis queridos amigos, de la corriente espiritual antroposófica resultará lo siguiente para las diversas confesiones religiosas de la tierra: Un hombre irá a los adeptos de cualquier sistema religioso, y no se creerá capaz de injertarles o inocularles otras confesiones. Mucho más bien iremos a ellos y, a partir de nuestra propia fe religiosa, discerniremos lo que hay de verdad en su fe. Y un hombre que ha nacido en una región donde domina una religión particular, no rechazará intolerantemente, a causa de esta religión, todas las demás religiones, sino que podrá acercarse a ellas sobre la base de lo que, como verdad, está contenido en las diferentes religiones. Tomemos un ejemplo. Tal ejemplo sólo puede ser captado por aquellos que, en el fondo de su alma, toman en serio la actitud antroposófica y todo lo que debe seguirse de un conocimiento de las condiciones fundamentales de la iniciación. Supongamos que un occidental ha crecido en el seno del cristianismo. Tal vez haya aprendido a conocer el cristianismo por haber asimilado las grandes verdades de los Evangelios. Tal vez ya haya alcanzado también lo que se llama el camino hacia Cristo Jesús a través de la experiencia interior; tal vez en su experiencia interior ya haya experimentado al Cristo. Supongamos que ahora conoce otra religión, por ejemplo, el budismo. De aquellos que están dentro de las verdades sagradas y el conocimiento del budismo, aprende a saber algo que es una molestia para el occidental materialista pero que nosotros los antropósofos podemos entender: Aprende a saber que el fundador de esta religión, después de haber vivido muchas encarnaciones en la tierra como Bodhisatva, renació como hijo del rey Sudhodana; aprende a saber que en el vigésimo noveno año de su vida como Bodhisatva se elevó a Buda, y que con esta elevación a Buda se da en esta religión -ya que procede de la iniciación- la única gran verdad que es válida no sólo para el budismo sino para todos los hombres, y que es reconocida por todo iniciado y por todos los hombres que comprenden el budismo; aprende a saber que el adepto del budismo dice justamente: "Cuando el Bodhisatva se convierte en Buda en una encarnación humana, entonces esta encarnación por la que el Buda tiene que pasar en la tierra es la última. Entonces no vuelve de nuevo en un cuerpo humano".
Para alguien que está dentro del Budismo sería sumamente doloroso que se afirmara que el Buda regresaría de nuevo en un cuerpo carnal. Tal seguidor de Buda se sentiría profundamente afligido si alguien pusiera en duda esta verdad, diciendo que el Bodhisatva que se convirtió en Buda podría volver a aparecer en algún momento sobre la tierra en un cuerpo físico. Pero nosotros, los antropósofos, reconocemos la verdad en las religiones; adoptamos la postura de buscar la verdad de las diversas religiones y no su error. Por eso acudimos a los que comprenden el budismo y aprendemos a saber -o aprendemos por iniciación a saber- que es cierto que aquella individualidad que vivió como Bodhisatva en la tierra y se convirtió en Buda ha alcanzado desde entonces alturas espirituales desde las que no necesita volver a descender a este globo físico. A partir de ese momento, si nos apoyamos en la doctrina de la reencarnación, ya no impondremos al budista la afirmación de que Buda podría reaparecer en un cuerpo físico. El conocimiento genuino creará una comprensión para toda forma de religión que proceda de la iniciación. Respetamos las formas religiosas que se han desarrollado en la Tierra, en la medida en que reconocemos la verdad que tienen que dar. Sí, mis queridos amigos, reconozco tan franca y honestamente como el budista más estricto esta verdad, que el Bodhisatva que estuvo en la tierra y se elevó a Buda alcanzó con ello una altura de desarrollo humano que le hizo posible no descender más a la tierra. Esto es lo que llamamos tener una comprensión de las diversas formas de religión en la tierra.

Tomemos el caso contrario: Que un adepto del budismo se abra camino hacia el conocimiento antroposófico. Ya sea por un conocimiento real del cristianismo o por el principio de la iniciación, permitiría que le quedara claro que en otra región de la tierra existe otra forma de religión, y que los que comprenden esta religión tienen muy claro lo siguiente: Que una vez vivió una personalidad que realmente no pertenecía a ninguna nación, y menos aún a Occidente, y que desde sus treinta a sus treinta y tres años vivió en esta personalidad ese impulso, esa fuerza de la vida espiritual, a la que apuntamos ayer; a la que, en su Vishvakarman, apuntaron también los siete santos Rishis; a la que, en su Ahura-Mazdao, apuntó también Zaratustra; a la que, como su Osiris, apuntaron también los egipcios; y a la que el cuarto período cultural postatlante llamó Cristo. Pero no se trata de eso: Se trata de reconocer en Cristo lo que vivió como impulso durante tres años en la personalidad de Jesús de Nazaret, lo que no estuvo presente antes en la tierra, lo que descendió de las alturas espirituales a la personalidad de Jesús de Nazaret, lo que en esta personalidad pasó por el Misterio del Gólgota, y lo que como tal impulso Crístico es un impulso que aparece una vez para la tierra y no está relacionado con ninguna encarnación ordinaria de la humanidad; Aquello que estuvo presente una vez como Cristo y que no puede volver en ningún hombre, sino que vendrá, como dice la Biblia, en las nubes del cielo - lo que significa que como revelación espiritual se mostrará a los hombres. Esta es una afirmación cristiana.

Ahora bien, quien esté dentro del budismo, imbuido de seriedad teosófica y dignidad teosófica, tendrá que reconocer que debe prestar atención a esta declaración cristiana y respetarla, del mismo modo que el cristiano debe respetar la suya. El budista que se ha elevado a la teosofía y la toma en serio dirá: "Así como tú, como cristiano, te acercas con confianza a la enseñanza de que el Bodhisatva que se convirtió en Buda ya no volverá a la tierra, así como me parece adecuado que sepas que el Buda no puede volver, así yo, como budista, reconozco que lo que tú llamas Cristo no puede volver en una encarnación física, sino como un impulso que apareció una vez y vivió sólo tres años en un cuerpo humano físico." - Si en la antroposofía encontramos la comprensión recíproca de las religiones de tal manera que el principio iniciático pueda penetrar en el corazón del hombre de tal manera que un hombre no imponga una opinión ajena a los demás, entonces producimos una comprensión que une a los hombres sobre toda la tierra, establecemos la paz entre las religiones únicas sobre la tierra.
En el cristianismo, el fundador de la religión es Jesús de Nazaret. El principio iniciático cristiano se ocupa del fundador de la religión, Jesús de Nazaret, sólo como un hecho, como un hecho que puede ser examinado por los ocultistas como un hecho. Con el mismo amor, con el mismo cuidado con que se examina la vida de Buda o de otro fundador de una religión, la vida de Jesús de Nazaret es examinada por aquellos que conocen el principio de la religión. El cómo aparezca esta vida de Jesús de Nazaret desde el punto de vista del ocultismo puro, lo encontraran descrito en mi folleto: La Guía Espiritual de la Humanidad. Pero el verdadero principio iniciático cristiano se ocupa del reconocimiento de Cristo, del camino hacia Cristo. Y este principio religioso cristiano estuvo preparando durante muchos años lo que ahora se acaba de describir como un principio de paz para toda la tierra, en el sentido de que claramente no procede del fundador de una religión como tal, sino de un hecho que ocurrió una vez en el mundo.

Esta es la diferencia fundamental entre el cristianismo y las demás religiones. Lo que el principio iniciático que conduce a Cristo tiene como tarea en el mundo es diferente de las culturas que han procedido de los otros principios religiosos. Lo que el principio de iniciación cristiano tiene como tarea dentro de la misión mundial procede de un hecho, de un acontecimiento, no de una personalidad. Esto será comprensible si mencionamos primero algunas condiciones preliminares. Podemos presentar una sola frase, una sola afirmación, y entonces habremos caracterizado, aunque externamente, el punto de partida del cristianismo esotérico, de la iniciación cristiana: Es la muerte que se experimentó en la unión de Cristo con Jesús de Nazaret. El hecho de esta muerte, que llamamos el Misterio del Gólgota, es lo que debe ser comprendido a través del principio de la iniciación cristiana. Ahora bien, la verdadera comprensión de esta muerte sólo puede conquistarse si nos aclaramos la misión de la muerte en el seno de nuestra evolución terrestre. Ayer señalamos que la fragilidad, la dolencia, la enfermedad y la muerte están relacionadas con la falta de armonía entre nuestro yo, impregnado por el principio luciférico, y nuestra organización. La muerte, después de todo, está conectada con el principio luciférico, y eso de una manera muy especial. Sería una idea totalmente falsa si supusiéramos que Lucifer trajo la muerte. Lucifer no trajo la muerte, trajo lo que podemos llamar la posibilidad del error (también del error moral), la diferenciación de los hombres en razas y la posibilidad de la libertad. Lucifer trajo estas cosas. Si sólo lo que Lucifer trajo hubiera sido eficaz en la humanidad, si nada se le hubiera opuesto, entonces este principio luciférico habría conducido al punto en que la humanidad habría caído, se habría salido, de la evolución divina progresiva. En efecto, el hombre se habría espiritualizado, pero en una dirección totalmente diferente de aquella a la que conducía la evolución divina progresiva. Para mantener a la humanidad dentro de esta evolución divina, para evitar que la humanidad se perdiera para la evolución divina, hubo que establecer un arreglo particular: Había que recordarle continuamente al hombre cuáles son las consecuencias si abusa de la posibilidad del error y de la libertad. Toda enfermedad, fragilidad, dolencia y muerte son recordatorios de que el hombre tendría que apartarse de la evolución divina progresiva si, además de tener la libertad luciférica, estuviera sano y lleno de energía. Así pues, la enfermedad, la dolencia y la muerte no son dones de Lucifer, sino dones de las potencias divinas buenas y llenas de sabiduría, que con ello han establecido un dique contra las influencias de Lucifer.

