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viernes, 10 de enero de 2025

GA209 Dornach, 24 de diciembre de 1921 La aparición en Oriente del concepto de Maya en relación con el mundo exterior

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La aparición en Oriente del concepto de Maya en relación con el mundo exterior

RUDOLF STEINER


Dornach, 24 de diciembre de 1921

Si con las ideas del presente se oye decir que estamos haciendo aquí un curso durante las vacaciones de Navidad, esto puede parecer quizá extraño porque se tiene la idea de que con las grandes épocas festivas del año, el trabajo debe descansar y que el hombre debe abandonarse únicamente a los ejercicios religiosos, sobre todo en Navidad. Sin embargo, una visión más profunda de las circunstancias actuales no puede dejar de reconocer que en estos tiempos festivos conviene hacer algo distinto de lo que se ha hecho durante mucho tiempo. Vivimos tiempos difíciles, y debe parecer frívolo hoy querer simplemente continuar con las antiguas costumbres sin tener en cuenta los difíciles tiempos de penuria en los que hemos entrado, sin que nos afecte lo que está sucediendo en los mundos visible e invisible en nuestro tiempo presente. Vemos cómo la gente hace regalos en estos tiempos festivos, cómo limpian su árbol de Navidad de la manera tradicional, cómo hacen de otras maneras puramente según la tradición lo que la gente ha estado acostumbrada a hacer durante siglos. Hoy, sin embargo, tenemos que darnos cuenta de cómo esta costumbre se está convirtiendo casi en un sacrilegio.

Cualquiera que haya vivido los últimos años desde lo más profundo de su corazón, se siente como si hubiera tenido que vivir a través de siglos, y no puede sino mirar con cierta melancolía a esa parte de la humanidad que hoy piensa habitualmente de la misma manera que podía haber pensado con cierta justificación hasta principios o mediados de la segunda década de nuestro siglo. Para la mente imparcial de hoy, todas las cosas deben parecer cargadas de interrogantes de los acontecimientos de la época, de interrogantes que atañen a los elementos primigenios de toda vida humana. Aquellos de mis honorables oyentes que a menudo me han oído decir una cosa u otra sabrán lo poco que me inclino por la costumbre de hablar de vivir en una época de transición. Esto puede decirse de todas las épocas, porque la transición del pasado al futuro siempre se produce de forma natural. Sólo depende de en qué consista esta transición. Y hoy no se puede dejar de reconocer que el hombre sólo es consciente de su verdadera naturaleza cuando participa en las cosas poderosas que tienen lugar en el mundo.

Con frecuencia escuchamos el reproche de que muchas personas creen cada vez más que el cristianismo consiste en gritar "Señor, Señor", o en pronunciar el nombre de Cristo tan a menudo como sea posible. Pero hoy se necesita algo muy diferente: una cristianización de toda nuestra vida, en la que no baste pronunciar el nombre de Cristo, sino que implique unirnos profunda e íntimamente al Espíritu de Cristo. Vemos que en casi todo el mundo se están planteando hoy grandes problemas de la vida. Y ya podemos percibir que la región, la región europea que durante muchos siglos ha sido el escenario de la civilización humana, no puede seguir siéndolo en el futuro. Percibimos que los problemas del mundo se extienden ahora a territorios más amplios, y en el tiempo presente percibimos sobre todo a través de fenómenos sintomáticos, que en todas las esferas de la vida se anuncia el gran conflicto entre Occidente y Oriente.

Occidente encendió la llama de una joven vida espiritual basada en una base natural-mecanicista. Esta vida espiritual sólo es vista de la manera correcta por aquellos que sostienen que está en el comienzo de su desarrollo. Pero desde esta joven vida espiritual en Occidente debemos mirar hacia el Oriente; nos conectamos cada vez más con ella, también geográfica e históricamente, y Occidente debe contar con Oriente.

En Oriente existe una antigua vida del espíritu, una vida espiritual que se remonta a miles de años. Se puede sentir un inmenso respeto por lo que vive en Oriente; aunque ya está en decadencia; Se puede sentir por él la mayor reverencia cuando se mira hacia atrás, desde su actual estado de decadencia, a la sabiduría primitiva de la humanidad de la que surgió.

Cuando contemplamos los aspectos más espirituales de la vida, resuena en Oriente una palabra que siempre despierta un eco peculiar en nuestro corazón, sobre todo cuando adoptamos el punto de vista de Occidente. Es una palabra que está destinada a expresar en el lenguaje de Oriente la característica del mundo físico que percibimos a nuestro alrededor a través de nuestros sentidos. Oriente, comenzando por la India, se ha acostumbrado a designar este mundo físico-sensorial como MAYA, la gran ilusión, aparte del hecho de que se expresa más o menos claramente.

El Oriente, (pero, como se ha dicho, esto existe sólo en una forma decadente), se enfrenta así al mundo exterior percibido a través de los ojos y los oídos como una gran ilusión que confronta al hombre, como Maya.

Aquellos que aprenden a conocer las características de las concepciones de la vida de Oriente, deben experimentar que este concepto de Maya no estaba originalmente contenido en la sabiduría primigenia de Oriente. La ciencia espiritual de la Antroposofía nos permite, sobre todo, comprender el desarrollo de la civilización oriental que se extiende a lo largo de miles de años. Luego miramos hacia atrás, a un tiempo que se encuentra 3000 años antes de Cristo, y al remontarnos aún más en una antigüedad remota, encontramos cada vez menos este concepto de Maya, esta idea de la gran ilusión conectada con la realidad físico-sensorial del mundo externo. Si queremos indicar una época aproximada, podemos decir: Sólo a finales del III y IV milenio a.C. este concepto surge en Oriente; surge la convicción de que el mundo físico-sensorial que rodea al hombre no es una realidad, sino una gran ilusión, un Maya. ¿Cuál es la causa de este tremendo cambio en la concepción de la vida en Oriente? Esta causa está profundamente arraigada en la evolución del alma de la humanidad. Si miramos la sabiduría primigenia de Oriente, cómo se diferenció posteriormente de una manera poética en los Vedas, de una manera filosófica en la filosofía Vedanta, tal como se convirtió en la enseñanza del yoga, si, por ejemplo, prestamos atención a lo grandioso, ya que esta doctrina oriental está contenida en el Bhagavad Gita, entonces encontramos que una vez la esencia de esta sabiduría oriental fue que el hombre percibía no sólo el mundo sensorial exterior, sino que dentro de este mundo sensorial exterior el hombre percibía lo divino-espiritual en todo lo que veía con sus ojos, oía con sus oídos, tocaba con sus manos.

Para estos pueblos primitivos los árboles no se veían del modo en que los vemos hoy. Había algo en cada árbol, en cada arbusto, en cada nube, en cada primavera, que se anunciaba a sí mismo como el contenido del mundo cósmico anímico-espiritual. Dondequiera que uno mirara, veía lo sensorial impregnado por lo espiritual. El manantial no sólo borboteaba en tonos inarticulados, sino que del sonido del manantial se escuchaba contenido anímico-espiritual. El bosque no crujía inarticuladamente; Del susurro del bosque se escuchaba el lenguaje del Verbo eterno del mundo, un ser anímico-espiritual. De la tremenda vitalidad con que el hombre experimentaba el mundo en aquellos grises tiempos prehistóricos, el hombre actual sólo puede formarse una idea muy pequeña. 

Pero la vitalidad del espíritu con que el hombre vivía en su entorno se paralizó en comparación con el tercer milenio antes de Cristo. Y si nos trasladamos en el lugar de la evolución del tiempo, entonces nos damos cuenta de cómo, por así decirlo, la humanidad, ahora concebida como un todo, como humanidad oriental, percibía los fenómenos del mundo con un cierto sentimiento melancólico, como si los dioses se retiraran, como si desaparecieran bajo la superficie de las cosas. Y muchas mentes humanas particularmente profundas habrán expresado este sentimiento como si estuvieran orando de tal manera que dijeran: Los antiguos dioses han desaparecido detrás de la superficie de las cosas sensoriales externas. El mundo se ha vaciado de los dioses, y puesto que aparece como un mundo desprovisto de dioses, es Maya, es una gran ilusión.

No es que desde el principio se dijera que el mundo era esta gran ilusión, sino que, puesto que el mundo se había vaciado de dioses, se sentía que era una gran ilusión, una maja. Si se quiere volver al aspecto más vital de este punto de vista, hay que remontarse incluso más allá de la catástrofe atlante, a la humanidad atlante.

