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miércoles, 27 de agosto de 2025

GA118 Pforzheim, 30 de enero de 1910. - Evolución interna y posibilidades de desarrollo externo.

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EL EVENTO DE LA APARICIÓN DE CRISTO EN EL MUNDO ETÉRICO

RUDOLF STEINER

Evolución interna y posibilidades de desarrollo externo.

Pforzheim, 30 de enero de 1910.

Conferencia 3

En el desarrollo tanto del individuo como de la humanidad en su conjunto, no debemos buscar siempre algo demasiado simple, demasiado lineal, porque de lo contrario no podremos comprender realmente los complicados procesos de la vida que se nos presentan cada día ante nuestros ojos. Ya en el individuo debemos tener claro que, por así decirlo, confluyen en él dos corrientes de desarrollo. Recordarán que, como se explica, por ejemplo, en el pequeño escrito «La educación del niño desde el punto de vista de la ciencia espiritual» , distinguimos períodos individuales en la vida de cada persona, como el período desde el nacimiento físico hasta aproximadamente los 7 años, el período del cambio de dientes, luego desde los 7 hasta aproximadamente los 14 años, y luego de nuevo desde los 14 hasta los 21 años, es decir, períodos que duran aproximadamente de siete en siete años. Esta división de la vida humana en períodos concretos es bastante regular en la primera mitad de una vida normal. Esta división en períodos de siete años se vuelve irregular en la segunda mitad de la vida, la descendente. Esto se debe a que, en lo que respecta a la primera mitad de nuestra vida, en realidad vivimos hoy en día aquellas leyes y hechos que son una especie de repetición del curso regular del desarrollo de la humanidad desde tiempos inmemoriales, mientras que en la segunda mitad de nuestra vida aún no vivimos algo que ya ha sucedido en el mundo exterior, sino algo que solo sucederá en el futuro. Por lo tanto, la segunda mitad de la vida será mucho más regular en el futuro de lo que es hoy en día, cada vez más regular. Pero esto solo se dice para señalar que tal desarrollo regular tiene lugar en la vida humana. Sabemos que se expresa de tal manera que podemos decir: hasta los siete años de edad, el ser humano todavía se encuentra en un estado etéreo, en una envoltura etérea. Por así decirlo, en lo que respecta a su cuerpo etérico, no nace hasta los siete años. En lo que respecta a su cuerpo astral, nace aproximadamente a los catorce años, y así sucesivamente. Lo que estamos indicando aquí es, en realidad, una corriente de desarrollo del ser humano, es la corriente de desarrollo más externa. Además de esta corriente de desarrollo, existe otra interna que, en cierta medida, discurre de forma independiente con respecto a la corriente externa. A la corriente interna pertenece todo aquello que tenemos en nuestro karma en forma de procesos, causas y efectos más profundos, que se transmite de encarnación en encarnación.

Cuando decimos que hasta los 7, los 14 o los 21 años el ser humano se desarrolla de una manera determinada, debemos tener claro que esto se aplica más o menos a todos los seres humanos por igual. Podemos considerar correctas para todas las personas las reglas que, por ejemplo, se indican en el pequeño escrito mencionado. Estas reglas son correctas para la educación de una persona de nuestra época que tiene pocos talentos y pocas habilidades, pero también son correctas para los genios, para todas las personas, porque es una ley según la cual se desarrollan las envolturas del ser humano. Lo que se encuentra en esta línea de desarrollo se aplica, por tanto, más o menos a todas las personas, pero no es indiferente lo que estas personas han vivido, por ejemplo, en sus encarnaciones anteriores. Una persona ha experimentado muchas cosas inteligentes, muchas cosas bellas, muchas cosas buenas. Según eso se configuran sus capacidades, según eso se configura su destino; el núcleo interior real del ser humano se configura según eso, y eso es ahora individual en cada ser humano. Lo que discurre como una corriente de desarrollo interior junto a la exterior es, en cierto modo, lo que constituye el matiz particular del ser de cada persona. Por ello puede suceder que, a pesar de que la estructura general en períodos de siete años se aplica a todas las personas, los secretos del desarrollo sean diferentes en cada persona. Alguien puede llegar al mundo con grandes capacidades, y entonces tendrá que esperar hasta los siete años para que se complete la formación de su cuerpo físico, y también tendrá que esperar hasta los catorce años para que se complete el desarrollo de su cuerpo etérico, pero lo que trabaja en su interior es muy diferente al de una persona que tiene menos capacidades.

Así pues, hay dos líneas de desarrollo que discurren en paralelo, y a partir de ellas podemos ver ahora cómo pueden surgir en el ser humano ciertos estados anímicos contradictorios, por así decirlo. En lo que respecta al desarrollo exterior, no podemos pensar otra cosa que, —y esto concuerda totalmente con la ciencia espiritual—, que el ser humano desarrolla las capacidades de su cuerpo etérico hasta los 14 años, por ejemplo. A los 14 o 15 años, su cuerpo astral se libera y nace. Entonces puede ser que nos encontremos ante una individualidad, es decir, ante lo que proviene de las encarnaciones anteriores, que tiene grandes y fuertes capacidades anímicas internas. Supongamos, pues, el caso de un ser humano que, debido a su karma, a su desarrollo anterior en vidas pasadas, tiene fuertes capacidades internas. Para desarrollar estas capacidades en el mundo, se necesitan las fuerzas, los órganos de cada envoltura humana. Supongamos ahora que descuidamos en la educación de una persona que posee tales capacidades que estas puedan desarrollarse especialmente a través del cuerpo astral, que descuidamos el desarrollo de su cuerpo astral en el momento adecuado. ¿Qué ocurrirá entonces? Para comprender lo que ocurre, imaginemos algo concreto.

A partir de los 7 años seguimos velando por que el niño se alimente bien, pero ahora empezamos a descuidar las normas que deben regir de manera razonable la educación del niño a partir de los 7 años. Ahora empezamos a ignorar estas reglas y cometemos, por ejemplo, el error de sucumbir a los prejuicios materialistas y decir que queremos asegurarnos principalmente de que el niño llegue lo antes posible a un juicio racional, que aprenda lo antes posible a tener su propio juicio. Así es hoy en día, debido a nuestra forma de pensar materialista. Ya he citado este ejemplo en varias ocasiones.

Mientras que entre los 7 y los 14 años se debería prestar especial atención al desarrollo de la memoria, se instalan máquinas calculadoras. Mientras que antes se enseñaba al niño a aprender 2 x 2 = 4 y cosas por el estilo antes de que comprendiera las cosas, hoy en día se dice que no hay que enseñarle nada que solo aprenda de memoria, sino que el niño solo debe saber aquello sobre lo que puede formarse un juicio. Para ello se trabaja con bolas rojas y blancas. En lugar de acostumbrar al niño a la autoridad, que para él debe ser la fuente de la verdad entre los 7 y los 14 años, se le lleva a madurar prematuramente en su capacidad de juicio. Mientras que el niño de esta edad debe sentir: «Tengo que creer lo que dice la autoridad venerada», se descuida el hecho de que el niño necesita tener padres y maestros a los que admire con profunda veneración y de los que acepte la verdad por su autoridad natural.

Supongamos que dejamos de lado el hecho de que la palabra «autoridad» debe ser sagrada para el periodo comprendido entre los 7 y los 14 años. Si dejamos de lado leyes tan importantes entre los 7 y los 14 años, entonces tampoco puede surgir un cuerpo astral que se desarrolle correctamente a partir de un cuerpo etérico mal desarrollado a partir de los 14 o 15 años. Y supongamos ahora que nos enfrentamos a una persona que ha traído consigo de vidas anteriores poderes especiales, buenas y fuertes capacidades, pero también aptitudes para las que necesita un cuerpo astral capaz de inflamarse por ideales elevados. Depende, por ejemplo, del cuerpo astral que, cuando se ve una injusticia en el entorno, uno pueda encenderse en justa ira mucho antes de poder juzgarla con un pensamiento claro e independiente. Tales cualidades de un cuerpo astral sano deberían estar presentes según la naturaleza del ser humano en cuestión, porque las necesita para que pueda salir a la luz lo que vive en él según sus encarnaciones anteriores. Supongamos ahora que hemos descuidado los principios que deben observarse para que el cuerpo astral nazca capaz de entrega y entusiasmo a los 14 o 15 años. Entonces, a pesar de que se hayan heredado importantes aptitudes y grandes capacidades, se perderá la posibilidad de desarrollarlas, porque el cuerpo astral no deja que esas aptitudes salgan a la luz. No tiene aquellas fuerzas, aquellas corrientes que ese yo, que va de encarnación en encarnación, necesita para desarrollar sus aptitudes. Ahora tenemos un yo que podría desarrollar grandes capacidades, pero los órganos del cuerpo astral, a través de los cuales este yo podría expresar sus capacidades, están atrofiados. La corriente de desarrollo que regula el progreso de las envolturas no ha podido manifestarse.

Quien observe la vida, especialmente hoy en día, en nuestra época tan terriblemente materialista, descubrirá que el caso que acabo de describir se da realmente innumerables veces en la vida. Innumerables veces en la vida ocurre que aquel que puede ver a través de la vida, —que, gracias a su desarrollo ocultista, es capaz de ver a través de ella—, ve con el corazón sangrante: hay algo en la individualidad, pero no puede salir porque la otra corriente de desarrollo no se ha ocupado adecuadamente hasta el momento correspondiente. Entonces, precisamente en ese momento en el que se necesitarían los órganos inexistentes, aparecen los síntomas característicos que se denominan «demencia precoz» (Dementia praecox). Aparecen todo tipo de pasiones malignas y terribles, desviaciones de la más espantosa índole. ¿De dónde provienen estas desviaciones? No se deben únicamente al hecho de que el interesado tenga también predisposiciones que tienden al mal, sino a que en la encarnación actual no tiene los órganos necesarios para desarrollar precisamente sus buenas predisposiciones. Por lo tanto, tal vez sea beneficioso para él que estas predisposiciones destruyan el yo, rompan la envoltura, para crear una mejor oportunidad para su desarrollo en una encarnación posterior. Por extraño que parezca, hay que tenerlo en cuenta, porque a menudo el desarrollo se considera de forma demasiado lineal, incluso por parte de las personas que se acercan a la ciencia espiritual.

La evolución interior y las posibilidades de desarrollo exterior deben coincidir. Esto es así en el caso del individuo, al igual que lo es para el desarrollo de toda una época. Solo les he puesto un ejemplo radical para que les resulte más fácil comprender lo que ocurre en muchos casos. No siempre se presenta de esta manera tan radical, pero en nuestra época se da con mayor frecuencia en lo que hoy en día es tan común: en estados de ánimo insatisfechos, en la desesperanza, en el no saber qué hacer con uno mismo, especialmente en las edades comprendidas entre los 14 y los 21 años. Entonces permanece y ya no se puede remediar en la vida. Entonces permanece un estado de ánimo interior de desesperanza, falta de objetivos, pesimismo e insatisfacción. Y en esta forma más leve, se produciría cada vez más y con mayor frecuencia, si la humanidad no tomara otros caminos que los que ha tomado hasta ahora, gracias a una cosmovisión espiritual y científica, ya que el pensamiento materialista se ha ido imponiendo cada vez más en los pensamientos y sentimientos más profundos de las personas.

Al escuchar lo que se acaba de decir, como investigador espiritual uno debe decirse a sí mismo: la ciencia espiritual, si se ha comprendido aunque sea un poco, debe parecer algo que no se practica por afición, porque nos guste, porque nos proporcione una satisfacción subjetiva, una felicidad, sino que, cuando se ha profundizado un poco en sus aspectos más profundos, hay que practicar la ciencia espiritual como un deber, como un deber para con toda la humanidad. Porque las cosmovisiones que predominan hoy en día conducen a comprender cada vez menos la vida. Se comprenderá cada vez mejor la no vida. Y para comprender cada vez mejor la no vida, el materialismo ha sido necesario durante un tiempo. A partir de la mera comprensión de la vida, nunca se habrían podido construir barcos de vapor, ferrocarriles o túneles. Tampoco se habría podido esperar llevar nuestra ciencia exterior, orientada hacia lo físico, tan lejos como lo está hoy, y realizar más avances en este campo.

Las personas debían ser guiadas de tal manera que, por así decirlo, asimilaran en sus almas aquellas cosmovisiones que pudieran expresar correctamente, como orientaciones particulares de la concepción de la existencia, todos los tipos de culturas.

Nadie puede decir: ¿No fue injusto que a lo largo de los siglos pasados las personas tuvieran que asimilar concepciones materialistas? No, no se puede decir eso. Son las mismas almas las que, después de haber tenido que soportar la influencia del materialismo, serán guiadas de nuevo hacia la vida espiritual en otras encarnaciones futuras.

Pero cada cosa debe suceder en su momento, en el momento adecuado. Solo hay que pensar que ciertas cosas pueden ser muy buenas, excelentes, si se hacen durante el día. Si esas mismas cosas se hacen por la noche, entonces son malas. Cada cosa tiene su momento, y lo mismo ocurre en el gran proceso de desarrollo de la humanidad, en la evolución humana. Lo que fue bueno en siglos pasados sería un grave pecado contra la humanidad si se mantuviera en los siglos venideros. Hoy hemos llegado a un punto en el que el pensamiento materialista debe ser sustituido por el pensamiento y la visión que conducen a la vida en el espíritu mismo. Lo que impulsó el materialismo en épocas pasadas debe ser sustituido por una cosmovisión espiritual, y es necesario que haya personas que hagan algo para que esta cosmovisión espiritual se introduzca en la humanidad y en su historia. Deben saber que si hoy, en este momento, no se produjera lo que se puede llamar la incorporación de una cosmovisión espiritual a la cosmovisión materialista, se perdería el momento adecuado para la humanidad. Pero aún en muchos otros aspectos podemos perder lo más importante en nuestro tiempo. Y comprendemos en qué medida podemos perder lo más importante en nuestro tiempo si consideramos ahora estas dos corrientes de desarrollo, antes indicadas para el individuo, en el contexto de toda la humanidad.

El ser humano pasa de encarnación en encarnación, de un cuerpo a otro. Pero no pasa de una encarnación a otra en vano. ¿Por qué el ser humano desciende una y otra vez de las alturas espirituales a la Tierra? ¿Por qué no basta con una encarnación en la Tierra? Porque la Tierra misma cambia a lo largo de largos períodos de tiempo, cambia en relación con todo lo que hay en ella físicamente, en relación con todo lo que hay en ella también espiritual y anímicamente. Comparen ahora el aspecto exterior de la Tierra, lo que ha crecido aquí y lo que ya existía hace 2000 o 3000 años. Comparen el suelo tal y como era entonces alrededor de Pforzheim con el aspecto que tiene hoy. Las ciencias naturales comunes pueden dar una idea de cómo era el suelo aquí hace 2000 años. Pero si además se compara lo que una persona aprendía entonces en su infancia y juventud con lo que aprende hoy, se verá obligado a admitir que la vida física y espiritual están cambiando en la Tierra. La Tierra era muy diferente hace 2000 o 3000 años, y ha ido cambiando constantemente y seguirá cambiando. La Tierra cambia continuamente. Y cada vez que descendemos a la Tierra, nos encontramos con nuevas circunstancias, podemos aprender cosas nuevas, experimentar cosas nuevas y vivir cosas nuevas, unirlas a nuestro ser y llevar nuevas experiencias al mundo espiritual. Por eso, porque debemos absorber poco a poco las experiencias terrenales en períodos sucesivos, nacemos en vidas terrenales sucesivas. Armonizamos lo que la vida terrenal exterior nos puede dar a lo largo de los tiempos sucesivos y lo que debemos aprender dentro de esta vida terrenal. Esto debe coincidir. 

