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lunes, 13 de enero de 2025

GA209 Dornach, 31 de diciembre de 1921-La iniciación en su transformación

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La iniciación en su transformación

RUDOLF STEINER


Dornach, 31 de diciembre de 1921

En un día que marca el cambio de año, creo que es oportuno hablar de un punto de inflexión en la historia del desarrollo de la humanidad. Hoy hablaré de la transformación del conocimiento humano en general en el período comprendido entre el período más antiguo que la humanidad puede recordar históricamente y nuestro tiempo. 

En los tiempos más antiguos, la gente era muy consciente de que el conocimiento de la verdadera esencia más profunda del hombre sólo puede alcanzarse cuando los poderes ocultos del conocimiento en el hombre salen a la superficie. La gente siempre ha hablado del hecho de que la experiencia externa del mundo solo puede llevar a la comprensión de los aspectos externos del ser humano. Dentro de los procesos especiales de los misterios, a las personas que los buscaban se les ofrecía la oportunidad de alcanzar ese conocimiento superior sobre el ser humano real, a través de poderes que de otro modo estarían ocultos en las profundidades del ser humano. Estaba perfectamente claro, especialmente en aquellos tiempos en que prevalecía una cierta sabiduría instintiva primigenia, que la verdadera naturaleza del hombre es diferente de la que se puede encontrar dentro de la esfera experimentada por el hombre en la vida cotidiana ordinaria. Por lo tanto, siempre se ha hablado de una iniciación a través de la cual los secretos más profundos de la vida, con los que el ser humano está conectado, solo pueden volverse accesibles al hombre.

Hoy en día, también, la ciencia espiritual antroposófica muestra que uno debe hablar de tal iniciación. Pero uno puede decir: la conciencia humana de hoy, que se ha formado bajo condiciones muy específicas y fuertemente egoístas, se resiste al hecho de que el verdadero conocimiento humano y mundial solo se puede encontrar a través de tales preparaciones y desarrollos especiales dentro del alma humana. El hombre moderno quiere decidir las cuestiones más elevadas de la existencia sin aplicar tales principios de desarrollo, a través de lo que se le da en la vida ordinaria. Y cuando tiene la sensación de que no puede decidir las cuestiones más elevadas de la existencia con los poderes ordinarios del conocimiento, entonces afirma que la capacidad cognitiva humana es limitada en general, y que sería absurdo ir más allá de los límites humanos ordinarios del conocimiento. También existe el prejuicio contra el principio de la iniciación que uno dice: ¿Lo que se dice de la ciencia de la iniciación tiene algún valor para aquellos que aún no pueden lograr tal iniciación en su encarnación actual? ¿Cómo se puede convencer a tales personas de la verdad de lo que proviene de un conocimiento especialmente preparado?

 Sin embargo, éste no es el caso. Y precisamente esta última objeción es lo más injustificada posible. Pues, ¿Cuál es el comportamiento real de aquello que llega al hombre a través de la ciencia de la iniciación o consagración?

Imagínense que el hombre entra por primera vez en una habitación oscura. Con su sentidos distingue los objetos, por sus formas. Supongamos que esta habitación fuese iluminada de repente por una lámpara, que está colocada en algún lugar de tal manera que no se nota en absoluto en la propia habitación. Todos los objetos parecerán diferentes de las facultades ordinarias que posee alguien que ha caminado previamente por el cuarto oscuro y sólo lo ha tocado todo para hacerse una idea de las formas de los objetos en el cuarto oscuro. Todos los objetos ahora se vuelven diferentes bajo la influencia de la iluminación, sin que se haya añadido nada, sin que nada sea ahora inaccesible para el que ahora está de pie en la habitación iluminada, y revelará su esencia y al mismo tiempo la esencia de la luz. Así, cuando la ciencia de la iniciación se acerca al hombre, éste no necesita más que aceptar con detenimiento lo que la ciencia de la iniciación le da, -tanto si puede alcanzarlo por sí mismo de forma directa como si no-, y considerarlo de tal manera que permita que esta ciencia de la iniciación ilumine lo que conoce, ese mundo que le es accesible. Esta ciencia iniciática no quiere traer nada más que lo que este mundo ya es. Pero así como uno no puede reconocer lo que está en una habitación oscura en la oscuridad, sino que puede reconocerlo inmediatamente en la luz, así también lo que se esparce alrededor del hombre para la conciencia ordinaria no puede revelar su propia naturaleza si no está iluminado por lo que proviene de la ciencia de la iniciación. El hombre mismo se encuentra ante el hombre en el mundo ordinario. El hombre lleva un alma inmortal dentro de él, al igual que el cuadro que cuelga de la pared en la habitación oscura tal vez represente algo que no se puede ver en la habitación oscura. Si la habitación está iluminada, se puede ver de inmediato. El iniciado no añade el alma inmortal al ser humano; Cuando el ser humano es iluminado por la ciencia de la iniciación, se hace visible para todos. Y sólo una ciencia prejuiciosa puede negar que el mundo en el que el hombre está continuamente en la conciencia terrenal entre el nacimiento y la muerte, que este mundo mismo, al que se puede llegar por el sano entendimiento humano ordinario, verifica todo lo que dice la ciencia de la iniciación.

Pero la propia ciencia de la iniciación ha sufrido una transformación. En la antigüedad de la humanidad era algo diferente, y ahora aparece de nuevo ante el hombre bajo una forma transformada. Entre estos dos períodos, sin embargo, se extiende un desarrollo mundial para la humanidad que comenzó alrededor del siglo XV, que ahora está llegando a su fin, y que era oscuro en relación con la luz espiritual que la ciencia de la iniciación pretende que sea, oscuro, pero cuya oscuridad también está profundamente arraigada en la naturaleza de todo el desarrollo de la tierra y de la humanidad. Si nos remontamos a épocas más antiguas, de las que han sobrevivido tradiciones hasta el período post cristiano, pero que también se desvanecieron en el siglo V, que se han vuelto incomprensibles en este período, si nos remontamos a la antigüedad, encontramos que el hombre, cuando miraba al mundo con sus poderes instintivos de cognición, no veía simplemente lo que hoy puede ver el hombre por su percepción sensorial y por su intelecto. El hombre veía cosas espirituales por todas partes en las cosas sensoriales, y no cosas espirituales abstractas, veía cosas espirituales concretas, veía seres espirituales reales. Incluso en la antigua Grecia el hombre veía tales entidades espirituales concretas. Y se puede seguir el rastro hasta la transformación de la propia percepción sensorial, cómo fue que el hombre podía ver tales entidades espirituales. Hoy pensamos que este mosaico de los sentidos que se extiende ante nosotros siempre ha sido como es hoy. Sólo la ciencia externa puede demostrar al hombre que no es así.

Los griegos, por ejemplo, no veían el cielo azul tan azul como lo vemos hoy. No tenían ningún concepto del azul del cielo. Para ellos, estaba sombreado. En cambio, vieron los llamados colores brillantes aún más vívidamente, incluso más brillantemente, de lo que nosotros los vemos. Esto ya se puede deducir de la literatura. Pero para una percepción sensorial, para la cual es así, lo espiritual se extiende directamente sobre la alfombra sensorial misma. En primer lugar, me gustaría decir que la coloración azul del mundo, el tinte azul, hace que el espíritu exterior retroceda. Y al mismo tiempo que la conciencia instintiva del hombre  percibía afuera algo elemental en todas partes, el hombre también percibía algo elemental real en su ser anímico-espiritual.

Hoy hablamos de conciencia, que nos dice esto o aquello. El griego hablaba de las Erinyes. Sólo en un caso especialmente flagrante el griego se daba cuenta de que algo así como poderes espirituales-elementales se acercaban a él como algo objetivo. Pero en épocas más antiguas, todo lo que hoy suponemos que surge simplemente del ser humano, era sentido como provocado por un poder espiritual extraño que se acerca al ser humano. Lo que es bastante normal en un período del desarrollo humano no debe ocurrir de la misma manera en otro. 

Si el hombre de hoy tomara conciencia de la voz moral de la misma manera que ocurría en el período más antiguo del desarrollo griego, en la época en que Esquilo aún escribía, se diagnosticaría hoy como una enfermedad del alma, y probablemente se diría, con una expresión que quizás hoy ya no se considere del todo correcta, que esa persona está poseída por un poder extraño. Esta posesión era bastante normal en la antigua Grecia. Hoy debemos percibir aquello que entonces se percibía como proveniente de un poder extraño, como proveniente de nosotros mismos, como proveniente de nuestra conciencia.

Cuando el ser humano, que desde su conciencia instintiva tenía la visión de que seres espirituales-elementales actuaban en el mundo exterior, que también tenía la visión de que seres espirituales-elementales actuaban en su interior, era aceptado en el Discipulado de los Misterios, entonces estos seres espirituales elementales le eran, por así decirlo, iluminados por seres espirituales superiores a través de un nuevo conocimiento. Con la conciencia instintiva se percibían los espíritus de la naturaleza y ciertos poderes demoníacos que actuaban en la naturaleza humana. Mediante la iniciación se descendía más profundamente en la naturaleza, se descendía más profundamente en el propio ser humano. Y para alguien que pasaba por la primera etapa de la iniciación en la antigüedad, lo particularmente significativo, lo más importante era que precisamente a través de la iniciación dejaba de percibir los espíritus elementales dentro de la naturaleza exterior y lo demoníaco dentro de su propio ser. Puede decirse que lo que hoy nos es común, lo que llevamos con nosotros como nuestra visión natural exterior e interior, el antiguo estudiante de los Misterios tuvo primero que adquirirlo. De esta manera progresa la humanidad, haciendo que ciertas cosas que más tarde son naturales tuvieron que ser adquiridas en épocas anteriores a través de la ciencia iniciática. Y entonces, cuando el hombre, por medio de la iniciación, hubo llegado a una visión de la naturaleza y del hombre, que en aquel tiempo sólo estaba al alcance del estudiante de los Misterios, penetraba a su manera en los seres espirituales que gobiernan tanto el ser interior del hombre como el ser de la naturaleza exterior. Por eso, el antiguo principio de la iniciación se expresaba diciendo que se ascendía desde la concepción ordinaria de la vida a los elementos de tierra, agua, fuego y aire. En la visión ordinaria se tenía realmente el espíritu-elemental-aire, el espíritu-elemental-fuego, el espíritu-elemental-agua, el espíritu-elemental-tierra. La tierra, el agua, el fuego y el aire sólo se percibían puramente a través de la primera etapa de la ciencia iniciática.

Esto es lo esencial, que en el progreso de la humanidad esta visión de los seres elementales anímico-espirituales en el mundo exterior y también en el ser interior del hombre ha sido sustituida por lo que hoy podemos llamar la naturaleza sin alma, lo que podemos llamar, si se me permite la expresión, el hombre transparente en su visión interior. Cuando hoy miramos en nuestro interior, sólo vemos las reminiscencias del mundo exterior en forma de recuerdos. Todo lo demás permanece tan invisible para el hombre como permanece invisible un cuerpo completamente transparente. Si el anciano miraba en su interior, no era tan transparente espiritualmente para él. Veía entidades anímico-espirituales dentro de sí mismo.

Si esto hubiera seguido siendo así, el hombre nunca habría podido alcanzar la plena conciencia de la libertad. Pues la plena conciencia de la libertad sólo ha penetrado en la suma de las potencias anímicas y espirituales humanas desde el momento en que retrocedió la antigua visión instintiva del espíritu. En el mundo de los espíritus prevalece la necesidad. Allí está la acción de las entidades espirituales, allí el curso de los acontecimientos está determinado por lo que surge de la actividad de estas entidades espirituales. Cuando uno está en este mundo de seres espirituales con su alma, está entretejido en un reino de necesidad. Allí sólo tienes el anhelo de explorar las intenciones, los pensamientos de los seres espirituales en cuyo reino estás entretejido, y de llevar a cabo aquello que está en el sentido de las intenciones e impulsos de estos seres espirituales. No tienes intención de realizar tus propios impulsos. Ahí no hay razón para la libertad. Sólo cuando uno se encuentra cara a cara con la naturaleza, cuando no se encuentran los rastros de seres espirituales en la naturaleza, se llega a una comprensión del mundo exterior que ya no contiene ninguna realidad, que sólo contiene imágenes mentales. Y desde el siglo XV todo lo que nos ha transmitido el conocimiento más reciente son las imágenes mentales.

Y así como las imágenes de un espejo apenas tienen algo convincente para nosotros, tampoco puede golpearme el reflejo en un espejo de una persona que está detrás de mí y a la que no puedo ver, los pensamientos apenas pueden mostrar una actividad real, poderes reales. Los pensamientos que llevamos dentro, -y la humanidad sólo llegó a captar tales pensamientos pictóricos puros, que están libres de realidad, en el curso de su desarrollo, y de hecho sólo a partir del siglo XV-, estas imágenes mentales no pueden, por tanto, ejercer ninguna compulsión, ninguna determinación sobre el hombre. Al penetrar el hombre en su cognición, no tiene que orientarse según ellas. Del mismo modo que un reflejo no puede empujarme, un pensamiento no puede determinarme. Pero del mismo modo que la visión de una imagen especular puede determinarme a algo fuera de mí, así también los pensamientos pictóricos puros pueden determinarme. Por eso el pensar puro, que en el fondo sólo es un logro humano desde el siglo XV, es la base de la experiencia humana de la libertad. Eso es lo que quise subrayar en mi «Filosofía de la libertad» a principios de los noventa, que el pensar puro es la base de la libertad. Y la ciencia espiritual muestra qué posición ocupa este pensar puro en el desarrollo global, en el ser global del hombre, cómo este pensar puro ha entrado en el desarrollo histórico de la humanidad. Este impulso de libertad ha entrado en la humanidad una vez, desde mediados del siglo XV. Ahora está ahí. Tuvo que alcanzarse a través de la contemplación de una naturaleza sin alma, de una interioridad humana vaciada de espíritu. Tuvo que lograrse en una época en la que sólo las creencias religiosas tradicionales y las cosmovisiones filosóficas tradicionales, que ya no ofrecen nada directamente experimentado, hablaban de mundos supersensibles. Si el hombre persistiera por más tiempo en esta visión de la naturaleza profanada, de la entidad humana carente de espíritu, tendría que perder la conexión con su propio origen.

