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martes, 28 de mayo de 2024

GA096 Berlín, 18 de febrero de 1907 -El padre nuestro -2- una reflexión esotérica

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IMPULSOS ORIGINALES DE LA CIENCIA ESPIRITUAL

RUDOLF STEINER

EL ESOTERISMO CRISTIANO A LA LUZ DE LOS  NUEVOS CONOCIMIENTOS ESPIRITUALES

El padre nuestro -2- una reflexión esotérica

Berlín, 18 de febrero de 1907

Hemos visto por lo que pude decirles aquí la última vez. que toda la visión científica espiritual de la naturaleza del hombre está expresada en realidad en una oración bien conocida. Pudimos ver por nosotros mismos que las corrientes religiosas, las enseñanzas y prácticas religiosas se extraen de lo que hemos aprendido en el transcurso del tiempo a través de la propia ciencia espiritual. Tenemos que imaginarnos el proceso de tal manera que la humanidad partió originalmente de una visión básica universal, abarcadora, que se expresa en los credos religiosos de los distintos pueblos según la diversidad de caracteres nacionales. Ahora, por supuesto, se puede hacer la pregunta: ¿Cómo hay que imaginar con más precisión que las verdades básicas, las sabidurías básicas de la humanidad están conectadas con lo que ha sido proclamado en los diversos credos religiosos individuales por los fundadores de la religión a tal o cual pueblo? Ciertamente, es en sí mismo un hecho sorprendente que en las siete peticiones del Padrenuestro nos encontremos realmente con los conceptos básicos de la ciencia espiritual, y a una persona ajena que haya tenido poco que ver con lo que se puede aprender hoy en día a través de la ciencia espiritual, muchas cosas le deben parecer fantásticas, y entonces puede decir fácilmente: Todo esto sólo ha sido recogido en lo que habéis recibido de los documentos religiosos.

Para profundizar un poco más en la cuestión de cómo las grandes sabidurías fundamentales entraron originalmente en los credos religiosos, hay que partir primero de una cuestión básica. Hay que darse cuenta de que lo que hoy podemos saber, lo que hoy se nos enseña a través de la visión espiritual-científica, no se presentaba de la misma manera en los tiempos más antiguos en las creencias religiosas. Debemos darnos cuenta de que la forma en que tales verdades se presentaban a la gente difería enormemente de una época a otra. Los antiguos documentos religiosos que ustedes abren hablan a la gente en imágenes y no en conceptos. Dichas imágenes, que a menudo se basan en la imaginación sensorial, han sido conservadas por los documentos religiosos siempre que ha sido posible. Por ejemplo, el conocimiento siempre se aborda como luz, la sabiduría como una especie de elemento líquido, como agua. Si se mira con atención, siempre se pueden encontrar las mismas imágenes en los tiempos más antiguos. Hay una razón muy específica para ello, y hoy resumiremos algo de lo que ya sabemos para sumergirnos realmente en cómo los primeros maestros de la humanidad tuvieron un efecto en los pueblos a los que llevaron los beneficios de las enseñanzas religiosas. Si queremos darnos cuenta de cómo trabajaron los fundadores de la religión antes de aquellos a quienes llamamos los grandes iniciados, es decir, antes de Hermes, Zoroastro, Buda, Moisés y, finalmente, antes del más grande, Cristo Jesús, debemos sumergirnos una vez más en la diferencia que existe entre la conciencia ordinaria y la astral o imaginativa del hombre.

Hoy, desde la mañana hasta la noche, el hombre corriente tiene lo que hemos llamado la conciencia objetiva, que le muestra las cosas de tal manera que le parecen estar fuera de él, con las cualidades que le muestran sus sentidos. Esta conciencia no es la única. Sin embargo, para la mayoría de la gente hoy en día los otros estados de conciencia están ocultos, sumergidos en una oscuridad indeterminada que llamamos dormir sin sueños, pero que tiene un significado muy definido para el iniciado. Para el iniciado, que también conoce el mundo que hay detrás de esta apariencia física, también existe un estado consciente desde que se duerme hasta que se despierta, en el que no percibe las mismas cosas que están aquí tal como están aquí, sino que percibe un mundo en sí mismo. <Así como el dormir sin soñar es un estado inconsciente para la persona ordinaria, también es un estado consciente para el iniciado, en el cual ve el mundo espiritual.

Si queremos darnos cuenta de cómo este estado inconsciente se convierte en consciente, debemos considerar ese estado intermedio que el hombre también conoce, el dormir lleno de sueños, que nos muestra las percepciones ordinarias y cotidianas o los estados internos del alma en símbolos. Pero también se puede encontrar esta representación pictórica, que muestra el sueño, si se estudia la conciencia del iniciado cuando mora en el mundo espiritual. Él ve las cosas en el mundo espiritual en imágenes. Sin embargo, no son imágenes tan caóticas como las que le muestra el sueño. Lo único que tienen en común con las imágenes del sueño es que cambian constantemente. La mesa y la silla muestran siempre esta forma, tal y como están allí. Las plantas y las personas, en la medida en que son objetos externos, muestran la forma que tuvieron una vez. Pero cuanto más entramos en el reino de la conciencia, más transformaciones encontramos. La planta que brota de la semilla y despliega tallo, hojas, flor y fruto, el animal que expresa su voluntariedad, el ser humano en gestos y fisonomía cambiantes, los vemos en movimiento. Pero todo esto es algo permanente comparado con lo que una persona experimenta en un estado superior en el mundo del Devacán. Allí vemos una transformación continua. Quien encuentra su entrada en el mundo espiritual a través de los ejercicios en cuestión aprende allí cómo el color de una planta emerge de la planta como una llama. Aprende a reconocer cómo los colores en el espacio libre son formaciones ascendentes y descendentes. Sin embargo, sólo tiene una visión correcta cuando es capaz de ver los colores y tonos por sí mismo y conducirlos a ciertas entidades. Tales entidades están constantemente a nuestro alrededor. Si pudieran resaltar el color violeta de esta flor, de modo que el violeta se moviera libremente en el espacio, tendrían la expresión de la vida de un mundo interior espiritual de la planta. Así funcionan también el aura humana y lo que llamamos cuerpo astral. Todas las inclinaciones humanas, los sentimientos de vanidad y egoísmo, se expresan en ella a través de corrientes de color muy específicas, de modo que podemos decir: La experiencia espiritual interior se expresa en el aura humana. El aura nunca está quieta, nada es inmóvil allí, al igual que hay cosas inmóviles aquí en el mundo de los sentidos. Y cuando un ser del mundo espiritual tiene un impulso emocional o volitivo, siempre puede verse cómo se expresa en cambios muy concretos de color y sonido. El movimiento eterno es la esencia de los mundos superiores.

Por supuesto, para los que entran por primera vez en los mundos superiores, esto resulta confuso. Pero también tiene el efecto de que en estos mundos superiores se revela inmediatamente todo lo que allí existe. Si una persona puede ocultar su vida anímica a los que sólo pueden verla con ojos físicos, no puede ocultar nada a los que pueden ver con ojos espirituales. Allí todo está claramente en el día, de modo que deben decirse a ustedes mismos: Si queremos investigar a un hombre tal como se presenta ante nosotros con ojos sensoriales, entonces debemos deducir su alma de la apariencia externa, de cómo sonríe o llora. En el mundo superior es diferente. Allí no tiene lugar una deducción de lo que es interno, a partir de lo externo. El interior está completamente abierto. Allí convivimos con la esencia de las cosas. Sólo el iniciado puede en nuestros días adquirir esta conciencia. Sólo él puede vivir conscientemente en el mundo superior. Él puede añadir otro estado al estado habitual de conciencia que va desde la vigilia hasta el momento de dormir, a través del cual él es capaz de añadir lo interior a lo exterior. Así como él puede experimentar conscientemente el interior de las cosas, en la antigüedad todos los seres humanos podían hacerlo en cierto sentido. Antes de su actual estado de conciencia, las personas tenían aquello a través de lo cual veían las cosas desde dentro.