Así pues, debemos decir que todo lo que se nos presenta en el mundo como tribulación humana continua procedente del exterior, como enfermedad y muerte, está ahí para que los hombres permanezcamos encadenados a la existencia terrena hasta que tengamos la oportunidad de enmendarnos; para que tengamos una educación que nos adapte a nuestra organización. Sufrimos para que a partir de nuestro sufrimiento podamos adquirir experiencia y encontrar un equilibrio entre nuestro yo impregnado de Lucifer y nuestro organismo impregnado de Dios. Nuestra organización se aleja de nosotros repetidamente, hasta que nos hemos imbuido completamente, en nuestro Yo, de las leyes de la evolución que es progresiva en sentido divino. Toda muerte es, pues, un punto de partida para otra cosa. El hombre no puede morir sin llevarse consigo aquello que le da la posibilidad de superar alguna vez la muerte en sus encarnaciones sucesivas. Todos nuestros dolores están ahí para que del sufrimiento obtengamos la experiencia de cómo debemos adaptarnos a nuestra organización divina en progreso. Esta cuestión, sin embargo, no puede discutirse al margen de su conexión con toda la evolución.
Podemos estudiar tal cosa especialmente bien si examinamos ocultamente las conexiones entre el hombre y el siguiente reino inferior, el reino animal. Sabemos que en el curso de la evolución el hombre siempre ha infligido dolor a los animales, que ha matado a los animales. Quien aprende a conocer el Karma de la vida humana, a menudo encuentra sumamente injusto que el animal, que no se reencarna, deba sufrir, soportar dolor, e incluso, en el caso de los animales superiores, deba atravesar la muerte con cierta conciencia. ¿No debería tener lugar aquí una compensación kármica? Naturalmente, el ser humano tiene que hacer una compensación kármica en Kamaloka por el dolor que inflige a los animales, pero no estoy hablando de esto ahora; estoy hablando de la compensación para los animales. Aclaremos un pensamiento: Si consideramos la evolución humana, vemos cuánto dolor ha sembrado el hombre sobre el reino animal y cuántos animales ha matado. ¿Qué significan estos dolores y estas muertes en el curso de la evolución?

El estudio oculto nos muestra que cada dolor que se inflige a un ser que siente dolor y que no es el hombre, cada muerte, es una semilla para el futuro. Los animales, tal como son queridos por la evolución divina progresiva, no están destinados a tener encarnaciones como el hombre. Pero, si se produce un cambio en este Plan del Mundo lleno de sabiduría, si el hombre interviene y no deja que la evolución de los animales sea como habría sido sin el hombre, ¿qué ocurre entonces? Ahora bien, la investigación ocultista nos enseña que todo dolor, toda muerte, infligidos por el hombre a los animales, volverán y surgirán de nuevo, no a través de la reencarnación, sino porque el dolor y la muerte han sido infligidos a los animales. Este dolor y este sufrimiento suscitan de nuevo la animalidad. Estos animales a los que se ha infligido dolor surgirán de nuevo, aunque no en la misma forma; pero lo que siente dolor en ellos, eso vuelve. Vuelve de tal manera que los sufrimientos de los animales se compensan, de modo que a cada dolor se añade su sentimiento complementario. Estos dolores, estos sufrimientos, esta muerte, son la semilla que el hombre ha sembrado; vuelven de tal manera que a cada dolor se añade en el futuro su sentimiento contrario. Por poner un ejemplo concreto: Cuando la Tierra sea reemplazada por Júpiter, los animales no aparecerán en su forma actual, pero sus dolores y sufrimientos despertarán las fuerzas para el sentimiento del dolor. Vivirán en los hombres y se encarnarán como animales parásitos en los hombres. De las sensaciones y sentimientos de estos hombres, de sus dolores, se creará la compensación. Esta es la verdad oculta, que puede afirmarse objetivamente y sin adornos, aunque no sea agradable para el hombre de hoy. El hombre un día sufrirá esto, y los animales tendrán, en un cierto bienestar, en un sentimiento agradable, la compensación de sus dolores. Esto ya sucede lenta y gradualmente en el curso de la vida terrestre actual, por extraño que parezca. ¿Por qué los hombres están atormentados por seres que en realidad no son ni animales ni plantas, sino que se encuentran entre los dos, por bacilos y criaturas similares, que sienten un bienestar cuando el hombre sufre? Ellos mismos se lo han buscado en encarnaciones anteriores infligiendo dolor y muerte a los animales. Pues el ser, aunque no aparezca en la misma forma, siente esto a través del tiempo y siente la compensación de sus dolores en el sufrimiento que el hombre debe padecer. Así pues, todo el dolor y el sufrimiento del mundo no carecen positivamente de consecuencias. Es una semilla de la que procede lo que es causado por el dolor, el sufrimiento y la muerte. No puede haber sufrimiento, ni dolor, ni muerte, sin causar algo que brote más tarde.
Consideremos bajo esta luz la muerte en el Gólgota, que siguió a la unión de Cristo con Jesús de Nazaret. Lo primero que queda claro para cualquiera que pase por la iniciación requerida es que esta muerte en el Gólgota no fue una muerte ordinaria en la tierra, no fue una muerte humana ordinaria o de otro tipo. Las personas que aún no creen en lo suprasensible no pueden formarse un concepto de esta muerte en el Gólgota. Pues incluso externamente este Misterio del Gólgota tiene algo muy extraño, algo de lo que el hombre tiene mucho que aprender. Y es que ningún escrito histórico habla del Misterio del Gólgota, y los críticos de los Evangelios afirman que éstos no tienen ninguna autoridad como documentos históricos. Los principios de la iniciación se aplican a lo que no fue escrito por observación histórica. Lo que sucedió en el Gólgota todavía puede ser percibido hoy por los iniciados, todavía puede ser visto hoy en el Registro Akáshico por las personas que se someten a la iniciación. Los escritores de los Evangelios también escribieron sólo a partir del Registro Akáshico; se describe un acontecimiento para el cual los escritores originales de los Evangelios nunca pensaron en recurrir a la ayuda de las percepciones en el plano físico. Tan fuerte era entonces la conciencia de que uno tenía que ver aquí con algo que estaba en relación con los mundos suprasensibles, y que lo más importante era obtener una relación con los mundos suprasensibles. Fuera del mundo de los sentidos no se puede ganar ninguna relación correcta con estos acontecimientos. Lo que sucedió se aclara a través de la iniciación. Se podría decir que al principio de nuestra era vivió un hombre, Jesús de Nazaret; que en el año 30 de su vida experimentó un cierto cambio por la recepción del Cristo, y que después de tres años fue crucificado. Esto significaría un acontecimiento para la historia progresiva de la humanidad. Si se dijera esto, sería lo contrario de lo que el iniciado aprende a conocer; sería un asunto de los hombres en la tierra, por muy espiritualizado que se volviera. Con el principio iniciático no se trata de eso.

Fundamentalmente, podría decirse -pero no deben malinterpretarme- radicalmente, podría decirse que, a primera vista, lo que ocurrió en el Gólgota no fue un acontecimiento que concerniera a los hombres en la medida en que están en el plano físico. A primera vista. No en la forma en que se relata: Un hombre vivió una vez, Jesús de Nazaret, al principio de nuestra era, quien en el año 30 de su vida experimentó un cierto cambio a través de la recepción del Cristo, y luego fue crucificado en su año 33 - no es así como se cuenta la iniciación-verdad del cristianismo. Debe enunciarse de manera totalmente diferente.
Debe enunciarse aproximadamente así: Quien ha de iniciarse en el principio cristiano aprende lo siguiente: Antes de esta Tierra hubo una condición lunar. Durante esta condición lunar los seres luciféricos se quedaron rezagados. Estos seres luciféricos se desarrollaron más, junto con los seres espirituales divinos progresivos. En la época Lemúrica Lucifer se acercó a los hombres, se inyectó en la evolución terrestre humana y produjo lo que se caracterizó ayer. Así Lucifer estaba dentro de todo el desarrollo humano. Si la evolución humana hubiera continuado de esta manera con Lucifer, habría sucedido gradualmente que la misión de la Tierra no habría alcanzado su meta; el hombre se habría secado, el yo humano se habría separado, se habría desprendido de la evolución espiritual divina. En la antigua Luna una serie, por así decirlo, de seres pertenecientes a los mundos suprasensibles se enteraron de que Lucifer se había vuelto rebelde, que había adoptado una posición hostil a ellos. Así los dioses se vieron obligados a ver que Lucifer se había convertido en el adversario del progresivo desarrollo divino. - Al principio se puede ignorar por completo todo lo que concierne al hombre en esto. Consideremos todo esto como asunto de los dioses y de sus adversarios, los seres luciféricos, y consideremos a la humanidad como una creación de los dioses. Esta era la situación.

Ahora bien, hay una cierta peculiaridad en los mundos espirituales, en los suprasensibles. Allí no existe una cosa que sí existe en la tierra: la muerte, en todas sus formas, no se encuentra allí. En los mundos suprasensibles uno se transforma, pero no muere. Allí hay metamorfosis, no nacimiento y muerte. Por ejemplo, las almas-grupo que están en los mundos suprasensibles no mueren; se transforman, se metamorfosean. El nacimiento y la muerte no existen allí, donde los efectos del mundo físico nunca han llegado. Sólo allí donde los rasgos del mundo físico ya se han transmitido hasta cierto punto a los seres del mundo espiritual, hay algo que puede considerarse análogo a la muerte, como ocurre con los espíritus de la naturaleza; pero hoy no podemos entrar en esto. En el verdadero mundo suprasensible no hay nacimiento ni muerte, sólo transformación, metamorfosis.