Se ha cumplido el tiempo, y deben llegar los días en que las personas vuelvan a prestar atención a su origen espiritual-anímico, es decir, que vuelvan a darse cuenta de cómo en el mundo en el que se encuentran no sólo hay una naturaleza sin alma, y de cómo el hombre no sólo participa de una naturaleza sin alma, sino de cómo el hombre vive en un mundo que está lleno de entidades espirituales concretas. Con la conciencia de libertad alcanzada, el hombre puede sumergirse de nuevo en el mundo de la necesidad. Pues dentro de este mundo él será entonces precisamente el ser llamado a la libertad, después de haber pasado una vez por el estado en sus encarnaciones físicas en el que estaba abandonado a sí mismo con su cuerpo físico. Sin embargo, podemos comenzar a explorar de nuevo el origen divino de la voz de la conciencia después de haber aprendido el sentido de la responsabilidad, bajo la influencia de la conciencia de la libertad, a través de ese tiempo en el que la conciencia aparecía al hombre sólo como una voz interior, es decir, en la imagen. El desarrollo de la humanidad no ha sido tal que, como piensa mucha mente moderna altanera, los hombres debieran haber permanecido durante mucho tiempo en el estado de una captación infantil del mundo exterior, y ahora finalmente han llegado tan lejos que todo lo que hay de conocimiento, incluso con sus limitaciones, debe permanecer tal como es. No, no es así. El hombre que observa el desarrollo de la humanidad con una mente imparcial descubrirá que este desarrollo de la humanidad ha progresado de etapa en etapa, que el tipo de conocimiento que tenemos en la actualidad también representa una etapa, y que en tiempos futuros el hombre se enfrentará a la naturaleza de manera diferente a como lo hace hoy.

Si miramos hoy hacia atrás, hacia Thales, y si somos arrogantes, decimos: Thales buscaba infantilmente el origen de todo en el agua; hoy lo sabemos mejor, -y algunas personas creen entonces en esta arrogancia que lo sabemos hoy por nuestros resultados en el laboratorio químico, como siempre tendremos que saberlo-, si uno se mantiene en este punto de vista arrogante, en realidad se podría esperar que las personas de los siglos futuros, si tienen las mismas actitudes, miren hacia atrás y digan: ¡Qué ideas tan infantiles tenían todavía estas gentes del siglo XX desde sus laboratorios, desde sus gabinetes de física! Pero no es así. Estas ideas, que parecen tan infantiles al arrogante hombre de hoy, del que cree que a lo sumo tiene que considerarlas históricamente, representan importantes impulsos de desarrollo, por los que la humanidad tuvo que pasar una vez, igual que tuvo que pasar por el impulso actual de desarrollo. Y del mismo modo que la humanidad ha progresado más allá de Thales, progresará más allá de Lavoisier, progresará más allá de Newton, progresará más allá de lo que hoy se considera como lo más autorizado, incluso más allá de Einstein. También hay que pensar que el mundo fluye en una relación anímico-espiritual, y el hombre debe pensarse a sí mismo dentro de este flujo vivo.

Pero el hecho es que, al principio, en la manifestación externa no radica lo que conduce al hombre a su propio origen, sino que en todo momento es necesario el surgimiento de poderes ocultos en el hombre para encontrar el camino hacia el mundo del origen del hombre. Si hoy nos limitamos a mirar la naturaleza exterior con la conciencia ordinaria, con la facultad ordinaria de los sentidos, no encontramos fácilmente entidades elementales, y mirando en nuestro propio interior tampoco encontramos fácilmente entidades demoníacas. Afuera encontramos las leyes de la naturaleza, dentro algo como la conciencia y similares.  Pero si en la facultad de conceptualización, en la facultad de pensar hacia el mundo exterior, realmente desarrollamos lo que podemos desarrollar, si llevamos la facultad de pensar hasta tal punto que tenga un efecto vivo, ya que de otro modo sólo las percepciones sensoriales tienen un efecto vivo, entonces encontramos la posibilidad de percibir en la naturaleza exterior, de nuevo la esencia espiritual.

Lo que, para una antigua conciencia instintiva estaba presente de un modo que ya no podemos utilizar, vuelve a ser visible para nosotros, suprasensiblemente visible, al densificar nuestro pensar. Con nuestro pensar, que se ha vuelto delgado y figurativo, ya no podemos alcanzar el espíritu de la naturaleza. Pero si condensamos nuestro pensar, si lo hacemos fuerte, como de otro modo lo son las potencias de los sentidos, entonces penetramos a través del tapiz exterior de los sentidos hasta lo que subyace en el mundo exterior como espiritualidad, y atravesamos los límites del conocimiento correctamente asumidos para la conciencia ordinaria. Y debemos llevar la autoeducación tan lejos, que en nuestros impulsos de voluntad, aprendamos a mirarnos a nosotros mismos lo mismo que miramos a otra persona. Y si no sólo aprendemos a mirarnos a nosotros mismos, sino que podemos dar forma a los impulsos de la voluntad a partir de nuestra conciencia de un modo en que, de otro modo, estos impulsos de la voluntad sólo se darían forma pasivamente en la vida. En otras palabras, si no actuamos meramente por una necesidad interior, sino por una percepción del mundo, que se condensa en amor, en amor por tal o cual impulso, que no sólo nos viene dado por nuestra libertad, que nos viene dado por el orden del mundo, el orden del mundo lleno de sabiduría, si de este modo nos hacemos ejecutores de los impulsos necesarios en el mundo para la orientación hacia el mundo, entonces nuestro amor se condensa en nuestro ser interior. Alcanzamos una devoción amorosa a los impulsos puramente espirituales. Y cuando esto se ha sometido al entrenamiento necesario, entonces también encontramos lo espiritual en el interior, entonces encontramos la armonía entre lo espiritual en la naturaleza exterior y lo espiritual en el interior. Porque allí donde la búsqueda del espíritu se ha llevado suficientemente lejos, se han obtenido los mismos resultados. Cuando los iniciados de los antiguos Misterios miraban hacia el exterior y encontraban, como decían, a los dioses superiores, luego volvían la mirada hacia el interior del ser humano, y allí encontraban, como decían, a los dioses inferiores. Pero al final llegaban a un estadio de desarrollo en el que el mundo de los dioses superiores y el mundo de los dioses inferiores eran uno, en el que lo de arriba se convertía en lo de abajo y lo de abajo en lo de arriba, en el que estas determinaciones, que sólo provenían de lo espacial, ya no importaban.

Lo mismo sucede con la iniciación más reciente. Penetramos en lo anímico-espiritual de la naturaleza. Lo que entonces se nos revela, no es un mundo de átomos con su empuje, sino que se nos revelan los poderes espirituales de las entidades espirituales que están detrás de la percepción de los sentidos, y las entidades anímico-espirituales dentro del ser humano se nos revelan cuando miramos en nuestro interior, más allá de los límites de la memoria. Pero los dos mundos, el mundo de la espiritualidad exterior y el mundo de la espiritualidad interior, al final se funden en uno. Ya podemos visualizar este único mundo espiritual. Tomemos al ser humano con su conciencia ordinaria. Él mira hacia la naturaleza exterior. Percibe el color, la luz, dirige los otros sentidos hacia la naturaleza exterior. Percibe sonidos, diferencias de calor, otras cualidades sensoriales en la naturaleza externa. Luego mira su propio cuerpo. Percibe su propio cuerpo en sus cualidades sensoriales. Mira la naturaleza; ésta se le revela en cualidades sensoriales. Mira su propio cuerpo; éste se le revela en cualidades sensoriales. Cuando el hombre comienza a poner en movimiento su voluntad, cuando camina por el mundo, entonces se da cuenta de que esta fuerza de voluntad obra en los movimientos de su ojo, que lo mismo fluye en el ser de su ojo para la percepción sensorial que dirige los movimientos de sus piernas. Cuando el ser humano ya está lo suficientemente inmerso en lo sensual, se da cuenta de lo mismo que pone en relación con el mundo exterior a través de las expresiones de su voluntad. El mundo de los sentidos ya confluye en un mundo unificado. Esta confluencia unificada del mundo de los sentidos es un reflejo superficial, pero no obstante, de la confluencia del mundo de la espiritualidad exterior y de la espiritualidad interior. A través del descubrimiento de estos dos mundos, que son un solo mundo, el hombre vuelve a ser consciente de su origen anímico-espiritual. Y así, hoy nos encontramos como al final de un tiempo antiguo, que nos muestra épocas anteriores en las que la humanidad miraba hacia los mundos espirituales, una mirada hacia el interior cuando el hombre miraba hacia la naturaleza, una mirada hacia el interior cuando el hombre miraba hacia sí mismo. Luego vino un período en el que todo se volvió oscuro, en el que los mayores triunfos se celebraron en el reino de las tinieblas sin el soporte de la ciencia iniciática.

Pero el año se ha completado, el Año Nuevo ha llegado. Un nuevo año debe comenzar. Pudimos decir esto en la Noche buena, quisiéramos también sentir tal fiesta simbólica, como se nos acerca en este momento, del mismo modo, quisiéramos sentir simbolizado por tal fiesta el cambio de los tiempos, que debemos sentir ya hoy como un cambio de los tiempos del mundo. Los tiempos se han agravado, tanto que hoy tenemos que levantar la vista de los acontecimientos estrechamente limitados dentro del horizonte, que hoy la mayoría de la humanidad quisiera reconocer como el único legítimo, hacia las extensiones universales, también hacia las extensiones universales de la experiencia anímico-espiritual humana. Pero aquí estamos viviendo un punto de inflexión en los tiempos mundiales. Si tomamos conciencia de esta marea mundial, nos daremos cuenta de que debe comenzar un nuevo año mundial del espíritu para la humanidad. Si aprendemos a reconocer esto, sólo en nuestra época actual podremos experimentar la verdadera humanidad. Porque la verdadera humanidad sólo se siente cuando el ser humano, que pasa por repetidas vidas terrenas, encuentra en cada vida terrena individual la oportunidad de sentirse no sólo como ser humano en general, sino como ser humano con tareas específicas, en el período específico de tiempo en el que cae una de sus vidas terrenas.

El hombre sólo puede vivir con la eternidad si encuentra la oportunidad de vivir en el tiempo de la manera correcta. Pues lo eterno no sólo debe revelarse al hombre en el tiempo, sino que a través del hombre, a través del tiempo, el hombre debe poder experimentar lo eterno. Lo eterno rige en la duración intemporal, también rige en la duración intemporal a través del ser humano. Pero sus pulsaciones son los acontecimientos de las épocas individuales tal como laten en la experiencia humana. Sólo experimentando estas pulsaciones y siendo capaces de unirlas en un ritmo global experimentamos lo eterno a través del tiempo. Lo duradero pertenece a nuestra verdadera naturaleza humana. Sólo podemos experimentar lo duradero si permitimos con amor y fuerza que las pulsaciones individuales del ser eterno del mundo se conviertan en nuestra propia experiencia.

Quería poner esto en vuestros corazones, en vuestras almas hoy en el cambio de año. Que el tiempo venidero nos traiga a todos la oportunidad de aplicar esos impulsos en nuestro pensar, sentir y voluntad en el sentido más pequeño y, si se nos concede, también en el más grande, del que podamos llegar a ser capaces como lo mejor de nosotros mismos.

Traducido por J.Luelmo ene,2025


jueves, 13 de junio de 2024

GA096 Berlín, 1 de abril de 1907 La purificación de la sangre de su apego al yo, gracias al misterio del Gólgota

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IMPULSOS ORIGINALES DE LA CIENCIA ESPIRITUAL

RUDOLF STEINER

EL ESOTERISMO CRISTIANO A LA LUZ DE LOS  NUEVOS CONOCIMIENTOS ESPIRITUALES

La purificación de la sangre de su apego al yo, gracias al misterio del Gólgota

Berlín, 1 de abril de 1907

Hoy vamos a hablar del Misterio del Gólgota. Al mismo tiempo, examinaremos la Pascua a la luz de la ciencia espiritual. Hace una semana, dije que el Misterio del Gólgota no sólo había sido trascendental en la evolución de la historia de la humanidad, sino que es de la más profunda trascendencia para toda la evolución terrestre, e incluimos, por supuesto, al ser humano en esta evolución terrestre. En su momento llamé vuestra atención sobre la forma en que un observador de nuestro globo terráqueo, alguien que hubiera podido mirar nuestro planeta desde un planeta lejano durante milenios antes de que comenzara nuestro calendario actual, habría percibido la forma en que el planeta cambiaba. Tal observador que mirara desde un planeta lejano habría visto, en efecto, cómo a lo largo de esos milenios cambiaba el aspecto de la Tierra. Y si el ojo hubiera sido clarividente, capaz de observar no sólo los acontecimientos físicos en nuestro planeta sino también los cambios no físicos, habría visto que cuando Cristo Jesús vino a la tierra toda la atmósfera espiritual de la tierra cambiaba, se volvía diferente,.

