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viernes, 27 de diciembre de 2024

GA209 Berlín, 7 de diciembre de 1921 -La conciencia del Dios Padre y la conciencia del Cristo

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La conciencia del Dios Padre y la conciencia del Cristo

RUDOLF STEINER


 Berlín, 7 de diciembre de 1921

Lo que tendremos que tratar hoy guardará cierta relación con lo que pude decir aquí la última vez y, por tanto, también guardará relación con algunas de las cosas que supe en aquellas intervenciones. Hoy quisiera hablar del materialismo de las confesiones religiosas contemporáneas, pero quisiera hacerlo en relación con cierto aspecto del problema de Cristo. Precisamente en relación con el problema de Cristo comienzan a surgir toda una serie de malentendidos acerca de la investigación antroposófica, y aunque no es de esperar que estos malentendidos sean disipados por quienes los revelan con cierto interés, de ello puede depender mucho para otros.

A lo largo de las fases más recientes del desarrollo de la civilización occidental, hemos experimentado todo tipo de inclinaciones hacia cosmovisiones claramente ateas. Mi tarea hoy no pretende señalar los diversos matices del ateísmo tal y como ha aparecido; sin embargo, me gustaría llamar la atención sobre algo que es una base común de cualquier visión atea del mundo. Se trata de un fallo a la hora de examinar de dónde procede realmente el contenido de la conciencia de Dios. La conciencia de Dios no puede provenir únicamente de la contemplación de la naturaleza externa, sino de toda la coexistencia del hombre con la naturaleza externa, con el mundo sensorial. Quizá parezca paradójico decir que la conciencia de Dios debe proceder de la coexistencia del hombre con el mundo sensorial. Sin embargo, esta conciencia de Dios, no debe tomarse como la culminación de un momento, por así decirlo, sino como el contenido de la vida en la tierra durante el período que va desde el nacimiento hasta la muerte. En esta vida terrenal sentimos en primer lugar que pertenecemos a la naturaleza por herencia. Hemos entrado en esta existencia terrenal como seres humanos físicos a través de procesos puramente naturales. A medida que transcurre nuestra existencia terrenal, nos damos cuenta de un cierto desarrollo de aquello que nos ha llegado a través de nuestro nacimiento en esta existencia. Ahora se trata de si somos lo suficientemente cuidadosos, -naturalmente no lo digo sólo desde el punto de vista del intelecto, sino también desde el punto de vista del sentir y de los impulsos de la voluntad que también tenemos y debemos experimentar allí-, de si obtenemos un cierto desempeño de nuestra conciencia por convivir con el mundo sensorial exterior en el transcurso de nuestra existencia terrena. Sin embargo, si mediante la experiencia vulgär, resumimos únicamente todo lo que el mundo de los sentidos puede darnos, nunca llegaremos a sentir nuestra plena naturaleza humana si no pensamos en el mundo de los sentidos y en lo que puede ser junto con nosotros de un modo espiritualizado. Por muy cuidadosamente que examinemos todos los secretos que el mundo sensorial exterior puede darnos a través de la percepción sensorial, nunca podríamos llegar a comprender el hecho de que el ser humano también está inmerso en este mundo sensorial. Pero como nosotros, como seres físicos terrenales, hemos surgido no obstante de este mundo de los sentidos, pero nunca podemos encontrarnos comprensibles como seres humanos a partir de sus ingredientes, entonces para una conciencia sana se deduce sencillamente que esta conciencia se cumplimenta con la existencia de Dios o con la percepción de la existencia de Dios.

A pesar de sus grandes y amplios éxitos, esto es precisamente lo que la ciencia natural moderna ha aportado a la humanidad: puesto que no quiere reconocer la existencia espiritual como tal dentro del mundo sensorial, en cierta medida elimina al ser humano de la existencia global que quiere abarcar. Ya he expresado esto ante ustedes diciendo: Si nos fijamos, por ejemplo, en la teoría del desarrollo de los últimos tiempos, -en muchos aspectos enorme-, en realidad no la encontramos tratando del hombre como «hombre», sino como la conclusión, por así decirlo la coronación del mundo animal. Si preguntamos a la ciencia natural, tal como es hoy, sobre la naturaleza del hombre, en realidad no nos responde, si la entendemos correctamente. Sólo responde a la pregunta: ¿Cuál es el más elevado de los animales? En otras palabras, sólo considera al hombre en relación con su condición de animal. Tiene razón en muchos aspectos en lo que tiene que decir al respecto, pero al hacerlo sitúa al hombre, por así decirlo, fuera de la esfera de su consideración. No puede responder a la pregunta sobre la naturaleza del hombre con sus medios, es más, sólo puede entenderse a sí misma correctamente si declara que esta pregunta sobre la naturaleza del hombre queda fuera de su ámbito.

Por supuesto, esto es sólo una referencia al sentimiento que se desprende de la totalidad de un ser humano sano, que precisamente en la medida en que se ve a sí mismo en conexión con la totalidad de la naturaleza, debe llegar realmente a la conciencia de Dios, pero inicialmente sólo a la conciencia de Dios, no a la conciencia de Cristo.

Ahora bien, una persona que hace uso de su sano juicio, de su sana sensibilidad, no puede ser atea. Ya lo he expresado aquí diciendo que, aunque no todas las enfermedades leves puedan diagnosticarse por medios ordinarios, está claro para cualquiera que sepa distinguir entre una persona sana y una enferma que el ateísmo sólo puede encontrar su lugar en una disposición patológica de la naturaleza humana en su conjunto. Por lo tanto se puede decir: Negar a Dios en realidad es el resultado de estar enfermo. Pero ahora se trata de lo siguiente: En la época actual de la evolución humana llegamos a esta conciencia de Dios, yo diría que sólo de manera vacilante, dudosa, si pasamos por alto todo; pues aquí hay que llamar la atención sobre una deficiencia importante de nuestra pedagogía actual, esa deficiencia que, por ejemplo, el movimiento de las escuelas Waldorf quiere corregir. Cuando se habla de la decadencia de la civilización actual, no se puede ignorar realmente el movimiento juvenil actual. Este movimiento juvenil significa mucho más de lo que se suele pensar, y considero algo extraordinariamente significativo que en una serie de actos recientes organizados por nuestro movimiento antroposófico, entre ellos el último Congreso de Stuttgart, un número considerable de miembros del movimiento juvenil se reunieran y tomaran realmente la decisión muy positiva de unirse a lo que quiere la corriente espiritual antroposófica, también desde el punto de vista del movimiento juvenil. Se puede pensar lo que se quiera sobre los detalles de este movimiento juvenil, pero hay que advertir que en una gran parte de nuestra juventud se ha desvanecido la autoridad hacia la generación de más edad, que se supone que es el líder de la juventud. Aunque uno pueda decir muchas cosas críticas sobre la juventud actual, no puede evitar darse cuenta de ello: Cuando los jóvenes dicen que ya no pueden reconocer la autoridad, tal y como la encuentran, la culpa de ello no puede atribuirse sólo a la juventud, sino que debe atribuirse a la edad que se supone que es quien lidera a la juventud. Hace poco, durante una conferencia que di en Aarau (Suiza), se habló precisamente de la falta de autoridad de los jóvenes de hoy. Al final de la conferencia, apareció un representante religioso y regañó a la juventud de hoy. Pero esta regañina no sirve de mucho ante algo tan elemental. Hay que entender las cosas. Fue interesante cuando un chico muy joven de la propia escuela cantonal, -la escuela cantonal de allí es en realidad una escuela secundaria-, se levantó después y, en mi opinión, pronunció el mejor discurso del debate. Se levantó con mucho ardor y dijo: «Queremos autoridad, en realidad ansiamos autoridad, pero cuando miramos a los ancianos, ¿Acaso vemos otra cosa que no sea que ninguna autoridad puede venir de estos ancianos?

Los vemos pelearse en cada ocasión, enfrentados. - Y luego enumeró todo tipo de cosas que los jóvenes notan en los ancianos de hoy, y finalmente dijo:

¡Ansiamos autoridad, pero no podemos tenerla!

Pero si uno ve a través de lo que se trata todo esto, encontrará que la civilización actual se ha vuelto altamente intelectualista, que en realidad todo lo que se considera a sí mismo como guía y autoridad hoy en día se ha vuelto intelectualista, puramente intelectual. Básicamente, la ciencia natural y la cultura intelectual van juntas. La ciencia natural es lo objetivo, la cultura intelectual lo subjetivo. Pero la cultura intelectual, el intelectualismo, sólo se da de forma natural a cierta edad. De niño no se puede ser intelectualista. Los niños no son intelectualistas. En realidad, el intelectualismo sólo puede aparecer tras la madurez sexual. Y como la humanidad ha crecido completamente en el intelectualismo, hoy todo está dominado por él. Los que hoy suelen rechazar el intelectualismo y arremeten contra él, lo hacen sobre todo por un tipo distinto de intelectualismo. Hoy, todos los que reivindican el intelectualismo son abstraccionistas. Pero el intelectualismo sólo nos llega realmente a una edad más avanzada, y como estamos abrumados por él, los niños ya no nos entienden y ya no pueden tener nada que ver con las formas de pensamiento que adoptamos bajo la influencia del intelectualismo, y nosotros mismos ya no sentimos lo que absorbíamos cuando éramos niños. La edad infantil ya no está plenamente viva en nosotros. Nos hemos intelectualizado tanto que el niño ya no desempeña ningún papel en nosotros. Pero no podemos ser pedagogos, educadores, al haber sido completamente abandonados por lo que nosotros mismos experimentamos de niños. Así que ya no sabemos qué decir a los niños y éstos crecen sin ningún cuidado especial por su ser. Declamamos que debemos ser descriptivos, pero lo descriptivo es sólo el lado objetivo del intelectualismo. De este modo creamos un abismo entre nosotros y la juventud, y esto es lo que encontramos en el movimiento juvenil. Pero, de nuevo, con sólo criticar el intelectualismo no se logrará nada. Al fin y al cabo, ha sido un fenómeno necesario en la civilización occidental de los últimos tres a cinco siglos, en realidad desde los siglos XIII al XV. Fue necesario que surgiera para que la humanidad pudiera vivir realmente el impulso de la libertad. De modo que no se trata sólo de criticar el impulso intelectualista, sino de comprenderlo correctamente, para poder luchar por un desarrollo ulterior hacia algo distinto de la vertiente intelectualista precisamente a través de esta comprensión.

Y ahora debemos decir: ¿Cuál es la esencia de este intelectualismo? En realidad ya se indica al señalar la conexión entre este intelectualismo y el sentimiento de libertad. Y el sentimiento de libertad es a su vez inconcebible sin el pleno desarrollo del Yo humano. En realidad, es el desarrollo del yo lo que ha surgido en cierto modo en los últimos tiempos en la humanidad y que desde el alma consciente se apodera del yo. Esto es lo esencial que da el impulso a la civilización occidental más reciente. Pero este yo, del cual el hombre es plenamente consciente desde hace tres, cuatro, cinco siglos, sólo puede provenir inicialmente del cuerpo humano. La experiencia del yo entre el nacimiento y la muerte sólo puede provenir del cuerpo humano; esto puede comprobarse en particular a través de la investigación espiritual antroposófica.

Uno de los momentos más importantes para toda la vida después de la muerte es el momento mismo de morir. Este momento de la muerte, por supuesto, sólo es conocido por el ser humano terrenal en su aspecto externo. En el aspecto interno él debe reconocerlo a partir de aquella conciencia que el propio muerto tiene entre la muerte y un nuevo nacimiento. Que esto se produzca más o menos tarde después de la muerte no debe preocuparnos ahora. Hoy queremos poner ante nosotros en general la conciencia que el hombre tiene entre la muerte y un nuevo nacimiento. Esta conciencia depende absolutamente del hecho de que el hombre tenga una impresión extraordinariamente significativa en el momento de la muerte. Tengan ustedes en cuenta que durante toda la vida entre el nacimiento y la muerte el hombre sale de su cuerpo físico y etérico sólo con su yo y su cuerpo astral, es decir, en estado dormido; de modo que durante la vida entre el nacimiento y la muerte hay una conexión constante e ininterrumpida entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico. Al morir, el ser humano abandona el cuerpo físico es decir la conexión con su cuerpo etérico se interrumpe, -como ustedes saben, permanece junto a su cuerpo etérico durante días-, de modo que sólo tiene esta experiencia de su cuerpo físico completo en el momento de la muerte. Si se quiere tener conocimiento de algo, no se puede tener de otra manera que teniendo la cosa a conocer fuera de uno mismo. Así como no se ven los elementos que componen nuestro ojo, sino que sólo se ve lo que está fuera del ojo. Así tampoco se ve nada de lo anímico-espiritual que se tiene dentro. Hay que salir primero de uno mismo con la parte anímico-espiritual del propio ser, para luego mirar desde el exterior al propio cuerpo, (físico). Esto sucede en el momento de la muerte en relación con la separación del cuerpo etérico y el cuerpo físico. Cuando una persona se duerme, en realidad nunca tiene una visión consciente y completa de sus cuerpos físico y etérico. Ambos permanecen atrás al quedarnos dormidos. Esta es la razón por la cual, cuando se alcanza la conciencia visual en el dormir, sólo puede ver la cabeza humana y la parte del torso, y que en realidad no puede ver las extremidades humanas en el dormir ordinario. Sólo en la muerte, Al morir, existe el momento en que el hombre se tiene a sí mismo completamente ante sí, al igual que si fuera un objeto, en relación con su cuerpo físico, y esta impresión permanece todo el tiempo desde la muerte hasta el nuevo nacimiento, me gustaría decir, como el final de la perspectiva en la que uno mira hacia atrás después de la muerte. Este momento de morir lo ve uno, porque si no tuviera al yo como objeto, no se reconocería a sí mismo como un yo, carecería de yo, en el sentido de que aquí en el mundo físico, se posee aquello que uno trae a la conciencia, a saber, el cuerpo físico completo, como objeto de cognición ante sí mismo en el momento de morir. Esta tremenda impresión que uno puede decirse a sí mismo: Lo que tu conciencia del yo te ha dado, tu cuerpo físico completo, total, ¡que has visto en el momento de morir! Esto permanece y forma el contenido de la conciencia del yo entre la muerte y el nuevo nacimiento, donde todo se vuelve temporal, donde en cierto sentido lo espacial ya no existe. Después de la muerte se mira hacia atrás desde ese punto y es visto como un punto importante, como el final de la perspectiva, -la dirección continúa después, pero en el momento de la última muerte, ese momento de morir-, se produce el destello. Este destello actúa como un «enlace temporal», me gustaría decir, después de la muerte, al igual que el organismo físico espacial proporciona la conciencia del yo entre el nacimiento y la muerte. De modo que podemos decir: La conciencia del yo aquí en la vida terrestre proviene en realidad del cuerpo físico.

Ahora nos ocurre lo siguiente. A través de nuestros sentidos contemplamos la naturaleza exterior. Vemos los tres reinos de la naturaleza exterior: el mineral, el vegetal, el animal y el reino físico humano. Vemos nubes, ríos, montañas, estrellas, etcétera. Todo cuanto allí se ve puede considerarse «naturaleza», y lo que allí se ve también suministra continuamente los elementos, sustancias que también penetran en el organismo humano, tanto el físico como el etérico. Con la alimentación son absorbidas las sustancias del mundo físico-sensorial. Estas sustancias despliegan sus poderes y actividades físico-químicas incluso cuando están en el organismo humano. El ser humano es, por así decirlo, en lo que se refiere a su organismo físico, lo que toma de la naturaleza externa. Los minerales, las plantas y los animales tienen, si se me permite la expresión, derecho a ser «naturaleza». Pero cuando lo que contienen tales sustancias entra en el organismo humano con el alimento, la respiración, etc., se convierten en algo distinto de la naturaleza. Luego, en el organismo humano devienen de tal manera que se puede decir: Aquello que vive en la naturaleza no debe poder seguir siendo naturaleza, si el hombre ha de seguir siendo «hombre». Los seres de la naturaleza sólo tienen derecho a ser naturaleza fuera del hombre; dentro del hombre la naturaleza se convierte en un elemento destructivo. Allí se convierte en aquello que continuamente quiere disolver al ser humano y que también le inflige fuerzas anímicas que obran en pro de la destrucción.

