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sábado, 15 de junio de 2024

GA096 Berlín, 29 de enero de 1906 -Impulsos originales de la Ciencia Espiritual

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IMPULSOS ORIGINALES DE LA CIENCIA ESPIRITUAL

RUDOLF STEINER

EL ESOTERISMO CRISTIANO A LA LUZ DE LOS  NUEVOS CONOCIMIENTOS ESPIRITUALES

Impulsos originales de la Ciencia Espiritual

Berlín, 29 de enero de 1906

Una y otra vez se hace evidente lo difícil que es para nuestros contemporáneos comprender la vida teosófica. Por lo tanto, se deben expresar algunos pensamientos generales al respecto. Todos los que se sienten atraídos por la teosofía tienen la sensación de que ésta debe satisfacer su más profundo anhelo con respecto a la vida espiritual. Pero si queremos mantener la idea teosófica básica, tal como es en el presente, ante nuestras almas y llenar toda nuestra conciencia con el pensamiento de que lo espiritual es algo real, entonces debemos llegar finalmente a reconocer la dignidad de la persona de nuestro prójimo. Aceptamos lo personal, porque como ser humano con un alma sensible en su cuerpo, no nos permitiríamos violar deliberadamente la personalidad exterior de nuestro prójimo, no nos permitiríamos atacarle en su libertad personal. Pero aún no estamos tan lejos, ni de lejos, como para extender esta tolerancia a lo más íntimo del ser humano, porque aún estamos lejos de saber, a lo sumo teóricamente, pero aún no prácticamente, que los sentimientos y los pensamientos, lo espiritual en general, es algo real. Todos ustedes se dan cuenta de ello. Y también está claro para todos hoy que es algo muy real, muy real cuando golpeo a alguien con la mano. Pero la gente no cree tan fácilmente que es algo real cuando envío a alguien un mal pensamiento. Tenemos que darnos cuenta de que el mal pensamiento con el que me acerco a mi semejante, el pensamiento de antipatía, de odio, es tanto un golpe en su alma como un golpe en su cara. Y un sentimiento perjudicial, un sentimiento de odio y antipatía, con el que me enfrento a mi semejante, son realmente como la habitual herida externa que uno inflige a una persona. Sólo cuando uno se da cuenta de esto se convierte en teósofo.

Si nos impregnamos completamente de esta conciencia, si nos damos cuenta de que el espíritu dentro de nosotros es una realidad, entonces hemos captado el pensamiento teosófico, y entonces se nos presenta algo que es la consecuencia real, la consecuencia importante de tal concepción espiritual. En primer lugar, las personas de una sociedad educada no se abofetearán entre sí, ni se infligirán heridas externas. <Pero no necesito decirles con qué pensamientos, con qué opiniones se sientan codo con codo las personas de nuestra sociedad educada. Ustedes lo saben. La Sociedad Teosófica tiene la tarea de hacer que la gente tome conciencia de la simpatía e inviolabilidad de la persona. Si en nuestro tiempo, cuando la gente prefiere tener opiniones y puntos de vista, siete personas se sientan juntas, entonces tienen trece opiniones, y como resultado de las trece opiniones preferirían dividirse en trece partidos. Este es el resultado de la diferencia de opinión, y en el lugar de esta diferencia de opinión el movimiento teosófico tiene que poner la idea de la hermandad en lo más profundo. Sólo comprendemos plenamente la Teosofía, esta idea de hermandad, cuando somos capaces de sentarnos juntos en hermandad con la mayor diversidad posible de pensamientos ulteriores. No sólo queremos respetar y apreciar la persona de nuestro prójimo y enfrentarnos a él de tal modo que le reconozcamos en su dignidad humana más plena, sino que en lo más profundo de nuestra alma también queremos reconocer a nuestro prójimo como un alma. Pero entonces debemos sentarnos junto a él y permanecer juntos, aunque exista la mayor diferencia de opinión. Nadie puede abandonar la comunidad teosófica, la hermandad teosófica, por diferencias de opinión. Esta es precisamente la ventaja de los teósofos, que permanecen juntos como hermanos incluso cuando no están de acuerdo. Hasta que no nos unamos como hermanos, no estaremos en condiciones de realizar una idea teosófica básica. Esto es lo que hace posible que saquemos de las almas los secretos más profundos que yacen dormidos en ellas, las capacidades más profundas que viven como adormecidas en el fondo de nuestras almas, cuando nos damos cuenta de que podemos trabajar juntos con nuestros semejantes, aunque tengamos opiniones fundamentalmente dispares.

No en vano, como he dicho a menudo, la Sociedad Teosófica se fundó en el último tercio del siglo XIX. La forma en que busca lo espiritual difiere considerablemente de otros esfuerzos que también aspiran a obtener pruebas de la inmortalidad del hombre. Hay una gran diferencia en la búsqueda de lo eterno tal como se encuentra en la Sociedad Teosófica y la búsqueda de lo eterno en otros movimientos centrados en el espíritu. En verdad, el movimiento teosófico no es más que la popularización de las fraternidades ocultas de los últimos milenios que se han extendido secretamente por todo el mundo. Ya he mencionado que la más destacada, la mayor fraternidad de Europa fue fundada en el siglo XIV como la Fraternidad Rosacruz. Esta Fraternidad Rosacruz es en realidad la fuente, el punto de partida de todas las demás fraternidades que se han conservado en la cultura de Europa. La sabiduría oculta se cultivaba en estricto secreto en estas fraternidades. Si tuviera que describir para ustedes lo que las personas unidas en estas diversas fraternidades querían alcanzar, tendría que decirles: esas elevadas y sublimes enseñanzas de sabiduría y ese trabajo de sabiduría que se cultivaban en estas fraternidades ocultas, de las cuales la Fraternidad Rosacruz era la más destacada. Las enseñanzas y los trabajos que allí se cultivaban llevaron al hombre al punto de tomar conciencia de su núcleo eterno de ser. Llevaron al hombre a encontrar la conexión con el mundo superior, con los mundos que están por encima de nosotros, y a buscar la guía de nuestros hermanos mayores, la guía de aquellos que viven entre nosotros y que han alcanzado un nivel que todos ustedes alcanzarán más adelante. Llamamos a esos los hermanos mayores por la razón de que ellos, anticipándose al desarrollo general, han alcanzado antes esta elevada posición: así la certeza del núcleo eterno del ser, el despertar del mismo, para que el hombre pueda contemplar lo eterno así como el hombre ordinario puede contemplar el mundo de los sentidos. Para lograrlo, él debe emular a los hermanos mayores que viven por doquier entre nosotros. Estos hermanos mayores o maestros, los grandes líderes de la humanidad, han sido siempre ellos mismos los líderes supremos y los supervisores supremos de la sublime sabiduría oculta a través de la cual el hombre toma conciencia de su esencia eterna. Aquellos que deseaban ser admitidos en tal hermandad oculta eran sometidos a estrictas pruebas y ensayos hasta mediados del siglo XIX. Sólo podían ser admitidos en tal hermandad aquellos cuyo carácter fuera reconocido como garantía de que la elevada enseñanza de la sabiduría nunca podría ser mal empleada para fines bajos. Además, debía garantizar mediante su inteligencia que comprendía lo que se le daba en las hermandades ocultas de la manera y en el sentido correctos. Sólo si alguien cumplía estas condiciones, si daba una garantía completa de que era capaz y estaba en el estado de ánimo necesario para recibir las más elevadas enseñanzas de la vida, podía ser aceptado en tal hermandad.

Por poco que la gente quiera creerlo: Todo lo realmente grande que ocurrió hasta la Revolución Francesa y en el siglo XIX emanó de estas fraternidades ocultas. La gente ni siquiera se daba cuenta de cómo estaba siendo influenciada por las corrientes que emanaban de las fraternidades ocultas. ¿Les describo una escena de cómo estas fraternidades actuaban de forma oculta en el mundo? Tomemos la siguiente escena. Un hombre importante y muy dotado recibe la visita inesperada de una persona aparentemente desconocida. Esta persona desconocida sabe cómo entablar una conversación entre él y esta persona importante, tal vez un estadista. Todo esto sucede de la manera más natural y bastante "por casualidad", por lo que este "por casualidad" debería entrecomillarse. La conversación no contiene cualquier cosa, pues en el transcurso de la misma se dicen cosas que se instalan de manera bastante imperceptible en la mente, en el intelecto de la persona visitada. De una conversación así, que puede durar sólo tres horas, se produce una transformación completa de la persona en cuestión. De esta manera, lo crean o no, muchas grandes ideas con un impacto significativo en el mundo han sido trasplantadas a las mentes de las personas. Así es como se inspiraron grandes ideas en Voltaire, sin que tal vez él tuviera ni idea de a quién se enfrentaba como un fenómeno aparentemente de lo más insignificante, pero que tenía cosas importantes que decirle. Así en Rousseau se asentaron algunas ideas básicas así recibidas; también en Lessing.

Este tipo de efectos, que emanaban de las fraternidades ocultas, se desvanecieron cada vez más en el transcurso del siglo XIX. El siglo XIX fue necesariamente el siglo del materialismo. Las fraternidades ocultas se habían retirado. Los grandes maestros de la sabiduría y la armonía de las sensaciones se retiraron a Oriente, por utilizar un término técnico. Dejaron de tener efecto en Occidente. Ahora sucedió algo particularmente importante en Occidente. Tengamos esto en cuenta para darnos cuenta del significado del movimiento teosófico mundial.

