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jueves, 24 de febrero de 2022

La eterna biografía del hombre

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La eterna biografía del hombre

Por el Dr. Hermann Poppelbaum - antropólogo que enseñaba en Alfred University.


Quien se cuestione -y todos lo hacemos a veces- si el pensamiento humano puede penetrar en la realidad del mundo o tiene que quedarse fuera y resignarse, puede curarse leyendo el pequeño libro de Goethe sobre la Metamorfosis de las Plantas. La atmósfera de este reino le toca tan inmediatamente que puede sentir el efecto curativo al instante. La propia naturaleza habla a través de estas líneas, de forma suave pero convincente. El hombre es readmitido en el contexto del mundo.

Así comienza el pequeño libro.

"Cualquiera que observe en cierta medida el crecimiento de las plantas pronto se dará cuenta de cómo algunas de sus partes exteriores cambian a veces su forma y pasan a la forma de sus partes vecinas, a veces completamente, otras veces más o menos.

Así, por ejemplo, la simple flor se convierte en una flor llena cuando, en lugar de estambres y anteras, se desarrollan pétalos que, o bien son perfectamente idénticos en forma y color al resto de la corola, o bien llevan marcas visibles de su origen.

Al notar, sin embargo, cómo la planta es capaz de dar un paso atrás e invertir el orden de crecimiento, nos volvemos aún más atentos al camino regular de la Naturaleza; y nos familiarizamos con las leyes de cambio según las cuales ella produce una parte a través de la otra y cómo ella promulga las más variadas formas por la modificación de un solo órgano".

La esencia misma de lo vegetal gira en torno a estas frases que imitan el surgimiento y el retroceso de las partes mediante el ascenso y el descenso de la expresión verbal. El flujo y reflujo del crecimiento y el cambio palpita en cada cláusula. Las palabras respiran adecuación y competencia.

"Hablar" de estas frases no significa descansar. Al contrario, significa seguir un flujo incesante pero tranquilo. La metamorfosis es un líquido, no un concepto rígido; y sin embargo puede "formarse". Hablar de minerales, piedras y cristales requiere un estilo de descripción bastante diferente, y los conceptos se conforman en consecuencia. Para comprender las leyes de un cristal examinamos la relación de números entre aristas, ángulos y planos. El concepto está en reposo cuando se forma. En una descripción de las plantas debemos sumergirnos en el elemento tiempo como en otra dimensión en la que se extiende. Entonces, frases como ésta cobran sentido: "Hacia adelante y hacia atrás la planta no es más que hoja". Enseñan al lector a despejar las vallas kantianas erigidas para delimitar la cognición del hombre.

Nuestra imaginación aprende a estar cerca de la naturaleza, a ser, en otras palabras, realista. Seguimos a la semilla mientras germina y se abre paso en la tierra; visualizamos a la plántula desplegando sus primeras hojas comparativamente toscas; nos ponemos al día con la creciente sutileza de los sucesivos conjuntos de follaje hasta llegar a la esfera de la flor. Allí debemos dar un salto a un nuevo nivel de manifestación. Las hojas se juntan, se reducen en tamaño y se disponen en círculo para formar el cáliz. Y el círculo se expande de nuevo en la corola; se contrae una vez más en estambres y pistilo; a continuación, este último se hincha en un fruto o vaina mediante una última expansión. Dentro del fruto se forma la semilla en virtud de un último esfuerzo de contracción. Entonces el ciclo está listo para comenzar de nuevo.

El refinamiento de los jugos, el cambio de la savia verde de las hojas al jugo colorido de los pétalos, la purificación del "olor verde" a la fragancia de la flor son parte integrante de la transformación. Es un proceso de ennoblecimiento que vuelve de nuevo a la mayor densidad de sustancias almacenadas en la semilla. El trabajo de la luz y el calor en la flor se sustituye por la acción de la tierra que alberga la semilla hasta que vuelve a brotar.

El seguimiento de un tipo de planta en sus condiciones normales no es suficiente para comprender su posible metamorfosis. Hay que pensar también en los cambios concretos en otro entorno, en otra altitud, paisaje o clima. Salen a la luz nuevas potencialidades, normalmente ocultas. Todas ellas pertenecen a la "gama de formas" que abarca el tipo. Por lo tanto, el tipo nunca puede agotarse. Su amplitud hace imposible una visualización completa. Por medio de un acto interno de fusión de las formas posibles, hay que tratar de captarlo a pesar de su carácter evasivo. Se trata de sujetar el "Proteo", como lo llamó Goethe, e impedir que se escape. Si lo conseguimos, sabremos a qué se refería cuando lo llamaba una forma con la que la naturaleza juega continuamente, por así decirlo, y al jugar hace surgir lo múltiple. La naturaleza es inmensamente rica, por lo que puede jugar con su riqueza.

Notemos que en esta búsqueda del tipo no nos alejamos de las formas visibles sino que las seguimos a través de sus transiciones. No abandonamos la apariencia sensorial, sino que tratamos de penetrar en ella más plenamente, hasta arrancarle el evasivo núcleo de la forma invisible. Puede ser un alegre juego del escondite; pero también puede convertirse en una lucha desesperada. Goethe también conocía esto último. En ese estado de ánimo escribió a Schiller: "Desde tu partida he sido continuamente golpeado con los puños por el ángel del empirismo; pero -para desafiarlo y avergonzarlo- he elaborado un diagrama esquemático". Quien quiera seguir a Goethe hace bien en tener presente estas palabras. El camino hacia las profundidades de la naturaleza está plagado de experiencias descorazonadoras.

Informemos sobre algunos resultados de tales esfuerzos, tal como fueron emprendidos con la ayuda de Rudolf Steiner y siguiendo el camino de Goethe.

Al trazar el desarrollo de las partes en la planta hacia la región de la flor y el fruto podemos tener ante nosotros lo que Goethe llamó una escalera espiritual. Lo peculiar de la mayoría de las plantas es que los peldaños de esta escalera permanecen en pie después de que el proceso haya seguido su curso. El follaje sigue siendo visible cuando se forma la flor; e incluso cuando las semillas maduran las hojas pueden persistir. Así, la sucesión de fases deja tras de sí una especie de sombra en el espacio, que nos ayuda a confirmar la verdad que persigue nuestro espíritu. Esto proporciona una satisfacción particular al estudiante. Incluso la planta seca y marchita le recuerda la escalera a la que debe su desarrollo.

Es diferente con la metamorfosis de los animales. Tomemos el caso de los insectos con sus conocidas transformaciones. Del huevo nace la oruga como una simple forma segmentada con sólo los órganos internos y apéndices externos más necesarios. En su interior se produce una poderosa revolución después de algunas mudas. Un día, como si se tratara de una decisión repentina, la oruga se convierte en una crisálida (pupa). Deja de alimentarse, acorta su cuerpo, engrosa su parte delantera, hilvana un hilo de soporte y se desprende de su piel. Ésta se encoge hasta convertirse en un resto informe. Si no siguiéramos el proceso con nuestros ojos, no podríamos contemplar la etapa anterior, ya que ésta ha desaparecido. Debemos mirar hacia atrás en el tiempo, y no simplemente mirar la región debajo de la flor como podemos hacer en el caso de la planta.

El cambio es aún más violento cuando la mariposa o la polilla eclosionan. El experto, por supuesto, ve una serie de marcas que apuntan a los detalles de la forma que está por venir. Sin embargo, la eclosión de la mariposa es una revelación repentina, un poderoso salto en el reino de la forma, la aparición de algo totalmente nuevo. La tierna criatura, dotada ahora de largas y delgadas patas y antenas, se arrastra un poco hacia arriba y comienza a llenar sus alas de linfa viva, de modo que en pocos minutos se extienden por completo. En este momento, la forma definitiva (imago) es visible con su diseño y todos los colores y marcas, mientras que la crisálida es una cáscara vacía. De nuevo, la fase anterior ha desaparecido. Ahora sólo está presente físicamente la cima de la escalera espiritual; el penúltimo vástago ha sido sacrificado y se ha desvanecido.

El acto de visualizar interiormente esta sucesión del huevo a la mariposa requiere más concentración que el seguimiento de una planta, porque no quedan " retoños en pie". Debemos entregarnos al flujo de formas que se sustituyen unas a otras. No sólo hay sucesión, sino sustitución de una fase por otra. Cada etapa anula la anterior y absorbe en sí misma las fuerzas que habían actuado en aquélla. En la planta tenemos el refinamiento de los jugos que continúa mientras la planta misma dura. En el insecto encontramos que el aire penetra más profundamente con cada paso. La oruga tiene pequeños racimos de tubos respiratorios que se adentran poco en el interior desde las aberturas laterales (estigmas). En la mariposa, el aire se precipita al interior del cuerpo en tubos ampliamente ramificados, lo seca e incluso penetra en la cabeza. Toda la criatura parece ahora modelada por el elemento ágil y cambiante del aire. Y el aire reclama a la mariposa, por lo que se abre paso a través de él, mientras que la flor permanece llena de jugos, aunque con el máximo refinamiento. El salto de la crisálida a la mariposa llega más lejos que el salto del capullo a la flor. El estallido del diseño y el color en la mariposa es un proceso diferente al de la floración. En el capullo, el color parece ser simplemente respirado en la superficie. En el animal, el color irrumpe desde la sede interna de la vida. Por eso, incluso los órganos internos de la mariposa pueden ser de color amarillo brillante o carmesí.