A este respecto, las antiguas conciencias instintivas de la humanidad sabían ver mucho mejor que el intelectualismo actual. El intelectualismo actual parte de conceptos, no de hechos, y cuando los hechos no concuerdan con los conceptos, reinterpreta los fenómenos para ajustarlos a sus conceptos. Hoy no se habla de que las plantas, los animales y los seres humanos lleguen a su fin, sino que se dice que hay que investigar la muerte. El hecho de que el fin de las plantas, el fin de los animales, el fin de los seres humanos pueda ser algo completamente distinto, que no pueda resumirse bajo el concepto común de «muerto», es algo que hoy nadie considera. Para el mundo actual, si se llama la atención sobre estas cosas, devienen grotescas y paradójicas. Pero definitivamente es así en este aspecto. Hoy alguien dice: Un cuchíllo es un cuchíllo, -y luego coge una navaja y quiere cortar su carne con ella, porque- ¡un cuchíllo es un cuchíllo! Hoy en día, cuando la gente cree tener los dos pies en el suelo, es importante darse cuenta de que la realidad no puede alcanzarse con conceptos abstractos. El intelectualismo no lo tiene en cuenta, porque parte de conceptos en lugar de hechos. Por eso tampoco se da cuenta de lo justificado que estaba hablar, -partiendo de niveles de conciencia más antiguos-, de que la naturaleza en sus efectos y procesos, al seguir existiendo en el hombre, pierde el derecho a seguir siendo naturaleza, sino que tendría que transformarse, y que ésta, en el hombre, si quiere conservar su validez como naturaleza, se convierte en «pecado». El concepto de pecado en relación con los fenómenos naturales ya no existe. No se ve el puente entre lo natural y lo que está arraigado en el hombre como anímico-espiritual. Los animales, las plantas y los minerales es correcto que sean naturaleza fuera; lo que entra en el hombre procedente de ellos, debe ser transformado por el hombre, pues si permaneciera como naturaleza se transformaría en algo destructivo. Es decir, si es mera naturaleza y el hombre no tiene poder para transformarla, se convierte en enfermedad, y al ser impartida al alma, en pecado.

Cuando una persona que analiza sin prejuicios su relación con el mundo de los sentidos se pone en situación consigo misma y considera todo lo que se puede tener en cuenta, debe decirse lo siguiente: Si miro a la naturaleza y considero en primer lugar mi procedencia de ella, entonces no puedo ser ateo. Pero, por otra parte, precisamente como hombre del presente, como hombre de la época más reciente, no puedo dejar de atribuir mi conciencia del yo al mero cuerpo físico, a la existencia natural dentro de mí. Lo que expreso aquí en mis pensamientos está ciertamente presente en los sentimientos y emociones de toda persona sana de hoy que no tema llegar al autoconocimiento. Si sólo por miedo o conveniencia, él no evita mirar en su propio ser interior, llega a este dilema diciéndose a sí mismo: Si yo me considero un ser de la naturaleza, que he surgido de la naturaleza, entonces, en la base de todo el mundo, que también me contiene, tiene que haber un ser de Dios. Pero, en realidad, este sano sentimiento se contradice con el desarrollo moderno del yo, pues éste sólo puede provenir de la existencia natural del cuerpo físico y, -como les he mostrado-, incluso a través de la impresión que la muerte produce en el hombre. A consecuencia de esto resulta que instintivamente, el hombre moderno debe dudar de la conciencia de Dios, pero no porque algo en la contemplación de la naturaleza le aleje de la conciencia de Dios, sino porque el hombre de la época actual, teniendo en cuenta la totalidad de su ser en términos de cuerpo, alma y espíritu, no puede estar completamente sano a causa de su conciencia del yo. Pues: La naturaleza en el hombre, si permanece tal como es y tiene influencia sobre el alma, significa algo patógeno, y sobre el alma tiene la influencia de la aberración, de la pecaminosidad.

Por supuesto, no debe uno adoptar una visión filistea de esto, sino que debe mantener ante sus ojos los hechos, tal y como se presentan desde la existencia. Dicho de otro modo: Si nos remontamos a la antigüedad, cuando aún no existía la conciencia del yo, la existencia de Dios siempre se la representaba bajo el concepto del Padre, independientemente de si se la representaba modificada hacia un lado o hacia el otro. La existencia de Dios no podía representarse de otra manera que como una existencia de Dios única, que abarcaba más o menos el universo, que se intentaba captar desde el concepto del Padre; y como la conciencia del yo no existía todavía, puesto que sólo puede surgir de lo natural, nada perturbaba esta conciencia del Padre. En realidad, el hombre moderno sólo puede tener esta conciencia del Padre si amortigua su yo y retira algo de sí mismo, tal vez mediante el fortalecimiento moral, pero que, sin embargo, debe surgir con el desarrollo de la libertad, con el desarrollo de la humanidad moderna. Por eso el hombre, tal como vive hoy, no puede contentarse realmente con la conciencia única, con la conciencia del Padre. Debe decir: Tendría esta conciencia paterna si aún pudiera ser instintivo como la humanidad que existía antes de que se desarrollara el sentido elevado del yo. Pero como ser humano del presente, esta conciencia del yo me impide enfrentarme plenamente a la conciencia del padre en dependencia de ella.

Ocurre lo que el hombre moderno puede muy bien experimentar reflexionando sobre su yo, cuando se da cuenta de que el yo, si no tiene el cuerpo, se extingue. Al dormirse se extingue, en cambio en la muerte sólo se mantiene gracias a que tiene la visión del cuerpo en el momento de la muerte. El hombre sabe que precisamente debido a su conciencia del yo se aleja de la conciencia divina del Padre. Pero debe sentir esto como algo morboso, y si lo siente como morboso de la manera correcta, surge para él el impulso que le conduce al Cristo que está presente hoy. A la conciencia del Padre tendrá que añadírsele la conciencia del Hijo a partir de la experiencia anímica interna. Esta conciencia de Hijo sólo puede entrar en nosotros a través de una acción libre. Y esto hemos de reconocerlo: Si el ateísmo es en realidad un síntoma de enfermedad, entonces lo que puede llamarse agnosticismo hacia el Misterio del Gólgota, agnosticismo sobre todo hacia el Cristo actual, ¡es una desgracia, una fatalidad! No es necesario estar completamente sano para ser abandonado por la conciencia del Padre, -pero en este sentido la humanidad moderna no está completamente sana-, sino que es necesario un acto de búsqueda del espíritu Crístico libre si se quiere llegar hasta el Cristo. 

Para ello son absolutamente necesarias dos experiencias: Una es la conciencia del Padre, pero debo decir que en el actual desarrollo de la humanidad existe una conciencia nublada del Padre. Si no hubiera adquirido la conciencia del yo en el curso del desarrollo humano, la conciencia del Dios Padre estaría allí; pero debido a que surge la conciencia del yo, y ésta debe surgir a partir de lo que, abandonado a sí mismo, está enfermo en el ser humano, la conciencia del Padre divino está nublada por el momento, y uno debe llegar a la conciencia del Cristo a través de un acto libre, que es diferente de encontrar al Padre. 

Estas dos experiencias, como ya he indicado aquí, no se distinguen entre sí en la civilización occidental. Precisamente en Solovyov encontramos que él, desde otro tipo de conciencia, distingue estrictamente la conciencia del Padre de la conciencia del Hijo. En Occidente ambas se diferencian tan poco que un relato autorizado de la naturaleza del cristianismo podría incluso decir: No es el Hijo quien pertenece a los Evangelios, sino sólo el Padre, el Hijo en realidad sólo como el Maestro del Padre. - Así pues, no hay conciencia de que se puedan tener dos actos de experiencia: uno hacia la experiencia del Padre, que hoy está enturbiada, y otro hacia el Hijo. Si bien, cuando se tiene esta experiencia del Hijo, al principio sólo se llega a un encuentro presente con el Cristo, y todo el mundo puede llegar a este encuentro presente con el Cristo, por así decirlo al Cristo eterno, desde la relación subjetiva del presente. Pero quien rechaza el encuentro presente con el Cristo y vive dulcemente como en la época anterior de la humanidad, no alcanzará esa constitución interior que le lleva al encuentro con el Cristo. Pero el que siente realmente lo que el tiempo más nuevo puede darle, llegará a ese acto interior de encuentro con el Cristo y probará así que el Cristo está ahí.

Pero el Cristo histórico aún está por investigar. Hoy en día, en la era del materialismo, también debemos tener la oportunidad de mirar la historia desde un punto de vista diferente del que es posible para la conciencia externa. Debo hacer notar algo que debe observarse estrictamente. Esta iluminación dirigida hacia los mundos superiores suele tomarse de forma demasiado externa. La gente todavía presta muy poca atención al hecho de que quienes hablan de los mundos superiores deben hablar en realidad en un estilo diferente al de quienes hablan del mundo físico, y no sólo en un estilo exterior diferente, sino en un estilo interior diferente. Cuando vivimos aquí en el mundo físico y permitimos que este mundo tenga un efecto sobre nosotros, distinguimos, para la conciencia actual, entre lo correcto y lo incorrecto lógicamente, diría yo; también lo llamamos verdadero y falso. Y examinamos si algo es correcto o incorrecto, verdadero o falso, según razones lógicas o externas de la realidad. Pero precisamente así es como nos adentramos en la abstracción, en la vida intelectualista. Pues todo discernimiento lógico, sobre si algo es verdadero o falso, se basa en conceptos abstractos cuando sólo se toma como base la percepción sensorial externa, en observación o experimento. Sin embargo, cuando conocemos algo, nos movemos en conceptos abstractos. Cuando ascendemos a los mundos superiores, ya no podemos conservar la misma abstracción de conceptos. Allí todo se vuelve mucho más vivo, y se asemeja a lo viviente, no meramente a lo pensado. Por lo tanto, quien contempla los mundos superiores no debe limitarse a hablar de verdadero o falso, de correcto o incorrecto -¡claro que debe hacerlo! - sino que deben, por ejemplo, hablar de algo que está bien aquí en su reflejo en el mundo físico como algo sano, y de algo que está mal aquí en su reflejo deben hablar de ello como algo enfermo. No es adecuado en absoluto para el mundo superior contiguo que hablemos de verdadero y falso; allí nos encontramos por doquier con lo sano y lo enfermo, lo sano y lo malsano. Quienquiera, por lo tanto, que hable de los mundos superiores con respecto a la lógica abstracta como lo hace del mundo físico, muestra con esto que no tiene ninguna concepción real de los mundos superiores.

Ahora, sin embargo en el desarrollo histórico de la humanidad, ocurre algo muy peculiar. Si lo observamos imparcialmente, nos muestra épocas antiguas llenas de sabiduría, y si tenemos un sentimiento sano, sentiremos una profunda reverencia por la sabiduría original de estas épocas más antiguas. Si, por ejemplo, observamos los orígenes de lo que se ve reflejado en los Vedas, en la filosofía Vedanta, veremos que se basa en una sabiduría tan profunda: Ha sido extraída y revelada de una sabiduría tan profunda que uno debe sentir la más profunda reverencia por ella. Esta sabiduría primordial de la humanidad se aborda de forma diferente a la erudición abstracta de hoy en día. Pero cuanto más avanza la humanidad en su desarrollo, más y más se paraliza esta sabiduría primigenia, por así decirlo, y vemos que la parálisis más fuerte de esta conciencia humana más original, más llena de sabiduría primigenia, se da en aquella época en la que tiene lugar el Misterio del Gólgota. No es necesario tener en cuenta los documentos externos, en la medida en que estos documentos, como los Evangelios, hablan literalmente del Misterio del Gólgota. Basta con observar con una mirada imparcial pero ahora más elevada, el desarrollo histórico de la humanidad, y cuanto más atrás se mira, más y más oscura se vuelve esta sabiduría primordial en la mente humana. Lo que entonces se expresaba plenamente en el siglo XV ya se insinuaba en las épocas griega y latino-romana. En el fondo, la humanidad sólo tiene tradiciones de sabiduría primordial, ya no la experimenta, y se anuncia lentamente lo que después emerge como plena conciencia del yo. A este respecto, nuestra ciencia externa ha avanzado realmente poco hacia lo que hay que estudiar precisamente en esta época, en la que, por otra parte, se inscribe el Misterio del Gólgota. Hay tremendos problemas cuando miramos hoy, por ejemplo, el alfabeto griego, donde las letras todavía tienen nombres, alfa, beta, gamma, y seguimos el camino hacia el posterior alfabeto latino, donde ya no tienen nombres. Estas transiciones, que son profundamente indicativas de estados de desarrollo histórico, no se tienen en cuenta en absoluto. Por ejemplo, no se presta atención a lo que significa realmente nuestra palabra «alfabeto», que sigue tomándose del griego. Si se investiga esto, y una verdadera ciencia lingüística podrá investigar estas cosas, resultará que el alfa griego expresa básicamente lo mismo que se expresa en el Antiguo Testamento con las palabras: En el hombre se insufló el aliento vivo -de modo que se verá en el aliento, en el soplo, lo que inicialmente hace al hombre. Una vez que se examina la palabra Alfa, que es una palabra, se verá que ¡es el hombre! ¡Es el ser humano! La primera letra del alfabeto no es otra cosa que la expresión del hombre. Y la beta es la «casa», y el principio del alfabeto es: El hombre en su casa. - Esta visión del alfabeto se perdió por completo en épocas posteriores, cuando el intelectualismo se desarrolló cada vez más. Las letras sólo servían para distinguir cosas externas. Lo que yacía en la revelación de la sabiduría primordial se desprendió, la «palabra» de la revelación primordial se exteriorizó, y ya no se comprende lo que le fue revelado a la humanidad en las letras, e incluso en las palabras. En las logias y órdenes tradicionales de hoy en día, se habla de la «palabra oculta» en todas partes, pero la humanidad sabe muy poco de lo que esta palabra oculta tenía de realidad, de cómo el propio alfabeto hablaba de la palabra oculta, y de cómo se ha difuminado y fragmentado.

Por supuesto, también podría partir de otra cosa para mostrar el tan profundamente incisivo impulso de desarrollo qué hubo en la época de la civilización griega y latina. Cómo la civilización griega intentó ayudarse a sí misma a través de un arte especial para superar esta, yo diría, enfermedad que surgió en la humanidad es palpable para cualquiera que quiera verlo. Sólo me gustaría llamar la atención sobre una cosa.

Hoy en día, cuando la gente habla de teatro, por ejemplo, piensa que es algo para mirar, algo que forma parte del lujo de la vida. Se mira y luego se dice que es bello. Los griegos, sin embargo, tenían la idea de la catarsis, de la purificación, de depuración como lo más importante en el drama. Era algo que no sólo significaba un proceso externo, fantástico, sino que también apuntaba claramente a sus orígenes médicos. La catarsis es la crisis que se supera, y a través de la tragedia de los griegos el alma entraba en crisis, de modo que experimentaba una purificación en la vivencia del miedo y la piedad al ser sometida a los efectos de estas fuerzas opuestas a lo largo del drama. El griego no concebía su arte en un sentido filisteo, sino más bien curativo. Pues aún percibía la actividad de una sabiduría primordial. Para él aún existía una sabiduría primordial sana, pero con el tiempo se paralizó y se produjo una especie de proceso enfermizo. El griego quería expresar con su arte, -Nietzsche lo intuyó, se puede leer en su libro «El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música»-, algo así como: hay algo que curar en la humanidad. Y los terapeutas, los esenios, suponían en todas partes que había algo que curar en la humanidad. Y si el Misterio del Gólgota no se hubiera producido en la humanidad, si viviéramos hoy de tal manera que yo tuviera que hablar sin que el Misterio del Gólgota estuviera presente, sólo podríamos señalar un proceso de enfermedad en la humanidad. De modo que con respecto al Misterio del Gólgota se nos aclara algo cuando aplicamos los términos sano y enfermo en relación con la historia de la humanidad. Esto es lo importante:

Ustedes pueden aplicar todos los conceptos de lo correcto y lo incorrecto, pero en el trascurso de la evolución llegarán a un punto en el que tendrán que ver las cosas de otra manera. Porque cuando se adentren en la época griega, llegarán a un momento en que la humanidad ha enfermado y la salud emana del Misterio del Gólgota. Los terapeutas ya lo señalaban y decían: «Está surgiendo el gran terapeuta, el Salvador, que ha de curar a la humanidad en sentido literal. Sólo es cuestión de profundizar lo suficiente en el transcurso del desarrollo humano y no detenerse en los habituales conceptos abstractos, sino captar la vida histórica con conceptos médicos, según las categorías de sano y enfermo.  Entonces se comprenderá la necesidad de un proceso de curación y se comprenderá también cómo interviene el «salvador», -éste no es un término diferente del de «terapeuta»-, en la humanidad. Entonces se comprenderá que en el desarrollo de la humanidad en la tierra tiene que intervenir algo que no podía hacerlo a través de las mismas fuerzas que antes estaban presentes en la humanidad. Tuvo que venir un nuevo impulso extraterreno para sanar a la humanidad.