Fue en 1841 cuando los miembros de la sociedad más oculta se dieron cuenta de que algo importante estaba a punto de suceder en Europa. Era necesario, para frenar la marea del materialismo, que una corriente de vida espiritual fuera canalizada hacia la humanidad. En aquella época había cierta diferencia de opinión entre los propios ocultistas. Algunos decían: La humanidad aún no está madura para recibir hechos y experiencias espirituales, queremos mantener el sistema de silencio. Estos eran los ocultistas conservadores. Este sistema tiene mucho a su favor, pues la difusión de las verdades ocultas tiene grandes peligros. Los otros decían: El peligro del materialismo es demasiado grande, hay que hacer algo al respecto para que al menos las cosas más elementales sean comunicadas a la humanidad. Pero, ¿En qué forma? La humanidad había olvidado por completo cómo captar el espíritu en su verdadera forma, había olvidado cómo elevarse realmente a los mundos superiores, había olvidado por completo el concepto de ello, de modo que ese mundo ya no existía para ella en absoluto. ¿Cómo enseñar que existe algo espiritual a una humanidad que sólo siente lo material? ¿Por qué era tan necesario enseñar a la humanidad la conciencia del mundo espiritual?

Aquí tocamos uno de los importantes secretos que yacen latentes en nuestro presente. Ya he señalado aquí y allá a qué se debe realmente que exista un movimiento teosófico, por qué es necesario. El que puede ver en el mundo espiritual sabe que todo lo que existe exteriormente materialmente tiene su origen espiritual, proviene de lo espiritual. No hay nada material que no provenga de lo espiritual. Eso incluye también lo que la gente tiene exteriormente como salud y enfermedad, pues ellos proviene de su actitud, de sus pensamientos. El proverbio que dice: Lo que piensas hoy, eso serás mañana, es muy cierto. Deben ser ustedes conscientes de que si una época tiene pensamientos malos y corruptos, la siguiente generación y la siguiente época tendrán que expiarlo físicamente. Es la verdad del dicho: Los pecados de los padres serán vengados en tantos y tantos miembros. No quedará impune el hecho de que la gente del siglo XIX comenzase a pensar tan crudamente materialmente, a apartar su mente de todo lo espiritual. Lo que la gente pensaba entonces se hará realidad. ¡Y no estamos tan lejos de que aparezcan extrañas enfermedades y epidemias en nuestra humanidad! Lo que llamamos nerviosismo adoptará formas terribles a mediados de siglo a más tardar. Así como una vez hubo peste y cólera y lepra en la Edad Media, habrá epidemias del alma, enfermedades del sistema nervioso en forma epidémica. Estas son las consecuencias reales del hecho de que las personas carecen del núcleo espiritual de la vida. Donde hay conciencia de este núcleo de la vida como centro, el ser humano se vuelve sano bajo la influencia de una visión del mundo sana, verdadera, sabia. Pero el materialismo niega el alma, niega el espíritu, ahueca al hombre, lo señala en su periferia, en su circunferencia. La salud sólo existe cuando el núcleo más profundo del ser del hombre es espiritual y verdadero. La verdadera enfermedad que sigue al vaciamiento del ser interior es la epidemia espiritual a la que nos enfrentamos.

Para proporcionar a la gente una concienciación de su esencia espiritual, es por lo que existe la Sociedad Teosófica. Está orientada sobre todo a sanar a la humanidad, y no a que unos y otros tengan conocimiento de esto o de aquello. Si se sabe que existe la reencarnación y el karma, quiero decir, si simplemente se sabe eso, eso no es lo que importa, sino que estos pensamientos se conviertan por completo en la sangre del alma, en el núcleo espiritual del ser, pues son saludables. Si podemos probarlo o no, si podemos establecer una ciencia que demuestre estrictamente la reencarnación y el karma de forma matemática, eso no es lo importante. Sólo hay una prueba para las enseñanzas de la ciencia espiritual, y es la vida. Las enseñanzas de la ciencia espiritual demostrarán ser verdaderas cuando bajo su influencia surja una vida sana. Esta será la verdadera prueba de las enseñanzas teosóficas. Quien quiera tener una prueba de la Teosofía debe experimentar lo Teosófico; entonces se demostrará que es verdad. Cada paso y cada día deben traernos gradualmente la prueba de las enseñanzas de la Ciencia Espiritual.

Por eso surgió la Sociedad Teosófica. ¿Pero cómo se puede enseñar a una humanidad materialista del siglo XIX que existe un espíritu? Eso dio pie a que surgiera el movimiento espiritista. Surgió precisamente porque no se creía que se pudiera enseñar a la humanidad que existiese algo espiritual; había que mostrarlo, verlo con los ojos. En Stuttgart alguien preguntó por qué la Teosofía no podía llegar a proporcionar a Haeckel una prueba tangible de que el espíritu existe. ¡Hay que mostrar lo que es el espíritu! Esto se intentó primero a través del espiritismo. Esto se intentó durante décadas, hasta los años sesenta y setenta del siglo XIX. Pero ahora surgió un hecho extremadamente fatídico. Traigamos  ante nuestra alma este hecho por nosotros mismos. A partir de ahí pueden ustedes ver cuál es la diferencia entre la manera teosófica de elevarse a los mundos superiores y cualquier otra. No estamos discutiendo aquí en ningún momento, la verdad o falsedad de los fenómenos del Espiritismo. Es evidente que existen fenómenos que invocan seres de otros mundos en nuestro mundo, de modo que incluso para aquellos que sólo admiten cosas sensoriales, puede crearse una prueba real. Estamos más allá de la locura de quien dice que hay mucho fraude en el Espiritismo. Porque por mucho dinero falso que haya, también hay dinero real.

No queremos seguir discutiendo la cuestión de la verdad. ¿Pero qué experimentaba una persona que participaba en una sesión espiritista? Partimos de la base de que todo lo demás está excluido, de que se trata de revelaciones verdaderas. Si se le ha mostrado la aparición de una persona fallecida, ha obtenido una prueba clara de la inmortalidad del alma humana. Tenía una prueba material, podía convencerse de que los muertos siguen ahí, en un mundo u otro, y que incluso pueden ser llamados a nuestro mundo. Pero esto demuestra que el conocimiento no es importante, que el conocimiento no es lo principal. Supongamos que todos ustedes estuvieran convencidos de esta manera de traer a una persona fallecida a esta sociedad a través de una sesión espiritista. Entonces sabrían que el alma humana es inmortal. Pero ahora la pregunta es ésta: ¿Tiene tal conocimiento algún significado real en el sentido más elevado para la verdadera vida humana superior? Esto se creía al principio. Se creía que si las personas sabían que existía la inmortalidad, subirían de nivel. Pero aquí es donde la visión espiritual-científica del mundo se aparta definitivamente de tal visión, que sólo proporciona pruebas claras y visibles de la inmortalidad.

He aquí una especie de comparación: a menudo les he hablado de toda clase de mundos superiores, les he descrito cómo es el mundo astral y el Devachán, y ustedes saben que, después de la muerte, una persona debe entrar primero en el mundo astral y luego en el mundo del Devachán. Supongamos ahora que hubiera muchas personas sentadas aquí que dijeran: ¡No podemos creer lo que nos está diciendo, es demasiado improbable! Los que no lo creen, se van y no vuelven, tendrían que demostrar su opinión por sí mismos. Pero los que, a pesar de no creerlo, vuelven, les da igual. A los que vuelven, les diría: No creas nada, no necesitas creer nada, ¡no importa! Incluso puedes pensar que es un engaño, o creer que te estoy contando algo que viene del reino más fantástico posible, ¡pero escúchalo y asimílalo! Eso es lo que importa. Imagina que te dibujo un mapa de Asia Menor. Alguien podría venir y explicárselo: Los ríos y montañas que está dibujando ahí no tienen sentido. Yo le diría: No me importa que no me creas. Pero grábalo, míralo y guárdalo en tu mente. Luego, cuando llegues a Asia Menor, te darás cuenta de que es cierto y sabrás orientarte. Eso es lo principal también con los astrónomos, ir a las regiones más altas con un mapa en la mano; eso es lo esencial que importa. Lo mismo ocurre con el conocimiento de un mundo superior: sólo podemos entrar en este mundo superior si absorbemos algo de la naturaleza de este mundo superior. Cuando aquí se describe el astral, deben de absorber algo de la forma de ese mundo vibrante y en movimiento del astral, y cuando se habla del devachán, deben absorber algo de la naturaleza de este mundo, que es tan opuesto al nuestro. Con sólo que se conecten con esos pensamientos y se vivan en esas regiones superiores, obtendrán un sentimiento del estado de conciencia que tenemos cuando nos rodea el mundo astral, del estado de conciencia cuando nos rodea el mundo devacánico. Si ustedes reviven los estados que tiene el vidente cuando se eleva a estos mundos, entonces tienen algo más que si tuvieran una prueba tangible de que pueden experimentar algo. Esa es la diferencia entre el método científico-espiritual y todas las demás formas de obtener certeza sobre lo espiritual.

A través de la Teosofía intentamos elevarnos a los mundos superiores, hacernos capaces de sentir lo espiritual directamente, de modo que ya sintamos un soplo de los mundos superiores en el mundo físico. El punto de vista espiritista, del que hablaba antes, trata de bajar el mundo espiritual al físico, de ponerlo ante nosotros como si fuera material. Mientras que el teósofo trata de elevar el mundo humano a la esfera espiritual. El espiritista dice: Para que los espíritus me sean probados, deben bajar hasta mí. Deben hacerme cosquillas, por así decirlo, entonces se vuelven perceptibles a mi sentido del tacto. El teósofo sube hacia ellos, trata de acercarse; trata de desarrolla su alma de tal manera que pueda comprender lo espiritual.

Pueden hacerse una idea de esto haciendo una simple comparación. En las circunstancias actuales, incluso con algunos seres espirituales superiores que están encarnados en la carne, es difícil elevarse hasta ellos. ¡Pónganse en la situación si Cristo Jesús apareciera en el presente! ¿Cuántos creen que habría que lo aceptarían? No quiero decir en absoluto que algunos correrían detrás de la policía si apareciera alguien con la pretensión con la que en su día apareció Cristo Jesús. Pero depende de si la gente está preparada para ver lo que vive a su lado.

