martes, 14 de julio de 2026

Valentin Tomberg, Meditaciones sobre el tarot - carta III La Emperatriz

  Valentin Tomberg

Meditaciones sobre el tarot.

Un viaje a los orígenes del hermetismo cristiano.


LA EMPERATRIZ




«He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Lc 1, 38






Querido amigo desconocido,

El tercer arcano, La Emperatriz, es el arcano de la magia sagrada.

Solo existen tres tipos de magia: la sagrada —aquella en la que el mago es un instrumento del poder divino—; la personal —aquella en la que él mismo es la fuente de la acción mágica—; y, por último, la brujería —la magia en la que el mago se convierte en un instrumento de las fuerzas elementales u otras fuerzas subconscientes—. La doctrina del Tercer Arcano pertenece precisamente a la magia sagrada, o divina, en el sentido que indica su ubicación entre el Segundo y el Cuarto Arcano, así como el propio contexto de la imagen correspondiente en la carta.

Cualquier tipo de magia, incluida la brujería, es la aplicación práctica de lo siguiente: lo sutil gobierna lo burdo; la fuerza, la materia; la conciencia, la fuerza; y, por último, la supraconciencia, o lo Divino, la conciencia. Es precisamente esta última relación entre los niveles de poder la que simboliza la Emperatriz. Su corona, su cetro y su escudo (o blasón) son los tres instrumentos para ejercer ese poder. La corona que lleva en la cabeza indica el poder de lo Divino sobre la conciencia; la mano derecha (en imagen especular), en la que sostiene el cetro, coronado por una cruz fijada sobre una esfera dorada, representa el poder de la conciencia sobre la fuerza; mientras que la mano izquierda, en la que sostiene el escudo con la imagen de un águila, simboliza el poder de la energía sobre la materia, o el poder de lo espiritual sobre lo material.

La corona simboliza la consagración divina de la magia. Solo aquella magia que ha sido coronada desde lo alto no constituye una usurpación de poder. Gracias a la corona, adquiere legitimidad. El cetro representa el poder mágico, la autoridad mágica de la que, gracias a él, está investida la Emperatriz. El escudo con la imagen del águila señala el punto de aplicación, el objetivo de ese poder mágico; es su emblema y su lema, que reza: «Liberación para la elevación». Por último, el trono inquebrantable en el que se asienta la Emperatriz simboliza el lugar indiscutible e intocable que ocupa la magia en la vida espiritual, psíquica y natural, lo cual queda confirmado por la consagración divina, o la corona, la realidad de su poder, o el cetro, así como por el objetivo que persigue, indicado por el escudo. Tal es el papel de la magia en el mundo.

Analicemos ahora con más detalle los atributos de la Emperatriz —la corona, el cetro, el escudo (o blasón) y el trono—, entendiéndolos como símbolos del derecho divino, el poder, el objetivo y el papel de la magia.

En primer lugar, a diferencia de la Suma Sacerdotisa, la Emperatriz lleva una corona en lugar de una tiara: la corona no tiene tres niveles, sino dos. Esto significa que la dignidad o las funciones que esta corona simboliza o confiere se refieren a dos esferas, a dos aspectos de aplicación. La Suma Sacerdotisa, que personifica la Gnosis, está coronada con una tiara, ya que su misión es transmitir a través de los tres planos la revelación, o «libro», es decir, la tradición. La magia, por su parte, está coronada por una corona, ya que su misión es la sublimación de la Naturaleza, tal y como simboliza el escudo (o blasón) que sostiene la Emperatriz, con la imagen de un águila en vuelo, a diferencia del libro que sostiene la Suma Sacerdotisa.

Josephin Péladan ofreció en su libro «Cómo convertirse en mago» la que quizá sea la definición ideal de la magia como «el arte de la sublimación del ser humano» (103: p. 135). Ese es precisamente el significado exacto del símbolo (o del objetivo) de la magia, si por «sublimación del ser humano» se entiende la naturaleza humana. Peladan penetró profundamente en el significado de este emblema que simboliza la magia —un escudo con la imagen de un águila en vuelo—; prueba de ello son todas sus obras, que en su conjunto representan un fascinante vuelo del pensamiento, y que, tanto en su totalidad como por separado, se orientan hacia el ideal de la sublimación de la naturaleza humana. No en vano Peladán eligió como emblema el símbolo de la magia: el águila en vuelo. ¿No es acaso este símbolo, que nos exhorta a «lanzar al viento las águilas de nuestros deseos» —pues la felicidad, «elevada al ideal, libre de los aspectos negativos de la personalidad humana y del mundo de las cosas... es el único triunfo de este mundo» (105: p. 112)—, el que debemos contemplar sin cesar? En esencia, este mismo símbolo —el escudo con el águila— se subyace también en la definición de magia que dio Papus: «la aplicación de la voluntad humana concentrada con el fin de acelerar la evolución de las fuerzas vitales de la naturaleza» (102: p. 10).

A esta definición le precede otra:

«La magia es la ciencia del amor» (102: p. 2).

Por lo tanto, es precisamente esta «evolución acelerada de las fuerzas vitales de la Naturaleza» lo que simboliza el águila en el escudo de la Emperatriz; la «ciencia del AMOR» es el cetro de la Emperatriz, que representa el medio mediante el cual se alcanza el objetivo de la magia.

Así pues, si el escudo significa el «¿qué?» de la magia y el cetro su «¿cómo?», la corona significa aquí «¿con qué derecho?».

Aunque la magia ya no figura en los códigos penales de nuestra época, la cuestión de su legitimidad y su legalidad sigue planteándose en el ámbito de la moral, la teología y la medicina. Hoy, al igual que en el pasado, el ser humano se pregunta: ¿existe alguna justificación moral para aspirar (por no hablar ya de poner en práctica) a ese poder excepcional que confiere autoridad sobre los semejantes? ¿no es acaso este tipo de pretensión un síntoma y una consecuencia de la vanidad, es decir, cómo es compatible, en general, con el papel que todos los cristianos sinceramente creyentes atribuyen a la gracia de Dios (independientemente de cómo se entienda esta: ya sea que nos llegue directamente o a través de los ángeles de la guarda y los santos, siervos del Señor) ? Por último, cabe preguntarse si tal pretensión no es testimonio de cierta patología, es decir, algo contrario a la naturaleza humana, que contradice los fundamentos de la religión y la metafísica y que, en última instancia, amenaza los límites hasta los que se puede llegar con impunidad en el camino hacia lo Desconocido.

Todas estas dudas y objeciones están plenamente justificadas. Por lo tanto, no se trata de refutarlas, sino de averiguar si existe una magia que esté libre de tales acusaciones; en otras palabras, si existe una magia legítima desde el punto de vista moral, religioso y médico.

Como argumento de partida, tomemos las siguientes palabras del Nuevo Testamento:

«Sucedió que Pedro, al recorrer todas las regiones, llegó también a los santos que vivían en Lida; allí encontró a un hombre llamado Eneas, que llevaba ya ocho años postrado en cama, paralítico. Pedro le dijo: «¡Eneas! Jesús Cristo te sana; levántate de tu lecho». Y él se levantó al instante» (Hechos 9:32-34).

He aquí un acto espiritual de curación cuya «legitimidad» es indudable: desde el punto de vista moral, se trata de un acto de la más pura misericordia; desde el punto de vista religioso, la curación se llevó a cabo en nombre de Jesucristo, y no en nombre del propio Pedro; desde el punto de vista de la medicina, se trata de una curación completa, inocua para la salud física o mental, a diferencia de muchos casos de curación a manos de curanderos. El factor que establece la legitimidad indiscutible de la curación de Eneas es, en primer lugar, el objetivo del acto de Pedro: devolver la capacidad de moverse a quien se había visto privado de ella; en segundo lugar, el medio mediante el cual se llevó a cabo la curación: la palabra, cuya naturaleza es la esencia de Jesucristo[1]; y, en tercer lugar, la fuente misma del acto: «¡Jesús Cristo te cura!».

Aquí se encuentran los tres componentes de la magia sagrada, gracias a los cuales esta adquiere legitimidad y en los que es fácil reconocer los tres atributos de la Emperatriz: la corona, el cetro y el emblema. Pues dar movimiento a lo inmóvil es un acto de liberación, simbolizado por el águila en el escudo; lograr la curación mediante la mera pronunciación de una palabra significa poner en acción el cetro coronado por una cruz; llevarla a cabo en nombre de Jesucristo significa coronar la curación con el poder divino.

Se podría objetar que la curación de Eneas no tiene nada que ver con la magia: es un milagro, es decir, una obra del Señor, y el hombre aquí no es nada.

¿Significa eso que el apóstol Pedro estaba allí en vano? Entonces, ¿por qué acude precisamente él a Eneas? ¿Por qué el acto divino de la curación no lo realiza Dios mismo, sin la mediación de Pedro?

No, Pedro no estaba allí en vano. Precisamente su presencia y su voz eran necesarias para que la curación pudiera tener lugar. ¿Cómo hay que entender esto?

La cuestión aquí planteada merece una profunda reflexión, pues en ella reside el misterio principal de la religión cristiana: el misterio de la Encarnación. En efecto, ¿por qué motivo el Logos, el Hijo de Dios, se encarna y se convierte en Dios-hombre, cuyo objetivo es llevar a cabo el acto más sublime de la magia divina: la redención de los pecados humanos?

¿Para humillarse y abajarse a sí mismo? Pero, siendo Dios, Él era la humildad misma. ¿Acaso para compartir el destino predestinado al hombre: el nacimiento, la vida y la muerte? Pero el Señor, que es amor, compartía, comparte y compartirá siempre el destino del hombre: Él tiembla de frío con todos los que tienen frío, sufre con todos los que padecen y experimenta la agonía con todos los que mueren. Quizá sepáis que en los monasterios de Oriente Próximo, en aquellos tiempos en que los corazones aún latían con fuerza al ser conscientes de la Presencia de Dios, se enseñaba a pronunciar estas palabras como bálsamo contra cualquier desgracia y sufrimiento: «¡Gloria a tu longanimidad, Señor!»

No, la expiación de los pecados humanos, como acto de amor, exige la unión plena —también en el amor— de dos voluntades, inconfundibles y libres: la voluntad divina y la voluntad humana. El misterio del Dios-hombre —esa es la clave de la magia divina, la condición más importante para la expiación de los pecados humanos—, lo que constituye en la magia divina un acto que solo es comparable a la creación del mundo.

De este modo, el milagro requiere la unión de dos voluntades. Los milagros no son manifestaciones de una voluntad todopoderosa y predeterminada, sino que se producen gracias a un nuevo poder, una nueva voluntad que nace allí donde hay unión entre la voluntad divina y la voluntad humana. Por consiguiente, Pedro no estuvo presente en vano en la curación de Eneas en Lida. La voluntad divina necesitaba de su voluntad para invocar aquella fuerza que levantó a Eneas, paralítico, de su lecho. Precisamente, a esa acción, en la que concuerdan la voluntad divina y la voluntad humana, es a lo que nos referimos con el concepto de «magia sagrada» o «magia divina».

¿Es siquiera apropiado hablar de «magia» cuando se produce un milagro? Sí, pues en ese caso está presente un mago, y la intervención de su voluntad es fundamental para que se produzca el milagro. Pedro se acerca a Eneas y es precisamente él quien pronuncia las palabras gracias a las cuales se produce la curación. La participación de Pedro es indiscutible: estaba allí como un hombre-mago. Por lo tanto, el uso del término «magia» está plenamente justificado —al menos si por «magia» se entiende el poder de lo invisible y lo espiritual sobre lo visible y lo material.

Sin embargo, en la historia de la curación de Eneas no se trata de «magia personal», sino más bien de «magia divina», gracias a la cual tuvo lugar. Pues Pedro habría sido impotente si su voluntad no se hubiera unido a la voluntad divina. Él lo comprendía perfectamente, por lo que le dijo a Eneas: «Jesús Cristo te sana». Esto significa: «Jesús Cristo verdaderamente quiere sanarte. Jesucristo me ha enviado a ti para que cumpla su voluntad. En cuanto a mí, me alegro doblemente, pues puedo servir a mi Señor y curarte a ti, querido hermano Eneas».

Aquí se revela el significado simbólico de la corona de dos niveles que corona a la emperatriz. Se trata de la capacidad de «regocijarse doblemente» por el servicio: «a lo de arriba» y «a lo de abajo». Pues la corona, al igual que la tiara, simboliza el poder del servicio, su autoridad. Es precisamente gracias al servicio tanto a «lo de arriba» como a «lo de abajo» que la magia sagrada adquiere su legitimidad.

En la magia sagrada, el mago desempeña el papel de eslabón final en la cadena mágica descendente, es decir, sirve de punto de contacto terrenal y de punto de aplicación de la acción concebida desde lo alto, necesaria para lo superior y realizada en su nombre. Ya solo por esto, quien constituye ese último eslabón lleva la corona de la magia legítima y legítima. Y, repitámoslo una vez más, toda magia que no esté coronada por esta corona es, por lo tanto, una transgresión.

¿Es la magia sagrada una prerrogativa exclusiva del sacerdocio?

A esto responderé con otra pregunta: ¿son acaso prerrogativas exclusivas del sacerdocio el amor a Dios y el amor al prójimo? La magia sagrada es la fuerza del amor, nacida de la unión amorosa entre la voluntad divina y la voluntad humana. Felipe de Lyon (1849-1905), por ejemplo, no era ni sacerdote ni médico; sin embargo, sanaba a los enfermos con un poder espiritual que, según él, no le pertenecía, sino que procedía de su «Amigo de alto rango».

Entre el clero hubo muchos taumaturgos —san Gregorio, san Nicolás de Myra, san Patricio—, lo cual basta para demostrar de forma convincente que la magia sagrada forma parte, efectivamente, del ámbito de competencia del clero. ¿Y podría ser de otra manera, si la administración de los santos misterios —ese acto universal de magia sagrada— constituye el deber principal de los ministros de la Iglesia y si las acciones individuales, «predeterminadas desde lo alto», se confían ante todo a quienes viven en la atmósfera universal de la Iglesia? ¿No es natural que sea precisamente a la magia sagrada a quien se recurre en primer lugar quien participa a diario en el sacramento de la transubstanciación?

La vida y la obra del venerable vicario de Ars no dejan lugar a dudas de que la respuesta debe ser afirmativa, ya que ponen de manifiesto la sublimidad y la grandeza de la magia sagrada personal —más allá de los santos misterios universales—, capaz de manifestarse en la vida y la obra de un sencillo sacerdote parroquial de pueblo.

Por otra parte, en el ejemplo de la vida y la obra de Felipe de Lyon vemos la sublimidad y la grandeza de la magia sagrada personal —sin los sagrados misterios universales—, que es capaz de manifestarse en la vida y la obra de un laico nacido y criado en un pueblo.

El amor actúa, esté donde esté. Es la vocación de todos y no es prerrogativa de nadie.

Así pues, de lo dicho se desprende que la magia sagrada debe ir precedida de esa gnosis basada en la experiencia mística, a la que, a su vez, debe seguir necesariamente. En esto radica el significado de la corona que corona la cabeza de la Emperatriz. La magia sagrada es fruto del misticismo y la gnosis.

De lo contrario, la magia se reduciría simplemente a la aplicación práctica de la «teoría del ocultismo», quedándose así en algo meramente personal y, en este caso, usurpador. La magia sagrada, o divina, es, en cambio, la aplicación práctica de la revelación mística. El Señor reveló a Pedro qué era exactamente lo que debía hacer —tanto interior como exteriormente— para curar a Eneas en Lida. En este episodio se indica precisamente la secuencia de acciones en la magia sagrada: en primer lugar, el contacto real con la Divinidad (misticismo); luego, la percepción y asimilación de esa experiencia por parte de la conciencia (gnosis) y, por último, la realización práctica de lo percibido: la ejecución de lo que la revelación mística indica como tarea que debe cumplirse y como método que debe seguirse.