Porque, inmediatamente después de la catástrofe de la Atlántida, aparece débilmente en la civilización general este indicio de que el mundo de la apariencia físico-sensible externa todavía se considera como algo irreal. Pero gran parte de la percepción de los dioses todavía estaba presente en el mundo físico-sensorial hasta finales del cuarto milenio a.C. Había tanto disponible que hasta entonces no se necesitaba ningún consuelo real frente a lo que se sentía como la irrealidad en el mundo. Desde el final del cuarto milenio en adelante, se sintió la necesidad de un consuelo. Y este consuelo fue buscado para la humanidad por los iniciados, por los iniciados, por los maestros y sacerdotes de los Misterios, y fue buscado desde el lenguaje de las estrellas. Aquí en la tierra, se decía, no hay realidad. Pero si uno investiga las estrellas, entonces descubre por el lenguaje de las estrellas que la realidad llega a la tierra desde regiones lejanas del mundo. Las estrellas hablan un lenguaje que, cuando lo escuchamos, suena de tal manera que la maya del mundo adquieren un significado real.

Esa fue la gran impresión que causó en la humanidad la sabiduría de las estrellas que poseían los caldeos, la sabiduría de las estrellas de los antiguos egipcios, que esta sabiduría de las estrellas era percibida como la que dotaba de realidad a la Maya. Aquí en esta tierra sólo se puede encontrar lo irreal, así se decía. Uno debe mirar hacia arriba a la palabra eterna del mundo, que se expresa en los movimientos y posiciones de las estrellas para quien es receptivo, entonces la realidad se revela dentro de la Maya. Si uno quería reconocer algo importante, algo significativo para la vida, entonces buscaba explorarlo a partir de las estrellas y su lenguaje. Y así permaneció la comprensión humana del alma hasta la época del Misterio del Gólgota.

La sabiduría de los misterios, a partir de las estrellas, proclamaba a la humanidad lo que es real, pues existía la creencia de que esta realidad no podía encontrarse en la tierra. Quien comprenda la esencia griega en su verdad, sin embargo percibirá que, -aunque siempre se diga por cierta visión superficial que la esencia griega procede sobre la realidad, como con una especie de alegría infantil-, sin embargo sentirá cómo algo trágico pesa sobre la esencia griega, algo que anhela una especie de redención dentro de la vida humana. Y eso no es otra cosa que el eco del sentimiento oriental del que acabo de hablar.

Y nosotros, los seres humanos contemporáneos, hemos hecho que para nuestra civilización actual, se desarrolle el pensar, por así decirlo, como un bien supremo interior, el pensar se despliega por todos lados. Pero no hemos logrado reconocer este pensar como una realidad. Al entregarnos a la vida del pensar, nos sentimos como si viviéramos en una irrealidad. Y un gran número de personas dicen que la vida del pensar es una ideología. Con esta palabra ideología un gran número de personas quieren sugerir a la vida anímica interior lo mismo que los orientales sentían hacia la realidad exterior físico-sensorial, llamándola maya. Podríamos hablar de maya del mismo modo que hablamos de ideología, pero entonces tendríamos que referirnos a nuestra vida anímica interior.

Lo que en un determinado periodo de tiempo era la realidad más intensa para Oriente, lo anímico-espiritual, se ha convertido para nosotros en la Maya, y lo que para Oriente era Maya, es decir, el mundo físico-sensual exterior, se ha convertido en nuestra realidad naturalista. Y así vivimos llamando ideología o Maya a aquello que nos impregna interiormente hasta la madurez del pensar. Antiguamente Oriente veía dioses en la naturaleza sensorial externa. Estos dioses han desaparecido de él. En Oriente no disponían del pensar en la forma en que lo tenemos hoy. Esa es la especialidad de Occidente, que ha alcanzado el pensar, la forma más pura y luminosa de la vida anímica. Pero lo divino aún no lo hemos alcanzado en el pensar. Estamos esperando que lo divino surja en él. Aquello que para Oriente ha desaparecido de la sensorialidad exterior, debido a lo que esta sensorialidad exterior se ha convertido en la Maya, aún no existe para nuestro mundo de las ideas, para nuestro mundo interior del pensar. En el desarrollo histórico, el mundo sensorial exterior, -por lo que respecta a Oriente-, se ha vaciado gradualmente de dioses. Nuestro pensar está aún vacío de dioses. Sólo podemos entenderlo así si lo percibimos como una especie de profecía de que la maya de nuestro pensar se llenará algún día de realidad interior.

La evolución histórica de la humanidad se divide, pues, en dos partes significativas. Una se desarrolla desde la plenitud de los dioses hasta el vacío de los dioses. La otra, en cuyo comienzo nos encontramos, se desarrolla desde el vacío de los dioses hasta la plenitud de los dioses que cabe esperar. Y en el centro entre estas dos corrientes evolutivas se encuentra la cruz del Gólgota. ¿Cómo se sitúa esta cruz del Gólgota en la conciencia de la humanidad? Miramos hacia atrás, unos seis siglos más atrás del Misterio del Gólgota: vemos a Buda, que poco a poco es adorado por una gran comunidad. Vemos a este Buda cuando deja su casa, sale al mundo y ve un cadáver entre las múltiples cosas que ve. La visión de este cadáver tiene tal efecto en su alma que se aleja de la maya del mundo exterior. El cadáver tiene un efecto disuasorio en el Buda. Y porque tiene que ver la muerte, el cadáver, se siente obligado a levantar la vista del mundo hacia otro, hacia un Divino-Espiritual que no se encuentra en el mundo. La visión del ser humano muerto es el punto de partida para que Buda abandone el mundo y huya a un reino de realidad de otro mundo.

Y ahora pasamos a la época de unos seiscientos años después del Misterio del Gólgota. Mucha gente mira el gran símbolo: el crucifijo, la cruz de la que cuelga el cadáver. Se mira al muerto. Pero al muerto se le mira, no para huir, no para abandonarlo e irse a otra realidad, sino que en ese muerto se ve aquello en lo que hay que refugiarse. En doce siglos la humanidad ha cambiado de tal manera que hemos aprendido a amar la muerte en la cruz, la muerte de la que huyó Buda. Nada puede sugerir a la mente más profundamente, que el gran cambio que se produjo a través del Misterio del Gólgota, que se encuentra a medio camino entre estos dos puntos en el tiempo. Y al volver nuestros pensamientos de este modo al Misterio del Gólgota, debemos recordar lo que realmente se veneraba allí en el sentido del cristianismo original.

Pablo, iniciado en los misterios de su tiempo, no podía creer en Jesús vivo; luchaba contra Jesús vivo. Luego, cuando de camino a Damasco se dio cuenta de que el Cristo estaba vivo, de que el Cristo se había revelado desde las tinieblas del mundo, Pablo no creyó en el Jesús vivo, sino en el Cristo resucitado, y el Jesús vivo se hizo digno de él porque era portador del Cristo resucitado. A través de esta visión especial del contexto del mundo, la certeza de Pablo sobre la vida divino-espiritual surgió de la muerte.

Lo que había sucedido a la humanidad era que, mientras que en otros tiempos el consuelo se recibía mirando desde la tierra a las estrellas, desde donde hablaba el Verbo eterno, ahora se miraba al acontecimiento histórico del Gólgota, se miraba a una envoltura humana que encierra el misterio de la existencia. Y este misterio de la existencia - el apóstol Juan quiso expresarlo con las palabras: «¡En el principio era el Verbo!»

Sí, en el origen primigenio la palabra hablaba desde el curso y la posición de las estrellas. Esta palabra sonaba desde el cosmos. Pero esta palabra no se encontraba en la tierra, sino que penetraba desde los confines del cielo, desde la casa del Padre hasta la tierra. Pero el escritor del Evangelio de Juan se atrevió a decir: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Es decir, lo que vive en las estrellas ha habitado en el cuerpo que estaba colgado en la cruz. Ahora se hacía visible en un ser humano lo que antes se buscaba en el mundo. Lo que antes sólo fluía a la tierra en el resplandor de la luz iba a descender al hombre. La visión de la vida fue conducida de una cosmología universal a una visión del centro del hombre, que fue impregnado por lo que brillaba desde las estrellas, que fue impregnado por la palabra viva del mundo.

El sentido, el significado más profundo que va a ser revelado por el Misterio del Gólgota es que también es posible mirar hacia el origen del mundo mirando dentro del ser interior de Jesús y estableciendo una conexión íntima entre el propio ser interior y el ser humano interior de Jesús, así como en el pasado se estableció una conexión entre el ser humano que vive en la tierra y la eterna Palabra Cósmica que habla desde las estrellas. El Misterio del Gólgota es, en efecto, la influencia más importante e incisiva en la evolución de la tierra y así lo indica el Nuevo Testamento.