Para los seres espirituales divinos que pueden ser designados creadores de los hombres, el nacimiento y la muerte no entran en consideración. Lucifer tampoco se encarna como ser humano en el mundo físico. Él trabaja en el hombre a través del hombre; utiliza a los hombres como su vehículo, por así decirlo. Así tenemos que ver con los dioses y con los seres luciféricos, que miran desde arriba, por así decirlo, a sus creaciones. Si la evolución hubiera continuado así, si nada hubiera sucedido en el mundo de los dioses, entonces la intención de los dioses para con los hombres nunca se habría cumplido; Lucifer habría frustrado el plan de los dioses. Los dioses tenían que hacer un sacrificio, -esa era su preocupación- tenían que experimentar algo que estaba relacionado con su esfera de tal manera que realmente no podía ser experimentado por los dioses si permanecían en su propia esfera: Tenían que enviar de sus propias filas al plano físico a un ser que experimentara algo que, de otro modo, los dioses de los mundos espirituales no podrían experimentar. Los dioses tuvieron que enviar al Cristo a la Tierra para luchar contra el principio luciférico. Con el transcurso del tiempo, cuando el tiempo se cumplió, los dioses, a los que agrupamos bajo el nombre de mundo-padre divino, enviaron al Cristo para que aprendiera a conocer los interminables dolores de los hombres, que significan algo totalmente diferente para un dios de lo que significan para un hombre. Con ello, los dioses entraron en la esfera terrestre para luchar contra los espíritus luciféricos. Un dios tuvo que sufrir la muerte en la cruz, la muerte humana más vergonzosa, como subraya especialmente Pablo.
Se nos permitió, una vez en el desarrollo de la Tierra, ser testigos. -porque miramos como a través de una ventana a los mundos espirituales-, de un asunto de los dioses.
Anteriormente, -así dice el principio iniciático-, el hombre estaba obligado, bajo todas las circunstancias, a elevarse a los mundos divino-espirituales para participar en el principio iniciático. El principio iniciático se presenta ante toda la humanidad en el Misterio del Gólgota, un acontecimiento que es al mismo tiempo sensible en el plano físico (si los hombres lo vieran) y suprasensible, un verdadero asunto de los dioses. Esto es lo esencial, que un dios pasó una vez por la muerte, como contrapartida a Lucifer, y que se permitió a los hombres contemplarlo. Esto es lo que el principio de iniciación da como sabiduría cristiana, y éste es el verdadero origen de la fe en que a los hombres, como hombres, algo puede fluir como una fuerza que puede llevarlos más allá de la esfera terrestre y más allá de la muerte; porque una vez los dioses resolvieron su asunto en la tierra y permitieron a los hombres mirar. Por tanto, lo que brota del Misterio del Gólgota es algo universalmente humano. Y si todo dolor, todo sufrimiento, toda muerte tiene su efecto (incluso los infligidos por los hombres a los animales) también esta muerte tiene su efecto. Esta muerte fue una semilla sembrada por los dioses; fue algo que permaneció ligado a la tierra, y ha permanecido ligado a ella desde entonces, permaneció ligado a ella de tal manera que todo hombre, por confianza, por amor a los mundos espirituales, la encontrará. Y lo encuentra.
El iniciado sabe que esto es así; el hombre creyente y confiado siente que de los mundos espirituales puede venirle ayuda para su esfuerzo, si tan sólo puede desarrollar suficiente creencia y confianza. Esto se desarrollará de una manera muy definida.

Hubo contemporáneos de los iniciados egipcios. A través de la iniciación, estos iniciados habían aclarado a sus alumnos toda la tragedia del conflicto de los dioses con Lucifer, presentando a los hombres simbólicamente en sus misterios el mito de Osiris-Set. Ayer mismo examinamos los sentimientos que el mito de Osiris-Set suscitaba en los egipcios. Allí vivía lo divino-espiritual a lo que los hombres deseaban llegar; se llamaba Osiris. Pero en la tierra el ser humano no puede unirse a Osiris; primero debe atravesar la puerta de la muerte. En la tierra Osiris no podía vivir; era inmediatamente desmembrado; éste no era el lugar para lo que estaba encarnado en Osiris. La última época cultural antes de la grecolatina miraba a Cristo, al principio de Osiris, como a un Más Allá. Luego vino la época griega, que estaba tan profundamente imbuida del sentimiento de que era mejor ser un mendigo en la tierra que un rey en el reino de las sombras. En la época en que esto todavía se sentía en Grecia, en la época de los antiguos héroes, los hombres sentían toda la discrepancia entre el yo, impregnado por el principio luciférico, y la organización humana progresiva. Los hombres sintieron entonces que el cuarto período de la cultura postatlante seguía su curso de tal manera que tenían que amontonar mucho de lo que el hombre puede experimentar aquí mismo en la tierra. De ahí lo anormal, lo singular, de este período. En ninguna otra época ocurren tantas series notables de encarnaciones como en este cuarto período. Los hombres tuvieron que hacer mucho aquí en la tierra, porque ahora miraban más a este mundo que a los mundos del más allá, como todavía lo había hecho la época de la tercera cultura. Los griegos no valoraban esta incorporación a Osiris; estaban más ocupados en embutir lo más posible en las encarnaciones humanas, querían sacar lo más posible de la encarnación. De ahí el hecho notable de que Pitágoras, el gran iniciador de cierta línea de la cultura griega, en una encarnación anterior había luchado como héroe troyano en el bando de los troyanos. Él mismo dice que fue un héroe troyano, mencionado en Homero, y que se reconoció enemigo de los griegos porque reconoció su escudo. Cuando Pitágoras dice que había sido Euforbo, la antroposofía enseña a comprender plenamente esta afirmación. Los griegos, incluso los más grandes, daban un valor especial a lo que significaban para ellos las encarnaciones físicas únicas.

Pero el cuarto período postatlante también tuvo que llevar a los hombres a sentir los mundos espirituales en toda su significación, pues en esa época cayó el Misterio del Gólgota. En la época en que los hombres de Grecia valoraban más el mundo exterior, ocurrió en un rincón desconocido del mundo el Misterio del Gólgota; en el escenario terrenal, donde por lo demás los hombres llevan a cabo sus asuntos humanos, los dioses llevaron a cabo sus propios asuntos.

Así como el egipcio aprendió a mirar hacia la muerte cuando pensaba en su Osiris, así el hombre aprendió a conocer, en el cuarto período postatlante, cómo estaba presente una forma religiosa contemporánea, en la que vivía el impulso que podía llevar a los hombres el sentimiento de que en este mundo físico tiene lugar algo que es realmente un asunto de los dioses; que allí tiene lugar la refutación viva de lo que los griegos habían creído hasta entonces: "Mejor ser un mendigo en la tierra que un rey en el reino de las sombras". Pues ahora los griegos aprendían a conocer a aquel que, como rey, había descendido del reino de los dioses, y, como mendigo, había vivido su destino en la tierra entre los hombres. Ésa era la respuesta al sentimiento del cuarto período pasado-atlante. Pero éste es también ese complejo de sentimientos del que pueden proceder los rayos para el futuro desarrollo terrestre. El egipcio había mirado a Osiris, que para él era el Cristo, para unirse con él después de la muerte; en el cuarto período post-atlante el hombre miró el Misterio del Gólgota como el acto contemporáneo que enseñó a los hombres que en el mundo físico había tenido lugar un acontecimiento que era asunto de los dioses.
Vivimos en el quinto período post-atlante. En nuestro quinto período post-Atlante los hombres añadirán las grandes enseñanzas del Karma a las otras enseñanzas, aprenderán a comprender su karma. En nuestro quinto período post-Atlante, los seres humanos están experimentando el tercer acto que sigue consecuentemente al acto de Osiris y al acto del Misterio del Gólgota. Aprenderán a captar la idea: "He sido puesto en la tierra por el nacimiento; mi destino está en la tierra; experimento alegría y tristeza; debo comprender que lo que experimento como alegría y tristeza no se acerca a mí en vano, que es mi Karma, y que viene a mí porque es mi Karma, mi gran educador. Miro aquello que fue antes de mi nacimiento, que me colocó en esta encarnación, porque esto, mi destino, es necesario para mi desarrollo ulterior. ¿Quién me envió aquí? ¿Quién continuará colocándome en esta tierra, en mi destino, hasta que haya cumplido mi Karma? Deberé esto al Cristo, que los hombres pueden ser llamados siempre más a sufrir sus destinos, hasta que hayan descargado su Karma en la tierra". Por eso Jesús de Nazaret, de quien habló el Cristo, no podía decir a los hombres: "Tratad de escapar lo más rápidamente posible del cuerpo físico"... sino que tenía que decir a los hombres: "Os colocaré en vuestros destinos en esta tierra mientras no hayáis descargado vuestro Karma. Debéis descargar vuestro Karma". Los hombres aprenderán, a medida que nos acerquemos al futuro, que estaban unidos a Cristo antes de nacer, que han recibido de él la gracia de descargar su antiguo Karma en las encarnaciones.

Así los hombres del cuarto período postatlante miraban a Jesús de Nazaret como el portador del Cristo. Así aprenderán los hombres de nuestro tiempo que el Cristo se revelará cada vez más supersensiblemente, y gobernará cada vez más los hilos del Karma en los asuntos de la tierra. Aprenderán a conocer ese poder espiritual como ese destino que los griegos aún no podían reconocer, que llevará a los hombres al punto de descargar su Karma de la manera más adecuada en las encarnaciones sucesivas. Como a un juez, como a un señor del Karma, los hombres mirarán al Cristo en la sucesión de encarnaciones, cuando experimenten su destino. Así los hombres estarán en tal relación con su destino, que serán estimulados cada vez más a profundizar sus almas, hasta que puedan decirse a sí mismos: "Este destino no me es asignado a través de un poder impersonal, este destino me es asignado a través de aquello con lo que me siento relacionado en lo más íntimo de mi ser. En el Karma mismo percibo lo que está relacionado con mi ser. Mi Karma me es querido porque me hace cada vez mejor". Así se aprende a amar el Karma, y entonces éste es el impulso para conocer al Cristo. Los hombres aprendieron primero a amar su Karma a través del Misterio del Gólgota. Y esto continuará más y más, y los hombres aprenderán más y más que sólo bajo la influencia de Lucifer la tierra nunca habría podido alcanzar su meta, que la evolución de la humanidad habría tenido que corromperse más y más sin el Cristo.