En la magia personal, o usurpadora, el orden es inverso. Aquí es el propio mago quien estudia la teoría del ocultismo y decide cuándo y cómo aplicarla en la práctica. Sin embargo, si al hacerlo sigue los consejos de un mago experimentado, el principio sigue siendo el mismo: el «qué» y el «cómo» de cualquier operación mágica dependen invariablemente de la propia personalidad del operador.

Esto es lo que dice Papus al respecto:

«La principal diferencia entre la magia y la ciencia del ocultismo radica en que la primera es una ciencia práctica, mientras que la segunda es, ante todo, una ciencia teórica. Por lo tanto, el deseo de dedicarse a la magia sin conocer el ocultismo equivale a querer conducir una locomotora sin una preparación teórica previa. No es difícil prever el resultado. ...La magia, al ser una ciencia práctica, requiere conocimientos teóricos previos, al igual que, por otra parte, todas las ciencias prácticas» (102: p. 5).

Y continúa:

«La magia, como ciencia aplicada, limita su ámbito de acción casi exclusivamente al desarrollo de las relaciones existentes entre el ser humano y la Naturaleza. El estudio de las relaciones entre el ser humano y la esfera superior, la esfera divina, en todas sus diversas manifestaciones, pertenece más bien al hechicería que a la magia» (102: pp. 4-5, 142).

He aquí, quizá, una descripción exhaustiva de lo que hemos denominado «magia despótica» o «magia personal». La magia de este tipo no tiene acceso a esa esfera que está por encima del ser humano —la esfera de lo divino—; en ella, al igual que en todas las demás ciencias prácticas, el único dueño es el ser humano.

«Por regla general, el principal director de toda acción es la voluntad humana; el medio de dicha acción, su instrumento, es el fluido astral o natural; y el objetivo que debe alcanzarse es la realización (normalmente en el plano físico) de la acción emprendida» (100: p. 69). «...En cuanto a la magia ceremonial y al naturalismo, solo merecen ser condenados tanto por su inutilidad como por los terribles peligros que encierran, y sobre todo por el estado del alma que suponen... En esencia, por «magia ceremonial» se entiende una acción en la que participan activamente ÚNICAMENTE la voluntad y la razón humanas, sin ayuda divina» (101: pp. 430-431).

«Los terribles peligros» que acechan en la magia despótica, o personal, han sido descritos por todos aquellos que han recurrido a ella o han experimentado sus efectos en carne propia. No cabe duda de que la magia despótica, o personal, es extremadamente peligrosa, a la luz de las afirmaciones categóricas de Cornelio Agripa («Sobre la filosofía oculta», tomo III), Elifaz Levi («Doctrina y ritual de la magia superior») y Papus.

Por el contrario: la magia sagrada, o divina, en el peor de los casos puede resultar ineficaz debido a algún error, pero no entraña ningún peligro.

Antes de dar por concluido aquí el tema de la magia perversa y de lo que esta supone, me gustaría citar una reflexión de Jean Herber en su prólogo a la edición francesa del libro de Arthur Avalon «La fuerza de la serpiente». Herbert advierte al lector contra la tentación de poner en práctica el método tántrico cuyo objetivo es despertar la «fuerza de la serpiente» (kundalini) descrita por Avalon para, a continuación, elevarla hasta la coronilla (sahasrara):

«Quien emprenda tal intento sin la guía de un maestro experimentado (algo casi imposible en Occidente) se encontrará más o menos en la misma situación que un niño al que se le ha permitido jugar con todos los medicamentos del botiquín, o se parecerá a alguien que deambula con una antorcha encendida por un polvorín. A quienes se atrevan a hacerlo les esperan enfermedades cardíacas incurables, la lenta destrucción de la médula espinal, trastornos sexuales y la locura».

He aquí el ramo de las «flores del mal» que le espera al principiante que se adentra en este camino sin la guía de un experto o bajo la tutela de un mentor inexperto. Sin embargo, volvamos a la magia sagrada. Ya hemos descrito su «corona», es decir, su legitimidad divina —la sanción divina—; ahora analizaremos su «cetro», es decir, su poder, su autoridad.

El cetro de la Emperatriz consta de tres partes: la cruz, el orbe y el bastón, coronado por una pequeña copa o semiesfera. En su parte superior, coronada por el orbe con una cruz fijada en él, el bastón es más ancho que en la parte inferior, aquella por la que lo sujeta la Emperatriz. La esfera está dividida por la mitad por una franja, o «zona ecuatorial». Así pues, se puede decir que está formada por dos copas, de las cuales una, que sostiene la cruz, está colocada con el fondo hacia arriba y orientada hacia abajo; la otra, en cambio, se apoya con el fondo sobre el bastón y está abierta hacia arriba.

Así pues, la unión de la copa coronada por una cruz y la copa fijada a un bastón —que conforman el cetro de la Emperatriz— es una expresión simbólica del método para hacer realidad las posibilidades latentes que simboliza la corona. Se trata de la unión de dos manifestaciones de la voluntad, que están latentes en la corona y se materializan en el cetro. La copa coronada por una cruz y orientada hacia abajo es símbolo de la voluntad divina, mientras que la copa fijada al bastón y orientada hacia arriba simboliza la voluntad humana. Su unión eficaz es precisamente el cetro: símbolo de poder y instrumento de la magia sagrada. Este poder es consecuencia de la corriente que emana de la cruz, la cual se derrama desde la copa superior a la inferior y, desde allí, se precipita a lo largo del bastón, condensándose en su extremo inferior en forma de «bellota» o gota. En otras palabras: la Sangre Sagrada que se derrama desde lo alto se acumula en la parte inferior y se convierte en una «gota» de sangre humana —por la palabra y la acción del hombre—.

Aquí, estoy seguro, diréis: «¡Pero si eso es el Santo Grial! ¡Estás hablando del misterio de la Eucaristía!».

Sí, así es. Precisamente aquí se encuentra la fuente del poder de la magia sagrada. Este poder, en última instancia, no es otra cosa que el poder de la doble rectitud —es decir, (en el sentido etimológico de la palabra) la sinceridad como tal—, la rectitud divina y la rectitud humana, cuando se consolidan mediante la palabra o la acción humanas. Pues ninguna palabra o acción es verdaderamente justa si no es más que racional, y si es solo racional, entonces no hay afluencia de sangre vivificante. Cuanta más sinceridad haya en la palabra o la acción humana, mayor será el poder vivificante de la sangre. Cuando esto ocurre —y ante ello los propios Ángeles se inclinan con reverencia—, cuando el deseo humano concuerda con la voluntad divina, entonces la Sangre Santa se une a la fuerza vivificante de la sangre humana, y se repite de nuevo el Misterio del Dios-Hombre, que manifiesta invariablemente Su maravilloso poder. Este es precisamente el poder de la magia sagrada: su cetro.

Querido amigo desconocido, no pienses que me he dejado llevar por mis propias especulaciones tras haber leído tantos libros sobre el Santo Grial y tantos tratados místico-teológicos sobre el misterio de la Eucaristía. No, nunca me habría atrevido a hablar del misterio de la sangre como fuente de magia sagrada —aunque lo «supiera» todo eso— si no hubiera acabado un día en la capilla de la Santa Sangre de Brujas, a la que más tarde volví en numerosas ocasiones. Fue precisamente allí donde alcancé la inquietante toma de conciencia de la realidad de la Santa Sangre del Dios-Hombre. Fue precisamente esta toma de conciencia, acompañada de una renovación total del alma —¿qué digo? —no solo una renovación, sino incluso un elevamiento de la misma, en el sentido en que surtieron efecto en Eneas las palabras sanadoras de San Pedro: «¡Levántate de tu lecho!»—, precisamente esta experiencia que adquirí, digo, me reveló el misterio de la Sangre Sagrada como fuente del poder de la magia sagrada. No quisiera que el significado de lo que escribo se viera menoscabado por su carácter personal. Soy un autor anónimo —para mi satisfacción—, pues eso es precisamente lo que me permite ser más franco y sincero de lo que normalmente se permite a un autor.

El objetivo de la magia sagrada, como ya se ha dicho, está simbolizado por el escudo que sostiene la Emperatriz, a diferencia del libro que vemos en manos de la Suma Sacerdotisa. La gnosis sacra tiene como objetivo un mensaje (o «libro») de revelación mística accesible a la comprensión, mientras que la tarea de la magia sacra, o sagrada, es el acto de liberación, es decir, devolver la libertad a los seres que la han perdido, ya sea parcial o totalmente. El águila en vuelo, representada en el escudo, simboliza este objetivo de la magia sagrada, que podría formularse de la siguiente manera: «Libera al prisionero». Este es el sentido de los hechos descritos por el evangelista:

«En aquel tiempo, sanó a muchos de sus enfermedades y dolencias, y de espíritus malignos, y a muchos ciegos les devolvió la vista. Y Jesús les respondió: «Id y decid a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Nueva» (Lc 7, 21-22).

Precisamente en esto consiste la tarea de la magia sagrada: dar libertad para ver, oír, caminar, vivir, aspirar al ideal y ser, en el verdadero sentido, uno mismo, es decir, devolver la vista al ciego, el oído al sordo, la capacidad de caminar al cojo, la vida al muerto, la buena nueva o los ideales al pobre y el libre albedrío a quienes están poseídos por espíritus malignos. Esta magia nunca atenta contra la libertad; al contrario, devolver la libertad es precisamente su objetivo directo, su prerrogativa.

En otras palabras, el objetivo de la magia sagrada no se limita únicamente a la curación: también consiste en recuperar la libertad, en este caso, lo que incluye liberarse de las ataduras de la duda, el miedo, el odio, el desánimo y la desesperación. Los «espíritus malignos» que privan al ser humano de su libertad, en este sentido, no son seres independientes pertenecientes a las llamadas «jerarquías del mal» o «jerarquías caídas». Ni Satanás, ni Belial, ni Lucifer, ni Mefistófeles han privado jamás a nadie de su libertad. La tentación es su única arma, y esto supone la existencia de libre albedrío en quien es tentado. Pero la posesión por un «espíritu maligno» no tiene nada que ver con la tentación; es similar al caso del monstruo de Frankenstein. Quien engendra a un ser elemental[2], acaba convirtiéndose en esclavo de su propia creación. Los «espíritus malignos» o «demonios» mencionados en el Nuevo Testamento se denominan en la psicoterapia moderna «neurosis de estados obsesivos», «neurosis de miedo», «ideas obsesivas», etc. Fueron descubiertos por los psiquiatras modernos y se reconoce su existencia real —es decir, como una especie de «organismos psíquicos parásitos» que no dependen de la voluntad consciente del ser humano y que aspiran a someterla a su voluntad—. Nosotros, por nuestra parte, podemos afirmar que aquí tampoco falta el diablo, aunque no en el sentido de una participación directa por su parte. El diablo respeta la ley que protege la libertad humana y que se ha establecido como un pacto inquebrantable entre las jerarquías de «la derecha» y «la izquierda», y nunca la incumple, tal y como se desprende de la historia de Job. Hay que temer no tanto al diablo como a nuestras propias inclinaciones viciosas, pues son precisamente ellas las que pueden privarnos de la libertad y esclavizarnos definitivamente; peor aún, pueden aprovecharse de nuestra imaginación, de nuestro don de la inventiva, y llevarnos a crear cosas que acarrearán desgracias indescriptibles a toda la humanidad. Un ejemplo claro es la invención de las armas nucleares. 

Un hombre con la imaginación pervertida es incomparablemente más peligroso que el diablo con todas sus legiones. Pues el hombre no está sujeto al pacto celebrado entre los cielos y el inframundo; puede traspasar los límites de la ley y engendrar, por su propia voluntad, fuerzas malignas cuya naturaleza y acción se sitúan fuera del marco de la ley... como Moloch y otros «dioses» de Canaán, Fenicia, Cartago, el México antiguo y otros países donde se realizaban sacrificios humanos. Sin embargo, achacar la culpa de estas atrocidades a los seres de las jerarquías del mal que desempeñaron el papel de Moloch es absurdo, pues, en realidad, son producto de la perversa voluntad y la imaginación colectivas de la humanidad. Tales seres son egregoros, engendrados por la perversión colectiva, y son tan reales como lo son los «demonios» o los «espíritus malignos» engendrados por personas concretas.

Pero basta ya de demonios; el tema de los «espíritus malignos» se tratará con mayor profundidad y detalle en la carta dedicada al Arcano XV.

El trono en el que se asienta la Emperatriz simboliza, como ya hemos dicho, el papel de la magia sagrada en el mundo. El trono es su lugar en el mundo y en la historia universal; es, en definitiva, su fundamento; en pocas palabras, aquello que la sirve con disposición y está siempre a su disposición. ¿Qué es, pues?

En este caso, el trono, en el aspecto de la función liberadora de la magia sagrada, simboliza todo aquello que carece de libertad y está sujeto a la necesidad. Esto es lo que dice San Pablo al respecto:

«Porque la creación espera con esperanza la revelación de los hijos de Dios, ya que la creación se sometió a la vanidad no por su propia voluntad, sino por la voluntad de quienes la sometieron, con la esperanza de que también ella misma sea liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime y sufre hasta el día de hoy; y no solo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, esperando la adopción como hijos y la redención de nuestro cuerpo» (Rom. 8:19-23).

Esto significa que la magia sagrada tiene bajo su dominio los mundos mineral, vegetal, animal y humano; en una palabra, toda la Naturaleza como un todo único. El sentido de la existencia y la propia fuente de la magia sagrada, de la que surgió, es la Caída y todo lo relacionado con ella, incluyendo la Naturaleza caída, el hombre caído y las jerarquías caídas. Todo ello constituye la «creación caída», seres vivos que esperan «con esperanza» la liberación «de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios».

¿Cómo actúa, pues, la magia sagrada en este sentido? En concreto, ¿cómo hay que entender la liberación del ser humano a través de ella?

El trono de la Emperatriz cuenta con un respaldo que recuerda claramente a dos alas, por lo que algunos autores que interpretan el Tarot de las Alas representan a la propia Emperatriz. En la interpretación de otros, por el contrario, solo aparece el respaldo del trono. Pero ¿no indica el propio contexto de esta carta —es decir, el significado del escudo con el águila representada en él, el cetro coronado por una cruz y la corona de dos niveles—, que el respaldo del trono, en este caso, muy probablemente no hace más que reproducir la forma de dos alas petrificadas e inmovilizadas, que en otro tiempo fueron alas de verdad y que pueden volver a cobrar vida?

La versión propuesta no solo concilia dos puntos de vista aparentemente opuestos, sino que también encaja perfectamente en el conjunto de todo lo que enseña esta carta sobre el ámbito, el propósito, el poder y la legitimidad de la magia sagrada. Dar movimiento a las alas petrificadas… ¿no concuerda esto con la misión liberadora de la magia sagrada y con las palabras de San Pablo?

Sea como fuere, esta interpretación permite responder a la pregunta sobre la forma concreta de la acción liberadora de la magia sagrada. Dicha acción es, en todos los aspectos, opuesta a la acción coercitiva, característica de la magia falsa o personal. A la hipnosis, la magia sagrada le opone el despertar del libre albedrío; a la sugestión, la liberación de las ideas obsesivas y los complejos psicopatológicos; a la invocación de espíritus mediante la nigromancia, la comunicación devocional con los difuntos, llevada a cabo por el poder del amor; a los medios de coacción que la magia ceremonial aplica a los elementales —habitantes de los elementos (gnomos, ondinas, silfos y salamandras)—, la conquista de su confianza y amistad mediante las acciones adecuadas. A los rituales de la Cábala práctica, cuyo objetivo es la sumisión de los «espíritus malignos» (es decir, los seres de las jerarquías caídas), ella opone su transformación en siervos voluntarios mediante la resistencia a las tentaciones, en estricta conformidad con la naturaleza de cada uno. Pues también ellos esperan la «revelación de los hijos de Dios», y esta revelación significa para ellos, ante todo, la demostración de una firmeza inquebrantable frente a sus tentaciones. Para quien resiste la tentación, el diablo se convierte en amigo. El diablo no es ateo; no duda de Dios. La fe que le falta es la fe en el ser humano. Y la acción de la magia sagrada respecto al diablo consiste en restaurar su fe en el ser humano. El objetivo de las pruebas enviadas a Job no era tanto disipar las dudas de Dios como las del diablo. Una vez disipadas esas dudas, ¿quién se encargó de devolver a Job todo lo que le habían arrebatado, si no el propio ladrón? El enemigo de Job se convirtió en su siervo voluntario, y decir «siervo voluntario» es lo mismo que decir amigo. Por último, la magia sagrada se opone al flujo de fluidos utilizado en el magnetismo mediante la práctica de asumir las enfermedades y debilidades ajenas, según la enseñanza de San Pablo:

«Llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gálatas 6:2).