Cuando nos remontamos a la antigüedad, nos encontramos con personas que tienen cada vez menos de lo que tiene la gente hoy en día. La gente de hoy puede contar y hacer cálculos. En la época de la Atlántida hacia su período medio, se encontraban personas que aún no sabían contar y calcular, que aún no sabían hablar de lógica. En este sentido, el menor escolar de hoy puede hacer más de lo que podía hacer cualquier atlante. Pero el atlante podía hacer algo más. Cuando miraba a cualquier criatura de la naturaleza, una planta por ejemplo, podía ver surgir en su interior un sentimiento muy concreto. Para él, cada planta tenía un cierto valor emocional. Mientras que hoy en día la gente pasa de las plantas con cierta indiferencia, en el atlante surgían sentimientos y emociones vívidos. Sí, si nos remontamos lo suficiente, a los tiempos de los primeros atlantes, encontraríamos que no tenían una percepción del color tan vívida como el hombre moderno. Si tal atlante se hubiera acercado a una violeta, no la habría visto tal como es aquí, sino como si surgiera una especie de niebla. Del mismo modo, no habría visto el color rojo en la rosa misma, sino un aura roja alrededor de la rosa, el color rojo flotando libremente. Si ustedes miran ahora cualquier cristal, si es un rubí, lo verán coloreado de rojo. Pero los primeros atlantes no habrían visto el color en un cristal así. Se les habría aparecido como rodeado de un halo de colores, y el rubí se les habría aparecido como una especie de incisión en este halo de colores. A medida que se acercasen a aquellos tiempos, llegarían a un pasado lejano en el que el hombre ya no habría visto en absoluto los contornos de otro hombre, ni los contornos de una planta o un animal. Si se le acercaba otra persona que le era hostil, percibía un color marrón rojizo. Si percibía un bello color azulado, podía decirse a sí mismo: Esta persona tiene una disposición pacífica hacia mí. La vida interior de una persona se expresaba en esos colores.

Si retrocedemos aún más, llegamos al lejano pasado de la antigua Lemuria, que se extendía entre Asia, Australia y África. Allí no sólo la conciencia de lo cognoscible era completamente diferente, sino que incluso todo lo que puede llamarse el impulso de la voluntad era diferente. La voluntad todavía tenía un efecto mágico, tenía un poder sobre los otros objetos; se mostraba como una fuerza de la naturaleza que actuaba sobre los otros objetos. Si el lemúrico posaba su mano sobre una planta y hundía su voluntad en ella, podía hacer que esta planta creciera rápidamente a través de su pura voluntad.

Las fuerzas exteriores de la naturaleza no son diferentes de las interiores del hombre. Debido a que el hombre se ha convertido en un ser autosuficiente, encerrado en una piel, sus poderes se han distanciado cada vez más de los poderes de la naturaleza, se han vuelto cada vez más disímiles. El pensar humano es el que más se aleja de las fuerzas de la naturaleza. Combinar y calcular es lo más ajeno a lo que está presente como tal en la naturaleza exterior. Sin embargo, si ustedes pudieran retroceder lo suficiente, verían que había seres en esa época, los antepasados espirituales de la humanidad, que habrían considerado como una tontería comparativamente grande decir: capto un concepto de alguna cosa externa. No podrían haberlo dicho en absoluto, sino que ellos habrían visto el concepto, por así decirlo, y lo habrían visto como una actividad, incluso como una entidad. Quien se forma hoy un concepto de cualquier "cosa" tiene que imaginarse que esta "cosa" se formó originalmente a raíz del propio concepto. Tendrán ustedes una idea de esto si recuerdan el proceso de algún tipo de elaboración humana, pueden formarse un concepto de un reloj terminado, el mecanismo del movimiento, el avance de las manecillas. Nunca habrían sido capaces de hacer esto si antes alguien no hubiera estado allí como relojero ni hubiera pensado en lo que ustedes están pensando ahora. Eso que él depositó en ello, eso piensan ustedes después.

Todos los conceptos que la gente puede formarse hoy, todo lo que el pensar hace hoy, existió en nuestro pasado como una realidad que primero se deposito en las cosas. Todo ser se concibe a través de su concepto. Una vez cada ser fue moldeado de acuerdo a este concepto. No era diferente en el mundo de lo que es hoy en el arte humano: los conceptos que la gente se hace hoy fueron depositados originalmente en las cosas. Si retrocediéramos aún más en el tiempo, veríamos cómo estas personas nunca habrían podido decir: Me formo un concepto mirando las cosas, sino que realmente veían lo que ocurría allí, cómo se depositaba el concepto. Observaban, por así decirlo, a los maestros artesanos de las cosas.

Ahí podrán notar ustedes la diferencia entre el intelecto del hombre actual y el intelecto de aquella época, al que tenemos que llamar intelecto creador. Pero si llegaran ustedes a conocer a estos seres que todavía sabían del intelecto creador por experiencia propia, en contraste con el intelecto meramente receptivo de hoy, encontrarían que estos seres eran muy diferentes. Ellos aún no estaban encarnados en un cuerpo humano. Lo que hoy habita dentro de envolturas humanas, entonces aún era decidido en el seno de los seres divino-espirituales.

Hemos pasado imperceptiblemente por encima de la época del desarrollo de la Tierra, que se nos presentaría comparativamente así: Abajo en la Tierra ya existía una vida física, había seres allí abajo, muy diferentes, pero parecidos a los minerales, plantas y animales de hoy, y luego seres que no eran seres humanos, pero que se hallaban entre los animales y los seres humanos y estaban maduros para recibir el alma humana. Estaban organizados hasta tal punto que podían recibir el alma humana. Sólo a efectos comparativos se puede decir cómo se debe pensar en esto: En la Tierra caminaban personas que en realidad seguían siendo animales. Ahora imaginense que los cuerpos humanos fueran esponjas individuales y que las almas fueran gotas de agua, todo lo cual estaba todavía unido en una masa común de agua; la tierra física con todo el enjambre de seres, rodeada, por así decirlo, por una envoltura de almas, al igual que ahora lo está por la envoltura del aire actual. En ello todo estaba aún indiviso, como las gotas de agua. Y al igual que cuando ahora dejan que la masa de agua sea absorbida por las pequeñas esponjas, donde cada una recibe entonces una gota individual para sí misma, así era en aquellos tiempos. Lo que era sustancia uniforme del alma fue absorbido por los cuerpos humanos individuales, distribuido entre los cuerpos humanos individuales. Así es como surgió el alma humana. Sin este proceso, la sustancia humana nunca se habría separado en muchas individualidades separadas.

<Pero éste es también el comienzo del proceso mediante el cual el ser humano se separa gradualmente de su entorno, y mediante esto adquiere también una conciencia objetiva especial. Antes tenía una conciencia que no formaba conceptos, sino que la propia alma seguía estando completamente en el alma del mundo, y recibía toda su sabiduría del alma comunal del mundo como desde dentro. No necesitaba mirar hacia fuera. Se podría decir realmente que esta alma común del mundo todavía podía hacerlo todo; formaba todo lo que hay hoy en la tierra según los conceptos comunes. La gente recibía estos conceptos al recibir esa gota de sabiduría del alma común del mundo. Esta es la diferencia entre el conocimiento antiguo, antes de que se encarnara en la carne, y el conocimiento actual, que surge cuando el hombre se vuelve hacia fuera.

El momento en que una persona deja de percibir con los sentidos, su ser interior se hunde en la oscuridad indeterminada que llamamos dormir sin soñar. Mientras que cuando dormimos el cuerpo físico y el cuerpo etérico del hombre permanecen acostados, el cuerpo astral sale. ¿Qué existe en el hombre que hace que perciba el mundo exterior? El cuerpo astral percibe colores y sonidos. El cuerpo astral experimenta placer cuando disfruta de algo placentero, el cuerpo astral percibe el dolor como tal. Este cuerpo astral, sin embargo, no puede hacer nada en el hombre actual cuando no está en el cuerpo físico, pues para percibir su entorno necesita ojos, oídos, todas las herramientas físicas también para el placer, el sufrimiento, el dolor, la alegría, etcétera. El cuerpo físico es la mera herramienta, pero para el cuerpo astral actual es necesario. En el momento en que el cuerpo astral está fuera del cuerpo físico, ya no percibe.

Este cuerpo astral es exactamente el mismo que había en la sustancia del alma común que rodeaba la tierra. Si ustedes se desprendieran de todos sus cuerpos astrales y los juntaran, obtendrían lo que rodeaba a los hombres como sustancia astral o del alma en aquella época. Si hoy fuera posible poner a dormir a todos los seres humanos, tal como están en la tierra, de modo que toda la raza humana durmiera, y luego se extrajeran todos los cuerpos astrales y se mezclasen con el resto de la sustancia, se vería cómo cesaría por completo el dormir sin sueños. Las almas no percibirían colores ni sonidos a través de los instrumentos exteriores, sino que los colores comenzarían a surgir de todos estos cuerpos astrales y a su alrededor flotarían imágenes de colores en constante cambio, y en su interior comenzarían a oírse sonidos. Todo esto volvería entonces a rodear la tierra, como era en aquellos tiempos antes de que tuviera lugar la primera encarnación de cualquier alma, El oscurecimiento de aquel antiguo estado de conciencia, que hoy conocen por su dormir sin sueños, se produjo porque la sustancia astral común fue separada en partes individualizadas a través del alma del mundo y las partes individualizadas fueron atraídas hacia cuerpos humanos. Se puede ir aún más allá. Lo que hoy es noche, lo que hoy para los hombres se hunde en una oscuridad indefinida, fue en un tiempo, del que estamos hablando ahora, bastante lleno de luz, lleno de percepciones del mundo espiritual, fue bastante día. De modo que ahora eres conducido a un estado de la humanidad en el que toda la humanidad ha percibido astralmente, aunque no en un cuerpo físico.