Supongamos que hay un alma que vive hoy en día. Ella ya vivió en la época del antiguo Egipto, en la época de la antigua India. Todas las almas que hoy están aquí sentadas han vivido innumerables veces en la Tierra, han vivido aquí en otras condiciones de vida y hoy vuelven a vivir porque lo que aprendieron y experimentaron en la Tierra en aquel entonces ya no existe hoy en día, y hoy se pueden vivir y experimentar cosas nuevas. Supongamos que hay una persona que, por ejemplo, en el antiguo Egipto no utilizó correctamente sus encarnaciones, no extrajo lo que en aquel entonces se podía extraer de la Tierra. Supongamos que personas como las que aún existían de forma aislada en el antiguo Egipto, según el karma de la Tierra y el karma individual, hubieran descuidado unir con su alma lo que se podía experimentar precisamente en el antiguo Egipto. Eso no habría impedido que murieran en el momento correspondiente en el antiguo Egipto. Pero habría impedido que, cuando nacieran la próxima vez, trajeran consigo lo que necesitaban para ser seres humanos completos. Eso no pueden adquirirlo tan fácilmente en las siguientes encarnaciones. Sin embargo, para no tener almas atrofiadas en una encarnación posterior, necesitamos las habilidades y los poderes que pudimos adquirir en la encarnación anterior a partir de las condiciones terrenales de ese momento. Hay cosas que, si se han descuidado, ya no se pueden recuperar. Quizás dirán: ¡Ahora nos está pintando un panorama muy bonito! No podemos saber si hemos dejado pasar algo increíblemente importante en encarnaciones anteriores. Esa sería realmente una perspectiva desoladora, porque tal vez hayamos dejado pasar algo terrible en encarnaciones anteriores, ¡y entonces de qué nos sirve ahora todo lo demás! ¿De qué nos sirve, por ejemplo, que ahora nos inclinemos tanto por la ciencia espiritual y queramos aprovechar tan bien nuestra encarnación actual? ¡Quizás ni siquiera podamos hacerlo, precisamente porque en encarnaciones anteriores nos perdimos algo muy importante!

Por lo tanto, parece que esta verdad que acabo de expresar podría infundir una perspectiva terrible en su alma, podría resultar desoladora para algunos de ustedes. Porque si ya no se puede recuperar lo que se ha perdido, entonces debo decir que, por mucho que empiece a trabajar en mi alma, ya no sirve de nada, porque ya no puedo recuperar lo que he perdido, lo que solo podría haber vertido en esta alma quizás en la antigua India o en el Antiguo Egipto.

Esta perspectiva desoladora solo existiría si la consecuencia que se ha extraído ahora fuera la correcta. Pero no es la consecuencia correcta, porque la cosa es diferente. Es totalmente cierto que lo que nuestra alma no haya asimilado en el antiguo Egipto, India, Persia o Grecia, ya no podrá recuperarlo hoy, eso sería imposible. La cuestión es que, en la actualidad, en nuestra época, se dan las primeras encarnaciones del ser humano en las que, por culpa propia, se puede perder conscientemente algo en este sentido. Y esto durará aún algún tiempo. Y ahí puede haber también una explicación de por qué ahora la ciencia espiritual está empezando a llegar al mundo: porque solo ahora comienza la posibilidad de que los seres humanos pierdan algo. Ahora estas verdades deben comenzar a llegar a los seres humanos, porque ahora comienzan para ellos encarnaciones en las que, si no se aplicaran correctamente, sería más difícil recuperar en condiciones terrenales posteriores lo que se hubiera descuidado. Y ahora también es cierto que las personas, si así lo desean, pueden acceder a la explicación espiritual de la reencarnación y el karma y otras verdades de la ciencia espiritual, por lo que no tienen por qué cargar con esta culpa. La ciencia espiritual hará todo lo posible en los próximos siglos y milenios para que las personas tengan la oportunidad de aplicar estas encarnaciones de la manera correcta y no tengan que cargar con esta culpa. Una sola encarnación no es tan importante, pero si en nuestra era, que acaba de comenzar y durará entre 2000 y 3000 años, se han utilizado dos o tres encarnaciones sin haber sacado lo correcto de lo que se puede ganar en la Tierra, entonces se habrá perdido algo importante en los tiempos venideros. Por eso, la ciencia espiritual aparece ahora y le dice a la gente lo importante que es que utilicen sus encarnaciones de la manera correcta.

Ahora nos preguntamos: ¿por qué en tiempos pasados los seres humanos no podían cometer estos errores? Por la razón de que el ser humano ha evolucionado de encarnación en encarnación, de tal manera que en un pasado remoto era él mismo un compañero de los mundos espirituales. Lo que hoy son nuestras capacidades, sobre todo la limitación de nuestros sentidos al mundo físico, no siempre ha existido. En tiempos pasados, el ser humano tenía una clarividencia incipiente, podía ver los mundos espirituales. Y esta clarividencia era cada vez más fuerte cuanto más nos remontamos en el tiempo. En aquellos tiempos, el ser humano sabía: «Provengo del mundo espiritual». Y no solo tenía este conocimiento abstracto, sino que también sabía cómo era ese mundo, conocía las leyes del mundo espiritual. Cumplía estas leyes como por instinto, de forma instintiva. Como aún estaban conectadas con el mundo espiritual, nuestras almas utilizaban sus encarnaciones de forma esencialmente ordenada.

Debido a que los seres humanos aún estaban conectados con los mundos divino-espirituales, el conocimiento seguía actuando en ellos e instintivamente hacían lo correcto bajo la influencia del antiguo conocimiento. Solo en nuestra época vivimos en una era en la que, por así decirlo, se han cerrado las puertas al mundo espiritual, en la que el ser humano, entre el nacimiento y la muerte, depende completamente de su percepción en este mundo físico y sensorial.

Esta era, en la que ha desaparecido la antigua clarividencia, mediante la cual los seres humanos recibían conocimientos como si vinieran del cielo, esta era comenzó, —podemos situar con bastante precisión el momento—, 3101 años antes de que Cristo caminara sobre la Tierra. Antes, en épocas en las que los seres humanos, aunque no tenían la fuerte conciencia de sí mismos que tienen hoy en día, ni una conciencia clara de su yo, podían aún vislumbrar de forma difusa y confusa, e incluso más atrás, podían ver con claridad los mundos espirituales. Llegamos así a una era anterior al año 3101, en la que los seres humanos tenían un conocimiento bastante confuso, pero aún así un conocimiento del mundo espiritual. A esta era se le llama Dvapara Yuga. Este Dvapara Yuga, o era de bronce, se extiende a lo largo de la antigua época egipcio-babilónico-caldea y persa. Si nos remontamos aún más atrás, en épocas aún más antiguas, encontramos una visión aún más profunda del mundo espiritual entre los seres humanos en el Treta Yuga o Edad de Plata. Y entonces llegamos a la catástrofe atlante, donde las personas que estaban encarnadas allí aún podían ver los mundos espirituales, de tal manera que se sentían compañeros de aquellas entidades que hoy solo se pueden reconocer en el estado entre la muerte y un nuevo nacimiento. Eso es entonces el Krita Yuga, que comienza allí.

En el año 3101 antes de nuestra era comienza la época en la que, poco a poco, desaparece toda posibilidad de que los seres humanos puedan ver el mundo espiritual mediante fuerzas naturales externas normales. En esta era, desde el año 3101 antes de nuestra era hasta nuestros días, solo quedaban en algunas personas viejos restos heredados de una clarividencia apagada y confusa. En esta era, solo se podía ascender regularmente a los mundos espirituales mediante una verdadera formación esotérica. Pero las capacidades normales del ser humano se desarrollaron de tal manera que solo se extendían al mundo físico exterior. A esta era se le denomina, con un término oriental, Kali Yuga, la era oscura, porque el ser humano ya no ve el mundo espiritual a través de sus capacidades naturales. El Kali Yuga es, por tanto, esta era que comenzó aproximadamente en el año 3101 antes de nuestra era y que ha llevado a los seres humanos cada vez más hacia el plano físico.

Los acontecimientos más importantes que tienen lugar en el plano espiritual no suelen ser percibidos por los seres humanos, ya que no prestan suficiente atención a ellos. En nuestra era están sucediendo cosas importantes. Lo más importante es que el Kali Yuga llegó a su fin en 1899. Esto significa que ha terminado la era del desarrollo humano que estaba destinada a llevar las capacidades humanas a la observación y percepción del plano físico. Y ahora, desde 1899, comienza una era en la que, a lo largo de unos 2500 años, se desarrollarán lentamente otras capacidades como capacidades normales en las almas humanas. Por lo tanto, ya vivimos en una época en la que se están desarrollando otras capacidades. El Kali Yuga ha llegado a su fin y los seres humanos se encaminan hacia una época en la que, sin que puedan hacer nada para evitarlo, se desarrollarán de forma natural ciertas capacidades nuevas en el alma, diferentes a las que se desarrollaron durante el Kali Yuga.

¿Qué habilidades son esas? Bajo la influencia del Kali Yuga, se hicieron cada vez más fuertes aquellas fuerzas del ser humano que lo convierten en inventor, en descubridor, en manipulador de las fuerzas físicas del plano físico. Por supuesto, esto continúa, porque las habilidades que se han adquirido una vez no se pierden naturalmente. Por lo tanto, no se puede decir que ahora se haya perdido la capacidad de trabajar con las fuerzas de la naturaleza. Pero se añaden otras capacidades. A lo que el ser humano ha adquirido durante el Kali Yuga se añade, como capacidad especial, una clarividencia natural y etérica, es decir, ahora comienza la era en la que en las almas humanas, primero en unas pocas, luego en cada vez más almas humanas, despertarán ciertas capacidades clarividentes como capacidades normales. Por lo tanto, debemos distinguirlas de lo que adquiere, aunque sea como una capacidad mucho más elevada, quien aplica los métodos del entrenamiento espiritual. En cada época, con sus capacidades, superará lo que se considera normal para la humanidad. Pero ahora comienza una época en la que se despertará como algo normal la capacidad de ver no solo lo físico, sino también lo que subyace a lo físico como lo etéreo. Es decir, vendrán almas con tales capacidades, y lo harán en una época que ya está aquí, que ya ha comenzado, solo que vendrán cada vez con más frecuencia. Por ahora, todavía son muy escasas en la Tierra. Pero estas capacidades comenzarán a extenderse cada vez más entre los seres humanos. Estarán presentes de manera significativa en los años 1930 a 1940. Será una época importante, porque entonces se verán surgir las nuevas capacidades de los seres humanos. Mientras que hoy en día el ser humano solo ve el cuerpo físico, entonces también adquirirá la capacidad de ver primero algunas cosas esenciales, pero luego cada vez más del cuerpo etérico. Eso sucederá. En un futuro próximo, la humanidad evolucionará de tal manera que habrá, cada vez más y más personas, hasta llegar a ser un gran número de personas, —en realidad, se trata de toda la humanidad—, que no solo verán el cuerpo físico del ser humano, sino que lo verán envuelto en una especie de envoltura etérica, como rayos etéricos y un aura etérica. Eso es lo primero que verán. La otra es que les resultará muy extraño: habrá imágenes ante ellos y se mostrarán todo tipo de cosas en esas imágenes. Al principio, las personas no se darán cuenta de lo que significa, luego lo considerarán enfermizo, pero luego cada vez más personas se darán cuenta de que tal imagen es un acontecimiento que se produce en dos o cuatro días y que se refleja previamente en el éter. Estas capacidades se desarrollarán ya en la primera mitad de nuestro siglo XX.

Hay dos posibilidades. Una es que, con su forma de pensar, sentir y percibir, las personas de hoy se queden estancadas en lo que han adquirido del Kali Yuga. Aquellos que, con su cosmovisión, su filosofía, su pensamiento y su sensibilidad, se quedan estancados en lo que han aprendido hasta ahora, muy pronto habrán terminado de juzgar a sus semejantes que ven tales cosas. Dirán que son necios que están empezando a volverse locos, que ven todo tipo de cosas engañosas que no existen. Pero habrá otras personas que habrán oído en la ciencia espiritual que son realidades. Y eso se repetirá una y otra vez en las próximas décadas y siglos. Habrán oído que existe algo así como la realidad y encontrarán la relación adecuada con estas nuevas capacidades que están surgiendo.

¿Qué hacemos al dedicarnos a la ciencia espiritual? No hacemos algo que satisface nuestra curiosidad y que, por lo tanto, es nuestra actividad favorita, sino que hacemos algo que prepara a las personas para lo que debe venir y lo que vendrá. Y lo que vendrá, simplemente no se podría entender si no existiera la ciencia espiritual. La humanidad perdería lo que debe ganarse. Y eso podría suceder si se prohibieran por completo las ciencias espirituales en la Tierra, si se dejara morir de hambre a todos aquellos que trabajan para las ciencias espirituales, si se les expulsara de sus puestos y se les dejara morir de hambre. Entonces la humanidad perdería por completo la posibilidad de comprender lo que vendrá como desarrollo natural. Entonces, si eso ocurriera, el desarrollo de la humanidad se agotaría y se marchitaría. Tendría que continuar sin este impulso y se marchitaría, se agotaría. Eso es lo que hace de la ciencia espiritual un deber responsable.

Si lo vemos así, también podemos preguntarnos: ¿en qué se manifestará, por ejemplo, el efecto de lo que acabamos de describir? Pues bien, las almas que ahora están aquí sentadas volverán a encarnarse en una época en la que las almas humanas ya poseerán desde hace tiempo las capacidades espirituales que acabamos de describir. ¿Qué efecto tendrá esto? Con esas capacidades vendrá algo más. Llegará el momento en que el ser humano podrá mirar atrás a su encarnación actual. Como capacidad natural, junto con las capacidades que acabamos de describir, surgirá un recuerdo no solo de la vida entre la muerte y el nacimiento, sino también de la vida anterior, como una característica natural. Pero ahora se tratará de que en la encarnación actual o en la siguiente desarrollemos algo que se pueda recordar. Lo que hacemos durante el día, lo que ya habrá desaparecido cuando renazcamos, no será lo primero que se recuerde. Lo que se recordará será solo lo que ha sucedido en el poder central de nuestro interior, en nuestro yo. No se puede recordar lo que ha sucedido en la vida cotidiana. Lo que permanece desde la encarnación actual hasta la siguiente debe ser captado y sentido ahora mismo en el yo. Pero es cierto que la mayoría de las personas aún no tienen la inclinación de penetrar tan profundamente en su interior como para sentirse como un yo. Según la frase de Fichte, la mayoría de las personas siguen considerándose más un trozo de escoria en la luna que un yo. Pero si no se cultiva este yo, si no se aprende a reconocerlo a través de la ciencia espiritual, si no se aprende a sentirlo, entonces no existe como bien interior del alma. Primero debemos crear aquello que luego podamos recordar en la próxima encarnación.

Así, al aprender a conocer al ser humano, la ciencia espiritual crea los elementos del mundo que encuentran su mejor expresión en su yo, creando como hechos aquello que debe recordar en su próxima encarnación. Si el ser humano no aplica de la manera correcta lo que se le ofrece, en la próxima encarnación tendrá la capacidad de recordar, pero no se le ocurrirá nada como objeto de ese recuerdo, porque no habrá creado nada que pueda recordar.

Una de las mayores torturas que puede sufrir el ser humano es tener una habilidad y no tener nada en lo que poder ejercerla. Se querrá mirar atrás, a encarnaciones anteriores, ya que se tendrá la capacidad de hacerlo, pero no se encontrará en uno mismo ningún objeto que pueda incorporarse a ese poder de recuerdo. Será una sed terrible de mirar atrás, a encarnaciones anteriores. Pero será como un tormento interior, un deseo interior de mirar atrás, y no se verá nada, porque no se ha creado nada que se pueda ver. Por lo tanto, en la encarnación actual trabajamos en lo que hay que crear como hecho, como objeto para el recuerdo, porque la capacidad de recordar el pasado ya la obtenemos a través del curso natural del desarrollo de la humanidad. 

Aquí volvemos a encontrar dos corrientes. Una externa: las personas adquieren habilidades; y otra interna: las personas deben hacer aquello para lo que pueden utilizar estas habilidades. Encontramos estas dos corrientes en todas partes. Pero lo que parece ser lo más importante en todo ello, como fuerza, como impulso, es que las personas, al elevarse en esta época, al adquirir la nueva capacidad de ver lo etéreo, tendrán una gran experiencia, la mayor, en relación con ello, a lo largo de la primera mitad del siglo XX.

En aquel entonces, cuando el Kali Yuga había durado unos 3100 años, los seres humanos habían llegado a un estado en el que tenían que decirse a sí mismos: ya no podemos mirar hacia arriba, a los reinos espirituales de los cielos. Las puertas están cerradas al mundo espiritual. Pero entonces llegó primero Juan el Bautista, luego Cristo, y ellos mostraron a los seres humanos que, en el plano físico, mediante un desarrollo interior adecuado, se puede despertar lo que es el poder central del alma, lo que es el yo, y que así se puede comprender lo espiritual. Dios descendió como Cristo al plano físico, porque las capacidades humanas habían llegado a tal punto que solo podían comprender las cosas en el plano físico. Cristo hizo el sacrificio de descender al plano físico porque los dioses, que hasta entonces no habían descendido, ya no eran comprensibles para los seres humanos, que ahora habían desarrollado en sí mismos la capacidad de permanecer solo en el plano físico.