Al igual que el ser humano tiene un cuerpo físico, un cuerpo etérico y un cuerpo astral, la Tierra también tiene un cuerpo físico, un cuerpo etérico y un cuerpo astral. Todos estamos rodeados no sólo de aire, sino también del cuerpo etérico y del cuerpo astral de la Tierra. Tal observador clarividente vería este cuerpo etérico y astral de la tierra. Hasta el momento de la venida de Cristo Jesús, este cuerpo terrestre habría tenido un color específico y una forma específica de moverse. Después, sin embargo, cambió, asumiendo nuevos colores y nuevo movimiento. Este acontecimiento tuvo un efecto tan profundo en nuestra Tierra y en la evolución humana que todo el contenido espiritual de la Tierra cambió entonces.

No hay que pensar que esto ocurrió de repente cuando el Cristo nació, sufrió y murió. Sino que tal estado de cosas, había estado en preparación durante siglos en el contenido espiritual de nuestro planeta, y no llegó a completarse hasta el día de hoy. Con visión clarividente uno sería capaz de ver cómo el nuevo elemento espiritual que vino a la tierra en ese momento todavía está en proceso de condensación y consolidación. Todavía pasará mucho tiempo antes de que todos los frutos que se produjeron en la venida de Cristo Jesús hayan sido recibidos en la tierra.

Para comprender de qué se trata, tenemos que volver a pensar en toda la evolución de la Tierra. Tenemos que remontarnos a la época de la evolución terrestre en que la forma actual del hombre sólo estaba evolucionando, desarrollándose. Llamamos a esto la era Lemúrica. Llegamos a ella retrocediendo a través de los diferentes períodos históricos de nuestra era actual.

Hoy vivimos en el quinto subperíodo de la quinta era principal de la Tierra. Si nos remontamos a la época de los pueblos grecolatinos, a la época en la que se desarrolló ese arte maravilloso que realmente sólo llegó a existir en el período griego, una época en la que los romanos desarrollaron su forma legal de pensar, estaríamos en la cuarta sub-época de nuestra era. Retrocediendo aún más atrás llegaríamos a una época en la que la civilización egipcia, babilónica y caldea estaba en su apogeo. Más allá deberíamos encontrar la época en que se produjeron los primeros comienzos de una vida en el espíritu, con Zaratustra aportando la primera cultura del intelecto. Esa habría sido la segunda sub-época. Aún más atrás llegaríamos a los pueblos indios más antiguos, no a la cultura de la que hablan los Vedas y el Bhagavad Gita, sino a los pueblos prevédicos que fueron enseñados por los propios Rishis sagrados. Esa fue una maravillosa civilización antigua, y los clarividentes aún son capaces de verla en su totalidad. Fue el primer período de desarrollo, inmediatamente precedido por la inundación de la tierra en la que el continente atlante que solía estar entre Europa y América fue arrasado.


Nuestros antepasados vivían en la Atlántida, el pueblo de la cuarta era principal. Aún no tenían un orden social, pues no había normas ni leyes. Tampoco tenían pensamiento lógico ni la capacidad de hacer sumas. Los elementos de contar sólo aparecen hacia el final de la era atlante. La memoria se convirtió gradualmente en el poder interior más elevado. El hombre vivía entonces en una maravillosa interacción con la naturaleza. Sin embargo, sólo podemos hacernos una idea correcta de la cultura atlante si somos conscientes de que las condiciones físicas de la Tierra eran muy diferentes de las que se desarrollaron posteriormente. Las leyendas centroeuropeas aún guardan recuerdos de aquellos primeros tiempos atlantes en Niflheim (tierra de nieblas), que estaba llena de nieblas densas y pesadas. Todas las formas de vida vivían entonces en esas densas y espesas nieblas, y debido a ello las condiciones eran también muy diferentes en la vida del alma y del espíritu. Sería demasiado largo entrar en más detalles sobre la era atlante. Sólo quería y debía mencionarla brevemente, para que podamos pasar a la época en que los seres humanos asumieron su forma actual. Para ello tendríamos que remontarnos no sólo a un diluvio, sino a tremendas convulsiones causadas por potencias de fuego. Estos trastornos ardientes destruyeron la tierra que en la literatura teosófica se conoce como Lemuria. Una tierra que se extendía hacia el sur, desde el norte de África hasta el sur de Australia. Esta fue la región donde el hombre apareció por primera vez en su forma actual.

Retrocediendo mucho en el tiempo hasta la época lemúrica, veríamos caminar sobre la tierra a personas que eran muy diferentes de las actuales, sus figuras que aún no deberíamos llamar humanas, pues todavía no tenían en ellas la semilla del alma humana, la única que les permitiría elevarse a niveles superiores de desarrollo. Encontrábamos allí personas que sólo tenían los cuerpos con los que envolver el alma, personas que sólo tenían cuerpo físico, cuerpo etérico y cuerpo astral. Y sus cuerpos astrales tenían una depresión, una especie de bahía, en ellos, - figurativamente hablando-, para la recepción de la autoconciencia. Esencialmente, las cuatro partes de la forma humana envolvente ya estaban allí, pero el principio que hoy conocemos como "yo", un principio que vive en ustedes, en aquel entonces todavía estaba en el regazo de los dioses.

Tales figuras se paseaban así por esta tierra. Para describir esas figuras humanas que estaban preparadas para recibir el núcleo de la naturaleza humana esencial, tenemos que decir que eran completamente diferentes de los seres humanos actuales. Se diría que eran totalmente grotescas, que rozaban los límites de la fealdad. Mientras que los seres humanos actuales están rodeados de aire, aquellas "envolturas" humanas estaban rodeadas de una atmósfera espiritual. Estaban rodeados de una esfera espiritual de aire en la que se mantenían vivos y activos.

fig. 1
Para darles un diagrama de los seres humanos de esa época, tendría que dibujarlos como vasos, por así decirlo, vasos listos para recibir en sí la cualidad superior del alma. El espacio interior debe ser un hueco hecho en el cuerpo astral y éste está preparado para recibir en sí una cualidad superior del alma. Ese elemento anímico superior estaba todavía en la atmósfera circundante, la capa de aire espiritual. Algo que hoy está dentro de ustedes no estaba todavía dentro de aquellos seres humanos en aquella época, sino que se movía a su alrededor. Por supuesto, hay que entender que el espíritu puede adoptar diferentes formas y que el elemento que entonces era su espíritu no necesitaba un cuerpo físico. En realidad, el desarrollo posterior consistió en que el espíritu humano llegó a morar en un cuerpo físico donde se desarrolló más interiormente como alma. Algo que hoy vive en ustedes vivía entonces fuera de ustedes, en la atmósfera espiritual que los rodeaba. En aquella época, las almas individuales que hoy viven en cuerpos separados aún no estaban separadas ni eran individuales.

Imaginémonos este vaso de agua que contiene miles de gotitas, todas conectadas entre sí. Todas las almas que más tarde se distribuirían entre los seres humanos eran así, gotas de alma en esta atmósfera espiritual, pero como disueltas para formar un elemento uniforme y fluido. Y pueden seguir imaginando lo siguiente: si yo tomara mil esponjas diminutas y dejara que absorbieran mil gotas, esas mil gotas se distribuirían entre las mil esponjas diminutas. Así es como hay que pensar en la forma en que se distribuía el principio espiritual en los tiempos de Lemuria. Habiendo estado antes por todas partes en el exterior, este principio bajaba luego a los cuerpos y se creaban entidades separadas. Así como las mil gotas de agua se individualizaban en las mil esponjas diminutas, así se individualizaba la sustancia espiritual comunal en las formas humanas separadas en Lemuria. Al principio de la era Lemúrica, cada forma humana no recibió inmediatamente el alma completamente en sí misma. Para mostrar la forma en que se recibió el contenido del alma en mi diagrama, tendría que hacerlo así (Fig. 1). Sin embargo, también tendría que mostrar que gran parte de ella permanecía fuera del cuerpo, en los alrededores. El cuerpo estaba así rodeado de un contenido espiritual que era del mismo tipo que la parte que ya estaba dentro de la forma humana.

 Durante los períodos Lemúrico y Atlante y hasta nuestros días, la evolución consistió en que el elemento que estaba fuera del cuerpo físico fue gradualmente atraído hacia el cuerpo. Esto sucedió durante toda la era lemúrica y toda la atlante. Hay que imaginar que los seres humanos estaban en un estado permanente de mitad dormidos y mitad despiertos, aunque también tenían una especie de clarividencia. Si alguien cuyo ojo interior se hubiera abierto hubiera podido mirar a los seres humanos de la época atlante, éstos habrían tenido el mismo aspecto que tiene hoy una persona dormida. Cuando un ser humano yace dormido, el cuerpo físico y etérico yace en la cama, y el contenido espiritual superior se esparce a su alrededor. Es exactamente a consecuencia de estar fuera por lo que el individuo se queda dormido. Verían a un atlante en tal estado permanente dormido; sin embargo, ese estado estaría lleno de sueños animados.

En aquellos tiempos, un individuo que se acercaba a otro no lo veía de la misma manera que hoy, con una definición nítida, sino que en el alma del primero surgía una forma de color. Esta forma de color era tal que si el otro individuo era afín, indicaría simpatía; con alguien no afín mostraría matices de color antipáticos. En aquellos tiempos los seres humanos percibían el mundo que les rodeaba de una forma más clarividente. Cuanto más penetraba en ellos la sustancia espiritual, más se parecía su estado de conciencia al que hoy conocemos en plena conciencia diurna.

El proceso en el que el alma descendía al cuerpo físico también tenía su aspecto físico, un hecho físico secundario. En el Antiguo Testamento esto se refiere significativamente en las palabras: 'Y el Señor Dios... sopló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en alma viviente'. La verdad es que no fue sólo aire lo que se insufló en el hombre en aquel momento, sino que fue el ser humano espiritual el que lo llenó de vida. Hay que comprender que la materia que vive a nuestro alrededor no es simplemente materia o sustancia física. Con cada respiración no sólo inhalamos aire físico sino también espíritu. Es perfectamente cierto que cuando se inhalaba el aire físico en aquel tiempo, de la manera en que lo hace la gente en su forma actual, todo lo que he dibujado aquí descendía a la forma física. A esto se refiere el pasaje del Antiguo Testamento. Y si ustedes preguntaran: '¿Qué era el cuerpo humano en aquel tiempo, cuando el alma descendió del regazo de la divinidad?'. El cuerpo era el aire, y hoy todavía se respira el elemento que en aquel tiempo descendió al cuerpo de los seres humanos. Pues el principio que llamamos espíritu está en el aire. El aire no es más que el cuerpo, la sustancia del espíritu.

 También hay que comprender que con esta forma de respirar el aire estaba relacionado algo más, con el espíritu que descendía a la forma humana. Esto estaba estrechamente ligado a lo que llamamos la sangre caliente del hombre, o mejor dicho, la sangre que era más caliente que el entorno. Antes de que llegara este momento en la evolución de la Tierra, no había formas de vida de sangre caliente. Los animales de sangre caliente aparecieron más tarde. Por lo tanto, esta respiración estaba relacionada con la sangre caliente, lo que significaba que algo más también ocurrió entonces. Una cierta cantidad, una cierta cantidad de calor entró en el ser humano, el calor de la sangre que todavía se tiene hoy en día. Se trata de un tipo de calor más elevado que el calor del mundo que nos rodea. En aquellos días, en el tiempo que precedió a este tiempo actual en el que el hombre llegó a existir, había algo presente en el entorno de nuestros antepasados que era muy diferente del espíritu encarnado en el aire.

Pueden ustedes hacerse una idea de lo que también estaba presente en la atmósfera de la tierra si tienen en cuenta lo siguiente, -no literalmente, un poco en sentido figurado, pero también real-: si tienen en cuenta el calor presente en los diferentes seres humanos que vivieron en la tierra, [si tienen en cuenta] el calor que vive en su sangre, y luego el calor que ha fluido hacia fuera en su entorno, y todo este calor que envuelve la tierra, todo el calor de la sangre, por lo tanto, todo el calor que viene de la sangre y fluye dentro de nosotros, es el calor que solía estar a nuestro alrededor en el exterior en el pasado. Así como es cierto que el espíritu que estaba fuera de ustedes está ahora dentro de ustedes, también es cierto que el calor que estaba fuera de ustedes está ahora dentro de ustedes.

Se llegaría así a la época en que toda la tierra estaba envuelta en una atmósfera de calor. En esta atmósfera de calor estaba encarnado otro espíritu, un espíritu que era como los espíritus que habían estado en el Sol, es decir, en uno de las tres encarnaciones planetarias que habían precedido a la Tierra. Éstos habían alcanzado la perfección en la época en que el Sol era todavía un planeta. El espíritu encarnado en este calor había alcanzado un nivel de culminación, de perfección, que de otro modo sólo han alcanzado los espíritus que alcanzaron la culminación en el planeta Sol en aquella época y que hoy moran en el Sol. Es un hecho que en el momento en que este calor envolvió la tierra, en él estaba contenido el portador de un espíritu único para toda la humanidad. Y durante mucho tiempo después, el calor que envolvía la tierra fue portador de una espiritualidad particular para toda la humanidad, una espiritualidad que no es otra que la del espíritu de la tierra misma.