Ahora pregúntense: ¿Qué ha ganado realmente la humanidad desde entonces? ¿Qué se ha añadido a lo que ya tenía? ¿Qué ha adquirido el hombre encarnándose en un cuerpo físico? Ha adquirido la posibilidad de decirse "yo" a sí mismo. Toda la conciencia, por muy clarividente que fuera, no era más que una conciencia onírica más o menos elevada. La gente aún no era consciente de sí misma. Esto es lo que ha ganado la humanidad. Este es el verdadero regalo de Dios, del que nos hablan los documentos religiosos, como la Biblia: que en la época en que la humanidad estaba encarnada, las personas recibieron la autoconciencia. La gente no lo sabía antes, y esta autoconciencia aumentará cada vez más en la humanidad actual. Es aquello que se ha revelado desde ese tiempo que ya no pasamos en la conciencia embotada o clarividente: el "Yo soy", y que no podemos llamar de otro modo que: "Yo soy el Yo-soy". Ahí tienen la palabra de Yahvé: "Yo soy el que era, el que es y el que será".

Así que hemos regresado a una época en la que esta palabra yo-soy aún estaba excluida. Todavía no estaba presente en el hombre. El hombre tenía una conciencia que era vertida en él, que no la adquiría observando los objetos externos. ¿Dónde había una conciencia del yo-soy? Esta autoconciencia la tenían los seres divinos. Los seres humanos la adquirieron después de la encarnación física. Ahí está la diferencia entre lo que en el cristianismo se llama el Espíritu Santo y el espíritu mismo. El Espíritu Santo es el que tenía la autoconciencia arriba, antes de la encarnación, y el espíritu en sí es el que tenía la autoconciencia en el hombre. De tal manera que si se juntaran todas las conciencias del yo y así se separaran también del egoísmo, se obtendría de nuevo el Espíritu Santo.

Ahora tienen ustedes el punto de partida de la forma más radical. Hemos vuelto a un tipo de enseñanza muy extraño. Mientras que hoy enseñamos de tal manera que el hombre se enfrenta al hombre y al discípulo se le dice: Así son las cosas, entonces sólo era posible una cosa: esa enseñanza, que era al mismo tiempo trabajo y acción. Era una efusión de sabiduría en los seres individuales. La sabiduría no venía de fuera; fluía hacia las personas desde dentro, un proceso que hoy sólo reconocen los iniciados. Si ahora midieras los tiempos desde el que acabo de caracterizar, en el que no había enseñanza sino sólo iluminación desde el interior, hasta nuestra época, encontrarías un período intermedio en el que la humanidad estaba, por así decirlo, mitad en un estado y mitad en el otro. Esto fue a mediados del período atlante. En aquella época el hombre ya podía reconocer ciertos contornos de las cosas, podía ver cómo el color se iba depositando poco a poco en la superficie de los objetos, ver cómo las cosas individuales adquirían cualidades. Pero sólo lo veía como si todo estuviera envuelto en una bruma de color. Aún podía oír el mundo entero impregnado de sonidos que eran tonos sabios, que le decían algo y le traían noticias de otros seres. Pero todo seguía siendo muy confuso en este estado intermedio. Fue también la época en que comenzó una enseñanza que se transformó gradualmente en la forma posterior de comunicar mensajes religiosos a la humanidad.

Si pudiéramos remontarnos a la antigua Atlántida, encontraríamos una gran escuela de adeptos. El hecho de que hoy en día alguien pueda absorber la sabiduría es posible gracias a que los adeptos turanios de aquella época tenían discípulos; sus discípulos volvieron a enseñar a otros hasta nuestros días, de modo que una tradición directa se remonta a la escuela de adeptos turanios. En aquella época había que tener en cuenta que los hombres se encontraban en un estado intermedio, en el que sólo tenían una parte del modo de percepción actual. Sólo podían reconocer objetos en vagos contornos. Pero hasta cierto punto todavía eran capaces de reconocer la verdad desde dentro. Muy pocas personas habrían sido capaces de contar hasta cinco entonces. Sin autoconciencia no es posible. Pero eran capaces de asimilar lo que se reflejaba en su interior, en su conciencia semi sonámbula. Tenían que estar iluminados para que se les enseñara la sabiduría más elevada. Pero había que enseñársela visualmente, y los adeptos turanios tenían ciertos métodos para ello. No habrían podido hacerlo de la misma manera que nosotros lo hacemos hoy con una conferencia. Los propios adeptos estaban muy por delante de la humanidad y ellos mismos sabían todo esto, pero el resto de la humanidad seguía siendo extraordinariamente primitiva. Para enseñarle a la gente la sabiduría, se la ponía en un estado hipnótico. Lo que hoy está mal era algo bastante normal entonces. Se ponía a la gente en una especie de estado dormido, y este estado dormido se utilizaba para iluminarlos de la siguiente manera. Antes de la primera encarnación del alma humana en el cuerpo no había noche, todas las personas estaban iluminadas. Entonces, el dormir sin sueños era precisamente aquello en lo que las personas tenían percepciones. Ahora ya no tenían eso. Eso había desaparecido, y habían cambiado por ello la capacidad de ver los objetos en contornos generales. Tanto como había aumentado la afluencia de percepciones externas, tanto se había perdido en percepción intima. Pero ahora los adeptos habían desarrollado ciertas habilidades. Habían aprendido lo que hoy se llama escritura oculta, lo que hoy también se llamaría lenguaje oculto. Todos ustedes saben que existen los llamados mantrams, ciertos arquetipos de oraciones, que en el sonido del lenguaje está contenido un cierto efecto. Esta era también la naturaleza de las primeras palabras del Evangelio de San Juan. Cuando aquí se dice: "En el principio primigenio era la palabra", hay un cierto valor en lo "primigenio", en el "principio", que originalmente estaba en las primeras palabras del Evangelio de San Juan. Pero todo esto es sólo sombra comparado con lo que se usaba entonces como composición de tonos en la escuela de los adeptos. Lo cual reemplazaba lo que el hombre de entonces había perdido en su capacidad de iluminación. Él podía volver recibir en el sueño hipnótico, del otro hombre que era un iniciado esta experiencia, de modo que estos discípulos recibían una especie de iluminación artificial de sus hermanos más avanzados, por la cual el hombre volvía a ver a los espíritus obrando en aquel mundo que siempre le había rodeado, como antes, antes de que el alma humana se hubiera encarnado. Esto es lo que experimentaron los discípulos de la época turaniana, tales fueron las primeras enseñanzas religiosas, tales les fueron enseñadas las leyes del mundo. Y de esas iluminaciones se recibían fórmulas y diagramas, pues también se podía trabajar a través de diagramas, si el trazo tenía una legitimidad muy definida, actuaba de tal manera que podía enseñar al hombre grandes secretos del mundo. Si se dibujara un vórtice para una persona, ésta no lo habría visto con los ojos abiertos. Pero si este vórtice se mantuviera frente a él en un sueño hipnótico, entonces esto habría evocado sensaciones muy especiales, por ejemplo la forma en que una planta se desarrolla en una semilla y la semilla se convierte en una nueva planta. Tales fórmulas, tales líneas, fueron transmitidas por estas escuelas de adeptos y más tarde entregadas a los pueblos por los diversos fundadores de religiones.

Cuanto más retrocedemos, más unificada encontramos aquella alma que una vez que se individualizó, estaba distribuida entre los seres humanos individuales. Debido a que las almas individuales estaban distribuidas y aisladas unas de otras, se han vuelto diferentes. Hoy en día, mientras dormimos, todos los cuerpos astrales siguen siendo similares entre sí; durante el día se ven muy diferentes. Así era también en aquel estado hipnótico, donde se les enseñaba realmente a los cuerpos astrales, que entonces eran todos bastante parecidos. Una cierta sabiduría primordial podía ser comunicada a todos ellos. Pero cuando esta capacidad de recibir sabiduría de esta manera se perdió para el hombre, hubo que enseñar en la antigua India según lo requería el cuerpo indio, en Persia según lo requería el cuerpo persa, y asimismo de manera diferente en Grecia, en Egipto y entre las tribus germánicas. Esto lo requerían los cuerpos físicos exteriores según las diversas influencias que se ejercían sobre ellos. Esto fue moldeado por los fundadores de la religión en aquellas formas que nos han sido transmitidas hoy como la enseñanza egipcia de Hermes, como la enseñanza de Zaratustra y etcétera.