Ahora, sin embargo, se están desarrollando nuevamente habilidades para ver lo supranatural, para ver lo etéreo. Esto tiene como consecuencia que, aproximadamente en el período comprendido entre 1930 y 1940, un número de personas que serán los primeros pioneros de esta clarividencia etérea verán lo que es el Cristo en nuestra época. En un cuerpo físico, el Cristo solo ha vivido una vez en nuestra Tierra. Pero desde entonces nuestra Tierra ha cambiado. Si en la época anterior al nacimiento de Cristo alguien se volvió clarividente y miró dentro del mundo de los seres y fenómenos espirituales que rodean directamente nuestra Tierra, no encontró algo que luego encontró cuando se produjo el acontecimiento del Gólgota, cuando Cristo descendió a la Tierra. Una personalidad lo sabía con certeza. Había una personalidad que sabía por su enseñanza: cuando los seres humanos se vuelven clarividentes, ven algo que aún no está en la Tierra, pero que estará en el futuro en la atmósfera espiritual de la Tierra, cuando Cristo haya descendido del sol. Esta personalidad se dijo a sí misma: «En la Tierra viviremos el gran momento en el que Cristo se aparecerá espiritualmente a los seres humanos que alcancen la clarividencia, pues entonces habrá descendido a la Tierra y será visible espiritualmente en su atmósfera». Esta personalidad lo sabía, pero aún no estaba preparada para creer, a partir de los acontecimientos de Palestina, que en Jesús de Nazaret ya estaba presente ese ser esperado, el Cristo. No podía reconocer al Cristo Jesús, no lo reconocía. Entonces llegó el momento, cuando el acontecimiento del Gólgota ya había pasado hacía mucho tiempo, en el que esta personalidad se volvió clarividente: entonces vio al Cristo en el cuerpo etérico. ¡Ahora podía ver algo en el entorno terrestre! Ahora esta personalidad sabía que el Cristo estaba allí. La realidad física, la visión física no lo convenció a este hombre, pero la clarividencia, la percepción clarividente del Cristo en el cuerpo etérico, eso lo convenció. Esta personalidad era Pablo. En el acontecimiento de Damasco, primero vio clarividentemente al Cristo en su cuerpo etérico, tal como lo ven desde el acontecimiento del Gólgota aquellos que se elevan a la clarividencia.

Este es incluso el acontecimiento más importante que le corresponde hoy al clarividente entrenado: que vea al Cristo en la atmósfera espiritual de la Tierra. Dado que esta capacidad se manifestará en ese período en un gran número de personas, este número de personas tendrá entonces la visión directa de Cristo, del Cristo en su cuerpo etérico, con el cual los seres humanos tratarán como si se tratara de una personalidad física. Cristo no descenderá por segunda vez a un cuerpo físico, pero los seres humanos ascenderán, gracias a sus capacidades, a lo etéreo, donde ahora se manifiesta. Cristo habrá vuelto a ellos en el ámbito de su experiencia ampliada.

Es el retorno de Cristo, que comenzó aproximadamente entre los años 1930 y 1940 de nuestra era. Este acontecimiento podría pasar desapercibido para los seres humanos si no se prepararan para comprender este gran acontecimiento. La ciencia espiritual debe preparar a la humanidad para este acontecimiento futuro. No debe pasar desapercibido para la humanidad. Si pasara desapercibido, la humanidad se desolaría y se marchitaría.

Lo que acabo de decir será proclamado en los próximos veinte años en tal o cual lugar, expresado de tal o cual forma, porque es una verdad muy importante, una verdad que debe preparar a los seres humanos para los acontecimientos más importantes de nuestro tiempo. Una vez más, han llegado los tiempos en que deben suceder cosas trascendentales. Pero en nuestra época impera un materialismo terrible, y puede suceder que incluso aquellos que escuchan y aceptan estas enseñanzas se vean tentados por la mentalidad materialista y se dejen seducir por ella hasta creer que Cristo solo reaparecerá si lo hace en un cuerpo carnal. Esa sería una creencia materialista, en la que solo pueden creer aquellos que, en realidad, no han llegado a la conclusión de que el espíritu es más real que lo físico. Ahora bien, el materialismo podría llevar a las personas a la tentación de confundir el regreso de Cristo en el cuerpo etéreo real, visible para las capacidades más desarrolladas de los seres humanos, con un regreso físico carnal. Pero si eso ocurriera, sería otra gran desgracia para la humanidad. Sin embargo, en nuestra época hay suficientes individuos, suficientes personalidades que lo utilizarán y que, al hacerlo, ya sea porque caen víctimas de una ilusión, de un autoengaño, o porque caen víctimas de sus propios malos instintos, se harán pasar por falsos Cristos, por Cristos encarnados.

Los falsos Cristos aparecerán en esta era, en la que la humanidad debe ver al verdadero Cristo en su cuerpo etéreo. Sin embargo, los antroposofos están llamados a distinguir entre lo espiritual y lo material, y a estar bien preparados contra todas las afirmaciones, vengan de donde vengan, de que un Cristo vendría en carne y hueso. Los antroposofos están llamados a comprender que esto sería materialismo, la peor tentación que podría surgir en uno de los acontecimientos más importantes del desarrollo de la humanidad, el acontecimiento que llamamos el retorno de Cristo, y en el que se pondrá a prueba si los seres humanos han llegado ya tan lejos como para no limitarse a hablar del espíritu, sino ser capaces de reconocer vivamente la esencia del espíritu como algo superior a la esencia de la materia.

Habrá que ver si los seres humanos estarán preparados para reconocer a Cristo en toda su importancia, precisamente porque se les muestra como algo espiritual. Esa será la mayor prueba y el mayor examen para los seres humanos, que se les muestre el mayor impulso de nuestra Tierra y les diga: Solo podéis reconocerme si no os limitáis a hablar de lo espiritual, sino que sabéis que lo espiritual es más real, más auténtico y más valioso que lo meramente material y carnal. Esto es parte de lo que debemos asimilar en nuestros sentimientos para poder afrontar de manera adecuada las próximas décadas que se avecinan. Pero este acontecimiento no solo será importante para aquellos que aún estarán en el cuerpo físico, sino también para aquellas almas que entonces se encontrarán entre la muerte y el nuevo nacimiento. Porque esto será tan importante para los llamados muertos como lo fue la muerte en el Gólgota no solo para los contemporáneos en el cuerpo físico, sino también para las almas que estaban en el Kamaloka o Devacán. Simbólicamente, esto se expresó diciendo que Cristo también descendió a aquellos que estaban en el otro mundo: «descendió al infierno». La gran prueba de la espiritualidad en nuestro siglo será importante tanto para los que viven en el plano físico como para los que viven en el plano espiritual, los llamados muertos.

Traducido por J.Luelmo ago, 2025

viernes, 27 de diciembre de 2024

GA209 Berlín, 7 de diciembre de 1921 -La conciencia del Dios Padre y la conciencia del Cristo

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La conciencia del Dios Padre y la conciencia del Cristo

RUDOLF STEINER


 Berlín, 7 de diciembre de 1921

Lo que tendremos que tratar hoy guardará cierta relación con lo que pude decir aquí la última vez y, por tanto, también guardará relación con algunas de las cosas que supe en aquellas intervenciones. Hoy quisiera hablar del materialismo de las confesiones religiosas contemporáneas, pero quisiera hacerlo en relación con cierto aspecto del problema de Cristo. Precisamente en relación con el problema de Cristo comienzan a surgir toda una serie de malentendidos acerca de la investigación antroposófica, y aunque no es de esperar que estos malentendidos sean disipados por quienes los revelan con cierto interés, de ello puede depender mucho para otros.

A lo largo de las fases más recientes del desarrollo de la civilización occidental, hemos experimentado todo tipo de inclinaciones hacia cosmovisiones claramente ateas. Mi tarea hoy no pretende señalar los diversos matices del ateísmo tal y como ha aparecido; sin embargo, me gustaría llamar la atención sobre algo que es una base común de cualquier visión atea del mundo. Se trata de un fallo a la hora de examinar de dónde procede realmente el contenido de la conciencia de Dios. La conciencia de Dios no puede provenir únicamente de la contemplación de la naturaleza externa, sino de toda la coexistencia del hombre con la naturaleza externa, con el mundo sensorial. Quizá parezca paradójico decir que la conciencia de Dios debe proceder de la coexistencia del hombre con el mundo sensorial. Sin embargo, esta conciencia de Dios, no debe tomarse como la culminación de un momento, por así decirlo, sino como el contenido de la vida en la tierra durante el período que va desde el nacimiento hasta la muerte. En esta vida terrenal sentimos en primer lugar que pertenecemos a la naturaleza por herencia. Hemos entrado en esta existencia terrenal como seres humanos físicos a través de procesos puramente naturales. A medida que transcurre nuestra existencia terrenal, nos damos cuenta de un cierto desarrollo de aquello que nos ha llegado a través de nuestro nacimiento en esta existencia. Ahora se trata de si somos lo suficientemente cuidadosos, -naturalmente no lo digo sólo desde el punto de vista del intelecto, sino también desde el punto de vista del sentir y de los impulsos de la voluntad que también tenemos y debemos experimentar allí-, de si obtenemos un cierto desempeño de nuestra conciencia por convivir con el mundo sensorial exterior en el transcurso de nuestra existencia terrena. Sin embargo, si mediante la experiencia vulgär, resumimos únicamente todo lo que el mundo de los sentidos puede darnos, nunca llegaremos a sentir nuestra plena naturaleza humana si no pensamos en el mundo de los sentidos y en lo que puede ser junto con nosotros de un modo espiritualizado. Por muy cuidadosamente que examinemos todos los secretos que el mundo sensorial exterior puede darnos a través de la percepción sensorial, nunca podríamos llegar a comprender el hecho de que el ser humano también está inmerso en este mundo sensorial. Pero como nosotros, como seres físicos terrenales, hemos surgido no obstante de este mundo de los sentidos, pero nunca podemos encontrarnos comprensibles como seres humanos a partir de sus ingredientes, entonces para una conciencia sana se deduce sencillamente que esta conciencia se cumplimenta con la existencia de Dios o con la percepción de la existencia de Dios.

A pesar de sus grandes y amplios éxitos, esto es precisamente lo que la ciencia natural moderna ha aportado a la humanidad: puesto que no quiere reconocer la existencia espiritual como tal dentro del mundo sensorial, en cierta medida elimina al ser humano de la existencia global que quiere abarcar. Ya he expresado esto ante ustedes diciendo: Si nos fijamos, por ejemplo, en la teoría del desarrollo de los últimos tiempos, -en muchos aspectos enorme-, en realidad no la encontramos tratando del hombre como «hombre», sino como la conclusión, por así decirlo la coronación del mundo animal. Si preguntamos a la ciencia natural, tal como es hoy, sobre la naturaleza del hombre, en realidad no nos responde, si la entendemos correctamente. Sólo responde a la pregunta: ¿Cuál es el más elevado de los animales? En otras palabras, sólo considera al hombre en relación con su condición de animal. Tiene razón en muchos aspectos en lo que tiene que decir al respecto, pero al hacerlo sitúa al hombre, por así decirlo, fuera de la esfera de su consideración. No puede responder a la pregunta sobre la naturaleza del hombre con sus medios, es más, sólo puede entenderse a sí misma correctamente si declara que esta pregunta sobre la naturaleza del hombre queda fuera de su ámbito.

Por supuesto, esto es sólo una referencia al sentimiento que se desprende de la totalidad de un ser humano sano, que precisamente en la medida en que se ve a sí mismo en conexión con la totalidad de la naturaleza, debe llegar realmente a la conciencia de Dios, pero inicialmente sólo a la conciencia de Dios, no a la conciencia de Cristo.

Ahora bien, una persona que hace uso de su sano juicio, de su sana sensibilidad, no puede ser atea. Ya lo he expresado aquí diciendo que, aunque no todas las enfermedades leves puedan diagnosticarse por medios ordinarios, está claro para cualquiera que sepa distinguir entre una persona sana y una enferma que el ateísmo sólo puede encontrar su lugar en una disposición patológica de la naturaleza humana en su conjunto. Por lo tanto se puede decir: Negar a Dios en realidad es el resultado de estar enfermo. Pero ahora se trata de lo siguiente: En la época actual de la evolución humana llegamos a esta conciencia de Dios, yo diría que sólo de manera vacilante, dudosa, si pasamos por alto todo; pues aquí hay que llamar la atención sobre una deficiencia importante de nuestra pedagogía actual, esa deficiencia que, por ejemplo, el movimiento de las escuelas Waldorf quiere corregir. Cuando se habla de la decadencia de la civilización actual, no se puede ignorar realmente el movimiento juvenil actual. Este movimiento juvenil significa mucho más de lo que se suele pensar, y considero algo extraordinariamente significativo que en una serie de actos recientes organizados por nuestro movimiento antroposófico, entre ellos el último Congreso de Stuttgart, un número considerable de miembros del movimiento juvenil se reunieran y tomaran realmente la decisión muy positiva de unirse a lo que quiere la corriente espiritual antroposófica, también desde el punto de vista del movimiento juvenil. Se puede pensar lo que se quiera sobre los detalles de este movimiento juvenil, pero hay que advertir que en una gran parte de nuestra juventud se ha desvanecido la autoridad hacia la generación de más edad, que se supone que es el líder de la juventud. Aunque uno pueda decir muchas cosas críticas sobre la juventud actual, no puede evitar darse cuenta de ello: Cuando los jóvenes dicen que ya no pueden reconocer la autoridad, tal y como la encuentran, la culpa de ello no puede atribuirse sólo a la juventud, sino que debe atribuirse a la edad que se supone que es quien lidera a la juventud. Hace poco, durante una conferencia que di en Aarau (Suiza), se habló precisamente de la falta de autoridad de los jóvenes de hoy. Al final de la conferencia, apareció un representante religioso y regañó a la juventud de hoy. Pero esta regañina no sirve de mucho ante algo tan elemental. Hay que entender las cosas. Fue interesante cuando un chico muy joven de la propia escuela cantonal, -la escuela cantonal de allí es en realidad una escuela secundaria-, se levantó después y, en mi opinión, pronunció el mejor discurso del debate. Se levantó con mucho ardor y dijo: «Queremos autoridad, en realidad ansiamos autoridad, pero cuando miramos a los ancianos, ¿Acaso vemos otra cosa que no sea que ninguna autoridad puede venir de estos ancianos?

Los vemos pelearse en cada ocasión, enfrentados. - Y luego enumeró todo tipo de cosas que los jóvenes notan en los ancianos de hoy, y finalmente dijo:

¡Ansiamos autoridad, pero no podemos tenerla!

Pero si uno ve a través de lo que se trata todo esto, encontrará que la civilización actual se ha vuelto altamente intelectualista, que en realidad todo lo que se considera a sí mismo como guía y autoridad hoy en día se ha vuelto intelectualista, puramente intelectual. Básicamente, la ciencia natural y la cultura intelectual van juntas. La ciencia natural es lo objetivo, la cultura intelectual lo subjetivo. Pero la cultura intelectual, el intelectualismo, sólo se da de forma natural a cierta edad. De niño no se puede ser intelectualista. Los niños no son intelectualistas. En realidad, el intelectualismo sólo puede aparecer tras la madurez sexual. Y como la humanidad ha crecido completamente en el intelectualismo, hoy todo está dominado por él. Los que hoy suelen rechazar el intelectualismo y arremeten contra él, lo hacen sobre todo por un tipo distinto de intelectualismo. Hoy, todos los que reivindican el intelectualismo son abstraccionistas. Pero el intelectualismo sólo nos llega realmente a una edad más avanzada, y como estamos abrumados por él, los niños ya no nos entienden y ya no pueden tener nada que ver con las formas de pensamiento que adoptamos bajo la influencia del intelectualismo, y nosotros mismos ya no sentimos lo que absorbíamos cuando éramos niños. La edad infantil ya no está plenamente viva en nosotros. Nos hemos intelectualizado tanto que el niño ya no desempeña ningún papel en nosotros. Pero no podemos ser pedagogos, educadores, al haber sido completamente abandonados por lo que nosotros mismos experimentamos de niños. Así que ya no sabemos qué decir a los niños y éstos crecen sin ningún cuidado especial por su ser. Declamamos que debemos ser descriptivos, pero lo descriptivo es sólo el lado objetivo del intelectualismo. De este modo creamos un abismo entre nosotros y la juventud, y esto es lo que encontramos en el movimiento juvenil. Pero, de nuevo, con sólo criticar el intelectualismo no se logrará nada. Al fin y al cabo, ha sido un fenómeno necesario en la civilización occidental de los últimos tres a cinco siglos, en realidad desde los siglos XIII al XV. Fue necesario que surgiera para que la humanidad pudiera vivir realmente el impulso de la libertad. De modo que no se trata sólo de criticar el impulso intelectualista, sino de comprenderlo correctamente, para poder luchar por un desarrollo ulterior hacia algo distinto de la vertiente intelectualista precisamente a través de esta comprensión.