Es precisamente en este sentido como los santos utilizan la magia sagrada. Los santos no transmiten a nadie su poder, su energía vital ni sus fluidos. Al contrario, más bien le quitan a la persona aquello que le causaba daño. De la santa Lidwina, por ejemplo, que durante muchos años no se levantó de la cama ni salió de su habitación, emanó una vez un fuerte olor a alcohol. Al mismo tiempo, en Skhidam —la ciudad donde vivía—, se produjo la curación de un alcohólico.

Al presentar esta lista de contrastes, no pretendo ni juzgar, ni mucho menos condenar, el hipnotismo, el magnetismo, la sugestión, la invocación de espíritus, los intentos de la magia ceremonial de establecer relaciones especiales con la Naturaleza ni el afán de la Cábala práctica por domar a los «espíritus malignos». Mi único objetivo en este caso era exponer con claridad lo que distingue a la magia sagrada de la magia profana, con todas sus prácticas oscuras. Las prácticas oscuras también pueden servir al bien. Pero la magia sagrada no puede utilizarse para nada más.

¿Existen libros mágicos en la magia sagrada? Sí, si por «libro mágico» se entiende el arsenal de medios y herramientas utilizados. Este arsenal se compone de determinadas fórmulas, gestos y figuras que se reproducen mediante gestos. Pero no se pueden elegir a discreción. La elección debe basarse bien en un profundo conocimiento, corroborado por una revelación, bien en una revelación directa, corroborada posteriormente por el conocimiento y la experiencia.

En cuanto al arsenal de «fórmulas» de la magia sagrada, está al alcance de todos, pues su fuente principal es la Sagrada Escritura, el Antiguo y el Nuevo Testamento. Aquí, en primer lugar, ocupa un lugar especial el Evangelio según San Juan, que se compone casi en su totalidad de este tipo de fórmulas; le siguen los otros tres Evangelios y el Apocalipsis (Libro de la Revelación). En las Epístolas y en los Hechos de los Apóstoles también se pueden encontrar «fórmulas mágicas». En cuanto al Antiguo Testamento, hay numerosas «fórmulas» de este tipo en el Salterio, en el Libro del Génesis (Bereshith), en el Libro de Ezequiel y en otros profetas. Las «fórmulas mágicas» están presentes también en el culto eclesiástico (especialmente en el litúrgico), así como en la propia tradición eclesiástica (oral o escrita), que se remonta a los santos y a los grandes místicos. Al arsenal de fórmulas de la magia sagrada pertenece también el texto de la Tabla Esmeralda.

En cuanto a la parte «silenciosa» de la magia sagrada, es decir, los gestos y las figuras que se reproducen mediante gestos, su elección debe estar, del mismo modo, confirmada o indicada por una revelación. Por regla general, esta parte de la magia consiste en gestos rituales utilizados en la tradición eclesiástica (en la Iglesia Romana o en la Ortodoxa Griega) y en gestos que reproducen un determinado conjunto de figuras geométricas. Así, a veces es necesario arrodillarse, otras veces permanecer de pie, otras postrarse; a veces hacer un gesto de bendición, otras veces un gesto de protección o de prohibición, etc.

Estas fórmulas y gestos no constituyen un secreto, pero no deben revelarse. «Revelar», en este caso, no significa divulgar ni hacer público;

No es posible traicionar una fórmula mágica —que, de todos modos, casi todo el mundo conoce— por el mero hecho de revelarla. Pero sí se puede traicionar si se arranca de raíz de su propio suelo sagrado y del contexto sagrado de aquel acto mágico del que forma parte, y se la rebaja a un plano inferior, es decir, si se abusa de ella. Lo mismo ocurre con las fórmulas mediante las cuales se consagran el pan y el vino en la liturgia. Son conocidas por todos, pero solo surten efecto cuando las pronuncia, en el contexto sagrado de la liturgia, la única persona que tiene el derecho legítimo para hacerlo. No es el secreto lo que las hace eficaces; la razón de su eficacia radica tanto en el contexto como en el nivel de la acción y en la legitimidad de quien realiza dicha acción o celebra el culto. Por lo tanto, no se traicionan las fórmulas de consagración del pan y el vino al publicarlas en los libros de oraciones. Pero, sin lugar a dudas, se habrían traicionado si un laico se hubiera empeñado en aplicarlas en una «liturgia» improvisada a su antojo.

El misterio se protege de forma diferente a como se protege el secreto. La propia luz del misterio es su protección, mientras que la protección del secreto es su oscuridad. En cuanto al arcano —el eslabón intermedio entre el misterio y el secreto—, su protección es la penumbra. Pues el arcano se revela y se oculta mediante el simbolismo. El simbolismo es, precisamente, la penumbra de los arcanos. En este sentido, los arcanos del tarot son fórmulas visibles y accesibles para todos. Para muchos miles de personas, en el pasado sirvieron de entretenimiento; cientos de personas los utilizaron para predecir el destino; y solo unos pocos lograron reconocer y comprender la revelación contenida en los arcanos. El tarot dejó atónito a De Gebelin; cautivó a Elifaz Lévi; inspiró a Papus; y sus seguidores también experimentaron en carne propia su encanto inexplicable e irresistible. Se estudió el tarot, se reflexionó sobre él, se comentó y se interpretó, animados, inspirados e iluminados por ese «algo» propio del tarot que, al mismo tiempo, se revela y se oculta en el crepúsculo de sus símbolos. ¿Y nosotros? ¿Dónde comienza nuestra conexión con el tarot? Intentaremos encontrar la respuesta a esta pregunta al final de la carta veintidós, dedicada, en particular, a los Arcanos Menores del tarot.

Si comparamos la simbología representada en la carta del Tercer Arcano, el Tetragrammaton, con la magia sagrada, la letra YOD se corresponde con la corona de la Emperatriz, su cetro con el primer HE, su escudo con la letra VAU y, por último, el trono en el que ella se sienta como personificación de la magia sagrada es el segundo HE de dicha magia, es decir, una demostración visual de su integridad, tan evidente e indudable como la integridad del Tetragrammaton. He aquí por qué el trono, según nuestra definición, simboliza «el papel de la magia sagrada en el mundo y en la historia». En otras palabras, simboliza el fenómeno[3] —es decir, el conjunto de manifestaciones— de la magia sagrada en la historia de la humanidad, tanto en el pasado como en el presente y en el futuro. Esta es su carne histórica, que revela su alma y su espíritu. Por «carne» me refiero a aquello que hace posible la acción directa en el mundo de los hechos. Así, parte de esta carne es el arsenal o conjunto de fórmulas y gestos mágicos utilizados en la práctica de la magia sagrada. Los rituales de sus acciones universales, destinados a servir a toda la humanidad y que trascienden el espacio y el tiempo —es decir, los siete sacramentos de la Iglesia universal—, en la medida en que son rituales, forman igualmente parte de esta carne. En tal caso, aquellos que están llamados o son capaces de continuar la tradición de la magia sagrada también forman parte de ella. Esta carne es como un árbol con un número determinado de ramas que sostienen multitud de hojas, un árbol cuyas raíces están en los cielos y cuya copa mira hacia abajo. Este árbol tiene un único tronco y una savia vital que nutre y da vida a todas sus ramas con sus innumerables hojas.

¿No es acaso este el Árbol de las Sefirot de la Cábala? ¿O, más bien, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal? ¿O tal vez el Árbol de la Vida?

El fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal tuvo un triple resultado: el trabajo, el sufrimiento y la muerte. El trabajo ocupó el lugar de la unión mística (sin esfuerzo) con Dios, unión que constituye la enseñanza del Primer Arcano del Tarot (El Mago). El sufrimiento ocupó el lugar de la revelación directamente reflejada, o gnosis, cuya revelación directa constituye la enseñanza del Segundo Arcano del Tarot (La Suma Sacerdotisa). Y la muerte entró en el reino de la vida, o de la magia creativa y sagrada, que constituye la enseñanza del Tercer Arcano del Tarot: la Emperatriz. Pues la magia sagrada es aquella vida que existía antes de la Caída; la gnosis del Segundo Arcano es aquella conciencia que existía antes de la Caída; y la inmediatez mística del Primer Arcano es la relación que existía antes de la Caída entre el hombre y Dios —una inmediatez primigenia que dio impulso y dirección a la evolución y al desarrollo del hombre. No fue la lucha por la existencia, descrita por Charles Darwin, la que dio el impulso orientador fundamental hacia el ideal o la meta de la evolución antes de la Caída, sino más bien aquel estado que hoy definimos con el término «unión mística». Solo tras la Caída se hace efectivo el principio de la «lucha» o del trabajo («con el sudor de tu frente»). Del mismo modo, solo tras la Caída apareció el sufrimiento, que desempeña la función de despertar la conciencia: antes de la Caída, esta función correspondía directamente a la revelación reflejada, o gnosis. Tampoco existía la muerte, que desde el momento de la Caída desempeña la función de liberar la conciencia mediante la destrucción de las formas que la encierran, mientras que antes tenía lugar su continua transformación, regida por el movimiento incesante de la vida, que provocaba la evolución de las formas, de acuerdo con los cambios en la conciencia que las utilizaba. Precisamente este movimiento creador de la vida, que se libera a sí mismo de forma continua, era (y sigue siendo) la función de la magia sagrada o divina. Y es precisamente esta función transformadora, opuesta a la función destructiva de la muerte, la que simboliza el Árbol de la Vida en el Libro del Génesis de Moisés.

Pues la Caída cambió de raíz el destino de la humanidad, de modo que la unión mística dio paso a la lucha o al esfuerzo, la gnosis —al sufrimiento— y la magia sagrada —a la muerte—. He aquí por qué la fórmula que proclama la «buena nueva» de que las consecuencias de la Caída pueden superarse, de que el camino de la evolución humana puede volver a orientarse hacia la unión mística en lugar de hacia la lucha, de que la revelación directamente reflejada, o gnosis, puede sustituir al conocimiento de la verdad a costa del sufrimiento, y que la magia sagrada —o la vida transformadora— puede sustituir a la muerte destructiva; por eso, digo yo, esta fórmula tiene el siguiente significado:

«YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA» (Jn 14, 6).

En esta fórmula se reducen a un denominador común los tres primeros arcanos del tarot: el arcano del verdadero camino de la inmediatez mística, el arcano de la revelación de la verdad —o gnosis— y el arcano de la transformación de la vida —o magia sagrada—.

La magia sagrada es, por lo tanto, el Árbol de la Vida mismo y, por ello, inaccesible a la obstinación imprudente, pero se manifiesta a lo largo de toda la historia de la humanidad a través de aquellos que saben decir: «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38), o mejor dicho (en nuestro caso) «He aquí el siervo del Señor, haré según tu palabra». Se manifiesta en la historia humana a través de un milagro: se trata de que la vida humana suprabiológica perdura de siglo en siglo, de época en época, y su fuente no se agota; de que el fuego sagrado sobre los altares —ya sea de los corazones o de la piedra— no se apaga de milenio en milenio; de que «la verdad, el bien y la belleza», que constituyen el triple criterio de la «vida eterna», no pierden su atractivo de siglo en siglo; que en el mundo, a pesar de todo, existen la fe, la esperanza y la misericordia, pues existen santos, sabios, benefactores y sanadores; que los pensamientos puros, la poesía, la música y la oración no se pierden en la nada; que existe el milagro inabarcable de la historia humana; y que lo maravilloso existe. Realmente existe, pues la vida misma es una sucesión de milagros, si por «milagro» no se entiende la ausencia de causa (es decir, que no pueda ser provocado por nadie ni por nada, lo cual se asemejaría más a una «pura casualidad»), sino más bien el resultado visible de la acción de una causa invisible, o la consecuencia, que se manifiesta en la esfera inferior, de una causa situada en la esfera superior.

Lo inexplicable no es, en absoluto, una característica distintiva del milagro; al contrario, no es raro que un milagro resulte mucho más comprensible que los llamados fenómenos «naturales» y «explicables». Es mucho más fácil, por ejemplo, comprender cómo Teresa Neumann, de Baviera, vivió durante décadas sin ningún tipo de alimento, salvo la hostia —pues la materia no es más que energía condensada, y la energía no es más que conciencia «condensada»—, que ese hecho «comúnmente entendido» de que una misma célula mía, al multiplicarse por división, produce células completamente diferentes para el cerebro, los músculos, los huesos, el pelo, etc., las cuales se agrupan de tal manera que, como resultado, forman el organismo humano. Cuando me dicen que todo esto se explica por la herencia —es decir, que, sencillamente, los «genes» contenidos en esa primera célula son tales que, como resultado, se forma uno u otro organismo—, asiento con la cabeza, pero yo soy consciente de lo ridícula que resulta esa «explicación».

El Árbol de la Vida es la fuente de los milagros del nacimiento, la transformación, la renovación, la curación y la liberación. La participación consciente en ello —la participación «ad perpetranda miracula rei unius», tal y como se dice en la «Tabla Esmeralda»— es la «Gran Obra» de la magia sagrada.

Se puede comprender la idea de la «Gran Obra» mediante una comparación con el ideal de la ciencia exacta moderna. La idea de la ciencia es el poder: el poder técnico práctico y el poder técnico-intelectual. En el aspecto intelectual, el ideal de la ciencia consiste en reducir toda la diversidad de fenómenos a un número limitado de leyes y, a continuación, reducir también estas leyes a una única fórmula elemental; es decir, en esencia, se trata de mecanizar el intelecto de tal manera que calcule el mundo sin comprenderlo; solo entonces se podría alcanzar por fin el poder técnico intelectual.

El aspecto práctico del ideal científico se manifiesta en el progreso de la ciencia moderna desde el siglo XVIII hasta la actualidad. Sus etapas más importantes son el descubrimiento sucesivo del vapor, la electricidad y la energía atómica, así como su aprovechamiento, es decir, su adaptación a las necesidades del ser humano. Pero por muy diferentes que parezcan a simple vista, en la base de estos descubrimientos subyace un principio único, a saber, el principio de la destrucción de la materia, mediante el cual se libera energía —con el único fin de que el ser humano vuelva a capturarla y la ponga a su servicio—. Así ocurre con las microexplosiones regulares de la gasolina, que producen la energía gracias a la cual se mueve el automóvil. Así ocurre con la destrucción de los átomos mediante el bombardeo con neutrones, lo que genera energía atómica. Da igual que se trate de átomos de carbón, gasolina o hidrógeno; en cualquier caso, se produce una liberación de energía como consecuencia de la destrucción de la materia. Pues el ideal científico, en su aspecto práctico, es el dominio sobre la Naturaleza mediante la aplicación del principio de la destrucción: la muerte.

Imaginemos esfuerzos y descubrimientos en la dirección opuesta, hacia la creación de la vida. Imaginemos no una explosión, sino, por el contrario, algo parecido al florecimiento de una "bomba atómica" creativa. Esto no es difícil de imaginar, porque cada pequeña bellota es una "bomba creativa", y el roble es solo el resultado visible de su lenta "explosión" —o floración—. Esta "explosión inversa" es el ideal de la "Gran Obra", o la idea del Árbol de la Vida. La imagen misma de un árbol se opone a todo lo técnico o mecánico: un árbol no es solo una combinación teórica de luz celestial y elementos terrenales, sino su síntesis viva y continua; una síntesis de lo que desciende "de arriba" y lo que asciende "de abajo".