Es de una profundidad maravillosa, y resulta inconmensurablemente conmovedor cómo se enseña, en el sentido de los Evangelios, -una vez relatado por un Evangelio, la otra por el otro-, la aparición de Cristo Jesús. Por un lado, están los tres sabios, los magos de Oriente, los portadores de la antigua sabiduría de las estrellas, los exploradores de la palabra del mundo de la escritura estelar del cosmos. Están dotados de la sabiduría más elevada que era accesible a la humanidad en aquella época. Y el Evangelio indica cómo la más alta sabiduría no puede hablar de otra cosa en aquel tiempo que: Cristo Jesús aparece, nos dicen las estrellas. La palabra eterna del mundo que vino en las estrellas, que vive en las constelaciones, nos dice que el Cristo Jesús aparecerá.

Las escuelas de sabiduría proclamaban: Desde el comienzo de la actual existencia terrenal de la humanidad, Júpiter completó su órbita planetaria 354 veces. Un año de Júpiter, un gran año de Júpiter, llegó a su fin desde el momento que los antiguos hebreos, por ejemplo, fijaron para el comienzo de la existencia del hombre en la tierra. De acuerdo con la concepción del mundo de esa época, un año ordinario solo tenía 354 días. Transcurrieron 354 días de Júpiter, y estos 354 días de Júpiter son como una frase que habla de la sabiduría cósmica, una frase sublime, en la que las palabras sueltas indican las revoluciones de Mercurio. Hay un día de Mercurio 7 x 7 = 49 veces, y esto en el mismo período de tiempo que un día de Júpiter.

Estos antiguos sabios buscaron tales conexiones en la escritura de las estrellas. Y lo que se inspiraba en sus almas a través de tal desciframiento de la escritura estelar, lo interpretaban de tal manera que podían revestirlo con las palabras: Cristo Jesús aparece, porque el tiempo se ha cumplido. El tiempo de Júpiter, el tiempo de Mercurio se ha cumplido. El gran cronómetro mundial, que se encuentra en las estrellas, habla de que el tiempo se ha cumplido. Los Evangelios lo proclaman por un lado. Por otro lado, como los pobres pastores en el campo, proclaman desde el sueño que brota de sus sencillos corazones, sin toda sabiduría, simplemente escuchando la voz piadosa y sencilla del alma humana, lo que los pobres pastores recibieron revelado desde esa profundidad del pecho humano. Y es el mismo mensaje: el Cristo aparece.

La sabiduría más elevada y la simplicidad más grande del alma se unen en las palabras: Cristo viene. En ese momento la sabiduría suprema ya estaba decadente, se estaba asentando. En cambio, surge algo que proviene del propio ser interior del hombre. Desde entonces, el pensamiento ha surgido del ser interior del hombre. Todavía no podemos elevarlo al estadio de la realidad; sigue siendo un Maya, pero es necesario, en una medida cada vez mayor, tener en cuenta que el pensamiento puede convertirse en una realidad. En los tiempos precristianos, el hombre miraba hacia las estrellas para experimentar la realidad. Debemos mirar hacia Cristo para tener realidad con respecto a nuestro ser interior. No yo, Cristo en mí, esta es la Palabra que conferirá peso y realidad interior al pensamiento.

La teología del siglo XIX ha convertido cada vez más a Cristo Jesús en una mera figura humana que también puede reconocerse por la historia externa: Jesús, el hombre sencillo de Nazaret, aunque fuera el más alto. Pero el Cristo se ha perdido. Sólo aparecerá en su verdadera forma mediante el renacimiento de una visión del mundo que se centre en lo suprasensible, una visión de la vida que mire desde lo sensual hacia lo suprasensible. En la misma medida en que la humanidad ha perdido lo espiritual que se esconde tras de lo sensual, debe ganar la realidad interior en el pensar que ha penetrado hasta el nivel luminoso pero abstracto.

Esta realidad interior se obtendrá percibiendo en la tierra misma, en las cosas que suceden en relación con el Misterio del Gólgota, algo que el alma humana solo puede enfrentar a través de concepciones suprasensibles. Cristo nacerá de nuevo en el desarrollo de la civilización humana en la misma medida en que nosotros decidimos comprender el Misterio del Gólgota, con la ayuda de un conocimiento suprasensible. Al absorber el conocimiento suprasensible, el hombre puede esperar un Belén perenne. Un significado profundo reside en las palabras del Ángelus Silesio: "Aunque Cristo nazca mil veces en Belén, pero no en vosotros, estáis perdidos para siempre".

Pero el Cristo debe nacer no sólo en frases vacías, sino en todo conocimiento, en toda sabiduría. Debemos ser capaces de ver lo que podemos obtener mediante la mera observación del mundo, igual que Pablo vio lo que el mundo exterior era para él antes de acercarse al acontecimiento de Damasco, antes de ver el mundo terrenal lleno del poder del Cristo vivo. Debemos llevar este poder del Cristo vivo a toda cognición. Debemos calentar el conocimiento frío y abstracto que nos ha llevado a la necesidad del presente. Debemos impregnar este conocimiento con el poder vivo de Cristo.

Esto es algo que se erige como una tarea significativa del presente. Debemos tener la sensación de que primero debemos llegar a Cristo. Debemos interiorizar la idea de Cristo. Debemos darnos cuenta de que la necesidad del momento es demasiado grande para aferrarnos simplemente a las costumbres navideñas externas. Debemos llegar a la convicción de que tal adhesión es una mentira comparada con los demás puntos de vista de nuestro tiempo. Debemos darnos cuenta de que el gran conflicto entre Oriente y Occidente también debe tener lugar en la esfera espiritual, que la Maya de Oriente y la Maya de Occidente, la Maya del mundo sensorial exterior y la Maya del pensar, deben llegar a un entendimiento armonioso.

No debemos creer que tenemos al Cristo en nuestro tiempo presente. Debemos sentirnos como los pobres pastores que eran conscientes de su necesidad. Debemos buscar al Cristo en lo más íntimo del ser humano, como los pastores buscaban al Cristo en el establo de Belén. Debemos ofrecernos a este Cristo, que transforma nuestros pensamientos en realidades. Debemos tener la humildad de elevarnos primero a la comprensión del nacimiento de Cristo. Debemos saber que primero tenemos que comprender la idea de la Navidad antes de poder apreciarla de la manera correcta. Debemos impregnarlo todo en los distintos ámbitos de la vida con el poder vivo de Cristo. Debemos trabajar, y celebraremos mejor las fiestas si trabajamos en la necesidad del momento, para hacer realidad en el sentido espiritual aquello que nos mira históricamente desde el lugar de la calavera del Gólgota como símbolo, aunque símbolo de la realidad.

Y así debemos entender que el pensamiento navideño más importante para nosotros hoy es éste: hacer realidad una Navidad universal a través de una comprensión correcta del cristianismo. Esta voz interior, este anhelo interior, pueden guiarnos durante la Nochebuena en el sentido de la necesidad actual del tiempo. Porque la fiesta de fin de año, la Navidad, sólo puede cobrar vida hoy si sentimos el anhelo de mirar esta Navidad como una invitación a mirar lo que la humanidad necesita en su desarrollo. Para que algo del sentimiento festivo que experimentamos en esta época del año pueda irradiarse para nosotros, para que a través del poder de la realización interior de lo que todavía es Maya para nosotros, podamos llegar a una resurrección de esa realidad divino-espiritual que se ha desvanecido en tiempos más antiguos y que, por lo tanto, ha llevado a la visión de Maya.

La humanidad ha entrado en la Maya, en la Maya exterior. Desde la maja interior, la humanidad debe desarrollarse hacia la verdadera realidad espiritual-anímica. Si comprendemos esto, entonces el pensamiento navideño individual en la época festiva estará lleno de un sentimiento mundial que necesitamos hoy si queremos sentir el verdadero valor humano y la verdadera dignidad humana. Entonces, de nuestros sentimientos hacia las festividades individuales, fluye en nosotros algo que nos desafía a confesar: Debemos celebrar en el tiempo de la necesidad de tal manera que poco a poco veamos las nuevas luces navideñas de una nueva vida espiritual. Debemos aprender a celebrar no sólo una Navidad individual, debemos aprender a celebrar la Navidad universal.