Así es como se puede mirar el desarrollo histórico y así es como hay que mirarlo cuando, sin entrar en el contenido de los documentos históricos, sólo se mira la configuración de cómo se ha desarrollado la humanidad. Entonces se llega al concepto del Cristo extraterrenal, que desde regiones extraterrenales se unió a la evolución terrestre a través del Misterio del Gólgota. Si se quiere comprender la historia, hay que hacer realidad esta visión. Quien no quiera aplicar esta visión al desarrollo de la historia según los conceptos de sano y enfermo, no le queda otra que admitirse a sí mismo que la historia sigue siendo incomprensible para él. Alguien así no puede entender cómo llegó a África lo que una vez había vivido en Oriente y luego se convirtió en grecorromano. Consideramos, con razón, que el desarrollo griego fue extraordinariamente saludable. ¿Por qué? Porque los griegos tenían la sensación de que había que combatir las enfermedades y querían organizar la vida en consecuencia. Y existe una armonía particularmente extraña entre las personalidades griegas concretas en el sentido de que sentían que había que luchar contra algo. Y este dejar de sentir y el navegar cada vez más hacia lo abstracto, que convierte incluso a los dioses en abstracciones, es la peculiaridad del romanismo y sigue siendo su peculiaridad. Europa fue educada por el romanismo hasta el siglo XV, cuando llegó a aceptar al Cristo cósmico en su conciencia; antes de eso, el Cristo fue traído a Occidente por el romanismo. Sólo quería aportar hoy algunas cosas para que uno pueda ir comprendiendo poco a poco lo que está escrito en el Misterio del Gólgota: que uno realmente no debe quedarse en algo que se desarrolló desde la antigüedad hasta el Misterio del Gólgota. Uno se da cuenta entonces de que, si se procede de esta manera, en realidad ya no hay ninguna diferencia entre lo que ciertos teólogos tienen en su teología de Jesús y lo que tiene un historiador secular, como Ranke. Ya no se puede distinguir entre lo que ciertos teólogos tienen en relación con la historia de Jesús y lo que, por ejemplo, un hombre como Ranke dice al respecto. Pero todo radica en ver a través de qué manera el Cristo como ser extraterrenal se unió con Jesús de Nazaret, el cual nació como uno más de la humanidad en el transcurso del tiempo. Precisamente aquí se produce algo que ha dado lugar a los mayores malentendidos con respecto a este camino necesario de la antroposofía hacia el Misterio del Gólgota. Era característico de toda la antigua sabiduría instintiva no haber separado lo espiritual y lo físico. Pues, si se separan ambos, se llega a un concepto imposible de la materia en lo físico, y en lo espiritual, es decir, en la experiencia espiritual del hombre, precisamente a la abstracción, al sistema conceptual sin vida. Esto sólo se ha vuelto característico de la humanidad reciente, el separar de esta manera lo material y lo espiritual. Y así, la antroposofía nos lleva de nuevo a comprender que tenemos que mirar toda la naturaleza, me gustaría decir, lo mismo que miramos una fisonomía. Miramos una fisonomía de tal manera que pensamos que está impregnada de lo anímico. Leemos en ella lo que es anímico. Así era antaño en la sabiduría primordial, y así hoy la sabiduría más reciente, impregnada de luz, nos lleva de nuevo a una visión fisiognómica del mundo de las estrellas, por ejemplo. Esto nos lleva a algo que nos permite dirigirnos al Cristo como el ser solar, aunque con ello no se pretende decir que el Cristo sea el ser solar físico como tampoco que el hombre sea solo el ser corporal físico. Pero ésta es la única manera de reconocer cómo pudo vivir algo extraterrenal en el Jesús de Nazaret que vivió en Palestina. Pero esto está envuelto en la incomprensión más extrema, especialmente entre los teólogos. Incluso les parece «ofensivo» que la antroposofía asocie al Cristo con el sol y con el mundo cósmico exterior en general. ¿Por qué la gente encuentra esto así? Es extraordinariamente característico. La Antroposofía dice que conduce del Cristo al sol. Pero para esta gente el sol es sólo la bola ardiente de niebla que está ahí fuera; por lo tanto, es ofensivo asociar esta bola ardiente de niebla solar con el Cristo. Pero eso ya lo sabemos: La teología se ha vuelto materialista y por eso sólo puede ver en el cosmos el mundo material. Pero la antroposofía muestra que este mundo material se espiritualiza por doquier. La teología, sin embargo, es incapaz de desprenderse de lo material, y por eso se siente ofendida cuando la antroposofía habla de Cristo como un ser solar. A partir del materialismo, del materialismo más profundo sobre la estructura del mundo, precisamente este punto sobre la cristología se encuentra ofensivo. Aquí se ve cómo el materialismo lo corroe todo. Se ha apoderado de la teología, y dado que la teología se ha vuelto materialista, conduce a malentendidos sobre la antroposofía. Desde el mundo ordinario sólo podemos ser materialistas, y si alguien de este mundo permite que el Cristo baje, entonces esto sólo puede entenderse de forma materialista, lo cual resulta insultante. Precisamente en estos puntos es donde debemos señalar la materialización de toda la cultura, que sólo teme admitir ante sí misma sus fundamentos. Pero no saldremos de la decadencia hacia un nuevo ascenso si no contemplamos estos fundamentos de una manera completamente desprovista de prejuicios, de miedo y de temor. Debemos salir de aquello que ha llevado a la humanidad europea y occidental a este declive, que ha conducido a estas terribles catástrofes. Sólo el conocimiento intrépido de todo lo que el hombre puede experimentar del mundo es adecuado para ello. Para ello también es necesario entrar de forma libre de prejuicios en aquello que realmente no es útil de la esfera del intelectualismo cuando se entra en los mundos superiores.

Mucha gente dice todavía hoy: Ciertamente, lo que se comunica desde los mundos superiores es insólito; tiene uno que adentrarse en esos mundos, de lo contrario no puede comprenderlo. Pero no es así. La gente sólo cree que es así porque quiere abandonarse a esos conceptos que sólo se aplican al mundo físico que tenemos entre el nacimiento y la muerte. Por ejemplo, hoy prevalece la creencia de que precisamente porque todo en todas partes se desarrolla a partir de conceptos, a pesar de la creencia de que somos inductivos y empíricos, pensamos que podemos expresarnos de forma absoluta. Por supuesto, uno debe decirse a sí mismo: cuando el hombre se duerme, el yo y el cuerpo astral emergen del cuerpo físico y etérico, y permanece inconsciente hasta que se produce de nuevo el despertar. Esto es bastante saludable para la humanidad actual, pero no se aplica a todo el desarrollo de la humanidad. Si, por ejemplo, nos remontamos a los tiempos de los que surgieron las culturas india y proto-Persa, encontramos que en todas partes subyacía una concepción diferente, a saber, que el hombre con su yo y su cuerpo astral se sumerge más profundamente en su cuerpo físico y etérico cuando se duerme que cuando se despierta durante el día. Los antiguos indios no decían: Cuando una persona se duerme, su yo y su cuerpo astral abandonan su cuerpo físico y su cuerpo etérico. Sólo los teósofos hacen creer que el indio hablaba así. Él más bien decía que cuando la gente se duerme se sumerge más profundamente en los cuerpos físico y etérico. Y eso es básicamente bastante correcto, porque la materia se comporta en realidad como si se quisiera decir en un sentido absoluto: para la tierra, el sol sale por el este y se pone por el oeste. Pero no es así, porque para la otra mitad de la Tierra el proceso es inverso. También se puede llamar este y oeste, pero las relaciones direccionales son diferentes. Por lo tanto, es cierto que durante cierto tiempo el yo y el cuerpo astral se sumergieron más profundamente en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico, y que por lo tanto la impresión era también muy diferente. Por eso el indio también habla de manera muy diferente, porque el hombre estaba en un tipo diferente de conciencia, a saber, en aquello de lo que el hombre de hoy no tiene plena conciencia, en sus funciones rítmicas y metabólicas. De éstas no tiene conciencia, porque para el hombre de hoy en términos de conciencia es como si soñara con respecto a sus funciones rítmicas, mientras que en cuanto a sus funciones metabólicas duerme.

Por lo tanto se puede decir: Debe ser comprensible que la gente tuviera que experimentar cosas diferentes en épocas diferentes sobre algo de lo que hoy creemos que podemos hablar con absoluta certeza; y sólo entonces podremos comprender el desarrollo de la historia si permitimos que los hechos hablen sobre estas cosas, y no los conceptos que nos hemos construido. Hoy, cuando Occidente y Oriente, el Oeste y el Este, se enfrentan de un modo tan candente que hay que encontrar un equilibrio, hoy la humanidad debe ser capaz de volver a estos antecedentes; de lo contrario, se pueden seguir celebrando tantas conferencias de Washington como se quiera, todas acabarán en mera pantomima, si no se abordan los impulsos básicos del desarrollo humano. La gente todavía no cree esto hoy, pero es una verdad que debemos responder a aquello que mueve a la humanidad desde sus profundidades más íntimas si queremos salir de los fenómenos de declive hacia los fenómenos de emerger.  Hoy, lo que aquí se pide parece poco práctico. Pero la gente no se da cuenta de lo impracticable que es, máxime cuando se ha demostrado que es realmente impracticable, cuando se ha desarrollado hasta su extremo, se ha vuelto impracticable de 1914 a 1918 y lo sigue siendo. Pero además de todo esto, uno debe familiarizarse con la forma en que la conciencia religiosa puede ser iluminada y profundizada por el punto de vista antroposófico.

Hoy apenas he podido esbozar una de las vías por las que podemos llegar al Cristo cósmico, extraterrenal. Pero ya verán ustedes cómo más adelante esto puede evolucionar hacia una visión más profunda de la historia, donde se considere a la humanidad como un ser vivo. Y del mismo modo que se habla de sano y enfermo en el caso de un ser vivo, también hay que hablar de sano y enfermo en el caso de la humanidad si no se quiere permanecer anclado en el materialismo. No se puede decir que es difícil llegar a Cristo cuando se ve cómo no se han tomado los caminos adecuados. Una visión concreta y realista de la historia intentará acercarse al misterio del Gólgota desde diversos ángulos. Hoy, sin embargo, como no se pueden aportar razones contra la ciencia espiritual, se utiliza todo lo posible para denigrar a los portadores de la ciencia espiritual: se personaliza. Y es -lo digo realmente sin rencor- un terrible testimonio de la pobreza de los que hoy se oponen a la ciencia espiritual antroposófica, que en realidad se abstienen de entrar en la ciencia espiritual, que siempre sólo la rodean desde fuera, por ejemplo, presentando el acontecimiento de Cristo y la experiencia de Cristo como si la antroposofía racionalizara lo misterioso, como si bajara a la esfera del conocimiento racionalista ordinario aquello a lo que hay que acercarse con tímida reverencia. Pero piénsese: cuando se está cara a cara con un ser humano y se le mira, lo misterioso que todo ser humano es para nosotros no debe perderse por el hecho de que no sólo se oye hablar de él, sino que también se le puede mirar. El ser humano particular no puede medirse en términos racionalistas y mucho menos, por tanto, aquello que se nos presenta como el sentido más elevado del desarrollo terrenal: ¡el Misterio del Gólgota! Pero lo misterioso no se pierde por conducir a la contemplación; y la Antroposofía pretende precisamente conducir de lo que sólo se comunica o se cree a lo que se hace comprensible en la contemplación. No se suprime nada de lo que constituye el misterio. El Misterio permanece, pero no sólo para ser « dicho », sino para ser puesto ante la humanidad observadora.

Así es como se habla hoy en día de la crítica, en lugar de abordar lo que tan literalmente contiene la propia literatura antroposófica. No es necesario comprometerse con cada cosa que viene de tales sectores, pero debería haber una fuerte toma de conciencia dentro de los círculos antroposóficos de que cuanto más se afirme el movimiento antroposófico, más aumentará el odio contra él. Lo que se ha conseguido hasta ahora ya es mucho en términos de antagonismo, pero pueden estar seguros de que será superado. E incluso cuando se critica a la euritmia, como ha vuelto a ocurrir en los últimos días, me parece que lo único necesario es decirse a uno mismo: sólo sería cuestionable que los elogios vinieran de este lado. Entonces empezaría a preguntarme: ¿Qué es lo que habría que cambiar? - Este debería ser un sentimiento saludable para cualquiera que quiera formar parte del movimiento antroposófico de la manera correcta.

Hoy quería presentar algo que, en cierto sentido, parece ser un complemento de lo que pude decir la última vez que estuve aquí. Por supuesto, esto no supone una conclusión. Lo que he indicado hoy les llevará también un poco más lejos en cristología.

Traducido por J.Luelmo dic.2024


viernes, 24 de mayo de 2024

GA096 Berlín, 15 de octubre de 1906 El Karma y detalles de la ley kármica

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IMPULSOS ORIGINALES DE LA CIENCIA ESPIRITUAL

RUDOLF STEINER

EL ESOTERISMO CRISTIANO A LA LUZ DE LOS  NUEVOS CONOCIMIENTOS ESPIRITUALES

El Karma, y detalles de la ley kármica

Berlín, 15 de octubre de 1906

Hablaremos hoy sobre el karma y los detalles de la ley kármica. Ustedes saben que el karma se entiende como la gran ley de causa y efecto en la vida espiritual, y que para la ciencia espiritual esta ley del karma es sobre todo tenida en cuenta, en la medida en que se aplica a las vidas terrenales repetidas. Hablamos de reencarnación y karma como dos cosas que están relacionadas. Ahora bien, esta ley del karma, como bien saben, se entiende a menudo de un modo un tanto externo, como si fuera meramente una especie de recompensa y castigo que se arrastra de una encarnación a la siguiente, de modo que si a una persona le ocurre algo malo o perverso en esta vida, necesariamente tiene que decirse a sí misma: Esto me lo tenía merecido por alguna falta en la vida anterior. O: Si hago esto o aquello, recibiré la recompensa o el castigo correspondiente en la próxima vida. Pero las cosas no son así de simples. Quien quiera comprender esta ley del karma debe profundizar en la naturaleza del hombre y en todo su ser.

Por parte de los oponentes de la ciencia espiritual, la ley del karma y de la reencarnación, la ley de las vidas terrenas repetidas, es objeto de los ataques más violentos, empezando por el dicho: ya he tenido bastante con una vida terrena, -no quiero vivir esta vida tantas veces, hasta la afirmación de que es una doctrina que conduce a la inacción, a la resignación ante un destino ciego. Podremos responder con precisión a tal oposición y encontrar qué decir en respuesta a cada objeción, si consideramos todo el proceso del karma. Para ello debemos recordar, aunque ya lo hayamos oído muchas veces, ¡Qué es el hombre!, en sentido profundo.