Pero en todas las formas básicas de las religiones reales vive aquello que les dio origen. La iluminación que el hombre recibió en el pasado es también algo muy diferente de lo que puede ocurrir hoy. Era una comunicación no a través de enseñanzas, sino a través de la vida. Es una forma mucho más íntima en la que el alumno se enfrenta al maestro. Se puede imaginar, por ejemplo, que el vórtice estimulaba directamente las sensaciones. Hoy en día, se comunican conceptos y las sensaciones primero deben ser encendidas por los conceptos. Pero es precisamente de este tipo de influencia a través de la vida de donde surgieron las fórmulas religiosas. Así, la naturaleza séptuple del hombre era algo que se comunicaba en la escuela de adeptos de los turanios. Pero aún hoy se ocultan como pensamientos en el Padrenuestro. Este Padre Nuestro es la expresión de la naturaleza séptuple del ser humano.

Esto quedó claro para el discípulo de los adeptos turanios por el hecho de que se trajo a sus oídos una escala de tonos como símbolo de los siete miembros del hombre, mezclada con ciertos conceptos de color y una escala de aromas. Lo que había en la escala armónica de siete miembros surgía en él como una experiencia interior, para la cual lo que había externamente era sólo un medio. Esto es lo que los grandes fundadores de la religión vertieron en ciertas fórmulas, y esto es lo que el más grande de ellos vertió también en el Padre Nuestro, y todo el que reza el Padre Nuestro tiene el efecto de tales fórmulas.

El Padre Nuestro es una oración que no es un mantram como tal. Seguirá teniendo su significado cuando hayan pasado miles y miles de años, pues es un mantram de pensamiento. El efecto de ésta oración fue vertido en pensamientos, y así como es cierto que el hombre puede digerir bastante bien sin que un fisiólogo le diga primero cuál es el efecto del proceso digestivo, es igualmente cierto que quien reza la oración del Padre Nuestro siente el efecto de ésta, aunque no permita que se lo digan. El efecto del Padrenuestro está ahí, pues reside en el poder del propio pensamiento. Sin embargo, hay también una comprensión superior que da al Padre Nuestro un significado más profundo, y nadie debería cerrar su mente a esto. Este es el camino que han tomado las verdades religiosas.

Vuestras almas, que hoy viven en vuestros cuerpos, vivieron una vez en la sustancia espiritual divina común y allí se iluminaron de forma sonambulista. Sin conciencia del yo podían percibir cómo crean las fuerzas espirituales-divinas. Después las almas fueron incorporadas. Esto oscurecía cada vez más su percepción e incluso les privaba de la posibilidad de inducir artificialmente este estado, como aún podía producirse en la escuela turana de adeptos. Las enseñanzas religiosas y las fórmulas que se extraen de la sabiduría primordial que creó el mundo mismo son sólo un eco de las sensaciones que pueden comunicarse de persona a persona. La sabiduría del Antiguo Testamento es como si se hablara desde las ideas primigenias, desde la sabiduría primordial que subyace a las cosas y que sus alma poseyeron una vez. En el futuro sucederá que la gente volverá a tener lo que originalmente poseía en su conciencia de sueño embotado, pero ahora en conciencia brillante y clara, desde el alma. El hombre tendrá su actual conciencia brillante y clara y, además, la iluminación. Para alcanzar la autoconciencia, el hombre tuvo que renunciar a la clarividencia original, y cuanto más se atenuaba esta clarividencia original, más surgía la conciencia interior del yo. Una vez alcanzada ésta, el hombre habrá llegado a su última encarnación con la antigua clarividencia y un elemento recién adquirido en su interior como fruto de su vida.

Seguimos oyendo la frase de que la gente debe fundirse gradualmente en una conciencia total. Si perdieran su conciencia actual y se fundieran en una conciencia total, eso sería la salvación. Pero ese no es el caso. La conciencia del yo, que antes no existía en absoluto, seguirá existiendo aún después de la última encarnación. Aquello que se separó de la sustancia espiritual común volverá a reunirse de nuevo. Pero ahora imagínenselo así: Originalmente ustedes tenían agua clara, que ha sido absorbida por las muchas esponjitas. Sin embargo, durante este tiempo de  separación se ha absorbido todo lo que se puede absorber del entorno. Cada gota se tiñe de un color muy concreto. Cuando se vuelven a exprimir las esponjas, cada una trae consigo su propio color. Se trata de una variedad de colores, deslumbrante, más bella de lo que nunca antes pudo haber sido. Cada persona, cuando regresa a lo Espiritual, lleva consigo su color particular. Es su conciencia individual, que no puede perderse. La conciencia total será un unísono de todas las conciencias, una armonía. En libertad, los seres que han pasado por la humanidad serán uno. Seguirán siendo muchos, pero como quieren ser uno, pero no están obligados a serlo, serán uno. Cada uno ha recibido su conciencia, y todos juntos forman una conciencia unificada por medio de su voluntad. Así es como debemos imaginar el principio y el final de nuestro actual proceso mundial.

No debemos utilizar frases, sino que debemos ver las cosas como son. Hablar de "fundirse en una conciencia omnímoda" es una frase panteísta. Cuando hablemos desde el punto de vista de la eternidad, tendremos que poner delante de nuestras almas una frase que nos muestre que la humanidad no estaba allí en vano, que tenía un sentido en el universo. En otras palabras, quien se dedica al estudio de los hechos del mundo acaba por decirse a sí mismo que el hombre está llamado a aportar algo para dar sentido a esta vida. En última instancia, debe depositar en el altar de la Divinidad la porción que ha adquirido para sí mismo. Y a partir de esto se tejerá la tela, como tan bellamente se la llama, que todo el espíritu de la tierra teje. Esto contiene todo el yo humano, y Goethe hablaba como un verdadero iniciado cuando lo describía como un proceso real:

En las mareas de la vida, en la tempestad de la acción
Subo y bajo en oleadas
Me agito de un lado a otro
El nacimiento y la tumba
son un mar eterno,
Un entramado cambiante,
Una vida candente,
que voy tejiendo en el apresurado telar del tiempo
para hacerle el manto viviente a la Divinidad.

La deidad vestirá el traje inmortal cuando la tierra haya alcanzado su consumación, y los seres humanos individuales a medida que asciendan por las encarnaciones individuales, habrán tejido la tela en su paso por el nacimiento y la muerte.

Traducido por J.Luelmo may,2024

miércoles, 5 de abril de 2023

GA143-1 Estocolmo 16 de abril de 1912 -El camino a través de los Evangelios y El camino de la experiencia interior

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El camino a través de los Evangelios y El camino de la experiencia interior

RUDOLF STEINER

Estocolmo 16 de abril de 1912

Les agradezco de corazón las amables palabras del Secretario General de la sección sueca, Coronel Kinell, y en respuesta deseo decirles que es profundamente satisfactorio, en mi viaje desde Helsingfors, poder durante unos días discutir de nuevo con ustedes en Estocolmo aquellas cosas y verdades que nos tocan a todos tan de cerca. Les ofrezco un cordial saludo, tan calurosamente sentido como las amables palabras del Secretario General.