Pero el cristianismo no considera al Cristo como una personalidad, como el fundador de un sistema religioso abstracto. En nuestra época actual, el fundador de una religión, de acuerdo con las exigencias de nuestro tiempo, sólo trae discordias. La iniciación cristiana no procede de una personalidad, sino de un hecho, de un acto impersonal de los dioses que tuvo lugar ante los ojos de los hombres. Por eso este secreto del Gólgota, este acontecimiento que tuvo lugar al principio de nuestra era y del que salió la semilla de esta muerte única, la semilla de la que ahora crece el amor del hombre por su destino, por su Karma, ha sido transmitido a la humanidad de una manera especial.
Hemos visto que la muerte que el hombre inflige a los animales tiene una consecuencia determinada. La muerte en el Gólgota obra como una semilla en el alma humana que siente su relación con el Cristo. Así fue con el Misterio del Gólgota: Él murió, y al igual que una sola semilla se deposita en la tierra, con el fin de que muera y brote en el campo, y que haya un aumento de lo que procedía de la única semilla, así la muerte de un dios se realizó en la cruz. La semilla fue esparcida en el Gólgota, la tierra fue el alma humana; lo que brota son las relaciones del hombre con el Cristo suprasensible, que nunca más desaparecerá de la evolución de la tierra, que siempre aparecerá a los hombres de las formas más variadas. Así como los hombres pudieron verlo físicamente en la época del Misterio del Gólgota, así también podrán elevarse para ver en un futuro próximo una imagen etérica de Cristo; verán al Cristo como lo vio Pablo.
Lo que está contenido en la iniciación cristiana fue preservado en el símbolo del Santo Grial; fue llevado a esa comunidad que imparte la iniciación cristiana. Para los que reciben la iniciación cristiana lo que aquí se dice no es una teoría abstracta, no es una hipótesis, sino un hecho de los mundos suprasensibles. El cultivo de la iniciación cristiana fue confiado a los guardianes del Santo Grial y, más tarde, a los promotores de la comunidad de la Rosa Cruz. Lo que procede de la iniciación cristiana debe, según toda su naturaleza, obrar impersonalmente. Todo lo personal debe ser excluido de ella; porque lo personal sólo ha traído peleas y luchas a la humanidad, y lo hará cada vez más en el futuro. Por lo tanto, es una regla estricta para aquellos que, simbólicamente hablando, sirven al Santo Grial o, hablando literalmente, sirven al cultivo de la iniciación cristiana, que ninguno de los que tienen un papel dirigente de primer orden que desempeñar dentro de la hermandad del Santo Grial o de la comunidad de la Rosa Cruz -ni ellos ni los que viven en su entorno- puedan hablar de los secretos que conocen y que obran en ellos, antes de que transcurran cien años después de su muerte. No hay posibilidad de conocer toda la verdad sobre una personalidad destacada de la primera orden hasta que hayan transcurrido cien años desde su muerte.
Esta ha sido una ley estricta dentro de la comunidad Rosacruz desde su fundación. Exotéricamente, nadie sabe quién es un líder en la comunidad Rosacruz hasta que han pasado cien años después de su muerte. Entonces lo que ha dado ya ha pasado a la humanidad, se ha convertido en propiedad objetiva de la humanidad. Así, todo lo personal queda excluido. Nunca será posible señalar a una personalidad en un cuerpo terrenal como portadora del misterio cristiano. Sólo cien años después de la muerte de tal personalidad esto sería posible. Esta es una ley que todos los hermanos de la Rosa-Cruz observan bien. Nunca un hermano Rosacruz señalará a una personalidad viva como líder de primer orden en relación con aquello que, como iniciación cristiana, debe fluir hacia la humanidad. En la antigüedad se podía señalar proféticamente a los que vendrían: Los profetas eran precedidos por sus precursores, sus profetas, y estos profetas señalaban a los fundadores de las religiones que vendrían más tarde; en la época de Jesús de Nazaret los contemporáneos, por ejemplo el Bautista, señalaban a aquel que era su contemporáneo; pero la organización espiritual de la humanidad, después del Misterio del Gólgota, se alteró necesariamente de tal manera que ya no puede ser la manera del profeta señalar a una personalidad que vendrá o que ya está presente. Por el contrario, una persona que fue portadora del misterio cristiano, de ese hecho espiritual que es probado por los corazones de los hombres, será señalada por primera vez cien años después de que haya pasado del plano físico a través de las puertas de la muerte.

Todas estas cosas no suceden por capricho humano, sino porque deben suceder. Deben suceder porque la humanidad se encuentra ahora ante una época en la que el amor, la paz y la comprensión deben difundirse en el proceso de desarrollo de la humanidad. Pero sólo se extenderán si aprendemos a tomar impersonalmente lo que está presente, si aprendemos a defender el elemento de verdad que ha sido dado a la humanidad en el curso de la evolución humana. Nunca más, si como occidentales nos encontramos con un budista, trataremos de convertirlo en cristiano mediante la persuasión o la compulsión; porque creemos que lo que le ha sido dado, y que es lo más profundo de su religión, seguramente lo conducirá al Cristo. Creemos sobre todas las cosas en su propia verdad; no heriremos los sentimientos del budista diciendo que no es verdad que el fundador de su religión, después de haber vivido entre los hombres como Bodhisattva, no tiene como Buda ninguna expectativa de más encarnaciones físicas. Así establecemos la paz entre las confesiones religiosas. De este modo, en el futuro el cristiano comprenderá al budista, y el budista comprenderá al cristiano. El budista que comprenda al cristianismo dirá: "Comprendo que el cristiano haga de su principio religioso algo impersonal, un hecho impersonal, el hecho del Misterio del Gólgota, un asunto de los dioses que el hombre puede contemplar y a través del cual puede recibir lo que puede conectarle con lo divino". Ningún budista razonable vendrá al cristiano y le dirá que el Cristo puede encarnarse en un cuerpo físico. Por el contrario, vería en ello una transgresión del verdadero principio religioso. Y así no se traerá al mundo ninguna nueva confesión productora de discordia con un líder religioso de tipo personal, sino que el propio principio iniciático con su paz, su armonía, su manera de producir comprensión, se encontrará con todas las religiones con comprensión vivificante, y no querrá imponer la verdad de una religión sobre otra. Como respondería el budista oriental al occidental que le dijera que el Buda podía aparecer en un cuerpo de carne: "Entonces no entiendes el asunto, no sabes lo que es un Buda", así el budista que hubiera captado el verdadero corazón del cristianismo, y que defendiera el conocimiento espiritual con seriedad y dignidad, respondería a quien le hablara de un Cristo encarnado en la carne: "No entiendes el cristianismo si crees que el Cristo vuelve en un cuerpo físico; entiendes el cristianismo tan poco como entiende el budismo quien cree que el Buda aparecería en un cuerpo carnal". Lo que el cristiano, si es antroposófico, concederá siempre al budista; esto el budista, si es antroposófico, concederá siempre también al cristiano. Y así con todos los adeptos de todas las confesiones religiosas de la tierra. Así la antroposofía traerá la gran y comprensiva unión, la síntesis de las confesiones religiosas de la tierra.
Traducido por J.Luelmo abr.2023

martes, 4 de abril de 2023

GA116-3 Berlín 2 de febrero de 1910 -La entrada del Ser Crístico en la evolución de la humanidad

   Índice

La entrada del Ser Crístico en la evolución de la humanidad

RUDOLF STEINER

Berlín 2 de febrero de 1910

En cada uno de los Evangelios se arroja luz sobre el gran Misterio del Gólgota desde un aspecto particular. He llamado su atención sobre el hecho de que el secreto del Gólgota, el secreto de Cristo Jesús, es presentado por el Evangelio de San Marcos desde el aspecto de los grandes nexos Cosmológicos, mientras que el de San Mateo muestra cómo este secreto se desarrolló a partir de un pueblo especial, los antiguos hebreos. Hemos visto cómo ese pueblo tuvo que desarrollarse poco a poco, de generación en generación, desde la época de Abraham, para dar a luz más tarde, como su flor, al Ser Humano en el que podía estar contenida la individualidad de Zaratustra o Zoroastro. Hemos visto cómo todas las cualidades peculiares del pueblo hebreo, -cualidades que debían intensificarse cada vez más en el curso de su descendencia de una generación a la siguiente-, se basaban enteramente en el principio de la herencia física. De este modo pudimos describir cómo el carácter de la misión del antiguo pueblo hebreo se diferenciaba del de los demás en que debía heredar ciertas cualidades, que sólo podían alcanzarse por herencia física, y que habían ido ganando en intensidad desde las generaciones más antiguas de la época de Abraham hasta Jesús. El Evangelio de San Mateo contiene muchos otros secretos, como todos los Evangelios. Aunque en el transcurso de este Invierno abriremos algunos aspectos y perspectivas de los Evangelios, éstos a lo sumo sólo pueden estimular la comprensión. Porque para comprender los Evangelios por completo es necesario un trabajo espiritual interminable. Hoy se arrojará luz desde un punto de vista particular sobre el Evangelio de San Mateo y se mostrará cómo las lecciones que se extraigan de él pueden ser aplicadas provechosamente por aquellos que ahora forman parte de la corriente espiritual antroposófica.