Así como cada ser humano tiene su propio espíritu, está lleno de su propia espiritualidad, para alguien que es capaz de percibir estas cosas, cada planta y cada cosa material es al mismo tiempo también una expresión de una entidad espiritual. Y nuestra tierra es el cuerpo o la expresión espiritual del espíritu de la tierra. El calor de la sangre permite al espíritu de la tierra entrar en el ser humano. En el calor de la sangre que vive en el ser humano, y que en la época pre-lemúrica vivía fuera del ser humano, tenemos el medio por el cual el espíritu de la tierra entra en el propio ser humano.

 Hay que imaginar, por lo tanto, que en el momento en que comenzó el desarrollo humano real en los tiempos de Lemuria, el espíritu que pertenecía al aire descendió sobre los seres humanos, y entonces comenzó a descender el espíritu superior que está en el calor de la sangre, el espíritu terrestre real. La relación entre estos dos espíritus es tal que podemos decir: 'El espíritu que tiene por cuerpo el aire es el que posibilitó que los seres humanos adquirieran el habla'. Pues la configuración del organismo humano que hace posible el proceso respiratorio actual, también hace posible el habla. El habla se desarrolló en la época atlante y alcanzó su máxima expresión en la capacidad de pronunciar la palabra "yo" hacia el final del período atlante.

 El proceso comenzó en la época lemúrica y alcanzó gradualmente la perfección hacia el final de la época atlante. La Biblia dice: 'Y el Señor Dios... sopló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en un alma viviente'. Esto se perfeccionó gradualmente hasta que se convirtió en la palabra "yo", hasta que el espíritu empezó a hablar desde el interior del ser humano y empezó a llamarse a sí mismo, desde el interior del ser humano: "Y-a-h-w-e-h". Ese es al mismo tiempo el núcleo eterno y la esencia de cada ser humano individual: 'Yo soy el que soy, el que fui y el que seré'. Yo soy" es el núcleo más profundo. Se introdujo en el hombre en aquel momento y permanecerá por toda la eternidad como el espíritu individual del ser humano.

Esta fue la primera emanación de la divinidad. Se le llama la emanación del espíritu o de Yahvé. En las mitologías de los pueblos religiosos, que son siempre más inteligentes que los tratados científicos, esta emanación del espíritu o de Yahvé se describe como un soplo en el aire, algo que se mueve sobre la tierra en el aire. La antigua leyenda alemana, y también la hebrea, donde Yahvé es el dios de la tempestad o del viento, muestra que se trata de una divinidad que tiene su cuerpo exterior en el flujo del aire y que éste se ha vertido en el ser humano.

Debido a su naturaleza esencial, esta divinidad desempeñó efectivamente un papel en la individualización de los seres humanos cuando entró en ellos. El elemento uniforme y fluido que antes del Diluvio había rodeado a la humanidad en una escala magnífica, se difundió entre los seres humanos individuales, como el agua absorbida por pequeñas esponjas. Pero esto no podía hacer al ser humano totalmente individual. Los seres humanos tenían que encontrar la transición hacia la individualización completa. No estaban determinados para ser individuos completos de inmediato. Al principio formaron grupos. Hemos mencionado antes que la gente vivía en pequeños grupos tribales. Todavía no se sentían individuos separados. El individuo humano se sentía parte integrante de tal grupo tribal o familia, así como una mano es parte del cuerpo. La gente moderna, con su forma de pensar tan diferente, no puede realmente imaginar lo que es pertenecer a una tribu, sintiéndose parte del cuerpo tribal. Pero así era, y cuanto más se extendían las pequeñas tribus, y la familia pasaba a ser la tribu, más individuales se volvían las personas.

Hay que pensar que se trata de un proceso de singularización, de individualización progresiva, ligado a la sangre del ser humano. Lo comprenderán si les cuento una cosa, y les pido que la recuerden. El derramamiento del espíritu en los tiempos de la Lemuria no fue uniforme. Ustedes habrían podido ver muchos espíritus bajando a la tierra desde los alrededores espirituales de la tierra. Muchos espíritus individuales descendían. Cuando hablamos de Yahvé, no estamos hablando de una sola divinidad, sino de los espíritus de muchas naciones. Los judíos saben que era una de muchas divinidades. Las naciones se dividieron en tribus porque muchas de esas almas de naciones, -tengan en cuenta que eran algo real-, estaban descendiendo. Y cuanto más se desarrollaban, más vivían en familias, en tribus, que luego se unían en grandes naciones tribales. Una cosa que no era posible en aquel tiempo era que todos se reunieran en una gran hermandad universal. Sólo gradualmente será posible que toda la humanidad de la tierra se unifique, porque aparte de este envío del espíritu y de envolver a los seres humanos con este espíritu, que descendió en muchas almas de naciones, también hay algo que vivió en el calor de la tierra, no en el aire, y este principio más universal también entró en los seres humanos. En términos esotéricos cristianos, el elemento que vino primero también se llama Espíritu Santo. Al hablar de los espíritus antiguos que han descendido, en realidad deberíamos referirnos a muchos espíritus santos, a muchos Yahvé. Cuando hablamos del espíritu que tiene todo el calor en él, sólo podemos referirnos a uno solo. En términos esotéricos cristianos se le llama el Logos, el Cristo, el espíritu universal de la raza humana en la tierra.

Sólo consideren que todo lo que vive en el yo espiritual, todo lo que llamamos manas, descendió en una multiplicidad, y que todo lo que llamamos budhi se derramó sobre la humanidad como una unidad espiritual, y tendrán la diferencia. Entonces comprenderán que la humanidad necesitaba ser preparada primero por la emanación del espíritu antes de la emanación del Christos, del budhi, el espíritu de vida. Hasta el momento en que Cristo Jesús apareció en la tierra, todo lo que había del espíritu Crístico era una unidad. Era una esfera uniforme que rodeaba toda la tierra, siendo la tierra sólida su sistema esquelético, por así decirlo. Si se toma la tierra sólida con todo lo que hay en ella, y se añade a esto el calor que rodea la tierra, se tiene más o menos el cuerpo del espíritu de Cristo, como se le llama. De ahí las hermosas palabras del Evangelio de Juan, donde Cristo Jesús se refiere a sí mismo como el espíritu de la tierra: "El que come mi pan ha puesto su pie sobre mí". ¿Qué comemos cuando comemos el pan?. Comemos el pan que es el cuerpo de Cristo. Y al caminar sobre la tierra hacemos lo otro: ponemos los pies sobre el Cristo. Esto debe tomarse al pie de la letra.

Así como en los tiempos de Lemuria el espíritu de Yahvé vertió algo del elemento del espíritu en individuos separados, así durante las edades que precedieron a Cristo Jesús y en las que siguieron, el espíritu Crístico se fue vertiendo gradualmente, el espíritu Crístico que tiene su cuerpo en el calor de la sangre. Cuando todo el espíritu de Cristo se haya vertido en los seres humanos individuales, el espíritu cristiano, la gran hermandad de la humanidad, habrá conquistado la tierra. Entonces simplemente ya no se pensará en camarillas y pequeñas agrupaciones, sino sólo en la conciencia de la humanidad como una hermandad. Habrá el mayor grado de individualización, pero cada uno se sentirá atraído por el otro. Las pequeñas comunidades tribales y nacionales habrán dado paso a la comunidad del espíritu vital, el budhi, la comunidad del Cristo.

El ojo de un alma que mirara clarividentemente a nuestro planeta vería esto. Sería capaz de seguir la forma en que el espíritu de Cristo había estado totalmente en la esfera que rodea la tierra y luego se había vertido en los seres humanos individuales. Verá que la Tierra cambia cada vez más. Aparecerían otros colores y estados de ánimo. Un elemento que había estado en la esfera que rodeaba la tierra tendría que buscarse entonces en lo más íntimo de cada ser humano. Esto es lo que significa la venida de Cristo Jesús; es el significado cósmico de este acontecimiento.

Todo lo demás que puedan ustedes encontrar en el desarrollo espiritual de nuestra tierra fue preparación. La venida de Cristo se preparó durante siglos. La preparación para este acontecimiento tan importante para toda la evolución cósmica terrestre fue tal que el Cristo mostró a los seres humanos cómo superar los estrechos límites de las relaciones tribales. Ustedes conocen a Mercurio, a Hermes Trismegistos, al persa Zaratustra, a los indios Krishna y Buda y al griego Pitágoras. El espíritu Christos, que hasta entonces había estado en el entorno de la Tierra, empezó a entrar en los seres humanos. Luego vino una franja de tiempo en la que se fundaron las religiones; allí podemos ver cómo avanza cada vez más el proceso de transformación, y podemos llegar a conocer la naturaleza del espíritu Crístico.

La emanación del espíritu, ¿Qué efecto pudo tener? Fue capaz de hacer que el amor estuviera ligado a la sangre. En aquellos primeros tiempos, cuando las comunidades tribales aún no se habían desarrollado, la gente no por eso se amaban menos que hoy. De hecho, se amaban más, pero era de la forma en que una madre ama a su hijo y el hijo a su madre. Por tanto, el amor se debía más a la naturaleza. La sangre se sentía atraída por la sangre, y las personas se sentían unidas por ello. Pero las personas atraídas por estas comunidades basadas en la sangre progresaban más en su desarrollo y esto significaba que sus simpatías se volvían más individuales. Esto dio lugar a agrupaciones, familias y comunidades más pequeñas, que luego pasaron a formar parte de comunidades más grandes. Sin embargo, los individuos se volvían más y más egoístas. La situación era la siguiente. Por un lado, la humanidad se volvía más egoísta y, por otro, la influencia de Cristo unificaba a las personas. Por un lado tenemos la individualización, con el individuo progresivamente más independiente, y por otro la naturaleza unificadora del espíritu cristiano. Estas dos corrientes deben desarrollarse plenamente antes de que sea posible una situación en la Tierra en la que cada uno sea independiente y, al mismo tiempo, esté conectado con los demás, pues cada uno estará lleno del llamado "espíritu de Cristo".

Debemos comprender claramente que todo esto está relacionado con la sangre, y que originalmente en la sangre humana surgió algo que hizo aflorar el sentimiento y la capacidad de respuesta interior. Éstos entraban en juego dentro de la relación sanguínea, pero daban lugar al amor basado en la sangre. También debemos comprender que los sentimientos se volvieron entonces más egoístas. El egoísmo se hizo cada vez más presente en la sangre. Ese es el secreto de la evolución humana, que la sangre adquirió cada vez más la cualidad de la búsqueda de sí misma. Esta sangre que se había vuelto egoísta tenía que ser superada.

El principio que era el egoísmo excesivo en la sangre humana corrió de las heridas de Cristo Jesús en la cruz en un misticismo real; se convirtió en una ofrenda. Si esta sangre no hubiera fluido, el egoísmo habría crecido más y más en la sangre humana a medida que la evolución progresaba. El Misterio del Gólgota purificó la sangre del egoísmo. Mediante este acto de amor, la sangre humana fue salvada de su egoísmo.

Es imposible percibir el significado cósmico del acontecimiento del Gólgota si sólo se ve a un ser humano colgado de una cruz, sangrando por una herida hecha por una lanza. El profundo significado místico de este acontecimiento es que, indirectamente, ésta es la sangre que la humanidad tuvo que perder para ser redimida. Nunca comprenderemos el espíritu cristiano si tomamos estas cosas sólo en un sentido materialista, conociendo únicamente el acontecimiento material y no también el principio espiritual que subyace tras él. Este principio espiritual es el poder regenerador de la sangre del redentor que fluyó en la cruz. Sólo comprenderemos la evolución ulterior de la raza humana si percibimos cuán crucial es este hecho, comprendiendo que el cambio más profundo y completo en la evolución espiritual de la humanidad en la tierra está relacionado con este hecho.

Si consideramos esta evolución en la tierra, encontramos que en los primeros tiempos, antes de que el principio Christos entrara en las almas humanas, los misterios del espíritu eran profundos centros de enseñanza y rituales Cuanto más vino el Cristo al mundo, más se desplegaron los Misterios del Hijo; y en el futuro serán importantes los Misterios del Padre. Se nos habla de ellos en el Apocalipsis.

Volvamos a los Misterios del Espíritu. En un principio se establecieron en un lugar que estaría entre Europa y América y que hace mucho tiempo desapareció. Allí se fundó la escuela de los grandes adeptos, inaugurando los Misterios del Espíritu que han continuado hasta nuestros días. Las personas que habían dado pruebas de haber alcanzado la madurez podían ser iniciadas en los Misterios del Espíritu. Los centros de misterios recibían a personas debidamente instruidas y purificadas. Allí recibirían las enseñanzas, la teosofía, que es la base de todas las religiones, enseñanzas que hoy recibimos a través de la ciencia del espíritu. Habrían purificado sus impulsos instintivos, se habrían entrenado para poner orden en su pensamiento, y entonces habrían aprendido no sólo a amar a las personas emparentadas por la sangre, sino a abrazar con amor a toda la humanidad. Se habrían convertido en "personas sin hogar". El proceso que tiene lugar en los niveles más altos del desarrollo humano es un proceso que apunta hacia el futuro.

La iniciación en los antiguos templos de misterios continuó hasta los últimos siglos precristianos. Prueba de ello son las pirámides egipcias. Allí, el discípulo que había llegado tan lejos que era capaz de amar a toda la humanidad era dormido durante tres días. Su cuerpo físico estaría como muerto, en un letargo total. El iniciador sería capaz de extraer de él su espíritu de la misma manera que vuestro espíritu es extraído de vuestro cuerpo cada noche cuando estáis dormidos. Así como es cierto que este espíritu es inconsciente en el dormir ordinario, también es cierto que sería consciente en los discípulos que hubieran sido preparados a conciencia. La interferencia que proviene del cuerpo físico ya no estaría allí. Pero en esos tres días los discípulos serían capaces de recordar todo lo que habían aprendido antes; eran capaces de llevar esto a su cuerpo.