En estas dos veladas más íntimas tendremos que hablar de una cuestión, de un asunto de la humanidad, que en una doble conexión penetra extraordinariamente hondo en nuestras almas. En primer lugar, porque la cuestión de Cristo es tal que, desde hace dos mil años, no sólo ha ocupado a innumerables almas en la tierra, sino que de ella han fluido para innumerables almas terrestres la sangre vital espiritual, la fuerza del alma, el consuelo y la esperanza en el sufrimiento, la fuerza y la seguridad en la acción. Y no sólo eso, sino que cuando consideramos todo lo que nos rodea como cultura exotérica externa, creada a través de muchos siglos, entonces a través de un conocimiento más profundo vemos que todo esto habría sido imposible si el impulso crístico no se hubiera apoderado de una gran parte de la humanidad. Esta es una consideración que nos muestra el fuerte interés que debe ofrecer la cuestión crística si la abordamos con conocimiento antroposófico. Este es sólo un aspecto del interés que aportamos a este problema; el otro aspecto de nuestro interés proviene de las condiciones anímicas y espirituales particulares de nuestro tiempo presente, de nuestra época. Basta que miremos a nuestro alrededor en el mundo y tratemos de comprender los anhelos, la búsqueda del alma humana, y podremos decirnos a nosotros mismos: "Cada vez más las almas humanas buscan algo que, a través de los siglos, ha estado unido en las almas de los hombres con el nombre de Cristo, y cada vez más llegan a la convicción de que es necesaria una renovación de los caminos, una renovación del interés, una profundización del conocimiento, si se quieren satisfacer las necesidades de las almas humanas (que aumentarán constantemente con respecto a Cristo)." Si por una parte encontramos una sed de ilustración sobre Cristo, por otra encontramos, entre numerosas almas del tiempo presente, la duda y la inseguridad en cuanto a los medios empleados hasta ahora. Y por eso, por el anhelo de una respuesta y por la duda de que se pueda conocer la verdad, ésta es una de las cuestiones más candentes de la actualidad.

Así pues, es evidente que un movimiento espiritual que penetre más profundamente en los fundamentos espirituales tiene la tarea de arrojar luz sobre esta cuestión. Las cosas son así hoy, queridos amigos, pero dentro de relativamente poco tiempo, realmente dentro de muy poco tiempo, serán totalmente diferentes. Si examinamos de forma un tanto poco egoísta lo que, en relación con Cristo, necesitarán los hombres que vengan después de nuestro tiempo, debemos decirnos que, aunque muchos hombres del presente puedan satisfacerse con lo que hay, las almas se sentirán cada vez más inseguras y tendrán cada vez más sed de iluminación. Así pues, al hablar hoy de Cristo hablamos de algo que prevemos como necesario para los seres humanos de un futuro muy próximo. La Antroposofía no cumpliría su tarea si no se pusiera en condiciones de crear claridad sobre estos puntos por medio de sus conocimientos, en la medida en que esto sea posible hoy.
Como punto de partida indicaré los tres caminos por los que el alma, de acuerdo con la evolución humana, puede llegar a Cristo. Si mencionamos tres caminos debemos describir brevemente el primer camino, que hoy ya no es un camino, aunque una vez lo fue; que hoy no tiene por qué ser un camino esotérico, como justo en nuestro tiempo lo es el camino antroposófico, pero que fue un camino para millones de almas a lo largo de los siglos. Este es el camino a través de los llamados documentos cristianos, a través de los Evangelios. Para millones y millones de personas este camino era, y para muchos sigue siendo, el único posible. El segundo camino por el que el alma humana puede buscar al Cristo es el que puede llamarse el camino a través de la experiencia interior, que especialmente en el presente y en el futuro próximo numerosas almas, por su constitución y cualidades particulares, deben seguir. El tercer camino es el que, a través del movimiento antroposófico, se puede al menos empezar a comprender en nuestro tiempo, el camino a través de la iniciación. Así pues, hay tres caminos hacia Cristo: Primero, el camino a través de los Evangelios; segundo, el camino a través de la experiencia interior; y tercero, el camino a través de la iniciación.

El primer camino, el camino a través de los Evangelios, sólo necesita ser brevemente caracterizado aquí. Todos sabemos que, a lo largo de los siglos, los Evangelios se convirtieron en alimento para los corazones y las almas de innumerables personas. Sabemos también que las naturalezas más esclarecidas, más críticas (y éstas no son las irreligiosas), comienzan a no tener más relación con este Cristo, porque hoy se sostiene que el conocimiento externo no puede saber qué hechos históricos están realmente detrás de lo que relatan los Evangelios. Si los Evangelios hubieran sido leídos por los hombres de los siglos pasados como hoy los lee un erudito, un hombre que ha pasado por la educación científica actual, nunca habrían podido ejercer la poderosa influencia, la influencia vital, que ha brotado de ellos. Ahora bien, si los Evangelios no se leían en los siglos pasados como los lee el hombre culto de hoy, ¿cómo se leían?

Reflexionar a priori sobre lo que pudo haber ocurrido en Palestina al comienzo de nuestra era, esto nunca se les habría ocurrido a los lectores de los Evangelios de siglos anteriores, y todavía no se les ocurre a muchos lectores de los Evangelios de hoy. Los que empiezan a comprobar, en los Evangelios, lo que pudo ocurrir ante los ojos de los habitantes de Palestina al principio de nuestra era, pierden la confianza en el carácter histórico de los acontecimientos de Palestina. Los hombres de antes no leían de este modo. Leían de tal manera que dejaban que una imagen trabajara en sus almas; por ejemplo, la imagen de la mujer samaritana en el pozo, o de Cristo impartiendo el Sermón de la Montaña a sus discípulos. Nunca se les ocurrió la cuestión de la realidad física externa. Lo principal para ellos era cómo se calentaba su corazón, cómo se inflamaban sus sentimientos en presencia de esas grandes y poderosas imágenes. Lo que se formaba en sus corazones, qué fuerza, qué sentido de la vida adquirían a través de estas imágenes, esto era lo principal. Sentían que la vida espiritual y la fuerza fluían hacia ellos a través de estas imágenes. Cuando dejaban que estas imágenes trabajaran en sus almas, se sentían fuertes; sentían que, sin estas imágenes, serían débiles. Y entonces sentían conexiones vivas y personales con lo que se relata en los Evangelios, y la cuestión de la realidad histórica ya no se les planteaba. Los Evangelios eran en sí mismos realidad, estaban presentes como fuerza, y uno no necesitaba preguntar de dónde venían; uno sabía que los hombres los habían escrito no con medios terrenales, sino con impulsos de los mundos espirituales. No afirmo que haya que sentir así hoy (lo que haya que hacer depende del desarrollo de la humanidad), pero afirmo que los hombres sintieron así a lo largo de los siglos.
¿Cómo podría ser así? Sobre este punto la ciencia espiritual es ahora la primera capaz de instruirnos. Cuando comenzamos a comprender los Evangelios a la luz de la ciencia espiritual, y tratamos de penetrar en lo que fluye desde los mundos espirituales y está contenido en los Evangelios, entonces estamos ante los Evangelios de tal manera que decimos: "Conocemos por la ciencia espiritual, con total independencia de los Evangelios, todo lo que ha tenido lugar en la evolución humana en relación con el impulso crístico, y luego encontramos lo que está contenido en los Evangelios, con total independencia de ellos."

¿Cómo concebimos, pues, los Evangelios desde el punto de vista científico-espiritual? Si se me permite una comparación sencilla, supongamos que un hombre ha alcanzado la iluminación sobre algún tema. Con esta iluminación, se encuentra con un segundo hombre y comienza a hablar con él. Al principio no supondrá que el otro sabe algo del tema que le es tan claro, pero a partir de la conversación percibe que el otro lo conoce tan bien como él. ¿Qué debe suponerse razonablemente? Lo razonable es suponer que el otro se ha ilustrado a través de fuentes iguales o similares. Lo mismo ocurre con los Evangelios. Podemos hacerlo, no importa desde qué punto de vista nos acerquemos a los Evangelios. Podría formarse una sociedad de personas que leyeran los Evangelios de la manera descrita anteriormente; entonces también podría haber personas en esta sociedad que se opusieran decididamente a los Evangelios, y que dijeran que, cuando los Evangelios se pusieran a prueba con los métodos de la ciencia, se descubriría que fueron escritos mucho más tarde de lo que pudieron haber ocurrido los acontecimientos en Palestina, y que sus relatos se contradicen entre sí; en resumen, que estos Evangelios no pueden considerarse documentos históricos. Estas personas podrían estar en tal sociedad, y uno podría decir: "Bueno, en principio dejemos los Evangelios en paz, pero hagamos algunas investigaciones en los mundos espirituales".

Entonces, si hiciéramos alguna investigación espiritual genuina, si adquiriéramos un conocimiento suprasensible genuino, encontraríamos que en el curso de la evolución humana había entrado una vez un fuerte impulso, que irrumpió en la evolución humana como un impulso de los mundos espirituales, del cual han procedido cosas poderosas para la humanidad; y veríamos que al principio de nuestra era, este impulso se había apoderado de un hombre que era especialmente apto para ello. Todo esto, y muchos otros hechos que encajan en este conocimiento y que sólo pueden obtenerse a través de la investigación suprasensible, todo esto tendríamos; y aquellos que no quisieran saber nada de los Evangelios tendrían esto así como otros. Entonces uno podría acercarse a los Evangelios y decir: "Bien, al principio no nos preocupábamos en absoluto por estos Evangelios; sin embargo, es notable que, cuando los leemos cuidadosamente, vemos que contienen lo que encontramos en los campos espirituales independientemente de ellos. Ahora reconocemos su valor desde un lado completamente distinto".