Si echamos una mirada retrospectiva a mucho de lo que hemos aprendido con el correr de los años, veremos que el desarrollo de la humanidad, tal como lo describe la Ciencia Espiritual, atraviesa diversas crisis; llega a un punto importante, luego continúa por un tiempo por un camino más llano, luego viene otro punto importante, y así sucesivamente. A menudo hemos enfatizado que uno de esos puntos importantes en el desarrollo de la humanidad en la tierra se alcanzó cuando se dio el Impulso Crístico al comienzo de nuestra era, según el cálculo moderno del tiempo. Cuando miramos hacia atrás, más allá de la era atlante, hacia la era lemúrica, llegamos a ese momento en que el primer rudimento del yo humano fue implantado en el ser humano. Para comprender tal acontecimiento, las palabras deben tomarse con mucha precisión. Por ejemplo, debemos hacer una clara distinción entre la afirmación de que en la época Lemúrica 'los primeros rudimentos del yo fueron implantados en el ser humano', y aquella otra, de que en la época del Misterio del Gólgota comenzó el período, la era, en que la humanidad tomó conciencia de este yo. Hay una gran diferencia entre tener el yo sólo en rudimento, como algo que actúa en el hombre, y el conocimiento de que uno lo posee. Hay que distinguir muy bien entre ambas cosas, pues de lo contrario es imposible comprender las verdaderas leyes de la evolución.
Sabemos que la implantación del yo en el hombre forma parte del desarrollo colectivo de la Tierra. La Tierra pasó por las eras de Saturno, del Sol y de la Luna, y sólo entonces se convirtió en la estructura que es hoy. En Saturno se puso el germen del cuerpo físico, en el Sol el del cuerpo etérico, en la Luna el del cuerpo astral, y en la tierra se añadió el germen del yo; este germen se puso en el desarrollo de la tierra en la época lemúrica. Ahora bien, algo más también tuvo lugar en la época lemúrica, algo que siempre hemos llamado la "influencia luciférica". Durante esa época el hombre fue dotado del germen del yo, que en el curso de los períodos terrestres subsiguientes estaba destinado a alcanzar una perfección cada vez mayor, y al mismo tiempo su cuerpo astral fue "inoculado" con la influencia luciferina. Toda la naturaleza del hombre fue alterada por esta influencia, hasta las fuerzas y elementos de sus cuerpos etérico y físico. Así, en la época lemúrica, el hombre se convirtió en un ser completamente diferente de lo que habría sido si no hubiera existido la influencia luciférica. Lo vemos alterarse en dos aspectos: lo vemos convertirse en un ser con yo, y lo vemos convertirse en un ser en quien el principio luciférico está oculto. Incluso si el principio luciférico no se hubiera establecido, la influencia del yo habría entrado en el hombre. 
Ahora bien, ¿Qué ocurrió en el ser humano como resultado de haberse hecho sentir la influencia luciférica en la época lemúrica?

Cuando se describe tal circunstancia desde un aspecto u otro, les ruego que no consideren eso como todo lo que puede decirse sobre el tema; pues bien puede tratarse sólo de un punto de vista, seleccionado por el momento. A lo largo de los años se ha dicho mucho sobre lo que la influencia luciférica provocó en la evolución del hombre; todo forma parte de lo mismo, pero no podemos repetirlo todo ahora. Hoy seleccionaremos sólo un punto de vista, que describe un aspecto; es decir, que como resultado de la influencia luciférica el hombre alcanzó cierto punto en la evolución antes de lo previsto, antes de lo que la sabia guía del mundo había predestinado para él. La influencia luciférica le hizo descender más profundamente en los tres principios que procedían de las anteriores encarnaciones de la tierra, (el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico) y se enredó en ellos más de lo que lo habría hecho de no haber prevalecido tal influencia. El hombre, con su yo, habría permanecido más cerca de los mundos espirituales, habría continuado durante más tiempo sintiéndose, a través de su yo, miembro del mundo espiritual, si la influencia luciférica no hubiera hecho que ese yo descendiera más profundamente en los tres principios. Podemos decir que, como resultado de la influencia luciférica, el hombre descendió más profundamente sobre la tierra en la época lemúrica. Podemos indicar el momento en que habría descendido tan profundamente a la tierra o a la materia física si no hubiera habido influencia luciférica; habría sido a mediados de la época atlante. Si no hubiera habido influencia luciférica, el hombre se habría visto obligado a esperar hasta entonces para descender a la tierra; pero esa influencia le hizo descender antes. Le permitió convertirse en un ser libre, capaz de actuar de acuerdo con sus propios impulsos. De lo contrario, habría permanecido totalmente dependiente del mundo espiritual hasta mediados de la época de la Atlántida; tampoco habría podido distinguir antes entre el bien y el mal, ni actuar según sus propios impulsos. Sólo habría podido actuar a partir de influencias psíquicas, es decir, de fuerzas implantadas en su alma por Seres Espirituales Divinos. Los seres luciféricos hicieron posible que comenzara en una etapa más temprana a decidir entre el bien y el mal; que no se dejara guiar simplemente por las leyes del Orden divino-espiritual del mundo, sino que decidiera por sí mismo, creando una especie de ley y orden por sí mismo. Este hecho se expresa de manera muy profunda en la descripción de "la Caída", que representa en una maravillosa imagen imaginativa lo que acabo de exponer. El Antiguo Testamento lo describe diciendo que los Seres Espirituales Divinos implantaron en el hombre un alma viviente. Ahora bien, si esta alma viviente hubiera permanecido tal como era, el hombre habría tenido que esperar hasta más tarde, hasta que los Seres Espirituales Divinos hubieran llevado el alma viviente, o, en otras palabras, el yo aún no desarrollado, al grado de madurez capaz de hacer distinciones. Pero entonces llegaron las influencias Luciféricas, representadas en la Biblia como "la Serpiente". A través de ellas, el hombre mismo llegó a ser capaz de distinguir entre el bien y el mal, en lugar de limitarse a seguir instintivamente las inspiraciones de Jehová o de los Elohim. De un ser que hasta entonces había sido guiado y conducido por Seres Espirituales Divinos, el hombre se convirtió así en un ser capaz de decidir por sí mismo. La Biblia muestra claramente que la autodecisión fue traída al hombre por la Serpiente, o en otras palabras, por los seres luciféricos. Entonces oímos resonar las palabras pronunciadas por los dioses: "El hombre se ha convertido en uno de nosotros". O, si queremos decirlo más claramente: "El hombre ha adquirido, por la influencia luciférica, algo que hasta ahora sólo estaba reservado a los dioses. A los dioses les fue dado decidir entre el bien y el mal, los seres dependientes de ellos no tenían que tomar tales decisiones'.
Como resultado de la influencia luciférica, el hombre se convirtió ahora en un ser capaz de hacer distinciones; es decir, se convirtió en un ser que desarrolló prematuramente cualidades divinas en su interior. De este modo y a través de esta influencia, entró en la naturaleza humana algo que, de otro modo, habría sido retenido de su evolución hasta mediados de la época atlante. Como bien pueden imaginar, el hombre habría sido muy diferente si este descenso a la materia no hubiera tenido lugar hasta entonces; su alma habría estado más madura para el descenso. Habría descendido a la materia como un hombre mejor, más maduro. Habría aportado cualidades muy diferentes a sus cuerpos físico, etérico y astral y habría poseído un poder muy diferente para distinguir entre el bien y el mal. Como el hombre ya era un ser capaz de distinguir entre el bien y el mal desde la época Lemúrica hasta mediados de la época Atlante, se hizo a sí mismo peor de lo que habría sido de otro modo; entró en un estado de menor perfección. De otro modo, habría pasado todo el tiempo transcurrido de un modo mucho más espiritual; pero así fue, lo atravesó de un modo más material. El efecto de esto fue que si hubiera recibido a mediados de la época atlante lo que los dioses habían querido que tuviera, habría caído total y completamente.

¿Qué se le habría dado al hombre a mediados de la época atlante, si hubiera continuado siendo guiado y dirigido hasta ese momento, instintivamente, por así decirlo, por Seres Espirituales Divinos?

Habría recibido entonces lo que, habiendo intervenido entretanto la influencia luciférica, le fue dado después mediante el Misterio del Gólgota. El Impulso Crístico habría sido dado al hombre a mediados de la época atlante. Ahora, sin embargo, a causa de la influencia luciférica, el hombre tuvo que esperar tanto tiempo para recibir el Impulso Crístico como el que había transcurrido entre la intervención de la influencia luciférica y la mitad de la época atlante. Entre la entrada de Lucifer y la mitad de la época atlante transcurrió el mismo lapso de tiempo que entre esa época y la llegada del Impulso Crístico. Por lo tanto, al haber adquirido el hombre una semejanza con los dioses antes de lo previsto, tenemos que describir un retraso del Impulso Crístico. En efecto, antes de que éste llegara, el hombre tuvo que sufrir el karma terrestre debido al mal que había entrado en la Tierra por el impulso luciférico. Tuvo que esperar, no sólo hasta que esa influencia le hiciera capaz de distinguir entre el bien y el mal, sino hasta que, en el curso del desarrollo de la tierra, se hubieran producido todas las consecuencias de la influencia luciférica. Debía esperarlas, pues sólo entonces podría descender a la Tierra el Impulso Crístico. De acuerdo con la sabia dirección de la Tierra, el hombre no debía escapar para siempre de lo que le sobrevendría a través de la influencia luciférica, pero no le habría sobrevenido hasta mediados de la época atlante. En cualquier caso, habría de llegar; pero ciertamente no lo habría hecho en la misma forma. El hombre no sólo adquirió de Lucifer el poder de libre decisión en todo lo relacionado con las cosas espirituales, sino también la capacidad de entusiasmo por lo que es bueno y noble, sabio y grande. Como seres humanos, no sólo somos capaces de distinguir fríamente entre el bien y el mal, sino también de sentir un cálido resplandor por lo noble, lo bueno y lo sabio. Eso se debe a que algo fue llevado a nuestro cuerpo astral, que, si sólo hubiera llegado al hombre en plena época atlante, habría sido llevado al yo, ese yo que es capaz de juzgar. Todo el sentimiento, el idealismo y el entusiasmo por lo que es bueno, por los altos ideales, se lo debemos a la circunstancia de que algo entró en nuestro cuerpo astral antes de que hubiéramos adquirido la semejanza con Dios en nuestro yo, antes de que hubiera tenido lugar en él la aceptación del Cristo. El punto esencial es que esta semejanza con Dios, la posibilidad de encontrar el bien dentro de nosotros mismos, tuvo que llegar al hombre. Si la influencia luciférica no hubiera llegado, este impulso se habría producido a mediados del período atlante, pero tal como están las cosas, se produjo en la época en la que el propio Cristo Jesús actuó.
Así, a través del Impulso Crístico, llegó al hombre la conciencia de que en su yo tenía algo de sustancia Divina y de naturaleza Divina. El pensamiento de que el hombre puede acoger lo Divino en su Yo y que esta parte Divina puede ser activa en él y distinguir entre el bien y el mal, subyace en todos los dichos más profundos del Nuevo Testamento. Por lo tanto, podemos decir que con la recepción en la naturaleza interna del hombre del Impulso Crístico, se hizo posible que el hombre dijera: 'Debo ser mi propio guía para el conocimiento de mi existencia y la distinción entre el bien y el mal'.