Como sabemos, el hombre consiste ante todo en el cuerpo físico, que se puede ver con los ojos y agarrar con las manos, lo que la ciencia física investiga y escudriña, lo que la anatomía disecciona, lo que se conoce en la vida ordinaria. Muchas personas de mentalidad materialista consideran este cuerpo físico como la única parte de que consta el ser humano. Nosotros por nuestra parte tenemos que considerar el cuerpo etérico o vital como el segundo miembro de esta entidad. Este cuerpo está constituido por una sustancia diferente en gran medida a la del cuerpo físico. Ni siquiera basta con decir que la materia, la sustancia de la que se compone este cuerpo etérico, es esencialmente más fina que la sustancia del cuerpo físico. Más bien, se trata de una "materialidad" completamente diferente. Es una materia activa, de fuerza. Esta materia etérica, que no tiene nada que ver con lo que en física se conoce por éter, tiene algo de creadora, es la constructora real de las cosas. La mejor manera de imaginarse el cuerpo etérico es que tiene aproximadamente la misma forma que el cuerpo físico, pero que es completamente transparente, aunque no lo sea del todo ni siquiera para las personas clarividentes. Es permeable; si existiera él sólo por separado del resto de miembros, se podría pasar a través de él, pero al mismo tiempo es creador, de modo que los órganos físicos del hombre se construyen a partir de él. El corazón, los pulmones, el hígado y demás se crean a partir de este cuerpo etérico. Desde un punto de vista materialista se podría decir: El cuerpo etérico del niño debe ser muy pequeño. Este es ciertamente el caso. No hay porque ofenderse por esto, pues tenemos que considerarlo más bien como una fuerza que en determinadas circunstancias puede ocupar un espacio más pequeño que el que luego crea. Se trata pues aquí de la vida creadora, de un cuerpo creador que subyace al cuerpo físico que se siente en el espacio. Este cuerpo etérico es el portador de los hábitos del hombre. Sobre todo, es el portador de la memoria y del temperamento, en general de todo lo que son las cualidades espirituales permanentes de la persona. Cuando hablamos del alma humana, nos referimos sobre todo al temperamento y a la disposición original del carácter. Esto se expresa en forma en el cuerpo etérico.

El tercer miembro del ser humano es el cuerpo astral. El nos llena y rodea el cuerpo humano como un aura de luz en la que se hacen visibles los instintos, los deseos y las pasiones. Esto se ha descrito a menudo.

Un cuarto miembro del ser es el que sale a la luz en la autoconciencia real, en el yo. Los demás miembros restantes del ser humano están sólo en fase germinal y tienen su asiento en este yo.

Por lo que respecta al desarrollo kármico, nos interesan principalmente los miembros del ser humano antes mencionados. Hay un importante hecho de la vida que debemos tener en cuenta por encima de todos los demás. Si ustedes repasan  su vida pasada y piensan en su infancia, podrán decirse a sí mismos que han aprendido muchas, muchas cosas. Hubo un tiempo en que no sabían leer ni escribir ni sabían nada sobre los acontecimientos mundiales, la historia, la literatura y muchas otras cosas. Ahora saben todo esto, se ha convertido en propiedad de sus almas. Pero hay algo más que saben. Ustedes saben que pueden aprender mucho y aun así no cambiar mucho de su carácter y temperamento originales. Hay personas que a lo largo de su vida han aprendido mucho y han llenado su alma de todo tipo de conocimientos, pero que aun así tienen que decirse a sí mismas: Yo era de temperamento irascible entonces y lo sigo siendo hoy. O bien: Siempre he sido una persona flemática y lo he seguido siendo. Antes tenía tal o cual hábito, hoy lo sigo teniendo. Sin embargo, también hay personas que han cambiado mucho sobre sí mismas y sus rasgos anímicos de carácter. Quizá no haya ninguna persona que no haya cambiado nada en su talante. Cuando se miren a ustedes mismos y recuerden su infancia, al final tendrán que admitir que han cambiado muchas cosas desde entonces. Pero al mismo tiempo se percatarán ustedes, de que la observación y el aprendizaje se relacionan con la transformación de los rasgos del carácter, como el minutero de un reloj en comparación con la aguja de las horas. El cambio de carácter y temperamento avanza lentamente a semejanza de la aguja horaria del reloj, y la asimilación de las observaciones de la vida procede más rápidamente, como el minutero. Esto depende del hecho de que todo lo que uno aprende puede ser absorbido rápidamente en el alma, que tiene al cuerpo astral como su portador y se expresa en el cuerpo astral. Cuando ustedes escuchen algo fundamentalmente nuevo, se impregnarán de un sentimiento que les llega ahora y que mañana se olvida de nuevo. O si experimentan un dolor que con el tiempo vuelve a desaparecer de su conciencia, estas son las cosas que ven encenderse en el cuerpo astral, pero que vuelven a desaparecer del cuerpo astral. Todo esto tiene al cuerpo astral como portador.

Por lo tanto, lo que temporalmente se enciende en nosotros en la vida y desaparece de nuevo, no obstante permanece adherido al cuerpo astral. Sin embargo, aquello que pertenece al acervo permanente de la vida del hombre, en la medida en que se expresa mentalmente, todo lo que se incorpora en los hábitos, de modo que el hombre lo recuerda a lo largo de un período prolongado de la vida, tal vez para siempre, todo lo que tiene que ver con el temperamento, eso está en el cuerpo etérico, que es más denso que el cuerpo astral. Cuando una persona logra cambiar un hábito, un rasgo temperamental, por ejemplo, cuando desecha un descuido habitual y se convierte en una persona atenta, esto se manifiesta en el cuerpo etérico y no sólo en el cuerpo astral. Si una persona aprende mucho y lo absorbe de tal manera que gradualmente se convierte en propiedad de su alma y parte de su ser interior, de modo que no sólo lo conoce sino que lo posee en un sentido más profundo, de ese modo él cambia la configuración de su cuerpo etérico. Cuando alguien asume un principio moral y tiene que decirse a sí mismo una y otra vez: El principio existe, por lo tanto lo sigo, entonces sólo se adhiere al cuerpo astral. Pero si entra en él de tal manera que ya no puede hacer otra cosa, entonces se adhiere al cuerpo etérico. La transición del cuerpo astral al cuerpo etérico tiene lugar lenta y gradualmente en la vida.

Ahora pasemos de la consideración de estos elementos del ser a una visión general de lo que es el karma en su contexto. Lo que sólo tiene lugar lentamente dentro de la propia vida terrena, es decir, la transferencia de algo que inicialmente sólo está presente en el cuerpo astral al cuerpo etérico, tiene lugar kármicamente de una encarnación a la siguiente del modo siguiente: Quien se haya esforzado por juzgar moralmente de manera correcta, y quien quizás también haya sido alentado en este esfuerzo por otros, encontrará los frutos de estos esfuerzos en su siguiente vida como una disposición original de su cuerpo etérico, como una especie de hábito, como una disposición de carácter. Lo que ahora vive en el cuerpo astral pasará a ser propiedad del cuerpo etérico en la siguiente vida. Si se encuentran con una persona con un hábito loable, si este hábito se expresa repetidamente en su vida, entonces esto indica que él en una vida anterior ha absorbido o visualizado ideas correspondientes. Las inclinaciones y los hábitos provienen de ideas, pensamientos y conceptos formados en vidas anteriores. Si prestan ustedes atención a esto, ya pueden hacer provisiones para la próxima vida, de modo que pueden establecer una cierta organización del cuerpo etérico para la siguiente vida. Pueden decirse a ustedes mismos: En esta vida trataré de decirme una y otra vez que esto o aquello es bueno y correcto. Entonces el cuerpo etérico les mostrará que es naturalmente bueno y correcto seguir los principios correspondientes.

Un concepto especialmente importante aquí es aquel que puede experimentar su iluminación kármica. Dicho concepto es el de la conciencia. Lo que surge de la conciencia de una persona también es algo adquirido. Una persona sólo tiene un tesoro de conciencia, un instinto para lo bueno, lo correcto y lo verdadero, porque primero ha formado esta conciencia en sus vidas pasadas, en sus experiencias vitales, en sus principios. Pueden asegurarse de que esta conciencia se fortalezca y eleve si hacen el propósito de profundizar un poco cada día en sus puntos de vista morales. Los puntos de vista morales se convierten en conciencia en la vida siguiente.

Para que vean que lo que nos muestra el minutero de la vida se convierte en lo que es la manecilla de la hora en la siguiente vida. Sólo debe haber una cierta repetición de los principios y puntos de vista en una vida, entonces se consolidarán para la vida siguiente. Lo que ocurre en el cuerpo etérico de una vida da frutos para el cuerpo físico de la vida siguiente. Los buenos hábitos, las buenas inclinaciones, los buenos rasgos de carácter preparan la salud, la eficiencia física, la fuerza física, es decir, un cuerpo físico sano para la próxima vida. Un cuerpo físico sano en una vida indica que la persona en cuestión ha preparado este cuerpo físico en una vida anterior mediante hábitos y rasgos de carácter adquiridos por sí misma. En particular, existe una fuerte conexión entre una memoria desarrollada en una vida y el cuerpo físico en la siguiente.

Tomemos como ejemplo una persona que lo olvida todo inmediatamente y otra que tiene una memoria fiel. Basta con que recuerden conscientemente las cosas que han vivido y practiquen esto con constancia, entonces acabarán por darse cuenta de que no sólo han adquirido una buena memoria para las cosas para las que se han entrenado particularmente, sino que esta memoria se convierte también en un poder completamente diferente. Y esto se tiene en cuenta en el desarrollo espiritual. La capacidad de visión de conjunto del pasado se desarrolla de una manera muy especial. El que entrena concienzudamente su memoria renacerá con fuerza física, con miembros que realmente pueden servirle, para cumplir en la próxima vida lo que interiormente desea en su alma. Un cuerpo que no puede realizar lo que el alma quiere proviene de una vida anterior en la que no se tuvo cuidado de desarrollar una memoria sana y buena, sino que se abandonó a la dejadez de la desmemoria y el olvido.

Hoy sólo estamos mencionando fenómenos individuales, pero pueden imaginarse cuán extensa es toda esta área de la que estamos hablando. El verdadero ocultista nunca se dedicará a especular. Lo que estoy citando no son teorías, sino cosas que han sido probadas en casos concretos. Lo que se ha dicho aquí se basa, por tanto, en determinados resultados de investigación. Si se acaba de describir que un organismo físico sólido, que obedece al alma, se debe a una buena memoria en la vida anterior, entonces se han investigado tantos y tantos casos, y las afirmaciones correspondientes se basan en los hechos establecidos durante esta investigación. Solamente los hechos deben ser contados.

Ahora bien, lo que se forma en el cuerpo etérico fuerza su paso al cuerpo físico en la próxima vida, de modo que no sólo las buenas inclinaciones y rasgos de carácter y los hábitos de vida eficientes en un cuerpo físico sano tienen efecto en la próxima vida, sino que también las cualidades inadecuadas, los malos hábitos, las inclinaciones corruptas se expresan en la próxima encarnación en un organismo enfermo. Esto no debe entenderse como si una determinada enfermedad tuviera su origen en una determinada cualidad, sino que determinadas disposiciones a la enfermedad siempre nos remiten a determinadas cualidades de carácter y temperamento de la vida anterior. Una persona que ha vivido una vida con rasgos de carácter mimados tiene por tanto en esta vida un organismo más fácilmente expuesto a enfermedades físicas que el de otra persona. Una persona que fue dotada de rasgos de carácter sanos, con un temperamento eficiente, renace con un cuerpo que puede exponerse a todo tipo de epidemias sin infectarse, y viceversa.

Como ven, las cosas en el mundo están intrincadamente conectadas según la ley de causa y efecto. Para citar un caso que corresponde a ciertos resultados de investigaciones espirituales. Puede parecer chocante al principio, pero en una rama teosófica se puede decir esto. Alguien había desarrollado en su vida un afán de adquisiciones muy egoísta, una verdadera codicia de riquezas externas. No se trata del sano afán de riqueza que puede surgir de la intención altruista de ayudar en el mundo y desarrollar una actividad desinteresada, -eso es otra cosa-, sino que estamos hablando del afán de adquirir egoísta que determina una cierta constitución del cuerpo etérico y desarrolla el afán de adquirir más allá de la medida necesaria. Muy a menudo una persona así nace en la vida siguiente con un cuerpo físico que muestra la disposición a las enfermedades infecciosas. Se ha comprobado ocultamente en numerosos casos que las personas que se infectan fácilmente por ciertas epidemias en la vida presente, en su vida precedente estaban dotadas de un afán de adquisición mórbidamente exacerbado.

También podemos mencionar otras cosas en detalle. Por ejemplo, hay dos cualidades que tienen una influencia claramente reconocible en la configuración kármica de la vida siguiente. En primer lugar, está la fuerte influencia ejercida por el rasgo perdurable del comportamiento amoroso y benevolente hacia el prójimo. Hay personas que reciben todo de sus semejantes favorablemente, que tratan a su entorno con cariño y lo acogen. Para algunos, este amor va mucho más allá del puro amor a las personas. Aman la naturaleza y el mundo entero. Cuanto más se ha desarrollado este sentido de la comprensión y se ha convertido en un hábito del alma, es decir, cuanto más se aferra al cuerpo etérico, tanto más tiene el ser humano la disposición de ser joven en la próxima vida: se mantiene joven durante mucho tiempo. Por lo tanto, quien envejece tarde, se mantiene joven y móvil durante mucho tiempo, su vida nos lleva a una vida anterior en la tierra o incluso a varias vidas anteriores, que él ha pasado enamorado de su entorno. Cuanto más amor desarrolle una persona hacia su entorno, más joven físicamente permanecerá en una encarnación posterior. Quien tiene una tendencia a la antipatía hacia sus semejantes envejece prematuramente. Un cuerpo que físicamente muestra los signos de la vejez a una edad temprana conduce de nuevo a la vida anterior de un ser lleno de prejuicios, a una vida de aversión y mala voluntad. Por lo tanto, como ven, pueden ustedes influir en su vida interviniendo conscientemente en el karma. Quien pueda desarrollar el amor en esta vida puede estar seguro de que en la siguiente tendrá un cuerpo que muestre rasgos juveniles. Todas esas personas que hoy escriben críticas por debajo de la línea a una edad temprana serán personas que casi nacerán con arrugas en la siguiente vida. Esta es una afirmación radical, pero se basa en una poderosa verdad.

De modo que las leyes kármicas nos muestran la conexión entre la salud y la vida espiritual. Nadie negará que esta conexión no puede lograrse en dos pasos, sino que hay que entrar en detalles. Tampoco puede ponerse en duda la proposición de que un alma moral, sincera y consciente es la futura constructora de un cuerpo sano. Pero no debe esperarse esto de la noche a la mañana, ni creer que quien está aquejado de defectos anímicos puede curarse de la noche a la mañana. También hay que darse cuenta de que hay que superar el egoísmo y adoptar un modo de vida altruista que no quiera recoger inmediatamente los frutos de sus acciones. Lo que se convierte en hábito también puede tener un efecto sobre el cuerpo físico en esta vida. Una prueba de ello es el desarrollo ocultista, que no sólo puede influir conscientemente en el cuerpo astral, sino también en el etérico. Todo aquel que se somete al desarrollo oculto aprende a influir no sólo en su cuerpo astral, sino también en su cuerpo etérico y en su cuerpo físico. Transformando el comportamiento habitual, una persona irascible puede convertirse en una persona amable, y una persona emocional puede convertirse en una persona ecuánime y armoniosa. El ocultista debe cambiar sus hábitos en un tiempo relativamente corto. El verdadero desarrollo presupone que lo que se aprende no se quede en mera doctrina, sino que entre en el cuerpo etérico. Después el ocultista consigue también que entre en el cuerpo físico. Aprende a controlar los latidos del corazón, el pulso y la respiración. En el desarrollo ocultista se acorta lo que en la vida ordinaria se extiende a lo largo de muchas encarnaciones. Por lo tanto, el karma se acorta.