Así pues, el ideal del hermetismo se opone al ideal de la ciencia. En lugar de aspirar al poder sobre las fuerzas de la Naturaleza mediante la destrucción de la materia, el hermetismo aspira a la colaboración consciente con las fuerzas creativas del mundo, basada en la unión y la comunión sincera con ellas. El objetivo de la ciencia es someter a la Naturaleza a la voluntad del hombre, sea cual sea; el objetivo del Hermetismo, o la filosofía de la magia sagrada, por el contrario, es purificar, iluminar y transformar la voluntad y la naturaleza del hombre mismo, armoniosamente conformes con el principio creador de la Naturaleza (natura naturans[4]), restaurando la capacidad de percibir las revelaciones que esta otorga. Así, la «Gran Obra», como ideal, es el estado del hombre que existe en paz, unión, armonía y cooperación con la vida. Este es el «fruto» del Árbol de la Vida.

Pero, ¿acaso la Biblia no dice que los accesos al Árbol de la Vida están custodiados? ¿Que «el Señor puso querubines al oriente del Jardín del Edén, y una espada flamígera que giraba en todas direcciones para guardar el camino del Árbol de la Vida» (Génesis 3:24)? Sí, está custodiado, pero se trata de una custodia especial. La Biblia dice al respecto: «Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y ​​viva para siempre» (Génesis 3:22). Por lo tanto, la custodia de la que se habla aquí está colocada «en el Jardín del Edén» precisamente para impedir que alguien «extienda su mano y tome» del Árbol de la Vida, y esto es lo único contra lo que se dirige la espada flamígera de su Guardián.

«Extender la mano y tomar»: ese es el motivo, el método y el ideal de la ciencia. La espada flamígera del Guardián del Edén establece un límite, impidiendo que la sed de poder —la sed de fuerza que subyace al enfoque científico— repita lo que ya se hizo con el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Pero el motivo, el método y el ideal del hermetismo son opuestos a los de la ciencia. El fundamento inmutable del enfoque hermético es la sed de servir, la voluntad de servir.[5] En lugar de «extender la mano» y tomar, el hombre abre su mente, su corazón y su voluntad para recibir el don que le ha sido otorgado con gracia, enviado «por generosidad». La inspiración, la iluminación y la intuición que busca adquirir no son tanto conquistas ganadas por su voluntad como dones divinos, precedidos por los esfuerzos de la voluntad humana para merecerlos.

La Espada de Fuego del Guardián del Edén es un instrumento de magia divina. Esto significa que encarna más una afirmación que una negación. En su esencia, no es destructiva, sino constructiva. En otras palabras, «llama», anima y guía a todos los dignos y a todo lo digno que hay en cada persona hacia los dones del Árbol de la Vida; pero también atrapa, golpea y pone en fuga a todos los indignos y a todo lo indigno que hay en cada persona. La espada de fuego es una bendición para quienes aspiran a encontrar el Árbol del Amor Eterno, que es el Árbol de la Vida, y, al mismo tiempo, por el mero hecho de personificar esa bendición, su fuerza ardiente se interpone en el camino de quienes buscan el Árbol de la Vida con el fin de apoderarse de sus frutos. La Espada del Santo Guardián del Edén se manifiesta invariablemente en la vida espiritual de la humanidad. Llama a los que buscan y ahuyenta a los usurpadores. Gracias a él, el hermetismo —esa tradición milenaria de búsqueda incansable en la aspiración al ideal de la «Gran Obra»— sigue existiendo, a pesar de todas las quimeras, todas las ilusiones y todas las variantes de charlatanería, ya sea manifiesta o inconsciente, que acompañan a esta búsqueda.

La espada del Santo Guardián del Edén encierra la revelación mágica del Árbol de la Vida, para todos sin distinción. Es la palabra mágica que enciende en las almas humanas la ardiente sed de la «Gran Obra», llena de los milagros de la vida eterna. «No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que aún humea» (Mateo 12:20), pues su misión es divina, y lo Divino no solo preserva cada gota de sinceridad y cada chispa de amor, sino que también les permite crecer y desarrollarse. Pues, a pesar de toda la corrupción que muestra la experiencia histórica en su interpretación, en general y en conjunto no hay nada irremediablemente corrompido. La doctrina tradicional de la Iglesia de que «la naturaleza está herida, pero no destruida» («natura vulnerata, non deleta») sigue siendo inmutable y absolutamente cierta.

El Árbol de la Vida es la unidad (o síntesis) de la conciencia, la fuerza y la materia. Tres: ese es su número... Pues refleja la unidad de la Santísima Trinidad; es también la unidad del misticismo, la gnosis y la magia. Por eso son inseparables. «La Emperatriz», como símbolo de la magia sagrada, combina en sí misma la gnosis y el misticismo —o la Suma Sacerdotisa y el Mago—. Tomados por separado, estos arcanos escapan a la comprensión; y, en general, todos los arcanos del tarot solo pueden comprenderse si se consideran como un todo único.

Pero así es como está hecho el ser humano: en su conciencia se divide lo indivisible, al olvidar la unidad. Se toma una rama cualquiera del árbol y se cultiva como si existiera independientemente del tronco. Puede tener una larga vida, pero la rama en sí misma se degenera —de manera similar a cuando, al olvidar la gnosis y el misticismo, la magia se toma por separado y, como una rama separada del tronco, deja de ser precisamente sagrada y se convierte en magia personal: despótica. Esa «magia» se mecanizó en cierta medida, por lo que acabó convirtiéndose en lo que se denomina magia ceremonial, que floreció en el Renacimiento y prosperó hasta el siglo XVII. Era, por excelencia, la magia de los humanistas, es decir, una magia que ya no era divina, sino precisamente humana, que no servía a Dios, sino al hombre. Su ideal pasó a ser el dominio del hombre sobre la Naturaleza visible e invisible. Con el tiempo, la Naturaleza invisible también cayó en el olvido, mientras que la visible quedó reducida a un esquema, con el fin de someterla a la voluntad humana. Es precisamente de aquí de donde tiene su origen la ciencia técnica e industrial, que, como sucesora, es la misma magia ceremonial de los humanistas, solo que disfrazada y despojada de los elementos del ocultismo, del mismo modo que la magia ceremonial es, en una aproximación lejana, la misma magia sagrada, solo que profanada, —al carecer de sus componentes gnósticos y místicos—.

Lo aquí expuesto concuerda plenamente con la opinión de Papus (de quien no se puede decir que fuera un profano):

«La magia ceremonial es la acción mediante la cual el hombre, a través del juego de las fuerzas de la naturaleza, pretende someter a fuerzas invisibles de diversa índole y obligarlas a actuar de acuerdo con sus deseos. Con este fin, se apodera de ellas, las sorprende, por así decirlo, por sorpresa, liberando así, gracias al efecto de las relaciones que presuponen la unidad de la Creación, fuerzas sobre las que él mismo no tiene dominio, pero a las que puede abrir la salida más inesperada... La magia ceremonial es un fenómeno absolutamente del mismo orden que nuestra ciencia industrial. La fuerza humana es prácticamente insignificante en comparación con la fuerza del vapor, la electricidad y la dinamita; pero al contraponerlas, en las combinaciones adecuadas, a fuerzas naturales al menos igual de poderosas, las concentramos, las acumulamos, las obligamos a mover o aplastar pesos tales que podrían borrarnos a nosotros mismos de la faz de la tierra...» (101: pp. 425-426).

¿Hace falta algún comentario? — Salvo, quizá, una sola afirmación más de Papus, que define la relación entre el «mago científico» u ocultista y el brujo:

«El brujo es al ocultista lo que el obrero es al ingeniero» (100: p. 68).

Es decir, un brujo es, en el mejor de los casos, un ocultista autodidacta.

Del mismo modo que la ciencia técnica moderna es la heredera directa de la magia ceremonial, el arte secular moderno es, en el mejor de los casos, un vestigio de la gnosis y la magia, y el acceso a ellas en dicho arte queda cortado para siempre. Y es que el arte, por su propia naturaleza, aspira a la revelación, y solo puede alcanzarla por vía mágica.

Los misterios de la Antigüedad no eran más que arte sagrado, que en su esencia misma es la presencia activa de la gnosis y el misticismo: Pero una vez que esa base se desvaneció o, por así decirlo, quedó sepultada bajo las capas de las épocas, lo que quedó fue la pseudognosis (rebautizada como «ciencia de la revelación»), que carece por completo del carácter de disciplina mística y de la experiencia mística. Así surgió el «arte creativo», y los misterios se convirtieron en teatro, las palabras de la revelación se transformaron en «poesía libre», los himnos en canciones, y los movimientos «pantomímicos» que acompañaban a la revelación, en danzas, de modo que, finalmente, la ficción literaria sustituyó a los mitos cosmogónicos.

El arte, al verse separado del organismo vivo y único —el Tetragrammaton—, se alejó inevitablemente de la gnosis, al igual que de la magia sagrada —su origen primigenio, al que debe su propio contenido y su fuerza vital—. Lo que antes era pura revelación gnóstica se fue convirtiendo cada vez más en un juego de la imaginación, mientras que el poder mágico se degeneraba cada vez más en estética. Richard Wagner lo comprendía y trató de hacer frente a esta epidemia, de detener el avance triunfal del mal. Su labor tenía como objetivo la reintegración del arte —el renacimiento de su unión con la gnosis y el misticismo—, para que el arte volviera a ser magia sagrada.

En Francia, Josephin Péladan intentó llevar a cabo lo mismo. Incluso alcanzó un éxito sonado que, sin embargo, resultó efímero, por razones que el propio Péladan comprendió bien posteriormente. La condición indispensable para cualquier revelación es el silencio; el más mínimo ruido la hace imposible.

Es bien sabido que la vida religiosa no está exenta de períodos de decadencia —el llamado «decadentismo»—, en los que deja de basarse en el misticismo, de estar iluminada por la gnosis y de estar impulsada por la magia sagrada. La vida religiosa se enfría sin el fuego del misticismo, se ve envuelta en nubes sin la luz de la gnosis y se vuelve impotente sin el poder de la magia sagrada. Solo queda el formalismo teológico, sostenido por una piedad ostentosa; de ahí surge la religión de los escribas y los fariseos, tal y como ocurrió en tiempos de la venida de Cristo. Es el crepúsculo de la verdadera religión, que precede a su noche, a su desaparición.

La FE es la prueba[6] del aliento divino; la ESPERANZA es la prueba de la luz divina, y el AMOR es la prueba del fuego divino. No puede haber una vida religiosa verdadera y sincera sin fe, esperanza y amor. Pero tampoco puede haber fe, esperanza ni amor sin una experiencia mística, lo que significa: sin la gracia. Ningún razonamiento intelectual es capaz de despertar la fe; en el mejor de los casos, solo puede eliminar los obstáculos, los malentendidos y los prejuicios, y así ayudar a alcanzar el estado de silencio interior necesario para experimentar el aliento divino. Pero la fe, en sí misma, ya es el aliento divino, y la fuente de donde surge no se encuentra ni en los razonamientos lógicos, ni en las impresiones estéticas, ni en la moral humana activa.

La Palabra divina y ardiente resplandece en el mundo del silencio espiritual y lo «mueve». Este movimiento es la fe viva —una fe verdadera y sincera—, y su luz es la esperanza o la iluminación, pues todo tiene su origen en el fuego divino, que es el amor o la unión con Dios. Los tres «caminos» o etapas del misticismo tradicional —la purificación, la iluminación y la unión— son etapas de prueba del aliento divino, o fe; de la luz divina, o esperanza; y del fuego divino, o amor. Estas tres experiencias fundamentales de la revelación divina conforman el triángulo de la vida, pues ningún espíritu, ninguna alma ni ninguna carne podrían vivir si estuvieran completamente desprovistos de todo amor, toda esperanza y toda fe. De este modo, se verían privados de toda fuerza vital (concepto que, según la interpretación de Henri Bergson, implica un impulso universal que pone en marcha la evolución). Pero, ¿qué puede ser esto sino una forma de amor, esperanza y fe que actúa en la base de toda la vida? Por eso «en el principio era el Verbo» y «todo por medio de Él comenzó a ser» (Jn 1, 1-3); por eso esta Palabra primigenia sigue resonando en todo lo vivo y existente, en todo aquello por lo que el mundo vive hasta el día de hoy y de donde extrae la fuerza vital, que no es otra cosa que el amor, la esperanza y la fe, inspirados desde el principio por la Palabra creadora.

En este sentido, Browning tiene razón: «La naturaleza es sobrenatural». Pues la prueba, que permanece inalterable hasta el día de hoy, de su origen sobrenatural es su inagotable fuerza vital. ¡La sed de vivir! ¡Dios mío, qué confesión de fe, qué manifestación de esperanza y qué ardor de amor!

El amor, la esperanza y la fe, por su propia naturaleza, constituyen la esencia del misticismo, la gnosis y la magia sagrada. La FE es la fuente del poder mágico, y es a ella a quien se pueden atribuir todos los milagros mencionados en el Evangelio. A su vez, todas las revelaciones de la gnosis tienen un único objetivo: aportar, mantener y fortalecer la ESPERANZA. Las letras del libro que sostiene sobre sus rodillas la Suma Sacerdotisa son letras de esperanza inagotable. Pues toda revelación, si no infunde esperanza, es dudosa y vana. El misticismo es fuego sin reflejo; es la unión con lo divino en el AMOR. Es la fuente originaria de toda vida, incluida la vida religiosa, la vida artística y la vida intelectual. Sin él, todo se convierte en mera técnica elemental y mediocre. La religión se convierte en un conjunto de técnicas, donde los escribas y los fariseos son los ingenieros; se convierte en un mero recitado de normas. El arte, por su parte, se convierte en un conjunto de técnicas (tradicionales o innovadoras; da igual), es decir, en el ámbito de la imitación de la experiencia. Por último, la ciencia se convierte en un conjunto de técnicas para alcanzar el dominio sobre la naturaleza.

Pero el Arcano de la magia sagrada, «La Emperatriz», nos invita a elegir otro camino, un camino de retorno: no el camino de la degeneración, sino el de la renovación plena, en el que todo aquello que se ha convertido en mera técnica de la razón, la estética y la moral recupera su aspecto primigenio y no mecánico. Para convertirse en mago, este camino es ineludible. Pues la magia sagrada impregna toda la vida, aquella vida que se revela en el Misterio de la Sangre. ¡Que nuestras preocupaciones se conviertan en la voz de la sangre —la voz del corazón—, que nuestras palabras se pronuncien con sangre, y que nuestras obras queden selladas con sangre[7]! Así es como uno se convierte en mago. Convertirse en mago significa vivir de lo que es vitalmente necesario, tan necesario como la sangre.

En el libro de Eliphas Lévi «La doctrina y el ritual de la magia superior», el subtítulo de la sección dedicada al Tercer Arcano del Tarot reza: «Plenitude Vocus». — Una elección más que acertada: diría que está inspirada desde lo alto. En efecto, «plenitud de la voz»; ¿se puede expresar mejor la esencia misma de la magia sagrada? Precisamente la «plenitud de la voz» constituye el objeto de las preocupaciones y los intereses de la magia sagrada; es una voz llena de vida, es la sangre que se convierte en voz. Es un ser en el que no hay nada mecánico, en él todo es vida.

Lo anterior nos lleva al significado final y central del Tercer Arcano del Tarot. «La Emperatriz» —arcano de la magia sagrada— es, ante todo, un arcano del engendramiento. Precisamente el engendramiento es uno de sus aspectos principales. En concreto, si la magia sagrada, como hemos demostrado, es la unión de dos voluntades —la divina y la humana—, como resultado de la cual se produce un milagro, entonces el propio nacimiento también supone la existencia de una tríada: el generador, el que engendra y lo engendrado. Así pues, el engendramiento es el milagro encarnado en lo engendrado, que se produce como resultado de la unión de los principios del engendrador, el engendrado y lo engendrado. Ya se trate de una nueva idea, de una obra de arte o del nacimiento de un niño, se trata, en esencia, siempre del mismo arcano: el arcano de la fecundidad, al que está indisolublemente ligado el mismo misterio de la Encarnación del Verbo —la encarnación «a imagen y semejanza de Dios».