Ahora bien, si nos remontamos a la época precristiana, debemos decir que cuando aún no existía el impulso que capacitaba al hombre para distinguir entre el bien y el mal, tal distinción, y el juicio del hombre en cuanto a lo bueno, lo bello y lo verdadero, eran necesariamente escasos; no procedían realmente de su ser interior. Antes del impulso Crístico, el hombre no podía distinguir en su fuero interno entre el bien y el mal. En la época precristiana, la decisión sobre lo realmente Bueno, Bello y Verdadero sólo podía tomarse a través de ciertos seres -como los Bodhisattvas- que, con el paso del tiempo, ascendían con una parte de su ser a los mundos divino-espirituales; la distinción entre el bien y el mal no se hacía, por tanto, desde el interior del ser humano, sino en los mundos divinos. A través de su compañía con los seres espirituales divinos, estos Guías la adquirieron y fluyó de ellos a las almas de los hombres, como por sugestión. Si no hubiera sido por esos guías, los hombres sólo habrían podido hacer débiles distinciones entre el bien y el mal en aquellos días. Si estos guías hubieran dependido únicamente de sus propios corazones, tampoco habrían podido hacerlo; pero como descendieron a esas profundidades del alma que aún no eran accesibles al hombre y entraron en su ser del yo en los reinos del cielo, recibieron el impulso que necesitaba el hombre para ayudarle a decidir entre el bien y el mal en el momento de su necesidad, para que el bien pudiera, no obstante, implantarse en la tierra a modo de preparación. Así, antes de la época de Cristo, el hombre era un ser todavía insuficientemente preparado para adquirir la semejanza con Dios. Por esta razón, desde la época lemúrica, todo lo que el hombre ha hecho, lo ha hecho menos bien de lo que hubiera sido el caso. Esto se aplica sobre todo a lo que se refiere a sí mismo. Sus cuerpos astral, etérico y físico, que de no ser por la influencia luciférica habrían permanecido más espirituales, fueron, por esa influencia, menos bien formados, hechos más materiales. Esa fue la razón de todo el mal que se desarrolló en la vida del hombre con el paso del tiempo. En el curso de un tiempo muy largo se han desarrollado estos males.
Desde la época Lemúrica hasta el Misterio del Gólgota se desarrollaron en los cuerpos físico, etérico y astral. En el cuerpo astral se desarrolló un alto grado de egoísmo; en el cuerpo etérico la posibilidad de juzgar erróneamente y la posibilidad de mentir. Si el hombre hubiera permanecido bajo la influencia de los seres divino-espirituales, actuando instintivamente de acuerdo con sus impulsos, hoy en día, cuando desea conocer el mundo que le rodea, no podría caer en el error, ni podría ser inducido a la falsedad. Así, la tendencia a la mentira y el peligro del error encontraron lugar en el desarrollo del hombre; y como lo espiritual es siempre el origen de lo físico, y como la influencia luciférica y sus consecuencias se abrieron camino cada vez más profundamente en el cuerpo etérico durante encarnación tras encarnación, la posibilidad de la enfermedad entró en el cuerpo físico. La enfermedad es el mal que entró en el cuerpo físico a través de ese desarrollo; pero ha venido algo de mayor significación aún. Si el hombre no hubiera estado sujeto a estas influencias, si no hubiera permitido que obraran sobre él, nunca habría supuesto que tiene lugar algo más que un cambio de vida cuando el cuerpo físico se desprende de nosotros; la conciencia de la muerte no habría llegado a él. Si el hombre hubiera descendido menos profundamente en la materia y hubiera conservado los hilos que le unen a lo divino-espiritual, se habría dado cuenta de que cuando se despoja de la envoltura física, comienza una nueva forma de existencia; pero nunca lo habría considerado como una pérdida, como el fin de una existencia a la que se había aficionado. Todo en la evolución habría tomado un aspecto diferente.

El hombre habría descendido más profundamente en la materia, se habría hecho así más libre e independiente, pero también con ello su propio desarrollo habría sido más limitado de lo que debería.

Todo lo que falta en el hombre será subsanado por el Impulso de Cristo; pero no hay que esperar que eso se haga en poco tiempo ni siquiera en un tiempo comparativamente corto. Entre la época lemúrica y el Misterio del Gólgota transcurrió un tiempo muy largo. Lenta y gradualmente, encarnación tras encarnación, vinieron el egoísmo, el error y la mentira, la enfermedad y la comprensión de la muerte. El hombre está siendo conducido de nuevo al mundo espiritual, por así decirlo, con las cualidades que ha adquirido "desde abajo". El reascenso será un progreso más rápido que el descenso; pero no se puede esperar que en una o dos encarnaciones el hombre sea capaz, a través de lo que pueda recibir del Impulso Crístico, de superar el egoísmo y sanar su cuerpo etérico hasta tal punto que todo peligro de mentira y error haya terminado, y mucho menos se puede esperar que sea capaz de trabajar sanadoramente sobre su cuerpo físico. Todo esto debe hacerse lenta y gradualmente, pero se está haciendo. Así como el impulso luciférico ha llevado al hombre a todas esas cualidades, el impulso crístico lo sacará de ellas. El egoísmo se transmutará en altruismo, la mentira en veracidad, el peligro del error en certeza absoluta y juicio verdadero. La enfermedad se convertirá en el fundamento de una salud más completa; la enfermedad que hayamos superado será el germen de una mayor buena salud; y cuando hayamos aprendido gradualmente a comprender la muerte de tal modo que la Muerte en el Gólgota actúe como prototipo de la muerte en nuestra propia alma, la muerte habrá perdido entonces su aguijón. El hombre sabrá entonces por qué de vez en cuando debe dejar a un lado su envoltura física, para elevarse más y más en el curso de sus encarnaciones. En particular, el Impulso Crístico trajo consigo el impulso de hacer bueno algo relacionado con el conocimiento y la observación del hombre, con su conocimiento del mundo.

Hemos dicho que el hombre se ha vuelto más enredado en la materia, menos perfecto en sus tres cuerpos de lo que habría sido si no hubiera habido influencia luciférica; esto hizo que fuera poseído por un impulso de hundirse más profundamente en la existencia material, de empaparse más completamente en la mera materia. Esto se refiere más especialmente a su conocimiento, pero incluso eso sólo se produjo lenta y gradualmente. Tan pronto como la influencia luciférica se hizo sentir, el hombre no se hundió tan profundamente como para cerrar tras de sí todas las puertas del mundo espiritual. Todavía permaneció, durante mucho tiempo, en conexión con el mundo espiritual del que había surgido y con el que habría permanecido en conexión con todo su ser, si la influencia luciferina no hubiera llegado. Durante mucho tiempo siguió participando en él; durante mucho tiempo siguió sintiendo que sus instintos más finos y espirituales eran guiados por los hilos del mundo divino-espiritual. Durante mucho tiempo siguió sintiendo que su impulso no era meramente humano, era como si los Dioses hubieran estado trabajando detrás de él. Así ocurría sobre todo en épocas más antiguas. El hombre era conducido lentamente hacia la materia y así perdía poco a poco la conciencia de lo divino.
Aquellos movimientos espirituales y concepciones del mundo de la humanidad que tenían conocimiento de estas cosas, también lo han insinuado. Han dicho: Érase una vez una época en la que el hombre fue conducido en cierto modo a la existencia material por la influencia luciférica - aunque no hasta el punto de impedir que la influencia divina siguiera ejerciendo un poderoso efecto sobre él. En las primeras épocas del desarrollo del hombre, esto se conocía como la "Edad de Oro". No se trata de un concepto caprichoso: "Edad de Oro" es simplemente la expresión utilizada por aquellos hombres de la antigüedad que aún tenían el presentimiento de que había existido algo parecido a una edad primitiva de la humanidad, como la que acabamos de describir. Esta Edad de Oro, conocida por la filosofía oriental como Krita-Yuga, duró, comparativamente hablando, mucho más que las Edades que todavía tenemos que describir. Después de la Edad de Oro vino la llamada "Edad de Plata". El hombre fue empujado más abajo en el mundo físico; pero el proceso continuó lenta y gradualmente. Aún entonces las puertas del mundo espiritual no estaban completamente cerradas. El hombre todavía tenía momentos intensos en los que, en una especie de clarividencia soñadora, veía a los Dioses trabajando detrás de sus instintos. En esta Edad de Plata, el hombre ya no podía llamarse compañero de los Dioses, pero aún podía percibirlos detrás de él. La filosofía oriental llama a esta edad, Treta-Yuga. Luego vino una Edad que se extiende hasta nuestro propio período Post-Atlante; sus últimos rezagados se extendieron hasta tiempos históricos en los que todavía había gente dotada de la antigua conciencia crepuscular y onírica. Todavía existía la conciencia de un mundo espiritual del que el hombre había salido, aunque sólo como una especie de recuerdo que quedaba de encarnaciones anteriores. Era como cuando ahora recordamos nuestra infancia, nuestra juventud y nuestra edad actual. En la infancia tuvimos experiencia directa de nuestros sucesos infantiles; de igual manera el hombre todavía experimentaba en Treta Yuga de una manera directa, el impulso de un mundo divino-espiritual. En la Edad siguiente, conocida como "Edad de Bronce", lo que el hombre tenía era más bien un recuerdo. Podría compararse con la forma en que un hombre adulto contempla su infancia; pues decimos: "Yo viví mi infancia; ¡no fue un sueño!". Así eran las cosas en la Tercera Edad. Los hombres sabían entonces: "En épocas anteriores tuvimos experiencia de comunión con los Dioses; ¡eso ahora no es más que un recuerdo!". He explicado extensamente cómo, en el período de civilización de la India Antigua, la memoria de la época atlante funcionaba retrospectivamente, permitiendo así a los santos Rishis revelar sus grandes enseñanzas divinas. Esta Edad de Bronce se conoce en la filosofía oriental como Dvapara-Yuga. Le sigue una Edad en la que se pierde todo recuerdo del mundo divino-espiritual, cuando el hombre, con su conocimiento y percepción, se entrega por completo al mundo físico. Esa edad comenzó alrededor del año 3101 a.C. En la filosofía oriental se la conoce como Kali-Yuga, "la edad oscura"; porque el hombre había perdido entonces toda conexión con el mundo espiritual y se había vuelto completamente uno con el mundo físico. Quiero hacer notar expresamente que ahora estoy utilizando estas expresiones para divisiones menores del tiempo, pero también pueden aplicarse a lapsos mayores. Hablamos ahora de las divisiones del tiempo correspondientes a las edades menores, y hacemos que el Kali-Yuga comience, como hace la filosofía india, con el año 3101 antes de nuestra era. Se preparaba entonces la Edad en la que a los hombres sólo se les enseñaba a ver lo que oculta el mundo divino-espiritual como por un velo, por una cubierta; cuando sólo percibían lo físico externo. Al principio del Kali-Yuga todavía había muchos que podían ver o recordar el mundo divino-espiritual, pero para la humanidad normal llegó el tiempo en que sólo podían ver el mundo físico de la naturaleza.
Ese fue el descenso del hombre al Kali-Yuga. Fue la época del descenso más profundo. En ella tenía que venir el impulso para el reascenso. Por eso este impulso, el Impulso Crístico, tuvo que llegar durante el Kali-Yuga, en la edad "oscura".