Otra comparación: Una cantante fue invitada a cenar, pero llegó un poco tarde. Su silla quedó vacía entre dos caballeros. Uno era su amigo Felix Mendelssohn, el otro un caballero que ella no conocía. Tuvo una muy buena conversación con Mendelssohn, el caballero de su izquierda fue muy educado con ella y le mostró todo tipo de cortesías, cosa que a ella le disgustaba. Entonces le preguntó a Mendelssohn: ¿Quién es este estúpido que está sentado a mi lado? Es el famoso filósofo Hegel>, respondió Mendelssohn. Si la hubieran invitado a ver a Hegel, sin duda se habría comportado de otra manera. Pero tal como estaban las cosas, sentada a su lado sin sospechar nada, pensó que era un tipo estúpido.

Créanme ustedes, también es muy posible que la individualidad de un maestro se cruce en su camino y ustedes lo tomen por un insensato. El hombre sólo puede reconocer a estas individualidades superiores cuando se encarnan en la carne si se ha capacitado para ello. Si el Cristo Jesús descendiera hoy hasta nosotros y no se mostrara tal como la gente se lo imagina, no lo reconocerían. Eso es lo que quiere la Teosofía, quiere desarrollar al hombre, transformarlo, hacerlo capaz de reconocer los mundos superiores. Y ahí hay una dificultad para nuestra conciencia cultural actual. Es importante que lo que vive en el mundo superior no descienda hasta nosotros, sino que nosotros ascendamos hasta él. Debemos hacernos capaces de ascender a los mundos superiores. Sólo esto nos da la capacidad, cuando partimos de aquí con la muerte, de llegar dignamente a los mundos superiores. Aquel que tiene el mapa, el mapa que se forma de la vida, puede realmente conocer su camino alrededor de Asia Menor. El que ya ha aprendido lo que le espera allí, entra en un mundo conocido, sabe lo que hay allí.

Pero el mero conocimiento de que tal mundo existe no cambia mucho las cosas. Aquí estamos al borde de un gran misterio y de otro hecho de gran importancia, y este hecho motivó que los ocultistas europeos y americanos decidieron en los años setenta del siglo XIX, apartarse de la táctica espiritista e iniciar el movimiento teosófico. La gran conferencia ocultista celebrada en Viena en aquella época proporcionó el importante impulso para el cambio de táctica.

Para iniciar el movimiento espiritista, era necesario llevar a cabo ciertos procedimientos. Estos procedimientos, que se llevaron a cabo en países cultos, fueron iniciados por ocultistas o logias americanas. En estas logias se adoptó la vía espiritista. Consistía en ofrecer a ciertos círculos la posibilidad de dar pruebas tangibles de inmortalidad mediante una especie de reactivación, (Galvanisation) de ciertos muertos. Esto significa que en el plano astral, los cadáveres astrales de ciertas personas muertas fueron enviados primero a los círculos espiritistas, al mundo físico. Se suponía que probaban la inmortalidad. Cabe ahora preguntarse: ¿Corresponde a los ocultistas de la Tierra hacer aparecer a los muertos? Ciertamente, para quien trabaja en ocultismo, no hay frontera entre muertos y vivos. Puede visitar a los difuntos en el mundo astral y en el Devacán. Si lo desea, también puede aportar pruebas de inmortalidad en los círculos espiritistas, como ya he mencionado. Les pido que recuerden este hecho. Para aquellos que no están familiarizados con estas cosas, podría no ser completamente comprensible. Pero para los ocultistas era diferente. Resultó que esta manera de convencerse de la inmortalidad no sólo era inútil, sino en ciertos aspectos extraordinariamente perjudicial. Esta manera de obtener pruebas tangibles de inmortalidad en el mundo sensorial, sin que la persona se volviera mejor, no sólo era inútil, sino en realidad bastante perjudicial, por las siguientes razones.

Piensen para sí mismos que las personas que han alcanzado así la prueba de la inmortalidad se han apartado del anhelo de vivir hasta el mundo espiritual; también se habían vuelto materialistas con respecto al mundo espiritual. En sus conocimientos eran espiritualistas, en sus hábitos de pensamiento no eran más que materialistas. Ellos creían en un mundo espiritual, pero pensaban que debía ser visto por medios sensoriales y no por medios espirituales. Así que resultó que los que llegaron a Kamaloka con tales hábitos materialistas de pensamiento estaban aún menos acostumbrados a reconocer las cosas de allí que los materialistas. Los materialistas suelen pensar que están en un mundo de ensueño; eso es lo habitual cuando atraviesan por dicho mundo. El materialista cree que está soñando, y en cualquier momento cree que va a despertar. En Kamaloka el hombre se ve a sí mismo: se sueña, duerme, se quiere despertar.

Cuando una persona que ha adquirido laboriosamente una convicción del mundo espiritual se da cuenta de que el mundo espiritual tiene un aspecto muy distinto, no es simplemente que se encuentre en un mundo de ensueño, sino que la diferencia entre lo que creía que era el mundo espiritual y lo que ahora se le aparece les pesa como un plomo. Recuerden que cuando la gente llega a Kamaloka, de todos modos ya tiene bastante que soportar, sobre todo si no tiene la satisfacción de sus deseos, como los gastrónomos, por ejemplo, para quienes esta satisfacción sólo es posible si tienen su lengua o sus sentidos, y ya no los tienen; entonces es parecido a tener una sed ardiente, o a estar en un horno hirviendo. Se trata de una sensación algo diferente a la sensación de sed ardiente, pero no obstante similar. Si se considera todo lo que el hombre tiene que experimentar allá y por lo que tiene que pasar, se puede resumir en las palabras: Debe acostumbrarse a poder vivir sin cuerpo. Esto, para aquellos que están fuertemente apegados a lo sensorial, es difícil. Mientras que para aquel que se ha desprendido de lo sensorial, no es difícil. El que no haya hecho nada para elevar su alma, ni tampoco para desarrollar su alma más elevadamente, siente esta diferencia entre lo que es espiritual y lo que es sensorial, como una diferencia de peso, como un peso de plomo que cuelga de él. Realmente es como una diferencia de peso. Lo espiritual requiere una forma de percepción completamente distinta de lo sensorial, y ahora el interesado espera que lo espiritual vuelva a ser material y concreto; y allí, en el mundo espiritual, descubre que lo astral es de una naturaleza completamente distinta. Entonces la diferencia le parece como un peso que le arrastra de nuevo al mundo físico. Y eso es lo peor.

Por estas razones, en los años cincuenta, sesenta y principios de los setenta, los Maestros de Sabiduría se apartaron de la vía por la que el mundo superior debía elevarse a la certeza. Se abandonó la vía anterior y se optó por la vía teosófica de desarrollo como acceso al mundo espiritual. Esencialmente, esto se reduce a dos hechos básicos. Una es que es necesario en el sentido más eminente formar un núcleo espiritual [según otra versión: centro espiritual] para proteger a la humanidad de la aparición de epidemias espirituales. La otra es darle la oportunidad de vivir en un mundo superior, de desarrollarse hacia arriba, y no querer arrastrar el mundo superior hacia sí. El mundo superior no debe ser arrastrado hacia nosotros, sino que debemos ser elevados hacia el mundo superior. Esto, comprendido correctamente, da una idea, un sentido de la tarea real del movimiento teosófico. En este sentido, el movimiento teosófico nos plantea la tarea de que debemos elevarnos cada vez más en nuestro desarrollo, para crecer hacia el mundo espiritual. Entonces, yo creo, la idea de la fraternidad fluirá hacia nosotros por sí misma en el sentido más eminente. Entonces ya no nos distanciaremos. Las personas sólo divergen mientras quieren estar materialmente solas en este plano físico. En verdad, sólo estamos separados mientras estamos en el plano físico. En cuanto ascendemos al mundo superior, nos damos cuenta de la hermandad espiritual; tomamos conciencia de la unidad espiritual.

He intentado a menudo presentarles esta fraternidad espiritual, al menos en ideas comprensibles. Está expresada tan bellamente en las palabras: Este eres tú. Pongámoslo delante de nuestras almas. Antes dije: Si me cortan la mano, en poco tiempo ya no será mi mano. Sólo puede ser mi mano si está unida a mi organismo, de lo contrario ya no es una mano, se marchita. Como ser humano, ustedes también son una mano en el organismo terrestre. Piensen en ustedes mismos elevados a algunos kilómetros de la tierra: no pueden vivir allí como seres humanos físicos, dejan de vivir como seres humanos. Ustedes no son más que un miembro de nuestra tierra, del mismo modo que mi mano es un miembro de mi cuerpo. La ilusión de que ustedes son seres independientes sólo se crea por el hecho de que caminan por la tierra mientras tienen la mano atada. Pero eso no sirve de nada. Goethe quería decir algo muy real cuando hablaba del espíritu de la tierra. Quería decir que la tierra tiene un alma de la que somos miembros. Está hablando de algo real cuando deja que el espíritu de la tierra se exprese:

En las mareas de la vida, en la tempestad de la acción
Subo y bajo en oleadas
me agito de un lado a otro
Nacimiento y tumba,
son un mar eterno,
Un tramado cambiante,
Una vida candente,
que tejo en el apresurado telar del tiempo
para hacerle el vestido viviente a la Divinidad.