Como el candidato había estado aprendiendo, asimilando los conceptos y sentimientos necesarios, el iniciador podía ahora dejarle experimentar como una realidad espiritual todo aquello por lo que previamente había trabajado y asimilado por medio de sentimientos internos. El alma vagaría por el mundo astral y devachánico durante los tres días en que estuvo fuera del cuerpo. Se encontraba con la realidad de lo que había aprendido anteriormente, y el individuo llegaba así a conocer, a ser iniciado. Las enseñanzas teosóficas dejaron de ser mera teoría; ahora eran algo en lo que él mismo había estado, como en un elemento vivo. Cuando despertaba de nuevo en su cuerpo y miraba su entorno físico, acudía a sus labios un sonido que debía arrancarse del alma por sí mismo cuando, después de vagar por el mundo del espíritu durante tres días y medio, el alma se encontraba de nuevo en el mundo físico.  El alma era entonces consciente de que el yo se había convertido en ciudadano de mundos superiores, que había estado en esos mundos y que ahora podía hablar a la gente de su experiencia en esos mundos. Hablando del mundo del espíritu desde la experiencia, se había convertido en un heraldo del espíritu en el mundo físico, en un misionero del espíritu. Y esto se expresa en las palabras: Eli, Eli, lama sabachthani", que significa: "¡Oh Dios, Dios mío, tú me has glorificado! Estas eran las palabras que se podían oír de cada individuo que había sido iniciado de esta manera.

Si hubieran examinado a tal individuo con respecto a toda su naturaleza esencial, habrían encontrado que alguien que fue iniciado en los misterios del espíritu se convirtió en un heraldo de algo que en Cristo Jesús fue dado para toda la humanidad. Sin embargo, el budhi sólo había despertado interiormente, en el "cuerpo etérico", como se le llama, de tal iniciado. Los iniciados en el espíritu, en quienes el Hijo, el Christos, había despertado interiormente, existieron en toda la antigüedad, en los tiempos precristianos. Este Christos no había penetrado hasta el cuerpo físico, pero se había despertado en el cuerpo etérico. Aquellos iniciados se habían hecho inmortales como seres humanos etéricos.

El gran paso adelante para la humanidad se produjo porque lo que se aplicaba a los grandes iniciados en el espíritu también se aplicaba al Cristo Jesús que venía a la tierra. Pero en el caso del individuo que murió en la cruz, esto se aplicaba hasta el cuerpo físico. Todo lo que en los antiguos misterios podía experimentarse cuando se estaba fuera del cuerpo, podía verse en el plano físico en este caso, debido al acontecimiento del Gólgota. Se hizo visible incluso para aquellos que sólo tenían ojos físicos. En épocas anteriores, los iniciados que eran capaces de progresar tan lejos serían capaces de verlo. Se sentían uno con Dios porque, al ser los elegidos, experimentaban interiormente cómo la vida debe vencer a la muerte. Ahora, sin embargo, esto ya no era necesario. Con el acontecimiento del Gólgota había tenido lugar ante los ojos humanos. Allí sucedió que la vida venció a la muerte. Y a través de la conexión con este acontecimiento único, a través del vínculo que une a cada individuo con él, como un lazo familiar, se dio algo que sustituyó a las cosas que se habían dado a los individuos en los Misterios del Espíritu.

Hay una gran y significativa imagen de los Misterios del Espíritu que debo describirles si quieren comprender los Misterios del Hijo. He tenido que describir cómo el individuo que yacía dormido durante tres días y medio estaba rodeado de doce formas humanas, como si estuviera sentado alrededor de una mesa con ellas. ¿Y cómo debían aparecerle a alguien que había tenido experiencias de los mundos superiores como iniciado? Se le aparecerían doce de sus encarnaciones, doce de los cuerpos por los que había pasado antes. Esos doce cuerpos no eran ni más ni menos que lo que él llevaba dentro como elementos de su cuerpo. En términos ocultistas, el cuerpo humano está dividido en doce partes, y éstas son una recapitulación de doce encarnaciones en las que el ser humano individual se purifica gradualmente y es llevado a un nivel superior de perfección. Así, el individuo se sentiría rodeado de las formas o figuras por las que él mismo había pasado en épocas anteriores, y se diría a sí mismo: La forma que tenías antes vive en una parte de ti; la segunda forma vive en otra, la tercera en otra, la cuarta, y así sucesivamente". Así están a tu alrededor como los invitados sentados en una comida con su anfitrión.

Esta imagen aparecería ante el alma de todo individuo que entrase en los Misterios del Espíritu. Fue el Hijo del Hombre quien puso fin a esto, ya no el hijo de una familia, de una tribu, de una nación, sino el hijo de toda la humanidad. Fue realmente el decimotercero quien tuvo la mayor perfección entre los doce. Al estar fuera de su yo terrenal, se vio a sí mismo como el decimotercero.

Consideremos ahora cómo las experiencias que todo candidato tendría en el mundo superior llegaron a repetirse en Cristo Jesús. Todo está cubierto por una especie de velo, del mismo modo que está velado todo lo que se da exteriormente, exotéricamente. La fiesta de Pascua celebrada por el Cristo y los doce no iba a ser una fiesta ordinaria. Debía ser otra cosa: una recapitulación en el plano físico de la experiencia que los iniciados en el espíritu habían tenido varias veces en el plano superior.

En el evangelio de Lucas, capítulo 22, versículos 7-12, leemos: "Cuando llegó el día de los panes sin levadura, ... le dijeron: "¿Dónde quieres que lo preparemos?". Él les dijo: "Cuando entréis en la ciudad, os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidle hasta la casa adonde va. Entonces hablad al dueño de la casa, diciendo: El maestro os dice: ¿Dónde está la sala de invitados para que coma allí la Pascua con mis discípulos? Y él os mostrará un gran aposento alto que se ha preparado; preparadlo allí para nosotros"'.

Durante el banquete explicó una vez más que el pan era su cuerpo, que la sangre que fluía en su cuerpo era como la savia en el cuerpo de una planta. Era justo que dijera, refiriéndose a la savia de la planta, el vino: "Ésta es mi sangre", y era justo que lo dijera porque él es el espíritu de la tierra. Es justo que diga de toda sustancia: "Este es mi cuerpo", y de todos los jugos: "Esta es mi sangre": Esta es mi sangre.

Luego viene la escena en la que Cristo Jesús desarrolló los Misterios del Espíritu aún más en los Misterios del Hijo, y finalmente en los Misterios del Padre. Una vez más, deben imaginar a los doce apóstoles sentados a su alrededor como una encarnación de las doce partes de sus propios cuerpos. Si realmente contemplan esto, utilizando la delicadeza y la discreción interiores al acercarse a un pasaje que desvela, -o más bien vela-, la verdad más profunda del espíritu cristiano, podrán abarcar en sus mentes la transición de los Misterios del Espíritu a los del Hijo.

Consideren una vez más lo que tuvo que suceder al acercarse los Misterios del Hijo. La gente tenía que tomar conciencia de que la sangre tenía que abandonar su conexión con los lazos de sangre. Un día los lazos de sangre significarían menos para las personas que su egoísmo. Mirando hacia la futura misión del espíritu cristiano, Cristo Jesús comprendió que esto sólo podría lograrse mediante su sacrificio. Tenía que ser así. Porque vendrían tiempos en que la gente se volvería más y más egoísta para ganar su libertad. Por tanto, el exceso de sangre egoísta tenía que ser sacrificado en un acto cósmico, para que los seres humanos, por muy independientes que fueran, pudieran un día unirse en una gran hermandad. El elemento egoísta existe particularmente a causa del género humano; ha crecido cada vez más, y necesita ser espiritualizado, ennoblecido, por el espíritu cristiano. Así, el ser humano es cada vez más independiente. Observemos, sin embargo, algo que desde entonces ha venido a ceñir la tierra: nuestras formas de transporte. ¿Qué son sino arreglos para satisfacer nuestro egoísmo? Todo lo que se ha ideado utilizando la mente racional y el sentido común sólo se ha ideado para satisfacer nuestro egoísmo, aunque sólo sea de manera indirecta. La humanidad era menos egoísta cuando todavía se molía el grano utilizando dos piedras. Sin embargo, la humanidad tuvo que independizarse y, por lo tanto, también tuvo que pasar por el egoísmo, y toda nuestra civilización proporcionó la base material para ello.

Así como el que ha sido iniciado en los Misterios del Espíritu ve sus propias encarnaciones y, a la cabeza de ellas, a sí mismo, lo que ahora es lo más perfecto, así como el Hijo del Hombre vio el círculo de sus discípulos como las manifestaciones de sí mismo, así el que mira hacia el futuro ve las formaciones por las que debe pasar la humanidad. Aquel que vive a través de los misterios del Hijo ve en el futuro hasta el final del desarrollo terrenal, cuando el estado terrenal pasa a un nuevo estado estelar. Por lo tanto, Cristo Jesús pudo decir del primer estado en aquel tiempo: "Vosotros que estáis sentados a mi alrededor representáis diferentes grados de perfección, y cuando mire hacia el futuro, vosotros, que estáis sentados aquí, sois las doce etapas. Pero deben ser superadas. Debo conducirlos a través de mí al Padre. Como a través de mí debo conducirlos al Padre para que la tierra pueda ascender a un grado superior de perfección. Todo lo que está presente en la sensualidad, todo lo que está ligado a los instintos, a las pasiones y a los afectos humanos, debe ser superado. Esto está simbolizado por lo que les sucede a los doce.

La época que sigue está representada por Judas Iscariote. Vinculado al representante de la máxima moralidad está el representante de la vil sensorialidad. Es Judas Iscariote quien realmente traiciona al cristianismo en la época inmediatamente posterior. Oh, habrá un tiempo en que parecerá que lo que ocurrió en el Gólgota ocurrió también en toda la tierra. Parecerá como si el egoísmo trajera la muerte al Cristo, al Budhi. Ese será el tiempo del Anticristo. Esta es la ley de que todo lo que sucedió alrededor de la cruz también tendrá que suceder en el plano físico. Lo que ocurrió en el Gólgota tiene también un profundo significado simbólico. La traición de Judas significa el predominio de los bajos instintos. Pero todo lo sensorial debe espiritualizarse.

Así pues, aquí se hace referencia a la evolución futura de la humanidad dentro de la Tierra. He hablado de ello en varias ocasiones. Todo lo de naturaleza inferior será eliminado de los seres humanos. El futuro ser humano ya se está preparando en la raza humana. Entonces sus funciones reproductoras no serán como lo son hoy. No se reproducirán por medio de sus bajas pasiones. Hoy producen la palabra, con la que puede encarnar lo más sublime, y es a través de la palabra como se harán cada vez más creadores. Se han vuelto más egoístas debido a su sexualidad, y volverán a ser altruistas una vez que esa sexualidad desaparezca.

Hoy la palabra se produce en un chorro de aire que sale de la laringe; en el futuro de la humanidad la palabra volverá a ser productora. La voz de los niños se quiebra en la pubertad. Será la voz la que será productora. Y al volverse productora, esta palabra expresará al mismo tiempo, -en el futuro, ya que toda la situación se invertirá-, el control humano sobre el aire. Significa que el principio que originalmente respiraba a través del hombre provocará una transformación en algo que está aún más profundamente conectado con la naturaleza humana esencial. La palabra será creadora con respecto a la preparación de la sangre. Incluso la sangre del hombre será transformada. Sólo será capaz de producir sentimientos puros y desinteresados. Surgirá una raza humana creadora a través de la palabra. El desinterés se transformará en una cualidad de la sangre, y el órgano pensante se transformará para estar en el corazón. Esta es una de las dos evoluciones que seguirán al cristianismo. La época en la que impera el egoísmo está representada por Judas Iscariote. Cualquiera que observe con imparcialidad los acontecimientos mundiales puede ver cómo la sexualidad es capaz de traicionar al hombre como espíritu, para matarlo. Pero los seres humanos que hoy pueden producir la palabra como algo superior en sí mismos, un día serán creadores a través de la palabra. Esto será cuando el corazón sea el órgano de su mente y de su espíritu.

Ahora les pido que apliquen esto al Evangelio y observen un pasaje que expone lo que acabo de decir de un modo verdaderamente maravilloso, con un simbolismo magnífico. Consideren lo que seguirá cuando el cristianismo se haya vuelto altruista y fraternal; cómo Judas Iscariote encarna todo lo que hace que las personas sean egoístas; y consideren también la dirección en la que la humanidad se desarrollará a través de las doce etapas hasta la forma que asumió el propio Cristo Jesús. Todo se eleva hacia el corazón.

La forma en que se produce la transformación es tal que el poder creador empuja hacia arriba desde el regazo hasta el corazón. Esto tiene que llegar a expresarse en aquel que representa la forma más elevada y está más cerca de Jesús. Ahora lean esto: Uno de los discípulos, al que Jesús amaba, se echó en el regazo de Jesús a la mesa. Simón Pedro le hizo señas, indicándole que le preguntara cuál era. Entonces se apoyó en el pecho de Jesús y le dijo "Señor, ¿Cuál es?" El pasaje nos habla de cómo el poder de reproducción más bajo en el hombre asciende hasta el pecho, mostrado aquí por el discípulo más cercano a Cristo Jesús. El Misterio del Hijo, de Jesús, se sugiere de la manera más delicada. No se puede pensar en una forma más magnífica. Verán que quiere ser un misterio si leen lo que el propio discípulo iniciado escribe al final de toda esta escena, habiendo tenido experiencia viva de cómo sería transformado y llegaría al Padre a través del Hijo. ¿Qué podía decir entonces? En un nivel superior, fue capaz de decir lo que los iniciados son capaces de decir: "Eli, Eli, lama sabachthani". Ésas son sus palabras. Léanlo ustedes mismos en el evangelio de Juan: 'Y Jesús dijo: Ahora el Hijo del Hombre es glorificado, y Dios es glorificado en él'.