Y ahora debemos decir: ¿Cuál es la esencia de este intelectualismo? En realidad ya se indica al señalar la conexión entre este intelectualismo y el sentimiento de libertad. Y el sentimiento de libertad es a su vez inconcebible sin el pleno desarrollo del Yo humano. En realidad, es el desarrollo del yo lo que ha surgido en cierto modo en los últimos tiempos en la humanidad y que desde el alma consciente se apodera del yo. Esto es lo esencial que da el impulso a la civilización occidental más reciente. Pero este yo, del cual el hombre es plenamente consciente desde hace tres, cuatro, cinco siglos, sólo puede provenir inicialmente del cuerpo humano. La experiencia del yo entre el nacimiento y la muerte sólo puede provenir del cuerpo humano; esto puede comprobarse en particular a través de la investigación espiritual antroposófica.

Uno de los momentos más importantes para toda la vida después de la muerte es el momento mismo de morir. Este momento de la muerte, por supuesto, sólo es conocido por el ser humano terrenal en su aspecto externo. En el aspecto interno él debe reconocerlo a partir de aquella conciencia que el propio muerto tiene entre la muerte y un nuevo nacimiento. Que esto se produzca más o menos tarde después de la muerte no debe preocuparnos ahora. Hoy queremos poner ante nosotros en general la conciencia que el hombre tiene entre la muerte y un nuevo nacimiento. Esta conciencia depende absolutamente del hecho de que el hombre tenga una impresión extraordinariamente significativa en el momento de la muerte. Tengan ustedes en cuenta que durante toda la vida entre el nacimiento y la muerte el hombre sale de su cuerpo físico y etérico sólo con su yo y su cuerpo astral, es decir, en estado dormido; de modo que durante la vida entre el nacimiento y la muerte hay una conexión constante e ininterrumpida entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico. Al morir, el ser humano abandona el cuerpo físico es decir la conexión con su cuerpo etérico se interrumpe, -como ustedes saben, permanece junto a su cuerpo etérico durante días-, de modo que sólo tiene esta experiencia de su cuerpo físico completo en el momento de la muerte. Si se quiere tener conocimiento de algo, no se puede tener de otra manera que teniendo la cosa a conocer fuera de uno mismo. Así como no se ven los elementos que componen nuestro ojo, sino que sólo se ve lo que está fuera del ojo. Así tampoco se ve nada de lo anímico-espiritual que se tiene dentro. Hay que salir primero de uno mismo con la parte anímico-espiritual del propio ser, para luego mirar desde el exterior al propio cuerpo, (físico). Esto sucede en el momento de la muerte en relación con la separación del cuerpo etérico y el cuerpo físico. Cuando una persona se duerme, en realidad nunca tiene una visión consciente y completa de sus cuerpos físico y etérico. Ambos permanecen atrás al quedarnos dormidos. Esta es la razón por la cual, cuando se alcanza la conciencia visual en el dormir, sólo puede ver la cabeza humana y la parte del torso, y que en realidad no puede ver las extremidades humanas en el dormir ordinario. Sólo en la muerte, Al morir, existe el momento en que el hombre se tiene a sí mismo completamente ante sí, al igual que si fuera un objeto, en relación con su cuerpo físico, y esta impresión permanece todo el tiempo desde la muerte hasta el nuevo nacimiento, me gustaría decir, como el final de la perspectiva en la que uno mira hacia atrás después de la muerte. Este momento de morir lo ve uno, porque si no tuviera al yo como objeto, no se reconocería a sí mismo como un yo, carecería de yo, en el sentido de que aquí en el mundo físico, se posee aquello que uno trae a la conciencia, a saber, el cuerpo físico completo, como objeto de cognición ante sí mismo en el momento de morir. Esta tremenda impresión que uno puede decirse a sí mismo: Lo que tu conciencia del yo te ha dado, tu cuerpo físico completo, total, ¡que has visto en el momento de morir! Esto permanece y forma el contenido de la conciencia del yo entre la muerte y el nuevo nacimiento, donde todo se vuelve temporal, donde en cierto sentido lo espacial ya no existe. Después de la muerte se mira hacia atrás desde ese punto y es visto como un punto importante, como el final de la perspectiva, -la dirección continúa después, pero en el momento de la última muerte, ese momento de morir-, se produce el destello. Este destello actúa como un «enlace temporal», me gustaría decir, después de la muerte, al igual que el organismo físico espacial proporciona la conciencia del yo entre el nacimiento y la muerte. De modo que podemos decir: La conciencia del yo aquí en la vida terrestre proviene en realidad del cuerpo físico.

Ahora nos ocurre lo siguiente. A través de nuestros sentidos contemplamos la naturaleza exterior. Vemos los tres reinos de la naturaleza exterior: el mineral, el vegetal, el animal y el reino físico humano. Vemos nubes, ríos, montañas, estrellas, etcétera. Todo cuanto allí se ve puede considerarse «naturaleza», y lo que allí se ve también suministra continuamente los elementos, sustancias que también penetran en el organismo humano, tanto el físico como el etérico. Con la alimentación son absorbidas las sustancias del mundo físico-sensorial. Estas sustancias despliegan sus poderes y actividades físico-químicas incluso cuando están en el organismo humano. El ser humano es, por así decirlo, en lo que se refiere a su organismo físico, lo que toma de la naturaleza externa. Los minerales, las plantas y los animales tienen, si se me permite la expresión, derecho a ser «naturaleza». Pero cuando lo que contienen tales sustancias entra en el organismo humano con el alimento, la respiración, etc., se convierten en algo distinto de la naturaleza. Luego, en el organismo humano devienen de tal manera que se puede decir: Aquello que vive en la naturaleza no debe poder seguir siendo naturaleza, si el hombre ha de seguir siendo «hombre». Los seres de la naturaleza sólo tienen derecho a ser naturaleza fuera del hombre; dentro del hombre la naturaleza se convierte en un elemento destructivo. Allí se convierte en aquello que continuamente quiere disolver al ser humano y que también le inflige fuerzas anímicas que obran en pro de la destrucción.

A este respecto, las antiguas conciencias instintivas de la humanidad sabían ver mucho mejor que el intelectualismo actual. El intelectualismo actual parte de conceptos, no de hechos, y cuando los hechos no concuerdan con los conceptos, reinterpreta los fenómenos para ajustarlos a sus conceptos. Hoy no se habla de que las plantas, los animales y los seres humanos lleguen a su fin, sino que se dice que hay que investigar la muerte. El hecho de que el fin de las plantas, el fin de los animales, el fin de los seres humanos pueda ser algo completamente distinto, que no pueda resumirse bajo el concepto común de «muerto», es algo que hoy nadie considera. Para el mundo actual, si se llama la atención sobre estas cosas, devienen grotescas y paradójicas. Pero definitivamente es así en este aspecto. Hoy alguien dice: Un cuchíllo es un cuchíllo, -y luego coge una navaja y quiere cortar su carne con ella, porque- ¡un cuchíllo es un cuchíllo! Hoy en día, cuando la gente cree tener los dos pies en el suelo, es importante darse cuenta de que la realidad no puede alcanzarse con conceptos abstractos. El intelectualismo no lo tiene en cuenta, porque parte de conceptos en lugar de hechos. Por eso tampoco se da cuenta de lo justificado que estaba hablar, -partiendo de niveles de conciencia más antiguos-, de que la naturaleza en sus efectos y procesos, al seguir existiendo en el hombre, pierde el derecho a seguir siendo naturaleza, sino que tendría que transformarse, y que ésta, en el hombre, si quiere conservar su validez como naturaleza, se convierte en «pecado». El concepto de pecado en relación con los fenómenos naturales ya no existe. No se ve el puente entre lo natural y lo que está arraigado en el hombre como anímico-espiritual. Los animales, las plantas y los minerales es correcto que sean naturaleza fuera; lo que entra en el hombre procedente de ellos, debe ser transformado por el hombre, pues si permaneciera como naturaleza se transformaría en algo destructivo. Es decir, si es mera naturaleza y el hombre no tiene poder para transformarla, se convierte en enfermedad, y al ser impartida al alma, en pecado.

Cuando una persona que analiza sin prejuicios su relación con el mundo de los sentidos se pone en situación consigo misma y considera todo lo que se puede tener en cuenta, debe decirse lo siguiente: Si miro a la naturaleza y considero en primer lugar mi procedencia de ella, entonces no puedo ser ateo. Pero, por otra parte, precisamente como hombre del presente, como hombre de la época más reciente, no puedo dejar de atribuir mi conciencia del yo al mero cuerpo físico, a la existencia natural dentro de mí. Lo que expreso aquí en mis pensamientos está ciertamente presente en los sentimientos y emociones de toda persona sana de hoy que no tema llegar al autoconocimiento. Si sólo por miedo o conveniencia, él no evita mirar en su propio ser interior, llega a este dilema diciéndose a sí mismo: Si yo me considero un ser de la naturaleza, que he surgido de la naturaleza, entonces, en la base de todo el mundo, que también me contiene, tiene que haber un ser de Dios. Pero, en realidad, este sano sentimiento se contradice con el desarrollo moderno del yo, pues éste sólo puede provenir de la existencia natural del cuerpo físico y, -como les he mostrado-, incluso a través de la impresión que la muerte produce en el hombre. A consecuencia de esto resulta que instintivamente, el hombre moderno debe dudar de la conciencia de Dios, pero no porque algo en la contemplación de la naturaleza le aleje de la conciencia de Dios, sino porque el hombre de la época actual, teniendo en cuenta la totalidad de su ser en términos de cuerpo, alma y espíritu, no puede estar completamente sano a causa de su conciencia del yo. Pues: La naturaleza en el hombre, si permanece tal como es y tiene influencia sobre el alma, significa algo patógeno, y sobre el alma tiene la influencia de la aberración, de la pecaminosidad.

Por supuesto, no debe uno adoptar una visión filistea de esto, sino que debe mantener ante sus ojos los hechos, tal y como se presentan desde la existencia. Dicho de otro modo: Si nos remontamos a la antigüedad, cuando aún no existía la conciencia del yo, la existencia de Dios siempre se la representaba bajo el concepto del Padre, independientemente de si se la representaba modificada hacia un lado o hacia el otro. La existencia de Dios no podía representarse de otra manera que como una existencia de Dios única, que abarcaba más o menos el universo, que se intentaba captar desde el concepto del Padre; y como la conciencia del yo no existía todavía, puesto que sólo puede surgir de lo natural, nada perturbaba esta conciencia del Padre. En realidad, el hombre moderno sólo puede tener esta conciencia del Padre si amortigua su yo y retira algo de sí mismo, tal vez mediante el fortalecimiento moral, pero que, sin embargo, debe surgir con el desarrollo de la libertad, con el desarrollo de la humanidad moderna. Por eso el hombre, tal como vive hoy, no puede contentarse realmente con la conciencia única, con la conciencia del Padre. Debe decir: Tendría esta conciencia paterna si aún pudiera ser instintivo como la humanidad que existía antes de que se desarrollara el sentido elevado del yo. Pero como ser humano del presente, esta conciencia del yo me impide enfrentarme plenamente a la conciencia del padre en dependencia de ella.

Ocurre lo que el hombre moderno puede muy bien experimentar reflexionando sobre su yo, cuando se da cuenta de que el yo, si no tiene el cuerpo, se extingue. Al dormirse se extingue, en cambio en la muerte sólo se mantiene gracias a que tiene la visión del cuerpo en el momento de la muerte. El hombre sabe que precisamente debido a su conciencia del yo se aleja de la conciencia divina del Padre. Pero debe sentir esto como algo morboso, y si lo siente como morboso de la manera correcta, surge para él el impulso que le conduce al Cristo que está presente hoy. A la conciencia del Padre tendrá que añadírsele la conciencia del Hijo a partir de la experiencia anímica interna. Esta conciencia de Hijo sólo puede entrar en nosotros a través de una acción libre. Y esto hemos de reconocerlo: Si el ateísmo es en realidad un síntoma de enfermedad, entonces lo que puede llamarse agnosticismo hacia el Misterio del Gólgota, agnosticismo sobre todo hacia el Cristo actual, ¡es una desgracia, una fatalidad! No es necesario estar completamente sano para ser abandonado por la conciencia del Padre, -pero en este sentido la humanidad moderna no está completamente sana-, sino que es necesario un acto de búsqueda del espíritu Crístico libre si se quiere llegar hasta el Cristo. 

Para ello son absolutamente necesarias dos experiencias: Una es la conciencia del Padre, pero debo decir que en el actual desarrollo de la humanidad existe una conciencia nublada del Padre. Si no hubiera adquirido la conciencia del yo en el curso del desarrollo humano, la conciencia del Dios Padre estaría allí; pero debido a que surge la conciencia del yo, y ésta debe surgir a partir de lo que, abandonado a sí mismo, está enfermo en el ser humano, la conciencia del Padre divino está nublada por el momento, y uno debe llegar a la conciencia del Cristo a través de un acto libre, que es diferente de encontrar al Padre. 

Estas dos experiencias, como ya he indicado aquí, no se distinguen entre sí en la civilización occidental. Precisamente en Solovyov encontramos que él, desde otro tipo de conciencia, distingue estrictamente la conciencia del Padre de la conciencia del Hijo. En Occidente ambas se diferencian tan poco que un relato autorizado de la naturaleza del cristianismo podría incluso decir: No es el Hijo quien pertenece a los Evangelios, sino sólo el Padre, el Hijo en realidad sólo como el Maestro del Padre. - Así pues, no hay conciencia de que se puedan tener dos actos de experiencia: uno hacia la experiencia del Padre, que hoy está enturbiada, y otro hacia el Hijo. Si bien, cuando se tiene esta experiencia del Hijo, al principio sólo se llega a un encuentro presente con el Cristo, y todo el mundo puede llegar a este encuentro presente con el Cristo, por así decirlo al Cristo eterno, desde la relación subjetiva del presente. Pero quien rechaza el encuentro presente con el Cristo y vive dulcemente como en la época anterior de la humanidad, no alcanzará esa constitución interior que le lleva al encuentro con el Cristo. Pero el que siente realmente lo que el tiempo más nuevo puede darle, llegará a ese acto interior de encuentro con el Cristo y probará así que el Cristo está ahí.

Pero el Cristo histórico aún está por investigar. Hoy en día, en la era del materialismo, también debemos tener la oportunidad de mirar la historia desde un punto de vista diferente del que es posible para la conciencia externa. Debo hacer notar algo que debe observarse estrictamente. Esta iluminación dirigida hacia los mundos superiores suele tomarse de forma demasiado externa. La gente todavía presta muy poca atención al hecho de que quienes hablan de los mundos superiores deben hablar en realidad en un estilo diferente al de quienes hablan del mundo físico, y no sólo en un estilo exterior diferente, sino en un estilo interior diferente. Cuando vivimos aquí en el mundo físico y permitimos que este mundo tenga un efecto sobre nosotros, distinguimos, para la conciencia actual, entre lo correcto y lo incorrecto lógicamente, diría yo; también lo llamamos verdadero y falso. Y examinamos si algo es correcto o incorrecto, verdadero o falso, según razones lógicas o externas de la realidad. Pero precisamente así es como nos adentramos en la abstracción, en la vida intelectualista. Pues todo discernimiento lógico, sobre si algo es verdadero o falso, se basa en conceptos abstractos cuando sólo se toma como base la percepción sensorial externa, en observación o experimento. Sin embargo, cuando conocemos algo, nos movemos en conceptos abstractos. Cuando ascendemos a los mundos superiores, ya no podemos conservar la misma abstracción de conceptos. Allí todo se vuelve mucho más vivo, y se asemeja a lo viviente, no meramente a lo pensado. Por lo tanto, quien contempla los mundos superiores no debe limitarse a hablar de verdadero o falso, de correcto o incorrecto -¡claro que debe hacerlo! - sino que deben, por ejemplo, hablar de algo que está bien aquí en su reflejo en el mundo físico como algo sano, y de algo que está mal aquí en su reflejo deben hablar de ello como algo enfermo. No es adecuado en absoluto para el mundo superior contiguo que hablemos de verdadero y falso; allí nos encontramos por doquier con lo sano y lo enfermo, lo sano y lo malsano. Quienquiera, por lo tanto, que hable de los mundos superiores con respecto a la lógica abstracta como lo hace del mundo físico, muestra con esto que no tiene ninguna concepción real de los mundos superiores.