Algunas de las cosas que discutiremos este invierno serán más comprensibles y transparentes cuando conozcamos ciertas conexiones kármicas más íntimas, por ejemplo, la diferencia entre una persona bella y una fea. ¿Qué hay de kármico en una persona bella? Hay algo que parece increíble al principio, pero es cierto. La belleza del cuerpo físico es a menudo, no siempre, pero muy a menudo una consecuencia del sufrimiento soportado en la vida anterior. El sufrimiento en la vida anterior, el sufrimiento físico y también el sufrimiento del alma se convierten en belleza en la vida siguiente, la belleza del cuerpo físico exterior. En estos casos es realmente así que se puede utilizar una comparación que he utilizado a menudo. ¿Cómo surge la bella perla en la concha de la ostra? En realidad a través de una enfermedad, es el resultado de una enfermedad. De forma similar, también existe un proceso en el contexto kármico que representa la conexión entre la enfermedad, el sufrimiento y la belleza. Esta belleza ha pagado a menudo con el precio del sufrimiento y la enfermedad.

También la sabiduría se paga a menudo con dolor. No deja de ser interesante que hoy la investigación externa confirme en muchos aspectos lo que los ocultistas vienen diciendo desde hace miles de años: Que la sabiduría está relacionada con el dolor y el sufrimiento, con una vida de renuncia y sobriedad en la existencia anterior. De vez en cuando merece la pena consultar la investigación científica externa. Recientemente se ha publicado un libro sobre el mimetismo del pensamiento. El libro pretende mostrar cómo la fisonomía de una persona refleja la forma en que está sintonizado su pensamiento. El autor, que, como puede verse claramente, no sabe mucho de ocultismo, ha descubierto, sin embargo, mediante la observación externa, que se puede reconocer en la fisonomía del pensador una huella del dolor por el que ha pasado. La ciencia actual está confirmando poco a poco la antigua sabiduría ocultista. En los próximos años esto ocurrirá mucho más de lo que cualquier estudioso puede soñar.

Ahora se darán cuenta aún más fácilmente de que no podemos movernos con una fe ciega o un sentido de autoridad hacia ciertos fenómenos de la historia de las ideas. Cuando, por ejemplo, con la comprensión de la ley del karma, nos enfrentamos a un fenómeno tal como Schopenhauer, que vertió un estado de ánimo pesimista sobre toda su visión del mundo, entonces el que ve más profundamente no debe creer que este pesimismo representa el estado de ánimo humano básico [en absoluto]. Se trata más bien de un estado de ánimo básico de su alma que ha sido preparado kármicamente en él y provocado por una determinada constitución de su cuerpo etérico. Este estado de ánimo pesimista de un pensador sólo puede comprenderse si se le hace un seguimiento de su kárma. Una personalidad de este tipo no ha tenido la oportunidad de hacer mucho bien en una vida anterior, lo cual es una explicación muy concreta. Por otra parte, esta persona fue condenada por su posición en la vida y por su profesión a hacer muchas cosas malas y equivocadas. Y esta maldad y maldad, a la que fue condenado en su vida anterior no kármicamente sino a través de su profesión, vuelve a él como un cierto sentimiento de antipatía hacia el mundo que ahora se enfrenta a él. Es la repetición de sus propios actos. Si se quiere comprender el karma, no hay que limitarse a adoptar el punto de vista fatalista de que todo está predeterminado. Una persona no tiene por qué estar condenada por vidas anteriores a hacer lo que está haciendo ahora. A menudo esto sólo se compensa en la próxima vida. Por lo tanto, los actos no siempre son fruto de vidas anteriores, sino que sólo pueden equilibrarse en una vida futura. A este tipo de actos nos referimos cuando hablamos de la causa del pesimismo de Schopenhauer.

.Debemos saber delimitar estrictamente todo lo que una persona realiza como sus propios actos individuales, que surgen enteramente de su persona, diferenciándolos de los que tiene que realizar a través de su comunidad nacional, su comunidad familiar y su profesión. Dos consejeros judiciales pueden hacer lo mismo porque son consejeros judiciales, eso lo excluimos. Pero también pueden hacer cosas muy diferentes porque son dos personas distintas. Y eso es lo que estamos analizando ahora. Lo que sale de una personalidad como un hecho, lo que realiza de esta manera, viene a su encuentro como su destino exterior en la próxima vida. Si una persona se encuentra en una situación afortunada en la vida, si se le ha concedido un destino favorable, esto remite a las acciones correctas, inteligentes y buenas realizadas por ella como personalidad en una vida anterior. Si una persona se encuentra en una mala situación en la vida, si muchas cosas le van mal, si vive en circunstancias desfavorables -esto se refiere a la situación externa, no a la constitución del cuerpo físico-, esto también puede atribuirse a los actos personales realizados en la vida anterior. Lo que una persona ha conseguido a través de su profesión y su filiación familiar se deposita en su temperamento y su carácter. El destino de una persona viene determinado, por tanto, por sus actos personales en la vida anterior. A la inversa, una persona puede conseguir un destino favorable o desfavorable en la próxima vida mediante actos buenos, inteligentes y correctos.

Quien se une a ciertas personalidades ha creado él mismo las condiciones para ello en una vida anterior. Él ha tenido algo que ver con estas personas y ahora las ha acercado a él. Por ejemplo, un caso de la época de los tribunales secretos (Femgericht). Un Femgericht estaba relacionado con una ejecución. La persona en cuestión era llevada ante jueces enmascarados, que ejecutaban la sentencia inmediatamente. Aquí hay un caso en el que una persona fue sentenciada y asesinada. Semejante destino ha sido ocultamente investigado y rastreado en las encarnaciones anteriores. Resultó que la persona asesinada por los cinco jueces había mandado matar a su vez a estas cinco personas como jefe. Su acto anterior había traído a estas cinco personas de nuevo a su vida como por fuerza magnética, perpetrando su venganza contra él. Este es un caso radical, pero se basa en una ley general. No puedes juntarte con una persona que interviene en tu vida si tú mismo no la has traído a tu vida sobre la base de relaciones anteriores. Sin embargo, puede darse el caso de que una persona se reúna por circunstancias generales, por profesión o afiliación familiar con personas con las que nunca antes había estado unida. Pero entonces queda establecido, a través del comportamiento mutuo, un encuentro en la próxima vida, que ahora tiene que ver con el destino externo y la vida de los implicados. Como ven, tales ideas kármicas son a menudo complicadas y no tan fáciles de explicar. Es importante estudiar estas cosas en detalle porque sólo entonces podemos comprender verdaderamente la vida.

También hay que señalar una y otra vez que la idea correctamente entendida del karma no debe oponerse a la doctrina de la salvación tal como se encuentra en el cristianismo. Ya he explicado la compatibilidad de la doctrina cristiana de la salvación con la idea del karma para muchos de ustedes, pero también hay nuevos oyentes. Hay muchos malentendidos. A menudo provienen del hecho de que mucha gente habla de Teosofía sin entender mucho sobre ella. Se afirma, por ejemplo, que el karma significa simplemente que una persona debe asumir todos los efectos de sus actos. Si ha hecho algo malo, sólo puede redimirse de sus pecados. Desde este punto de vista, muchos teósofos declaran que la idea de la redención a través de Cristo Jesús no tiene nada que ver. La teosofía no puede aceptar la redención a través de otro ser, porque el hombre debe redimirse a sí mismo. Los teólogos cristianos vuelven a combatir esto diciendo: "Nosotros creemos en la redención por medio de Cristo Jesús, pero vosotros creéis en la auto redención. Eso no encaja. 

Sin embargo, el karma es un tipo de cuenta de vida que puede compararse bastante bien con una cuenta comercial. En un lado están las partidas del debe y en el otro las del haber. Se suman y se hace el balance. Sería un comerciante extraño que dijera: no quiero hacer más negocios para que no se me mueva el balance. Del mismo modo que una nueva transacción puede llevarse a cabo en cualquier momento de la vida comercial, un nuevo acto puede traer consigo un nuevo karma en cualquier momento. Si alguien piensa: Una persona se ha buscado este sufrimiento, se lo ha ganado por sí misma, así que no debo ayudarle, eso es una tontería. Es como decirle a un comerciante que está en bancarrota: Veinte mil marcos te ayudarían, pero si te los diera, estaría interfiriendo en tu cuenta bancaria. Desde luego, no sería así. La suma prestada sólo se anotaría en el libro de cuentas. Lo mismo ocurre con la vida. Sólo tiene que estar equilibrada, pero no siempre tiene que estar equilibrada por uno mismo. Karma no significa auto-equilibrarse, sino sólo ser equilibrado por un acto. Ahora supongamos que eres un hombre rico y poderoso que puede ayudar no sólo a uno, sino a dos. Entonces puedes intervenir en el karma de dos. Precisamente porque el karma existe, puedes intervenir en la cuenta de la vida de estos dos. Así que hay personas que pueden ayudar a tres, cuatro, cinco, incluso cientos. Tales personas no dirán: no me está permitido ayudar a los demás porque estoy interfiriendo en su karma. Por el contrario, les ayudarán.

Ahora bien, esa ayuda puede proporcionarla un ser poderoso en el sentido más elevado y que una vez apareció en el mundo a las personas que se cuentan entre él. Se trata de Cristo Jesús. El hecho de que la redención se produzca por un cierto tipo de mal, su crucifixión, no contradice la ley del karma. La redención por medio de Cristo Jesús es plenamente compatible con la ley del Karma, como lo es la ayuda del hombre rico al comerciante arruinado. Los malentendidos provienen del hecho de que los teósofos no han comprendido a fondo el karma y los teólogos no se han preocupado por él. La ley del karma está garantizada precisamente por los actos esenciales e importantes de un solo ser elevado. Cuando en el futuro se comprendan debidamente estas cosas, sólo se verá cuán poco es la Teosofía una opositora de cualquier credo construido sobre una base verdadera, y cuánto sólo conduce a una verdadera comprensión de tal credo. Cuando hayan examinado así la ley del karma en unos pocos casos, sentirán que están examinando una necesidad muy profunda dentro de la vida espiritual. Por supuesto, la ley del karma sólo es realmente comprendida por aquellos que no se limitan a comprenderla teóricamente, sino que la absorben en plenitud de sus sentimientos y emociones. Entonces la certeza interior y la armonía se derramarán sobre toda la vida. Y los que afirman una y otra vez que la ley del karma conduce a la inactividad y al letargo, que hace que uno se resigne a su destino, que no conduce a la alegría en la vida y cosas por el estilo, todavía no han intentado vivir con la ley del karma. Vivir con la ley del karma significa infundir valor y esperanza en el alma.

La ley del karma debe, sobre todo iluminar nuestro futuro. No hay que pensar tanto en el pasado como en el futuro. A menudo hemos señalado que el hombre puede trabajar mucho en el futuro preparando la configuración futura del cuerpo etérico en su cuerpo astral en el sentido de la ley del karma, y más adelante preparando la configuración futura del cuerpo físico. Cuando se den cuenta de esto, verán la inmensa importancia de esta conexión, apreciarán la profundización de la idea de la educación, especialmente la idea de la educación del pueblo, bajo la ley del karma. Si hoy se hacen esfuerzos para que las personas vivan de acuerdo con la Ley del Karma y preparen sus vidas futuras, entonces están preparando al mismo tiempo las futuras comunidades de las personas. Las personas del presente son las que vivirán reencarnadas en el futuro. Las razas sanas del futuro, y en particular los líderes sanos de las razas futuras, surgirán si vivimos sensatamente en el futuro de acuerdo con la ley del karma. Pues cuando el ser humano individual se perfecciona, repercute en los organismos de los pueblos y razas del futuro.

Primero habría que analizar cuál es el mecanismo real de este karma. Esto se refiere a la pregunta sobre qué fuerzas actúan cuando las cualidades astrales de la vida presente se transfieren al cuerpo etérico en la siguiente vida y qué fuerzas hacen que las cualidades de la vida presente, los hábitos y las inclinaciones predispuestas en el cuerpo etérico se transfieran a la disposición física de la siguiente vida. La pregunta es aún más difícil de responder: ¿Qué fuerzas actúan allí donde el hombre, basándose en sus actos presentes, se rodea en la vida siguiente de cosas externas; donde no sólo reúne a su alrededor a las personas con las que tiene algo que ver y ha tenido que ver, sino que también se sitúa en ese entorno natural, en el mundo vegetal y animal, en el orden nacional y social que él mismo ha preparado? ¿Cómo son estas fuerzas que traen todo esto de nuevo al hombre? ¿Cómo se produce que dos personas que tuvieron algo que ver en una vida anterior y de las cuales una renace en América y la otra en Europa se reúnan sin embargo? Éstas son las grandes preguntas a las que trataremos de responder la próxima vez. En resumen, ¿Cómo influyen las circunstancias de una vida en las de la siguiente? Como tendremos muchos invitados, esta pregunta también será objeto de reflexión en la Asamblea General. La próxima vez, por supuesto, los que estuvieron presentes en estas conferencias tendrán ventaja. "La técnica del karma" será el título de la próxima conferencia.

Esto significa que hoy y la próxima vez habremos tratado una importante cuestión de la vida. Les ruego que tengan en cuenta que lo que se ha dicho se basa en hechos ocultos reales y positivos. Todo lo que se ha descubierto hoy como conexión kármica nos remite, pues, a la investigación real del karma de ciertas personas, de individuos concretos. El karma y su observación también nos enseña la base de cómo tenemos que evaluar la conexión entre la enfermedad y las características individuales del alma, a saber, el despertar de ciertas fuerzas del alma, ya en esta vida. Así, para aquellos que asistan aquí a las conferencias sobre el karma, algunas de las líneas generales dadas en la Casa del Arquitecto sobre la conexión entre la enfermedad y la muerte, el sufrimiento y el mal quedarán más claras. En particular, este invierno consideraremos aquí y allá cómo encaja en la vida la visión espiritual-científica del mundo. De este modo adquiriremos el impulso y la conciencia de que la ciencia espiritual no es algo que pueda presentarse como poco práctico, sino que interviene en la vida directamente práctica.

Traducido por J.Luelmo may,2024

martes, 4 de julio de 2023

GA143 Munich 25 de febrero de 1912 Reflejos de la conciencia supraconsciente y subconsciente

   Índice

REFLEJOS DE LA CONCIENCIA

SUPRACONSCIENTE Y SUBCONSCIENTE

RUDOLF STEINER

Munich 25 de febrero de 1912

Cuando se llevan a cabo conferencias públicas para un público más amplio, ciertas cosas deben tratarse de manera diferente que en las reuniones de Grupo, porque los miembros de un Grupo que han trabajado juntos y han estudiado estos asuntos durante algún tiempo, están preparados para aceptar tales cosas de manera diferente a como lo hacen un público más grande. Ayer vimos que podemos hablar de aspectos ocultos de la vida anímica del hombre y debemos comparar estos aspectos ocultos de la vida anímica humana con los hechos comprobados a través de la conciencia ordinaria y cotidiana.

Si observan ustedes superficialmente lo que vive en sus almas, desde la mañana en que se despiertan hasta la noche en que se duermen, lo que vive en ella en forma de ideas, sentimientos o estados de ánimo e impulsos de la voluntad, incluyendo, por supuesto, todo lo que entra en el alma desde el exterior a través de la percepción de los sentidos: si observan todo esto, entonces obtendrán todo lo que se puede denominar como formando los contenidos de la conciencia ordinaria. Ahora bien, hemos de ser conscientes de que todo lo que está así contenido en la vida de nuestra conciencia depende, en lo que respecta a esta conciencia ordinaria, de los instrumentos del cuerpo físico. El hecho más cercano y más evidente que prueba lo que acaba de decirse, es que el hombre debe despertar para vivir dentro del curso de los acontecimientos, comprobados a través de una conciencia ordinaria. Esto significa que el hombre debe sumergirse en el cuerpo físico con la parte de su ser que está fuera del cuerpo físico durante el sueño, y que este cuerpo físico con sus instrumentos está entonces a su disposición. Debería ser capaz de usar estos instrumentos para determinar los acontecimientos que son accesibles a la conciencia ordinaria.