Entonces tenemos claro que no podía ser de otro modo, que quienes escribieron los Evangelios debieron recibir sus conocimientos de la misma fuente que ahora se abre a la humanidad a través del movimiento espiritual. Esto es justo lo que ahora se nos plantea, lo que vendrá cada vez más, lo que constituirá una base válida para la valoración de los documentos evangélicos. Si esto es así, debemos decir que los hombres podrán encontrar por otros caminos lo que se puede conocer a través de estos documentos. Y así este conocimiento comienza a ser cada vez más sagrado para nosotros a través de la cognición espiritual de la actualidad. Ya funcionó a través de la fuerza de los Evangelios. Como los Evangelios están impregnados del conocimiento más sagrado, de los impulsos espirituales de la humanidad, ejercieron su influencia incluso allí donde fueron acogidos ingenuamente. El conocimiento espiritual actúa no sólo en abstracto, no sólo en teoría, sino que actúa como fuerza vital, como sangre vital del alma. Y cada vez más los hombres reconocerán cómo el consuelo y la fuerza fluyen de este conocimiento.
Pero cuando hablamos del camino interior hacia Cristo, nos encontramos con más y más cosas que pueden ser comprendidas y sentidas en la actualidad sólo cuando se abordan con la correcta comprensión científico-espiritual. Intentaremos hablar de la experiencia interior de Cristo de tal manera que pueda verse cómo, independientemente de toda tradición, ésta puede aparecer en cada hombre. Para ello debemos, por supuesto, considerar al ser humano con el conocimiento que hemos encontrado a través de la ciencia espiritual. Si nos empapamos de la ciencia espiritual, entonces encontramos que incluso el conocimiento más elemental se vuelve fructífero cuando lo aplicamos a la vida. Encontramos que nos alejamos de los gráficos abstractos de los siete miembros del hombre cuando contemplamos el crecimiento y el devenir del hombre. El cuerpo físico tiene su desarrollo especial en los primeros siete años de vida. Percibimos además que en los segundos siete años de vida, desde el cambio de dientes hasta la madurez sexual, las fuerzas del cuerpo etérico actúan en el hombre. Entonces las fuerzas del cuerpo astral comienzan a jugar, y sólo más tarde, alrededor de los 20 o 21 años, (dependiendo de toda su organización y de la naturaleza de las fuerzas en él) comienza lo que aparece en el hombre como el Yo, como el portador del Yo, con esa fuerza que realmente tiene debido a su organización para toda la vida del hombre como el portador del Yo.

Que el portador del Yo se vuelve realmente capaz de vivir por primera vez en el vigésimo o vigésimo primer año no se observa a menudo en nuestra época actual, porque todavía no estamos inclinados a prestar atención a estas cosas. ¿Qué significa que el portador del Yo se vuelve realmente activo por primera vez en el vigésimo o vigésimo primer año de vida? Aquí debemos observar, por medios ocultos, al hombre en crecimiento y ver las fuerzas más profundas de su organización. Estas fuerzas cambian continuamente: desde el nacimiento hasta el séptimo año, desde el séptimo año hasta la madurez sexual, desde la madurez sexual hasta el desenvolvimiento del Yo. Pero cambian de tal manera que no pueden ser comprobadas por los métodos de la anatomía o la fisiología ordinarias. Por medios ocultos, se puede decir que sólo alrededor del vigésimo año el hombre desarrolla sus fuerzas de tal manera que ahora existe un Yo-portador autosuficiente. Antes, este Yo-portador todavía no está formado; antes, la corporeidad humana, incluso la suprasensible, todavía no es un Yo-portador propiamente dicho. Por lo tanto, si consideramos los miembros del hombre a la luz del gran principio-mundo, debemos decir que, por las peculiaridades de su organización, el hombre está realmente maduro para desarrollar un Yo fuera de sí mismo sólo en su vigésimo o vigésimo primer año, no antes.
Con este hecho puede contrastarse otro, a saber, que en los primeros años de la vida, en conciencia normal, realmente nos soñamos a nosotros mismos, nos dormimos en la vida, y que sólo después de cierto tiempo la vida toma tal curso que comienza nuestra propia memoria. De lo que sucedió antes de este momento nos pueden hablar nuestros padres o hermanos mayores; después de este punto el hombre dice "Yo soy el que soy". A partir del momento en que dice "he hecho esto; he pensado aquello", el hombre data su propio yo; lo que hubo antes se pierde en el crepúsculo del alma. Nuestra memoria sólo llega hasta el punto del tiempo así descrito.

¿Qué tenemos cuando juntamos estos dos hechos: que el verdadero portador del Yo humano nace en el vigésimo o vigésimo primer año, y que en nuestras almas nos describimos como Yo a partir del tercer o cuarto año? Esto significa que en el ciclo actual del desarrollo del hombre, éste tiene una opinión, un sentimiento, sobre sí mismo, que no corresponde a su organización interior, tal como ésta se ha desarrollado; pues la conciencia del Yo aparece en el tercer o cuarto año, pero la organización para el Yo aparece por primera vez en el 20º o 21º año. Este hecho es de importancia fundamental para la comprensión del hombre. Cuando este hecho se enuncia abstractamente como un elemento del conocimiento científico-espiritual, nadie se entusiasma particularmente con él; pero, debido a que este hecho es cierto, existen numerosas experiencias disponibles que todos conocemos bien, pero que no observamos a la luz de este hecho. Todo lo que el hombre puede experimentar de escisión entre la organización exterior y la experiencia interior, de pena y dolor en la vida porque (a causa de su organización) ciertas cosas le son imposibles, de desarmonía entre lo que desea y lo que puede realizar; el hecho de que pueda tener ideales que le lleven mucho más allá de su organización: todo esto nos remite al hecho de que la conciencia de nuestro Yo va por un camino enteramente distinto del que sigue el portador de nuestro Yo. En este sentido somos dos hombres: un hombre exterior que se organiza para desarrollar su yoidad en el año 20 o 21, y un hombre-alma interior que ya en su cuarto o quinto año, en cuanto a su vida-alma, se emancipa de su organización exterior. La emancipación de la conciencia del yo de la organización exterior tiene lugar en la infancia. Pasamos por algo en nuestra alma que procede independientemente de nuestra organización exterior y que incluso puede entrar en aguda contradicción con nuestra organización exterior. Estamos inclinados, en lo que respecta a la conciencia interna del yo, a no prestar atención a nuestra organización, a lo que está abajo en nuestros cuerpos. En nuestras almas nos desarrollamos de una manera totalmente diferente a la que se desarrollan nuestros cuerpos.
Así, el curso del desarrollo interior de la humanidad es doble. El desarrollo de nuestra organización va del primero al séptimo año, luego del séptimo al decimocuarto, del decimocuarto al vigésimo primero, en la forma descrita anteriormente; pero nuestro desarrollo interior es tal que somos enteramente independientes de lo anterior, de tal manera que la conciencia de nuestro yo se emancipa en la más tierna infancia y hace su propio camino a través de la vida. Pero, ¿cuál es la consecuencia de este curioso hecho del desarrollo humano? Sólo el ocultista puede decírnoslo.

Si examinamos todo lo que el ocultista puede enseñar, llegamos a un hecho curioso. Llegamos a ver que la enfermedad, la fragilidad de la organización humana, todo lo que hace posible la enfermedad, la vejez y la muerte, proviene de que somos realmente una dualidad. Morimos porque estamos organizados de cierta manera y en nuestra organización no prestamos atención al desarrollo de nuestro Yo. Que con nuestro Yo vamos por un camino independiente, sin preocuparnos por nuestra organización, se nos hace evidente cuando esta organización, en la enfermedad y la muerte, pone un obstáculo a nuestro desarrollo del Yo; se nos recuerda que nuestro desarrollo del Yo procede muy separadamente de nuestra organización. ¿De dónde viene realmente este curioso hecho de dualidad en la naturaleza humana?