Anteriormente dijimos que la magia sagrada es la vida tal y como era antes de la Caída. Dado que la vida es siempre un principio generador, el arcano de la magia sagrada es, por tanto, el arcano del nacimiento anterior a la Caída —el nacimiento en sentido vertical, desde el plano superior al inferior—, en lugar del nacimiento en sentido horizontal, es decir, en un mismo plano.

La esencia de este sacramento queda definitivamente formulada en el «Símbolo de la fe»:

«...y que se encarnó por obra del Espíritu Santo y de la Virgen María». — En esta fórmula vemos una tríada: el que engendra desde lo alto, lo que engendra en lo inferior y lo engendrado; o bien: el Espíritu Santo, la Virgen María y el Dios-hombre. Al mismo tiempo, es también la fórmula de la magia sagrada en su conjunto, ya que constituye la expresión del misterio de la unión de la voluntad divina y la voluntad humana en el elemento[8] de la sangre: esa sangre que, en su triple significado —místico, gnóstico y mágico—, es el «cetro» del poder de la magia sagrada.

En este punto, querido amigo desconocido, me callo, encomendándote a tu ángel de la guarda. Mi voz humana no es digna de pronunciar lo que supondría una revelación más amplia y profunda de lo esbozado someramente en esta carta.


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1. Es decir, Logos.
2. «Elementales»: habitantes de los elementos; véase más adelante en el texto.
3. φαινοημνων «Fenómeno»: «apariencia» (griego).
4. «Naturaleza creadora» (latín).
5. Cf. «La voluntad de poder» de Friedrich Nietzsche.
6. «Experiencia»: sensación, experiencia.
7. Véase arriba sobre el Santo Grial.
8. «Elemento».

Traducido por J.Luelmo -jul-2026

Valentin Tomberg, Meditaciones sobre el tarot -Carta II. La Suma Sacerdotisa.

  Valentin Tomberg

Meditaciones sobre el tarot.

Un viaje a los orígenes del hermetismo cristiano.


LA SUMA SACERDOTISA [1]

Estimado amigo desconocido:

Como se mencionó en la carta anterior, el Mago es el arcano de la apertura intelectual y la espontaneidad, el arcano de la adecuación espontánea y la fecundidad espiritual. Su esencia radica en la concentración sin esfuerzo y la comprensión de las correspondencias según la ley de la analogía. Es el arcano del acto puro del pensamiento. Sin embargo, este tipo de «acto puro» es como ráfagas de fuego o viento: aparece y desaparece; una vez agotado, da paso al siguiente.

«El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va: así es todo aquel que nace del Espíritu».

El «acto puro» en sí mismo es esquivo; solo en la reflexión se vuelve tangible, comparable y comprensible; en otras palabras, solo lo percibimos a través de la reflexión. Esta reflexión, a su vez, crea una representación interna impresa en la memoria; la memoria se convierte en la fuente de comunicación a través del habla; y finalmente, la palabra hablada —una u otra verbalización— se registra mediante la escritura, dando lugar a la aparición de un «libro».

El Segundo Arcano, la Suma Sacerdotisa, es el Arcano de la reflexión del "acto puro" enseñado en el Primer Arcano, hasta el momento en que se convierte en "libro". El Segundo Arcano muestra cómo el Fuego y el Viento se transforman en Ciencia y Libro, o, dicho de otro modo, cómo "la Sabiduría construye su casa". Si, como ya se ha dicho, la conciencia de un acto puramente intelectual solo es posible a través de su reflexión, entonces para reconocer este "acto puro" —para saber "de dónde viene y adónde va"— necesitamos algún tipo de espejo interior. El "aliento del Espíritu" (o el acto puro del pensamiento) es ciertamente un acontecimiento, pero en sí mismo no garantiza su conciencia. La consciencia es el resultado de la interacción de dos principios: el activo, formativo, y el pasivo, reflexivo. Para saber "de dónde viene y adónde va", el aliento del Espíritu requiere Agua, en la que se reflejará. Por eso, en la conversación entre Cristo y Nicodemo, a la que nos referimos, se indica precisamente la condición más importante para la realización de la experiencia consciente del Espíritu Divino: el Reino de Dios:

«En verdad, en verdad te digo que el que no nazca del Agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3, 5).

«En verdad, en verdad». — En esta fórmula mantrica (es decir, mágica) de la realidad de la conciencia compartida, Cristo apela dos veces a la «verdad», es decir, afirma con ello que la plena conciencia de la verdad es el resultado de la refracción de la verdad «inspirada» por la verdad reflejada. La conciencia que ha recuperado su integridad, que es el Reino de Dios, supone una doble renovación (comparable, en su significado, al nacimiento) en sus dos componentes originarios: el Espíritu activo y el Agua reflectante. El Espíritu debe convertirse en el Aliento Divino, en lugar de una actividad arbitraria y personal, y el Agua debe convertirse en el espejo ideal de ese Aliento, en lugar de esa agitación que generan eternamente las pasiones, las fantasías desenfrenadas y las aspiraciones egoístas. La conciencia renovada debe nacer del Agua y del Espíritu una vez que el Agua vuelva a ser virginal y el Espíritu vuelva a ser el Aliento divino, o el Espíritu Santo. Por consiguiente, la conciencia renovada, restaurada en su integridad, nace en el alma humana, en cierto sentido, de forma análoga al nacimiento o a la encarnación histórica de la PALABRA:

«Et incarnatus est de Spiritus Sancto ex Maria Virgine». — «Y que se encarnó por obra del Espíritu Santo y de la Virgen María»[2].

El renacimiento del Agua y del Espíritu, al que Cristo alude ante Nicodemo, es el restablecimiento de aquel estado de conciencia que precedió a la Caída, cuando el Espíritu era el Aliento divino reflejado en la Naturaleza virginal. Esto es el yoga cristiano. Su objetivo no es la «liberación radical» (mukti), es decir, un estado de conciencia sin respiración y sin reflejo, sino más bien el «bautismo en agua y Espíritu», que constituye la respuesta plena y perfecta a la acción divina. Estos dos tipos de bautismo conducen a la reunificación de ambos componentes de la conciencia —el activo y el pasivo—, sin los cuales la conciencia no existe, mientras que la supresión de esta dualidad mediante cualquier método práctico (por ejemplo, aquel que se basa en el ideal de la unidad o la no dualidad —advaita—) conducirá inevitablemente a la extinción no del ser, sino de la propia conciencia, y esto no supondrá un nuevo nacimiento de la misma, sino simplemente un retorno al estado cósmico embrionario, anterior al nacimiento.

Por otra parte, en cuanto a la dualidad que subyace a todas las formas y a cada nivel de la conciencia (en nuestro caso, en cuanto al principio activo y su reflejo), esto es lo que dice Plotino:

«...cuando hay un espejo, surge el reflejo[3], pero si no hay espejo o si este es torcido, lo que podría reflejarse en él sigue existiendo, de hecho, [de todos modos]. De manera similar, si hablamos de la alma, cuando no se perturba en nosotros aquello que refleja las imágenes[4] del pensamiento y la mente, las vemos y las conocemos como en la percepción sensorial, sabiendo que también esta es resultado de la actividad del pensamiento y la mente. Pero cuando, como consecuencia de una alteración de la armonía del cuerpo, dicha percepción se ve perturbada, entonces el pensamiento y la mente actúan sin reflejo[5] y la actividad mental se lleva a cabo sin imagen mental [6] » (110:1. IV. 10; pp. 199, 201).

Esta concepción platónica de la conciencia merece una atención especial, ya que puede servir como comentario preliminar a la conversación nocturna de Cristo con Nicodemo, en la que se aborda el restablecimiento de la integridad de la conciencia, que constituye precisamente el objetivo del yoga cristiano.

El yoga cristiano no tiene como objetivo la unidad en sí misma, sino, más bien, la unidad de dos. Esto es muy importante para comprender el punto de vista que se propone respecto a la cuestión clave de la unidad y la dualidad, ya que esta misma cuestión puede abrirnos las puertas a los auténticos sacramentos divinos, a los misterios divinos, pero también puede cerrárnoslas… quizá para siempre. Todo depende de cómo la entendamos. Somos libres de decantarnos por el monismo y decirnos a nosotros mismos que solo puede existir una única esencia, un único ser. También podemos, basándonos en una impresionante experiencia histórica y personal, decidir a favor del dualismo y decirnos a nosotros mismos que en el mundo existen dos principios —el bien y el mal, el espíritu y la materia— y que esta dualidad, aunque en el fondo sea totalmente incomprensible, debe aceptarse como un hecho indiscutible. Y, por último, podemos decantarnos por otra visión que sitúa en primer plano el amor como principio cósmico, el cual supone la dualidad y postula su unidad no sustantiva, sino esencial.

Estos tres puntos de vista constituyen, respectivamente, la base del Vedanta (advaita) y la doctrina de Spinoza (monismo); del maniqueísmo y algunas escuelas gnósticas (dualismo); y, por último, la base de la tradición judeocristiana (el amor).

Para alcanzar una mayor claridad y profundidad en el análisis de esta cuestión, tomemos como punto de partida lo dicho sobre el número dos en el libro de Louis-Claude de Saint-Martin «Sobre los números».

«Ahora bien, para mostrar cómo se relacionan [los números] con la base de su actividad, comencemos por analizar cómo actúan la unidad y el número dos. — Cuando contemplamos una verdad importante, como el poder universal del Creador, Su grandeza, Su amor, Su luz insondable y atributos similares, nos trasladamos por completo a ese modelo supremo de todas las cosas; todas nuestras capacidades se dedican a llenarnos de Él y, en realidad, nos convertimos en un todo único con Él. — Tal es la imagen activa de la unidad, y el número uno en nuestras lenguas es la expresión de esa unidad, o unión invisible, que, al existir de forma oculta en todos sus atributos, debe existir igualmente entre la unidad y todas las criaturas por ella creadas. Pero si, tras elevar todas nuestras facultades de contemplación hacia esta fuente universal, volvemos nuestra mirada hacia nosotros mismos y nos llenamos de nuestra propia contemplación, de tal manera que nos consideremos a nosotros mismos como esa fuente de luz interior o de la satisfacción que ella nos aporta, a partir de ese momento creamos dos centros de contemplación, dos principios separados y antagónicos, dos fundamentos que no están relacionados entre sí; y, en última instancia, creamos dos unidades —con la diferencia de que una de ellas es auténtica y la otra, ilusoria. ...Dividir un ser significa dividirlo en dos partes; significa pasar del todo a la propiedad de una parte o mitad, y ahí precisamente radica la fuente de la dualidad ilícita[7]... Este ejemplo basta para mostrar el nacimiento del número dos, para mostrar la raíz del mal...» (118: pp. 2-3).

La dualidad, por lo tanto, implica la creación de dos centros de contemplación, dos principios separados y antagónicos: uno real y otro imaginario, y ahí radica el mal al que se reduce la dualidad «ilícita» e indebida. Sin embargo, ¿es esta interpretación de la dualidad, de la división, del propio número dos, la única posible? ¿Acaso no existe una dualidad legítima? ¿Una división que no significara una merma, sino, más bien, un incremento cuantitativo, un enriquecimiento de la unidad?

Volviendo al concepto de «dos centros de contemplación» planteado por Saint-Martin, que son «dos principios separados y antagónicos», cabe preguntarse: ¿es necesario que sean separados y antagónicos? ¿Acaso la propia palabra «contemplación», tal y como la utiliza San Martín, no sugiere la idea de dos centros que contemplan simultáneamente (como, por ejemplo, verían dos ojos situados en un eje vertical) las dos caras de la realidad, la fenoménica y la nouménica? ¿Y tal vez sea precisamente gracias a estos dos centros (o «ojos») por lo que somos conscientes —o podemos ser conscientes— de «lo que está arriba y lo que está abajo»? ¿Habría sido posible formular, por ejemplo, el principio fundamental de la Tabla Esmeralda si, en lugar de dos, solo hubiera un «ojo», un único centro de contemplación?

En el «Sefer Yetzirah» se dice al respecto:

«Los dos son el aliento que emana del Espíritu, y en él tomaron forma veintidós sonidos... pero el Espíritu es anterior y superior a ellos» (126:I, 10; p. 16).

O, dicho de otro modo, el dos es el Aliento divino y su Reflejo; es la fuente del «Libro del Apocalipsis», que es la esencia, el mundo y la Sagrada Escritura. El dos es el número de la conciencia conjunta del aliento del Espíritu y de sus letras «que han adquirido forma» (grabadas). Es el número del restablecimiento de la integridad de la conciencia, al que Cristo se refirió, comparándolo con el Agua virginal y el Aliento del Espíritu Santo, en su conversación con Nicodemo.

Sin embargo, el significado del número «dos» no se agota aquí. No solo no es meramente una «división ilegal» (en palabras de Saint-Martin), sino que es también —y ante todo— el número del amor, o la condición fundamental del amor, que este número presupone y establece... pues el amor es inconcebible sin el que ama y el amado, sin el «yo» y el «tú», sin el uno y el otro.

Si Dios fuera solo Uno y no hubiera creado el mundo, no sería el Dios que se manifestó en la figura de Cristo, ese Dios del que habla San Juan:

«Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él» (1 Jn 4,16).

Un Dios así no amaría a nadie más que a sí mismo. Puesto que para Dios, «que es Amor», esto es imposible, se manifiesta a la conciencia humana en la revelación como la Trinidad eterna: el Amante, que ama; el Amado, que ama; y su Amor, que los ama a ambos: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

¿Acaso tú mismo, querido amigo desconocido, no sientes una vaga insatisfacción cada vez que te encuentras con una fórmula en la que los atributos supremos de la Santísima Trinidad se definen como «Fuerza, Sabiduría, Amor» o «Ser, Conciencia, Bienaventuranza» (sat-chit-ananda)? Personalmente, yo siempre lo he sentido así, y solo al cabo de muchos años comprendí la razón. «Dios es amor», por eso no admite comparaciones y lo supera todo: la fuerza, la sabiduría y el propio ser. Para captar la diferencia entre las Hipóstasis, o Personas, de la Santísima Trinidad, se puede, si se quiere, hablar de «la fuerza del amor», «la sabiduría del amor», «la vida del amor», pero no se puede equiparar al mismo nivel el amor, por un lado, y la sabiduría, la fuerza y el ser, por otro. Pues si «Dios es amor» (y esto es indudablemente así), entonces Él es precisamente amor y solo amor, que con su mera presencia justifica y dota de valor y sentido a la fuerza, a la sabiduría y al propio ser. Porque el ser sin amor no es nada. El ser sin amor —pues es el tormento más terrible— ¡es el auténtico infierno!

¿Se deduce, pues, que el amor supera al ser? — ¿Acaso cabe dudar de esta verdad tras diecinueve siglos de su revelación en el Misterio del Calvario? «Lo de abajo es semejante a lo de arriba», y ¿acaso el sacrificio de su vida, de su existencia terrenal, realizado por amor por Dios hecho hombre, no es una prueba de la superioridad del amor sobre el ser? ¿Y no es acaso la Resurrección una manifestación de la otra cara de esta superioridad, según la cual el amor no solo es superior al ser, sino que además lo engendra y lo renueva?

La cuestión de la primacía y la primigenia naturaleza del ser o del amor se remonta a la época de la Antigüedad. Platón abordó esta cuestión cuando dijo:

«El sol —dirás— no solo confiere a los objetos visibles, creo, la capacidad de ser visibles, sino también el nacimiento, el crecimiento y el sustento, mientras que él mismo no nace... Así también el Bien, hay que decir, confiere a los objetos cognoscibles no solo la capacidad de ser cognoscibles, sino también de existir y de recibir de él su esencia, mientras que el Bien no es la esencia, sino que, por su dignidad y poder, se eleva por encima de los límites de la esencia» (11:509 B).