Inmediatamente surge la siguiente pregunta: ¿Cómo utiliza el hombre, como ser anímico-espiritual, sus instrumentos corporales, los órganos de los sentidos y el sistema nervioso? ¿Cómo usa sus órganos corporales para vivir dentro de su conciencia cotidiana? En ámbitos materialistas se sostiene que los instrumentos físicos o corporales constituyen para el hombre algo que produce los hechos de su conciencia. A menudo he señalado que este no es el caso; no debemos imaginar que la estructura interna de nuestro cuerpo, a saber, los órganos de los sentidos o el cerebro, producen los hechos de la conciencia, tal como una vela, por ejemplo, produce una llama. La relación de lo que llamamos conciencia con los instrumentos corporales es completamente diferente; podemos compararlo con la relación de un hombre que ve su reflejo en un espejo, con el propio espejo. Cuando estamos dormidos, vivimos dentro de nuestra conciencia como si camináramos, por así decirlo, en línea recta. Si caminamos en línea recta, no vemos cómo se ve nuestra frente, etc., pero en el mismo momento en que alguien sostiene un espejo frente a nosotros, podemos vernos a nosotros mismos. Entonces lo que ya es parte de nosotros, viene hacia nosotros; comienza a existir para nosotros. Lo mismo ocurre en el caso de los hechos en nuestra conciencia ordinaria. Viven en nosotros continuamente, pero en realidad no tienen nada que ver con nuestro cuerpo físico. 

Así como nosotros mismos no tenemos nada que ver con el espejo, los hechos en nuestra conciencia no tienen nada que ver con nuestro cuerpo físico. La teoría materialista en este ámbito ni siquiera es una hipótesis aceptable, ¡es pura tontería! Pues a este respecto el materialista afirma algo que no puede compararse con nada menos que esto, a saber, que alguien que se ve a sí mismo en un espejo, declara que ha sido producido por el espejo. Si deseas engañarte a ti mismo pensando que el espejo te ha producido, porque solo puedes verte a ti mismo cuando tienes un espejo frente a ti, entonces también puedes creer que varias partes del cerebro, o tus órganos de los sentidos, producen los contenidos de la vida del alma. Ambas cosas son igualmente ingeniosas e igualmente verdaderas.

La afirmación de que un espejo puede producir un hombre, tiene exactamente el mismo valor que la afirmación de que un cerebro puede producir pensamientos. Los hechos que viven en nuestra conciencia tienen existencia propia. Sin embargo, es necesario que nuestro organismo ordinario perciba estos hechos existentes de conciencia. Para que esto sea posible, debemos enfrentarnos con algo que refleje los hechos de la conciencia, es decir, nuestro cuerpo físico. Así pues, en nuestro cuerpo físico poseemos algo que podemos llamar un aparato de espejo para los hechos de nuestra conciencia ordinaria. Estos viven en nuestro ser anímico-espiritual, y los percibimos porque el espejo de nuestra corporeidad se sostiene frente a lo que vive en nosotros y es parte de nosotros, pero no puede ser percibido por nosotros a través del alma, (así como no podemos vernos a nosotros mismos, a menos que se sostenga un espejo delante nuestro). Este es el verdadero aspecto de las cosas, pero el cuerpo no es simplemente un aparato de espejo pasivo, es algo en donde tienen lugar procesos. Por lo tanto, pueden imaginar en la parte posterior de este espejo, en lugar de la capa oscura que produce los reflejos, todo tipo de acontecimientos que tienen lugar allí, detrás del espejo. Esta comparación puede usarse para caracterizar la verdadera relación entre nuestro ser anímico-espiritual y nuestro cuerpo. Por lo tanto, debemos tener en cuenta que el cuerpo es un instrumento que refleja todo lo que experimentamos dentro de nuestra conciencia normal y cotidiana y que, además, el cuerpo físico es un verdadero espejo. Detrás, o si se quiere, debajo de estos hechos normales de la conciencia, yacen todas aquellas cosas que emergen a la superficie de nuestra vida anímica ordinaria, que deben designarse como los hechos contenidos en las profundidades ocultas del alma.

Algo de lo que habita en las profundidades ocultas del alma es experimentado, digamos por el poeta, por el artista. Si es un verdadero poeta, un verdadero artista, sabrá que lo que se expresa en su poesía de la manera habitual, no lo logra a través del pensamiento lógico, o en la forma en que llegamos a los hechos de la conciencia a través de la percepción externa. Sabe que las cosas surgen de profundidades desconocidas y están ahí, existen realmente, sin haber sido formadas por las fuerzas de la conciencia ordinaria. Pero de estas profundidades ocultas de la vida del alma también surgen otras cosas. Estas son cosas que juegan un papel en la conciencia normal, aunque no sabemos nada acerca de su origen, en lo que se refiere a la vida ordinaria. Pero ayer vimos que podemos descender más profundamente en la vida del alma, hasta la región de la semi-consciencia, la región de los sueños, y sabemos que los sueños sacan algo de las profundidades ocultas de la vida del alma que seríamos incapaces de captarlos de la manera habitual, normal, a través de un esfuerzo de conciencia. Si algo que ha sido enterrado en la memoria hace mucho tiempo, surge ante el alma de un hombre en forma de imagen onírica, como sucede una y otra vez, entonces, en la mayoría de los casos, este hombre nunca habría estado en condiciones de extraer estas cosas de las profundidades ocultas de su vida anímica tratando de recordarlas, porque la conciencia ordinaria no llega tan lejos. Lo que ya no se puede alcanzar a través de la conciencia normal, sin embargo, se puede alcanzar a través de la subconsciencia. En este estado semiconsciente durante los sueños, muchas cosas que han quedado atrás, por así decirlo, que han sido almacenadas, salen a la superficie. Surgen, pero sólo surgen aquellas cosas que no pudieron volverse activas, de la misma manera que otras cosas se vuelven activas, que se sumergen en las profundidades ocultas del alma, a partir de las experiencias adquiridas en la vida.

Adquirimos salud o enfermamos, nos ponemos de mal humor o nos alegramos, -pero esto se produce de modo que no lo notemos en el curso normal de la vida, porque constituye condiciones corporales, determinadas por lo que se ha hundido en el alma a partir de nuestras experiencias de vida-, algo que no podemos recordar, pero que, sin embargo, está activo en las profundidades de la vida del alma, convirtiéndonos en lo que luego nos convertimos durante el curso de la vida. Comprenderíamos a muchos seres humanos en sus 30, 40, 50 años, -sabríamos por qué tiene tal o cual inclinación, por qué siente tan profundamente la causa de su insatisfacción-, entenderíamos muchas cosas si hiciéramos un seguimiento retrospectivo en la vida de un hombre así hasta su infancia. En su infancia, veríamos cómo influyeron en él los padres y el entorno; lo que se suscitó durante la niñez en forma de tristeza y alegría, dolor y placer - cosas que tal vez se olviden por completo, pero que influyen en todo el estado de salud y de ánimo de un hombre. Porque lo que surge y se desliza hacia las profundidades ocultas de la vida del alma fuera de nuestra conciencia, continúa activo allí abajo. Lo extraño de todo esto es que estas fuerzas que están trabajando allí, primero trabajan sobre nosotros mismos y no abandonan, -por así decirlo-, la esfera de nuestra personalidad. Por lo tanto, cuando la conciencia clarividente desciende a estas profundidades, (esto ocurre a través de la imaginación, a través de lo que llamamos conocimiento imaginativo), cuando desciende a las profundidades donde estas fuerzas están activas en la subconsciencia, como acabamos de describir, entonces el hombre siempre encuentra su propio yo. Encuentra lo que surge y vive en su interior. Y esto es bueno. En efecto, en un verdadero autoconocimiento, el hombre debe aprender a conocerse a sí mismo; debe contemplar y aprender a conocer todos los impulsos que están activos en su interior.

Si el hombre no presta atención a este hecho, si no presta atención al hecho de que en primer lugar encontrará su propio yo con todo lo que lo constituye y está activo en él, se expondrá a toda clase de errores cuando su conciencia clarividente penetre en la subconsciencia mediante los ejercicios de un conocimiento imaginativo. Por medio de una forma de conciencia parecida a la conciencia ordinaria, el hombre no puede ser consciente en absoluto de que se encuentra con su propio yo cuando desciende a las profundidades de la vida anímica. En una cierta etapa del desarrollo será posible tener visiones - digamos- ver formas que son incuestionablemente algo nuevo, cuando las comparamos con lo que hemos aprendido a conocer a través de las experiencias de la vida. Tal circunstancia puede, en efecto, darse. Pero si imagináramos que tales cosas pertenecen al mundo exterior, esto sería una gran ilusión. Estas cosas no surgen del mismo modo en que los hechos relacionados con nuestra vida interior suelen surgir en la conciencia ordinaria. Si tenemos dolor de cabeza, éste es un hecho que entra en la conciencia habitual. Sabemos que el dolor está en nuestra propia cabeza. Si nos duele el estómago, el dolor se experimenta dentro de nosotros mismos. 

Si descendemos a las profundidades que llamamos las profundidades ocultas del alma, sólo podemos estar dentro de nosotros mismos, pero podemos ver cosas que nos parecen como si estuvieran fuera de nosotros mismos. Tomemos, por ejemplo, un caso sorprendente. Supongamos que alguien desea intensamente ser la reencarnada María Magdalena, (una vez mencioné que ya he conocido veinticuatro Magdalenas reencarnadas en mi vida); supongamos que alguien desea intensamente ser María Magdalena. Pero supongamos también que esta persona no se confiesa a sí misma este deseo, (no necesitamos confesarnos a nosotros mismos nuestros deseos, esto es innecesario). Bien, alguien puede leer la historia de María Magdalena y puede gustarle inmensamente. 

En su subconsciente puede surgir inmediatamente el deseo de ser María Magdalena. No se da cuenta de nada en su conciencia habitual, excepto de que le gusta este personaje. A la persona en cuestión le gusta este personaje. Es consciente de ello en su conciencia superior. Pero en su subconsciente vive el ardiente deseo de ser él mismo esta María Magdalena, y sin embargo no sabe nada de esto. No se preocupa por ello. Se guía por los hechos de su conciencia habitual; puede ir por el mundo sin verse obligado en absoluto a darse cuenta de este hecho erróneo en su conciencia, el intenso deseo de ser María Magdalena. Pero supongamos que tal persona ha alcanzado, de un modo u otro, una especie de entrenamiento oculto. Esto le permitiría descender a su subconsciente, pero no se daría cuenta del hecho de que "en mí vive el deseo de ser María Magdalena", no se daría cuenta de ello del mismo modo que se da cuenta de un dolor de cabeza. Si se diera cuenta de este deseo de ser María Magdalena, entonces sería sensato y asumiría ante este deseo la misma actitud que ante un dolor, es decir, intentaría deshacerse de él. 

Pero a través de un descenso irregular a la subconsciencia, esto no tiene lugar, porque su deseo adquiere la forma de algo que está fuera de su propia personalidad, y para el hombre en cuestión aparece como la visión: "Tú eres María Magdalena". Este hecho está ante él, se proyecta fuera de su propio ser. Además, un ser humano en esta etapa de desarrollo ya no es capaz de controlar tal hecho a través de su yo. Esta falta de control no puede surgir cuando nos sometemos a una formación regular, sólida y absolutamente cuidadosa; porque entonces el Yo acompaña todas las experiencias en todas las esferas. Pero tan pronto como el Yo deja de acompañar todas nuestras experiencias, el hecho descrito anteriormente puede surgir en la forma de un suceso externo objetivo. El observador cree que puede recordar los acontecimientos relacionados con María Magdalena y se siente identificado con esta María Magdalena. 

Esto es incuestionablemente posible. Hago hincapié en esta posibilidad, ya que muestra que sólo una formación cuidadosa y la conciencia con la que penetramos en el ocultismo, nos puede rescatar de caer en el error. Si sabemos que primero debemos ver ante nosotros un mundo entero, que debemos ver a nuestro alrededor hechos, no algo que apliquemos a nuestro propio yo, sino algo que está en nosotros, y sin embargo aparece como la imagen de un mundo entero, -si sabemos que hacemos bien en considerar que lo que primero vemos ante nosotros es la proyección de nuestra propia vida interior-, entonces poseemos un buen escudo contra los errores que pueden acosarnos a lo largo de este camino. Lo mejor de todo es considerar al principio todo lo que surge de nuestro interior como si fuera un hecho exterior. En la mayoría de los casos, estos hechos surgen de nuestros deseos, vanidades, ambiciones; en pocas palabras, de todas las cualidades relacionadas con el egoísmo humano. Estas cosas sobre todo se proyectan hacia el exterior y ahora podemos preguntar:  ¿Cómo podemos escapar de tales errores? ¿Cómo podemos salvarnos de ellos?

No es posible salvarnos del error mediante los hechos habituales de la conciencia. El error surge porque no podemos, por así decirlo, salir de nosotros mismos en el momento en que nos enfrentamos a una imagen del mundo; permanecemos enredados en nosotros mismos. Esto les mostrará que lo esencial es salir de nosotros mismos, distinguir de un modo u otro que aquí tenemos ante nosotros un tipo de visión, y allí otra. Ambas visiones están fuera; una es quizá meramente la proyección de un deseo, y la otra es un hecho real. Sin embargo, no difieren tanto como difieren las cosas en la vida ordinaria, por ejemplo, cuando una persona afirma que le duele la cabeza y nosotros mismos tenemos dolor de cabeza. Porque tanto nuestra vida interior como la de otra persona se proyectan en el espacio exterior. ¿Cómo podemos distinguirlas?

Debemos aprender a investigar la esfera oculta, debemos aprender a distinguir una impresión verdadera de una falsa, aunque todas las impresiones se mezclen y surjan como si todas tuvieran el mismo derecho a ser tomadas por impresiones verdaderas. Es como si mirásemos en el mundo físico y viésemos allí, junto a los árboles reales, otros árboles imaginarios, y como si fuésemos incapaces de discriminarlos. Los hechos verdaderos del exterior y los hechos que sólo surgen dentro de nosotros mismos están mezclados, como si árboles falsos y verdaderos estuvieran uno al lado del otro. ¿Cómo podemos aprender a distinguir una esfera de la otra? No lo aprendemos al principio a través de nuestra conciencia. Si permanecemos sólo dentro de la vida de los pensamientos, no es posible que discriminemos, pues esta posibilidad sólo nos es dada a través de un lento entrenamiento oculto del alma. 

Si progresamos más y más, llegamos al punto en que aprendemos a distinguir una cosa de otra, es decir, hacemos en lo oculto lo que tendríamos que hacer si viéramos árboles reales junto a árboles imaginarios. Si caminamos hacia árboles imaginarios, no chocamos contra ellos, ¡pero sí chocamos con árboles reales! Algo parecido ocurre también, -pero como hecho espiritual, por supuesto-, en la esfera oculta. Si procedemos de la manera correcta, podemos aprender a discriminar de una manera comparativamente fácil entre lo que es verdadero y falso en esta esfera; pero no podemos hacer esto a través de pensamientos, sólo a través de una decisión de la voluntad. Esta decisión de la voluntad puede surgir de la siguiente manera: Si examinamos nuestra vida, encontramos en ella dos grupos distintos de acontecimientos. A menudo encontramos que tal o cual cosa en la que tenemos éxito o fracasamos, está conectada normalmente con nuestras capacidades. En otras palabras, podemos entender nuestro fracaso en una determinada dirección porque no somos particularmente inteligentes en esa esfera.  

Por otra parte, podemos entender nuestro éxito en tal o cual dirección porque sabemos que tenemos ciertas capacidades que lo explican. Tal vez no siempre sea tan estrictamente necesario darse cuenta de esta conexión que existe entre nuestras acciones y nuestras capacidades. También hay una forma menos clara de darse cuenta de ello. Por ejemplo, cuando la desgracia golpea a alguien en una etapa posterior de su vida y luego piensa en ello, puede decirse a sí mismo: -"He sido un hombre que ha hecho muy poco para ser más activo. O puede admitirse a sí mismo: "Siempre he sido un tipo tan despreocupado...". "En ambos casos podrá decir que no se dio cuenta inmediatamente de la relación entre su fracaso y sus acciones pasadas, pero sí se dio cuenta de que un hombre perezoso y despreocupado no tendrá éxito en todas las cosas tan bien como un hombre concienzudo y diligente. 