Traducido por J.Luelmo ene,2025

jueves, 6 de abril de 2023

GA116-7 Berlín 8 de mayo de 1910 -El desarrollo posterior de la conciencia

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El desarrollo posterior de la conciencia

RUDOLF STEINER

Berlín 8 de mayo de 1910

Hoy, 8 de mayo, la Sociedad Teosófica celebra el Día del Loto Blanco, que para el mundo exterior es conocido, en la terminología usual del día, como el día de la muerte del impulsor de esa corriente Espiritual en la que ahora nos encontramos. A nosotros nos parecería más apropiado seleccionar una designación diferente para la festividad de hoy, tomada de nuestro conocimiento del mundo Espiritual y que debería ser más o menos así: El día de la transición de una actividad en el plano físico a otra en los mundos espirituales". Porque para nosotros no es sólo una convicción interior en el sentido ordinario de las palabras, sino un conocimiento cada vez mayor, de que lo que el mundo exterior llama muerte no es más que el paso de una forma de trabajo, de una actividad estimulada por las impresiones del mundo físico exterior, a otra totalmente estimulada por el mundo Espiritual. Cuando hoy recordamos a la gran impulsora, H. P. Blavatsky, y a las personas líderes de su movimiento que ahora también han pasado al reino Espiritual, tratemos en particular de formarnos una idea clara de lo que nosotros mismos debemos hacer de nuestro movimiento Espiritual para que pueda representar una continuación de esa actividad que ella ejerció en el plano físico mientras permaneció en él; para que por un lado pueda ser una continuación de esa actividad y al mismo tiempo sea posible para la Fundadora misma continuar su trabajo desde el mundo Espiritual, tanto ahora como en el futuro. En un día como este, es conveniente que nos apartemos en cierto sentido de nuestro estudio habitual de los asuntos teosóficos y de la vida teosófica, y que en su lugar hagamos una especie de retrospectiva concienzuda, una retrospectiva concerniente a las tareas y deberes que el movimiento teosófico pone ante nosotros, y que también puede llevarnos a una especie de previsión de lo que este movimiento debería llegar a ser en el futuro, y lo que deberíamos hacer y evitar hacer.
Como resultado de ciertas circunstancias muy especiales y de ciertas necesidades históricas, vino al mundo lo que estamos llevando a cabo como el Movimiento Teosófico. Ustedes saben que aquí no se trataba, como en otros movimientos espirituales o uniones de cualquier tipo, de que una o más personas decidieran seguir ciertos ideales según la cualidad de sus corazones y mentes, que les impulsara a sentir entusiasmo por estos ideales, tratando de entusiasmar a otras personas e inducirlas a formar sociedades o uniones para llevarlos a la práctica. Si entendemos bien el movimiento teosófico, no debemos verlo de esta manera. Sólo podemos hacerlo si lo consideramos como una necesidad histórica de nuestra vida presente: algo que, independientemente de lo que la gente sienta o quisiera sentir al respecto, estaba destinado a llegar, pues ya yacía en el vientre del tiempo, por así decirlo, y tenía que nacer. ¿De qué manera, entonces, podemos considerar el movimiento teosófico? Puede ser considerado como un descenso, un nuevo descenso de la vida espiritual, de la sabiduría espiritual y de las fuerzas espirituales, al mundo físico sensible desde los mundos suprasensibles. Tal descenso tuvo que tener lugar para el desarrollo ulterior del hombre, y debe tener lugar repetidamente en el futuro. Naturalmente, no puede ser nuestra tarea señalar hoy todos los grandes impulsos por medio de los cuales la vida espiritual ha descendido desde los mundos suprasensibles para que la vida anímica del hombre se renovara cuando, por así decirlo, había envejecido; pero en el transcurso del tiempo esto ha ocurrido con frecuencia. Sin embargo, hay que tener en cuenta una cosa.

En el pasado primigenio, no mucho después de la gran catástrofe atlante que las tradiciones de los diversos países registran como la historia del Diluvio, vino ese impulso que podemos describir como la afluencia de vida espiritual que se vertió en el desarrollo de la humanidad a través de los Santos Rishis. Luego vino esa otra corriente de vida espiritual que fluyó hacia la evolución del hombre a través de Zaratustra o Zoroastro, y encontramos otra corriente de naturaleza similar en la que llegó a los antiguos israelitas a través de las revelaciones de Moisés. (véase GA060)
Finalmente, tenemos el mayor Impulso de todos en esa poderosa afluencia de vida Espiritual vertida en el mundo físico a través de la aparición en la Tierra de Cristo-Jesús. Este es, con mucho, el Impulso más poderoso jamás dado en el pasado, y como hemos enfatizado repetidamente, es mayor que cualquiera que pueda venir en cualquier momento futuro al desarrollo terrestre. También hemos afirmado repetidamente que siempre deben llegar nuevos impulsos; una nueva vida Espiritual y una nueva manera de comprender la antigua vida Espiritual deben afluir al desarrollo de la humanidad; si no fuera por esto, el árbol del desarrollo humano, que reverdecerá cuando la humanidad haya alcanzado la meta de su evolución, se marchitaría y perecería. A través de los nuevos impulsos espirituales que afluyen a nuestra vida terrestre, debe comprenderse cada vez mejor el poderoso pozo de vida de Cristo, que Él vertió en el desarrollo humano.
A medida que se acercaba nuestra época, nuestro siglo XIX, llegó el momento en que el desarrollo humano requería a su vez una nueva intervención, un nuevo impulso. Una vez más, nuevos estímulos, nuevas revelaciones, tenían que fluir de los mundos suprasensibles a nuestro mundo físico. Esto era una necesidad, y así debió sentirse en la Tierra misma, y así se sintió en aquellas regiones desde las cuales se guía la vida de la Tierra, las regiones Espirituales; sólo una observación humana miope podría decir: "¿Para qué sirven estas corrientes constantemente renovadas de verdades perfectamente nuevas? ¿Por qué ha de haber constantemente nuevos conocimientos y nuevos impulsos vitales? Tenemos lo que nos dio el cristianismo, por ejemplo, y con eso podemos seguir simplemente a la vieja usanza". Desde un punto de vista más elevado, este tipo de observación es extremadamente egoísta. Realmente lo es. El hecho mismo de que tales observaciones egoístas sean hechas hoy tan frecuentemente por las mismas personas que se creen buenas y religiosas, es una prueba aún más fuerte de que se necesita una renovación de nuestra vida espiritual. Cuántas veces oímos decir hoy: "¿Para qué sirven los nuevos movimientos espirituales? Tenemos nuestras antiguas tradiciones que se han conservado a través de los siglos hasta donde la historia registra; ¡no dejemos que estropeemos esas tradiciones por lo que dicen estas personas que siempre creen que saben más! Esa es una expresión egoísta del alma humana. Quienes hablan así no son conscientes de ello; no se dan cuenta de que sólo están preocupados por las exigencias de su propia alma. En sí mismos sienten: "¡Estamos bastante satisfechos con lo que tenemos!". Y establecen el dogma, un dogma espantoso desde el punto de vista de la conciencia: "Si estamos satisfechos con nuestro camino, aquellos que deben aprender de nosotros, aquellos que vienen después de nosotros, deben aprender a encontrar satisfacción de la misma manera que nosotros. Todo debe seguir como nosotros lo consideramos correcto, de acuerdo con nuestro conocimiento". Esta forma de hablar se oye con mucha frecuencia en el mundo exterior. Esto no proviene simplemente de las limitaciones de un alma estrecha, sino que está relacionado con lo que podríamos llamar una inclinación egoísta del alma humana. En la vida religiosa, las almas pueden ser en realidad extremadamente egoístas, aunque lleven una máscara de piedad. Cualquiera que se tome en serio la cuestión del desarrollo espiritual de la humanidad debe, si estudia el mundo que le rodea con comprensión, darse cuenta de una cosa. Debe ver que el alma humana se está apartando gradualmente cada vez más del método con el que durante siglos los hombres han contemplado el Impulso Crístico, el mayor Impulso en el desarrollo de la humanidad. Por regla general, no me interesa referirme a asuntos contemporáneos, porque lo que sucede hoy en la vida espiritual externa es, en su mayor parte, demasiado insignificante para atraer el lado más profundo de un observador serio. Por ejemplo, en Berlín, durante las últimas semanas, era imposible pasar por una columna de carteles sin ver avisos de una conferencia titulada "¿Vivió Jesús?". Probablemente todos ustedes saben que lo que llevó a que este tema se discutiera como se ha hecho en los círculos más amplios -a veces con armas muy radicales- fue la opinión anunciada por un profesor alemán de Filosofía, el doctor Arthur Drews, discípulo de Edouard Hartmann, autor de La filosofía de lo desconocido y, más especialmente, de El mito de Cristo. El contenido de este último libro se ha dado a conocer más ampliamente por la conferencia pronunciada por el profesor Drews aquí en Berlín, bajo el título: "¿Vivió Jesús?".
Por supuesto, no es mi tarea entrar en los detalles de esa conferencia. Sólo expondré sus ideas principales. El autor de El mito de Cristo, un filósofo moderno que puede suponerse que representa la ciencia y el pensamiento de la época, busca en los diversos registros de la antigüedad que supuestamente ofrecen pruebas históricas de que cierta persona llamada Jesús de Nazaret vivió al principio de nuestra era. A continuación, con la ayuda de lo que la ciencia y la crítica han demostrado, intenta reducir el resultado de todo esto a algo parecido a la siguiente pregunta: "¿Son los distintos Evangelios registros históricos que demuestran que Jesús vivió?" Toma todo lo que la Teología Moderna tiene que decir, y luego trata de demostrar que ninguno de los Evangelios puede ser un registro histórico y que por medio de ellos es imposible demostrar que Jesús vivió alguna vez. También intenta demostrar que ninguno de los otros registros de naturaleza puramente histórica que posee el hombre son determinantes, y que no se puede deducir nada concluyente sobre un Jesús histórico a partir de ellos.