Si, con la actitud de Goethe, experimentamos el contraste entre la metamorfosis animal y la vegetal, descubrimos que se revela en nosotros un nuevo órgano. En realidad percibimos que en el animal se manifiesta otro agente que no sólo moldea una forma en otra en continuidad verificable, sino que eleva una forma a la siguiente por encima de una brecha. (En la ciencia espiritual este agente se llama cuerpo astral, mientras que el "Proteo" que moldea la planta se llama cuerpo etérico).

El buscador del secreto de la naturaleza debe aprender a saltar esta brecha, o el "hiato" como lo llamó Goethe. Para ello se requiere más valor que para el trazado de la forma-flujo de la planta. Debemos, por así decirlo, contener la respiración mientras saltamos el abismo que separa las distintas etapas que se sustituyen entre sí. Al hacer esto, realizamos un acto de cognición diferente al necesario para el estudio de la planta. Este acto es capaz de captar que el agente (el cuerpo astral) se manifiesta una vez más en el mundo multicolor de las sensaciones del animal que faltan en la planta. A partir de aquí, el camino se abre para seguir los diversos arquetipos de los animales en sus direcciones divergentes. La mera plasticidad de las formas ya no es suficiente para esta tarea.

El investigador aprende así a leer los jeroglíficos de las formas vegetales y animales en su diferencia característica. Comprende por qué Rudolf Steiner destacó las brechas entre los reinos de la naturaleza como especialmente notables. Al ver estas brechas, que la ciencia actual trata de ignorar o minimizar, desarrolla los órganos para salvarlas. Dondequiera que haya que cruzar un abismo mediante un esfuerzo de cognición, debe aprender a contener la respiración y luego encontrarse al otro lado, cambiado -es cierto- pero como la misma persona. Desde el abismo, o hiato, brilla la luz que ilumina la diferencia entre el cuerpo etérico que crea una forma tras otra en las plantas, y el cuerpo astral (o cuerpo sensible) en los animales, que irrumpe en la mera estructura viviente, al igual que el aire irrumpe en la mariposa y la transforma a partir de las etapas preparatorias.

El salto más difícil es el que hay que dar cuando se pasa de la metamorfosis de los animales a la del hombre. Todo intento de llenar el vacío mediante la búsqueda de formas intermedias (eslabones perdidos) desvirtúa la importante y decisiva experiencia que aquí le espera al buscador.

La lucha con el "ángel del empirismo" se traslada a un nuevo campo de estudio, no vinculado directamente con la comparación de las formas corporales visibles. Para comprender la metamorfosis del hombre, debemos aprender a aplicar nuestro "sentido morfológico" a un tipo totalmente nuevo de "conformación" de las cosas en la esfera humana. Fue un descubrimiento fundamental de Rudolf Steiner cuando encontró por primera vez dónde hay que buscar esta esfera. Es en la forma de la biografía. Los estudios de anatomía sólo pueden servir aquí de preparación para agudizar la vista para la revelación expresiva de las formas individualizadas. El punto de vista biológico debe ceder ante el biográfico. En lugar de comparar la cooperación de los órganos en el cuerpo, debemos dirigir nuestra atención a la interacción de los períodos del curso de la vida individual (Lebensgang).

A pesar de la popularidad de las biografías en nuestro tiempo, todavía no estamos familiarizados con esta nueva forma de ver la historia de la vida individual de un ser humano, a diferencia de la acumulación de incidentes de la vida de un animal. A nuestro modo de ver, hablamos de la historia de la vida de un bolígrafo o un lápiz cuando nos interesa la forma en que se fabrica. Por supuesto, el lápiz no lleva una vida real. Pero ni siquiera la historia individual que describe la vida de un animal debería llamarse biografía. Porque existe la siguiente diferencia fundamental que debemos aprender a percibir.

La serie de acontecimientos que le suceden a un animal, incluso a un animal doméstico, son la expresión del carácter de la especie. Son un ejemplo individual de lo que le ocurre a cualquiera de sus miembros. Todos los sucesos son típicos en la medida en que bien podrían haberle ocurrido a otro individuo. Nos gusta leer sobre ellos por esta misma razón, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Al estudiar, por ejemplo, los incidentes de la vida de un perro, los encontramos interesantes porque ilustran la "vida de un perro". Se podría haber sustituido fácilmente por otro individuo. La llamada biografía del animal individual es, de hecho, una historia de vida ejemplar del tipo al que pertenece.

Sin embargo, la sucesión de acontecimientos que entran en la vida de un hombre es característica de este mismo hombre y de ningún otro. Él se encuentra con estos acontecimientos porque es esta persona individual. No hay un solo rasgo en la biografía que no tenga una relación secreta con la individualidad en cuestión. Si dibujamos el retrato de la vida de una individualidad, podemos utilizar el destino de la especie "hombre" simplemente como un fondo más o menos tenue. Todos los rasgos sobresalientes tienen que entrar en contraste con este fondo y tienen que ser vistos como una expresión de esta individualidad.

Incluso el entorno, lejos de limitarse a dar forma a la vida, sirve para resaltar su carácter único. Las relaciones sociales, por muy estrechas e importantes que sean, sólo contribuyen a resaltar la originalidad del diseño. El hombre va al encuentro de las circunstancias y se encuentra con amigos y enemigos como si él mismo los hubiera llamado a su encuentro. La individualidad realiza su "paseo de la vida" como si estuviera en un acuerdo secreto con las circunstancias, incluso con aquellas que deben ser llamadas adversas.

Lo que aquí hemos descrito de forma general asume una incomparable plenitud de vida en cuanto nos acercamos a los ejemplos individuales. Pensemos, por ejemplo, en Goethe en su viaje a Italia. En el cementerio judío de Venecia encuentra un cráneo de oveja medio enterrado en la arena. Su compañero lo recoge y lo llama en broma cabeza de judío viejo. Goethe, de un vistazo, ve lo que el acompañante pasa por alto, a saber, que este cráneo "por casualidad" se ha roto en tres partes, una anterior, una media y una posterior. Algo tremendo se demuestra para Goethe ante sus propios ojos, una ley secreta de la naturaleza ha salido a la luz del día. Es la ley que Goethe había anticipado en sus estudios anatómicos, el crecimiento simultáneo en el cráneo animal a partir de vértebras transformadas y remodeladas". Este hallazgo es la respuesta confirmatoria a un problema largamente albergado en su pensamiento. Esta respuesta viene de fuera y se dirige a Goethe.

¿Podemos negar que este suceso es característico de la individualidad de Goethe? ¿Que no podría haberle ocurrido así a nadie más? Este suceso, podemos decir, utilizando una manera significativa de hablar, se parece mucho a Goethe. Toda biografía está repleta de incidentes de este tipo. Las cosas que se acercan a la individualidad desde fuera tienen la "mirada" de aquel a quien se acercan. Lo que le sucede a una individualidad humana lleva su propio sello.

Esto es cierto tanto si se trata de una gran persona como si no, pues incluso en la vida más humilde abundan tales rasgos. Todos sabemos a qué nos referimos cuando un tipo torpe y desmañado vuelve a tener alguna pequeña desgracia y decimos en broma: esto sólo podía pasarle a él. Lo que aquí decimos del pájaro de la mala suerte es cierto también para cosas más importantes y serias. Es una ley general. Y podemos encontrar aquí una diferencia esencial con la animalidad. Cada incidente, adverso o favorable, en la vida de un hombre hace alguna contribución a los rasgos de su retrato anímico y espiritual. Ayuda a conformar el documento de su verdadero Yo, por utilizar el término científico-espiritual adecuado.

Se trata de una nueva aproximación al conocimiento concreto del yo real en el hombre, a diferencia de la naturaleza anímica generalizada del animal. Es este yo el que, como entidad indivisible, diseña su propio retrato en la biografía y, por tanto, puede leerse en ella como en un documento fiable.

Para interpretar adecuadamente este documento debemos estudiarlo también desde otro ángulo. Se trata de reconocer no sólo el carácter revelador de los incidentes, sino también el modo revelador en que la individualidad gana al conocerlos. No sólo los acontecimientos vienen al encuentro del hombre, y llevan su huella de antemano, sino que su huella es también visible en lo que él hace de ellos. Extrae de ellos, como el metal del mineral en bruto, un tesoro que se traslada a la fase posterior de su vida. Podemos ver la individualidad en acción al arrancar de la vida (lo sepa o no) la contribución a su propio crecimiento y maduración.