Hay cosas en las que podemos ver muy bien su conexión con nuestros éxitos o fracasos, pero hay otras en las que parece imposible encontrar una conexión, en las que debemos decir: - A pesar de tal o cual capacidad que debería haber garantizado nuestro éxito en tal o cual dirección, no hemos tenido éxito. Evidentemente, también hay ciertos tipos de éxitos o fracasos en los que no podemos ver de inmediato la conexión con nuestras capacidades. Este es un aspecto. El otro es que en el caso de ciertas cosas con las que nos encontramos, como golpes del destino, a veces podemos decir: - "Bueno, esto parece justificado; porque nosotros mismos hemos proporcionado las condiciones para ello". Pero en el caso de otros sucesos, nos encontramos con que ocurren sin que podamos descubrir nada que pueda indicarse como su causa. Así pues, tenemos dos clases de experiencias: las que proceden de nosotros, y en las que podemos ver la conexión con nuestras propias capacidades, y la otra clase de experiencia que acabamos de describir. En el caso de algunas experiencias que nos vienen de fuera, encontramos sucesos de los que no podemos decir que nosotros mismos les hayamos dado origen, y de nuevo hay otros de los que sabemos que su fundamento está en nosotros. Miremos a nuestro alrededor en la vida y hagamos un experimento que es muy útil para todo ser humano. Este experimento puede hacerse de la siguiente manera. Pongamos juntas todas las cosas cuyas causas nos son desconocidas, y también todas las cosas en las que hemos tenido éxito y de las que podemos decir que han sucedido de alguna manera inexplicable, cosas de cuyo éxito no somos responsables en absoluto. Pero también los fracasos que podemos recordar pueden colocarse juntos de esta manera. Luego consideramos los sucesos externos que nos han ocurrido por casualidad, en los que no podemos encontrar ninguna influencia por nuestra parte. Ahora podemos hacer el siguiente experimento anímico. Imaginemos que construimos en nuestros pensamientos un hombre artificial (tengamos en cuenta que en primer lugar hacemos este grotesco experimento del alma), construimos este hombre artificial; está hecho de tal manera que todas las cosas en las que hemos tenido éxito de una manera inexplicable se producen a través de sus capacidades. 

Por lo tanto, cuando nos damos cuenta de que hemos tenido éxito en algo que requiere sabiduría, mientras que somos estúpidos en esta misma cosa, construimos un hombre imaginario que es particularmente sabio en esta misma esfera y que, por lo tanto, habría tenido éxito en ella. También podemos aplicar este experimento de la siguiente manera en el caso de un acontecimiento exterior. Supongamos que nos cae un ladrillo en la cabeza. Al principio no podemos darnos cuenta de la causa. Construyamos ahora un hombre imaginario que provocó la caída de este ladrillo, de la siguiente manera: En primer lugar, subió corriendo al tejado y arrancó un ladrillo para que cayera poco después. Luego volvió a bajar corriendo y el ladrillo le golpeó. Esto es exactamente lo que hacemos en ciertos sucesos, aunque sepamos muy bien, de acuerdo con el curso habitual de los acontecimientos, que no los hemos causado; de hecho, estos sucesos pueden ser incluso muy contrarios a nuestra voluntad. Supongamos que alguien nos ha golpeado en un momento determinado de nuestra vida. Para facilitar las cosas, situemos este suceso en nuestra infancia; supongamos que alguien encargado de cuidarnos nos ha pegado. Imaginemos que hemos hecho todo lo posible para merecer esa paliza. En resumen, ahora construimos una persona imaginaria en la que se centran todas aquellas cosas que son impenetrables para nuestro entendimiento. Veréis, si queremos progresar en ocultismo, debemos realizar varias cosas que están en contraste con los hechos ordinarios. Pero si sólo hacemos lo que parece sensato en el sentido habitual de la palabra, entonces no avanzamos mucho en el ocultismo, pues las cosas relacionadas con el mundo superior pueden parecer al principio tontas a un ser humano ordinario. Pero no importa si el método puede parecer tonto a un hombre de mente sobria y superficial. Construyamos, pues, este ser humano imaginario. Al principio puede parecer grotesco, y tal vez no nos demos cuenta de su propósito. Sin embargo, haremos un descubrimiento dentro de nosotros mismos; todo el que haga este experimento descubrirá que es imposible deshacerse de este hombre que hemos construido en nuestros pensamientos: empezará a interesarnos. En efecto, cuando hagamos este experimento, descubriremos que ya no podemos librarnos de este hombre artificial: vive en nosotros. Por extraño que parezca, no sólo vive en nosotros, sino que se transforma dentro de nosotros; cambia enormemente. 

Se transforma de tal manera que al final difiere completamente de lo que era antes. Se convierte en algo, de lo que no podemos sino decir que, después de todo, está contenido en nosotros. Esta es una experiencia que todos podemos tener. Lo que acabamos de describir -no el ser humano imaginario que hemos construido al principio, sino lo que ha llegado a ser- puede designarse como una parte de lo que está contenido en nosotros mismos. Es exactamente esa parte la que, por así decirlo, ha producido esas cosas en la vida que aparentemente no tienen causa. Así, encontramos dentro de nosotros mismos algo que realmente hace surgir las cosas que no pueden explicarse de otro modo. Lo que te he descrito constituye, en otras palabras, un camino que nos permite no sólo mirar dentro de nuestra propia vida anímica y encontrar algo en ella, sino también recorrer un camino que sale de esta vida anímica hacia el mundo circundante. Porque las cosas en las que fracasamos no permanecen en nosotros, sino que pasan a formar parte del mundo que nos rodea. Hemos tomado de él algo que no concuerda con los hechos habituales de nuestra conciencia. Pero hemos obtenido algo que parece como si estuviera contenido en nosotros. Entonces sentimos como si después de todo tuviéramos alguna conexión con las cosas que aparentemente surgen sin causa real. Así empezamos a sentir cómo estamos conectados con nuestro destino, con lo que se llama karma. Este experimento del alma es un verdadero camino que nos permite experimentar el karma de una determinada manera.

A lo que ustedes pueden argumentar: - "No puedo entender del todo lo que dicen". Pero cuando ustedes dicen esto, no es porque piensen que no pueden entender; lo dicen porque no logran entender algo que en realidad es bastante fácil de entender - pero ustedes no piensan en ello. Es imposible comprender tales cosas a menos que hayamos llevado a cabo el experimento antes mencionado. Por lo tanto, estas cosas pueden ser vistas simplemente como la descripción de un experimento que puede ser hecho y experimentado por todos. A través de este experimento todos podemos darnos cuenta de que en nosotros vive algo que está relacionado con nuestro karma. Si lo supiéramos de antemano, no sería necesario que se nos dieran instrucciones para alcanzarlo. Es muy natural que no podamos darnos cuenta de ello a menos que hayamos hecho el experimento. Sin embargo, no se trata de "comprender" las cosas en el sentido habitual de la palabra, sino de aceptar una comunicación relativa a algo que nuestra alma puede experimentar. Si nuestra alma recorre tales caminos, se acostumbrará a vivir no sólo dentro de sí misma, dentro de sus deseos y pasiones, sino que se acostumbrará a mirar los acontecimientos exteriores y a relacionarlos con su propio ser. Nuestra alma se acostumbrará a esto. Precisamente las cosas que no hemos deseado son las que nosotros mismos hemos traído a los acontecimientos. Por último, si somos capaces de afrontar todo nuestro destino de manera que lo aceptemos con serenidad, si en el caso de cosas sobre las que generalmente refunfuñamos y protestamos, pensamos en su lugar: "aceptémoslas de buen grado, ya que nosotros mismos somos responsables de ellas", si somos capaces de hacer esto, entonces desarrollamos un estado de ánimo particular. Este estado de ánimo nos permitirá distinguir lo verdadero de lo falso cuando descendamos a las profundidades ocultas de la vida anímica, para discriminar con absoluta certeza; entonces lo que es verdadero y lo que es falso aparecerá con maravillosa claridad y certeza.

Si contemplamos una visión con la mirada espiritual y somos capaces de disiparla simplemente por el hecho de que disipamos o conjuramos todas las fuerzas que experimentamos como nuestro ser interior y que aprendemos a conocer de nuevo en esta forma, -si podemos disiparlas por así decirlo con una simple mirada-, entonces esta visión no es más que un fantasma. Pero si no podemos eliminarla de este modo y sólo podemos disipar la parte que nos recuerda al mundo sensorial exterior, -es decir, la parte visionaria-, si el elemento espiritual permanece como un hecho innegable, entonces la visión es verdadera. Sin embargo, esta distinción no puede hacerse antes de haber realizado lo que ya se ha descrito. Por lo tanto, en el plano suprasensible, lo verdadero y lo falso no pueden distinguirse con certeza a menos que hayamos pasado por el entrenamiento antes mencionado. El hecho esencial durante una experiencia del alma es que nuestra conciencia habitual está en realidad siempre contenida en lo que deseamos, de modo que mediante este experimento del alma nos acostumbramos a considerar como voluntad propia lo que no deseamos en absoluto en lo que a nuestra conciencia ordinaria se refiere - lo que normalmente va en contra de nuestra voluntad. En una determinada conexión podemos haber alcanzado una etapa definida de desarrollo interior; sin embargo, si tal experimento del alma no nos induce a situar esta conexión con lo que no hemos deseado, en contra de los deseos, pensiones, simpatías y antipatías que viven dentro de nuestra alma, entonces cometeremos un error tras otro. El mayor error de este tipo fue cometido justamente en la Sociedad Teosófica por H. P. Blavatsky. Ella observó el campo donde el Cristo puede ser encontrado, y debido a que sus deseos y anhelos, -en pocas palabras todo lo que constituía su conciencia superior-, contenían antipatía, de hecho odio por todo lo cristiano y judío, mientras que ella tenía predilección por todo lo que se había extendido sobre la tierra como civilización espiritual, excluyendo lo cristiano y lo hebreo, y debido a que ella nunca había pasado por el entrenamiento descrito hoy, se enfrentó con una idea totalmente falsa del Cristo. Esto es muy natural. Transmitió esta idea a sus discípulos más íntimos y aún hoy sigue viva, convertida en una imagen grotesca. Estas cosas llegan hasta las más altas esferas. Podemos ver muchas cosas en el plano oculto, pero la capacidad de distinguirlas es superior a la de simplemente verlas o percibirlas. Esto debe ser enfatizado agudamente.

Ahora surge el siguiente problema: Cuando ahondamos en las profundidades ocultas de nuestra alma (todo clarividente debe hacerlo), llegamos primero a nuestro propio yo. Debemos aprender a conocernos a nosotros mismos pasando real y verdaderamente por esa etapa en la que al principio nos encontramos ante un mundo en el que Lucifer y Ahriman nos prometen continuamente los reinos del mundo. Esto significa que estamos ante nuestro propio mundo interior y que el demonio nos dice: éste es el mundo objetivo. Esta es la tentación de la que ni siquiera el Cristo pudo escapar. Las ilusiones del mundo interior fueron puestas delante de Él. Pero a través de Su propia fuerza fue capaz de ver desde el principio que esto no era un mundo real, sino algo contenido en el mundo interior del hombre. A través de este mundo interior, en el que debemos distinguir dos partes, -una que podemos eliminar, a saber, nuestro verdadero contenido interior, y otra que permanece-, llegamos al mundo suprasensible objetivo a través de las profundidades ocultas de nuestra vida anímica. Del mismo modo que nuestro núcleo anímico-espiritual debe utilizar el espejo del cuerpo físico para percibir las cosas exteriores, o lo que constituye los hechos de la conciencia ordinaria, el ser humano debe utilizar su cuerpo etérico como espejo, en lo que respecta a su núcleo anímico-espiritual, para percibir los hechos espirituales suprasensibles con los que se encuentra al principio. Los órganos superiores de los sentidos, si se nos permite esta expresión, aparecen en el cuerpo astral, pero lo que vive en ellos debe reflejarse a través del cuerpo etérico, del mismo modo que el contenido anímico-espiritual que percibimos en la vida ordinaria se refleja a través del cuerpo físico. Debemos aprender a utilizar nuestro cuerpo etérico. Puesto que nuestro cuerpo etérico nos es generalmente desconocido, aunque es la parte que realmente nos da vida, -es muy natural que primero aprendamos a conocer este cuerpo etérico antes de aprender a conocer lo que entra en nosotros desde el mundo suprasensible exterior, y antes de que esto pueda reflejarse a través del cuerpo etérico.

Como pueden ver, lo que experimentamos alcanzando las profundidades ocultas de nuestra vida anímica, -cuando experimentamos, por así decirlo, nuestro propio yo y la proyección de nuestros propios deseos-, se parece mucho a la vida que solemos llamar Kamaloca. Se diferencia de la vida Kamaloca por el hecho de que durante nuestra vida ordinaria progresamos hasta un encarcelamiento (por llamarlo así) dentro de nuestro propio yo; sin embargo, nuestro cuerpo físico está ahí y siempre podemos volver a él, mientras que en Kamaloca el cuerpo físico ya no existe. Incluso una parte del cuerpo etérico ya no existe, esa parte que durante la vida nos devuelve un reflejo; estamos rodeados por el éter vital general que es ahora el instrumento reflector y refleja todo lo que está contenido en nosotros. Durante el período Kamaloca, nuestro propio mundo interior se construye a nuestro alrededor, con todos sus deseos y pasiones. Es importante que nos demos cuenta de que la vida de Kamaloca puede caracterizarse, en primer lugar, por el hecho de que estamos encerrados en nosotros mismos y que esto constituye una prisión; tanto más cuanto que no podemos volver a ninguna forma de vida física, que constituye el fundamento de toda nuestra vida interior. Cuando experimentamos nuestra vida de Kamaloca para darnos cuenta poco a poco, (nos damos cuenta poco a poco), de que todo lo que contiene sólo puede eliminarse cuando empezamos a sentir de otra manera, cuando ya no tenemos dentro de nosotros pasiones, etc., sólo entonces rompemos los muros de nuestra prisión de Kamaloca.

¿En qué sentido puede entenderse esto? En el siguiente sentido: Supongamos que alguien muere anhelando un determinado deseo. Este deseo formará parte de lo que entonces se proyecte al exterior; estará contenido en una de las formaciones que le rodean. Mientras este deseo siga viviendo en él, no podrá abrir las puertas de Kamaloca con ninguna llave, en lo que a este deseo se refiere. Cuando se dé cuenta de que este deseo sólo puede satisfacerse eliminándolo, renunciando a él, no deseando más - sólo cuando este deseo haya sido arrancado del alma y asuma hacia él la actitud opuesta, sólo entonces todo lo que le aprisiona en Kamaloca, incluido este deseo, será arrancado del alma. En esta etapa entre la muerte y un nuevo nacimiento alcanzamos la esfera que se llama Devacán: también podemos alcanzarla a través de la clarividencia si hemos aprendido a conocer lo que forma parte de nosotros. A través de la clarividencia alcanzamos el Devacán, cuando hemos obtenido un grado definido de madurez; durante el Kamaloca alcanzamos el Devacán en el transcurso del tiempo, sólo porque el tiempo nos atormenta a través de nuestros propios deseos, de modo que son superados gradualmente en el transcurso del tiempo. A través de esto, todo lo que se conjura ante nosotros, como si fuera el mundo y su gloria, se rompe en pedazos.