Por lo tanto el ser humano físico ya es miembro del organismo terrestre y parte de un todo. Y a continuación considérenlo espiritual y anímicamente: ahí es exactamente lo mismo. Cuántas veces he subrayado que la humanidad no podría vivir si no se hubiera desarrollado más a costa de los otros reinos. Así mismo, el ser humano más desarrollado no puede existir sin el menos desarrollado. Un ser espiritual no puede existir sin aquellos que están atrasados, así como un ser humano no puede existir sin el reino animal atrasados, así como un animal no puede existir sin el reino vegetal, el reino vegetal no puede existir sin el reino  mineral. Esto está expresado de la manera más bella en el Evangelio de Juan después del lavatorio de los pies: Yo no podría ser sin vosotros Los discípulos son una necesidad para Jesús, son su tierra madre. Esta es una gran verdad. Si se fijan ustedes en un tribunal, un juez se sienta en el banquillo y se siente superior al acusado. Pero el juez también podría reflexionar y decirse a sí mismo que tal vez estuvo con él en una vida anterior y faltó a su deber para con él, razón por la cual el acusado se ha comportado así. Si se examinara su karma, podría resultar que el juez debería ser en realidad quien se sentara en el banquillo de los acusados. Después de todo, toda la humanidad es un organismo. Si es desgarrada una sola alma, no puede existir, se marchita. Un lazo unificado nos envuelve a todos. Esto se volverá claro para nosotros cuando intentemos vivir en este mundo superior, para realmente elevarnos y experimentar la esencia espiritual dentro de nosotros. Si en nosotros vive una esencia espiritual, ésta nos conducirá hacia la fraternidad. Ésta ya existe en los planos superiores. En la tierra sólo hay una imagen de ella; la fraternidad en nuestra tierra es una imagen de lo que hay en los planos superiores. Si no cultivamos la fraternidad entre nosotros en la tierra, estaremos negando lo que ya existe en nosotros.

Este es el significado más profundo de la idea de Fraternidad. Por lo tanto, debemos tratar cada vez más de realizar los pensamientos teosóficos de tal manera que comprendamos a nuestros semejantes hasta lo más profundo del alma, que habitemos juntos en hermandad a pesar de la mayor diferencia de opinión. Esta es la correcta unión, la correcta hermandad, cuando no exigimos que el otro se lleve bien con nosotros porque tiene la misma opinión, sino cuando concedemos a cada persona el derecho a tener su propia opinión. Entonces se alcanzará la cumbre de la sabiduría a través de la cooperación. Esta es una comprensión más profunda de nuestro primer principio teosófico. Entendamos nuestra idea de hermandad de tal manera que nos digamos a nosotros mismos: Nos pertenecemos mutuamente bajo cualquier circunstancia, y por muy diferentes que sean las opiniones de alguien respecto a las nuestras, las diferencias de opinión nunca pueden ser un motivo para separarnos. Sólo entonces nos entendemos completamente, cuando nos aceptamos completamente. Por supuesto, todavía estamos muy lejos de esta concepción de la Hermandad Teosófica, y no podrá tener efecto hasta que el pensamiento teosófico haya arraigado en este sentido, en este estilo.

Traducido por J.Luelmo jun,2024


viernes, 7 de abril de 2023

GA143 Munich 11 de enero de 1912 -Nerviosismo y yoidad - consejos y ejercicios-

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NERVIOSISMO Y YOIDAD

RUDOLF STEINER

Munich 11 de enero de 1912

Hoy vamos a hacer algunas sugerencias en relación con algunas de las cosas que ya sabemos, pero que pueden ser útiles para uno u otro de nosotros, y que también pueden conducirnos a una visión más exacta de la esencia del ser humano y de su conexión con el mundo. El antropósofo tendrá muy a menudo la oportunidad de oír de personas de fuera muchas otras cosas además de las objeciones a la ciencia espiritual que se han mencionado esta vez en las conferencias públicas. Una y otra vez, tanto personas eruditas como no eruditas objetan el hecho de que hablemos en términos de ciencia espiritual de una división de todo el ser humano en los cuatro miembros que siempre mencionamos: el cuerpo físico, el cuerpo etérico o de vida, el cuerpo astral y el yo. Y los escépticos bien pueden objetar que para un hombre que desarrolla ciertos poderes anímicos, por lo demás ocultos, podría ser posible ver algo semejante a estos miembros del ser, pero para quien no ve tal cosa no podría haber razón alguna para que abrigara tal opinión. Ahora bien, hay que subrayar que la vida del hombre, si se está atento, no sólo da confirmaciones de lo que dice el conocimiento espiritual, sino que, si se aplica lo que se puede aprender para la vida del conocimiento espiritual, tal aplicación a la vida resulta ser extraordinariamente útil. Y uno ya se dará cuenta de que este beneficio -no me refiero ahora al beneficio en un sentido inferior, sino a ese beneficio que es un beneficio en un sentido superior- puede enseñarnos poco a poco una especie de convicción, aunque no queramos entrar en lo que se presenta a la observación clarividente. 

miércoles, 5 de abril de 2023

GA143-2 Estocolmo 17 de abril de 1912 -El camino de la iniciación

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El camino de la iniciación

RUDOLF STEINER

Estocolmo 17 de abril de 1912

Si se me permite indicar en pocas palabras el punto en el que culminaron las consideraciones de ayer, quisiera decir que de ellas debería salir a la luz la posibilidad para todo hombre, mediante una profundización de su ser, mediante una confianza en los mundos espirituales, de hacer surgir en él un estado de ánimo, una disposición del alma, que le dirá: "Hacia el hombre fluyen no sólo las cosas que están en la periferia de la tierra, no sólo las cosas que provienen de la evolución de la tierra misma, sino que es posible para el hombre sintonizar su alma de tal manera que reciba de los mundos espirituales fuerzas auxiliares que fluyan hacia él, que produzcan un equilibrio entre el yo egoísta individual y la totalidad de su organización - si se ofrece esa posibilidad que ha fluido en la misión-tierra." Quien puede alcanzar esta confianza en esta afluencia de los mundos espirituales, no importa cómo llame a este acontecimiento interior, a esta experiencia interior, ha vivido interiormente la experiencia personal de Cristo. El resto de esta cuestión se nos revelará si hoy empezamos por considerar el tercer camino hacia Cristo, el camino de la iniciación.

Con el camino a través de los Evangelios y el camino a través de la experiencia interior, tenemos los dos caminos hacia Cristo que son accesibles a todo hombre: Digo expresamente: a todo hombre. Pero al camino de la iniciación corresponde una cierta preparación, que debe ser comprensible para todos. En nuestro tiempo, esto nos exige profundizar, de manera real y no meramente teórica, en la verdadera y genuina ciencia espiritual que, al menos en nuestro tiempo actual, debe ser siempre el punto de partida, si queremos comprender lo que es el camino de la iniciación. En cuanto a la esencia de la iniciación, sería bueno hacer algunas observaciones introductorias en cierta dirección. Veréis, la iniciación es lo más elevado que el hombre puede alcanzar en el curso de la evolución terrestre, porque conduce al hombre a una cierta comprensión, a una verdadera penetración en los secretos del mundo espiritual. Lo que ocurre en los mundos espirituales es realmente el contenido, el objeto de la iniciación, y en el camino de la iniciación se alcanza un conocimiento real, una percepción inmediata de los acontecimientos en los mundos espirituales. Cuando la iniciación se caracteriza de esta manera, algo muy especial debe golpear a todo aquel que deja que esta caracterización actúe en su alma. Esto quiere decir, fundamentalmente, que la iniciación es -permítaseme la expresión- una vía suprarreligiosa. Las religiones que en el curso de las épocas humanas se han extendido sobre la superficie de la tierra, y que aún prevalecen entre los hombres, todas ellas, en la medida en que son grandes religiones, y en la medida en que las estudiamos en sus puntos de origen, fueron fundadas originalmente sobre la iniciación, por iniciados. Han surgido de lo que los grandes iniciados han podido dar a los hombres. Pero las religiones fueron dadas en tal forma que, en su contenido, los hombres recibieron lo que era adecuado a la época en que vivían, a la raza a la que pertenecían, incluso a la región de la tierra en la que vivían.
Ahora vivimos en una época muy especial de la evolución humana, y es justo la tarea de la ciencia espiritual comprender que vivimos en una época especial. La forma en que entre nuestros contemporáneos puede surgir y difundirse la ciencia espiritual, esto no era posible en ninguna parte en tiempos pasados. La Antroposofía como tal no podía ser enseñada públicamente. Sólo en nuestra época comenzamos a enseñar Antroposofía. Antes, las religiones eran los canales a través de los cuales debían fluir los secretos de la iniciación hacia la humanidad; debían fluir de una manera adecuada en un momento dado a un grupo determinado de hombres. Pero hoy estamos en condiciones de dar a través de la Antroposofía algo que no está adaptado a una sola raza, a una sola región, a un solo grupo de hombres, sino que puede llevar a cada hombre, no importa dónde se encuentre en la tierra, algo de esos secretos de la existencia, cuyo conocimiento anhelan las almas y que las almas deben tener si los corazones han de ser fuertes para el trabajo en la tierra. Pero esto ya muestra que a través de la Antroposofía debe darse algo que adopte un punto de vista más elevado que el que tenían o tienen los puntos de vista religiosos, allí donde éstos siguen siendo aceptados. En cierto modo, la antroposofía es la que debe propagar los secretos de la iniciación de una manera humana universal, mientras que en los diversos sistemas religiosos antiguos de la tierra los secretos de la iniciación siempre se anunciaban de una manera especial, de una manera diferente, adaptada al grupo humano particular.