Y siete siglos después de Platón, Salustio, un hombre cercano al emperador Juliano, decía:

«Así pues, si la Causa Primera fuera el alma, todo estaría animado por el alma; si fuera la razón, todo sería racional; si fuera el ser, todo participaría de él. De hecho, algunos, al ver que todas las cosas poseen el ser, concluyeron que el ser es la Causa Primera. Así sería si las cosas que existen en el ser existieran únicamente gracias al ser, sin ser el bien. Sin embargo, si las cosas que existen lo hacen porque participan del bien y lo comparten, entonces lo que es primero debe estar por encima del ser y ser el bien auténtico. Prueba irrefutable de ello es que las almas nobles, por amor al bien, desdeñan el ser cuando están dispuestas a exponerse al peligro por la patria, por el prójimo o por la virtud» (120: p. 11).

La primacía del bien (el bien en el sentido de un concepto filosófico abstracto del amor como realidad) frente al ser fue también objeto de debate por parte de Plotino («Enéadas» VI, 7, 23-24; 108), Proclo («Sobre la teología de Platón», II, 4) y Dionisio el Areopagita («Sobre los nombres divinos», IV). San Buenaventura intentó conciliar la primacía del bien en la interpretación de Platón y la primacía del ser, revelada a Moisés en la revelación —«Yo soy el que soy», «Yo soy el que existe» (Éxodo 3:14)— (33: X, 10); intentos similares fueron emprendidos en un primer momento por Juan Damasceno y, posteriormente, por Tomás de Aquino, quien afirmaba que, de entre todos los nombres de Dios, solo uno corresponde a su auténtica grandeza, y ese es «Qui est» («El que es», «El que existe»), precisamente porque no significa otra cosa que el ser propiamente dicho. A las interpretaciones de santo Tomás, san Juan Damasceno y Moisés se suma Étienne Gilson:

«En este principio reside la inagotable fecundidad de la metafísica... Solo hay un Dios único, y ese Dios es el Ser: he aquí la piedra angular de toda la filosofía cristiana, y no fue colocada por Platón, ni siquiera por Aristóteles, sino por Moisés» (53: p. 51).

¿Cuál es, sin embargo, el significado propio de esta afirmación de la primacía del ser —y no del bien o (en el sentido de San Juan) del amor?

Desde un punto de vista ético, la idea del ser es neutra. Para llegar al bien o a la belleza, no es necesario experimentarlos. El reino de los minerales ya ilustra de forma bastante clara la ambivalencia ética de la idea del ser: el mineral es. Esto significa que la idea del ser es objetiva; es decir, en última instancia, según esta idea, en la base de todo, de todos los fenómenos, yace algo: una sustancia inmutable.

Intenta, querido amigo desconocido, cerrar los ojos e imaginar mentalmente la imagen exacta que acompaña a esta idea en tu imaginación. ¿No es cierto que se trata de una sustancia indefinida, sin color ni forma, que recuerda a las aguas del mar?

Sea cual sea el contenido de la concepción subjetiva del ser como tal, la idea misma del ser es indiferente desde el punto de vista moral y, por lo tanto, esencialmente naturalista. En ella se subentiende algo pasivo, es decir, un hecho dado o inmutable. Por el contrario, cuando se piensa en el amor en el sentido que indica san Juan el Teólogo, o en la idea platónica del bien, ante la mirada interior surge la visión de una actividad esencial[8] que no solo no es neutra desde el punto de vista de la vida moral, sino que es el mismísimo corazón humano: el corazón del mundo, el corazón del ser. Y la imagen que acompaña a este concepto de realidad pura es la del fuego o del sol (Platón comparaba la idea del bien con el sol, y su luz con la verdad), y no la de una sustancia infinita y amorfa.

Ya Fales y Heráclito discrepaban en sus concepciones sobre la «base del mundo»: para el primero, la esencia de todo era el agua; para el segundo, el fuego. En nuestro caso, sin embargo —y esto hay que subrayarlo especialmente—, la idea del BIEN y su culmen —el AMOR— se deriva de la concepción del mundo como proceso moral, mientras que la idea del SER y su culmen —Dios el Ser, «AQUEL QUE ES»— se deriva de la concepción del mundo como hecho de la Naturaleza. La idea del bien (o del amor) es, en esencia, subjetiva. Para comprenderla es absolutamente necesario poseer experiencia de la vida del alma y de la vida espiritual, la vida del espíritu, mientras que la idea del ser, por su parte, al ser en esencia objetiva, supone únicamente un conocimiento a sabiendas incompleto del mundo exterior —por ejemplo, del reino de los minerales—.

El resultado de la elección entre estos dos «puntos de vista» o, más exactamente, «disposiciones del alma», viene predeterminado por lo que subyace en la base misma de la naturaleza intrínseca de la experiencia del misticismo práctico, que, a su vez, viene determinada por dicha elección. Quien elija el ser aspirará al verdadero ser, y quien elija el amor aspirará al amor; lo que siembres, eso cosecharás. Quien anhele el verdadero ser llegará a experimentar la paz en el ser, y dado que no puede haber dos tipos verdaderos de ser («división ilícita», según Saint-Martin) ni dos sustancias coetáneas separadas, sino solo un ser y una sustancia, el «ser falso» (ahamkara, la ilusión de la existencia separada del «yo» como sustancia independiente) quedará anulado en su mismo centro. Este camino místico se caracteriza por la pérdida de la capacidad de llorar. Los ojos del seguidor del yoga o del vedanta siempre estarán secos, mientras que los sabios de la Cábala, según el «Zohar», lloran mucho y a menudo. En el misticismo cristiano también se habla del «don de las lágrimas» como de una gracia y una misericordia especial de Dios. Cristo derramó lágrimas ante el sepulcro de Lázaro. Así pues, poseer el «don de las lágrimas» es un rasgo inseparable —y plenamente compatible con la esencia misma de la experiencia mística correspondiente— de quienes han elegido precisamente este camino: quienes han elegido al Dios del amor. En este camino, la unión con la Divinidad no consiste en la absorción del ser individual por el Ser Divino, sino, más bien, en la experiencia de respirar el Amor Divino, en el resplandor de este y en su calor. El alma que recibe todo esto experimenta algo tan inexpresable, tan maravilloso, que llora. En esta experiencia mística, el fuego se encuentra con el Fuego; y entonces, en la personalidad humana, nada se apaga; al contrario, todo se enciende. Tal es la experiencia vivida en primera persona de la «dualidad legítima»: la unión de dos sustancias separadas en una sola esencia. Las sustancias permanecen separadas mientras se vean privadas del valor supremo del ser: la unión libre en el amor.

He hablado de «dos sustancias» y de «una esencia única». Aquí es necesario intentar captar el significado auténtico de estos dos términos —substantia y essentia—, cuya clara distinción se ha difuminado casi por completo en la actualidad. Sin embargo, en otro tiempo estos dos términos designaban dos categorías diferentes, no solo de ideas, sino también del ser y de la propia conciencia.

Platón estableció la distinción entre ειναι (ser) y ουσία (esencia). El ser, según Platón, significa el hecho de la existencia como tal, mientras que la esencia se refiere a la existencia gracias a las Ideas.

«Todo lo que existe —es decir, lo que posee existencia (existentia)— posee, por lo tanto, esencia (essentia) a través de su participación en las Ideas, que son en sí mismas esencias. El término «esencia», por lo tanto, designará para nosotros no una existencia abstracta, sino la realidad de la Idea» (52: vol. II, pp. 106-7).

El término «esencia» (essentia, ουσία ) designa el propio acto positivo mediante el cual el ser es (en la Cábala se trataría del acto de emanación de la primera Sefirá —KETHER (כתר), la Corona)—, a la que corresponde el nombre divino EHIEH (אהיה), es decir, «YO SOY», procedente de AIN-SOPH, el Infinito):

«...como si el verbo “esse” formara el participio presente “essens”, de donde proviene la palabra “essentia”» (53: p. 54).

Así pues, el término «esencia», en su sentido propio, se refiere únicamente a Dios mismo; todo lo demás queda abarcado por la categoría de sustancia. Esto es lo que dice al respecto uno de los Padres de la Iglesia, San Agustín, seguidor de Platón:

«... ahora queda claro que es erróneo llamar a Dios «sustancia» y que es mejor denominarlo con el término más preciso de «esencia» (essentia), término que resulta aquí especialmente adecuado y apropiado, de modo que, en verdad, solo a Dios se le puede llamar esencia» (21: VII, 5,10).

La distinción entre sustancia y esencia, entre lo real y lo ideal, entre el ser y el amor (la idea del bien), o entre Aquel que es («el Ser») y AIN-SOPH es, en particular, la clave para comprender el Evangelio según San Juan:

«Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, Él lo ha revelado» (Jn 1, 18).

«Nadie ha visto jamás a Dios», es decir, nadie puede contemplar a Dios cara a cara sin perder su propia identidad. Porque «ver» significa «percibir ante la presencia de lo percibido». Sin duda, a Cristo le precedieron —en la figura de los «arrebatados por Dios» (la experiencia de los profetas), o de los «inmersos en Dios» (la experiencia de los yoguis o de los místicos de la Antigüedad), o de quienes veían el mundo como una revelación de Sus obras (la experiencia de los sabios y los filósofos de la Antigüedad)—, numerosos ejemplos de conocimiento de Dios, pero nadie lo ha visto jamás. Pues ni la inspiración de los profetas, ni la inmersión en Dios de los místicos, ni la contemplación de Dios por parte de los sabios en el espejo de la Creación equivalen a la nueva experiencia de la «visión de Dios» —la «visión bienaventurada», en términos de la teología cristiana—. Esta «visión» se lleva a cabo en la esfera de la esencia, que está por encima de toda sustancia; no se trata de una fusión, sino de un encuentro, un «encuentro» en los dominios de la esencia, donde la personalidad humana (la autoconciencia) no solo permanece intacta y no encuentra obstáculos, sino que ella misma se convierte en «lo que es», es decir, verdaderamente ella misma —tal y como fue concebida desde la eternidad por la Sabiduría de Dios. Solo en este sentido, que matiza las palabras de San Juan citadas anteriormente, pueden entenderse las siguientes palabras de Cristo:

«Todos los que han venido antes que yo son ladrones y salteadores» (Jn 10, 8).

En estas palabras se esconde un misterio profundísimo. De hecho, ¿cómo pueden ser comprensibles si contradicen claramente otras muchas declaraciones de Cristo sobre Moisés, David y otros profetas que le precedieron?

Ahora bien, no se trata aquí de ningún tipo de robo o atraco en el sentido habitual, sino del principio de la iniciación antes y después de Jesucristo. Los maestros y profetas que vivieron antes de Su venida enseñaban el conocimiento de Dios a través de la personalidad, que debía humillarse cuando era «arrebatada» por Dios o «sumergida» en Él. Y precisamente en este sentido —en el sentido de la disminución o el aumento del «talento»—, la medida del oro confiado a la humanidad, es decir, la personalidad, que es «a imagen y semejanza de Dios» (como dijo Goethe: «Das höchste Gut der Erdenkinder ist doch die Persönlichkeit». — «El mayor tesoro de los hijos de la tierra es, sin duda, el principio de la personalidad»), —eran «ladrones y salteadores». Por supuesto, daban testimonio de Dios, pero el camino que enseñaban y seguían era el de la despersonalización —la abnegación—, lo que los convertía en testigos («mártires») de Dios. La grandeza de Buda residía en el alto grado de abnegación que alcanzó. Quienes dominan el yoga a la perfección poseen la capacidad de la abnegación, de la despersonalización. La abnegación también la practicaban los filósofos antiguos —aquellos que realmente vivían como «filósofos», lo que se refiere en primer lugar a los estoicos—.

Por eso, quien ha elegido el camino de la abnegación es incapaz de llorar, y sus ojos permanecen siempre secos. Porque en el ser humano solo su personalidad es capaz de llorar: solo a ella le pertenece el «don de las lágrimas». «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5, 4).

Así pues, he aquí al menos un aspecto (intentaré volver sobre otro más profundo en una de las próximas cartas) según el cual podemos afirmar que la misteriosa frase sobre «ladrones y salteadores» puede convertirse en fuente de una luz deslumbrante. Cuando en el Evangelio se habla de aquellos que vinieron antes que Cristo, la palabra «antes» no denota tanto una coordenada temporal como un grado de dedicación: los predecesores de Cristo son «ladrones y salteadores» en lo que respecta a la personalidad, ya que predicaban su abolición en el ser humano. En contraposición a esto, Cristo también dice: «Yo he venido para que [las ovejas] tengan vida, y la tengan en abundancia» (Juan 10:10); en otras palabras, Cristo vino para multiplicar la vida de aquel que le es querido y que se encuentra en peligro, es decir, uno de los miembros de su rebaño —la «oveja»—, que simboliza la personalidad. Esto resulta especialmente incomprensible si recordamos el ideal de nichthe de la personalidad —el «superhombre»— o figuras odiosas de la historia, como Alejandro Magno, Julio César, Napoleón… ¡O las «personalidades destacadas» de la actualidad!

No, querido amigo desconocido, la obsesión por el poder o la fama no forja ni la personalidad ni su grandeza. Las «ovejas», en el lenguaje de Cristo —el lenguaje del amor—, no significan ni «personalidad destacada» ni «personalidad insignificante», sino, sencillamente, cada alma viva. Cristo desea que la vida de esa alma sea segura y tan plena como Dios le haya destinado. Una «oveja» es un ser vivo rodeado de peligros y objeto del cuidado divino. ¿Acaso no es eso suficiente? ¿O es que aquí hay muy poco esplendor y gloria? ¿O es que esta imagen resulta demasiado insignificante, digamos, para un mago que invoca a espíritus buenos o malos?

En este caso, conviene prestar especial atención a un detalle significativo. El lenguaje de Cristo es el lenguaje del amor, y no el de la psicología, la filosofía o la ciencia. Un mago poderoso, un artista genial, un pensador sabio y un místico que irradia la luz del misterio merecen, sin duda, todos estos epítetos positivos —quizá incluso mejores—, pero Dios no hace distinciones. A los ojos de Dios, no son más que su rebaño amado; en su cuidado por él, Dios desea que el rebaño nunca se desvíe del camino, para que «las ovejas tengan vida» larga: eterna.

Antes de concluir nuestras reflexiones sobre el problema del número dos, el problema de la dualidad «legítima e ilegítima», me gustaría rendir homenaje a la mente inquisitiva de Saint-Yves d’Alveydre, a quien se le reveló una profundidad especial en este problema. La idea central de su obra «La misión de los judíos» es la comparación del Nombre completo de Dios (יהלה, «YOD-HE-VAU-HE», o Tetragrámaton[9]) con el incompleto (הלה, «HE-VAU-HE»), En el primer caso, la función del principio jerárquico supremo la desempeña YOD —la esencia—; en el segundo, esta función recae en HE —la sustancia—, que se convierte así en primaria. Es precisamente esta segunda interpretación la que explica el origen del espiritualismo y el naturalismo, con todas las consecuencias que de ello se derivan y que pueden observarse en los ámbitos religioso, filosófico, científico y social. Gracias a d’Alveidro, el problema ha recibido una formulación extraordinariamente precisa y clara, sobre lo que quiero llamar su atención. No obstante, debo señalar que su interpretación posterior de esta fórmula resulta bastante cuestionable. En concreto, d’Alveydre afirma que el principio (o principio) de la razón pura es YOD, mientras que define a HE-VAU-HE —es decir, el contenido concreto— como el principio del amor y del alma, o «principio pasional». De este modo, al dar prioridad a la razón como principio masculino y espiritual, subordina a ella el amor como principio femenino y psíquico. Pero Cristo enseñó que el Padre es Amor. Por lo tanto, la razón, como reflejo —o luz— del principio ardiente del amor, solo puede ser un principio femenino, Sofía, esa Sabiduría que colabora con el Creador en el proceso de la Creación, tal y como se dice en el Antiguo Testamento. Los gnósticos también enseñaban sobre Sofía como principio femenino. La razón pura es lo que refleja; el amor, lo que actúa.