Este Impulso Crístico fue preparado por la religión de Yahvé o Jehová; pues esta religión enseñó al hombre cuán poca confianza podía depositar en sus decisiones anteriores. Durante el tiempo que se extendió desde la antigua época lemúrica hasta la Revelación en el Monte Sinaí, tenemos esa edad en la que al hombre se le dio el poder de elegir el bien o el mal, mientras que al mismo tiempo se hizo propenso a equivocarse al juzgar entre ellos, y se hizo más y más propenso a traer a la tierra lo que se conoce como "Pecado". El pecado se abrió paso en la vida de la tierra. El hombre se hizo "semejante a los dioses", pero a cambio de ello adquirió cualidades que en modo alguno estaban maduras para la semejanza con Dios. ¿Qué había que hacer entonces? En primer lugar, había que mostrar al hombre lo que la Divinidad esperaba de él si quería convertirse en un yo consciente de sí mismo. Esto le fue mostrado por el anuncio hecho en el Monte Sinaí en los "Diez Mandamientos". El pueblo oyó entonces proclamar a través de Moisés: 'El bien y el mal que ya has desarrollado no son suficientes. Te mostraré cómo sonarían estos Mandamientos si no hubieras descendido y, a cambio de tus cualidades defectuosas, hubieras recibido el poder de juzgar entre el bien y el mal'. El Decálogo, la ley, dada al hombre en el Sinaí, fue dada al hombre tal como había llegado a ser entonces; de modo que desde los mundos espirituales el hombre oyó sonar lo que era correcto, en contraste con lo que había desarrollado insuficientemente. Los Diez Mandamientos se levantan como una ley de hierro, como un faro-guía, mostrando al hombre lo que no había llegado a ser. Tuvo que someterse a esa ley, con todo lo que había llegado a ser. Al principio, el hombre no podía someterse a los Diez Mandamientos, porque había llegado a carecer de decisión, de autodirección. Por lo tanto, tuvieron que serle dados por alguien que fue inspirado, - por Moisés - es decir, le fueron dados desde arriba por administración Divina. Sin embargo, fueron dadas de tal manera que estaban destinadas al yo. Le decían al hombre cómo debía actuar el yo para alcanzar la meta de la humanidad.

En la conferencia sobre Los Diez Mandamientos de Moisés (16 de noviembre de 1908), esto se describe detalladamente. En primer lugar, se muestra la actitud correcta del yo hacia los mundos espirituales, contenida en los tres primeros mandamientos. Los siguientes se refieren a la conducta del hombre hacia sus semejantes en actos y hechos, y los últimos Mandamientos se refieren al control de sus sentimientos y sensaciones. Los Diez Mandamientos dan instrucciones para la educación del yo. Esta era la preparación por medio de la cual el yo debía aprender en su ser más interno cómo darse el impulso después de haber descendido al Kali-Yuga, a la edad de las tinieblas. Al principio el hombre debía recibir la Ley de lo Alto. La Ley del propio yo, sin embargo, sólo podía llegar a ser lo que había de ser, cuando ese yo tomara en sí al gran Prototipo del Gólgota, diciendo: Si introduzco en mi alma el pensamiento que tuvo el Ser que se ofreció en sacrificio en el Gólgota, -si introduzco en mí los sentimientos que tuvo el Ser que se ofreció en sacrificio en el Gólgota,- si introduzco en mí la voluntad que tuvo el Ser que se ofreció en sacrificio en el Gólgota, entonces mi ser se decidirá dentro de sí mismo a desarrollar cada vez más una semejanza con Dios, entonces ya no tendrá que seguir la Ley Exterior, los Diez Mandamientos, sino un impulso interior, su propia Ley.
Así Moisés puso primero ante la humanidad la Ley, pero Cristo les dio el Prototipo y la fuerza que el alma debía tomar, por medio de los cuales desarrollarse. De ahí que todos los impulsos espirituales debían ser llevados a lo más íntimo del alma, incluso al propio yo; todos ellos debían ser profundizados hacia el interior a través de Cristo Jesús. Eso sólo podía tener lugar si los hombres pensaban como sigue, y Cristo Jesús lo irradiaba como un impulso: -.

El hombre ha descendido a la edad oscura, al Kali-Yuga. Antes de esa edad oscura los hombres veían en el mundo espiritual con una tenue conciencia crepuscular. Entonces eran capaces, no sólo de hacer uso de los instrumentos del cuerpo físico, sino que cuando observaban el mundo físico a través de sus ojos, oídos, etc., percibían lo espiritual que rodeaba todas las cosas, flores, plantas, piedras, etc. En cuanto a esta observación de lo espiritual, los hombres eran ricos en aquellos tiempos. En los tiempos antiguos se les concedía el espíritu; mientras que, en la edad oscura, en lo que se refiere al espíritu se vieron reducidos a la mendicidad, pues ya no se les concedía el espíritu. Se habían vuelto pobres de espíritu. El Kali-Yuga se les vino encima cada vez más, esa época en la que los hombres tenían que decirse a sí mismos: En los tiempos antiguos las cosas eran diferentes, entonces el espíritu les era concedido a los hombres; podían mirar hacia arriba a un mundo espiritual, entonces eran ricos en espíritu; entonces los reinos del cielo les eran accesibles. Ahora, los hombres están encerrados en el mundo físico. Las puertas del mundo espiritual están cerradas a los sentidos humanos, y ninguna visión de los reinos del cielo está abierta al cuerpo físico. Pero Cristo fue capaz de decir: '¡Agarraos al yo, donde ahora debe ser aprehendido! Entonces los Reinos del Cielo se acercarán a ti. Surgirán dentro de tu propio yo. Aunque la luz espiritual se oculte a vuestros ojos tras la luz exterior perceptible por los sentidos, aunque el sonido espiritual se oculte a vuestros oídos tras el sonido físico; sin embargo, cuando Cristo mismo os resucite, encontraréis los Reinos de los Cielos dentro de vosotros. Infelices eran los que se habían empobrecido en la edad de las tinieblas, los que se habían convertido en mendigos en cuanto al espíritu. Ahora pueden llegar a ser bienaventurados, habiéndose dado el impulso mediante el cual Cristo es capaz, desde el mundo espiritual, desde los Reinos de los Cielos, de penetrar en el propio yo del hombre. Por lo tanto, con respecto a la pobreza de espíritu del hombre, la más alta proclamación cristiana es ésta: De ahora en adelante, bienaventurados los mendigos de espíritu, que ya no reciben el espíritu que se les otorga según la antigua concepción. De ahora en adelante, pueden ser bienaventurados si reciben el Impulso Crístico; porque, a través del desarrollo de su yo, los Reinos del Cielo estarán dentro de ellos'.

Pasemos al cuerpo etérico, que es el constructor del cuerpo físico. ¿Qué ha entrado en él? La enfermedad sólo se expresa en el cuerpo físico. El problema en sí está primero en el cuerpo etérico; luego se expresa en una encarnación posterior como enfermedad en el cuerpo físico. Ahora, sin embargo, algo ha entrado en el mundo", tuvo que decir Cristo Jesús, "mediante lo cual puede surgir gradualmente en el interior un impulso para limpiar la subyugación del cuerpo etérico. Bienaventurados sean ahora aquellos que tienen una aflicción adherida a sus cuerpos etéricos, si aceptan el Impulso Crístico; porque tienen algo dentro de ellos que los eleva por encima del sufrimiento y les enseña a encontrar el consuelo interno, el paráclito interno, el reconfortador interno".
¿En qué se había transformado el cuerpo astral a causa de la influencia luciférica? Se había vuelto menos perfecto que antes. Se le había dado la posibilidad que hemos descrito como una buena cualidad: la de ser capaz de entusiasmarse por lo que es grande y bueno, de sentir entusiasmo por los sublimes tesoros de lo verdadero, lo bello y lo bueno. Por otra parte, tiene que pagar el precio de sentir simpatía o antipatía por los tesoros de la tierra. Pero el hombre que recibe el Impulso Crístico aprende a dominar el cuerpo astral, que incita a su cuerpo físico a oponerse a los tesoros de la tierra, aprende a someterlo al poder del espíritu; y al hacerlo se vuelve feliz o bienaventurado. Bienaventurado el que hace que su cuerpo astral sea indiferente a las cosas de la tierra, que de este modo caerán en su parte. Porque cuando está todo enardecido por las cosas de la tierra, sintiendo tanto emoción como simpatía o antipatía por ellas, desecha lo que podrían llegar a ser para él; pero cuando el cuerpo astral se pone bajo el poder de lo espiritual y se vuelve indiferente a las cosas de la tierra, el Reino de la Tierra se añade como recompensa.'