Ahora bien, todos los que se han ocupado de esta cuestión saben que, considerada puramente desde un punto de vista externo, la clase de observación practicada por el profesor Drews tiene mucho a su favor, y viene a ser una especie de resultado de la crítica teológica moderna. No voy a entrar en detalles, porque hoy en día no tiene ninguna importancia que alguien que ha estudiado el lado filosófico de la ciencia afirme que no existe ningún documento histórico que demuestre que Jesús vivió, porque los únicos documentos que supuestamente lo hacen no son fidedignos. Drews y todos los que piensan como él se rigen por lo que nos ha llegado del apóstol Pablo. (En los últimos tiempos hay incluso gente que duda del carácter genuino de todas las epístolas paulinas, pero como el autor de El mito de Cristo no llega a tanto, no hace falta que entremos en ello). Drews dice de San Pablo que no basa sus afirmaciones en un conocimiento personal de Jesús de Nazaret, sino en la revelación que recibió en el suceso de Damasco. Sabemos que esto es absolutamente cierto. Pero ahora Drews llega a la siguiente conclusión: "¿Qué concepto de Cristo tenía San Pablo? Formó el concepto de un Cristo puramente Espiritual, que puede morar en cada alma humana, por así decirlo, y puede realizarse dentro de cada uno. San Pablo no afirma en ninguna parte la necesidad de que el Cristo, al que consideraba como un Ser puramente Espiritual, haya estado presente en un Jesús cuya existencia no puede probarse históricamente. Por lo tanto, se puede decir: que nadie sabe si un Jesús histórico vivió o no; que el concepto de Cristo de San Pablo es un concepto puramente espiritual, que simplemente reproduce lo que puede vivir en cada alma humana como un impulso hacia la perfección, como una especie de Dios en el hombre". El autor de El mito de Cristo señala además que ya existían ciertas concepciones -similares a la idea que los cristianos tienen de Jesucristo- sobre una especie de Jesús precristiano, y que varios pueblos orientales tenían el concepto de un Mesías. Esto obliga a Drews a preguntarse: "¿Cuál es entonces realmente la diferencia entre la idea de Cristo que tenía San Pablo [y que Drews no intenta negar], - cuál es la diferencia entre la imagen de Cristo que San Pablo tenía en su corazón y en su alma, y la idea del Mesías ya existente?". Drews continúa diciendo: "Antes de la época de San Pablo, los hombres tenían una imagen crística de un Dios, una imagen mesiánica de un Dios, que no se hizo hombre, que no descendió hasta la condición de hombre individual; incluso celebraban su sufrimiento, muerte y resurrección como procesos simbólicos en sus diversos festivales y misterios; pero una cosa no poseían: no hay constancia de que un hombre individual hubiera pasado realmente por el sufrimiento, la muerte y la resurrección en la tierra física". El autor de El mito de Cristo se pregunta ahora: "¿Hasta qué punto hay algo nuevo en San Pablo? ¿Hasta qué punto llevó él más lejos la idea de Cristo?
El propio Drews responde: "El avance hecho por San Pablo sobre las concepciones anteriores es que no representa a un Dios revoloteando en las regiones superiores, sino a un Dios que se hizo hombre individual". Ahora quiero que tomen nota de esto: Según el autor de El mito de Cristo, Pablo representa a un Cristo que realmente se hizo hombre. Pero lo extraño es esto: Se supone que San Pablo se detuvo ante esa idea. Se supone que captó la idea de un Cristo que realmente se hizo hombre, ¡aunque, según él, Cristo nunca existió como tal! Por lo tanto, se supone que San Pablo dice que la idea más elevada posible es la de un Dios, un Cristo, que no sólo flota en las regiones superiores, sino que ha descendido a la tierra y se ha hecho hombre; pero nunca se le pasó por la cabeza que este Cristo viviera realmente en la tierra en un ser humano. Esto significa que el autor de El mito de Cristo atribuye a San Pablo una concepción de Cristo que, para el pensamiento sano, es una burla. A San Pablo se le hace decir: 'Cristo ciertamente debe haber sido un hombre individual, pero aunque yo lo predico, niego su existencia en cualquier sentido histórico'.

Este es el núcleo en torno al cual gira todo el tema; realmente no se necesita mucha erudición teológica o crítica para refutarlo; sólo es necesario enfrentarse al profesor Drews como filósofo. Porque su concepto de Cristo no puede sostenerse. El concepto paulino de Cristo, en el sentido en que lo entiende Drews, no puede mantenerse sin aceptar al Jesús histórico. El propio libro del profesor Drews exige la existencia del Jesús histórico. Por lo tanto, parece que en la actualidad se puede aceptar un libro en los círculos más amplios y considerarlo como una obra seria y científica, ¡que se centra en una contradicción tal que convierte toda lógica interna en una burla! ¿Es posible en estos tiempos que el pensamiento humano transite por caminos tan torcidos? ¿Cuál es la razón de ello? Cualquiera que desee comprender claramente el desarrollo de la humanidad debe encontrar la respuesta a esa pregunta.

La razón es que lo que los hombres creen o piensan en un período dado, no es el resultado de su pensamiento lógico, sino de sus sentimientos y sensaciones; creen y piensan lo que desean pensar. En particular, aquellos que están preparando el concepto de Cristo para la era venidera sienten un fuerte impulso de excluir de sus corazones todo lo que se encuentra en los antiguos registros externos - y, sin embargo, también sienten el impulso de probar todo por medio de tales documentos externos. Estos, sin embargo, considerados desde un punto de vista puramente material, pierden su valor tras un lapso de tiempo definido. A Shakespeare le llegará el momento, como a Honker, de que se intente demostrar que el Goethe histórico nunca existió. Con el tiempo, los registros históricos deben perder su valor desde el punto de vista material. ¿Qué es necesario entonces, viendo que ya estamos viviendo en una época en la que el pensamiento de sus representantes más prominentes es tal que tienen un impulso en sus corazones que les empuja hacia la negación del Cristo histórico? ¿Qué es necesario como nuevo impulso de la vida espiritual? Es necesario que se dé la posibilidad de comprender al Jesús histórico de un modo espiritual. ¿De qué otra manera se puede expresar este hecho?
Como todos sabemos, San Pablo partió del Evento de Damasco. También sabemos que para él ese Evento fue la gran revelación, mientras que todo lo que había oído en Jerusalén, -en el plano físico, como información directa-, no había podido convertir a un Saulo en San Pablo. Lo que le convenció fue la revelación de Damasco desde los mundos espirituales. Sólo a través de ella surgió realmente el cristianismo, y a través de ella San Pablo obtuvo el poder de proclamar al Cristo. ¿Pero obtuvo una idea puramente abstracta, que en sí misma podría ser contradicha? Estaba convencido, por lo que había visto en los mundos espirituales, de que Cristo había vivido en la tierra, había sufrido, muerto y resucitado. Si Cristo no resucitó, vana es mi enseñanza", dijo San Pablo con toda razón. No recibió de los mundos espirituales la mera idea, el concepto de Cristo, sino que se convenció a sí mismo de la realidad del Cristo que murió en el Gólgota. Para él eso era la prueba del Jesús histórico.

¿Qué es necesario entonces, ahora que se acerca el tiempo en que, como resultado del materialismo de la época, los registros históricos están perdiendo su valor, cuando todo el mundo puede demostrar fácilmente que estos registros no pueden resistir la crítica, de modo que nada puede ser probado externa e históricamente? Es necesario que la gente aprenda que Cristo puede ser reconocido como el Jesús histórico sin ningún tipo de registros externos, que a través de una formación adecuada el Acontecimiento de Damasco puede ser renovado en cada ser humano y, de hecho, en un futuro próximo será renovado para la humanidad en su conjunto, por lo que es absolutamente posible estar convencido de la existencia de un Jesús histórico. Esa es la nueva vía por la que el mundo debe encontrar el camino hacia Él. No importa si los hechos ocurridos fueron correctos o incorrectos, lo importante es que ocurrieron. No tiene importancia que un libro como El Mito de Cristo contenga ciertos errores, lo que importa es que ¡se pudo escribir! Demuestra que son necesarios métodos muy diferentes para que Cristo permanezca con la humanidad; para que sea redescubierto.