De hecho, los grandes hombres nunca dejan de recoger esa cosecha; nunca terminan de aprender. Continúan hasta el último día de su vida buscando el alimento secreto para el núcleo más íntimo de su ser, y esto es lo que les hace grandes. Incluso cuando el cuerpo se debilita, la postura se inclina hacia delante, y sólo los ojos conservan su brillo, el núcleo interno sigue creciendo y puede revelarse en el gesto aún vivo y en el precioso contenido de las palabras de peso, aunque utilizadas con moderación. Este es el milagro que rodea a la metamorfosis humana: incluso en la decadencia del instrumento corporal, el crecimiento continúa en el interior y conduce a una belleza cada vez más valiosa.

Aquí observamos el crecimiento bendito de una semilla interior, un proceso de formación de semillas interiorizado, por así decirlo, que aspira a la maduración mientras la cáscara endurecida del cuerpo se separa de él. Sabemos, por supuesto, que la semilla sigue madurando sólo cuando el yo permanece despierto y continúa la sutil alquimia que transforma la experiencia. Todo es cuestión de esa "apertura al mundo" que Goethe desarrolló a lo largo de su vida y que servirá de ejemplo imperecedero para el luchador por el conocimiento.

Esta apertura es una actitud esencialmente moral. Es una devoción a la experiencia alimentada por la confianza en sus aspectos cada vez más profundos a medida que envejecemos. Es también un rechazo a la interferencia de la subjetividad, el esfuerzo por hacer de uno mismo un órgano cada vez más purificado, moldeado por las propias revelaciones del mundo.

Tal objetividad es eminentemente necesaria cuando se trata de la contemplación de nuestros propios incidentes de la vida a la luz de nuestra biografía "eterna". Sólo puede hacerse si desechamos las ilusiones sobre nuestra propia importancia y valor. El mejor entrenamiento para tales estudios es, digámoslo de nuevo, el estudio de la metamorfosis de las plantas, una verdadera escuela de objetividad. El crecimiento de nuestro propio núcleo, que tanto deseamos observar, sólo puede asegurarse dedicándonos a estudios en los que haya pocos motivos para la autoflagelación, o para una satisfacción prematura en la posesión de verdades.

El nuevo órgano que crece a partir del estudio de la vida humana puede percibir cada vez más claramente lo que sólo puede encontrarse en la metamorfosis del hombre, es decir, la "huella" del yo espiritual en su paso por una vida terrenal, pero también seguirla hacia atrás en las fases anteriores y hacia delante en las posteriores. Para este órgano, tal como creció en Rudolf Steiner, la reincorporación del verdadero yo en las vidas terrenales posteriores se convierte en una realidad perceptible. Lo que se necesitaba, como dijimos anteriormente, para el estudio de una metamorfosis animal, en el sentido de una capacidad de "aguantar la respiración" al cruzar un abismo que separa dos formas, se necesita en un grado enormemente superior para trazar la individualidad del hombre a través de sucesivas "encarnaciones". Los ramales de la escalera espiritual, tan visiblemente cercanos en el reino de las plantas y ya parcialmente interrumpidos en el reino de los animales, están ampliamente separados en la metamorfosis del hombre. Pasan siglos entre dos encarnaciones y no queda ninguna semejanza entre dos ramitas, o etapas, que pueda ser captada por un mero sentido por la similitud de formas. El sentido de rastreo del yo (también llamado intuición espiritual) debe trabajar independientemente de cualquier semejanza exterior para seguir una escalera espiritual que se extiende a través de las edades de la historia con largas moradas intermitentes del yo en una existencia puramente espiritual. Sin embargo, hay un hilo que conecta las diversas encarnaciones a pesar de todas las diferencias en la forma de la apariencia desnuda. Este hilo es de carácter moral y, por lo tanto, puede comprenderse mucho antes de que el estudiante pueda esperar encontrar por sí mismo ejemplos concretos de reencarnación real de una individualidad a través de las épocas. El salto de una encarnación a otra mantiene la continuidad moral entre los actos y omisiones en una, y las circunstancias consecuentes en la siguiente encarnación. Pero cada nueva encarnación es también un nuevo comienzo como garantía de que la libertad se hace alcanzable. [leer Destiny and freedom del mismo autor]

La imagen de la mariposa saliendo de su crisálida puede ser retenida como una imagen de la conexión de una encarnación con la otra bajo la condición de que la captemos y apliquemos en el sentido de un desarrollo moral. Sin embargo, este mismo traslado de la metamorfosis a la esfera de la continuidad del hecho y del entorno educativo nos hace quedarnos asombrados ante la capacidad de Rudolf Steiner de salvar las brechas de siglos en su visión del yo y de mostrar cómo los casos reales de metamorfosis humana, tal como él los describió, dan testimonio de la moral sobrehumana que impregna el cosmos espiritual. [leer Reincarnation as a Phenomenon of Metamorphosis de  G. Wachsmuth]

Si el lector quiere tener una sensación concreta de la atmósfera de lo que acabamos de llamar moral sobrehumana, que se detenga en el siguiente ejemplo que dio Rudolf Steiner.

Describe a un hombre que nació con un cuerpo tullido y frágil, con un receptáculo corporal tan imperfecto que en él el alma y el espíritu no podían encontrar su expresión adecuada. Nació, en otras palabras, como un idiota; es decir, un ser humano en el que las lamentables carencias del cuerpo contrastaban violentamente con los esfuerzos del yo que luchaba en él. Las experiencias de este humilde individuo no fueron, sin embargo, en vano. En la vida después de la muerte maduró un fruto de todos los sentimientos inferiores, del sufrimiento y de la humillación. Este fruto fue llevado a una vida posterior como una semilla, y cuando se desplegó se desarrolló una personalidad que pudo convertirse en un benefactor social de la humanidad.

Relatamos aquí este ejemplo para que el lector pueda detenerse en él de la misma manera que un estudiante de las formas de las plantas puede detenerse en el cambio de la hoja a la flor. No se necesitan más palabras de explicación. Lo que cuenta es la atmósfera. Podemos trabajar y crecer como seres humanos en una atmósfera así. La metamorfosis de las plantas hace que nuestra imaginación sea viva y flexible. La metamorfosis de los animales añade un despertar que puede perdurar a pesar de las vívidas y profundas transformaciones que aprendemos a conectar. La metamorfosis del hombre puede enseñarnos a reconocer la semilla de eternidad que el mundo divino ha plantado en él para que crezca como un ser libre.

En el hombre encontramos la forma suprema de la metamorfosis, que es la reencarnación del núcleo espiritual y moral del hombre.


El buscador de la realidad que haya seguido el camino aquí descrito, o al menos haya reconocido su valor como método, comprenderá por qué la ciencia natural puede convertirse en un curso preparatorio para el conocimiento superior. Es en este sentido que nos hemos referido aquí a la obra pionera de Goethe y a Rudolf Steiner como aquel que continuó con medios modernos lo que Goethe comenzó y dejó como tarea para nuestra época.


Mirando hacia atrás en el camino que hemos seguido aquí podemos reconocer que se puede hablar de la metamorfosis del hombre como la manifestación suprema y más explícita de un fenómeno que aparece en un despliegue más imperfecto en los reinos inferiores al hombre. La reencarnación, pues, es el arquetipo plenamente desarrollado de la metamorfosis. Las metamorfosis en los otros reinos son reflejos, por así decirlo, en dos niveles inferiores. Son imágenes posteriores. Los saltos en la metamorfosis de los insectos aparecen como la imagen sombra del desarrollo moral en el hombre. (De ahí la imagen de la mariposa para el alma en las antiguas lápidas). En un nivel inferior al animal hay un mero moldeado y remodelado de las formas, como lo vemos con deleite entre las plantas. La transformación ya no tiene ninguna implicación moral, pero aparece aún más radiante con una belleza purificada. Incluso por debajo de las plantas, en el reino de los meros organismos físicos, entre las piedras y las rocas y los cristales, podemos conjeturar un tenue reflejo de una metamorfosis privada de vida moldeadora, pero aparente en las causas y los efectos convertidos en organismos ciegos.


La causalidad moral, como en la reencarnación, sería el prototipo perfecto; la metamorfosis animal, su primera imagen posterior; la metamorfosis vegetal, su segunda imagen posterior; y la ley de la causa y el efecto exteriores, su último y débil reflejo y sombra.


"Todo lo transitorio no es más que una apariencia", estas palabras finales del drama de Fausto se llenan entonces de un nuevo sentido concreto para la búsqueda de la realidad. La verdad que encierran ya no menosprecia el valor de la búsqueda concreta en la naturaleza. Subiendo y bajando la escalera espiritual en los reinos de la naturaleza y en el reino del hombre, el nuevo científico sabe lo que significa luchar con el ángel del empirismo. Sabe que este ángel, después de haber golpeado al hombre con sus puños, puede finalmente rebajarse a bendecirlo.