Ahora, sin embargo en el desarrollo histórico de la humanidad, ocurre algo muy peculiar. Si lo observamos imparcialmente, nos muestra épocas antiguas llenas de sabiduría, y si tenemos un sentimiento sano, sentiremos una profunda reverencia por la sabiduría original de estas épocas más antiguas. Si, por ejemplo, observamos los orígenes de lo que se ve reflejado en los Vedas, en la filosofía Vedanta, veremos que se basa en una sabiduría tan profunda: Ha sido extraída y revelada de una sabiduría tan profunda que uno debe sentir la más profunda reverencia por ella. Esta sabiduría primordial de la humanidad se aborda de forma diferente a la erudición abstracta de hoy en día. Pero cuanto más avanza la humanidad en su desarrollo, más y más se paraliza esta sabiduría primigenia, por así decirlo, y vemos que la parálisis más fuerte de esta conciencia humana más original, más llena de sabiduría primigenia, se da en aquella época en la que tiene lugar el Misterio del Gólgota. No es necesario tener en cuenta los documentos externos, en la medida en que estos documentos, como los Evangelios, hablan literalmente del Misterio del Gólgota. Basta con observar con una mirada imparcial pero ahora más elevada, el desarrollo histórico de la humanidad, y cuanto más atrás se mira, más y más oscura se vuelve esta sabiduría primordial en la mente humana. Lo que entonces se expresaba plenamente en el siglo XV ya se insinuaba en las épocas griega y latino-romana. En el fondo, la humanidad sólo tiene tradiciones de sabiduría primordial, ya no la experimenta, y se anuncia lentamente lo que después emerge como plena conciencia del yo. A este respecto, nuestra ciencia externa ha avanzado realmente poco hacia lo que hay que estudiar precisamente en esta época, en la que, por otra parte, se inscribe el Misterio del Gólgota. Hay tremendos problemas cuando miramos hoy, por ejemplo, el alfabeto griego, donde las letras todavía tienen nombres, alfa, beta, gamma, y seguimos el camino hacia el posterior alfabeto latino, donde ya no tienen nombres. Estas transiciones, que son profundamente indicativas de estados de desarrollo histórico, no se tienen en cuenta en absoluto. Por ejemplo, no se presta atención a lo que significa realmente nuestra palabra «alfabeto», que sigue tomándose del griego. Si se investiga esto, y una verdadera ciencia lingüística podrá investigar estas cosas, resultará que el alfa griego expresa básicamente lo mismo que se expresa en el Antiguo Testamento con las palabras: En el hombre se insufló el aliento vivo -de modo que se verá en el aliento, en el soplo, lo que inicialmente hace al hombre. Una vez que se examina la palabra Alfa, que es una palabra, se verá que ¡es el hombre! ¡Es el ser humano! La primera letra del alfabeto no es otra cosa que la expresión del hombre. Y la beta es la «casa», y el principio del alfabeto es: El hombre en su casa. - Esta visión del alfabeto se perdió por completo en épocas posteriores, cuando el intelectualismo se desarrolló cada vez más. Las letras sólo servían para distinguir cosas externas. Lo que yacía en la revelación de la sabiduría primordial se desprendió, la «palabra» de la revelación primordial se exteriorizó, y ya no se comprende lo que le fue revelado a la humanidad en las letras, e incluso en las palabras. En las logias y órdenes tradicionales de hoy en día, se habla de la «palabra oculta» en todas partes, pero la humanidad sabe muy poco de lo que esta palabra oculta tenía de realidad, de cómo el propio alfabeto hablaba de la palabra oculta, y de cómo se ha difuminado y fragmentado.

Por supuesto, también podría partir de otra cosa para mostrar el tan profundamente incisivo impulso de desarrollo qué hubo en la época de la civilización griega y latina. Cómo la civilización griega intentó ayudarse a sí misma a través de un arte especial para superar esta, yo diría, enfermedad que surgió en la humanidad es palpable para cualquiera que quiera verlo. Sólo me gustaría llamar la atención sobre una cosa.

Hoy en día, cuando la gente habla de teatro, por ejemplo, piensa que es algo para mirar, algo que forma parte del lujo de la vida. Se mira y luego se dice que es bello. Los griegos, sin embargo, tenían la idea de la catarsis, de la purificación, de depuración como lo más importante en el drama. Era algo que no sólo significaba un proceso externo, fantástico, sino que también apuntaba claramente a sus orígenes médicos. La catarsis es la crisis que se supera, y a través de la tragedia de los griegos el alma entraba en crisis, de modo que experimentaba una purificación en la vivencia del miedo y la piedad al ser sometida a los efectos de estas fuerzas opuestas a lo largo del drama. El griego no concebía su arte en un sentido filisteo, sino más bien curativo. Pues aún percibía la actividad de una sabiduría primordial. Para él aún existía una sabiduría primordial sana, pero con el tiempo se paralizó y se produjo una especie de proceso enfermizo. El griego quería expresar con su arte, -Nietzsche lo intuyó, se puede leer en su libro «El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música»-, algo así como: hay algo que curar en la humanidad. Y los terapeutas, los esenios, suponían en todas partes que había algo que curar en la humanidad. Y si el Misterio del Gólgota no se hubiera producido en la humanidad, si viviéramos hoy de tal manera que yo tuviera que hablar sin que el Misterio del Gólgota estuviera presente, sólo podríamos señalar un proceso de enfermedad en la humanidad. De modo que con respecto al Misterio del Gólgota se nos aclara algo cuando aplicamos los términos sano y enfermo en relación con la historia de la humanidad. Esto es lo importante:

Ustedes pueden aplicar todos los conceptos de lo correcto y lo incorrecto, pero en el trascurso de la evolución llegarán a un punto en el que tendrán que ver las cosas de otra manera. Porque cuando se adentren en la época griega, llegarán a un momento en que la humanidad ha enfermado y la salud emana del Misterio del Gólgota. Los terapeutas ya lo señalaban y decían: «Está surgiendo el gran terapeuta, el Salvador, que ha de curar a la humanidad en sentido literal. Sólo es cuestión de profundizar lo suficiente en el transcurso del desarrollo humano y no detenerse en los habituales conceptos abstractos, sino captar la vida histórica con conceptos médicos, según las categorías de sano y enfermo.  Entonces se comprenderá la necesidad de un proceso de curación y se comprenderá también cómo interviene el «salvador», -éste no es un término diferente del de «terapeuta»-, en la humanidad. Entonces se comprenderá que en el desarrollo de la humanidad en la tierra tiene que intervenir algo que no podía hacerlo a través de las mismas fuerzas que antes estaban presentes en la humanidad. Tuvo que venir un nuevo impulso extraterreno para sanar a la humanidad.

Así es como se puede mirar el desarrollo histórico y así es como hay que mirarlo cuando, sin entrar en el contenido de los documentos históricos, sólo se mira la configuración de cómo se ha desarrollado la humanidad. Entonces se llega al concepto del Cristo extraterrenal, que desde regiones extraterrenales se unió a la evolución terrestre a través del Misterio del Gólgota. Si se quiere comprender la historia, hay que hacer realidad esta visión. Quien no quiera aplicar esta visión al desarrollo de la historia según los conceptos de sano y enfermo, no le queda otra que admitirse a sí mismo que la historia sigue siendo incomprensible para él. Alguien así no puede entender cómo llegó a África lo que una vez había vivido en Oriente y luego se convirtió en grecorromano. Consideramos, con razón, que el desarrollo griego fue extraordinariamente saludable. ¿Por qué? Porque los griegos tenían la sensación de que había que combatir las enfermedades y querían organizar la vida en consecuencia. Y existe una armonía particularmente extraña entre las personalidades griegas concretas en el sentido de que sentían que había que luchar contra algo. Y este dejar de sentir y el navegar cada vez más hacia lo abstracto, que convierte incluso a los dioses en abstracciones, es la peculiaridad del romanismo y sigue siendo su peculiaridad. Europa fue educada por el romanismo hasta el siglo XV, cuando llegó a aceptar al Cristo cósmico en su conciencia; antes de eso, el Cristo fue traído a Occidente por el romanismo. Sólo quería aportar hoy algunas cosas para que uno pueda ir comprendiendo poco a poco lo que está escrito en el Misterio del Gólgota: que uno realmente no debe quedarse en algo que se desarrolló desde la antigüedad hasta el Misterio del Gólgota. Uno se da cuenta entonces de que, si se procede de esta manera, en realidad ya no hay ninguna diferencia entre lo que ciertos teólogos tienen en su teología de Jesús y lo que tiene un historiador secular, como Ranke. Ya no se puede distinguir entre lo que ciertos teólogos tienen en relación con la historia de Jesús y lo que, por ejemplo, un hombre como Ranke dice al respecto. Pero todo radica en ver a través de qué manera el Cristo como ser extraterrenal se unió con Jesús de Nazaret, el cual nació como uno más de la humanidad en el transcurso del tiempo. Precisamente aquí se produce algo que ha dado lugar a los mayores malentendidos con respecto a este camino necesario de la antroposofía hacia el Misterio del Gólgota. Era característico de toda la antigua sabiduría instintiva no haber separado lo espiritual y lo físico. Pues, si se separan ambos, se llega a un concepto imposible de la materia en lo físico, y en lo espiritual, es decir, en la experiencia espiritual del hombre, precisamente a la abstracción, al sistema conceptual sin vida. Esto sólo se ha vuelto característico de la humanidad reciente, el separar de esta manera lo material y lo espiritual. Y así, la antroposofía nos lleva de nuevo a comprender que tenemos que mirar toda la naturaleza, me gustaría decir, lo mismo que miramos una fisonomía. Miramos una fisonomía de tal manera que pensamos que está impregnada de lo anímico. Leemos en ella lo que es anímico. Así era antaño en la sabiduría primordial, y así hoy la sabiduría más reciente, impregnada de luz, nos lleva de nuevo a una visión fisiognómica del mundo de las estrellas, por ejemplo. Esto nos lleva a algo que nos permite dirigirnos al Cristo como el ser solar, aunque con ello no se pretende decir que el Cristo sea el ser solar físico como tampoco que el hombre sea solo el ser corporal físico. Pero ésta es la única manera de reconocer cómo pudo vivir algo extraterrenal en el Jesús de Nazaret que vivió en Palestina. Pero esto está envuelto en la incomprensión más extrema, especialmente entre los teólogos. Incluso les parece «ofensivo» que la antroposofía asocie al Cristo con el sol y con el mundo cósmico exterior en general. ¿Por qué la gente encuentra esto así? Es extraordinariamente característico. La Antroposofía dice que conduce del Cristo al sol. Pero para esta gente el sol es sólo la bola ardiente de niebla que está ahí fuera; por lo tanto, es ofensivo asociar esta bola ardiente de niebla solar con el Cristo. Pero eso ya lo sabemos: La teología se ha vuelto materialista y por eso sólo puede ver en el cosmos el mundo material. Pero la antroposofía muestra que este mundo material se espiritualiza por doquier. La teología, sin embargo, es incapaz de desprenderse de lo material, y por eso se siente ofendida cuando la antroposofía habla de Cristo como un ser solar. A partir del materialismo, del materialismo más profundo sobre la estructura del mundo, precisamente este punto sobre la cristología se encuentra ofensivo. Aquí se ve cómo el materialismo lo corroe todo. Se ha apoderado de la teología, y dado que la teología se ha vuelto materialista, conduce a malentendidos sobre la antroposofía. Desde el mundo ordinario sólo podemos ser materialistas, y si alguien de este mundo permite que el Cristo baje, entonces esto sólo puede entenderse de forma materialista, lo cual resulta insultante. Precisamente en estos puntos es donde debemos señalar la materialización de toda la cultura, que sólo teme admitir ante sí misma sus fundamentos. Pero no saldremos de la decadencia hacia un nuevo ascenso si no contemplamos estos fundamentos de una manera completamente desprovista de prejuicios, de miedo y de temor. Debemos salir de aquello que ha llevado a la humanidad europea y occidental a este declive, que ha conducido a estas terribles catástrofes. Sólo el conocimiento intrépido de todo lo que el hombre puede experimentar del mundo es adecuado para ello. Para ello también es necesario entrar de forma libre de prejuicios en aquello que realmente no es útil de la esfera del intelectualismo cuando se entra en los mundos superiores.

Mucha gente dice todavía hoy: Ciertamente, lo que se comunica desde los mundos superiores es insólito; tiene uno que adentrarse en esos mundos, de lo contrario no puede comprenderlo. Pero no es así. La gente sólo cree que es así porque quiere abandonarse a esos conceptos que sólo se aplican al mundo físico que tenemos entre el nacimiento y la muerte. Por ejemplo, hoy prevalece la creencia de que precisamente porque todo en todas partes se desarrolla a partir de conceptos, a pesar de la creencia de que somos inductivos y empíricos, pensamos que podemos expresarnos de forma absoluta. Por supuesto, uno debe decirse a sí mismo: cuando el hombre se duerme, el yo y el cuerpo astral emergen del cuerpo físico y etérico, y permanece inconsciente hasta que se produce de nuevo el despertar. Esto es bastante saludable para la humanidad actual, pero no se aplica a todo el desarrollo de la humanidad. Si, por ejemplo, nos remontamos a los tiempos de los que surgieron las culturas india y proto-Persa, encontramos que en todas partes subyacía una concepción diferente, a saber, que el hombre con su yo y su cuerpo astral se sumerge más profundamente en su cuerpo físico y etérico cuando se duerme que cuando se despierta durante el día. Los antiguos indios no decían: Cuando una persona se duerme, su yo y su cuerpo astral abandonan su cuerpo físico y su cuerpo etérico. Sólo los teósofos hacen creer que el indio hablaba así. Él más bien decía que cuando la gente se duerme se sumerge más profundamente en los cuerpos físico y etérico. Y eso es básicamente bastante correcto, porque la materia se comporta en realidad como si se quisiera decir en un sentido absoluto: para la tierra, el sol sale por el este y se pone por el oeste. Pero no es así, porque para la otra mitad de la Tierra el proceso es inverso. También se puede llamar este y oeste, pero las relaciones direccionales son diferentes. Por lo tanto, es cierto que durante cierto tiempo el yo y el cuerpo astral se sumergieron más profundamente en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico, y que por lo tanto la impresión era también muy diferente. Por eso el indio también habla de manera muy diferente, porque el hombre estaba en un tipo diferente de conciencia, a saber, en aquello de lo que el hombre de hoy no tiene plena conciencia, en sus funciones rítmicas y metabólicas. De éstas no tiene conciencia, porque para el hombre de hoy en términos de conciencia es como si soñara con respecto a sus funciones rítmicas, mientras que en cuanto a sus funciones metabólicas duerme.

Por lo tanto se puede decir: Debe ser comprensible que la gente tuviera que experimentar cosas diferentes en épocas diferentes sobre algo de lo que hoy creemos que podemos hablar con absoluta certeza; y sólo entonces podremos comprender el desarrollo de la historia si permitimos que los hechos hablen sobre estas cosas, y no los conceptos que nos hemos construido. Hoy, cuando Occidente y Oriente, el Oeste y el Este, se enfrentan de un modo tan candente que hay que encontrar un equilibrio, hoy la humanidad debe ser capaz de volver a estos antecedentes; de lo contrario, se pueden seguir celebrando tantas conferencias de Washington como se quiera, todas acabarán en mera pantomima, si no se abordan los impulsos básicos del desarrollo humano. La gente todavía no cree esto hoy, pero es una verdad que debemos responder a aquello que mueve a la humanidad desde sus profundidades más íntimas si queremos salir de los fenómenos de declive hacia los fenómenos de emerger.  Hoy, lo que aquí se pide parece poco práctico. Pero la gente no se da cuenta de lo impracticable que es, máxime cuando se ha demostrado que es realmente impracticable, cuando se ha desarrollado hasta su extremo, se ha vuelto impracticable de 1914 a 1918 y lo sigue siendo. Pero además de todo esto, uno debe familiarizarse con la forma en que la conciencia religiosa puede ser iluminada y profundizada por el punto de vista antroposófico.