Cuando examinamos al hombre en relación con la realidad, vemos que, si en cierto momento de la evolución de la Tierra, a saber, en la época lemuriana, sólo hubieran intervenido fuerzas progresivas en el desarrollo humano, el desarrollo juvenil del hombre procedería hoy de otra manera, a saber, de modo que se mantuviera al mismo paso que el desarrollo del Yo. En todo momento, el desarrollo del alma coincidiría exactamente con el desarrollo del cuerpo. Para el hombre habría sido imposible desarrollarse de otra manera que no fuera la que ahora se presenta como ideal, por ejemplo, en mi folleto La educación del niño a la luz de la Antroposofía. (Anthroposophic Press, Nueva York). Si en aquella época sólo hubieran actuado fuerzas progresistas, el resultado singular habría sido que, en los primeros veinte años de vida, el hombre habría sido mucho menos autosuficiente de lo que es ahora. Esta falta de autosuficiencia no se entiende en un mal sentido, sino de tal manera que cada uno de ustedes la aprobaría por completo. Por ejemplo, la naturaleza humana en los primeros siete años de vida dispone completamente a la imitación. Puesto que las personas adultas, si sólo las fuerzas progresivas hubieran estado activas en la época lemuriana, no harían nada vergonzoso, los niños entre uno y siete años no podrían imitar nada malo. En los segundos siete años de vida reinaría el principio de autoridad, mientras que ahora ha llegado a ser una maldición de la tierra, una maldición del mundo, que las personas entre siete y catorce años quieran ser independientes e incluso sean educadas para formarse opiniones independientes. Las personas adultas habrían sido las autoridades naturales para los niños. De los catorce a los veintiuno, el hombre habría mirado mucho menos en sí mismo, sobre su propio yo; se habría vuelto más hacia el exterior. La fuerza de los ideales, el poder de vivirse a sí mismo en sus sueños vitales se habrían vuelto inmensamente significativos para él. Los sueños de vida habrían brotado de su corazón, y entonces la plena conciencia del yo habría aparecido en sus 20 y 21 años.
Así pues, en los primeros siete años habría un período de imitación, luego en los segundos siete años un mirar hacia arriba a la autoridad, luego en los terceros siete años un surgimiento de ideales, que llevaría al hombre a su plena conciencia del yo. La suma de esas fuerzas que también actúan en la evolución y que se denominan fuerzas luciféricas, ha provocado una desviación de este camino de desarrollo en el curso de la evolución humana. Desde la época lemuriana han arrancado la conciencia del Yo de los cimientos de la organización. El hecho de que ya tengamos la conciencia del yo en la más tierna infancia se debe a las fuerzas luciféricas.

¿Cómo intervinieron las fuerzas luciféricas? Las fuerzas luciféricas son seres que se quedaron atrás en la Luna, y que por lo tanto no tienen ninguna comprensión de la misión de la Tierra, por aquello que debe desarrollarse por primera vez en la Tierra para el Yo después del 21º año. Tomaron al hombre tal como era al llegar de la Luna, y pusieron en él el germen del desarrollo del alma autosuficiente. De modo que en la aceleración de la conciencia del yo, en esta peculiar escisión de la naturaleza humana, residen las fuerzas luciferinas. La antroposofía nos da por primera vez el conocimiento de este hecho. Todo hombre de sano sentir puede percibirlo, pues todo hombre puede sentir que hay algo en él que lo separa de su plena humanidad. Todo lo que llamamos egoísmo injustificado en nuestra naturaleza, todo el alejamiento de las actividades de los hombres, todo esto proviene de que el yo no va por el camino correcto de la organización. Así vemos al hombre ante nosotros, si puede sentir. Si se dice a sí mismo: "Yo podría ser otro de lo que soy; tengo algo en mí que no está en armonía conmigo mismo" - entonces siente la lucha dentro de él de los poderes progresivos con los poderes luciferinos. Este hecho tenía que producirse en el curso de la evolución humana; era necesario porque el hombre nunca habría llegado a ser realmente libre sin los seres luciferinos; habría estado siempre atado a su organización. Lo que, por una parte, pone al hombre en conflicto con su organización, le da, por otra, la primera posibilidad de ser libre. Una cosa, sin embargo, queda fuera de esta dualidad de la organización para la vida humana ordinaria; esto se muestra en nuestro sentimiento de que el yo se ha vuelto incapaz, por sus propios poderes, de transformar la organización.
Cuando examinamos la amplia circunferencia de lo que ha constituido y creado al hombre, encontramos las dos fuerzas descritas anteriormente; están las fuerzas orgánicas de nuestra naturaleza humana, que están destinadas a desarrollarse en períodos de siete años, y están las fuerzas luciféricas. Si no hubiera nada más en la naturaleza o en la vida espiritual en el curso del desarrollo humano, se deduciría que el hombre nunca podría, a través de su yo emancipado, llegar a la plena armonía con su naturaleza. Si no hubiera nada más en el campo de la existencia terrenal, el hombre sólo podría alejarse cada vez más de su organización; su organización se volvería cada vez más enferma, más seca; la escisión necesariamente se haría cada vez mayor. Si el hombre llega una sola vez al punto de sentir intensamente esto como conocimiento científico-espiritual, entonces llega a un gran momento de su vida, en el que puede decir: "Aquí estoy con mi organización humana que me es dada por las fuerzas progresivas que trabajan de siete en siete años (no necesita expresar esto con palabras precisas, sólo necesita sentirlo tenuemente). Pero, como esta organización tiene una fuerza opuesta, que se desarrolla independientemente, se enferma y enferma y finalmente muere." El hombre lo siente en el fondo de su alma. Sin saber nada de antroposofía, sólo necesita tener este sentimiento de discrepancia entre el Yo interior y la organización exterior, y, si se impregna de este sentimiento, entonces -no sabe de dónde- llega a su alma algo de lo que siente: "Yo mismo, con el Yo que puedo rastrear, no puedo hacer nada contra mi organización, para la cual no soy rival. Pero viene algo que puedo llevar a mi yo como fuerza, que puedo llevar a mi conciencia como convicción; directamente de los mundos espirituales viene algo que no reside en mí, pero que impregna mi alma. Desde mundos desconocidos algo puede fluir hacia mi alma; si lo tomo en mi corazón, si impregno mi Yo con ello, entonces me ayuda directamente desde mundos espirituales." - Esto que viene de los mundos espirituales puede ser llamado como queramos; eso no es importante; sólo el sentimiento es importante.

Supongamos que un hombre está hoy en desacuerdo con la vida y se dice a sí mismo: "Debo buscar por todo el mundo para ver si en alguna parte surge una fuerza que me dé algo a través de lo cual pueda salir del conflicto, algo que me ayude a salir". - En la naturaleza de las cosas, este hombre nunca podría encontrar su camino con los medios de las antiguas confesiones religiosas; en las antiguas ideas eclesiásticas nunca podría encontrar nada que le diera esa fuerza que busca. Pero, para tener un ejemplo concreto, supongamos que ese hombre acudiera a una de las antiguas religiones sagradas, que acudiera, por ejemplo, al budismo y se empapara de las extraordinarias enseñanzas del budismo. Si el hombre sintiera, sin embargo, naturalmente y en toda su fuerza la escisión descrita anteriormente, sentiría -no digo que esto surgiera de una teoría, sino de un tenue sentimiento- sentiría que en la personalidad, en la individualidad de Gautama Buda, había vivido algo que sólo podía aparecer en el mundo sobre la base de un largo desarrollo. Esta individualidad pasó por muchas encarnaciones, alcanzó grados de evolución cada vez más elevados y, finalmente, llegó tan lejos que, en el vigésimo noveno año de su vida como Gautama Buda, fue capaz de elevarse de Bodhisatva a Buda, fue capaz de elevarse de tal manera que nunca más necesitó volver a un cuerpo físico. ¿Cómo surgió lo que brota de esta individualidad? Toda mente desprejuiciada puede sentir lo que brota del Buda, puede sentir todo lo que surgió y se desarrolló por primera vez a través del Bodhisatva en la evolución terrestre después de desarrollarse a través de muchas encarnaciones. En el sentido más bello y comprensivo todo esto contiene las fuerzas que se encuentran en la periferia de la tierra, en la interacción de las fuerzas de la organización y las fuerzas luciferinas. Por eso, porque ha ido de encarnación en encarnación, porque proviene de las mismas fuerzas de las que provienen las fuerzas humanas, por eso lo que fluye del Bodhisatva al Buda tiene tal efecto que la mente desprejuiciada no siente nada que pueda suscitar una plena armonía entre el yo del hombre y su organización. El alma siente que debe haber algo que no va de encarnación en encarnación, sino que puede afluir a cada alma humana directamente desde los mundos espirituales. - Cuando el alma siente que debe tener una relación con lo que desciende de los cielos, entonces comienza a tener una experiencia interior del Cristo. Entonces el alma puede comprender que en Cristo Jesús tuvo que aparecer algo que era diferente de todo lo existente hasta entonces. Esta es la diferencia radical, fundamental, la diferencia de principio entre la vida del Cristo y la del Buda.
Buda pasó de Bodhisatva a Buda con las fuerzas que hacen que el hombre pase de encarnación en encarnación, como sucede con otros grandes fundadores de religiones. En la vida de Jesús de Nazaret entró algo, algo obró en la individualidad de Jesús de Nazaret, durante un período de tres años, que descendió directamente de los mundos espirituales, que no tenía nada que ver con la evolución humana, que antes no estaba relacionado con una vida humana. Debemos tener bien presente esta diferencia si queremos comprender por qué, en lo que la cuarta época postatlante llamó el Cristo, había algo que era diferente de todos los demás impulsos religiosos, y por qué las demás religiones siempre han señalado a la humanidad hacia este Cristo.