Traducido por J.Luelmo feb.2022



miércoles, 23 de febrero de 2022

La metamorfosis de la muerte

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La metamorfosis de la muerte

Por el Dr. Hermann Poppelbaum - antropólogo que enseñaba en Alfred University.


El enigma de la muerte se profundiza a medida que envejecemos y nos sentimos obligados a enfrentarnos a ella. La juventud, hasta nuestra época, ha reclamado el privilegio de desentenderse del misterio del fin de la vida por parecer tan remoto. Sin embargo, ahora la guerra ha llevado a millones de jóvenes, e incluso a mujeres y niños, tan cerca de la temida "frontera oscura" que se ven obligados a fijar en ella su mirada interior. En ningún momento fue más necesario penetrar en el reino más allá de esta frontera.

El científico afirma que da una imagen "realista" de la muerte. Pero equipado sólo con la observación exterior no tiene nada real que decir sobre lo que sucede. Puede enumerar los síntomas corporales de la partida de la vida; pero no puede describir lo que viene cuando decimos que la muerte se acerca. La "llegada" de la muerte es para él sólo una figura retórica. No hay nada que venga, sólo algo que se va.

Las descripciones que las religiones tradicionales hacen de la muerte y del reino del "más allá" apelan a las esperanzas y los temores humanos, lo que pone en gran peligro su credibilidad, pues la esperanza y el temor son malos compañeros en el camino hacia la verdad.

Puesto que la ciencia no nos dice nada sobre la muerte, y la religión nos dice demasiado, el buscador tiene que buscar por sí mismo, por lo que puede encontrar aceptable el siguiente enfoque. Parte del hecho obvio de que nos referimos a cosas muy diferentes cuando hablamos de la muerte de una planta, o de un animal, o de un ser humano.

Decimos que la semilla de una planta muere cuando cae en la tierra o se planta en ella. Una nueva planta brota de ella mientras la semilla renuncia a su existencia individual. Esto, debemos admitir, no es realmente la muerte, sino sólo la caída de una cáscara mientras el núcleo permanece más vivo que nunca. La fuente de la vida ha renovado su poder mientras su recipiente exterior se desprende.

Lo mismo ocurre cuando una planta entera se marchita mientras los frutos o las vainas de las semillas permanecen. La vida se retira del cuerpo mientras se desplaza a las partes que garantizan su continuación. Esto no es una muerte real, y sólo podemos llamarlo así de forma figurada. La vida pasa a una parte que está visiblemente preparada de antemano como su sede y recipiente.

En los animales hay que hablar de otra manera. El individuo padre no tiene por qué morir cuando se forma la progenie, aunque muchos animales inferiores lo hacen. Las mariposas, por ejemplo, y las polillas, y muchas de las formas más pequeñas, mueren después de depositar sus huevos como si esto fuera la culminación de su propia vida. La madre del animal puede incluso albergar los huevos durante un tiempo con su propio cuerpo. Se trata de un gesto de renuncia a la existencia para asegurar la descendencia. Morir se convierte, por primera vez, en un acto de consumación realizado en la esfera de la vida. En la planta es la propia vida la que se retira del cuerpo del progenitor y se concentra en la semilla. En el animal, el progenitor moribundo transmite algo a la progenie a modo de sacrificio.

Cuando un animal superior muere, especialmente un animal doméstico que vivió con nosotros durante algún tiempo, lo sentimos como una semblanza de la muerte del hombre. Aquí no hablamos en sentido figurado si lo llamamos muerte. Y, sin embargo, está muy lejos de la muerte individual del hombre. Pues el ser humano pasa por la muerte y en cierta medida participa en ella a través de su propia experiencia. Sabemos por muchos incidentes que un hombre puede ser consciente en un grado superior de que está falleciendo. No sólo le sucede algo, sino que está haciendo algo. Siempre significa algún tipo de acto cuando un hombre muere. La pérdida del cuerpo es sólo una manifestación externa del individuo que lo abandona.

Así vemos que el secreto de la muerte se revela en el hombre después de un estudio de las revelaciones fragmentarias preparatorias en los reinos inferiores al hombre. En el hombre, la muerte se convierte en un acto. "Alguna parte del hombre debe haber dicho "sí" a la muerte antes de pasar por ella.

Un ejemplo destacado de una persona consciente de esta naturaleza de la muerte lo encontramos en Goethe. Una vez, tras la muerte de un amigo, habló (a su amigo Falk) como si el amigo fallecido hubiera hecho la muerte. Cuando Falk expresó su sorpresa por esto con las palabras Usted parece indicar que el moribundo se ha ido deliberadamente, Goethe dijo con una sonrisa: "Sí, a veces me tomo la libertad de llamarlo así". -

Tres formas de muerte se presentan así ante nuestros ojos. En la planta, la muerte es otro nombre para la creación de una nueva vida; en el animal, es un morir en un sacrificio por la progenie, y en el hombre se convierte en una partida real. Las épocas anteriores, que tenían una noción distinta de estas diferencias, utilizaban palabras diferentes para las tres manifestaciones de la muerte, como todavía hacemos cuando decimos "marchitarse" para la planta, "morir" para el animal y "pasar por la muerte" para el hombre. Pero en la mayoría de los casos utilizamos la palabra muerte de forma indiscriminada y las distintas diferencias, como ocurre a menudo, se pierden en la abstracción.

La visión de lo suprasensible es capaz de añadir aspectos importantes a nuestro intento de descripción. Nos permite dar a los fenómenos el marco global al que pertenecen. El trasfondo se pone de manifiesto de una manera que amplía enormemente nuestra comprensión.

La necesidad de una comprensión más profunda de este tipo la vemos inmediatamente al estudiar cómo producen y dispersan sus semillas las plantas. Parece que hay un enorme desperdicio en números, mucho más allá de la necesidad real de asegurar la continuidad de la especie. Por supuesto, todo el mundo conoce la "explicación científica" de esta sobreproducción. La especie tiene que hacer frente a una enorme tasa de aniquilación, se nos dice; la escasa posibilidad de supervivencia impone a la planta lo que parece un despilfarro. Sin embargo, esta es una interpretación típicamente intelectual, y utiliza los conceptos de oferta y necesidad como si estuviéramos hablando de un problema industrial. Como en muchas otras supuestas explicaciones del siglo XIX, hay en ella un antropomorfismo oculto. Deberíamos ser más cautelosos con nuestra tendencia a "humanizar" la naturaleza. Además, el hecho es que las semillas perecederas desempeñan un papel importante en el contexto de la vida, ya que son necesarias para que muchos otros organismos sigan viviendo. En lo que respecta al crecimiento y la propagación, la naturaleza nunca es ahorrativa. Otro ejemplo es la increíble producción de polen. Los bosques de coníferas de Noruega desprenden una cantidad tan enorme de su polvo de flores fertilizante, que el viento lo arrastra hasta el mar para colorearlo de amarillo a kilómetros de la costa. Miles de millones de pequeños organismos oceánicos viven de este polen, y a su vez alimentan a los habitantes más grandes del mar. ¿Y qué decir de las nubes de polvo dorado que desprenden las ambrosías en verano? Cada uno de los incontables granos de polen tiene la potencialidad de llegar a un recipiente de semillas. Pero la mayor parte de ellos no llegan a fecundar, se incorporan a otro contexto de vida y sirven de un modo ajeno a su finalidad biológica "ordinaria".

¿Cuál es el significado de esta desviación? La percepción suprasensible, con sus métodos bien desarrollados, puede aportar una respuesta sorprendente. Es capaz de rastrear el proceso visible cuando pasa al reino invisible limítrofe. Aquí no encontramos esas "fuerzas" anónimas que nuestro intelecto infiere, sino una zona fronteriza poblada por seres suprasensibles que se dedican a una actividad particular. [Ver el mundo elemental] Se apoderan de la fuerza germinal que no se utiliza y la llevan a otro destino. Visto con los ojos ordinarios hay un gran desperdicio y una desviación incomprensible de los productos de la naturaleza de su propósito original. Visto con los ojos del espíritu hay una transferencia llena de sabiduría, una conducción de los poderes de crecimiento que no se utilizan hacia otro canal de desarrollo. Porque a través de la actividad de estos mediadores, las fuerzas gastadas se transmiten a los lugares donde aparecen nuevas formas y especies. No hace falta decir que la vista física nunca podría trazar esta conexión, porque pierde de vista las fuerzas en el momento en que la semilla o el polen perecen. Pero la renuncia a la existencia visible es una ganancia para otra parte del plan global de la vida. Las nuevas especies no surgen del "cielo azul", sino del sacrificio de las potencialidades que brotan en otras partes.