Esta fiesta de Pascua fue la preparación para lo que luego sucedió en el plano físico. Al contemplar la muerte de Cristo, aprendemos que la muerte fue vencida en el plano físico, y que la sangre egoísta fue vencida cuando de sus heridas fluyó sangre. También llegamos a percibir la gran perspectiva que nos aguarda al oír de nuevo las palabras procedentes de la cruz, conscientes de lo que nos depara el futuro: La tierra habrá alcanzado la meta de una gran fraternidad, de volverse espiritual, superando todo lo que pueda arrastrar al espíritu humano".

Los que hayan pasado por esto con el Cristo podrán reunirse a su alrededor una vez que dejen atrás la evolución terrestre y se eleven a una forma superior de evolución. Y percibiendo que el perfeccionamiento de la tierra se ha cumplido, Cristo Jesús podrá una vez más pronunciar las palabras que una vez pronunció en la cruz: Eli, Eli, lama sabachthani", es decir: "Señor mío, Señor mío, cómo has glorificado al yo en la humanidad, haciéndola espiritual". Este es el significado de estas palabras. Hay una traducción posterior que es errónea, pues retoma las líneas del salmo. Son las palabras que expresan el Misterio del Gólgota: 'Dios mío, Dios mío, cuánto me has glorificado, me has hecho espiritual'.

Estas palabras nos revelan cómo el espíritu se libera del cuerpo. El Misterio del Hijo nos revela cómo, en aquel tiempo, el ojo clarividente interior del redentor del mundo miró hacia el final del perfeccionamiento de la tierra y puso en palabras la gran meta de la humanidad, hablando de la superación de todas las diferencias y de la instauración del amor humano total. Esta meta sólo se alcanzará si los hombres aprenden a entrar cada vez más espiritualmente en el mundo del espíritu. Porque es en el espíritu donde la humanidad se une. Una vez los seres humanos fueron uno cuando salieron del espíritu, de esa unidad, del camino donde todo se funde en uno en lo divino. Se individualizaron al entrar en cuerpos humanos individuales, del mismo modo que el agua se individualiza cuando sus gotas son absorbidas por pequeñas esponjas. Y los seres humanos, ahora individualizados, volverán a ser uno cuando entren en el gran vínculo de la fraternidad, manteniendo aún su naturaleza individual. Se prepararán así para ser creadores divinizados, del mismo modo que fueron dioses, creadores, antes de venir a la tierra como seres humanos.

La evolución humana tuvo su origen en un espíritu divino y está volviendo a un espíritu divino. Los diferentes yoes serán individuales, pero al mismo tiempo serán una unidad, unidos por el vínculo de la fraternidad. Esta unidad dará nacimiento a una nueva estrella, la nueva estrella que en el Apocalipsis se llama "la nueva Jerusalén". Los yoes humanos nacerán en su naturaleza yoica, y entonces las armonías de las esferas crearán el eco de las palabras en las que se reunió el Misterio del Gólgota, las palabras: Dios mío, Dios mío, ¡cómo me has glorificado!

Tales palabras fueron pronunciadas entonces, en el pasado. Se repetirán cuando los seres humanos asciendan a los niveles más altos, a alturas cada vez mayores, cuando hayan pasado por el Hijo hasta el Padre. El Hijo guía a la humanidad hasta el final de la evolución terrestre; entonces los seres humanos serán llevados de nuevo al cosmos, conservando su naturaleza yoica. La tierra volverá al Padre. Nadie viene al Padre sino por mí ".

El ojo interior es capaz de ver un largo, largo camino si los seres humanos están preparados para buscar la comprensión del profundo misterio del Gólgota. Pero las festividades, como las grandes fiestas estacionales, existen como puntos importantes en los que las personas deben abandonar su rutina diaria, en los que deben dejar que su mirada interior se dirija a los grandes hitos de la evolución, en los que deben examinar no sólo siglos, sino milenios. Deberíamos considerar a la humanidad en una perspectiva que llegue a la mente consciente. Si dejamos que la meta lejana del futuro cobre vida en nuestros corazones, como nos han enseñado los grandes maestros de la raza humana, si dejamos que esta meta lejana cobre vida en nosotros, una meta que está tan lejos, pero que puede estar tan cerca si se convierte en una fuerza en nuestros corazones, sólo entonces la alcanzaremos.

Resolvámonos a no dejar pasar nunca esas fiestas sin inscribir en nuestras almas esas grandes perspectivas de futuro y metas para la humanidad. La gente tiene tiempo para las cosas cotidianas en su vida diaria, pero cuando suenan las campanas en los días santos, hacen bien en recordar que son hijos no sólo de su época, sino en su espíritu, también hijos de la eternidad.

Traducido por J.Luelmo jun,2024



miércoles, 5 de abril de 2023

GA143-1 Estocolmo 16 de abril de 1912 -El camino a través de los Evangelios y El camino de la experiencia interior

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El camino a través de los Evangelios y El camino de la experiencia interior

RUDOLF STEINER

Estocolmo 16 de abril de 1912

Les agradezco de corazón las amables palabras del Secretario General de la sección sueca, Coronel Kinell, y en respuesta deseo decirles que es profundamente satisfactorio, en mi viaje desde Helsingfors, poder durante unos días discutir de nuevo con ustedes en Estocolmo aquellas cosas y verdades que nos tocan a todos tan de cerca. Les ofrezco un cordial saludo, tan calurosamente sentido como las amables palabras del Secretario General.

En estas dos veladas más íntimas tendremos que hablar de una cuestión, de un asunto de la humanidad, que en una doble conexión penetra extraordinariamente hondo en nuestras almas. En primer lugar, porque la cuestión de Cristo es tal que, desde hace dos mil años, no sólo ha ocupado a innumerables almas en la tierra, sino que de ella han fluido para innumerables almas terrestres la sangre vital espiritual, la fuerza del alma, el consuelo y la esperanza en el sufrimiento, la fuerza y la seguridad en la acción. Y no sólo eso, sino que cuando consideramos todo lo que nos rodea como cultura exotérica externa, creada a través de muchos siglos, entonces a través de un conocimiento más profundo vemos que todo esto habría sido imposible si el impulso crístico no se hubiera apoderado de una gran parte de la humanidad. Esta es una consideración que nos muestra el fuerte interés que debe ofrecer la cuestión crística si la abordamos con conocimiento antroposófico. Este es sólo un aspecto del interés que aportamos a este problema; el otro aspecto de nuestro interés proviene de las condiciones anímicas y espirituales particulares de nuestro tiempo presente, de nuestra época. Basta que miremos a nuestro alrededor en el mundo y tratemos de comprender los anhelos, la búsqueda del alma humana, y podremos decirnos a nosotros mismos: "Cada vez más las almas humanas buscan algo que, a través de los siglos, ha estado unido en las almas de los hombres con el nombre de Cristo, y cada vez más llegan a la convicción de que es necesaria una renovación de los caminos, una renovación del interés, una profundización del conocimiento, si se quieren satisfacer las necesidades de las almas humanas (que aumentarán constantemente con respecto a Cristo)." Si por una parte encontramos una sed de ilustración sobre Cristo, por otra encontramos, entre numerosas almas del tiempo presente, la duda y la inseguridad en cuanto a los medios empleados hasta ahora. Y por eso, por el anhelo de una respuesta y por la duda de que se pueda conocer la verdad, ésta es una de las cuestiones más candentes de la actualidad.

Así pues, es evidente que un movimiento espiritual que penetre más profundamente en los fundamentos espirituales tiene la tarea de arrojar luz sobre esta cuestión. Las cosas son así hoy, queridos amigos, pero dentro de relativamente poco tiempo, realmente dentro de muy poco tiempo, serán totalmente diferentes. Si examinamos de forma un tanto poco egoísta lo que, en relación con Cristo, necesitarán los hombres que vengan después de nuestro tiempo, debemos decirnos que, aunque muchos hombres del presente puedan satisfacerse con lo que hay, las almas se sentirán cada vez más inseguras y tendrán cada vez más sed de iluminación. Así pues, al hablar hoy de Cristo hablamos de algo que prevemos como necesario para los seres humanos de un futuro muy próximo. La Antroposofía no cumpliría su tarea si no se pusiera en condiciones de crear claridad sobre estos puntos por medio de sus conocimientos, en la medida en que esto sea posible hoy.
Como punto de partida indicaré los tres caminos por los que el alma, de acuerdo con la evolución humana, puede llegar a Cristo. Si mencionamos tres caminos debemos describir brevemente el primer camino, que hoy ya no es un camino, aunque una vez lo fue; que hoy no tiene por qué ser un camino esotérico, como justo en nuestro tiempo lo es el camino antroposófico, pero que fue un camino para millones de almas a lo largo de los siglos. Este es el camino a través de los llamados documentos cristianos, a través de los Evangelios. Para millones y millones de personas este camino era, y para muchos sigue siendo, el único posible. El segundo camino por el que el alma humana puede buscar al Cristo es el que puede llamarse el camino a través de la experiencia interior, que especialmente en el presente y en el futuro próximo numerosas almas, por su constitución y cualidades particulares, deben seguir. El tercer camino es el que, a través del movimiento antroposófico, se puede al menos empezar a comprender en nuestro tiempo, el camino a través de la iniciación. Así pues, hay tres caminos hacia Cristo: Primero, el camino a través de los Evangelios; segundo, el camino a través de la experiencia interior; y tercero, el camino a través de la iniciación.

El primer camino, el camino a través de los Evangelios, sólo necesita ser brevemente caracterizado aquí. Todos sabemos que, a lo largo de los siglos, los Evangelios se convirtieron en alimento para los corazones y las almas de innumerables personas. Sabemos también que las naturalezas más esclarecidas, más críticas (y éstas no son las irreligiosas), comienzan a no tener más relación con este Cristo, porque hoy se sostiene que el conocimiento externo no puede saber qué hechos históricos están realmente detrás de lo que relatan los Evangelios. Si los Evangelios hubieran sido leídos por los hombres de los siglos pasados como hoy los lee un erudito, un hombre que ha pasado por la educación científica actual, nunca habrían podido ejercer la poderosa influencia, la influencia vital, que ha brotado de ellos. Ahora bien, si los Evangelios no se leían en los siglos pasados como los lee el hombre culto de hoy, ¿cómo se leían?

Reflexionar a priori sobre lo que pudo haber ocurrido en Palestina al comienzo de nuestra era, esto nunca se les habría ocurrido a los lectores de los Evangelios de siglos anteriores, y todavía no se les ocurre a muchos lectores de los Evangelios de hoy. Los que empiezan a comprobar, en los Evangelios, lo que pudo ocurrir ante los ojos de los habitantes de Palestina al principio de nuestra era, pierden la confianza en el carácter histórico de los acontecimientos de Palestina. Los hombres de antes no leían de este modo. Leían de tal manera que dejaban que una imagen trabajara en sus almas; por ejemplo, la imagen de la mujer samaritana en el pozo, o de Cristo impartiendo el Sermón de la Montaña a sus discípulos. Nunca se les ocurrió la cuestión de la realidad física externa. Lo principal para ellos era cómo se calentaba su corazón, cómo se inflamaban sus sentimientos en presencia de esas grandes y poderosas imágenes. Lo que se formaba en sus corazones, qué fuerza, qué sentido de la vida adquirían a través de estas imágenes, esto era lo principal. Sentían que la vida espiritual y la fuerza fluían hacia ellos a través de estas imágenes. Cuando dejaban que estas imágenes trabajaran en sus almas, se sentían fuertes; sentían que, sin estas imágenes, serían débiles. Y entonces sentían conexiones vivas y personales con lo que se relata en los Evangelios, y la cuestión de la realidad histórica ya no se les planteaba. Los Evangelios eran en sí mismos realidad, estaban presentes como fuerza, y uno no necesitaba preguntar de dónde venían; uno sabía que los hombres los habían escrito no con medios terrenales, sino con impulsos de los mundos espirituales. No afirmo que haya que sentir así hoy (lo que haya que hacer depende del desarrollo de la humanidad), pero afirmo que los hombres sintieron así a lo largo de los siglos.
¿Cómo podría ser así? Sobre este punto la ciencia espiritual es ahora la primera capaz de instruirnos. Cuando comenzamos a comprender los Evangelios a la luz de la ciencia espiritual, y tratamos de penetrar en lo que fluye desde los mundos espirituales y está contenido en los Evangelios, entonces estamos ante los Evangelios de tal manera que decimos: "Conocemos por la ciencia espiritual, con total independencia de los Evangelios, todo lo que ha tenido lugar en la evolución humana en relación con el impulso crístico, y luego encontramos lo que está contenido en los Evangelios, con total independencia de ellos."