Si nosotros, en la época postatlante, miramos hacia atrás en la antigua cultura sagrada de la India, vemos a los siete santos Rishis, en cuyas almas vivía algo así como una percepción inmediata de los mundos espirituales. Si se hubiera preguntado a uno de los siete santos Rishis por el estado de ánimo fundamental de su alma, habría respondido: "Miramos hacia las potencias espirituales de las que ha procedido todo el desarrollo humano. Esto se nos revela en siete rayos, pero por encima de esto hay algo más, algo que está por encima de nuestra esfera." Vishvakarman, éste fue el nombre que se dio más tarde a lo que los siete santos Rishis sintieron así. Los siete santos Rishis hablaron de un poder que no se había desarrollado con la tierra.

Luego vino la cultura de Zaratustra. Zaratustra habló, cuando dirigió su mirada a los espíritus del sol, de algo que debía fluir en la evolución humana directamente a través de una corriente que salía de los mundos espirituales. "Lo que podemos dar a los hombres", así habló Zaratustra, "no es aquello que un día, desde las distancias solares, fluirá directamente desde los mundos espirituales hacia la humanidad". Lo que hay de espiritual en el sol, esto es lo que la cultura persa posterior llamó Ahura-Mazdao.
En los misterios egipcios, la cuestión de Cristo se sentía con una fuerza particularmente trágica. Se sentía de la manera más profunda, si por profunda entendemos una forma de sentimiento humano en la que había una conciencia especialmente fuerte de que la humanidad procede de lo espiritual. El iniciado egipcio se decía a sí mismo: "Dondequiera que dirijamos nuestra mirada, sentimos en lo que nos rodea la decadencia de lo espiritual original. En ninguna parte del mundo exterior se encuentra lo espiritual en su inmediatez y pureza. Sólo cuando el hombre atraviesa la puerta de la muerte, descubre aquello de lo que procede. El hombre debe morir primero (en relación con la experiencia interior, no en relación con la iniciación); entonces se une con el principio Osiris (así llamaban los antiguos egipcios al principio Cristo); en la vida esto no puede hacerse, ésa es la discrepancia. Todo lo que está en la periferia de la tierra, esto no conduce a Osiris; el alma debe haber pasado primero el portal de la muerte para unirse con Osiris. Entonces, en la muerte, el alma se convierte en un trozo de Osiris, se convierte ella misma en una especie de Osiris. El mundo exterior se ha vuelto tal que desmiembra a Osiris a través de su enemigo; es decir, a través de todo lo que pertenece al mundo exterior."

Y el iniciado de los misterios egipcios decía: "La humanidad, tal como es ahora en nuestra cultura, es una especie de reminiscencia del antiguo tiempo de la Luna. Así como la cultura de los siete santos Rishis es una especie de reminiscencia del antiguo tiempo de Saturno, así como la cultura de Zaratustra es una reminiscencia del antiguo tiempo del Sol, así también la cultura de Osiris es una reminiscencia del antiguo tiempo de la Luna, cuando la Luna y sus seres se separaron por primera vez del Sol, sobre el cual, sin embargo, permanecieron los seres de los que el hombre tomó su origen. En aquel tiempo tuvo lugar la separación del hombre de las fuerzas buenas de su organización, de la fuente de sus fuerzas vitales. Pero, por el anhelo y la privación de lo espiritual que perdurará, llegará para los hombres el tiempo en que Osiris descenderá y se mostrará como algo que debe venir como un nuevo impulso que no estaba antes en la tierra, porque ya en el tiempo de la antigua Luna se había separado de la tierra."

Todo eso a lo que apuntaban los siete santos Rishis y Zaratustra, y de lo que los egipcios decían que en su tiempo los hombres no podían alcanzarlo en vida, eso era la fuerza, el impulso, que durante tres años se reveló en el cuerpo de Jesús de Nazaret. Todas las grandes religiones hablaron de ella; se reveló en Jesús de Nazaret, a quien todas las religiones apuntaban. Así, no sólo los cristianos han hablado de Cristo, sino también los miembros de todas las religiones antiguas. Así entró en el curso del desarrollo humano algo que el hombre necesita y que es accesible a la experiencia interior.
Supongamos que un hombre crece en una isla solitaria. Quienes se encargan de su educación no le dicen nada de lo que sucede en el mundo con respecto al nombre de Cristo y a los Evangelios; sólo le dan una cultura que no hace uso de los Evangelios ni del nombre de Cristo, cultura que puede haber nacido bajo la influencia de Cristo, pero despojada del nombre de Cristo. ¿Qué sucedería en este caso? En un hombre así se manifestaría el siguiente estado de ánimo. Un día se diría a sí mismo: "Algo vive en mí que está de acuerdo con mi organización humana universal; esto no puedo captarlo de inmediato. Pues aquello en lo que vive mi conciencia del Yo se me presenta de tal modo que necesito algo que no puede llegarme a través de la cultura humana, necesito un impulso de los mundos espirituales, para que el Yo vuelva a fortalecerse en su organización, de la que se ha emancipado." Si tal persona sólo puede sentir fuertemente que el hombre necesita, entonces algo puede venir sobre él de lo cual reconocerá que, directamente de los mundos espirituales, debe brotar algo que penetre directamente en su Yo. No sabe que esto se llama Cristo; pero sabe que en su conciencia puede impregnarse de ello, que en su Yo puede fomentar esto que le llega de los mundos espirituales. Entonces le vendrá algo de lo que podrá decir: "De acuerdo, puedo estar enfermo, puedo estar débil, puedo morir; pero desde mi propio Yo puedo hacerme más fuerte, puedo enviar a mi organización algo que me da fuerza y vigor directamente desde los mundos espirituales." Es indiferente cómo llame a esto; si el hombre llega a este sentimiento, está agarrado por el impulso crístico. No está atrapado por el impulso crístico aquel que dice que puede obtener algo de un maestro que ha pasado de encarnación en encarnación, sino aquel que siente que directamente del mundo espiritual pueden venir impulsos de fuerza, de fortaleza. Los hombres pueden tener esta experiencia interior; sin ella los hombres no pueden vivir, sin ella los hombres no podrán vivir en el futuro. Pueden tener esta experiencia, porque una vez, durante tres años, vivió objetivamente en Jesús de Nazaret este impulso que venía directamente de los mundos espirituales. Como es verdad que un hombre puede poner una semilla en la tierra, y que muchas otras semillas pueden salir de ésta, así es verdad que el impulso crístico fue implantado una vez en la humanidad, y que desde entonces hay algo en la humanidad que no estaba allí antes.

Por eso la vida egipcia era tan trágica. Los hombres sentían que en su vida no podían llegar a Osiris; que primero debían atravesar la puerta de la muerte, para unirse a él en la experiencia interior. Todavía tenemos que hablar de la iniciación. Pero desde la época del Misterio del Gólgota es posible lo que antes no era posible: que por su propio movimiento, a partir de su sola encarnación, el hombre busque su conexión con el mundo espiritual. Y esto es porque el impulso que fue dado a través del Misterio del Gólgota puede destellar en cada alma, y puede entrar, desde ese tiempo, en cada hombre a través de la experiencia interior. No el Cristo que estuvo en la tierra -el alma no se preocupa por Él-, sino el Cristo que se puede alcanzar a través de la experiencia interior. Desde el Misterio del Gólgota es posible, en las encarnaciones individuales, ganar una conexión con lo espiritual. Y porque esto es así, ocurrió en el único hecho del Gólgota algo que puede resplandecer en la humanidad, lo que no se da a través de los logros de las encarnaciones sucesivas. Por eso es imposible que Cristo se muestre de una manera que sea consecuencia de muchas encarnaciones, como le sucedió a Buda a partir de sus encarnaciones como Bodhisatva.

Mañana veremos cómo se puede encontrar el camino hacia el Cristo en la evolución humana para el futuro.
Traducido por J.Luelmo abr.2023