Cuando Rudolf Steiner describió por primera vez esta asombrosa tendencia de continuidad oculta, añadió que la misma transferencia también es válida para los innumerables gérmenes de peces que parecen constantemente condenados a perecer en el océano. En efecto, si pudiéramos verlos todos como vemos las masas de polen a la deriva en Noruega (no las vemos porque son transparentes), el mar aparecería de un amarillo dorado resplandeciente. Debemos imaginar que, por el mero hecho de no producir nueva progenie, un inmenso número de estos gérmenes sostiene la vida del océano hasta profundidades considerables. Servir de alimento y ser alimentado es parte de la maravillosa red de la naturaleza de "dar y recibir". Los filisteos diagramas de las "cadenas alimentarias" de nuestros libros de texto son pobres y distorsionados cuadros de sombra de una realidad que está más allá del alcance de una interpretación demasiado humana. La visión suprasensible ayuda al hombre a restaurar la imagen del plan de la naturaleza a su prístina grandeza.

En esta imagen se entrelazan los hilos de la vida y de la muerte. Una no podría ser sin la otra. El marchitamiento y la decadencia son servidores de la vida de forma muy concreta. El abandono de una tendencia de desarrollo posible permite que la vida surja en otra parte y continúe su curso en una dirección totalmente nueva. Una parte del camino que recorre la vida se encuentra en una esfera oculta a los sentidos y debe ser trazada de forma suprasensible. Sin embargo, con estos eslabones ocultos proporcionados por la investigación suprasensible surge una imagen total que entonces tiene sentido. No hay un ahorro trivial en el sentido de la economía humana. Más bien, la naturaleza sostiene la vida gastando generosamente su tesoro.

El buscador de la visión espiritual tiene una maravillosa oportunidad de adquirir experiencia práctica en el arte de gastar. Primero se adentra en el diseño de la naturaleza y gradualmente aprende a adaptar sus pensamientos a ella. Ve lo que el darwinismo filisteo ha hecho de los intérpretes de la naturaleza. Pero aprende algo más. Aprende que los pensamientos pueden ser utilizados para dos propósitos diferentes. Uno es el propósito ordinario de aplicarlos a la comprensión de alguna manifestación del mundo exterior. El otro es retener un pensamiento y albergarlo en el alma durante algún tiempo hasta que se convierta en otra cosa. Se transforma en una facultad viva.

Al igual que el grano de trigo puede tener dos finalidades, servir de alimento humano y ser plantado en la tierra para producir nuevos granos; así un pensamiento puede ser, por así decirlo, utilizado en la explicación de un fenómeno; pero también puede ser utilizado por su potencia germinativa. Rudolf Steiner ha establecido deliberadamente esta comparación. El grano al ser comido y digerido es sacado de la línea de su destino natural; al grano al ser plantado se le permite completar el ciclo de sus posibilidades inherentes. Un pensamiento puede aplicarse inmediatamente después de haberse formado. Muestra entonces su valor práctico. Sin embargo, puede ser utilizado como una semilla, cultivada por así decirlo, y se le permite encontrar su camino de vuelta al reino del que fue tomado. En lugar de explotar su trivial valor explicativo, permitimos que revele su valor meditativo.

De este modo, podemos comprender el papel primordial que desempeña la meditación en el camino del desarrollo del conocimiento superior. El estudiante aprende a practicar la meditación por su efecto en el despertar de los órganos internos. Este es un proceso lento y requiere paciencia. (De hecho, aquí nuestro estudio de la vida y la muerte ya ha llegado a un punto en el que se puede comprobar su valor como ejercicio).

La explicación de la naturaleza en términos de competencia, extinción y supervivencia fortuita es un buen ejemplo de un pensamiento a corto plazo, aplicado de forma demasiado rápida y barata. Su valor real para la comprensión del método de la naturaleza es muy limitado. No alcanza el nivel en el que la naturaleza concibe sus diseños. Ella trabaja en varias líneas con uno y otro de sus hijos adoptivos. La semilla es un ejemplo destacado. La muerte forma parte de su esquema de promoción de la vida. Ella sabe cómo desarrollar las posibilidades de la línea lateral. Si la seguimos con nuestros pensamientos, debemos dejarlos crecer en la meditación para que se vuelvan flexibles y capaces de metamorfosearse.

Este pensamiento "flexible" sobre el funcionamiento de la naturaleza está contenido en una frase de Goethe sobre la muerte en la naturaleza. "La naturaleza", dice, "ha inventado la muerte para tener más vida". Esto parece una paradoja, pero las paradojas nos permiten mirar una cosa desde dos ángulos al mismo tiempo. Hay más verdad en un dicho aparentemente autocontradictorio que en las formulaciones unidireccionales más baratas.

El papel de la muerte en la naturaleza en general es, sin embargo, sólo el primero de los secretos sobre los que la visión suprasensible puede arrojar luz al descubrir conexiones del tipo mencionado anteriormente. Profundizando mucho en sus investigaciones, Rudolf Steiner pudo seguir el papel de la muerte hasta el cuerpo mismo del hombre. No sólo la naturaleza que rodea al hombre tiene en su interior el elemento de la muerte como medio necesario para crear vida. La muerte penetra en la arquitectura y los procesos del cuerpo del hombre, le otorga un don sin el cual no podría llamarse ser humano.

Entre las personas que buscan descubrimientos meramente placenteros en el conocimiento superior, esta idea puede no ser muy popular. Pero incluso la fisiología ordinaria puede mostrar ciertos hechos que señalan el camino hacia ella. La cantidad de vida en los distintos sistemas orgánicos del hombre es muy diferente. Hay regiones evidentemente llenas de vida: los órganos digestivos, glandulares y generativos, la mayoría de ellos en las partes inferiores del organismo. Todos ellos trabajan para el sustento de la vida en el resto del cuerpo y, en consecuencia, tienen grandes poderes de curación y regeneración. Lo contrario ocurre con el sistema nervioso y los órganos de los sentidos, y -aunque en menor medida- con los órganos de la respiración. Todos estos órganos alcanzan su forma definitiva bastante pronto en la juventud y conservan muy poca vida orgánica después. El cerebro humano incluso deja de crecer cuando el niño tiene nueve años. [Un hecho silenciado en los libros de texto] Este hecho es conocido por la fisiología ordinaria, pero no tiene sentido a menos que consideremos lo que dijo Rudolf Steiner, a saber, que la ralentización del crecimiento y la paralización real que se producen en estos órganos y especialmente en el sistema nervioso, tiene que ver con su tarea, que es servir de base para la conciencia humana. Esto no es una teoría, sino un resultado de la observación suprasensible. Se ve que la muerte entra en la estructura y los procesos de estos órganos y sustituye su capacidad de germinar y crecer. Hay una muerte parcial en medio de la vida, pero sin esta muerte relativa o parcial que se extiende en su sistema nervioso y sensorial el hombre no podría despertar para ser un ser consciente.

Aquí, pues, la muerte tiene un significado definido y positivo para la vida del hombre. Es, por supuesto, algo extraño pensar que llevamos la muerte dentro de nosotros en un sentido tan literal. Sin embargo, este hecho arroja luz sobre muchos otros hechos que pertenecen a un contexto más amplio. Debemos acostumbrarnos a la idea de que la conciencia es una contraparte e incluso un contrafactor de la vida en el organismo. El despertar se basa en una muerte gradual de ciertos órganos. Para la percepción suprasensible la vida se desprende del cuerpo, se sacrifica para dar lugar a una facultad que los órganos que sostienen la vida no nos permitirían desarrollar.

La muerte da algo al hombre, mucho antes de que se apodere definitivamente de la totalidad de sus órganos físicos. La muerte aparece aquí no como el mero fin de la vida, sino como un ingrediente permanente en la estructura total del hombre. Esto es lo que distingue al hombre de una planta. Porque en una planta el proceso de marchitamiento es una fase que sigue al período de brotación y dentro del cual la planta pasa a otro contexto de fuerzas que disuelven al individuo. En el hombre, el individuo se mantiene todo el tiempo mientras la muerte hace su trabajo en el organismo. Este trabajo le hace experimentar su propia existencia separada mientras está despierto. El mero sueño nunca podría darle esta experiencia.

Pero esta idea puede ir más allá. Si la entrada de la muerte en nuestro organismo significa un despertar parcial, entonces la conquista completa de nuestro organismo por la muerte significaría un despertar total. Esta conclusión está plenamente confirmada por la percepción suprasensible. El hombre, al morir, se despierta en un grado que nunca podrá alcanzar mientras su cuerpo tenga vida germinal en su interior. La muerte libera al hombre en un estado de conciencia ampliada.

Así, con la ayuda de los nuevos conceptos proporcionados por la investigación suprasensible - pero comprensible sin recurrir a las facultades suprasensibles - el estudiante puede trabajar su camino de una forma de muerte a la otra. En el plano de la existencia vegetal es cierto que la muerte es un dispositivo de la naturaleza para producir más vida orgánica. Para hacer justicia a lo que ocurre en el hombre debemos dar otra forma a la afirmación de Goethe que dice que la naturaleza ha inventado la muerte para tener más vida. Es una forma que Goethe no pudo encontrar todavía, pero es una metamorfosis que hoy podemos dar a la verdad encontrada por él. Dice así: El desarrollo del mundo ha introducido la muerte en el hombre para darle una mayor conciencia.