Hoy apenas he podido esbozar una de las vías por las que podemos llegar al Cristo cósmico, extraterrenal. Pero ya verán ustedes cómo más adelante esto puede evolucionar hacia una visión más profunda de la historia, donde se considere a la humanidad como un ser vivo. Y del mismo modo que se habla de sano y enfermo en el caso de un ser vivo, también hay que hablar de sano y enfermo en el caso de la humanidad si no se quiere permanecer anclado en el materialismo. No se puede decir que es difícil llegar a Cristo cuando se ve cómo no se han tomado los caminos adecuados. Una visión concreta y realista de la historia intentará acercarse al misterio del Gólgota desde diversos ángulos. Hoy, sin embargo, como no se pueden aportar razones contra la ciencia espiritual, se utiliza todo lo posible para denigrar a los portadores de la ciencia espiritual: se personaliza. Y es -lo digo realmente sin rencor- un terrible testimonio de la pobreza de los que hoy se oponen a la ciencia espiritual antroposófica, que en realidad se abstienen de entrar en la ciencia espiritual, que siempre sólo la rodean desde fuera, por ejemplo, presentando el acontecimiento de Cristo y la experiencia de Cristo como si la antroposofía racionalizara lo misterioso, como si bajara a la esfera del conocimiento racionalista ordinario aquello a lo que hay que acercarse con tímida reverencia. Pero piénsese: cuando se está cara a cara con un ser humano y se le mira, lo misterioso que todo ser humano es para nosotros no debe perderse por el hecho de que no sólo se oye hablar de él, sino que también se le puede mirar. El ser humano particular no puede medirse en términos racionalistas y mucho menos, por tanto, aquello que se nos presenta como el sentido más elevado del desarrollo terrenal: ¡el Misterio del Gólgota! Pero lo misterioso no se pierde por conducir a la contemplación; y la Antroposofía pretende precisamente conducir de lo que sólo se comunica o se cree a lo que se hace comprensible en la contemplación. No se suprime nada de lo que constituye el misterio. El Misterio permanece, pero no sólo para ser « dicho », sino para ser puesto ante la humanidad observadora.

Así es como se habla hoy en día de la crítica, en lugar de abordar lo que tan literalmente contiene la propia literatura antroposófica. No es necesario comprometerse con cada cosa que viene de tales sectores, pero debería haber una fuerte toma de conciencia dentro de los círculos antroposóficos de que cuanto más se afirme el movimiento antroposófico, más aumentará el odio contra él. Lo que se ha conseguido hasta ahora ya es mucho en términos de antagonismo, pero pueden estar seguros de que será superado. E incluso cuando se critica a la euritmia, como ha vuelto a ocurrir en los últimos días, me parece que lo único necesario es decirse a uno mismo: sólo sería cuestionable que los elogios vinieran de este lado. Entonces empezaría a preguntarme: ¿Qué es lo que habría que cambiar? - Este debería ser un sentimiento saludable para cualquiera que quiera formar parte del movimiento antroposófico de la manera correcta.

Hoy quería presentar algo que, en cierto sentido, parece ser un complemento de lo que pude decir la última vez que estuve aquí. Por supuesto, esto no supone una conclusión. Lo que he indicado hoy les llevará también un poco más lejos en cristología.

Traducido por J.Luelmo dic.2024


lunes, 10 de junio de 2024

GA096 Berlín, 25 de marzo de 1907 - El significado histórico - Cósmico de la sangre que fluyó del Cristo en la cruz

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IMPULSOS ORIGINALES DE LA CIENCIA ESPIRITUAL

RUDOLF STEINER

EL ESOTERISMO CRISTIANO A LA LUZ DE LOS  NUEVOS CONOCIMIENTOS ESPIRITUALES

El significado histórico - Cósmico de la sangre que fluyó del Cristo en la cruz

Berlín, 25 de marzo de 1907

El Lunes de Pascua quiero hablarles del Misterio del Gólgota. Hoy quizá podamos prepararnos un poco para ello. Lo que tengo que decir hoy se referirá sobre todo a un pasaje del Nuevo Testamento que a mucha gente le resulta imposible o, al menos, difícil de entender. Por lo menos se ve fácilmente que la gente no percibe que estas palabras tengan el significado profundo que ciertamente se les debe dar si se considera el cristianismo esotérico. Desde otro punto de vista, estas palabras nos adentrarán aún más en el espíritu y el sentido del cristianismo. Son palabras que conocéis bien: "Todo pecado y blasfemia será perdonado al hombre; pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no le será perdonada."

Tales palabras nos dicen, en efecto, el significado de la misión encomendada al cristianismo, y esencialmente el único instrumento adecuado para ayudarnos a revelar su profundo significado es la visión del mundo obtenida a través de la ciencia del espíritu. Los que lleguen a esta visión del mundo tendrán que acostumbrarse a conocer la gran misión mundial del movimiento científico espiritual desde muchos puntos de vista diferentes. El mundo tendrá que darse cuenta cada vez más de que este movimiento claramente no existe para fundar ningún tipo de nueva fe, ya no digamos de una nueva secta o similar. Los tiempos en los que se podían fundar nuevas fes y nuevas religiones especiales en el curso de la evolución humana han pasado. El futuro del desarrollo religioso está en convertir las religiones existentes en una gran religión para toda la raza humana. El movimiento para la comprensión espiritual no pretende predicar una nueva religión. Sólo quiere ser un instrumento para comprender las profundas verdades religiosas contenidas en los escritos religiosos originales.

Ya he dicho en varias ocasiones que hoy en día la tendencia en los círculos teológicos y religiosos es reducir las verdades religiosas al papel ordinario sin profundizar lo suficiente en ellas. Basta pensar en cómo satisface a la gente que se considere a Cristo Jesús como «el simple hombre de Nazaret »99 , una figura que la gente está ciertamente encantada de considerar uno de los grandes ideales de la humanidad, como Sócrates o Platón o Goethe o Schiller, pero no quieren ponerlo demasiado lejos del nivel de la humanidad común. A la gente nunca se le ocurre preguntar hoy si no es cierto que en el cuerpo de Jesús de Nazaret habitaba algo que iba más allá de toda humanidad común. la humanidad moderna parece haber ido mucho más allá de esa antigua cuestión gnóstica. La intención había sido apelar a toda la sabiduría humana para comprender lo que realmente sucedió en el año 1 de nuestro tiempo. Y así la gente también se contenta con cubrir una verdad tan grande como el pecado contra el espíritu santo con unas pocas frases moralistas, unas pocas palabras más bien comunes.

Pero los escritos religiosos originales no están para ser explicados en términos vulgares. No hay profundidad suficiente ni sabiduría lo bastante sabia para descorrer el velo que los cubre. También es importante no añadir nada cuando buscamos comprender el significado profundo. Esto no es demasiado difícil para una persona no académica, no científica; pero también es cierto que el documento religioso es tan profundo que ninguna sabiduría basta para descifrar completamente su significado. Ninguna mente es tan simple que no pueda obtener grandes y sublimes impresiones de los verdaderos escritos religiosos originales. Tampoco la sabiduría debe considerarse nunca tan elevada que sobrepase los límites de un verdadero documento religioso. Este es el punto de vista y estas son las convicciones desde las que vamos a considerar esas palabras.

En primer lugar, debemos tener claro qué es lo que se entiende por Espíritu Santo en el verdadero cristianismo esotérico y qué se entiende por los otros dos aspectos de la divinidad: el Hijo, el Verbo o Logos, y el Padre. Sería erróneo intentar penetrar en tales cosas por medio de especulaciones o cavilaciones. No se trata de que cada cual les dé el significado que quiera. El significado se lo dieron individuos que se llaman iniciados cristianos, y debemos guiarnos por las cosas que se enseñan en sus escuelas. Por lo tanto, es un error tomar la Biblia de manera superficial, especulando sobre el significado de un pasaje u otro. Un verdadero ocultista nunca haría esto. Él hace las cosas de otra manera, porque sabe que ha habido escuelas esotéricas de iniciación cristiana donde se enseñaba el significado profundo de los escritos cristianos originales. Nunca se ha enseñado de otra manera, y por lo tanto no hay diferentes puntos de vista al respecto.

Si hay algo por lo que queremos guiarnos, algo que a este respecto quizá haya salido más a la superficie de la historia externa, es la gran escuela esotérica cristiana que el propio apóstol Pablo fundó en Atenas, la Escuela de Dionisio el Areopagita. Los académicos han llegado a hablar de un pseudo-Dionisio porque los escritos que llevan su nombre sólo pueden rastrearse hasta el siglo VI. Los académicos no pueden conocer la verdad a este respecto a menos que se percaten de que las costumbres han cambiado enormemente a lo largo de los tiempos. Hoy en día, alguien que tiene una idea brillante no puede esperar a plasmarla en papel e imprimirla para que salga a la luz. En épocas anteriores, la costumbre era preservar cuidadosamente las verdades más sagradas del público en general, no bombardear a la gente con ellas. Las únicas personas a las que se permitía recibir esas verdades eran las personas que uno conocía y que habían dado pruebas de que recibirían esas verdades de manera digna, teniendo sentido de la veracidad. Al principio sólo se transmitían de boca en boca, pues la intención era que quien transmitiera tales verdades, o incluso revelara los hechos relacionados con ellas ante los ojos de sus alumnos, dejara que las palabras penetraran sólo en los sentimientos genuinos, en los corazones cálidos y verdaderamente vivos. Los discípulos de aquellas escuelas debían desarrollar un cierto talante, una cierta actitud ante las verdades más sublimes.

Hoy se suele creer que una verdad puede recibirse independientemente del estado de ánimo de cada uno. Esto no es una crítica: forma parte de la evolución. En aquellos tiempos, la gente tenía una opinión diferente. Entonces sí importaba si uno recibía una verdad matemática o física en un estado de ánimo u otro. La gente entendía que este estado de ánimo importaba, e incluso las verdades más simples, que en última instancia también revelan verdades, se recibían en un estado de ánimo elevado. Se recibían como una revelación del espíritu cósmico divino. Incluso las verdades matemáticas que representaban las revelaciones divinas relativas al espacio se recibían en este estado de ánimo. La escuela se preocupaba mucho de crear la actitud correcta, la esfera de sentimientos correcta.

También en la escuela de Pablo, las verdades más sublimes sólo se revelaban tras una preparación íntima. Mientras Pablo predicaba al mundo entero, sus discípulos pasaban por sus experiencias esotéricas en Atenas. El espíritu de esa escuela continuó durante largos períodos de tiempo, y por eso el individuo portador de la verdad esotérica recibiría siempre el mismo nombre. La Escuela de Atenas continuó durante siglos y el más alto de los maestros siempre se llamó Dionisio. Esta es la razón por la que el que escribió las cosas en el siglo VI, cuando la escritura se había convertido más en una costumbre, también llevaba ese nombre. Hay que saber esto para entender lo que significa para la escuela de Dionisio.

Consideremos ahora las tres palabras «Padre», «Hijo» y «Espíritu» en el sentido verdaderamente cristiano. Al hablar del Padrenuestro, hemos examinado lo que hay detrás de estas palabras desde otro punto de vista. Después pasamos a ver lo que habla de lo divino en los tres principios superiores de la naturaleza humana -atman, buddhi, manas. Hemos oído que estos tres principios superiores de la naturaleza humana están relacionados con las palabras «nombre», «reino» y «voluntad» en el Padre Nuestro. Hoy consideraremos estos tres principios humanos desde otro punto de vista, como se hacía en la enseñanza esotérica cristiana. Recordemos brevemente la relación entre la naturaleza inferior y superior del hombre. En aquella formación iniciática cristiana siempre se enseñaba que el hombre consta de cuerpo físico, cuerpo etérico o vital y cuerpo astral, y que el Yo vive dentro de estos tres cuerpos humanos como la parte más íntima de la naturaleza humana esencial. Esa era la «tétrada sagrada» de la que se hablaba en el pasado: cuerpo físico, cuerpo etérico o vital, cuerpo astral y yo.

También hemos llegado a saber que los tres cuerpos son transformados por el Yo en el transcurso de la evolución humana. Hemos visto que el Yo debe transformar en primer lugar el cuerpo astral, portador de afectos, impulsos, pasiones y respuestas interiores. También podríamos llamar a este cuerpo astral el cuerpo consciente. La enseñanza esotérica cristiana era que el Yo tiene la tarea de mejorar y purificar progresivamente el cuerpo astral. Y la parte del cuerpo astral de una persona que ha sido así limpiada, purificada y mejorada se denomina «espíritu santo» en esa persona, en términos cristianos esotéricos. Utilizando términos teosóficos, también podríamos decir que la parte del cuerpo astral que ha sido purificada por medio del yo se denomina, en términos esotéricos cristianos, «la parte del cuerpo astral que ha sido tomada por el espíritu santo».

También sabemos que el Yo influye en el cuerpo etérico o vital para transformarlo, mejorarlo y purificarlo. Mientras que en la vida cotidiana material y no material nuestra vida cultural moral ennoblece el cuerpo astral, sólo las cosas que la gente toma a través de la religión y el arte, -sintiendo lo eterno en la forma del tiempo-, cambiarán y mejorarán el cuerpo etérico. Los impulsos que provienen de las artes son más poderosos que la enseñanza moral, más poderosos que la vida de derechos y gobierno entre los seres humanos, pues lo eterno, lo inmortal brilla en una verdadera obra de arte. Los impulsos religiosos ejercen la influencia más poderosa sobre el cuerpo etérico. Bajo esta influencia, una parte del cuerpo etérico se diferencia y se transforma en buddhi, el logos, la palabra. Esto se conoce como «el Christos» en la enseñanza esotérica cristiana.

A la hora de examinar estas cosas, debemos tener siempre presente que con la ciencia del espíritu no se persigue una especie de teoría gris, ni nada alejado del mundo y ajeno a la vida. Estamos buscando el elemento del espíritu a través del cual podemos ejercer una influencia directa ennoblecedora y purificadora sobre estos cuerpos. Debemos ser capaces de captar el principio espiritual, vivirlo y bajarlo a la vida. Sólo entonces podremos dejar que las percepciones obtenidas en el reino del espíritu fluyan a través de toda la vida, de momento en momento, y la conviertan en espiritual. Esto es percepción práctica del espíritu. No se trata de pensar las cosas, sino de dejar que el espíritu fluya en nuestra civilización. Por eso, en un momento en el que hablamos de la transformación de los cuerpos, también es oportuno y acertado llamar la atención sobre un aspecto práctico, a saber, lo que la contemplación de esos pasajes realmente pretende transmitirnos.

En la vida ordinaria con la mente consciente, caminando por las calles y cruzando la plaza del mercado, dejando que las influencias e impresiones de la vida lleguen a ustedes, las cosas que encuentren allí serán sólo una parte de la totalidad de su experiencia. Si no tenemos esto en cuenta, nunca llegaremos a comprender la vida y quizás tampoco percibamos ciertos secretos importantes de nuestra vida más cotidiana. Cualquiera que pretenda penetrar en el espíritu tiene que mirar más profundamente de lo que otra persona sería capaz de ver con los medios ordinarios que nuestra civilización proporciona hoy en día. Nuestros diferentes cuerpos, el cuerpo etérico y el cuerpo astral, también se diferencian en que el mundo exterior influye en ellos de manera distinta. Todo lo que es asimilado conscientemente, prestándole la debida atención, conociéndolo a medida que se pasa por la vida, de modo que llegue a la conciencia, todo lo que se ve en el exterior o en la habitación que causa impresión en el cuerpo astral, crea oleadas y movimientos en el cuerpo astral. Un ocultista es capaz de percibir todo lo que experimenta con plena conciencia al observar los movimientos y corrientes y todo lo que se manifiesta en el cuerpo astral.

Aquí se puede ver la infinita importancia de algo que la gente realmente no tiene en cuenta en absoluto en su mente consciente. Bajo la superficie de nuestra civilización, hay cosas que están influyendo continuamente en los sentidos humanos actuales, actuando directamente sobre el cuerpo etérico que está eludiendo el cuerpo astral y evocando imágenes que tienen un significado duradero. Bajo la superficie de nuestra civilización, tales cosas están todo el tiempo ejerciendo una influencia sobre nosotros. Y aquí es donde la ciencia del espíritu tiene que llamar la atención sobre los elementos más sutiles que yacen bajo nuestra civilización, y tiene que mostrar cómo se puede llegar a comprender la vida cotidiana mediante la comprensión del mundo del espíritu.