Un hombre que piensa en la humanidad y en sus necesidades y en cómo se expresan externamente las almas de los hombres, no adoptará el punto de vista de decir: '¿Qué me importan esas personas que piensan de otra manera? Tengo mis propias convicciones, me bastan'. La mayoría de la gente no se da cuenta del terrible egoísmo que subyace a tales palabras. No fue el resultado de una idea, de un ideal exterior, ni de ninguna predilección personal, el que surgiera un movimiento a través del cual la gente pudiera aprender que es posible encontrar el camino hacia el mundo espiritual, y que, entre otras cosas, Cristo mismo también puede encontrarse allí. Este movimiento surgió en respuesta a una necesidad que surgió en el transcurso del siglo XIX, que debe fluir desde los mundos espirituales en el mundo físico, las posibilidades, por medio del cual los hombres serán capaces de obtener la verdad espiritual en un nuevo tipo de forma, la vieja manera de haber muerto. En el transcurso del pasado invierno, ¿no hemos dado testimonio de lo provechoso que puede ser este nuevo camino?

Hemos insistido repetidamente en el hecho de que lo primero para nosotros en nuestro movimiento no es tomar partido por ningún registro o documento externo, sino ante todo indagar: ¿Qué se revela a la conciencia clarividente cuando se asciende a los mundos espirituales? Si, por alguna catástrofe, se perdieran todas las pruebas históricas del Jesús histórico de los Evangelios y de las Epístolas de San Pablo, ¿qué nos diría la conciencia espiritual independiente? ¿Qué aprendemos sobre los mundos espirituales en el camino que cada uno puede recorrer cualquier día y a cualquier hora? Se nos dice: 'En los mundos espirituales encontraréis al Cristo, aunque no sepáis nada históricamente del hecho de que estuvo en la tierra al principio de nuestra era'.

El hecho que debe establecerse una y otra vez mediante una renovación del Acontecimiento de Damasco es que existe una prueba original de la personalidad histórica de Jesús de Nazaret. Del mismo modo que a un escolar no se le dice que debe creer que los tres lados de un triángulo suman ciento ochenta grados simplemente porque en la antigüedad eso se establecía como un hecho, sino que se le obliga a demostrarlo por sí mismo, así nosotros, hoy en día, no sólo atestiguamos desde una conciencia espiritual que Cristo siempre ha existido, sino también que el Jesús histórico puede encontrarse en los mundos espirituales, que Él es una realidad, y que era una realidad en la misma época de la que habla la tradición.

Hemos ido más allá y hemos mostrado que lo que establecimos por percepción espiritual sin los Evangelios, debe ser redescubierto dentro de ellos. Entonces sentimos un profundo respeto y reverencia por los Evangelios, porque volvemos a encontrar en ellos lo que encontrábamos en los mundos espirituales independientemente de ellos. Ahora sabemos que deben haber provenido de las mismas fuentes de iluminación suprasensible de las que debemos nutrirnos hoy en día; sabemos que deben ser registros de los mundos espirituales.
El propósito de lo que llamamos el movimiento teosófico es hacer posible tal método de observación, hacer posible que la vida espiritual desempeñe su papel en la ciencia humana. Para que esto pudiera ocurrir, el estímulo para ello tenía que ser dado por la Sociedad Teosófica. Este es un aspecto de la cuestión. La otra es que este estímulo tuvo que ser dado en un momento que era el menos maduro para ello. Esto se demuestra por el hecho de que hoy, (1912) treinta años después del nacimiento del movimiento teosófico, la historia del Jesús no histórico todavía perdura. ¿Cuánto se sabe, fuera de este movimiento, de la posibilidad de que el Jesús histórico sea descubierto de otra manera que no sea a través de los documentos externos? Lo que se estaba haciendo en el siglo XIX aún continúa: se está socavando la autoridad de los documentos religiosos. Así, mientras que existía la mayor necesidad de que esta nueva posibilidad fuera dada a la humanidad - por otro lado los preparativos hechos para su recepción fueron los más pequeños concebibles. ¿Creemos acaso que nuestros filósofos modernos están particularmente preparados para recibirla? Lo poco preparados que están los filósofos del siglo XX puede verse por el concepto que tienen del Cristo de San Pablo. Cualquiera que conozca la vida científica sabe que éste es el gran y último resultado del materialismo que se ha estado preparando durante siglos: aunque afirma que desea elevarse por encima del materialismo, el modo de pensamiento que prevalece en la ciencia no ha progresado más allá del que está en vías de extinción. La ciencia, tal como existe hoy, es ciertamente una fruta madura, pero una fruta que debe sufrir el destino de todas las frutas maduras; debe comenzar a descomponerse. Nadie puede afirmar que pueda dar un nuevo impulso a la renovación de su modo de pensar o de sus métodos para llegar a conclusiones. Cuando pensamos en esto nos damos cuenta, aparte de todas las demás consideraciones, del peso del estímulo dado a través de H. P. Blavatsky; - no importa cuáles puedan ser nuestras opiniones sobre sus capacidades y los detalles de su vida, ella fue el instrumento para dar el estímulo; y demostró ser plenamente competente para el propósito, - Nosotros que estamos tomando parte en la celebración de un día como éste, como miembros de la Sociedad Teosófica, estamos en una posición muy peculiar. Estamos celebrando un festival personal, dedicado a una persona. Ahora bien, aunque la creencia en la Autoridad es ciertamente una cosa peligrosa en el mundo externo, sin embargo allí el peligro se reduce a causa de los celos y la envidia que desempeñan un papel tan grande; aunque la reverencia de unas pocas personas se manifiesta exteriormente, y con bastante fuerza, por la quema de incienso, sin embargo el egoísmo y la envidia tienen un poder considerable sobre ellas. En el movimiento teosófico el peligro de daño a través de la adoración de la personalidad y la creencia en la Autoridad es particularmente grande. Estamos, por lo tanto, en una posición muy peculiar cuando celebramos un festival dedicado a una personalidad. No sólo las costumbres de la época, sino también el asunto en sí nos coloca en una posición difícil, porque las revelaciones de los mundos superiores siempre deben venir por el camino de la personalidad. Las personalidades deben ser las portadoras de las revelaciones y sin embargo debemos tener cuidado de no confundir las primeras con las segundas. Debemos recibir las revelaciones a través de una personalidad, y la pregunta que se repite constantemente sobre si es digna de confianza, es muy natural. "¡Lo que hicieron tal o cual día no armoniza con nuestras ideas! ¿Podemos, por tanto, creer en todo el asunto?".
Esto forma parte de cierta tendencia de nuestro tiempo, que podemos describir como falta de devoción a la verdad. Cuántas veces en la actualidad oímos hablar de un caso en el que alguna persona prominente puede agradar al público; durante una o más décadas lo que él o ella hace puede ser bastante satisfactorio, ya que el público es demasiado perezoso para investigar el asunto por sí mismo. Algunos años después, si se descubre que la vida privada de esta persona no es todo lo buena que podría ser y está abierta a sospechas, el ídolo se cae al suelo. Si esto es correcto o no, no es lo importante. La cuestión es que debemos adquirir el sentimiento de que, aunque la persona en cuestión sea el medio por el que nos llega la vida espiritual, es nuestro deber comprobarlo por nosotros mismos y, de hecho, probar a la persona por la verdad, en lugar de probar la verdad por la persona. Especialmente esa debería ser nuestra actitud en el movimiento teosófico: rendimos el mayor respeto a una personalidad si no la gravamos con la creencia en la Autoridad, como la gente es tan aficionada a hacer, porque sabemos que la actividad de esa personalidad después de la muerte sólo se transfiere al mundo espiritual. Estamos justificados al decir que la actividad de H. P. Blavatsky aún continúa, y nosotros, dentro del movimiento que ella instigó, podemos promover esa actividad o dañarla. Sobre todo la perjudicamos si creemos ciegamente en ella, jurando por lo que pensaba cuando vivía en el plano físico, y creyendo ciegamente en su autoridad. La veneramos y ayudamos más si somos plenamente conscientes de que ella proporcionó el estímulo para un movimiento que se originó a partir de una de las necesidades más profundas de la evolución humana. Mientras vemos que este movimiento tenía que llegar, le atribuimos a ella el estímulo; pero han pasado muchos años desde entonces y debemos demostrar que somos dignos de su obra, reconociendo que lo que entonces se inició debe ahora llevarse más lejos. Admitimos que tuvo que ser instigado por ella, pero no nos permitas hurgar en sus asuntos privados, especialmente en estos momentos. Conocemos el significado del impulso que ella dio, pero sabemos que sólo representa muy imperfectamente lo que está por venir. Cuando recordamos todo lo que ha sido puesto ante nuestras almas durante el pasado invierno, no podemos sino decir: Lo que Madame Blavatsky comenzó es ciertamente de profunda e incisiva importancia, pero ¡cuán inconmensurable es todo lo que no pudo lograr en ese acto introductorio suyo! Lo que se acaba de decir de la necesidad del Movimiento Teosófico para la experiencia de Cristo estaba completamente oculto para Blavatsky. Su tarea era señalar los gérmenes de la verdad en las religiones de los pueblos arios; la comprensión de las revelaciones dadas en el Antiguo y Nuevo Testamento le fue negada. Honramos la obra positiva realizada por esta Personalidad y no nos referiremos a todo lo que no pudo hacer, a todo lo que le fue ocultado y que ahora debemos aportar. Cualquiera que se deje estimular por H. P. Blavatsky y desee ir más lejos que ella, dirá: Si el estímulo dado por ella en el Movimiento Teosófico ha de ser llevado más lejos, debemos alcanzar una comprensión del Acontecimiento-Cristo.
El movimiento teosófico primitivo no logró captar la vida religiosa y espiritual del Antiguo y del Nuevo Testamento; por eso todo está fuera de lugar en este primer movimiento, y el Movimiento Teosófico tiene la tarea de hacer esto bien y de agregar lo que no se dio al principio. Si interiormente sentimos estos hechos, son como una reivindicación, hecha por nuestra conciencia teosófica.