Este es un paso siguiente para pintar un cuadro verdadero del papel de la muerte. No hace falta decir que la conexión señalada aquí está oculta a la conciencia ordinaria del hombre. Sin embargo, quienes tienen un sentido de la metamorfosis de las verdades pueden reconocer que las palabras de Goethe son como una semilla de la que aquí se hizo brotar otra verdad, una verdad que concierne al hombre más profundamente que su predecesora.

Sin embargo, debemos ser muy conscientes de que con esto aún no hemos tocado la experiencia consciente del hombre con la muerte. La muerte que reside en una parte de su organismo no es todavía la muerte captada por el hombre mismo. Es sólo la muerte sufrida y padecida inconscientemente. Y su contrapartida en la conciencia no es la conciencia de la muerte, sino la autoconciencia del individuo, respaldada por la conciencia del mundo físico que le rodea. La muerte despierta al hombre, pero su atención se aleja del agente despertador y se dirige a la región más familiar que enfrentan los sentidos. (Este es, por cierto, otro caso de desviación de una tendencia de desarrollo de su objetivo esencial hacia lo que aparece como un canal lateral).

Una tercera metamorfosis del papel de la muerte sería, pues, el paso de la entidad humana por la experiencia de la muerte. Hemos mencionado anteriormente que el hombre, incluso en su fase actual de desarrollo, puede tener esta experiencia de "pasar" y mostrar por las palabras que utiliza que comienza a despertar para un nuevo entorno no transmitido por los sentidos corporales. (Lo que nos interesa aquí no es el hecho de una "supervivencia" abstracta, sino la inmersión gradual de la entidad humana, a través de la muerte, en una riqueza de experiencia concreta en un entorno que antes estaba oculto. Mientras el hombre habita en su cuerpo está dormido, por así decirlo, respecto a este mundo circundante. La muerte al entrar en una parte del cuerpo lo despierta para el entorno físico; la muerte al entrar en todo el cuerpo abre los ojos del alma para los mundos espirituales. De modo que podemos decir, con un paso más en nuestra formulación: Los poderes superiores han dado al hombre la experiencia de la muerte para despertarlo completamente.

Sabemos que las personas mueren de manera diferente. Hay algunos que parecen pasar suavemente a su nuevo entorno; y hay otros que parecen saber cómo morir. Es como si lo hubieran aprendido en una ocasión anterior, por lo que ahora pueden hacerlo mejor. Todos ellos, por supuesto, tienen alguna experiencia de la muerte; pero la diferencia estriba en la cantidad de ella que tienen cuando todavía están en la frontera entre los dos tipos de conocimiento. De este modo, aportan un mayor o menor grado de conciencia al desarrollo que sigue a la muerte, según los hallazgos de la investigación suprasensible.

Hay un hecho aún mayor sobre la muerte que ha sido puesto de manifiesto por Rudolf Steiner y que el estudiante que ha seguido hasta aquí puede ver como la culminación de las metamorfosis de la muerte. Aunque nos sentimos reacios a indicarlo aquí en pocas palabras, no podemos abstenernos de añadirlas. El lector podrá averiguar por sí mismo en qué sentido puede llamarse última y suprema metamorfosis.

Hubo una muerte en la historia de la humanidad que se sitúa muy por encima de las innumerables muertes por las que han pasado los seres humanos. Fue realizada por un ser de rango incomparable. Este ser no tenía ninguna necesidad de morir, porque poseía el pleno despertar sin él. No tenía necesidad de morir y, sin embargo, murió. No tenía necesidad de aparecer en forma humana entre los hombres, y sin embargo se hizo hombre. Se hizo hombre y, sin embargo, fue la encarnación en forma terrenal de los poderes divinos que han hecho al hombre.

No podemos hablar aquí de los secretos que rodean este acontecimiento. Aquí sólo podemos comparar su muerte -el acontecimiento del Gólgota GA08- con una muerte humana. [Para Aquel que fue engendrado de la plenitud divina (el Pleroma de los documentos antiguos) no había ninguna iluminación que obtener de la experiencia de la muerte. Esta muerte fue realizada como un acto deliberado, en beneficio de aquellos que aún no pueden pasar por ella sin temer la aniquilación.

Su muerte fue también una siembra de semillas. Y en esto captamos la tendencia común que recorre todas las formas de muerte, desde la humilde planta hasta esta manifestación más gloriosa en la que la muerte se revela con un significado totalmente nuevo. En su paso por la muerte se resume el significado de todas las manifestaciones anteriores de la muerte, y a cada paso se le asigna su lugar en el plan sucesivamente revelado. También en este caso debemos referirnos a la casi increíble riqueza de hechos expuestos por Rudolf Steiner sobre el significado del acontecimiento de Cristo como un impulso único e irrepetible dado a la tierra y a la humanidad. Hay que tener siempre presente que aquí sólo hemos seleccionado un aspecto del conjunto, a saber, el cambio de papel de la muerte. Además, debe recordarse que nuestra descripción no está tomada de ningún documento externo, sino de una investigación independiente con métodos puramente espirituales. (Los documentos externos se encontrarán, al examinarlos más de cerca, en consonancia con esta descripción).

No se puede negar que incluso en la forma tradicional del relato sobre Cristo su muerte desempeña un papel vital. Si seguimos la tendencia de nuestro estudio, tal y como se ha expuesto anteriormente, no necesitamos repetir dogmáticamente lo que la tradición dice sobre Su muerte, pero podemos reconocer lo que obviamente se quería decir al situar esta muerte, como hace la tradición cristiana primitiva, en el centro hacia el que gravitan todas las demás partes de la historia. También es digno de mención que en estas enseñanzas consagradas el evento de Su muerte es llamado el resorte principal de una nueva vida futura en la tierra, utilizando así una paradoja casi idéntica a la que fue utilizada por Goethe cuando caracterizó el dispositivo secreto de la naturaleza.

Ahora bien, como dijimos anteriormente, la primera forma en la que una verdad puede ser captada antes de ser plenamente conocida puede ser una paradoja. Y tales paradojas, como se ha mostrado anteriormente, pueden ser plantadas como semillas antes de que la verdad completa pueda ser dicha. De ahí la inevitable "oscuridad" del dogma cristiano sobre la muerte de Cristo y la realidad corpórea de su resurrección. No tenemos aquí la tarea de llevar al lector a la comprensión de toda la órbita de lo que se puede decir hoy en día sobre estos principios centrales del cristianismo. Basta con afirmar que su sustancia es afín a lo que hemos tratado de señalar aquí sobre el significado de la muerte y sus formas sucesivas. La continuidad de estas formas es evidente cuando una vez más tratamos de formularlas paradigmáticamente de la siguiente manera: El Mundo Divino ha enviado a Cristo a la tierra para otorgar a la humanidad la Vida Eterna.

En esta última metamorfosis del secreto de la muerte, el término "vida" ya no significa vida en sentido orgánico, sino una resistencia autosostenida, a diferencia de sus manifestaciones preliminares en el cuerpo. Y, sin embargo, todas las manifestaciones corporales están incluidas en el cambio operado por el poder sembrador de la muerte de Cristo. Desde que habitó en un cuerpo humano, y desde que con su muerte este cuerpo fue entregado a las sustancias de la tierra, se ha iniciado un cambio que altera la propia constitución de la materia terrestre. La materia misma ha asumido algo de carácter divino y desarrollará este impulso de reespiritualización hacia el futuro. Por eso podemos decir también: El Mundo Divino ha enviado a Cristo para otorgar al hombre y a la tierra la Vida Eterna.

Admitimos que habría que decir bastante más si quisiéramos fundamentar el contenido de esta última fórmula. Si el lector busca esto, debe remitirse a la obra de Rudolf Steiner. Nuestro propósito aquí era simplemente transmitir un sentimiento definido de la metamorfosis gradual que teje un hilo de una de estas frases a la otra cuando las comparamos:

La naturaleza ha inventado la Muerte para tener más Vida.

El desarrollo del mundo ha insertado la Muerte en el hombre para darle el Despertar.

Los poderes superiores han dado al hombre la experiencia de la Muerte con el fin de despertarlo completamente.

El Mundo Divino ha enviado a Cristo para que el hombre y la tierra reciban la Vida Eterna.

Cada una de estas frases pone de manifiesto una nueva faceta del significado de la muerte. Goethe, sin duda, no tenía los medios, disponibles en nuestra época, para hacer aparecer estas verdades como inherentes a la semilla de sus propias palabras sobre la muerte. Esto se lo debemos a Rudolf Steiner, que ha abierto el camino de la Ciencia de la Naturaleza a la Ciencia del Espíritu.