¿Qué se deduce de esto? De ello se deduce que encontramos las más variadas religiones esparcidas por la tierra, todas las cuales se remontan a tal o cual fundador. Primero encontramos la religión de Krishna, que se remonta a Krishna; segundo, la religión de Buda, que se remonta a Buda; tercero, la antigua religión hebrea, que se remonta a Moisés; y encontramos el cristianismo, que se remonta a Jesús de Nazaret. Habiendo brotado todas las religiones de la iniciación, debemos tener muy claro que hoy no podemos adoptar la posición adoptada por los filósofos de la religión que se consideran "iluminados". Los filósofos de la religión comparada tienen una visión secreta de las religiones; las consideran a todas o bien falsas o bien etapas infantiles del desarrollo humano. Pero nosotros, como antropósofos, desde que aprendemos a saber que las religiones son sólo diferentes formulaciones de las verdades de la iniciación, estamos en condiciones de captar lo verdadero y no lo falso en los diversos sistemas religiosos. Hacemos justicia a todos los sistemas religiosos comparándolos entre sí. Los consideramos como revelaciones igualmente justificadas de las grandes verdades de la iniciación.
¿Qué se deduce de esto? Se deduce que encontramos las más variadas religiones esparcidas por la tierra, todas las cuales apuntan a tal o cual fundador. Encontramos primero la religión de Krishna, que se remonta a Krishna; segundo, la religión de Buda, que se remonta a Buda; tercero, la antigua religión hebrea, que se remonta a Moisés; y encontramos el cristianismo, que se remonta a Jesús de Nazaret. Habiendo brotado todas las religiones a partir de la iniciación, debemos tener muy claro que hoy en día no podemos adoptar la posición adoptada por los filósofos de la religión que se consideran "iluminados". Los filósofos de la religión comparada tienen una visión secreta de las religiones; las consideran a todas o bien falsas o bien etapas infantiles del desarrollo humano. Pero nosotros, como antropósofos, desde que aprendemos a saber que las religiones son sólo diferentes formulaciones de las verdades de la iniciación, estamos en condiciones de captar lo verdadero y no lo falso en los diversos sistemas religiosos. Hacemos justicia a todos los sistemas religiosos comparándolos entre sí. Los consideramos como revelaciones igualmente justificadas de las grandes verdades de la iniciación.

Y de esto se desprende algo terriblemente importante para el sentimiento práctico y la actividad práctica. ¿Qué es esto tan importante? Que del estado de ánimo antroposófico procederán la comprensión completa, el respeto sincero y el reconocimiento pleno del núcleo de la verdad en todas las religiones; y que quienes, desde una actitud antroposófica, reflexionen sobre el mundo y su curso de desarrollo, respetarán las verdades de los diversos sistemas religiosos. Habrá la más alta estima y respeto. Sí, mis queridos amigos, de la corriente espiritual antroposófica resultará lo siguiente para las diversas confesiones religiosas de la tierra: Un hombre irá a los adeptos de cualquier sistema religioso, y no se creerá capaz de injertarles o inocularles otras confesiones. Mucho más bien iremos a ellos y, a partir de nuestra propia fe religiosa, discerniremos lo que hay de verdad en su fe. Y un hombre que ha nacido en una región donde domina una religión particular, no rechazará intolerantemente, a causa de esta religión, todas las demás religiones, sino que podrá acercarse a ellas sobre la base de lo que, como verdad, está contenido en las diferentes religiones. Tomemos un ejemplo. Tal ejemplo sólo puede ser captado por aquellos que, en el fondo de su alma, toman en serio la actitud antroposófica y todo lo que debe seguirse de un conocimiento de las condiciones fundamentales de la iniciación. Supongamos que un occidental ha crecido en el seno del cristianismo. Tal vez haya aprendido a conocer el cristianismo por haber asimilado las grandes verdades de los Evangelios. Tal vez ya haya alcanzado también lo que se llama el camino hacia Cristo Jesús a través de la experiencia interior; tal vez en su experiencia interior ya haya experimentado al Cristo. Supongamos que ahora conoce otra religión, por ejemplo, el budismo. De aquellos que están dentro de las verdades sagradas y el conocimiento del budismo, aprende a saber algo que es una molestia para el occidental materialista pero que nosotros los antropósofos podemos entender: Aprende a saber que el fundador de esta religión, después de haber vivido muchas encarnaciones en la tierra como Bodhisatva, renació como hijo del rey Sudhodana; aprende a saber que en el vigésimo noveno año de su vida como Bodhisatva se elevó a Buda, y que con esta elevación a Buda se da en esta religión -ya que procede de la iniciación- la única gran verdad que es válida no sólo para el budismo sino para todos los hombres, y que es reconocida por todo iniciado y por todos los hombres que comprenden el budismo; aprende a saber que el adepto del budismo dice justamente: "Cuando el Bodhisatva se convierte en Buda en una encarnación humana, entonces esta encarnación por la que el Buda tiene que pasar en la tierra es la última. Entonces no vuelve de nuevo en un cuerpo humano".
Para alguien que está dentro del Budismo sería sumamente doloroso que se afirmara que el Buda regresaría de nuevo en un cuerpo carnal. Tal seguidor de Buda se sentiría profundamente afligido si alguien pusiera en duda esta verdad, diciendo que el Bodhisatva que se convirtió en Buda podría volver a aparecer en algún momento sobre la tierra en un cuerpo físico. Pero nosotros, los antropósofos, reconocemos la verdad en las religiones; adoptamos la postura de buscar la verdad de las diversas religiones y no su error. Por eso acudimos a los que comprenden el budismo y aprendemos a saber -o aprendemos por iniciación a saber- que es cierto que aquella individualidad que vivió como Bodhisatva en la tierra y se convirtió en Buda ha alcanzado desde entonces alturas espirituales desde las que no necesita volver a descender a este globo físico. A partir de ese momento, si nos apoyamos en la doctrina de la reencarnación, ya no impondremos al budista la afirmación de que Buda podría reaparecer en un cuerpo físico. El conocimiento genuino creará una comprensión para toda forma de religión que proceda de la iniciación. Respetamos las formas religiosas que se han desarrollado en la Tierra, en la medida en que reconocemos la verdad que tienen que dar. Sí, mis queridos amigos, reconozco tan franca y honestamente como el budista más estricto esta verdad, que el Bodhisatva que estuvo en la tierra y se elevó a Buda alcanzó con ello una altura de desarrollo humano que le hizo posible no descender más a la tierra. Esto es lo que llamamos tener una comprensión de las diversas formas de religión en la tierra.

Tomemos el caso contrario: Que un adepto del budismo se abra camino hacia el conocimiento antroposófico. Ya sea por un conocimiento real del cristianismo o por el principio de la iniciación, permitiría que le quedara claro que en otra región de la tierra existe otra forma de religión, y que los que comprenden esta religión tienen muy claro lo siguiente: Que una vez vivió una personalidad que realmente no pertenecía a ninguna nación, y menos aún a Occidente, y que desde sus treinta a sus treinta y tres años vivió en esta personalidad ese impulso, esa fuerza de la vida espiritual, a la que apuntamos ayer; a la que, en su Vishvakarman, apuntaron también los siete santos Rishis; a la que, en su Ahura-Mazdao, apuntó también Zaratustra; a la que, como su Osiris, apuntaron también los egipcios; y a la que el cuarto período cultural postatlante llamó Cristo. Pero no se trata de eso: Se trata de reconocer en Cristo lo que vivió como impulso durante tres años en la personalidad de Jesús de Nazaret, lo que no estuvo presente antes en la tierra, lo que descendió de las alturas espirituales a la personalidad de Jesús de Nazaret, lo que en esta personalidad pasó por el Misterio del Gólgota, y lo que como tal impulso Crístico es un impulso que aparece una vez para la tierra y no está relacionado con ninguna encarnación ordinaria de la humanidad; Aquello que estuvo presente una vez como Cristo y que no puede volver en ningún hombre, sino que vendrá, como dice la Biblia, en las nubes del cielo - lo que significa que como revelación espiritual se mostrará a los hombres. Esta es una afirmación cristiana.

Ahora bien, quien esté dentro del budismo, imbuido de seriedad teosófica y dignidad teosófica, tendrá que reconocer que debe prestar atención a esta declaración cristiana y respetarla, del mismo modo que el cristiano debe respetar la suya. El budista que se ha elevado a la teosofía y la toma en serio dirá: "Así como tú, como cristiano, te acercas con confianza a la enseñanza de que el Bodhisatva que se convirtió en Buda ya no volverá a la tierra, así como me parece adecuado que sepas que el Buda no puede volver, así yo, como budista, reconozco que lo que tú llamas Cristo no puede volver en una encarnación física, sino como un impulso que apareció una vez y vivió sólo tres años en un cuerpo humano físico." - Si en la antroposofía encontramos la comprensión recíproca de las religiones de tal manera que el principio iniciático pueda penetrar en el corazón del hombre de tal manera que un hombre no imponga una opinión ajena a los demás, entonces producimos una comprensión que une a los hombres sobre toda la tierra, establecemos la paz entre las religiones únicas sobre la tierra.
En el cristianismo, el fundador de la religión es Jesús de Nazaret. El principio iniciático cristiano se ocupa del fundador de la religión, Jesús de Nazaret, sólo como un hecho, como un hecho que puede ser examinado por los ocultistas como un hecho. Con el mismo amor, con el mismo cuidado con que se examina la vida de Buda o de otro fundador de una religión, la vida de Jesús de Nazaret es examinada por aquellos que conocen el principio de la religión. El cómo aparezca esta vida de Jesús de Nazaret desde el punto de vista del ocultismo puro, lo encontraran descrito en mi folleto: La Guía Espiritual de la Humanidad. Pero el verdadero principio iniciático cristiano se ocupa del reconocimiento de Cristo, del camino hacia Cristo. Y este principio religioso cristiano estuvo preparando durante muchos años lo que ahora se acaba de describir como un principio de paz para toda la tierra, en el sentido de que claramente no procede del fundador de una religión como tal, sino de un hecho que ocurrió una vez en el mundo.