El hecho de que el hombre sea normalmente más racional, «más sensato», que la mujer no significa que la razón sea un principio masculino. Más bien al contrario: el hombre, aunque sea varonil físicamente, es femenino desde el punto de vista psíquico, mientras que la mujer, aunque sea femenina físicamente, es varonil (activa) en su interior. Por consiguiente, la razón es la parte femenina del alma, mientras que la fantasía fecundadora es el principio masculino. La razón, si no es fecundada por la imaginación guiada por el corazón, es estéril. Todo depende de los impulsos que recibe del corazón a través de la imaginación.

En cuanto al tercer principio, El Espíritu no es ni la razón ni la imaginación, sino el Amor-Sabiduría; es decir, en principio, el Espíritu es andrógino, aunque en la práctica no siempre sea así.

Esto es, en mi opinión, todo lo que había que decir sobre el problema del número dos y su significado —un problema cuya resolución es la clave del Segundo Arcano, la Sacerdotisa. Pues este es el arcano de la dualidad que subyace en la base de la conciencia: la actividad espontánea y su reflejo; es el arcano de la transformación del acto puro en representación, de la representación en imágenes de la memoria, de las imágenes de la memoria en palabra y de la palabra en su escritura, o en el libro.

La Sacerdotisa lleva en la cabeza una tiara de tres niveles; en las manos, un libro abierto. La tiara, salpicada de piedras preciosas, indica que el acto puro pasa inicialmente por tres etapas de condensación a través de tres niveles superiores invisibles, antes de alcanzar el cuarto y definitivo: el libro. De este modo, la tiara simboliza el reflejo, la memoria, la palabra y la escritura; o, dicho de otro modo, la revelación y la tradición[10], tanto oral como escrita; y, para ser más precisos, si hay que expresarlo, en definitiva, con una sola palabra, GNÓSIS (precisamente este título se utiliza como encabezamiento del segundo capítulo del libro de Eliphas Lévi «Doctrina y ritual de la magia superior»).

El segundo Arcano se refiere al conocimiento, y en absoluto a la ciencia, ya que es precisamente la gnosis, el conocimiento, lo que simboliza —tanto en su conjunto como en los detalles— la Sacerdotisa representada en la carta: el conocimiento como descenso de la revelación (acto puro o esencia reflejada en la sustancia) hasta la etapa final: «el libro». La ciencia, por el contrario, parte de los hechos («las letras» del libro de la Naturaleza) y asciende de los hechos a las leyes, y de las leyes a los principios. La gnosis es el reflejo de «lo que está arriba»; la ciencia, por el contrario, es la interpretación de «lo que está abajo». El mundo de los hechos es la última etapa de la gnosis, donde esta se convierte ella misma en un hecho, un hecho en sí mismo, es decir, en el «libro». Para la ciencia, en cambio, el mundo de los hechos es la primera etapa, donde «desentraña» las leyes y los principios.

Dado que la carta simboliza la gnosis (es decir, el misticismo reflexivo), en ella no aparece la imagen de un erudito o un doctor, sino la de una sacerdotisa, la Suma Sacerdotisa, la guardiana sagrada del Libro del Apocalipsis. Dado que la Sacerdotisa simboliza las etapas del descenso de la revelación —desde el nivel más bajo, la tiara que corona su cabeza, hasta el libro abierto sobre sus rodillas—, esto explica también su propia postura: está sentada, lo que en este caso significa la relación entre la vertical y la horizontal, de acuerdo con la tarea de la proyección externa (la horizontal, el libro) de la revelación descendente (la vertical, la tiara). Esta postura indica el método práctico de la gnosis, del mismo modo que el Mago de pie indica el método práctico del misticismo. El Mago se atreve —y por eso está de pie—. La Sacerdotisa sabe —y por eso está sentada—. La diferencia entre la postura del Mago y la de la Sacerdotisa expresa la transición de la «audacia» (atreverse) al conocimiento.

La esencia del misticismo puro es la actividad creativa. Se convierte en místico aquel que se atreve a elevarse, es decir, a «enderezarse» hasta elevarse por encima de todo el ser creado y alcanzar la esencia misma del Ser no creado: el fuego divino creador. La «concentración sin esfuerzo» es una llama que arde con una luz uniforme, sin humo ni chispas. La aspiración humana hacia la Realidad suprema es un acto de audacia intrépida que solo alcanza su meta cuando reina la paz en el alma y en el cuerpo, cuando, en sentido figurado, no hay ni humo, ni crepitar, ni chispas.

La esencia de la gnosis pura es el misticismo reflejado. La gnosis es el conocimiento supremo como instrumento y resultado de la transformación de lo que ocurre en el ámbito del misticismo; o, dicho de otro modo, es el misticismo que se ha conocido a sí mismo a través del reflejo: es la experiencia mística transformada en conocimiento supremo.

Como ya se ha dicho, esta transformación de la experiencia mística en conocimiento se produce por etapas. La primera etapa es el mero reflejo, o una especie de repetición imaginaria de la experiencia. La segunda etapa es la incorporación de la experiencia a la memoria. La tercera etapa es su asimilación a través del pensamiento y el sentimiento, donde se convierte en una especie de «mensaje» o palabra interior. Y, por último, en la cuarta etapa, la experiencia mística se transforma en un símbolo verbalizado —«escrito» o «libro»—; es decir, se formula.

En su reflejo puro, la experiencia mística carece de imagen y de palabra. Es movimiento en estado puro, movimiento en sí mismo, transmitido a la conciencia gracias al contacto directo con aquello que está por encima de la conciencia y le es trascendente: lo transubjetivo. Una experiencia de este tipo es tan evidente como lo es la experiencia relacionada con el sentido del tacto en el mundo físico y, al mismo tiempo, está tan desprovista de forma, color y sonido como lo está el sentido del tacto. Esto justifica nuestra comparación con el sentido del tacto; es decir, dicha experiencia puede denominarse «tacto espiritual» o «intuición», y aunque esta denominación no sea del todo adecuada, al menos expresa el carácter del contacto directo propio de la primera etapa del reflejo de tal o cual acto en el ámbito de la experiencia mística. Al mismo tiempo, la experiencia mística y la gnosis siguen siendo inseparables y constituyen un todo único.

Si queremos establecer una conexión entre el estado de conciencia mencionado (más los tres siguientes) y el Nombre sagrado יהלה  (YOD-HE-VAU-HE), que constituye la cúspide y la culminación de la gnosis judía, o de toda la Cábala, no podemos evitar asociarlo con la primera letra del Nombre — (YOD), cuya propia forma, —un punto que tiende a proyectarse hacia el exterior—, sugiere esta asociación, correspondiendo de manera notable a la experiencia de la percepción espiritual, que no es otra cosa que un punto que encierra en sí mismo, en estado embrionario, un mundo de posibilidades potenciales.

El tacto espiritual, o intuición, es lo que permite establecer contacto entre nuestra conciencia y el mundo de la experiencia mística pura. Es precisamente gracias al tacto espiritual que existe en el mundo y en la historia de la humanidad aquello en lo que consiste la verdadera religión: un vínculo real entre el alma viva y el Dios vivo. El misticismo es la fuente y la raíz de toda religión. Sin él, la religión y toda la vida espiritual de la humanidad no serían más que un conjunto de leyes que regulan los pensamientos y las acciones humanas. Si Dios significa para el ser humano algo más que un concepto abstracto, es precisamente gracias a la percepción espiritual, o al misticismo. El misticismo es el germen no solo de la vida religiosa, con toda su teología y sus realidades de culto, sino también el germen de la gnosis, que no es otra cosa que teología esotérica, del mismo modo que la magia es un arte esotérico y el ocultismo —o hermetismo— es una filosofía esotérica. Así pues, en el Tetragrammaton, el misticismo es la letra YOD; el conocimiento (gnosis), la primera HE; la magia, la VAU, o «hijo» del misticismo y la gnosis; y la filosofía hermética, la segunda (conclusiva) HE, es decir, el resultado de lo que se ha revelado en la revelación. El HE final, o filosofía hermética, es el «libro» que la Sacerdotisa sostiene sobre sus rodillas, mientras que los tres niveles de su tiara representan las etapas de la transición secuencial de la revelación desde la esfera mística a la gnóstica, desde la gnóstica a la mágica y, por último, desde la mágica a la filosófica: a la esfera del «libro» o de la «doctrina».

Además del sentido místico —el tacto espiritual—, existe también un sentido «gnóstico», «mágico» y otro especial: el «hermético-filosófico». Sin la experiencia sintética de estos cuatro sentimientos y la práctica correspondiente de los cuatro métodos distintos, es imposible la comprensión plena del Nombre sagrado —YOD-HE-VAU-HE—. Pues, según la tesis fundamental de la epistemología hermética (o «gnoseología»), «cada objeto de conocimiento requiere un método de conocimiento adecuado». Esta tesis —o regla— debe entenderse en el sentido de que nunca se puede aplicar un mismo método de conocimiento en esferas diferentes: solo puede ser eficaz cuando se aplica a distintos objetos de una misma esfera. Un claro ejemplo del incumplimiento de esta ley es la «psicología cibernética», que se propuso explicar al ser humano y su vida psíquica mediante leyes mecánicas y materiales.

Cada tipo de experiencia y conocimiento, en su máxima expresión, se convierte en un sentimiento o implica un sentimiento especial. En aquel que se atreve a aspirar a comprender la esencia única del Ser, se desarrollará un sentimiento místico o una percepción espiritual. En aquel que desee no solo vivir, sino también aprender a comprender lo que experimenta, se desarrollará un sentimiento gnóstico. En aquel que desee hacer realidad lo que ha percibido a través de la experiencia mística, se desarrollará un sentimiento mágico. Y, por último, quien no desee que todo lo que ha experimentado, todo lo que ha comprendido y puesto en práctica, quede limitado a su personalidad y a su época, sino que desee transmitir su propia experiencia y conocimientos a los demás y hacerlos llegar a las generaciones futuras, debe desarrollar en sí mismo un sentido hermético-filosófico, gracias a cuya puesta en práctica «escribirá un libro».

Tal es la ley plasmada en el Tetragrammaton, que indica, en particular, la secuencia de transformación de la experiencia mística en tradición; tal es la ley del nacimiento de la tradición. Su fuente es la experiencia mística: es imposible ser gnóstico (o mago, o filósofo hermético) sin ser místico. La tradición solo está viva cuando constituye un organismo íntegro, es decir, cuando es el resultado de la síntesis del misticismo, la gnosis, la magia y la filosofía hermética. De lo contrario, se apaga y muere; los signos de la muerte inminente de la tradición son su desintegración en elementos separados y la posterior degeneración de estos. Y entonces, por ejemplo, la filosofía hermética, al haber perdido el vínculo vivo con la magia, la gnosis y el misticismo, se convierte en un sistema parasitario de pensamiento autónomo que, en esencia, no es más que un auténtico complejo psicopatológico, ya que priva de libertad a la conciencia humana, hipnotizándola y esclavizándola. El ser humano que ha caído víctima del hipnotismo de un sistema filosófico (y, en comparación con el efecto catastrófico de tal hipnotismo, los hechizos de brujería son una auténtica bagatela), corre el riesgo de no volver a ver nunca más el mundo, a las personas ni los acontecimientos históricos de otra manera que no sea a través del prisma distorsionador del sistema del que está obsesionado. Así, el marxista actual es incapaz de ver en la historia nada más que la «lucha de clases». Todo lo que aquí haya dicho sobre el misticismo, la gnosis, la magia y la filosofía no será para él más que demagogia burguesa, cuyo objetivo es «ahogar en una niebla mística e idealista» la realidad de la explotación del proletariado por parte de la burguesía, —aunque mis padres no me dejaran ni un céntimo, y no recuerdo un solo día en el que no me haya visto obligado a ganarme la vida con trabajos totalmente «justos» desde el punto de vista de los marxistas.

Otro ejemplo elocuente de la obsesión por el sistema puede ser el freudismo. Una persona cegada por las enseñanzas de Freud solo verá en todo lo que he escrito una sublimación de la «libido reprimida», que fue la que me obligó, en busca de una salida a la insatisfacción sexual, a recurrir al tarot e incluso a escribir un libro sobre él.

¿Es necesario citar más ejemplos? Por ejemplo, ¿qué tal recordar a los hegelianos, que con su sistema distorsionaron la propia historia de la humanidad, o a los «realistas» de la escolástica medieval, que acabaron en la Inquisición, o a los racionalistas del siglo XVIII, cegados por el brillo de pacotilla de su argumentación autosuficiente?

Vemos, por tanto, que los sistemas filosóficos autónomos, separados del cuerpo vivo de la tradición, son estructuras parasitarias que se apoderan del pensamiento humano, de los sentimientos y, en última instancia, de la propia voluntad. En esencia, desempeñan el mismo papel que los trastornos psíquicos en forma de complejos neuróticos o ideas obsesivas. Su equivalente físico es el cáncer.

Por otra parte, si hablamos de la magia autónoma, es decir, de la magia separada del misticismo y la gnosis, esta degenera inevitablemente en brujería o, como mínimo, en una especie de esteticismo romántico pervertido. En realidad, no existe ninguna «magia negra», salvo, a lo sumo, unos lamentables brujos que se debaten a ciegas en la oscuridad, privados de la luz de la gnosis y el misticismo.

A su vez, la gnosis sin experiencia mística es la esterilidad misma. No es más que un fantasma de la religión, sin vida e inmóvil, su cadáver, reanimado con migajas intelectuales de la mesa de la historia pasada de la humanidad. ¡«Iglesia Gnóstica Universal»! ¡Por Dios! ¿Qué más se puede decir aquí? ¿Qué se puede decir en general de aquellos que supuestamente poseen, aunque sea de forma incompleta, el conocimiento de las leyes de la vida espiritual que rigen toda la tradición?

Por último, el misticismo que no ha dado lugar al gnosticismo, a la magia ni a la filosofía hermética, tarde o temprano acabará degenerando en «disfrute espiritual» o «embriaguez espiritual». El místico que solo busca experiencias místicas sin comprenderlas y sin extraer de ellas las conclusiones prácticas correspondientes que exijan su puesta en práctica; el místico que no desea beneficiar a los demás, que se olvida de todos, de todo y de todo lo demás en aras del disfrute de la experiencia mística, ese místico, por supuesto, no es más que un ebrio espiritual.

Como cualquier organismo vivo, la tradición solo puede vivir cuando constituye un todo orgánico formado por misticismo, gnosis y magia eficaz y fecunda, un todo que se manifiesta exteriormente como filosofía hermética. En pocas palabras, esto significa que la tradición está muerta hasta que se convierta en una experiencia de la tradición para el ser humano en su totalidad: una experiencia de él, en él y para él. Pues el ser humano como un todo es a la vez místico, gnóstico, mago y filósofo; es decir, es, por naturaleza, religioso, contemplativo, artístico e inteligente. Todo el mundo cree en algo, comprende algo, es capaz de algo y piensa algo. Depende precisamente de la naturaleza humana que la tradición viva o muera. Y es precisamente la naturaleza humana la que es capaz de dar vida a la tradición en toda su integridad y de mantener esa vida, pues en cada persona existen, de forma potencial o actual, los cuatro «sentidos»: el místico, el gnóstico, el mágico y el filosófico.

Así pues, en la práctica, la enseñanza del Segundo Arcano, La Sacerdotisa, está relacionada con el desarrollo del sentido gnóstico. ¿En qué consiste este?