Ascendamos ahora a lo que obra como alma sensible dentro del cuerpo astral. Aquí todavía poseemos, de una manera tenue, un yo gobernante, un yo que todavía no ha surgido del todo y que, por lo tanto, todavía está desarrollando las pasiones más egoístas. Mientras el yo esté realmente dentro del alma sensible, desarrollará el egoísmo más egoísta. Falta el deseo de que los demás tengan lo mismo que nosotros. El egoísmo oscurece el sentido de la justicia, porque el yo lo quiere todo para sí. Pero si el yo se transmuta en imitación del Impulso-Cristo, tendrá hambre y sed de justicia para todos los seres que nos rodean. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia en su alma sensible, porque estarán satisfechos. Serán capaces de crear condiciones en todo el mundo que correspondan al nuevo espíritu de justicia en las profundidades del alma.

Sigamos ascendiendo hasta el alma intelectual o mental. Este principio lleva a un grado aún mayor la consideración de un hombre por otro, no meramente como un sentimiento de justicia tal como es producido por el alma sensible, sino como compasión, una verdadera compasión por las penas de otros y una participación en su alegría. El que recibe el Impulso Crístico llega a sentir lo que sienten los demás, no sólo lo que siente él mismo; se sumerge en el yo de los demás y, al hacerlo, siente la dicha en su alma intelectual o mental. Bienaventurado el que desarrolla el sentimiento del prójimo; porque sólo sintiéndose él mismo dentro del alma de los demás, los estimula a sentirse ellos mismos en él. Recibirá la simpatía de los demás cuando él mismo irradie sentimientos de compañerismo hacia ellos. Bienaventurados los que sienten con los demás, porque los demás sentirán con ellos".

Ahora verán cómo, habiendo avanzado un poco más en nuestro estudio de estas conexiones, somos capaces de comprender de una manera diferente, desde lo más profundo de la naturaleza y el ser del hombre, aquellas palabras del Evangelio de San Mateo, generalmente conocidas como el Sermón de la Montaña. Cada frase del Sermón de la Montaña se refiere a uno de los nueve principios del hombre. En las próximas conferencias profundizaremos en ello. El Sermón de la Montaña debe volverse transparente a nuestros ojos espirituales como el acto de Cristo Jesús por medio del cual convirtió lo que estaba contenido en la Antigua Ley de Moisés en algo muy interno, un impulso interior que permite al yo del hombre volverse activo, como debe volverse en todos los nueve principios del hombre, porque si el yo toma el Impulso Crístico, afecta a todos ellos.
Así vemos la profunda verdad de lo que ya he indicado aquí una vez antes: que en Kali-Yuga Cristo hizo que el yo del hombre fuera capaz de descubrir algo en el mundo físico que puede llevar al hombre al mundo espiritual, a los Reinos de los Cielos. Cristo transformó el yo del hombre en un participante del mundo espiritual. En el antiguo Saturno el cuerpo físico era sacado directamente del mundo espiritual. Estaba todavía dentro de ese mundo, porque el cuerpo físico era entonces mucho más espiritual y no era consciente de que podía separarse de los mundos espirituales. El cuerpo etérico se añadió en el Sol y el cuerpo astral en la Luna, pero sólo en la Tierra fue posible -mediante el desarrollo del yo- liberarse de lo divino-espiritual. En consecuencia, como el yo debe ser conducido de nuevo, Dios tuvo que descender al plano físico, y en ese plano mostrar al hombre cómo encontrar el camino de regreso a los Reinos del Cielo.

A través del Impulso Crístico se produjo un acontecimiento importantísimo. Háganse esta pregunta: ¿Sabían todos los que vivían en la época en que Cristo Jesús actuaba en la Tierra que estaba ocurriendo un acontecimiento tan importante? Reflexionen que Tácito, el gran historiador, menciona a los cristianos como una secta casi desconocida. Cien años después de Cristo sólo menciona a los cristianos como una secta que vivía en una callejuela de Roma, cuyo maestro era un tal Jesús; simplemente se menciona que vivían allí. Durante mucho tiempo después del acontecimiento de Cristo, muchos romanos creyeron que Jesús era contemporáneo suyo, como si acabara de aparecer. En resumen, en la evolución del hombre pueden producirse acontecimientos importantes sin que los contemporáneos se den cuenta de que algo ha sucedido. Las cosas más importantes pueden suceder y pasar desapercibidas si las personas no cultivan la comprensión para ellas. Entonces se perderían la experiencia, y en lo que a eso se refiere serían estériles y estarían secos. ¡Cambiad vuestros corazones! Los Reinos de los Cielos se han acercado". Ese fue el anuncio de Juan el Bautista y del propio Cristo Jesús. Dieron a entender a los que tenían oídos para oír que estaba ocurriendo algo importantísimo. Que en el mundo no se sepa nada de un acontecimiento importante no es prueba de que no esté ocurriendo. Aquellos cuyo negocio es hoy señalar los signos de los tiempos, están conscientes de lo que está ocurriendo hoy. Deben señalar un acontecimiento que, aunque no sea de los más convincentes, es importante. Es cierto que justo en nuestro tiempo se está desarrollando algo de infinita importancia. Así como Juan señaló a Cristo, y Cristo mismo señaló el acercamiento de los Reinos de los Cielos, al yo; así nosotros debemos señalar hoy otro acontecimiento importante.

Cristo descendió una vez a la tierra en un cuerpo de carne; pasó los primeros años de nuestra era en la tierra, en la carne. De acuerdo con la sabia guía de nuestra evolución mundial, no está establecido que los hombres vuelvan a ver a Cristo en la carne, como un hombre encarnado físicamente; ni es necesario que lo hagan. Porque Cristo no volverá en la carne. ¿Por qué? Porque lo que llamamos la edad oscura -el Kali-Yuga- se completó a finales del siglo XIX, y porque con el siglo XX comenzó una nueva edad, en la que los hombres deben prepararse para desarrollar nuevas capacidades, aquellas facultades que se perdieron en la edad oscura. Lenta y gradualmente se están preparando. Estas facultades se desarrollarán tanto que habrá individuos que las poseerán como tendencias naturales. Estas facultades se verán en un cierto número de personas, particularmente entre los años 1930 y 1940, y por medio de ellas un número de personas entrará en nueva relación con el Cristo.
Esto indica un punto importante en el desarrollo humano. La Ciencia Espiritual está aquí para abrir la comprensión de los hombres a estas nuevas facultades que se desarrollarán en el mundo de los hombres. La Antroposofía no ha venido al mundo porque unos pocos simpaticen con ella y quieran darla a conocer más; ha venido porque es necesaria si los hombres desean comprender lo que tendrá lugar en la primera mitad de este siglo. Porque sólo por medio de lo que la Ciencia Espiritual puede dar a la humanidad, ésta será capaz de comprenderlo. Cuando las personas sean capaces de percibir en el espíritu lo que entonces ocurrirá, también serán incapaces de confundir ese acontecimiento con sus representaciones erróneas. Pues a medida que el materialismo se extienda más, llegará incluso a la concepción espiritual del mundo, donde tendrá una influencia particularmente maléfica. En ese ámbito tenderá a impedir que los hombres comprendan lo que debe ser comprendido espiritualmente. Lo que realmente debería ser comprendido en el espíritu lo buscarán en el mundo de la materia. Debido a que en el transcurso de la primera mitad de nuestro siglo vamos a entrar en una nueva relación con Cristo, debe subrayarse una y otra vez durante las próximas décadas y hasta que el acontecimiento se produzca, que surgirán falsos Mesías, falsos Cristos que llamarán a las puertas de aquellos que sólo son capaces de ser materialistas en los dominios de la Ciencia Espiritual, y sólo pueden imaginar una nueva relación con Cristo si lo ven ante ellos en la carne. Un cierto número de falsos Mesías convertirán esto en su propio uso, diciendo: '¡Cristo ha reaparecido en la carne!'.

La sabiduría antroposófica tiene el deber de preparar la relación que puede ser alcanzada durante la primera mitad de nuestro siglo por las capacidades puramente humanas. La responsabilidad del esfuerzo antroposófico se hace cada vez mayor, pues tiene que preparar un acontecimiento venidero que sólo se comprenderá si la Antroposofía se abre camino en el alma de los hombres y se hace así fructífera para el desarrollo ulterior de la humanidad. La alternativa es que los hombres no acepten y no utilicen el instrumento de la Ciencia Espiritual, a través del cual se puede comprender este Acontecimiento; en ese caso, la humanidad lo pasará por alto sin comprenderlo. Porque si los hombres rechazaran tan completamente la Ciencia Espiritual que no quedara nada de ella, no sabrían que este acontecimiento existe o lo interpretarían erróneamente. El fruto de este acontecimiento se perdería entonces para el futuro de la humanidad, y el hombre se vería sumido en una espantosa miseria.

He insinuado así una nueva relación con el Cristo que está germinando en las almas de los hombres y que podrán desarrollar en un futuro comparativamente próximo.
Traducido por J.Luelmo abr.2023