Esta es la diferencia fundamental entre el cristianismo y las demás religiones. Lo que el principio iniciático que conduce a Cristo tiene como tarea en el mundo es diferente de las culturas que han procedido de los otros principios religiosos. Lo que el principio de iniciación cristiano tiene como tarea dentro de la misión mundial procede de un hecho, de un acontecimiento, no de una personalidad. Esto será comprensible si mencionamos primero algunas condiciones preliminares. Podemos presentar una sola frase, una sola afirmación, y entonces habremos caracterizado, aunque externamente, el punto de partida del cristianismo esotérico, de la iniciación cristiana: Es la muerte que se experimentó en la unión de Cristo con Jesús de Nazaret. El hecho de esta muerte, que llamamos el Misterio del Gólgota, es lo que debe ser comprendido a través del principio de la iniciación cristiana. Ahora bien, la verdadera comprensión de esta muerte sólo puede conquistarse si nos aclaramos la misión de la muerte en el seno de nuestra evolución terrestre. Ayer señalamos que la fragilidad, la dolencia, la enfermedad y la muerte están relacionadas con la falta de armonía entre nuestro yo, impregnado por el principio luciférico, y nuestra organización. La muerte, después de todo, está conectada con el principio luciférico, y eso de una manera muy especial. Sería una idea totalmente falsa si supusiéramos que Lucifer trajo la muerte. Lucifer no trajo la muerte, trajo lo que podemos llamar la posibilidad del error (también del error moral), la diferenciación de los hombres en razas y la posibilidad de la libertad. Lucifer trajo estas cosas. Si sólo lo que Lucifer trajo hubiera sido eficaz en la humanidad, si nada se le hubiera opuesto, entonces este principio luciférico habría conducido al punto en que la humanidad habría caído, se habría salido, de la evolución divina progresiva. En efecto, el hombre se habría espiritualizado, pero en una dirección totalmente diferente de aquella a la que conducía la evolución divina progresiva. Para mantener a la humanidad dentro de esta evolución divina, para evitar que la humanidad se perdiera para la evolución divina, hubo que establecer un arreglo particular: Había que recordarle continuamente al hombre cuáles son las consecuencias si abusa de la posibilidad del error y de la libertad. Toda enfermedad, fragilidad, dolencia y muerte son recordatorios de que el hombre tendría que apartarse de la evolución divina progresiva si, además de tener la libertad luciférica, estuviera sano y lleno de energía. Así pues, la enfermedad, la dolencia y la muerte no son dones de Lucifer, sino dones de las potencias divinas buenas y llenas de sabiduría, que con ello han establecido un dique contra las influencias de Lucifer.

Así pues, debemos decir que todo lo que se nos presenta en el mundo como tribulación humana continua procedente del exterior, como enfermedad y muerte, está ahí para que los hombres permanezcamos encadenados a la existencia terrena hasta que tengamos la oportunidad de enmendarnos; para que tengamos una educación que nos adapte a nuestra organización. Sufrimos para que a partir de nuestro sufrimiento podamos adquirir experiencia y encontrar un equilibrio entre nuestro yo impregnado de Lucifer y nuestro organismo impregnado de Dios. Nuestra organización se aleja de nosotros repetidamente, hasta que nos hemos imbuido completamente, en nuestro Yo, de las leyes de la evolución que es progresiva en sentido divino. Toda muerte es, pues, un punto de partida para otra cosa. El hombre no puede morir sin llevarse consigo aquello que le da la posibilidad de superar alguna vez la muerte en sus encarnaciones sucesivas. Todos nuestros dolores están ahí para que del sufrimiento obtengamos la experiencia de cómo debemos adaptarnos a nuestra organización divina en progreso. Esta cuestión, sin embargo, no puede discutirse al margen de su conexión con toda la evolución.
Podemos estudiar tal cosa especialmente bien si examinamos ocultamente las conexiones entre el hombre y el siguiente reino inferior, el reino animal. Sabemos que en el curso de la evolución el hombre siempre ha infligido dolor a los animales, que ha matado a los animales. Quien aprende a conocer el Karma de la vida humana, a menudo encuentra sumamente injusto que el animal, que no se reencarna, deba sufrir, soportar dolor, e incluso, en el caso de los animales superiores, deba atravesar la muerte con cierta conciencia. ¿No debería tener lugar aquí una compensación kármica? Naturalmente, el ser humano tiene que hacer una compensación kármica en Kamaloka por el dolor que inflige a los animales, pero no estoy hablando de esto ahora; estoy hablando de la compensación para los animales. Aclaremos un pensamiento: Si consideramos la evolución humana, vemos cuánto dolor ha sembrado el hombre sobre el reino animal y cuántos animales ha matado. ¿Qué significan estos dolores y estas muertes en el curso de la evolución?

El estudio oculto nos muestra que cada dolor que se inflige a un ser que siente dolor y que no es el hombre, cada muerte, es una semilla para el futuro. Los animales, tal como son queridos por la evolución divina progresiva, no están destinados a tener encarnaciones como el hombre. Pero, si se produce un cambio en este Plan del Mundo lleno de sabiduría, si el hombre interviene y no deja que la evolución de los animales sea como habría sido sin el hombre, ¿qué ocurre entonces? Ahora bien, la investigación ocultista nos enseña que todo dolor, toda muerte, infligidos por el hombre a los animales, volverán y surgirán de nuevo, no a través de la reencarnación, sino porque el dolor y la muerte han sido infligidos a los animales. Este dolor y este sufrimiento suscitan de nuevo la animalidad. Estos animales a los que se ha infligido dolor surgirán de nuevo, aunque no en la misma forma; pero lo que siente dolor en ellos, eso vuelve. Vuelve de tal manera que los sufrimientos de los animales se compensan, de modo que a cada dolor se añade su sentimiento complementario. Estos dolores, estos sufrimientos, esta muerte, son la semilla que el hombre ha sembrado; vuelven de tal manera que a cada dolor se añade en el futuro su sentimiento contrario. Por poner un ejemplo concreto: Cuando la Tierra sea reemplazada por Júpiter, los animales no aparecerán en su forma actual, pero sus dolores y sufrimientos despertarán las fuerzas para el sentimiento del dolor. Vivirán en los hombres y se encarnarán como animales parásitos en los hombres. De las sensaciones y sentimientos de estos hombres, de sus dolores, se creará la compensación. Esta es la verdad oculta, que puede afirmarse objetivamente y sin adornos, aunque no sea agradable para el hombre de hoy. El hombre un día sufrirá esto, y los animales tendrán, en un cierto bienestar, en un sentimiento agradable, la compensación de sus dolores. Esto ya sucede lenta y gradualmente en el curso de la vida terrestre actual, por extraño que parezca. ¿Por qué los hombres están atormentados por seres que en realidad no son ni animales ni plantas, sino que se encuentran entre los dos, por bacilos y criaturas similares, que sienten un bienestar cuando el hombre sufre? Ellos mismos se lo han buscado en encarnaciones anteriores infligiendo dolor y muerte a los animales. Pues el ser, aunque no aparezca en la misma forma, siente esto a través del tiempo y siente la compensación de sus dolores en el sufrimiento que el hombre debe padecer. Así pues, todo el dolor y el sufrimiento del mundo no carecen positivamente de consecuencias. Es una semilla de la que procede lo que es causado por el dolor, el sufrimiento y la muerte. No puede haber sufrimiento, ni dolor, ni muerte, sin causar algo que brote más tarde.
Consideremos bajo esta luz la muerte en el Gólgota, que siguió a la unión de Cristo con Jesús de Nazaret. Lo primero que queda claro para cualquiera que pase por la iniciación requerida es que esta muerte en el Gólgota no fue una muerte ordinaria en la tierra, no fue una muerte humana ordinaria o de otro tipo. Las personas que aún no creen en lo suprasensible no pueden formarse un concepto de esta muerte en el Gólgota. Pues incluso externamente este Misterio del Gólgota tiene algo muy extraño, algo de lo que el hombre tiene mucho que aprender. Y es que ningún escrito histórico habla del Misterio del Gólgota, y los críticos de los Evangelios afirman que éstos no tienen ninguna autoridad como documentos históricos. Los principios de la iniciación se aplican a lo que no fue escrito por observación histórica. Lo que sucedió en el Gólgota todavía puede ser percibido hoy por los iniciados, todavía puede ser visto hoy en el Registro Akáshico por las personas que se someten a la iniciación. Los escritores de los Evangelios también escribieron sólo a partir del Registro Akáshico; se describe un acontecimiento para el cual los escritores originales de los Evangelios nunca pensaron en recurrir a la ayuda de las percepciones en el plano físico. Tan fuerte era entonces la conciencia de que uno tenía que ver aquí con algo que estaba en relación con los mundos suprasensibles, y que lo más importante era obtener una relación con los mundos suprasensibles. Fuera del mundo de los sentidos no se puede ganar ninguna relación correcta con estos acontecimientos. Lo que sucedió se aclara a través de la iniciación. Se podría decir que al principio de nuestra era vivió un hombre, Jesús de Nazaret; que en el año 30 de su vida experimentó un cierto cambio por la recepción del Cristo, y que después de tres años fue crucificado. Esto significaría un acontecimiento para la historia progresiva de la humanidad. Si se dijera esto, sería lo contrario de lo que el iniciado aprende a conocer; sería un asunto de los hombres en la tierra, por muy espiritualizado que se volviera. Con el principio iniciático no se trata de eso.