¿Cómo concebimos, pues, los Evangelios desde el punto de vista científico-espiritual? Si se me permite una comparación sencilla, supongamos que un hombre ha alcanzado la iluminación sobre algún tema. Con esta iluminación, se encuentra con un segundo hombre y comienza a hablar con él. Al principio no supondrá que el otro sabe algo del tema que le es tan claro, pero a partir de la conversación percibe que el otro lo conoce tan bien como él. ¿Qué debe suponerse razonablemente? Lo razonable es suponer que el otro se ha ilustrado a través de fuentes iguales o similares. Lo mismo ocurre con los Evangelios. Podemos hacerlo, no importa desde qué punto de vista nos acerquemos a los Evangelios. Podría formarse una sociedad de personas que leyeran los Evangelios de la manera descrita anteriormente; entonces también podría haber personas en esta sociedad que se opusieran decididamente a los Evangelios, y que dijeran que, cuando los Evangelios se pusieran a prueba con los métodos de la ciencia, se descubriría que fueron escritos mucho más tarde de lo que pudieron haber ocurrido los acontecimientos en Palestina, y que sus relatos se contradicen entre sí; en resumen, que estos Evangelios no pueden considerarse documentos históricos. Estas personas podrían estar en tal sociedad, y uno podría decir: "Bueno, en principio dejemos los Evangelios en paz, pero hagamos algunas investigaciones en los mundos espirituales".

Entonces, si hiciéramos alguna investigación espiritual genuina, si adquiriéramos un conocimiento suprasensible genuino, encontraríamos que en el curso de la evolución humana había entrado una vez un fuerte impulso, que irrumpió en la evolución humana como un impulso de los mundos espirituales, del cual han procedido cosas poderosas para la humanidad; y veríamos que al principio de nuestra era, este impulso se había apoderado de un hombre que era especialmente apto para ello. Todo esto, y muchos otros hechos que encajan en este conocimiento y que sólo pueden obtenerse a través de la investigación suprasensible, todo esto tendríamos; y aquellos que no quisieran saber nada de los Evangelios tendrían esto así como otros. Entonces uno podría acercarse a los Evangelios y decir: "Bien, al principio no nos preocupábamos en absoluto por estos Evangelios; sin embargo, es notable que, cuando los leemos cuidadosamente, vemos que contienen lo que encontramos en los campos espirituales independientemente de ellos. Ahora reconocemos su valor desde un lado completamente distinto".

Entonces tenemos claro que no podía ser de otro modo, que quienes escribieron los Evangelios debieron recibir sus conocimientos de la misma fuente que ahora se abre a la humanidad a través del movimiento espiritual. Esto es justo lo que ahora se nos plantea, lo que vendrá cada vez más, lo que constituirá una base válida para la valoración de los documentos evangélicos. Si esto es así, debemos decir que los hombres podrán encontrar por otros caminos lo que se puede conocer a través de estos documentos. Y así este conocimiento comienza a ser cada vez más sagrado para nosotros a través de la cognición espiritual de la actualidad. Ya funcionó a través de la fuerza de los Evangelios. Como los Evangelios están impregnados del conocimiento más sagrado, de los impulsos espirituales de la humanidad, ejercieron su influencia incluso allí donde fueron acogidos ingenuamente. El conocimiento espiritual actúa no sólo en abstracto, no sólo en teoría, sino que actúa como fuerza vital, como sangre vital del alma. Y cada vez más los hombres reconocerán cómo el consuelo y la fuerza fluyen de este conocimiento.
Pero cuando hablamos del camino interior hacia Cristo, nos encontramos con más y más cosas que pueden ser comprendidas y sentidas en la actualidad sólo cuando se abordan con la correcta comprensión científico-espiritual. Intentaremos hablar de la experiencia interior de Cristo de tal manera que pueda verse cómo, independientemente de toda tradición, ésta puede aparecer en cada hombre. Para ello debemos, por supuesto, considerar al ser humano con el conocimiento que hemos encontrado a través de la ciencia espiritual. Si nos empapamos de la ciencia espiritual, entonces encontramos que incluso el conocimiento más elemental se vuelve fructífero cuando lo aplicamos a la vida. Encontramos que nos alejamos de los gráficos abstractos de los siete miembros del hombre cuando contemplamos el crecimiento y el devenir del hombre. El cuerpo físico tiene su desarrollo especial en los primeros siete años de vida. Percibimos además que en los segundos siete años de vida, desde el cambio de dientes hasta la madurez sexual, las fuerzas del cuerpo etérico actúan en el hombre. Entonces las fuerzas del cuerpo astral comienzan a jugar, y sólo más tarde, alrededor de los 20 o 21 años, (dependiendo de toda su organización y de la naturaleza de las fuerzas en él) comienza lo que aparece en el hombre como el Yo, como el portador del Yo, con esa fuerza que realmente tiene debido a su organización para toda la vida del hombre como el portador del Yo.

Que el portador del Yo se vuelve realmente capaz de vivir por primera vez en el vigésimo o vigésimo primer año no se observa a menudo en nuestra época actual, porque todavía no estamos inclinados a prestar atención a estas cosas. ¿Qué significa que el portador del Yo se vuelve realmente activo por primera vez en el vigésimo o vigésimo primer año de vida? Aquí debemos observar, por medios ocultos, al hombre en crecimiento y ver las fuerzas más profundas de su organización. Estas fuerzas cambian continuamente: desde el nacimiento hasta el séptimo año, desde el séptimo año hasta la madurez sexual, desde la madurez sexual hasta el desenvolvimiento del Yo. Pero cambian de tal manera que no pueden ser comprobadas por los métodos de la anatomía o la fisiología ordinarias. Por medios ocultos, se puede decir que sólo alrededor del vigésimo año el hombre desarrolla sus fuerzas de tal manera que ahora existe un Yo-portador autosuficiente. Antes, este Yo-portador todavía no está formado; antes, la corporeidad humana, incluso la suprasensible, todavía no es un Yo-portador propiamente dicho. Por lo tanto, si consideramos los miembros del hombre a la luz del gran principio-mundo, debemos decir que, por las peculiaridades de su organización, el hombre está realmente maduro para desarrollar un Yo fuera de sí mismo sólo en su vigésimo o vigésimo primer año, no antes.
Con este hecho puede contrastarse otro, a saber, que en los primeros años de la vida, en conciencia normal, realmente nos soñamos a nosotros mismos, nos dormimos en la vida, y que sólo después de cierto tiempo la vida toma tal curso que comienza nuestra propia memoria. De lo que sucedió antes de este momento nos pueden hablar nuestros padres o hermanos mayores; después de este punto el hombre dice "Yo soy el que soy". A partir del momento en que dice "he hecho esto; he pensado aquello", el hombre data su propio yo; lo que hubo antes se pierde en el crepúsculo del alma. Nuestra memoria sólo llega hasta el punto del tiempo así descrito.

¿Qué tenemos cuando juntamos estos dos hechos: que el verdadero portador del Yo humano nace en el vigésimo o vigésimo primer año, y que en nuestras almas nos describimos como Yo a partir del tercer o cuarto año? Esto significa que en el ciclo actual del desarrollo del hombre, éste tiene una opinión, un sentimiento, sobre sí mismo, que no corresponde a su organización interior, tal como ésta se ha desarrollado; pues la conciencia del Yo aparece en el tercer o cuarto año, pero la organización para el Yo aparece por primera vez en el 20º o 21º año. Este hecho es de importancia fundamental para la comprensión del hombre. Cuando este hecho se enuncia abstractamente como un elemento del conocimiento científico-espiritual, nadie se entusiasma particularmente con él; pero, debido a que este hecho es cierto, existen numerosas experiencias disponibles que todos conocemos bien, pero que no observamos a la luz de este hecho. Todo lo que el hombre puede experimentar de escisión entre la organización exterior y la experiencia interior, de pena y dolor en la vida porque (a causa de su organización) ciertas cosas le son imposibles, de desarmonía entre lo que desea y lo que puede realizar; el hecho de que pueda tener ideales que le lleven mucho más allá de su organización: todo esto nos remite al hecho de que la conciencia de nuestro Yo va por un camino enteramente distinto del que sigue el portador de nuestro Yo. En este sentido somos dos hombres: un hombre exterior que se organiza para desarrollar su yoidad en el año 20 o 21, y un hombre-alma interior que ya en su cuarto o quinto año, en cuanto a su vida-alma, se emancipa de su organización exterior. La emancipación de la conciencia del yo de la organización exterior tiene lugar en la infancia. Pasamos por algo en nuestra alma que procede independientemente de nuestra organización exterior y que incluso puede entrar en aguda contradicción con nuestra organización exterior. Estamos inclinados, en lo que respecta a la conciencia interna del yo, a no prestar atención a nuestra organización, a lo que está abajo en nuestros cuerpos. En nuestras almas nos desarrollamos de una manera totalmente diferente a la que se desarrollan nuestros cuerpos.
Así, el curso del desarrollo interior de la humanidad es doble. El desarrollo de nuestra organización va del primero al séptimo año, luego del séptimo al decimocuarto, del decimocuarto al vigésimo primero, en la forma descrita anteriormente; pero nuestro desarrollo interior es tal que somos enteramente independientes de lo anterior, de tal manera que la conciencia de nuestro yo se emancipa en la más tierna infancia y hace su propio camino a través de la vida. Pero, ¿cuál es la consecuencia de este curioso hecho del desarrollo humano? Sólo el ocultista puede decírnoslo.

Si examinamos todo lo que el ocultista puede enseñar, llegamos a un hecho curioso. Llegamos a ver que la enfermedad, la fragilidad de la organización humana, todo lo que hace posible la enfermedad, la vejez y la muerte, proviene de que somos realmente una dualidad. Morimos porque estamos organizados de cierta manera y en nuestra organización no prestamos atención al desarrollo de nuestro Yo. Que con nuestro Yo vamos por un camino independiente, sin preocuparnos por nuestra organización, se nos hace evidente cuando esta organización, en la enfermedad y la muerte, pone un obstáculo a nuestro desarrollo del Yo; se nos recuerda que nuestro desarrollo del Yo procede muy separadamente de nuestra organización. ¿De dónde viene realmente este curioso hecho de dualidad en la naturaleza humana?

Cuando examinamos al hombre en relación con la realidad, vemos que, si en cierto momento de la evolución de la Tierra, a saber, en la época lemuriana, sólo hubieran intervenido fuerzas progresivas en el desarrollo humano, el desarrollo juvenil del hombre procedería hoy de otra manera, a saber, de modo que se mantuviera al mismo paso que el desarrollo del Yo. En todo momento, el desarrollo del alma coincidiría exactamente con el desarrollo del cuerpo. Para el hombre habría sido imposible desarrollarse de otra manera que no fuera la que ahora se presenta como ideal, por ejemplo, en mi folleto La educación del niño a la luz de la Antroposofía. (Anthroposophic Press, Nueva York). Si en aquella época sólo hubieran actuado fuerzas progresistas, el resultado singular habría sido que, en los primeros veinte años de vida, el hombre habría sido mucho menos autosuficiente de lo que es ahora. Esta falta de autosuficiencia no se entiende en un mal sentido, sino de tal manera que cada uno de ustedes la aprobaría por completo. Por ejemplo, la naturaleza humana en los primeros siete años de vida dispone completamente a la imitación. Puesto que las personas adultas, si sólo las fuerzas progresivas hubieran estado activas en la época lemuriana, no harían nada vergonzoso, los niños entre uno y siete años no podrían imitar nada malo. En los segundos siete años de vida reinaría el principio de autoridad, mientras que ahora ha llegado a ser una maldición de la tierra, una maldición del mundo, que las personas entre siete y catorce años quieran ser independientes e incluso sean educadas para formarse opiniones independientes. Las personas adultas habrían sido las autoridades naturales para los niños. De los catorce a los veintiuno, el hombre habría mirado mucho menos en sí mismo, sobre su propio yo; se habría vuelto más hacia el exterior. La fuerza de los ideales, el poder de vivirse a sí mismo en sus sueños vitales se habrían vuelto inmensamente significativos para él. Los sueños de vida habrían brotado de su corazón, y entonces la plena conciencia del yo habría aparecido en sus 20 y 21 años.
Así pues, en los primeros siete años habría un período de imitación, luego en los segundos siete años un mirar hacia arriba a la autoridad, luego en los terceros siete años un surgimiento de ideales, que llevaría al hombre a su plena conciencia del yo. La suma de esas fuerzas que también actúan en la evolución y que se denominan fuerzas luciféricas, ha provocado una desviación de este camino de desarrollo en el curso de la evolución humana. Desde la época lemuriana han arrancado la conciencia del Yo de los cimientos de la organización. El hecho de que ya tengamos la conciencia del yo en la más tierna infancia se debe a las fuerzas luciféricas.