Lo que solemos llamar Devacán es el mundo de los hechos reales y suprasensibles. ¿Cómo encontramos generalmente este mundo de hechos reales y suprasensibles? Aquí en la tierra podemos hablar de Devacán sólo porque podemos penetrar por medio de la clarividencia, (si el Yo ha sido realmente superado), en el mundo de los hechos suprasensibles que existen realmente, y estos hechos coinciden con lo que contiene el Devacán. La característica principal del Devacán es que los hechos morales ya no pueden distinguirse de los hechos físicos, ni de las leyes físicas; las leyes morales y las leyes físicas coinciden. ¿Qué significa esto? En el mundo físico ordinario el sol brilla sobre justos e injustos; uno que ha cometido un crimen puede quizás ser encarcelado, pero el sol físico no se oscurecerá por este hecho. Esto significa que el mundo de la realidad sensorial tiene tanto un orden moral de leyes como uno físico; pero siguen dos direcciones completamente diferentes. En el Devacán es de otra manera, allí esta diferencia no existe en absoluto. En el Devacán todo lo que surge de algo moral, o intelectualmente sabio, o estéticamente bello, etc., conduce a una creación, es creador, mientras que todo lo que surge de algo inmoral, intelectualmente falso, o estéticamente feo, conduce a la destrucción, es destructor. En efecto, las leyes de la Naturaleza en Devacán son de tal naturaleza que el sol no brilla por igual sobre justos e injustos. Hablando en sentido figurado, podemos decir que el sol se oscurece realmente en el caso de un hombre injusto, mientras que el hombre justo que pasa por el Devacán encuentra realmente en él el sol espiritual, es decir, la influencia de las fuerzas vitales que le ayudan a avanzar en la vida. Un mentiroso o un hombre de mente fea pasarán por el Devacán de tal manera que las fuerzas espirituales se retiran de él. En el Devacán es posible un orden de leyes que no es posible aquí ni en la Tierra. Cuando dos personas, una justa y otra injusta, caminan una al lado de la otra aquí en la tierra, no es posible que el sol brille sobre una y no brille sobre la otra. Pero en el mundo espiritual la influencia de las fuerzas espirituales depende indudablemente de la cualidad de un ser humano. En Devacán esto significa que las leyes de la Naturaleza y las leyes espirituales no siguen direcciones separadas, sino la misma dirección. Esto es lo esencial que hay que tener en cuenta, en Devacán las leyes de la Naturaleza y las leyes morales e intelectuales coinciden.

Cuando un ser humano entra en el Devacán y vive allí, con todo lo que todavía contiene de su última vida en la tierra - la rectitud y la injusticia, el bien y el mal, la belleza y la fealdad estéticas, la verdad y la falsedad - todo esto se activa de tal manera que inmediatamente toma posesión de las leyes de la Naturaleza existentes en el Devacán. Tal vez podamos compararlo con el siguiente hecho en el mundo de los sentidos. Supongamos que alguien ha robado, o ha dicho una mentira aquí en la tierra y luego sale a la luz del sol; pero el sol ya no brilla sobre él, no puede encontrar la luz del sol en ninguna parte, de modo que a causa de la falta de luz solar se enferma gradualmente. O supongamos, -esto también puede servir de comparación-, que alguien que ha dicho una mentira aquí en la tierra no puede respirar más - todos estos casos serían similares a lo que realmente sucede en el Devacán. Aquel que es culpable de tal o cual pecado, encontrará allí, en lo que concierne a su ser anímico-espiritual, que las leyes de la Naturaleza coinciden con las leyes espirituales. Por consiguiente, cuando este hombre continúa desarrollándose en Devacán como se ha descrito anteriormente, y progresa más y más, entonces tales leyes y cualidades vivirán en él, que lo que ahora llega a ser en Devacán, corresponde a las cualidades que ha traído consigo de su vida precedente. Supongamos que alguien vive en Devacán durante 200 años; ha mirado a través de Devacán, y si dijo muchas mentiras durante su vida en la tierra, entonces los Espíritus de la Verdad se retirarán de él en Devacán. Algo en él morirá entonces, mientras que en otra alma amante de la verdad esto, en cambio, florecerá y cobrará vida.

Supongamos que alguien pasa por el Devacán con una vanidad pronunciada, de la que no se ha desprendido. En el Devacán esta vanidad será una exhalación muy fétida, y ciertos seres espirituales evitan tal individualidad que exhala estos olores fétidos de ambición o vanidad. Esto no se describe en sentido figurado. La vanidad y la ambición son, en efecto, exhalaciones muy fétidas en el Devacán, de modo que ciertos seres, que se retiran a causa de ello, no pueden ejercer su influencia benéfica. Es como si una planta creciera en un sótano, mientras que sólo puede florecer a la luz del sol. La persona vanidosa no puede prosperar. Se desarrolla bajo la influencia de esta cualidad. Entonces, cuando se reencarna, no tiene la fuerza para recibir las buenas influencias. En lugar de desarrollar sanamente ciertos órganos, desarrolla un sistema orgánico no sano. Así, no sólo nuestra condición física, sino también nuestra condición moral e intelectual, nos muestran lo que llegaremos a ser en la vida. En el plano físico, las leyes de la Naturaleza y las leyes espirituales van por caminos separados. Pero, entre la muerte y un nuevo nacimiento son una - las leyes de la Naturaleza y las leyes espirituales son una. Las fuerzas destructivas de la Naturaleza entran en nuestra alma, como resultado de actos inmorales durante una vida precedente; pero las fuerzas que gastan la vida entran en ella, como resultado de actos morales. Esto no sólo está relacionado con nuestra configuración interior, sino también con lo que nos encontramos en la vida, como nuestro karma.

El elemento característico del Devacán es que no hay diferencia entre las leyes de la Naturaleza y las leyes espirituales. El clarividente que realmente penetra en los mundos suprasensibles experimenta esto. Los mundos suprasensibles difieren mucho de los mundos aquí en el plano físico. Para un clarividente es sencillamente imposible hacer la distinción que suele hacer una mente materialista, a saber, que sólo existen leyes objetivas de la Naturaleza. Detrás de las leyes objetivas de la Naturaleza hay, en realidad, siempre leyes espirituales; y un clarividente no puede, por ejemplo, atravesar una pradera seca, o una región inundada, o percibir una erupción volcánica, sin darse cuenta de que detrás de todos los fenómenos de la Naturaleza hay poderes espirituales, seres espirituales. Una erupción volcánica es también para él un hecho moral, aunque el elemento moral se sitúe tal vez en un plano completamente distinto del que, en un principio, podemos imaginar. Los que siempre confunden el mundo físico y el superior dirán: - "Si personas inocentes perecen a causa de una erupción volcánica, ¿Cómo podemos suponer que se trata de un hecho moral?". Pero, en principio, no necesitamos considerar esta opinión; porque sería tan cruelmente estrecha de miras como la contraria, es decir, considerar esta erupción como un castigo infligido por Dios a las personas que viven cerca del volcán. Ambas opiniones son sólo el resultado de la mentalidad estrecha de miras aquí en el plano físico. Pero éste no es el punto en cuestión; hay que tener en cuenta cosas mucho más universales. Aquellas personas que viven en las laderas de un volcán y cuyas posesiones son destruidas por una erupción, quizás no tengan ninguna culpa en esta vida. Pero esto encontrará su equilibrio más adelante, y no implica una actitud despiadada por nuestra parte (considerarlo así sería de nuevo una interpretación estrecha de miras de los hechos). En el caso de las erupciones volcánicas, por ejemplo, nos encontramos con que en el curso de la evolución de la tierra los seres humanos ocasionan determinadas cosas; y debido a que estas cosas ocurren, toda la evolución de la humanidad se ve frenada. Por esta misma razón, los buenos Dioses deben obrar de cierta manera para establecer el equilibrio, -y tales fenómenos de la Naturaleza a veces traen consigo tal equilibrio. Muy a menudo, esta conexión sólo puede verse penetrando en las profundidades ocultas. Así, se producen ajustes en el caso de cosas provocadas por los seres humanos, cosas que se oponen al curso espiritual del verdadero desarrollo de la humanidad. Todos los acontecimientos, aunque sean meros fenómenos de la Naturaleza, tienen algo moral en sus profundidades, y los portadores de este elemento moral; que yacen detrás de los hechos físicos, son seres espirituales. Así, si imaginamos un mundo en el que es imposible hablar de una división entre las leyes de la Naturaleza y las leyes espirituales, -en otras palabras, un mundo en el que la justicia rige como una ley de la Naturaleza-, entonces este mundo sería el Devacán. Y en Devacán no tenemos por qué pensar que las acciones que merecen castigo son castigadas arbitrariamente; pues allí, el elemento inmoral se destruye a sí mismo y el moral progresa, con la misma necesidad con la que una llama prende fuego al material combustible.

Así, vemos que justamente las características más íntimas, el nervio más interno, por así decirlo, de la existencia, varía en los diferentes mundos. No podemos formarnos una imagen de los diversos mundos a menos que tengamos en cuenta estas peculiaridades que difieren radicalmente en cada mundo. Así, podemos caracterizar el mundo físico, Kamaloca y Devacán, de la siguiente manera: en el mundo físico, las leyes de la Naturaleza y las leyes espirituales constituyen una serie de hechos que siguen su curso en direcciones separadas. En el mundo de Kamaloca, el ser humano está aprisionado dentro de sí mismo, encerrado en la prisión de su propio ser. El mundo del Devacán es todo lo contrario del mundo físico. Allí, las leyes de la Naturaleza y las leyes espirituales son una misma cosa. Estas son las tres características; y si las tenemos cuidadosamente en cuenta, si tratamos de sentir la diferencia radical entre nuestro mundo y uno donde las leyes intelectuales, y también las leyes estéticas, son al mismo tiempo leyes de la Naturaleza, entonces tendremos una idea de lo que encierra el Devacán. Si nos encontramos con una persona fea, o bella, aquí en el mundo físico, no tenemos derecho a tratar al hombre feo como si tuviera algo repulsivo en su ser anímico-espiritual, ni podemos colocar a un ser humano bello a cierta altura, desde un aspecto anímico-espiritual. Pero en el Devacán es completamente diferente. Allí, nunca encontramos nada feo, a menos que haya sido causado por algo; y el ser humano que debe su rostro feo a su encarnación precedente, pero que se esfuerza por ser verdadero y recto en esta vida, es imposible que nos encuentre en Devacán con un rostro feo. En efecto, tal ser humano habrá transformado su rostro feo en belleza. Por otra parte, es igualmente cierto que quien dice mentiras y es vanidoso y avaro deambula por el Devacán con una forma fea. Pero también hay que tener en cuenta otra cosa. En la vida física ordinaria no encontramos que algo se destruye continuamente en un rostro feo, y que un rostro bello añade continuamente algo a su belleza. Pero en el Devacán vemos que la fealdad es un elemento destructivo, y siempre que percibimos algo bello nos vemos obligados a darnos cuenta de que produce un crecimiento continuo, una fructificación continua. Por lo tanto, en el mundo del Devacán debemos tener sentimientos completamente diferentes a los del mundo físico.

Será necesario encontrar el elemento esencial en estos sentimientos, y adquirir la capacidad de añadir a la descripción exterior de las cosas estos sentimientos y experiencias que se describen en la ciencia espiritual. Si uno se esfuerza por experimentar un mundo en el que los elementos morales, bellos y mentalmente verdaderos aparezcan con la misma necesidad que una ley de la Naturaleza, alcanzará la experiencia del Devacán. Es por esta razón que debemos recopilar tantos hechos y trabajar tan duro, a fin de fundir en una experiencia viva lo que así hemos adquirido a través del estudio. Sin esfuerzo es imposible alcanzar un verdadero conocimiento de las cosas que deben aclararse gradualmente al mundo a través de la ciencia espiritual. Hoy en día hay sin duda muchas personas que argumentan: "¿Por qué debemos aprender tantas cosas a través de la ciencia espiritual? ¿Debemos volver a ser colegiales? Los sentimientos o las experiencias parecen ser lo más importante en ella". En efecto, el sentimiento es precisamente lo que hay que tener en cuenta - pero, ante todo, hay que adquirir el tipo correcto de sentimiento. Lo mismo se aplica a todo. A un pintor también le resultaría mucho más agradable si no tuviera que aprender los elementos de su arte, etc., y si no se viera obligado a pintar su cuadro final lenta y gradualmente sobre el lienzo. Sería mucho más agradable si pudiera simplemente respirar sobre el lienzo, ¡y así producir su cuadro terminado! Lo curioso en el mundo de hoy es que, cuanto más nos acercamos a la esfera anímica y espiritual, más personas no comprenden que no basta con respirar sobre el lienzo. En el caso de la música, poca gente admitirá que un hombre que no ha aprendido nada en absoluto pueda ser compositor; esto es bastante obvio para ellos. También lo admitirán en el caso de la pintura, -aunque menos estrictamente que en el caso de la música-, y en el caso de la poesía admitirán aún menos que el estudio y la formación sean necesarios. Por eso hay tantos poetas modernos. Ninguna época ha sido tan poco poética como la actual, a pesar de sus muchos poetas. Los poetas no necesitan aprender mucho, simplemente se espera de ellos que escriban (aunque esto no tiene nada que ver con la poesía), al menos ortográficamente; ¡basta con que sean capaces de expresar sus pensamientos de forma inteligible! Y menos aún se espera de los filósofos. Pues se da por sentado que cualquiera puede expresar su opinión sobre todo tipo de cosas que pertenezcan a una concepción del mundo, o concepción de la vida. Cada uno tiene su propio punto de vista. Una y otra vez nos encontramos con que el estudio cuidadoso, que implica la aplicación de todos los medios disponibles a una actividad interior, con el fin de investigar y conocer al menos algo del mundo, no cuenta para nada en la actualidad. En cambio, se da por sentado que el punto de vista de alguien que se ha esforzado y trabajado para aventurarse a decir al menos algunas cosas sobre los secretos del universo es equivalente al punto de vista de alguien que simplemente ha decidido tener una opinión. De ahí que hoy todo el mundo tenga, por así decirlo, su propia concepción del mundo. ¡Y un teósofo por encima de todos los demás! En opinión de algunas personas, aún se requiere menos para ser teósofo. En su opinión, todo lo que se necesita no es ni siquiera reconocer los tres principios de la Sociedad Teosófica, sino sólo el primero - ¡y esto totalmente de acuerdo a su propio gusto! Puesto que todo lo que se requiere es admitir con más o menos veracidad que el amor hacia los demás es suficiente - si uno está o no realmente lleno de amor no cuenta mucho - es bastante fácil ser un teósofo, ¡y entonces por supuesto uno tiene el tipo correcto de sentimiento! Así descendemos continuamente. Comenzamos con una estimación de la música y esperamos un cierto nivel de aquellos que desean tener una opinión sobre la música, descendemos continuamente y requerimos cada vez menos, hasta que finalmente llegamos a la Teosofía, ¡donde se requiere menos de todo! Porque pensamos que lo que generalmente se considera inadecuado en el caso de la pintura, por ejemplo, es suficiente en el caso de la Teosofía, aquí no se necesita ningún esfuerzo, y sin embargo sentamos las bases para una hermandad universal, ¡y entonces somos teósofos! No necesitamos aprender nada más. Pero el punto esencial es éste, debemos esforzarnos con todas nuestras fuerzas para transformar en experiencias vivas lo que recogemos en forma de estudio - pues los matices de estos sentimientos nos darán el conocimiento más elevado y verdadero. Debes dirigir todos tus esfuerzos hacia el logro de una experiencia tal como la impresión derivada de un mundo donde las leyes de la Naturaleza y las leyes espirituales coinciden. Si trabajas con toda seriedad (¡que la gente crea que sólo has estudiado hechos teóricos!), si no has escatimado esfuerzos para comprender tal o cual teoría, entonces quedará una impresión en Devacán. Si una experiencia, un sentimiento real, existe no sólo en tu fantasía, sino que realmente lo has adquirido a través de un cuidadoso trabajo, entonces esta experiencia, estos matices de sentimiento, llegarán más lejos de lo que pueden llegar meramente por sí mismos - se volverán reales a través de un estudio serio y diligente. Y entonces no estarás muy lejos del punto en que este matiz de sentimiento adquirirá vida, y Devacán estará realmente ante ti. Porque este matiz del sentimiento se convierte en una capacidad perceptiva si se trabaja con veracidad. Nuestros grupos, nuestros centros de trabajo, son lo que deben ser, sólo si el trabajo dentro de ellos se realiza realmente sin ninguna sensación y sobre una base honesta. En este caso, nuestros grupos y centros son escuelas destinadas a conducir al hombre a las esferas de la clarividencia. Sólo alguien que no desea alcanzar esto y no está dispuesto a trabajar puede tener una opinión falsa con respecto a estas cosas.

Traducido por J.Luelmo jul.2023