Por lo tanto, visualizamos a H. P. Blavatsky como la portadora de una especie de amanecer de una nueva luz; ¡pero de qué serviría esa luz si no fuera para iluminar lo más importante que la humanidad ha poseído jamás! Una Teosofía que no proporcione los medios para comprender el Cristianismo es absolutamente inútil para nuestra civilización actual; pero si se convirtiera en un instrumento para la comprensión del Cristianismo, entonces estaríamos haciendo el uso correcto del instrumento. Si no hacemos esto, si no utilizamos el impulso dado por H. P. Blavatsky para este propósito, ¿qué estamos haciendo? ¡Estamos deteniendo la actividad de su espíritu en nuestra época! Todo está en desarrollo, incluso el espíritu de Blavatsky. Su espíritu está trabajando ahora en el mundo espiritual para promover el progreso del Movimiento Teosófico; pero si nos sentamos frente a ella y al libro que escribió, diciendo: "Te levantaremos un monumento que consistirá en tus propios trabajos", ¿quién está atando su espíritu a la tierra? ¿Quién la condena a no progresar más allá de lo que estableció en la tierra? Nosotros mismos. Reverenciamos y reconocemos su valor si, al igual que ella fue más allá de su tiempo, nosotros también vamos más lejos que ella, mientras la gracia que rige el desarrollo del mundo siga concediendo revelaciones espirituales del mundo espiritual.

Esto es lo que ponemos hoy ante nuestras almas como una cuestión de conciencia, y después de todo esto está más de acuerdo con los deseos de nuestro camarada H. C. Olcott, el primer Presidente de la Sociedad Teosófica, quien también ha pasado ahora al mundo espiritual. Inscribamos esto en nuestras almas hoy, porque es precisamente a través de la falta de conocimiento de la vida Teosófica viviente que todos los lados sombríos del movimiento Teosófico han surgido. Si el movimiento teosófico llevara a cabo su gran impulso original, sin debilitarse, y con una conciencia santa, poseería la fuerza para expulsar del campo todas las influencias dañinas que, con el paso del tiempo, ya han entrado, así como otras que ciertamente vendrán. Esto es algo que debemos hacer muy seriamente: debemos continuar desarrollando el impulso. En muchos lugares vemos hoy a teósofos que piensan que están haciendo un buen trabajo, y que se sienten muy felices de poder decir: '¡Ahora estamos haciendo algo que está en conformidad con la ciencia externa! Cuán agradable es para muchos teósofos importantes poder señalar que aquellos que estudian varias religiones confirman lo que ha venido del mundo espiritual; mientras que fallan al observar que es justamente este modo no espiritual de comparación el que debe ser superado. Por ejemplo, la Teosofía está en estrecho contacto con los pensamientos que condujeron a la negación del Jesús histórico y, de hecho, existe una cierta relación entre ellos. Originalmente, la Teosofía sólo clasificaba al Jesús histórico con otros fundadores de la religión. A Blavatsky nunca se le ocurrió negar al Jesús histórico; aunque ciertamente lo situó cien años antes. No negó su existencia, pero no reconoció a Cristo-Jesús; aunque instigó el movimiento en el que algún día podría ser conocido, ella misma no fue capaz de reconocerlo. En esto, el primer estado del movimiento teosófico coincide extrañamente con lo que hacen hoy en día los que niegan al Jesús histórico.
Por ejemplo, el profesor Drews señala que los sucesos que precedieron al acontecimiento del Gólgota también pueden encontrarse en los relatos de los antiguos dioses, por ejemplo en el culto a Adonis o Tammuz, en el sentido de que hay un Dios-héroe sufriente, un Dios-héroe moribundo y un Dios-héroe resucitado, etcétera. Siempre se presenta lo que contienen las diversas tradiciones religiosas y se saca la siguiente conclusión: se habla de un Jesús de Nazaret, que sufrió, murió y resucitó y que era el Cristo; pero se ve que otros pueblos también adoraban a un Adonis, a un Tammuz, etc. Se insiste constantemente en la semejanza con uno de los antiguos dioses, al referirse a los sucesos de Palestina.

Esto también se hace en nuestro movimiento teosófico. La gente no se da cuenta de que comparar las religiones de Adonis o Tammuz con los sucesos de Palestina no prueba nada. Les mostraré mediante un ejemplo en qué fallan tales comparaciones; en la superficie pueden funcionar bien, pero hay un gran defecto en ellas. Supongamos que un funcionario que vivía en 1910 llevaba un determinado uniforme como signo externo de su actividad oficial; y que en 1930 un hombre totalmente distinto llevara el mismo uniforme. No será el uniforme sino el individuo que lo lleva el que determine la eficacia del trabajo que realiza. Ahora bien, supongamos que en el año 2090 un historiador se presenta y dice: "He comprobado que en 1910 vivía un hombre que llevaba un abrigo, un chaleco y unos pantalones determinados y, además, que en 1930 se llevaba el mismo uniforme, vemos, por tanto, que el abrigo, el chaleco y los pantalones se han trasladado y que en ambas ocasiones tenemos ante nosotros al mismo ser".

Tal conclusión sería, por supuesto, insensata, pero no más que decir que en las religiones de Asia Menor encontramos a Adonis o Tammuz sufriendo y muriendo y resucitando, ¡y que encontramos lo mismo en Cristo! El punto no es que el sufrimiento, la muerte y la resurrección fueron experimentados, ¡el punto es por Quién fueron experimentados! El sufrimiento, la muerte y la resurrección son como un uniforme en el desarrollo histórico del mundo, y no debemos señalar el uniforme que encontramos en las leyendas, sino las individualidades que lo vistieron. Es cierto que las individualidades, para que los hombres pudieran comprenderlas, han realizado, por así decirlo, actos crísticos que demuestran que ellos también podían realizar los actos de un Tammuz, por ejemplo; pero cada vez había un ser diferente detrás de los actos. Por lo tanto, todas las comparaciones de religiones que demuestran que la figura de Sigfrido corresponde a la de Baldur, Baldur a Tammuz y así sucesivamente, no son más que una señal de que las leyendas y los mitos adoptan ciertas formas en determinados pueblos. Cuando tratamos de adquirir conocimientos sobre el hombre, estas comparaciones no tienen más valor que el que tendría señalar que una determinada especie de uniforme se utiliza más tarde para el mismo oficio. Ese es el error fundamental que prevalece en todas partes, incluso en el movimiento teosófico, y no es más que el resultado del hábito materialista del pensamiento.
La voluntad y el testamento de Blavatsky sólo se cumplirán si el movimiento teosófico es capaz de cultivar y preservar la vida del espíritu, -si mira al espíritu que se muestra a sí mismo, y no en los libros que alguien pueda haber escrito. El espíritu debe cultivarse entre nosotros. No nos limitaremos a estudiar libros escritos hace siglos, sino que desarrollaremos de forma viva el espíritu que nos ha sido dado. Seremos una unión de personas que no creen simplemente en libros o en individuos, sino en el espíritu vivo; que no se limitan a hablar de que H. P. Blavatsky partió del plano físico y continuó viviendo después de su muerte, sino que creen de una manera tan viva en lo que ha sido revelado a través de la Teosofía, que su vida en el plano físico no puede convertirse en un obstáculo para la ulterior actividad suprasensible de su espíritu.