¿Cómo intervinieron las fuerzas luciféricas? Las fuerzas luciféricas son seres que se quedaron atrás en la Luna, y que por lo tanto no tienen ninguna comprensión de la misión de la Tierra, por aquello que debe desarrollarse por primera vez en la Tierra para el Yo después del 21º año. Tomaron al hombre tal como era al llegar de la Luna, y pusieron en él el germen del desarrollo del alma autosuficiente. De modo que en la aceleración de la conciencia del yo, en esta peculiar escisión de la naturaleza humana, residen las fuerzas luciferinas. La antroposofía nos da por primera vez el conocimiento de este hecho. Todo hombre de sano sentir puede percibirlo, pues todo hombre puede sentir que hay algo en él que lo separa de su plena humanidad. Todo lo que llamamos egoísmo injustificado en nuestra naturaleza, todo el alejamiento de las actividades de los hombres, todo esto proviene de que el yo no va por el camino correcto de la organización. Así vemos al hombre ante nosotros, si puede sentir. Si se dice a sí mismo: "Yo podría ser otro de lo que soy; tengo algo en mí que no está en armonía conmigo mismo" - entonces siente la lucha dentro de él de los poderes progresivos con los poderes luciferinos. Este hecho tenía que producirse en el curso de la evolución humana; era necesario porque el hombre nunca habría llegado a ser realmente libre sin los seres luciferinos; habría estado siempre atado a su organización. Lo que, por una parte, pone al hombre en conflicto con su organización, le da, por otra, la primera posibilidad de ser libre. Una cosa, sin embargo, queda fuera de esta dualidad de la organización para la vida humana ordinaria; esto se muestra en nuestro sentimiento de que el yo se ha vuelto incapaz, por sus propios poderes, de transformar la organización.
Cuando examinamos la amplia circunferencia de lo que ha constituido y creado al hombre, encontramos las dos fuerzas descritas anteriormente; están las fuerzas orgánicas de nuestra naturaleza humana, que están destinadas a desarrollarse en períodos de siete años, y están las fuerzas luciféricas. Si no hubiera nada más en la naturaleza o en la vida espiritual en el curso del desarrollo humano, se deduciría que el hombre nunca podría, a través de su yo emancipado, llegar a la plena armonía con su naturaleza. Si no hubiera nada más en el campo de la existencia terrenal, el hombre sólo podría alejarse cada vez más de su organización; su organización se volvería cada vez más enferma, más seca; la escisión necesariamente se haría cada vez mayor. Si el hombre llega una sola vez al punto de sentir intensamente esto como conocimiento científico-espiritual, entonces llega a un gran momento de su vida, en el que puede decir: "Aquí estoy con mi organización humana que me es dada por las fuerzas progresivas que trabajan de siete en siete años (no necesita expresar esto con palabras precisas, sólo necesita sentirlo tenuemente). Pero, como esta organización tiene una fuerza opuesta, que se desarrolla independientemente, se enferma y enferma y finalmente muere." El hombre lo siente en el fondo de su alma. Sin saber nada de antroposofía, sólo necesita tener este sentimiento de discrepancia entre el Yo interior y la organización exterior, y, si se impregna de este sentimiento, entonces -no sabe de dónde- llega a su alma algo de lo que siente: "Yo mismo, con el Yo que puedo rastrear, no puedo hacer nada contra mi organización, para la cual no soy rival. Pero viene algo que puedo llevar a mi yo como fuerza, que puedo llevar a mi conciencia como convicción; directamente de los mundos espirituales viene algo que no reside en mí, pero que impregna mi alma. Desde mundos desconocidos algo puede fluir hacia mi alma; si lo tomo en mi corazón, si impregno mi Yo con ello, entonces me ayuda directamente desde mundos espirituales." - Esto que viene de los mundos espirituales puede ser llamado como queramos; eso no es importante; sólo el sentimiento es importante.

Supongamos que un hombre está hoy en desacuerdo con la vida y se dice a sí mismo: "Debo buscar por todo el mundo para ver si en alguna parte surge una fuerza que me dé algo a través de lo cual pueda salir del conflicto, algo que me ayude a salir". - En la naturaleza de las cosas, este hombre nunca podría encontrar su camino con los medios de las antiguas confesiones religiosas; en las antiguas ideas eclesiásticas nunca podría encontrar nada que le diera esa fuerza que busca. Pero, para tener un ejemplo concreto, supongamos que ese hombre acudiera a una de las antiguas religiones sagradas, que acudiera, por ejemplo, al budismo y se empapara de las extraordinarias enseñanzas del budismo. Si el hombre sintiera, sin embargo, naturalmente y en toda su fuerza la escisión descrita anteriormente, sentiría -no digo que esto surgiera de una teoría, sino de un tenue sentimiento- sentiría que en la personalidad, en la individualidad de Gautama Buda, había vivido algo que sólo podía aparecer en el mundo sobre la base de un largo desarrollo. Esta individualidad pasó por muchas encarnaciones, alcanzó grados de evolución cada vez más elevados y, finalmente, llegó tan lejos que, en el vigésimo noveno año de su vida como Gautama Buda, fue capaz de elevarse de Bodhisatva a Buda, fue capaz de elevarse de tal manera que nunca más necesitó volver a un cuerpo físico. ¿Cómo surgió lo que brota de esta individualidad? Toda mente desprejuiciada puede sentir lo que brota del Buda, puede sentir todo lo que surgió y se desarrolló por primera vez a través del Bodhisatva en la evolución terrestre después de desarrollarse a través de muchas encarnaciones. En el sentido más bello y comprensivo todo esto contiene las fuerzas que se encuentran en la periferia de la tierra, en la interacción de las fuerzas de la organización y las fuerzas luciferinas. Por eso, porque ha ido de encarnación en encarnación, porque proviene de las mismas fuerzas de las que provienen las fuerzas humanas, por eso lo que fluye del Bodhisatva al Buda tiene tal efecto que la mente desprejuiciada no siente nada que pueda suscitar una plena armonía entre el yo del hombre y su organización. El alma siente que debe haber algo que no va de encarnación en encarnación, sino que puede afluir a cada alma humana directamente desde los mundos espirituales. - Cuando el alma siente que debe tener una relación con lo que desciende de los cielos, entonces comienza a tener una experiencia interior del Cristo. Entonces el alma puede comprender que en Cristo Jesús tuvo que aparecer algo que era diferente de todo lo existente hasta entonces. Esta es la diferencia radical, fundamental, la diferencia de principio entre la vida del Cristo y la del Buda.
Buda pasó de Bodhisatva a Buda con las fuerzas que hacen que el hombre pase de encarnación en encarnación, como sucede con otros grandes fundadores de religiones. En la vida de Jesús de Nazaret entró algo, algo obró en la individualidad de Jesús de Nazaret, durante un período de tres años, que descendió directamente de los mundos espirituales, que no tenía nada que ver con la evolución humana, que antes no estaba relacionado con una vida humana. Debemos tener bien presente esta diferencia si queremos comprender por qué, en lo que la cuarta época postatlante llamó el Cristo, había algo que era diferente de todos los demás impulsos religiosos, y por qué las demás religiones siempre han señalado a la humanidad hacia este Cristo.

Si nosotros, en la época postatlante, miramos hacia atrás en la antigua cultura sagrada de la India, vemos a los siete santos Rishis, en cuyas almas vivía algo así como una percepción inmediata de los mundos espirituales. Si se hubiera preguntado a uno de los siete santos Rishis por el estado de ánimo fundamental de su alma, habría respondido: "Miramos hacia las potencias espirituales de las que ha procedido todo el desarrollo humano. Esto se nos revela en siete rayos, pero por encima de esto hay algo más, algo que está por encima de nuestra esfera." Vishvakarman, éste fue el nombre que se dio más tarde a lo que los siete santos Rishis sintieron así. Los siete santos Rishis hablaron de un poder que no se había desarrollado con la tierra.

Luego vino la cultura de Zaratustra. Zaratustra habló, cuando dirigió su mirada a los espíritus del sol, de algo que debía fluir en la evolución humana directamente a través de una corriente que salía de los mundos espirituales. "Lo que podemos dar a los hombres", así habló Zaratustra, "no es aquello que un día, desde las distancias solares, fluirá directamente desde los mundos espirituales hacia la humanidad". Lo que hay de espiritual en el sol, esto es lo que la cultura persa posterior llamó Ahura-Mazdao.
En los misterios egipcios, la cuestión de Cristo se sentía con una fuerza particularmente trágica. Se sentía de la manera más profunda, si por profunda entendemos una forma de sentimiento humano en la que había una conciencia especialmente fuerte de que la humanidad procede de lo espiritual. El iniciado egipcio se decía a sí mismo: "Dondequiera que dirijamos nuestra mirada, sentimos en lo que nos rodea la decadencia de lo espiritual original. En ninguna parte del mundo exterior se encuentra lo espiritual en su inmediatez y pureza. Sólo cuando el hombre atraviesa la puerta de la muerte, descubre aquello de lo que procede. El hombre debe morir primero (en relación con la experiencia interior, no en relación con la iniciación); entonces se une con el principio Osiris (así llamaban los antiguos egipcios al principio Cristo); en la vida esto no puede hacerse, ésa es la discrepancia. Todo lo que está en la periferia de la tierra, esto no conduce a Osiris; el alma debe haber pasado primero el portal de la muerte para unirse con Osiris. Entonces, en la muerte, el alma se convierte en un trozo de Osiris, se convierte ella misma en una especie de Osiris. El mundo exterior se ha vuelto tal que desmiembra a Osiris a través de su enemigo; es decir, a través de todo lo que pertenece al mundo exterior."

Y el iniciado de los misterios egipcios decía: "La humanidad, tal como es ahora en nuestra cultura, es una especie de reminiscencia del antiguo tiempo de la Luna. Así como la cultura de los siete santos Rishis es una especie de reminiscencia del antiguo tiempo de Saturno, así como la cultura de Zaratustra es una reminiscencia del antiguo tiempo del Sol, así también la cultura de Osiris es una reminiscencia del antiguo tiempo de la Luna, cuando la Luna y sus seres se separaron por primera vez del Sol, sobre el cual, sin embargo, permanecieron los seres de los que el hombre tomó su origen. En aquel tiempo tuvo lugar la separación del hombre de las fuerzas buenas de su organización, de la fuente de sus fuerzas vitales. Pero, por el anhelo y la privación de lo espiritual que perdurará, llegará para los hombres el tiempo en que Osiris descenderá y se mostrará como algo que debe venir como un nuevo impulso que no estaba antes en la tierra, porque ya en el tiempo de la antigua Luna se había separado de la tierra."

Todo eso a lo que apuntaban los siete santos Rishis y Zaratustra, y de lo que los egipcios decían que en su tiempo los hombres no podían alcanzarlo en vida, eso era la fuerza, el impulso, que durante tres años se reveló en el cuerpo de Jesús de Nazaret. Todas las grandes religiones hablaron de ella; se reveló en Jesús de Nazaret, a quien todas las religiones apuntaban. Así, no sólo los cristianos han hablado de Cristo, sino también los miembros de todas las religiones antiguas. Así entró en el curso del desarrollo humano algo que el hombre necesita y que es accesible a la experiencia interior.
Supongamos que un hombre crece en una isla solitaria. Quienes se encargan de su educación no le dicen nada de lo que sucede en el mundo con respecto al nombre de Cristo y a los Evangelios; sólo le dan una cultura que no hace uso de los Evangelios ni del nombre de Cristo, cultura que puede haber nacido bajo la influencia de Cristo, pero despojada del nombre de Cristo. ¿Qué sucedería en este caso? En un hombre así se manifestaría el siguiente estado de ánimo. Un día se diría a sí mismo: "Algo vive en mí que está de acuerdo con mi organización humana universal; esto no puedo captarlo de inmediato. Pues aquello en lo que vive mi conciencia del Yo se me presenta de tal modo que necesito algo que no puede llegarme a través de la cultura humana, necesito un impulso de los mundos espirituales, para que el Yo vuelva a fortalecerse en su organización, de la que se ha emancipado." Si tal persona sólo puede sentir fuertemente que el hombre necesita, entonces algo puede venir sobre él de lo cual reconocerá que, directamente de los mundos espirituales, debe brotar algo que penetre directamente en su Yo. No sabe que esto se llama Cristo; pero sabe que en su conciencia puede impregnarse de ello, que en su Yo puede fomentar esto que le llega de los mundos espirituales. Entonces le vendrá algo de lo que podrá decir: "De acuerdo, puedo estar enfermo, puedo estar débil, puedo morir; pero desde mi propio Yo puedo hacerme más fuerte, puedo enviar a mi organización algo que me da fuerza y vigor directamente desde los mundos espirituales." Es indiferente cómo llame a esto; si el hombre llega a este sentimiento, está agarrado por el impulso crístico. No está atrapado por el impulso crístico aquel que dice que puede obtener algo de un maestro que ha pasado de encarnación en encarnación, sino aquel que siente que directamente del mundo espiritual pueden venir impulsos de fuerza, de fortaleza. Los hombres pueden tener esta experiencia interior; sin ella los hombres no pueden vivir, sin ella los hombres no podrán vivir en el futuro. Pueden tener esta experiencia, porque una vez, durante tres años, vivió objetivamente en Jesús de Nazaret este impulso que venía directamente de los mundos espirituales. Como es verdad que un hombre puede poner una semilla en la tierra, y que muchas otras semillas pueden salir de ésta, así es verdad que el impulso crístico fue implantado una vez en la humanidad, y que desde entonces hay algo en la humanidad que no estaba allí antes.

Por eso la vida egipcia era tan trágica. Los hombres sentían que en su vida no podían llegar a Osiris; que primero debían atravesar la puerta de la muerte, para unirse a él en la experiencia interior. Todavía tenemos que hablar de la iniciación. Pero desde la época del Misterio del Gólgota es posible lo que antes no era posible: que por su propio movimiento, a partir de su sola encarnación, el hombre busque su conexión con el mundo espiritual. Y esto es porque el impulso que fue dado a través del Misterio del Gólgota puede destellar en cada alma, y puede entrar, desde ese tiempo, en cada hombre a través de la experiencia interior. No el Cristo que estuvo en la tierra -el alma no se preocupa por Él-, sino el Cristo que se puede alcanzar a través de la experiencia interior. Desde el Misterio del Gólgota es posible, en las encarnaciones individuales, ganar una conexión con lo espiritual. Y porque esto es así, ocurrió en el único hecho del Gólgota algo que puede resplandecer en la humanidad, lo que no se da a través de los logros de las encarnaciones sucesivas. Por eso es imposible que Cristo se muestre de una manera que sea consecuencia de muchas encarnaciones, como le sucedió a Buda a partir de sus encarnaciones como Bodhisatva.

Mañana veremos cómo se puede encontrar el camino hacia el Cristo en la evolución humana para el futuro.
Traducido por J.Luelmo abr.2023