Fundamentalmente, podría decirse -pero no deben malinterpretarme- radicalmente, podría decirse que, a primera vista, lo que ocurrió en el Gólgota no fue un acontecimiento que concerniera a los hombres en la medida en que están en el plano físico. A primera vista. No en la forma en que se relata: Un hombre vivió una vez, Jesús de Nazaret, al principio de nuestra era, quien en el año 30 de su vida experimentó un cierto cambio a través de la recepción del Cristo, y luego fue crucificado en su año 33 - no es así como se cuenta la iniciación-verdad del cristianismo. Debe enunciarse de manera totalmente diferente.
Debe enunciarse aproximadamente así: Quien ha de iniciarse en el principio cristiano aprende lo siguiente: Antes de esta Tierra hubo una condición lunar. Durante esta condición lunar los seres luciféricos se quedaron rezagados. Estos seres luciféricos se desarrollaron más, junto con los seres espirituales divinos progresivos. En la época Lemúrica Lucifer se acercó a los hombres, se inyectó en la evolución terrestre humana y produjo lo que se caracterizó ayer. Así Lucifer estaba dentro de todo el desarrollo humano. Si la evolución humana hubiera continuado de esta manera con Lucifer, habría sucedido gradualmente que la misión de la Tierra no habría alcanzado su meta; el hombre se habría secado, el yo humano se habría separado, se habría desprendido de la evolución espiritual divina. En la antigua Luna una serie, por así decirlo, de seres pertenecientes a los mundos suprasensibles se enteraron de que Lucifer se había vuelto rebelde, que había adoptado una posición hostil a ellos. Así los dioses se vieron obligados a ver que Lucifer se había convertido en el adversario del progresivo desarrollo divino. - Al principio se puede ignorar por completo todo lo que concierne al hombre en esto. Consideremos todo esto como asunto de los dioses y de sus adversarios, los seres luciféricos, y consideremos a la humanidad como una creación de los dioses. Esta era la situación.

Ahora bien, hay una cierta peculiaridad en los mundos espirituales, en los suprasensibles. Allí no existe una cosa que sí existe en la tierra: la muerte, en todas sus formas, no se encuentra allí. En los mundos suprasensibles uno se transforma, pero no muere. Allí hay metamorfosis, no nacimiento y muerte. Por ejemplo, las almas-grupo que están en los mundos suprasensibles no mueren; se transforman, se metamorfosean. El nacimiento y la muerte no existen allí, donde los efectos del mundo físico nunca han llegado. Sólo allí donde los rasgos del mundo físico ya se han transmitido hasta cierto punto a los seres del mundo espiritual, hay algo que puede considerarse análogo a la muerte, como ocurre con los espíritus de la naturaleza; pero hoy no podemos entrar en esto. En el verdadero mundo suprasensible no hay nacimiento ni muerte, sólo transformación, metamorfosis.

Para los seres espirituales divinos que pueden ser designados creadores de los hombres, el nacimiento y la muerte no entran en consideración. Lucifer tampoco se encarna como ser humano en el mundo físico. Él trabaja en el hombre a través del hombre; utiliza a los hombres como su vehículo, por así decirlo. Así tenemos que ver con los dioses y con los seres luciféricos, que miran desde arriba, por así decirlo, a sus creaciones. Si la evolución hubiera continuado así, si nada hubiera sucedido en el mundo de los dioses, entonces la intención de los dioses para con los hombres nunca se habría cumplido; Lucifer habría frustrado el plan de los dioses. Los dioses tenían que hacer un sacrificio, -esa era su preocupación- tenían que experimentar algo que estaba relacionado con su esfera de tal manera que realmente no podía ser experimentado por los dioses si permanecían en su propia esfera: Tenían que enviar de sus propias filas al plano físico a un ser que experimentara algo que, de otro modo, los dioses de los mundos espirituales no podrían experimentar. Los dioses tuvieron que enviar al Cristo a la Tierra para luchar contra el principio luciférico. Con el transcurso del tiempo, cuando el tiempo se cumplió, los dioses, a los que agrupamos bajo el nombre de mundo-padre divino, enviaron al Cristo para que aprendiera a conocer los interminables dolores de los hombres, que significan algo totalmente diferente para un dios de lo que significan para un hombre. Con ello, los dioses entraron en la esfera terrestre para luchar contra los espíritus luciféricos. Un dios tuvo que sufrir la muerte en la cruz, la muerte humana más vergonzosa, como subraya especialmente Pablo.
Se nos permitió, una vez en el desarrollo de la Tierra, ser testigos. -porque miramos como a través de una ventana a los mundos espirituales-, de un asunto de los dioses.
Anteriormente, -así dice el principio iniciático-, el hombre estaba obligado, bajo todas las circunstancias, a elevarse a los mundos divino-espirituales para participar en el principio iniciático. El principio iniciático se presenta ante toda la humanidad en el Misterio del Gólgota, un acontecimiento que es al mismo tiempo sensible en el plano físico (si los hombres lo vieran) y suprasensible, un verdadero asunto de los dioses. Esto es lo esencial, que un dios pasó una vez por la muerte, como contrapartida a Lucifer, y que se permitió a los hombres contemplarlo. Esto es lo que el principio de iniciación da como sabiduría cristiana, y éste es el verdadero origen de la fe en que a los hombres, como hombres, algo puede fluir como una fuerza que puede llevarlos más allá de la esfera terrestre y más allá de la muerte; porque una vez los dioses resolvieron su asunto en la tierra y permitieron a los hombres mirar. Por tanto, lo que brota del Misterio del Gólgota es algo universalmente humano. Y si todo dolor, todo sufrimiento, toda muerte tiene su efecto (incluso los infligidos por los hombres a los animales) también esta muerte tiene su efecto. Esta muerte fue una semilla sembrada por los dioses; fue algo que permaneció ligado a la tierra, y ha permanecido ligado a ella desde entonces, permaneció ligado a ella de tal manera que todo hombre, por confianza, por amor a los mundos espirituales, la encontrará. Y lo encuentra.
El iniciado sabe que esto es así; el hombre creyente y confiado siente que de los mundos espirituales puede venirle ayuda para su esfuerzo, si tan sólo puede desarrollar suficiente creencia y confianza. Esto se desarrollará de una manera muy definida.

Hubo contemporáneos de los iniciados egipcios. A través de la iniciación, estos iniciados habían aclarado a sus alumnos toda la tragedia del conflicto de los dioses con Lucifer, presentando a los hombres simbólicamente en sus misterios el mito de Osiris-Set. Ayer mismo examinamos los sentimientos que el mito de Osiris-Set suscitaba en los egipcios. Allí vivía lo divino-espiritual a lo que los hombres deseaban llegar; se llamaba Osiris. Pero en la tierra el ser humano no puede unirse a Osiris; primero debe atravesar la puerta de la muerte. En la tierra Osiris no podía vivir; era inmediatamente desmembrado; éste no era el lugar para lo que estaba encarnado en Osiris. La última época cultural antes de la grecolatina miraba a Cristo, al principio de Osiris, como a un Más Allá. Luego vino la época griega, que estaba tan profundamente imbuida del sentimiento de que era mejor ser un mendigo en la tierra que un rey en el reino de las sombras. En la época en que esto todavía se sentía en Grecia, en la época de los antiguos héroes, los hombres sentían toda la discrepancia entre el yo, impregnado por el principio luciférico, y la organización humana progresiva. Los hombres sintieron entonces que el cuarto período de la cultura postatlante seguía su curso de tal manera que tenían que amontonar mucho de lo que el hombre puede experimentar aquí mismo en la tierra. De ahí lo anormal, lo singular, de este período. En ninguna otra época ocurren tantas series notables de encarnaciones como en este cuarto período. Los hombres tuvieron que hacer mucho aquí en la tierra, porque ahora miraban más a este mundo que a los mundos del más allá, como todavía lo había hecho la época de la tercera cultura. Los griegos no valoraban esta incorporación a Osiris; estaban más ocupados en embutir lo más posible en las encarnaciones humanas, querían sacar lo más posible de la encarnación. De ahí el hecho notable de que Pitágoras, el gran iniciador de cierta línea de la cultura griega, en una encarnación anterior había luchado como héroe troyano en el bando de los troyanos. Él mismo dice que fue un héroe troyano, mencionado en Homero, y que se reconoció enemigo de los griegos porque reconoció su escudo. Cuando Pitágoras dice que había sido Euforbo, la antroposofía enseña a comprender plenamente esta afirmación. Los griegos, incluso los más grandes, daban un valor especial a lo que significaban para ellos las encarnaciones físicas únicas.

Pero el cuarto período postatlante también tuvo que llevar a los hombres a sentir los mundos espirituales en toda su significación, pues en esa época cayó el Misterio del Gólgota. En la época en que los hombres de Grecia valoraban más el mundo exterior, ocurrió en un rincón desconocido del mundo el Misterio del Gólgota; en el escenario terrenal, donde por lo demás los hombres llevan a cabo sus asuntos humanos, los dioses llevaron a cabo sus propios asuntos.

Así como el egipcio aprendió a mirar hacia la muerte cuando pensaba en su Osiris, así el hombre aprendió a conocer, en el cuarto período postatlante, cómo estaba presente una forma religiosa contemporánea, en la que vivía el impulso que podía llevar a los hombres el sentimiento de que en este mundo físico tiene lugar algo que es realmente un asunto de los dioses; que allí tiene lugar la refutación viva de lo que los griegos habían creído hasta entonces: "Mejor ser un mendigo en la tierra que un rey en el reino de las sombras". Pues ahora los griegos aprendían a conocer a aquel que, como rey, había descendido del reino de los dioses, y, como mendigo, había vivido su destino en la tierra entre los hombres. Ésa era la respuesta al sentimiento del cuarto período pasado-atlante. Pero éste es también ese complejo de sentimientos del que pueden proceder los rayos para el futuro desarrollo terrestre. El egipcio había mirado a Osiris, que para él era el Cristo, para unirse con él después de la muerte; en el cuarto período post-atlante el hombre miró el Misterio del Gólgota como el acto contemporáneo que enseñó a los hombres que en el mundo físico había tenido lugar un acontecimiento que era asunto de los dioses.
Vivimos en el quinto período post-atlante. En nuestro quinto período post-Atlante los hombres añadirán las grandes enseñanzas del Karma a las otras enseñanzas, aprenderán a comprender su karma. En nuestro quinto período post-Atlante, los seres humanos están experimentando el tercer acto que sigue consecuentemente al acto de Osiris y al acto del Misterio del Gólgota. Aprenderán a captar la idea: "He sido puesto en la tierra por el nacimiento; mi destino está en la tierra; experimento alegría y tristeza; debo comprender que lo que experimento como alegría y tristeza no se acerca a mí en vano, que es mi Karma, y que viene a mí porque es mi Karma, mi gran educador. Miro aquello que fue antes de mi nacimiento, que me colocó en esta encarnación, porque esto, mi destino, es necesario para mi desarrollo ulterior. ¿Quién me envió aquí? ¿Quién continuará colocándome en esta tierra, en mi destino, hasta que haya cumplido mi Karma? Deberé esto al Cristo, que los hombres pueden ser llamados siempre más a sufrir sus destinos, hasta que hayan descargado su Karma en la tierra". Por eso Jesús de Nazaret, de quien habló el Cristo, no podía decir a los hombres: "Tratad de escapar lo más rápidamente posible del cuerpo físico"... sino que tenía que decir a los hombres: "Os colocaré en vuestros destinos en esta tierra mientras no hayáis descargado vuestro Karma. Debéis descargar vuestro Karma". Los hombres aprenderán, a medida que nos acerquemos al futuro, que estaban unidos a Cristo antes de nacer, que han recibido de él la gracia de descargar su antiguo Karma en las encarnaciones.