Se trata de un sentimiento contemplativo. La contemplación, que culmina la concentración y la meditación, se produce en cuanto se suspende el pensamiento discursivo y lógico. La tarea del pensamiento discursivo queda cumplida cuando llega a una conclusión suficientemente fundamentada; dicha conclusión —el resultado del discurso mental— sirve a partir de ese momento como punto de partida para la contemplación, desde el cual comienza la incursión en su profundidad. En otras palabras, la contemplación revela un mundo en el interior de aquello que el pensamiento discursivo simplemente verifica como algo «verdadero». El sentimiento gnóstico se despierta cuando, en el acto del conocimiento, se abre una nueva dimensión —la dimensión de la profundidad—, algo más profundo que la pregunta: ¿es esto verdadero o falso? Con su ayuda se revela no solo la profundidad del significado de la verdad descubierta por el pensamiento discursivo, sino también por qué esa verdad es verdadera en sí misma, es decir, se alcanza su fuente mística o esencial. ¿De qué manera? — Prestando atención en silencio. Esto recuerda al esfuerzo por recordar algo olvidado. La conciencia «escucha» en silencio, del mismo modo que las personas «escuchan» en su interior cuando quieren sacar de la oscuridad del olvido y resucitar en la memoria aquello que una vez supieron. Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre el «silencio atento» de la contemplación y el silencio que acompaña a los intentos de recordar. En el segundo caso nos encontramos ante la horizontal —el eje del tiempo entre el pasado y el presente—, mientras que el «silencio atento» de la contemplación se refiere a la vertical —el eje entre «lo de arriba y lo de abajo»—. En el acto habitual del recuerdo, nos dirigimos a una especie de espejo interior que refleja el pasado; también nos dirigimos a él en estado de contemplación, escuchando en silencio, pero en este caso buscamos en el espejo de la conciencia el reflejo de «lo que está arriba». Este es el «acto del recuerdo» en la vertical.

Así pues, existen dos tipos de memoria: la «horizontal», gracias a la cual el pasado se convierte en presente, y la «vertical», gracias a la cual «lo que está arriba» se revela en «lo que está abajo»; o, por analogía con la distinción entre las dos categorías de simbolismo que se menciona en la primera carta, la «memoria mitológica» y la «memoria tipológica».

En cuanto a la memoria horizontal, o mitológica, resulta totalmente acertada la afirmación de Henri Bergson:

«En realidad, la memoria no es un movimiento de retorno del presente al pasado, sino, por el contrario, un movimiento progresivo del pasado hacia el presente» (27: p. 319).

Y continúa:

«...en su forma más pura, la memoria es una manifestación espiritual. A través de la memoria, nos encontramos verdaderamente en el reino del espíritu» (27: p. 320).

Precisamente por eso y de esa manera es como el pasado nos llega en forma de recuerdo, y precisamente por eso el recuerdo va precedido de un estado de vacío silencioso —un espejo en el que puede reflejarse el pasado—; o, según la interpretación de Bergson, «el estado del cerebro prolonga el recuerdo, le confiere poder sobre el presente mediante esa materialidad de la que (al actuar como espejo) él mismo lo dota» (27: 320).

Lo mismo ocurre con la memoria vertical, o tipológica; es decir, no es menos acertada la afirmación de Platón cuando habla de la memoria del «Yo» trascendente, del Ser trascendente, que dota de recuerdos al «yo» empírico:

«Puesto que el alma es inmortal, renace a menudo y lo ha visto todo, tanto aquí como en el Hades, no hay nada que ella no haya conocido... [por lo tanto] buscar y conocer es precisamente lo que significa recordar» (108:81 C, D).

Es decir, aquí nos encontramos ante un cuadro totalmente similar: «lo que está arriba», en el reino del Ser trascendente, desciende al nivel del ser empírico, cuando en este se crea ese vacío de silencio que sirve de espejo a la revelación de lo alto.

Así pues, ¿qué es necesario para obtener aquí, en el reino de la conciencia que despierta, el reflejo de «lo que está arriba», en el reino de la mística?

Es necesario, en sentido figurado, «sentarse», es decir, llevar la conciencia a un estado de receptividad activa; más concretamente, se requiere un estado del alma en el que esta escuche en silencio. Es necesario ser «mujer», es decir, permanecer en una espera silenciosa, y no en el torrente de un monólogo interior. Es necesario «cubrir con un velo» las esferas intermedias entre la esfera que debe reflejarse y aquella en la que se fija el estado de la conciencia que despierta y que actualiza ese reflejo. La cabeza debe estar «coronada con una tiara de tres niveles», es decir, es necesario abordar un problema tan trascendental que esté estrechamente vinculado a los tres mundos, hasta «lo que está arriba». Por último, es necesario «dirigir la mirada hacia el libro abierto» que yace sobre las rodillas, es decir, llevar a cabo una operación psiquirúrgica completa, orientada a alcanzar tal o cual resultado —una realización concreta— y, de este modo, continuar la tradición, «completar el libro de la Tradición».

Vemos que en la figura de la Sacerdotisa se reflejan claramente todas estas indicaciones prácticas —las condiciones que determinan la secuencia del proceso de conocimiento y que, a su vez, se derivan de la propia naturaleza de la gnosis—. En la carta aparece una mujer; está sentada; lleva una tiara de tres niveles; sobre su cabeza, un velo que oculta aquellas esferas intermedias cuya percepción no le es necesaria; y, por último, su mirada se dirige hacia el libro abierto sobre sus rodillas.

Así pues, el sentido gnóstico es una especie de oído espiritual, del mismo modo que el sentido místico es una especie de tacto espiritual. Lo dicho no debe entenderse en el sentido literal de que, mediante el sentido gnóstico, se perciban sonidos, sino únicamente en el sentido de que sus percepciones se deben a una conciencia en estado de escucha, por analogía con lo ya dicho sobre la atención llena de expectación, y también en el sentido de que, en este caso, el contacto entre el que percibe y lo percibido no es tan inmediato como en el tacto espiritual o la experiencia mística.

Quedan por caracterizar otros dos sentidos: el mágico y el hermético-filosófico.

Lo primero es una sensación de proyección, mientras que lo segundo es una sensación de síntesis. Por «proyección» se entiende aquí la extracción —seguida de una alienación— del contenido de la vida interior: esta operación es similar a la que, en el ámbito psíquico, se plasma en la creación artística y, en el ámbito físico, en el parto.

El talento del artista reside en su capacidad para transmitir —o proyectar— de forma objetiva sus ideas y sentimientos, de tal manera que se logre un impacto más profundo en los demás que el que se produce cuando una persona que no es artista expresa sus ideas y sentimientos. Una obra de arte está dotada de vida propia. Cuando una mujer da a luz a un hijo, trae al mundo un ser autónomo que se separa y se aleja de su organismo para comenzar una existencia independiente. El sentimiento mágico consiste también en la capacidad de proyectar al exterior el contenido del mundo interior, al que se le confiere vida propia. La magia, el arte y la procreación son, en esencia, análogos y pertenecen a una misma categoría de proyección, o exteriorización (encarnación externa), de la vida interior. En el dogma de la Iglesia sobre la creación del mundo «ex nihilo» («de la nada»), es decir, sobre la proyección desde la «no existencia» de aquellas formas y aquella materia que, a partir de entonces, están dotadas de vida propia, se encarna la coronación divina y cósmica de la serie de analogías aquí expuestas. La doctrina de la creación a partir de la nada es el triunfo y la cúspide de la magia, cuyo postulado central, inicial y final es que «el mundo es un acto mágico».

En contraposición a esto, existen las doctrinas panteísta, emanacionista y demiurgista, que privan a la creación de su sentido mágico. El panteísmo niega la existencia independiente de los seres vivos: su vida no es más que una parte de la vida divina, al igual que el mundo no es más que el cuerpo de la Divinidad. A su vez, según la doctrina de los emanacionistas, los seres vivos y el universo creado solo tienen una existencia transitoria y, por lo tanto, ilusoria. Por último, según la visión de los demiurgistas, «ex nihilo nihil»[11], pero existe una sustancia coetánea a Dios, que Él utiliza como material, al igual que el alfarero utiliza la arcilla. Dios, por lo tanto, no es el Creador, ni el autor mágico del mundo, sino solo su artesano: su papel consiste en la formación, es decir, en la reorganización y la búsqueda de nuevas combinaciones de elementos materiales ya existentes y dados de antemano.

No se trata aquí de si la doctrina de la creación «ex nihilo» debe considerarse la única explicación satisfactoria del mundo que nos rodea, que está dentro de nosotros y por encima de nosotros —un mundo inagotable e inabarcable—, en el que hay lugar —en unas u otras esferas del ser— para cualquier forma de actividad constructiva que, por sí misma y corroborada por nuestra experiencia, sea capaz, en su conjunto, de ofrecerle una explicación bastante aceptable y razonable. Nuestra tarea es más modesta: simplemente mostrar con la mayor claridad posible que la doctrina de la creación «ex nihilo» es la expresión más extrema y sublime de la magia, es decir, de la magia divina y cósmica.

Pero si me preguntaran si lo dicho aquí debe entenderse en el sentido de que la Creación del mundo no es más que un acto mágico al que nada precede y con el que todo termina, respondería: no, no es así. En la eternidad, al acto de la Creación, en tanto que acto mágico, le preceden actos místicos y gnósticos, y tras la Creación llega el turno de la actividad formadora del demiurgo, o de los demiurgos-jerarcas, que asumen la labor de los artesanos, la cual es, en esencia, la labor de la razón ejecutiva, o hermético-filosófica.

En la Cábala clásica encontramos un magnífico ejemplo de lo que, al parecer, es una posible reconciliación entre doctrinas aparentemente contradictorias. La doctrina de las diez Sefirot, cuyo fundamento básico es el misterio —o, más precisamente, el sacramento, la misteria de la eternidad— del Infinito, el Ain Sof, — se desarrolla luego en la doctrina gnóstica sobre las emanaciones eternas procedentes del seno de la Divinidad, que preceden —in ordine cognoscendi[12]— al acto de la Creación. Estas emanaciones —las Sefirot— son las ideas de Dios dentro de Dios, y el hecho de que precedan a la Creación demuestra que esta es un acto consciente, y no un acto impulsivo o instintivo. En este contexto se interpreta a continuación la Creación pura, o la Creación «ex nihilo»: se trata del acto de proyección mágica de las Sefirot —ideas que concretan el designio de la Creación—. A este acto creativo y mágico le sigue —de nuevo, e invariablemente, in ordine cognoscendi— la actividad que culmina la formación del universo, en la que participan seres de las jerarquías espirituales hasta llegar al ser humano. Así es precisamente, según la Cábala, como surge a la existencia el mundo; así es precisamente como el mundo de los hechos o actos que nos proporciona la experiencia se convierte en «lo que es».

En una interpretación más concreta de la Cábala, el mundo de los hechos —'olam ha'assia— está precedido por el mundo de la formación, o el mundo demiúrgico —'olam ha'yetzirah—; este mundo está precedido por el mundo de la Creación, o el mundo mágico —'olam ha'beriah—, que, a su vez, es la realización del mundo de las emanaciones, o el mundo gnóstico —'olam ha'atzi luth—, que constituye un «todo» inseparable con Dios mismo; en su verdadera esencia, Dios es el misterio del misticismo más elevado: AIN-SOPH, el Infinito. 

Así, la doctrina cabalística de las Sefirot ilustra la posibilidad (para nosotros, innegable) de reconciliar las diversas interpretaciones tradicionales, aparentemente contradictorias, de la esencia de la Creación; solo es necesario colocar cada una de ellas en su lugar apropiado, es decir, correlacionarla con la esfera del ser correspondiente.

La visión panteísta es totalmente válida con respecto al «mundo de la emanación» —olam ha'atzilutk—, donde solo existen ideas inmanentes a Dios. La visión teísta también es adecuada a su manera, cuando, habiendo abandonado el ámbito de estas ideas —la eternidad increada—, dirigimos nuestra mirada mental a la Creación como el nacimiento de prototipos, o arquetipos, de fenómenos dados en la experiencia inmediata. No menos acertados son quienes defienden la interpretación demiúrgica, contemplando a través de su prisma el mundo como una esfera de formación, o la evolución de los seres vivos con el fin de alcanzar la conformidad con sus prototipos precreados.

Sin embargo, uno puede prescindir mentalmente de todos los mundos o esferas mencionados —formación, Creación, emanación o la esencia mística de la Deidad— y limitarse exclusivamente al ámbito de los hechos. Entonces, dentro de sus límites, el naturalismo se convierte en la palabra definitiva.

En este análisis comparativo de diversas y aparentemente contradictorias interpretaciones de la Creación, con el fin de aclarar su relación jerárquica, nos hemos encontrado directamente en el ámbito del sentido hermético-filosófico: el sentido de síntesis, que corresponde al segundo 'XE' del Tetragrámaton y es, en esencia, el sentido del resultado final o visión del todo. El sentido hermético-filosófico difiere del sentido gnóstico —que corresponde al primer 'XE'— en que proporciona una suma o síntesis de un todo diferenciado y desplegado, mientras que el sentido gnóstico proporciona un reflejo del todo en su forma original y condensada. A través del sentido gnóstico, se logra la síntesis primaria —análisis precedente—; a través del sentido hermético-filosófico, por el contrario, se logra la síntesis secundaria —el análisis final—. Su función no está directamente relacionada con la creatividad; Es más bien “demiúrgico”, es la función de un artesano, un “alfarero”, que lleva a cabo la formación de este o aquel material hasta la forma de su materialización final prevista por la idea.

Hemos denominado a este sentimiento «hermético-filosófico», es decir, el sentimiento de la síntesis de tres mundos (o planos superiores) en un cuarto, basándonos en las fórmulas que figuran en la Tabla Esmeralda y que resumen «las tres partes de la filosofía del mundo entero» (tres partes philosophiae totius mundi) en una especie de síntesis de los tres mundos y los tres tipos de experiencia correspondientes: la experiencia mágica, la revelación gnóstica y la experiencia mística. Se trata de un sentimiento de síntesis, ya que actúa en el eje vertical de las esferas subordinadas entre sí; es decir, es un sentimiento «hermético». Pues el hermetismo, en esencia, no es otra cosa que una filosofía basada en la magia, la gnosis y el misticismo, y cuyo objetivo es la síntesis de las diversas esferas del macrocosmos y del microcosmos. Cuando se sintetizan los hechos de una sola esfera —por ejemplo, en biología—, se recurre al sentido científico, y no al sentido filosófico hermético. Mediante el sentido científico, universalmente reconocido y, a su manera, plenamente eficaz, se sintetizan los hechos de la experiencia en una sola esfera, de forma horizontal. El hermetismo no es una ciencia y nunca lo será. En el hermetismo se pueden utilizar, por supuesto, los métodos y resultados de unas u otras ciencias, pero ello no lo convierte en ciencia.

La filosofía contemporánea, que lleva a cabo una síntesis de los datos y métodos de las distintas ciencias, tiene como objetivo, en su propia justificación, desempeñar la función de metaciencia —la «ciencia de las ciencias»—, lo que la emparenta con el hermetismo. Pero, como tal, en sí misma, difiere mucho de él, ya que la tarea del hermetismo es sintetizar la experiencia en todos los ámbitos, y esa experiencia es completamente diferente según el ámbito en el que se encuentre.

Por eso, para designar el cuarto sentido —el sentido de la síntesis— hemos elegido el término «hermetico-filosófico».

Huelga decir que la descripción de los cuatro sentimientos que se esboza en esta carta —sin la participación activa de cada uno de los cuales la tradición se degenerará y se extinguirá inevitablemente— es extremadamente aproximada y superficial. Sin embargo, todo lo expuesto aquí —en particular, en lo que respecta a los sentidos mágico y hermético-filosófico— se profundizará y concretará en las dos cartas siguientes, dedicadas a los Arcanos Tercero y Cuarto, que, por su propia naturaleza, contribuyen mucho más a desentrañar el sentido de la tarea que tenemos ante nosotros, ya que el Tercer Arcano del Tarot — «La Emperatriz», es el arcano de la magia, y el Cuarto —«El Emperador»— es el arcano de la filosofía hermética.


COMENTARIOS


1. El nombre tradicional del Segundo Arcano es «El Papa» (cf. Quinto Arcano).
2. Del «Símbolo de la Fe».
3. «Imagen especular»: «imagen especular».
4. «Imágenes».
5. «Sin imagen»: «sin imagen».
6. «Sin imagen mental».
7. «Ilegítimo».
8. «Esencial».
9. τετραγράμματο — literalmente: «cuatro letras» (griego).
10. A partir de aquí, la palabra «tradición» se usa principalmente en el sentido de «leyenda» y «Testamento» (en hebreo, Cábala, uno de los significados y nombres «académicos» del Décimo Arcano).
11. «De la nada, nada surgirá». — W. Shakespeare, «El rey Lear».
12. «En orden de comprensión» (latín).

Traducido por J.Luelmo - jul.2026