Es simplemente así. La gente de una época piensa y hace las cosas de manera muy diferente a la de otra. Si los primeros producen carteles horriblemente malos y revistas de chistes que se centran meramente en cosas bajas, pura sensualidad y sensacionalismo calculado, y los segundos no tienen tales revistas, esto refleja para el ocultista las cosas que viven en sus inclinaciones y generalmente también temperamentos y rasgos de carácter. Incluso la conciencia refleja las influencias ocultas en los seres humanos. Si quisiéramos estudiar las conciencias y también el temperamento, el humor y las inclinaciones de los centroeuropeos, o de los europeos en general, en los siglos XII, XIII y XIV, procediendo por métodos ocultistas, tendríamos que remontarnos a los estilos de construcción, al tipo de pinturas y a otros elementos culturales que rodeaban a la gente en aquellos tiempos. Una persona habría estado en un estado de ánimo muy diferente caminando por las calles donde todo lo que se veía a la izquierda y a la derecha tenía una relación con la vida interior del estado de ánimo que se tiene hoy en día cuando se cruza la plaza del mercado y se ven cosas muy diferentes a su alrededor. Ciertamente, no debemos ignorar las cosas que viven más profundamente que la conciencia consciente, pues los mismos impulsos que están conectados con los principales períodos de la civilización humana tienen una profunda influencia. Así pues, no debemos subestimar todo tipo de cosas presentes bajo nuestra civilización actual que sean como las que acabo de mencionar, pues ahí se encuentran los verdaderos y reales fundamentos de los sentimientos materialistas y las respuestas interiores. Ahí es donde debemos buscarlos. Por lo tanto, no debemos considerarnos reaccionarios cuando deseamos, desde un punto de vista más profundo, que la nobleza y el significado se expresen exactamente en estas cosas que tienen una influencia tan profunda en el alma humana y, de hecho, hasta en los poderes dadores de forma del cuerpo etérico.

Como pueden ver, existe una forma de ver las cosas en la que uno no se guía por los prejuicios de la época, sino por verdades espirituales. Y si extendemos también esta manera de ver las cosas a los elementos nocivos de nuestro entorno cotidiano que dan lugar a puntos de vista materialistas sin que la gente les haya prestado verdadera atención, ¿Creen ustedes que llegaremos lejos con teorías y enseñanzas a menos que estas teorías y enseñanzas lleguen hasta aquí? Si ustedes saben cómo las enseñanzas más sublimes del pensamiento cristiano llegaron a reflejarse en pinturas, no se sorprenderán de que también se reflejaran en las cosas que rodeaban a la gente todo el tiempo, aunque no centraran su atención en ellas.

Consideremos ahora el principio que en esoterismo cristiano se llamaba «el Padre». Sabemos que no sólo el cuerpo astral, sino también el cuerpo etérico y el cuerpo físico son transformados por el Yo. Ellos son transformados inconscientemente por las personas, pero conscientemente por un esoterista u ocultista o por alguien que está recibiendo entrenamiento esotérico. Todo lo que influye sólo en el cuerpo astral es mera preparación para el verdadero entrenamiento esotérico u ocultista. El entrenamiento oculto comienza cuando aprendemos a trabajar en el etérico o cuerpo vital, cuando el ser humano está capacitado, mediante la instrucción impartida por el maestro ocultista, para transformar temperamentos, inclinaciones y hábitos, convirtiéndose así en una persona diferente. Sólo esto permitirá comprender el verdadero mundo superior: que la persona cambia. Ustedes pueden estudiar la teoría de la física y esto sólo afectará a su cuerpo astral. Pueden aprender todo tipo de cosas y sólo afectarán al cuerpo astral. Sólo cuando las enseñanzas tienen tal poder que son capaces de transformar al ser humano, es cuando se desarrollan desde el interior los órganos que nos permiten mirar hacia el mundo superior. Entonces se transforma el cuerpo etérico y también el cuerpo físico. Y como la transformación del cuerpo físico proviene del proceso de la respiración, llevando el ritmo a la respiración, un cuerpo físico iluminado por la conciencia consciente se llama atman. El término esotérico cristiano es «el Padre».

Dentro del esoterismo cristiano tenemos que distinguir entre el Espíritu Santo -el Cristo tiene en él tanto del Espíritu Santo como ha ennoblecido su cuerpo astral; el Hijo, el Logos, la Palabra- el Cristo tiene en él tanto del hijo, el Logos, la palabra como ha transformado del cuerpo etérico; y en tercer lugar el Padre -el Cristo tiene en él tanto del Padre (sólo un iniciado puede tener conscientemente al Padre en él) como ha transformado el cuerpo físico, haciéndolo eterno. Para comprender el pecado o la blasfemia contra el Espíritu Santo, el Hijo o el Padre, y aprender la manera cristiana de decir estas cosas, tenemos que recordar la misión del Cristianismo tal como la veían los maestros cristianos esotéricos.  En alguna ocasión he dicho que la misión más profunda del cristianismo se da en las palabras: 'Si viene a mí alguien que no hace caso omiso de su padre y de su madre, de su mujer y de sus hijos, de sus hermanos y hermanas, así como de su propia vida anímica, no puede ser mi discípulo'. Marcos también lo expresa con otras palabras Vinieron su madre y sus hermanos, se quedaron fuera y mandaron llamarle. Pero había una multitud sentada a su alrededor. Entonces le dijeron Mira que tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera buscándote: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Mirando a los que estaban sentados en círculo, dijo Mirad aquí a mi madre y a mis hermanos. El que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre". En el evangelio de Lucas encontramos también: Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen'.

Tales palabras hablan de la verdadera misión del cristianismo. Podemos comprenderlas si consideramos la evolución de la raza humana, y ésta será también la mejor preparación posible para nuestro debate sobre el Misterio del Gólgota del próximo lunes.

Retrocediendo mucho en la historia de la humanidad llegamos a una época que llamamos la era Lemúrica. Como ustedes saben nos remontamos a través de los tiempos de la Atlántida a la era Lemúrica. Allí encontramos al ser humano de cuatro cuerpos que podríamos decir que era mitad animal, un ser humano que tenía cuatro cuerpos -cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral y el potencial para un yo- pero que todavía no estaba en posición de hacer ningún trabajo en los tres cuerpos externos. El poder que los seres humanos necesitan para trabajar en sus cuerpos exteriores de la manera antes mencionada tuvo que entrar primero en esos recipientes para la verdadera naturaleza esencial del hombre. El yo, tal como ustedes lo conocen hoy, que vela su alma, su naturaleza más profunda, que ya contiene tanto de los tres cuerpos exteriores como ha sido transformado, todavía no existía entonces, todavía estaba esperando entrar en el proceso de evolución. El yo era todavía un espacio hueco que recibiría lo que hoy es nuestra parte más profunda, más íntima, nuestra parte inmortal, como la llamamos, que atraviesa todas las encarnaciones y puede ir con la tierra cuando entra en una existencia planetaria diferente. Esto bajó al recipiente humano en aquel tiempo. Antes, había estado en la custodia de la divinidad, parte de la naturaleza divina.

En una ocasión anterior les ofrecí una imagen de la forma en que el hombre estaba dotado de alma en aquella época, con la gota divina vertida en cada vaso humano individual. Dije entonces que se podría tomar un vaso de agua; hay muchas gotas en él, una masa de fluido. Podríamos entonces tomar mil pequeñas esponjas y dejar que cada una absorba una gota de agua. Entonces hemos tomado muchas gotas del vaso, y algo que había estado unido en el vaso se ha distribuido entre todas las pequeñas esponjas. Algo que ahora está en nosotros y que antes había estado en la custodia de la divinidad como en un elemento donde todo fluía en uno, se distribuyó en ese momento entre los cuerpos humanos individuales, de modo que hoy cada uno tiene una gota de esta única sustancia divina en él. Este elemento, que hasta entonces había formado parte de la naturaleza divina general, se individualizó de este modo. Del mismo modo que mis diez dedos forman parte de mi organismo, las almas que hoy están en los cuerpos humanos forman parte de la divinidad. Y del mismo modo que cada dedo se individualizaba, cada dedo recibía vida propia si se rodeaba de otros elementos exteriores, así las gotas que reposaban en la custodia de la divinidad se convertían en naturalezas interiores humanas.

Estas naturalezas interiores humanas vivían en los cuerpos humanos que se habían preparado para ellas en aquella época. El aspecto de los cuerpos humanos era muy diferente en aquella época que en la actualidad. Tal vez nadie me creería si describiera aquellos cuerpos que andaban por ahí, esperando a ser dotados de alma por la divinidad. Las personas que escuchan estas conferencias pueden estar acostumbradas a algunas cosas, pero algunas se sorprenderían, realmente, si les contara cómo eran aquellos cuerpos y cómo aquellas formas, grotescas como parecerían hoy a nuestros ojos, se transformaron gradualmente en los cuerpos que tenemos hoy. ¿Quién les ha dado el aspecto que tienen hoy? La propia alma interior lo ha hecho. La figura, la forma de esta alma humana influyó en el cuerpo desde el interior. Se tiene una idea de cómo trabajaba esta alma si se consideran los últimos retazos de configuración que el alma sigue efectuando en el cuerpo humano hoy en día.

Consideremos los sentimientos de vergüenza, ansiedad, miedo, temor. Un sentimiento de vergüenza hace que la sangre suba y nos pongamos rojos. El color de la cara también cambia con la ansiedad, el miedo o el susto. En un caso se enrojece, en el otro palidece. En mi conferencia sobre la sangre como un fluido muy especial, mostré que la sangre es un reflejo exterior del trabajo interior de la persona individual. Nuestra naturaleza más íntima brota en la sangre: alguien que tiene sangre tiene un yo, y alguien que tiene un yo tiene sangre. Se trata, por tanto, de un fluido muy especial. Sin embargo, esto sólo se aplica a la sangre caliente, y no a las criaturas cuya sangre es a veces caliente y a veces fría. Hoy en día, el yo influye en la sangre cuando sentimos vergüenza, miedo y temor, cambiando el cuerpo de esta manera definitiva y sutil cuando sentimos vergüenza o palidecemos de miedo, y también actuaba así en aquellos tiempos. La influencia que ejerció la sangre en los primeros tiempos de la evolución humana fue grande y poderosa. Reflejaba, sutil y exactamente, el poder interior que había entrado en el Yo como su contenido divino. Y debido a esto el Yo llegó a reflejarse a través de las razas. Del mismo modo que hoy la gente puede palidecer o enrojecer, así el sentimiento interior modeló el cuerpo humano desde dentro. Cuando el ser humano aún era blando -aún no tenía dedos-, el Yo creó la forma desde dentro, a través de la sangre. La sangre se sigue expresando hoy en día. El poder escultórico procede del Yo, a través de la sangre, y desarrolla el cuerpo humano. Así, en las múltiples formas, conocemos la sangre como vehículo del Yo.

En otras conferencias hablé de un secreto que se esconde en los primeros relatos bíblicos. Hablé de la imagen que se da al decir que Adán llegó a tener cientos de años. Esto se debió a algo que llamamos matrimonios mixtos, matrimonios entre parientes consanguíneos. Lo encontramos en los primeros tiempos de cada nación, aunque tenemos que remontarnos muy, muy atrás. Entonces encontramos pequeños grupos por todas partes dentro de la población de la tierra que son parientes consanguíneos, casándose sólo dentro del grupo. Esto tiene un resultado importante. Para facilitarles la comprensión de lo que hay que decir, una vez me referí a una conversación entre Anzengruber y Peter Rosegger. Recordarán que Rosegger, un escritor bueno y popular, describe a la gente del campo en sus libros tal y como él los ve; así es como nos los presenta. Anzengruber los describe de un modo más vivo, sus compatriotas se mantienen firmes y seguros sobre sus pies, como tallados en madera, absolutamente ciertos y seguros. Los dos escritores salieron juntos una vez. Rosegger le dijo a Anzengruber: «Podrías describir mucho mejor a los campesinos si fueras al campo y los vieras allí». La respuesta de Anzengruber fue: 'Nunca he visto a un campesino así. Pero los describo así porque lo llevo en la sangre. Mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo y también mis tíos eran gente de campo. Y eso lo llevo en la sangre". No era necesario que Anzengruber hubiera visto a la gente del campo. La sangre influía a través de las generaciones, y eso se notaba en la forma en que escribía sobre la gente del campo.

Así que ya ven cómo el espíritu actúa a través de la sangre, y un yo limitado a un individuo no se detiene ahí, sino que crece con fuerza y se propaga a través del padre, el abuelo y así sucesivamente. Así fue con Anzengruber, porque esa gente del campo sólo se había casado entre sí. Quedaba un cierto nivel de conciencia de ello. Este nivel de conciencia era mucho mayor en los tiempos escritos en las primeras partes de la Biblia. La gente entonces todavía tenía una memoria real de las cosas que habían sucedido a sus antepasados. Hubo un tiempo en que la gente recordaba no sólo las cosas que les habían sucedido a ellos mismos en la infancia y la juventud, sino que también tenía recuerdos de lo que habían hecho su padre y su abuelo. Esto, a la gente de hoy, puede parecerle increíble, pero es cierto que en aquellos primeros tiempos, cuando la relación de sangre se mantenía estrictamente dentro de un pequeño grupo y uno no podía casarse fuera de la comunidad sin cometer un pecado, el yo no sólo tenía conciencia del carácter de la gente del campo, sino que el hijo decía de las cosas que le habían sucedido a su padre, abuelo, etc., que le habían sucedido a él. La gente que después de novecientos años había descendido de Adán diría: 'Eso me ha pasado a mí', al hablar de cosas que le habían pasado a Adán. Era una especie de yo grupal que pasaba a través de las generaciones. Y el término Adán, o Abraham, se utilizaba para referirse a la forma en que el yo había continuado así a través de las generaciones.

Esto es también lo que subyace en los relatos de los primeros capítulos del Antiguo Testamento. Uno se da cuenta de que la sangre puede verse como un reflejo exterior del alma creadora interior. ¿Cómo perdió la humanidad esta forma de mirar hacia arriba, hacia las generaciones? ¿Qué hizo que la conciencia y la memoria se limitaran a la vida del individuo? Se limitaron porque se rompió el vínculo de la relación sanguínea. La antigua forma de relación sanguínea se aflojó, los grupos pequeños se convirtieron en grupos más grandes. Un grupo familiar se convirtió en una tribu, la tribu en una nación. La humanidad no podría haberse desarrollado de otro modo que no fuera porque las familias pasaron a formar parte de tribus, y las tribus de naciones, rompiendo los estrechos lazos de sangre. La memoria solía remontarse a través de las generaciones.

Si recuerdan las muchas veces que he dicho que la memoria está sostenida por el cuerpo etérico, que reproduce las cosas que componen los recuerdos, conocerán la conexión entre la sangre y el cuerpo etérico. El yo se imprime en el cuerpo etérico expresándose en el flujo de la sangre, en el elemento que entra en la sangre. Recordarán, sin embargo, que alguien que quiere ser un iniciado tiene que trabajar en el cuerpo etérico, y aquí nos acercamos a algo que está profundamente conectado con los misterios de los tiempos precristianos. Esos misterios también tenían que ver con la sangre. Hoy queremos ver qué tiene que ver todo esto con la sangre.

Sabemos que primero había que preparar a aquel que iba a recibir la iniciación precristiana. Sabemos en qué consistía dicha iniciación. Se instruía al candidato para que transformara sus cualidades y hábitos y esto lo convertiría en el tipo de ser humano que necesitaba ser para la iniciación. También dije que los iniciados se remontaban a los adeptos de los antiguos tiempos atlantes y que el candidato, una vez convenientemente preparado, era puesto en estado dormido durante tres días y medio. Este era el tipo adormecimiento en el que era posible sacar del cuerpo físico no sólo el cuerpo astral, sino también el cuerpo etérico. El sabio que iniciaba al discípulo guiaba todo el proceso. El cuerpo etérico se retiraba y esto hacía posible que el iniciador le diera al discípulo el poder de experimentar cosas en el espíritu y tener una percepción y experiencia reales del mundo superior. El cuerpo etérico se habría puesto en movimiento gracias a los preparativos realizados, y el discípulo podría entonces ver los mundos superiores. Cuando hubiera regresado, sería capaz de dar testimonio de la verdad y la realidad del mundo espiritual. El punto esencial era que la mente consciente del individuo tenía que ser atenuada, sintonizada, y esto estaba conectado con la extracción del cuerpo etérico. Estaría totalmente bajo la influencia del iniciador.