Sólo cuando pensemos en ella de esa manera será útil el movimiento teosófico, y sólo cuando se encuentren en la tierra hombres y mujeres que piensen de esa manera, podrá H. P. Blavatsky hacer algo por el movimiento. Para ello es necesario que se realicen más investigaciones espirituales, y sobre todo que la gente aprenda lo que se afirmó en la última conferencia pública: - que la humanidad está en proceso de desarrollo y que algo aproximado a la conciencia surgió en la época de Jesucristo; que tales cosas surgen y son de importancia para toda la evolución. En un determinado momento surgió la conciencia; antes de ese momento era una cosa totalmente diferente, y volverá a ser diferente después de que el alma del hombre se haya desarrollado durante algún tiempo más a la luz de la conciencia. Ya hemos indicado cómo se modificará en el futuro.

Como paralelo a la aparición del Acontecimiento de Damasco un gran número de personas en el curso del siglo XX experimentarán algo parecido a lo siguiente: Tan pronto como hayan actuado de alguna manera, aprenderán a contemplar su acto; se volverán más reflexivos, tendrán una imagen interior del acto. Al principio sólo unas pocas personas experimentarán esto, pero el número aumentará continuamente durante los próximos dos o tres mil años. Tan pronto como hayan hecho algo, la imagen estará allí; al principio no sabrán lo que es, pero los que han estudiado Teosofía dirán: "¡Esto es una imagen! No es un sueño, es una imagen que muestra el cumplimiento kármico del acto que acabo de cometer. Algún día esto tendrá lugar como el cumplimiento, el equilibrio kármico de lo que acabo de hacer". Esto comenzará en el siglo XX. El hombre empezará a desarrollar la facultad de ver ante sí la imagen de un acto lejano, aún no realizado. Se mostrará como una contrapartida interior de su acción, su cumplimiento kármico, que algún día tendrá lugar. Entonces el hombre podrá decir: "Ahora se me ha mostrado lo que tendré que hacer para compensar lo que acabo de hacer, y nunca podré llegar a ser perfecto hasta que haya hecho esa compensación". El karma dejará entonces de ser una mera teoría, porque esta imagen interior será experimentada.
Estas facultades son cada vez más frecuentes; se desarrollan nuevas capacidades; pero las antiguas son los gérmenes de las nuevas. ¿Qué hará posible que a los hombres se les muestren las imágenes kármicas? Será el resultado de que el alma haya permanecido durante algún tiempo a la luz de la conciencia. Lo más importante para el alma no son las diversas experiencias físicas externas que pueda tener, sino su progreso hacia la perfección. Con la ayuda de la conciencia, el alma se prepara ahora para lo que acabamos de describir. Cuantas más encarnaciones tenga un hombre, durante las cuales cultive y perfeccione su conciencia, tanto más hará para adquirir esa facultad superior a través de la cual, en forma de visión espiritual, la voz de Dios volverá a hablarle, la voz de Dios que antes se experimentaba de un modo diferente. Æschylos todavía representaba a su Orestes teniendo ante sí una visión de lo que habían provocado sus malas acciones; se veía obligado a ver los resultados de estas acciones en el mundo exterior. La nueva capacidad en curso de desarrollo para el alma es tal que los hombres verán los efectos de sus actos en imágenes del futuro. Esta es la nueva etapa. El desarrollo sigue su curso en ciclos, siguiendo un movimiento circular, y lo que el hombre poseía en su visión más antigua vuelve de nuevo en una nueva forma.

A través del conocimiento del mundo espiritual nos preparamos realmente para despertar de la manera correcta en nuestra próxima encarnación, y este conocimiento también nos ayuda a trabajar de la manera correcta para aquellos que vendrán después de nosotros. Por esta razón, la Teosofía no es en sí misma un movimiento egoísta, pues no se preocupa de lo que beneficia únicamente al individuo, sino de lo que contribuye al progreso de toda la humanidad.

Hemos preguntado en dos ocasiones: ¿Qué es la conciencia? Hoy también nos hemos preguntado: "¿En qué se convertirá la conciencia que ahora se desarrolla? ¿Cómo se encuentra la conciencia, si la consideramos como una semilla en la época que estamos atravesando? ¿Cuál será el resultado de la acción de esta semilla de conciencia? - Las facultades superiores que acabamos de describir". Es muy importante que creamos en la evolución del alma, de encarnación en encarnación, de edad en edad. Aprendemos eso, cuando aprendemos a comprender el verdadero cristianismo. En este sentido, todavía tenemos mucho que aprender de San Pablo. En todas las religiones orientales, incluso en el budismo, se encuentra la doctrina de que "el mundo exterior es Maya". Así es; y en Oriente eso se establece como verdad absoluta. San Pablo señala la misma verdad y la afirma enfáticamente. Al mismo tiempo, San Pablo subraya algo más: "El hombre no ve la verdad cuando mira con sus ojos; no ve la realidad cuando mira lo que está fuera". ¿Por qué? Porque, en su descenso a la materia, él mismo transfundió la realidad externa con ilusión. Es el hombre mismo, mediante su propio acto, quien hizo del mundo exterior una ilusión'. Tanto si se llama a esto la Caída, como hace la Biblia, como si se le da cualquier otro nombre, es culpa del propio hombre que el mundo exterior aparezca ahora como una ilusión. Las religiones orientales atribuyen la culpa a los dioses. Golpéate el pecho", dice San Pablo, "porque has descendido y has oscurecido tanto tu visión que el color y el sonido ya no parecen espirituales. ¿Crees que el color y el sonido existen materialmente? Son maya. Tú mismo los has hecho maya. Tú, hombre, debes liberarte de esto; ¡debes readquirir lo que has eliminado! Has descendido a la materia y ahora debes liberarte de ella y liberarte, aunque no del modo aconsejado por Buda: ¡Libérate del anhelo de la existencia! No. Debes mirar la vida en la tierra en su verdadera luz. Lo que tú mismo has reducido a Maya, eso debes restaurar dentro de ti - Esto lo puedes hacer tomando dentro de ti la fuerza Crística, que te mostrará el mundo exterior en su realidad".
He aquí un gran impulso para la vida de los países occidentales, un nuevo impulso que aún dista mucho de haber llegado a todas partes. ¿Qué sabe hoy el mundo del hecho de que en una parte del mismo se esté intentando crear una "teoría del conocimiento" en el sentido de San Pablo? Tal teoría no podría alarmar como lo hace Kant: "La cosa en sí es incomprensible". Tal teoría del conocimiento sólo podría decir: "Te incumbe a ti, oh hombre; a través de lo que eres ahora, estás produciendo una realidad falsa. Debes pasar por un proceso interior. Entonces Maya se transformará en verdad, en realidad espiritual". La tarea de mis dos libros, Verdad y Ciencia y Filosofía de la Actividad Espiritual, era poner la teoría del Conocimiento sobre una base paulina. Ambos libros se centran en lo que constituye el gran logro de la concepción paulina del hombre en el mundo occidental. La razón por la que estos libros son tan poco comprendidos, o a lo sumo en los círculos teosóficos, es porque suponen la hipótesis de todo el impulso que ha encontrado expresión en el movimiento teosófico. ¡Lo más grande debe ser visto en lo más pequeño!

A través de consideraciones como éstas, que nos elevan por encima de los límites de nuestra estrecha humanidad, y nos muestran cómo, en nuestro pequeño trabajo cotidiano, podemos vincularnos a aquello que va de etapa en etapa, de vida en vida, conduciéndonos cada vez más hacia la existencia espiritual, - al reflexionar sobre esto nos convertiremos en buenos teósofos. Es justo que nos dediquemos a pensamientos como estos, en un día dedicado a una personalidad que dio el estímulo a un movimiento que vivirá y seguirá viviendo, que no debe permanecer como una mera teoría incolora, sino que debe tener la savia de la vida en su interior, para que el árbol de la concepción teosófica del mundo pueda renovar constantemente su verdor.

En este espíritu, esforcémonos por hacernos capaces de preparar un campo en el movimiento teosófico en el que el impulso de Blavatsky no se vea obstaculizado ni detenido, sino que progrese hacia más allá.
Traducido por J.Luelmo abr.2023