En la primera frase, aprendemos a mirar la muerte con los ojos de la naturaleza. En la segunda, comprendemos un secreto de la creación del hombre encarnado en su organismo. En la tercera, captamos el papel de la muerte para la experiencia futura del hombre. Y en el último, nos quedamos asombrados ante una verdad cuya importancia espera ser reconocida a través de las sucesivas épocas.

Traducido por J.Luelmo feb.2022

¿Pueden ser probados los hechos suprasensibles?

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¿PUEDEN SER PROBADOS LOS HECHOS SUPRASENSIBLES?

Por el Dr. Hermann Poppelbaum - antropólogo que enseñaba en Alfred University.


El notable éxito que nuestro siglo ha tenido en todos los campos de la ciencia, teórica y también aplicada, nos ha llevado a menudo a soñar con el progreso de forma optimista. Sin embargo, recientemente, el uso de la bomba atómica, de los pesticidas mortales, etc., ha suscitado tales interrogantes morales que muchos de los que antes creían en una mejora automática de la cultura gracias a la ciencia se han visto embargados por un profundo escepticismo y ponen ahora sus esperanzas en un retorno a un pasado precientífico. Compartamos o no esas esperanzas, debemos admitir que la reputación de la ciencia, incluso del propio conocimiento humano, está en juego. Hemos llegado a una crisis de confianza en las actividades científicas.

Incluso aquellos que no dudan deben darse cuenta de que el camino hacia adelante se verá bloqueado si el conocimiento humano se ve restringido y acorralado como ha sucedido en los últimos siglos. Por desgracia, no ven cómo se podría intentar ampliar sus límites sin invitar al desastre. Sólo una pequeña minoría se aventura a hablar de una ampliación del conocimiento más allá de sus límites tradicionales. Consideran que esta posibilidad ha sido abierta por Rudolf Steiner en el desarrollo de la Ciencia Espiritual o Antroposofía y, por lo tanto, están necesariamente interesados en encontrar qué justificación hay para la pretensión de la Antroposofía de ser una extensión legítima y segura del conocimiento en el ámbito de los hechos suprasensibles. Son conscientes de que cualquier descripción de los supuestos hechos suprasensibles debe cumplir con las rigurosas normas de conocimiento que se han establecido para nuestra época. Esto lleva de inmediato al problema de la prueba.

La mera afirmación de que alguien ha "experimentado" hechos suprasensibles no puede satisfacer a un buscador concienzudo. ¿No se experimentan también las alucinaciones? ¿Qué garantía hay de que el llamado investigador espiritual no está bajo una ilusión constante que ha crecido en él hasta convertirse en un sistema elaborado y coherente? Tampoco puede invocarse como apoyo la intensidad con la que "llega" una impresión suprasensible. Habla más bien en contra que a favor de su validez, ya que todo el mundo sabe que el peligro de todas las ilusiones es que están tan evidentemente "ahí" - para los que las tienen.

¿Pueden, entonces, probarse los hechos suprasensibles? En aras de la equidad con el buscador, esta pregunta debe encontrar una respuesta directa.

Averigüemos primero a qué se le considera una prueba en el sentido común de la palabra. El hombre de la calle llama prueba a cualquier evidencia que se presenta ante los sentidos corporales y se reconoce como parte integrante de la cosa que se quiere probar, al igual que una caja fuerte rota y su contenido desaparecido son "prueba" de un acto de robo. Sin embargo, no se suele tener en cuenta que las pruebas en sí mismas sólo se pueden valorar con el pensar. Una caja fuerte rota encontrada por la mañana en una oficina no se ve como prueba de robo con los ojos del cuerpo, sino sólo como resultado de la reconstrucción de una situación completa. Incluso en las cosas comunes, el carácter concluyente de una prueba sólo aparece para quien está dispuesto a pensar.

Lo mismo ocurre con las pruebas científicas. Nunca residen en un objeto o proceso percibido, sino en el contexto en el que el objeto o proceso tiene su lugar. Esto no debe pasarse por alto en absoluto.

Para poder construir y poner en práctica un dispositivo experimental para una prueba en las ciencias naturales hay que recorrer un largo camino. Una vez montado el aparato, tendemos a pasar por alto el hecho de que sus partes reflejan las operaciones de pensamiento que han conducido a su construcción. Sin embargo, sólo el pensar puede decirnos hasta qué punto un aparato de este tipo puede servir para producir pruebas. Tomemos el siguiente ejemplo.

Un tubo cónico retorcido de papel de periódico, con un trozo corto de tubo de vidrio atado a él en el extremo estrecho, se inserta oblicuamente en la pinza de un soporte de laboratorio. Para los que saben un poco de química, es razonable decir que este modesto aparato duplica lo esencial de una fábrica de gas. Si se enciende el extremo inferior del tubo de papel, los vapores ascendentes escapan del tubo de vidrio superior, donde pueden ser encendidos. Todo parece muy claro para los que lo entienden. Pero la mera observación del aparato no nos dice que se trate de una fábrica de gas a escala reducida y simplificada. Ciertamente, su aspecto es totalmente distinto al de una fábrica. Sólo un análisis de las condiciones que se dan en ambas puede revelar lo que tienen en común y por qué una es una duplicación de la otra a pesar de la falta de parecido. El aparato puede "demostrar" que la destilación seca de la sustancia de la madera produce gas combustible, pero ningún simplón puede verlo. Hay que pensar.

Tomemos un ejemplo de la química moderna. Las investigaciones de Henry Moseley sobre el parentesco de los elementos químicos y su disposición en una escala ascendente de números atómicos (el llamado sistema periódico) se llevaron a cabo con un instrumento que permitía medir la defracción de los rayos catódicos. Difícilmente se puede pasar por alto el enorme trabajo que hubo que realizar, mucho antes de Moseley, para hacer posible este método. Sin embargo, cuando se utiliza el instrumento, lo único a lo que se presta atención es al ángulo en el que se desvían los rayos; varios ángulos corresponden a varios elementos. Todo lo demás es una inferencia extraída de la lógica ya incorporada en la configuración. Sólo en el contexto de esta configuración, la lectura de un determinado ángulo de defracción tiene sentido y permite llegar a conclusiones de gran alcance. Ninguna persona que no haya comprendido los complicados pensamientos incorporados en el escenario visible y sus aplicaciones puede tener idea de cómo se llega a las conclusiones, y queda literalmente incapacitada para suscribirlas. No se le puede convencer con ningún arte de la persuasión. Las conclusiones no son para él más que palabras, y toda la empresa puede parecerle incluso falsa.

No existen las "pruebas sensoriales" de la verdad científica. La prueba nunca se hace visible a los ojos del exterior. Sigue siendo una operación en el santuario de la mente científica.

Para tomar un ejemplo de la biología moderna, consideremos cómo se llega a la ley de segregación de Mendel. Es cierto que hay objetos visibles en el experimento, a saber, las plantas individuales con sus diferentes características, como flores rojas o blancas. El procedimiento consiste en contar los individuos que presentan uno de los dos rasgos a lo largo de varias generaciones producidas por cruces. Los resultados se expresan en porcentajes de la progenie. Hay que hacer una serie de suposiciones como parte del argumento. El resultado de los experimentos se registra a lo largo de varias temporadas. De la interpretación de los registros se extraen las conclusiones. De este modo quedan "probadas". Cualquiera que pueda seguir el argumento puede ver también hasta qué punto la prueba es concluyente. Esto se admite francamente, pero a menudo se pasa por alto lo contrario: es decir, que nadie que no vea el argumento hasta el final puede considerar la prueba como realmente establecida.

La obviedad de la prueba, por decirlo una vez más, se encuentra en la conexión de las operaciones de pensamiento, que no debe contener ninguna brecha o salto y debe ser invulnerable a varias falacias al acecho. De lo contrario, la prueba no "resiste" la crítica. También debe conducir a otras inferencias que se comprueben mediante operaciones mentales similares. En resumen, las conclusiones, aunque pueden y deben ser contrastadas, se obtienen mediante el pensar y no mediante la observación de los sentidos.

Esto no resta importancia a la validez de las pruebas científicas. Por el contrario, señala la región en la que debe buscarse necesariamente su carácter concluyente. Porque en las ideas populares sobre la ciencia la región de la confirmación está muy a menudo nublada, y las presentaciones semicientíficas, llamadas populares, son a menudo especialmente culpables de vaguedad en este sentido. Han alimentado la falacia común de que la evidencia de los sentidos "es la condición sine qua non" a las declaraciones de la ciencia.