Consideremos la situación. Todas las leyes, instituciones y estructuras sociales existentes se remontaban en última instancia a la iniciación. En la cúspide de la estructura social estaría el gran iniciador. De él dependerían todos los objetivos y tendencias. Los discípulos llevarían al mundo la sabiduría revelada, y los que les escuchasen en el exterior se guiarían por ellos y también organizarían su vida social en consecuencia. Todo estaba bajo la autoridad de la iniciación, del iniciador. Todo dependía de ellos. El principio era el de una autoridad basada en la verdad y la sabiduría, vivida en el más alto grado y en el mejor sentido posible. Sólo a los grandes y sabios dirigentes de la humanidad se les permitía tener tal autoridad. Y era así sin causar ningún tipo de daño a la humanidad.

Lo que importaba entonces era sacar el cuerpo etérico del cuerpo físico de la forma correcta. Esto no podía hacerse con cualquiera. Cualquiera que diga que esto se puede hacer con cualquiera, está hablando de una manera abstracta y no de la verdad. Se necesitaba una larga preparación para lograr estas cosas. Esencialmente la sangre tenía que ser la mezcla adecuada. Por eso también se tuvo mucho cuidado de que la generación de sacerdotes no se mezclara con otras. Los preparativos se prolongaban durante siglos para garantizar que siempre hubiera uno de los descendientes adecuados, que algún día pudiera convertirse en un verdadero iniciado. Se trataba de una forma de tratar el cuerpo humano a lo grande, de una forma tremendamente misteriosa, una forma que era misteriosa en el mejor sentido posible de la palabra. Los más grandes iniciados habían sido preparados durante siglos para conseguir el principio físico correcto, la mezcla de sangre correcta. Todo este proceso de preparación para la iniciación es la característica clave de la iniciación precristiana. Sin embargo, podía continuar para siempre en el curso de la evolución humana. ¿De qué trataba este principio de iniciación? Tenía que ver con tener una visión clara de la comunidad de sangre. Cuanto más nos acercamos a la comprensión de la comunidad, más nos encontramos con principios de este tipo.

En aquellos primeros tiempos, por tanto, la iniciación se basaba en el principio de la sangre. Éste se fue rompiendo cada vez más, de familia en familia, de tribu en tribu, de nación en nación. Y ahora el futuro se hacía sentir, con todos esos lazos de sangre rotos. Pues ¿dónde residía el principio de la comunidad para los seres humanos cuando habían descendido de la custodia de la divinidad? Podríamos decir que fluía a través de la sangre y, por tanto, había que tener en cuenta la sangre cuando se quería iniciar a alguien.

Cuando se dio la posibilidad, con la sangre caliente, de que el yo hiciera suya la cualidad divina del alma, esa cualidad divina del alma fluyó a través de la sangre: 'Yo' soy el que era, el que es y el que será'. Este era en verdad el que hablaba como el dios Jehová, diciendo: 'Yo soy el que era, el que es y el que será.' ¿Y dónde se mostró más poderoso? En la sangre. ¿Y cómo guiaban a un ser humano para iniciarlo? Lo guiaban tratando su sangre.

Se trata de misterios profundos y trascendentales de la antigüedad. Quien sólo considera el cristianismo en su superficie no lo entiende adecuadamente. He reflexionado mucho sobre el título de mi libro, que no es "El misticismo del cristianismo", sino "El cristianismo como hecho místico". Significa que el propio cristianismo es un hecho místico y que sólo puede comprenderse si se sabe que toda la configuración espiritual del planeta Tierra cambió con la venida de Cristo Jesús.

Supongan ustedes que están en un planeta lejano y que son videntes que observan la Tierra, la atmósfera terrestre, el cuerpo astral de la Tierra, la masa burbujeante, hirviente y ondulante de cuerpos astrales animales y humanos. Y luego imaginen que son capaces de mirar hacia abajo algunos siglos antes de que Cristo naciera y seguir los acontecimientos en un futuro muy lejano. Si ustedes fueran capaces de seguir esto, verían algo extraño. Verían la atmósfera astral cambiando profundamente con la venida de Cristo Jesús, un tremendo cambio repentino, de modo que su sombra, su color, sería diferente para todos los tiempos futuros. Algo nuevo entró en la atmósfera espiritual de la tierra. Quien no admita que ahora existe en el espíritu de la tierra algo que no existía hace milenios, no comprende el cristianismo ni los preparativos que lo precedieron. Hay que considerar que entró algo absolutamente real, algo nuevo, y entonces se sabe lo que ocurrió al comienzo de la era cristiana.

Mirándolo de esta manera también encontrarán las palabras adecuadas para la transformación del planeta Tierra en el reino del espíritu y tendrán que decirse a sí mismos: "Todos los estrechos lazos de sangre se rompieron, todo lo que mantenía unida a la gente en pequeñas comunidades basadas en la sangre desapareció gradualmente. Las pequeñas hermandades se extendieron gradualmente, para convertirse finalmente en la gran hermandad que ha de incluir a todos los seres humanos de la Tierra, con todos llamando a todos los demás "hermano", y los seres humanos "dejando a su madre y a su padre y a su hermano y a su hermana'". Todo lo que la sangre ha preparado dentro de una especie de yo grupal, un yo que va más allá del yo ordinario, tiene que desaparecer de esta tierra. Y cuando la tierra esté preparada para ser una nueva esfera astral, el fruto habrá germinado, todos los lazos se habrán roto y un único gran lazo unirá a toda la humanidad. Cristo Jesús hizo su misión dar el impulso, el poder de crear esta fraternidad. Su misión y el ideal del cristianismo se dan así en las palabras: 'Si viene a mí alguien que no desprecia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y hermanas... no puede ser mi discípulo'. Y el rechazo: Esta no es mi madre; mi madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi padre. Ese es el nuevo espíritu que ha de venir, distinto del vínculo de sangre.

Por favor, tomen lo que voy a decir ahora no como una imagen o un símbolo, sino como algo que es real. Es difícil para el pensamiento materialista de hoy ver la realidad de tales cosas, pero son reales. Fijémonos en la cruz levantada en alto, y sobre todo en la sangre que mana de las heridas. De esta sangre que fluye de las heridas, ¡tengan claro en sus mentes su significado en la historia del mundo! ¿Por qué fluye? ¿Por qué hablamos en realidad de la sangre que brota de Cristo Jesús? ¿Cuál fue el fundamento de todas aquellas comunidades unidas? ¿Qué unía a las pequeñas tribus? ¿Qué debe perder su significado dentro de estos estrechos límites para que toda la humanidad crezca en hermandad? La sangre. El elemento que influye en el yo, pulsa en el yo, ya no puede depender de la sangre cuando toda la humanidad ha madurado para hacer posible la fraternidad. Y así, el exceso de sangre del yo, la sangre que hace que los seres humanos no extiendan su yo y lo dejen ser universal, debe salir, porque es sangre egoísta, sangre egoísta. Considera esto no como una imagen sino como una realidad. Consideren que la cantidad de sangre que fluyó de las heridas de Cristo fue la cantidad que tuvo que fluir para que la sangre perdiera la tendencia a crear comunidades estrechas y ganara así la capacidad de extender la fraternidad por toda la tierra.

Tal vez nadie se haya acercado tanto al misterio como Richard Wagner lo hizo exotéricamente en su ensayo sobre su concepción de Parsifal. Aquí un pensador exotérico toca las más profundas verdades esotéricas del misterio. Si se ven las cosas bajo esta luz, se verá que el propósito del cristianismo es, por un lado, disolver los lazos de la tribu, la familia y las comunidades estrechamente limitadas y, por otro, dividir la humanidad en individuos, de modo que cada uno se sienta individuo y, sin embargo, también miembro de la raza humana. Se trata de polos opuestos que van de la mano. En los primeros tiempos, cuando los grupos eran pequeños y se basaban en relaciones de sangre, el individuo se sentía miembro de la familia, miembro de la tribu. Y a medida que la relación de sangre se extinga, la independencia individual crecerá y aumentará en la misma medida.

Esto sucede a causa del acontecimiento del Gólgota. Esto se puede ver en el hecho de que a partir de aquel momento, cuando se produjo el acontecimiento que iba a abarcar toda la tierra, el impulso religioso adquirió la mayor importancia. Todo lo que allí sucedió había sido preparado y era preparación. Su efecto comenzó en Pentecostés, cuando fue derramado el Espíritu Santo. Hablar de tal manera que se habla desde el alma del otro, es decir, ya no de forma egoísta, -esto se demostró de la mejor manera posible en el lugar donde los apóstoles hablaron a todos los pueblos en todas las lenguas. El Espíritu Santo preparó así el camino para el nuevo impulso que había de llegar a través de la sangre del Hijo, el logos, el Cristo.

Volvamos ahora al antiguo principio de iniciación. Éste se basaba en la autoridad. Todo el mundo admiraba a los iniciados y recibía impulsos de ellos. Este principio de autoridad está llegando gradualmente a su fin. Aquí tenemos una aparente contradicción. La humanidad se está dividiendo en individuos, el antiguo principio de autoridad ya no es válido y, sin embargo, la fraternidad debe establecerse en su plenitud. ¿Con qué medios? Mediante la comprensión de lo que ha llegado como Espíritu. ¿Cuál es la naturaleza de esto? Para el iniciado de antaño era suficiente tener toda la sabiduría, la verdad, y dejar que fluyera hacia toda la humanidad. Ahora la persona individual, con la individualidad llevada a su nivel más alto, debe tener la verdad. Cada individuo debe tener la verdad y la sabiduría. En aquellos primeros tiempos, la verdad llegaba al individuo desde el pináculo más alto, y él tenía que hacerla suya. La difusión de la sabiduría debe ir de la mano con el desarrollo, y la individualización humana con la creación de la gran hermandad humana. Estas dos cosas no pueden ir en paralelo; deben ir juntas.

Teniendo esto en cuenta, estamos siguiendo las etapas por las que el Espíritu Santo se hizo presente. Mientras los seres humanos obedecieron a esa única autoridad, pudieron, como individuos, entregarse a la vida. Podían vivir en comunidades unidas. La autoridad suprema se ocupaba del conjunto. Esto ya no es posible cuando se destruye el principio de autoridad. Entonces cada individuo debe ocuparse de que se mantenga la fraternidad. Cada individuo debe ser capaz de ocuparse de la vida social dentro de la hermandad. Deben percibir lo que existe en general, lo que cada individuo está preparando. ¿Qué puede ser esto? Sólo tenemos que recordar cómo surgieron las religiones antiguas. Todos los iniciados tenían la misma sabiduría original de la humanidad. Pero a medida que esta sabiduría se entregaba a los individuos, el Estado, el clero, etc., le daban características específicas, formas diferentes. Así surgieron el budismo y el zoroastrismo. Cuanto más pequeñas eran las comunidades, más especializadas tenían que ser las cosas. Ahora que hay que crear la gran fraternidad, la sabiduría del iniciado debe poder llegar a toda la humanidad para que cada individuo pueda ocuparse ahora de las cosas que antes eran responsabilidad de los iniciados.

La sabiduría llega así a toda la humanidad. Es la misma para todos. Y podemos ver, por lo tanto, que esta sabiduría, esta comprensión, es el elemento que se distribuyó entre los individuos separados que "dejan a su padre, a su madre, a su hermano, a su hermana y a su hijo". Ellos volverán a tener esta sabiduría, exactamente porque es la misma para todos. Para comprender lo que se dice del Espíritu Santo debemos entender que la sabiduría es la misma para todos.

Sin embargo, la gente aún no ha llegado tan lejos, porque todavía dirá: "Así es como yo lo veo; otra persona puede tener su propio punto de vista". Hay que superar esta idea del punto de vista. La humanidad tuvo que dividirse para que pudiera existir la naturaleza del yo, el egoísmo. Aún no han encontrado la manera de unirse en una misma sabiduría. Podrán hacerlo si realmente se aplican a esta sabiduría y crecen lo más individualmente posible. Si encuentran el espíritu de la sabiduría que es igual para todos, abandonarán el hábito de decir: "Así es como yo lo veo; ése es mi punto de vista". Tenemos que comprender que no existe un punto de vista particular cuando se trata de la sabiduría que es igual para todos, que tener un punto de vista significa que aún no se ha progresado lo suficiente. Sólo entonces podremos comprender la idea del Espíritu Santo. Sólo los seres humanos imperfectos tienen un punto de vista. Las personas que se acercan al espíritu de sabiduría no tienen punto de vista. Ellos saben que deben entregarse desinteresadamente a la sabiduría que es siempre y para siempre la misma para todos. Del mismo modo que todas las plantas se vuelven hacia el mismo sol, así los seres humanos se unirán volviéndose hacia el Uno, pues en ellos vivirá un solo espíritu de sabiduría. El principio que originalmente mantenía unidos a los hombres en la sangre ha brotado del Cristo, y ahora la sabiduría nos reúne de nuevo en la fraternidad.

Esto se ha reflejado maravillosamente en el milagro de Pentecostés, cuando los apóstoles extendieron su hermandad a toda la humanidad, hablando con palabras que todos podían entender. Esto debe manifestarse cada vez más, a medida que la naturaleza individual alcanza su máximo desarrollo. Todos estamos unidos en el espíritu de la verdad. Todos los demás aspectos de la naturaleza humana se desarrollarán mucho más tarde, cuando nuestro planeta atraviese diferentes etapas de encarnación. Lo único, sin embargo, que estará vivo y activo hasta que la Tierra llegue a su plenitud, es la sabiduría que une, sabiduría que nos ha sido revelada de la forma en que sólo fue revelada a los iniciados en el pasado. Quien peca contra esta sabiduría, la sabiduría que crea la fraternidad, no puede ser perdonado, pues esto retrasa la evolución de la tierra, ya que ésta sólo podrá entrar en su etapa astral una vez que la humanidad se haya unido en fraternidad. El espíritu que une a la raza humana es el que ha sido derramado en el futuro. Si dejamos que nuestro cuerpo astral se llene de este espíritu de sabiduría que existe para todos, podremos llevarlo al cuerpo astral de la tierra.

Así que ahora podemos ver que existe algo en lo que la tierra puede estar unida. El contenido de la sabiduría es, pues, teosofía positiva, algo que debe reflejarse en la visión del mundo que se tiene en la ciencia del espíritu. Esto no sucederá si sólo se le dice a la gente: 'Debemos unirnos'. No basta con predicar la fraternidad; los sermones morales son palabras vacías. Del mismo modo que tenemos que suministrar combustible a una estufa si queremos que se caliente, debemos suministrar sabiduría a la humanidad; esto unirá a los seres humanos en hermandad. Hablar a la gente de fraternidad es como hablar a la estufa, decirle que se caliente. No, lo que nos hará avanzar es enseñar de forma muy real, concepto a concepto, idea a idea, transmitiendo la sabiduría de la evolución del mundo y de la naturaleza del ser humano. Predicar la compasión, y de hecho sentir cualquier tipo de compasión, no significa nada a menos que tengamos sabiduría. De qué le sirve a alguien que se ha caído y se ha roto una pierna si catorce personas se reúnen a su alrededor en la calle, rebosantes de compasión y amor, ¡y ninguna de ellas puede curarle la pierna! Los catorce son inútiles. Pero el que puede hacerlo puede ayudar cuando venga, y lo hará si vive en el espíritu.

Los principios éticos surgen por sí solos. No es necesario enseñarlos. Pero la única sabiduría que está más allá de toda disputa, más allá de los puntos de vista, la sabiduría de la que se dice en el cristianismo que transfigura el cuerpo astral, limpiándolo completamente, ésta debe llegar a la humanidad a través del movimiento científico espiritual. Esto es lo que significa la misión del cristianismo, el nos da la misión del cristianismo.

La gente debe independizarse cada vez más de toda autoridad y avanzar hacia la verdad que es la misma para todos. La fraternidad de la humanidad se desarrollará por sí misma si la gente percibe la verdad de las palabras más cristianas, las palabras más libres y más sublimes: 'Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.'

Si hay dos ocultistas con puntos de vista diferentes, no ven la verdad. Entre verdaderos iniciados no es posible decir dos cosas diferentes sobre un mismo asunto. Tampoco habrá dos formas de pensar al respecto cuando la humanidad haya alcanzado el camino que conduce a la unificación de la raza humana, de una fraternidad que no es sólo una palabra sino un poder interior.

Traducido por J.Luelmo jun,2024