Así los hombres del cuarto período postatlante miraban a Jesús de Nazaret como el portador del Cristo. Así aprenderán los hombres de nuestro tiempo que el Cristo se revelará cada vez más supersensiblemente, y gobernará cada vez más los hilos del Karma en los asuntos de la tierra. Aprenderán a conocer ese poder espiritual como ese destino que los griegos aún no podían reconocer, que llevará a los hombres al punto de descargar su Karma de la manera más adecuada en las encarnaciones sucesivas. Como a un juez, como a un señor del Karma, los hombres mirarán al Cristo en la sucesión de encarnaciones, cuando experimenten su destino. Así los hombres estarán en tal relación con su destino, que serán estimulados cada vez más a profundizar sus almas, hasta que puedan decirse a sí mismos: "Este destino no me es asignado a través de un poder impersonal, este destino me es asignado a través de aquello con lo que me siento relacionado en lo más íntimo de mi ser. En el Karma mismo percibo lo que está relacionado con mi ser. Mi Karma me es querido porque me hace cada vez mejor". Así se aprende a amar el Karma, y entonces éste es el impulso para conocer al Cristo. Los hombres aprendieron primero a amar su Karma a través del Misterio del Gólgota. Y esto continuará más y más, y los hombres aprenderán más y más que sólo bajo la influencia de Lucifer la tierra nunca habría podido alcanzar su meta, que la evolución de la humanidad habría tenido que corromperse más y más sin el Cristo.

Pero el cristianismo no considera al Cristo como una personalidad, como el fundador de un sistema religioso abstracto. En nuestra época actual, el fundador de una religión, de acuerdo con las exigencias de nuestro tiempo, sólo trae discordias. La iniciación cristiana no procede de una personalidad, sino de un hecho, de un acto impersonal de los dioses que tuvo lugar ante los ojos de los hombres. Por eso este secreto del Gólgota, este acontecimiento que tuvo lugar al principio de nuestra era y del que salió la semilla de esta muerte única, la semilla de la que ahora crece el amor del hombre por su destino, por su Karma, ha sido transmitido a la humanidad de una manera especial.
Hemos visto que la muerte que el hombre inflige a los animales tiene una consecuencia determinada. La muerte en el Gólgota obra como una semilla en el alma humana que siente su relación con el Cristo. Así fue con el Misterio del Gólgota: Él murió, y al igual que una sola semilla se deposita en la tierra, con el fin de que muera y brote en el campo, y que haya un aumento de lo que procedía de la única semilla, así la muerte de un dios se realizó en la cruz. La semilla fue esparcida en el Gólgota, la tierra fue el alma humana; lo que brota son las relaciones del hombre con el Cristo suprasensible, que nunca más desaparecerá de la evolución de la tierra, que siempre aparecerá a los hombres de las formas más variadas. Así como los hombres pudieron verlo físicamente en la época del Misterio del Gólgota, así también podrán elevarse para ver en un futuro próximo una imagen etérica de Cristo; verán al Cristo como lo vio Pablo.
Lo que está contenido en la iniciación cristiana fue preservado en el símbolo del Santo Grial; fue llevado a esa comunidad que imparte la iniciación cristiana. Para los que reciben la iniciación cristiana lo que aquí se dice no es una teoría abstracta, no es una hipótesis, sino un hecho de los mundos suprasensibles. El cultivo de la iniciación cristiana fue confiado a los guardianes del Santo Grial y, más tarde, a los promotores de la comunidad de la Rosa Cruz. Lo que procede de la iniciación cristiana debe, según toda su naturaleza, obrar impersonalmente. Todo lo personal debe ser excluido de ella; porque lo personal sólo ha traído peleas y luchas a la humanidad, y lo hará cada vez más en el futuro. Por lo tanto, es una regla estricta para aquellos que, simbólicamente hablando, sirven al Santo Grial o, hablando literalmente, sirven al cultivo de la iniciación cristiana, que ninguno de los que tienen un papel dirigente de primer orden que desempeñar dentro de la hermandad del Santo Grial o de la comunidad de la Rosa Cruz -ni ellos ni los que viven en su entorno- puedan hablar de los secretos que conocen y que obran en ellos, antes de que transcurran cien años después de su muerte. No hay posibilidad de conocer toda la verdad sobre una personalidad destacada de la primera orden hasta que hayan transcurrido cien años desde su muerte.
Esta ha sido una ley estricta dentro de la comunidad Rosacruz desde su fundación. Exotéricamente, nadie sabe quién es un líder en la comunidad Rosacruz hasta que han pasado cien años después de su muerte. Entonces lo que ha dado ya ha pasado a la humanidad, se ha convertido en propiedad objetiva de la humanidad. Así, todo lo personal queda excluido. Nunca será posible señalar a una personalidad en un cuerpo terrenal como portadora del misterio cristiano. Sólo cien años después de la muerte de tal personalidad esto sería posible. Esta es una ley que todos los hermanos de la Rosa-Cruz observan bien. Nunca un hermano Rosacruz señalará a una personalidad viva como líder de primer orden en relación con aquello que, como iniciación cristiana, debe fluir hacia la humanidad. En la antigüedad se podía señalar proféticamente a los que vendrían: Los profetas eran precedidos por sus precursores, sus profetas, y estos profetas señalaban a los fundadores de las religiones que vendrían más tarde; en la época de Jesús de Nazaret los contemporáneos, por ejemplo el Bautista, señalaban a aquel que era su contemporáneo; pero la organización espiritual de la humanidad, después del Misterio del Gólgota, se alteró necesariamente de tal manera que ya no puede ser la manera del profeta señalar a una personalidad que vendrá o que ya está presente. Por el contrario, una persona que fue portadora del misterio cristiano, de ese hecho espiritual que es probado por los corazones de los hombres, será señalada por primera vez cien años después de que haya pasado del plano físico a través de las puertas de la muerte.

Todas estas cosas no suceden por capricho humano, sino porque deben suceder. Deben suceder porque la humanidad se encuentra ahora ante una época en la que el amor, la paz y la comprensión deben difundirse en el proceso de desarrollo de la humanidad. Pero sólo se extenderán si aprendemos a tomar impersonalmente lo que está presente, si aprendemos a defender el elemento de verdad que ha sido dado a la humanidad en el curso de la evolución humana. Nunca más, si como occidentales nos encontramos con un budista, trataremos de convertirlo en cristiano mediante la persuasión o la compulsión; porque creemos que lo que le ha sido dado, y que es lo más profundo de su religión, seguramente lo conducirá al Cristo. Creemos sobre todas las cosas en su propia verdad; no heriremos los sentimientos del budista diciendo que no es verdad que el fundador de su religión, después de haber vivido entre los hombres como Bodhisattva, no tiene como Buda ninguna expectativa de más encarnaciones físicas. Así establecemos la paz entre las confesiones religiosas. De este modo, en el futuro el cristiano comprenderá al budista, y el budista comprenderá al cristiano. El budista que comprenda al cristianismo dirá: "Comprendo que el cristiano haga de su principio religioso algo impersonal, un hecho impersonal, el hecho del Misterio del Gólgota, un asunto de los dioses que el hombre puede contemplar y a través del cual puede recibir lo que puede conectarle con lo divino". Ningún budista razonable vendrá al cristiano y le dirá que el Cristo puede encarnarse en un cuerpo físico. Por el contrario, vería en ello una transgresión del verdadero principio religioso. Y así no se traerá al mundo ninguna nueva confesión productora de discordia con un líder religioso de tipo personal, sino que el propio principio iniciático con su paz, su armonía, su manera de producir comprensión, se encontrará con todas las religiones con comprensión vivificante, y no querrá imponer la verdad de una religión sobre otra. Como respondería el budista oriental al occidental que le dijera que el Buda podía aparecer en un cuerpo de carne: "Entonces no entiendes el asunto, no sabes lo que es un Buda", así el budista que hubiera captado el verdadero corazón del cristianismo, y que defendiera el conocimiento espiritual con seriedad y dignidad, respondería a quien le hablara de un Cristo encarnado en la carne: "No entiendes el cristianismo si crees que el Cristo vuelve en un cuerpo físico; entiendes el cristianismo tan poco como entiende el budismo quien cree que el Buda aparecería en un cuerpo carnal". Lo que el cristiano, si es antroposófico, concederá siempre al budista; esto el budista, si es antroposófico, concederá siempre también al cristiano. Y así con todos los adeptos de todas las confesiones religiosas de la tierra. Así la antroposofía traerá la gran y comprensiva unión, la síntesis de las confesiones religiosas de la tierra.
Traducido por J.Luelmo abr.2023