Al pasar de las ciencias aceptadas a la ciencia de los hechos suprasensibles, convendrá tener presente el carácter de las pruebas que se consideran justamente como tales. La pretensión de esta ciencia de los hechos suprasensibles (Antroposofía) es que hace disponibles los hechos espirituales en el mismo sentido en que las ciencias aceptadas hacen disponibles sus hechos. Podemos ver fácilmente que, cualquiera que sea el contenido de las observaciones suprasensibles, las conclusiones sólo pueden basarse en ellas si son comprobadas por las operaciones lógicas del pensar que vinculan una observación con la otra. Debemos pasar de una observación a la siguiente mediante el pensar, tal y como hacemos en la ciencia común. La evidencia está contenida en la obviedad de las transiciones que realizamos a medida que -mientras el proceso de vinculación continúa- una riqueza de observaciones (percepciones suprasensibles) es llevada a una red estrechamente unida de vínculos lógicos. Sin embargo, hay que entender que la lógica por sí sola nunca podría dar lugar a las percepciones; no debe haber ninguna especulación, ninguna mera conjetura. Las percepciones se sostienen por sí mismas, al igual que las percepciones sensibles.

Las observaciones, por ejemplo, de la experiencia que el alma atraviesa durante el sueño, pueden presentarse ante el buscador de forma tan abrupta y desafiante como las características externas de un proceso químico. Las cuales exigen ser comprendidas tan bien como estas últimas. A menos que sean penetradas por el pensar, éstas aún no cuentan su historia, al igual que las observaciones inconexas sobre el punto de fusión y el punto de ebullición de una sustancia. Se deja a nuestro pensar encontrar el concepto que los vincule y que busque la relación con otros hechos observados independientemente. Así pues, parece que la investigación espiritual considera que la "experiencia del sueño" consiste en una revisión de los actos y omisiones del día anterior, y además que esta revisión anticipa una experiencia del alma después de la muerte. Sin embargo, esta última experiencia debe encontrarse primero de forma independiente antes de poder relacionarla con la experiencia del sueño, que se observó por sí misma sin buscar aún las semejanzas. La semejanza, su calidad y grado, así como las diferencias, sólo aparecen para el pensador después de examinar sus resultados de observación. Al igual que un observador pensante ordinario, el investigador espiritual tiene que encontrar hasta dónde llega esta semejanza. La semejanza le "llama la atención", independientemente de que sea él mismo u otra persona quien haya hecho la observación. Por ello, Rudolf Steiner subrayaba que un investigador suprasensible, además de utilizar sus facultades clarividentes, debe tener siempre a su lado a su propio yo pensante como juez de la verdad. Sólo como pensador puede determinar hasta qué punto sus diversas observaciones tienen sentido.

El investigador no puede aceptar ninguna observación suprasensible por su valor nominal. Tiene que intentar hacer esta observación repetidamente, en diferentes circunstancias, desde diferentes puntos de partida. Debe "cotejarla" con otras para validarla. Al principiante en el estudio de tales hechos, atraído por su novedad y su carácter sorprendente, puede importarle poco lo que le costó al primer descubridor ponerlos a salvo de las falacias, que acosan esta forma de investigación no menos que ponen en peligro los resultados científicos ordinarios. Pero al progresar en su estudio, el alumno se hará consciente del infinito cuidado que hubo que tener antes de que los resultados se presentaran ante él como afirmaciones definitivas. Su propio pensamiento es cuestionado al igual que lo fue el juicio del descubridor original. No necesita creer, porque su propio pensar se ve exigido. [Nota: Compárese el artículo sobre "La voluntad de creer y el deber de saber" en la Biografía Eterna del Hombre del propio autor ].

El seguimiento de los datos suprasensibles registrados y presentados en el contexto de las publicaciones antroposóficas requiere la cooperación pensante del estudiante. No sólo se le permite, sino que se le exige de hecho, que compruebe si quien lo describe "habla con sentido". Lo que nunca podría hacer si se enfrentara a una observación aislada, puede e incluso debe hacerlo cuando examina el contexto de los múltiples datos que se le presentan. Debe obtener una impresión independiente y genuina de cómo se corroboran unos a otros.

Esto no significa que no vaya a encontrar contradicciones entre los hechos registrados. Si así fuera, si los encontrara simplemente de acuerdo entre sí, tendría motivos para sospechar. Todo estudioso de la filosofía sabe que los sistemas más inseguros se han jactado de su coherencia interna. El error del racionalismo fue que la mera coherencia se tomara como prueba de la validez de un sistema pensado. La claridad cristalina de una red de pensamiento racionalista no es prueba de su valor real, sino sólo de la astucia de quien la ha tejido.

Los hechos antroposóficos, por el contrario, pueden parecer a menudo contradictorios cuando se encuentran por primera vez. No están hechos a partir de "principios", sino que se observan de forma independiente, y por tanto queda por ver cómo pueden encajar. Ocurre con ellos lo mismo que con las observaciones de un mismo objeto en el espacio físico desde diversos ángulos. Rudolf Steiner advierte a menudo a sus lectores de las aparentes incoherencias, que a primera vista les chocan y hacen dudar de si dos afirmaciones son ambas verdaderas. Entrando en las afirmaciones con más cuidado, el estudiante, puede encontrar que son complementarias al igual que lo son dos fotografías del mismo árbol tomadas desde direcciones opuestas. Y al igual que dos fotografías, cuando se comparan y atribuyen a sus respectivos puntos de dirección, dan una imagen más completa que una, así dos descripciones antroposóficas, por medio de su naturaleza aparentemente contradictoria, evocan en el estudiante una impresión más completa de la realidad suprasensible tan pronto como las "pone juntas". Las descripciones completas son descripciones "completas" tanto en el campo suprasensible como en el sensible.

Habiendo obtenido así una visión del papel del pensar en la coordinación de los hechos suprasensibles, el estudiante puede sentirse preparado para dar un paso más, a saber, darse cuenta de que en la investigación suprasensible la contraposición de la observación y el pensar se modifica de una manera peculiar. Su contraste no es tan agudo como podríamos esperar teóricamente. Al describir el modo en que crecen y maduran los órganos de percepción para las observaciones espirituales, Rudolf Steiner se vio obligado a decir que es de la facultad de pensar de donde extraen sus poderes. El primer estado de la visión suprasensible puede llamarse, al menos, una actividad transformada del pensamiento. El pensar, que en condiciones ordinarias sólo se aplica a las observaciones hechas por los sentidos, se convierte, a medida que se desarrolla, en un órgano de la vista por sí mismo. El pensar ordinario sirve para enlazar y separar las observaciones sensibles; el pensar abstracto capta sus relaciones, e incluso enlaza varias relaciones entre sí. A medida que la capacidad independiente (sin cuerpo) del pensar va madurando (a través de ejercicios diseñados con este fin [Nota: El conocimiento de los mundos superiores y su consecución.]) se vuelve por sí misma capaz de contemplar hechos de naturaleza suprasensible. Sin embargo, como ya hemos dicho, el sano juicio debe permanecer intacto y, por tanto, capaz de manipular y coordinar los hechos que el pensar transformado comienza a suministrar. En este sentido, la observación y el pensar siguen siendo dos facultades distintas aplicadas en estrecha colaboración. El pensar mismo, en el camino hacia el desarrollo superior, proporciona la luz que hace visibles los hechos a medida que se dirige sobre ellos. El vidente, tras la percepción, hace con el objeto captado lo mismo que el pensador con un objeto sensorial: lo juzga y lo sitúa en un contexto razonable.

En este contexto, los hechos suprasensibles pueden hacerse comprensibles a cualquiera que se interese por ellos. No necesita ser vidente para hacerlos suyos. Puede hacerlos suyos y, dentro de unos límites razonables, exponerlos a los demás de la misma manera que cualquier estudiante puede hacerlo con los hechos del orden científico habitual.

En esta capacidad de "transmitir" los hechos espirituales al oyente o al lector de manera que pueda convencerse de su razonabilidad radica la diferencia entre un simple clarividente y un investigador espiritual. Es evidente que sólo este último dispone de un método científico ordenado que deja sus conclusiones abiertas a su posterior corroboración, corrección o sustitución por otras mejores. El mero clarividente debe exigir la creencia porque no puede convencer.

Sin embargo, también hay una forma indirecta de poner a prueba los descubrimientos espirituales. Sobre todo cuando se refieren a un campo en el que también se han obtenido resultados con los métodos habituales de la ciencia natural. Rudolf Steiner proporcionó innumerables oportunidades de comprobación al llevar deliberadamente sus resultados a una concreción tal que se pone al alcance de los procedimientos experimentales actuales. Acogió este enfoque crítico como algo saludable, ya que es un paso más allá del estéril escepticismo teórico. Está claro que las objeciones teóricas se desvanecen en cuanto el experimento práctico tiene resultados positivos. En este caso se invierten las tornas; quien se compromete a experimentar científicamente con los datos espirituales y descubre que "funcionan", hace que se ponga a prueba su disposición a renunciar a la oposición anterior. Este tipo de prueba tiene dos vertientes.

Las conferencias científicas, médicas y agrícolas de Rudolf Steiner están repletas de datos concretos, que pueden desafiar tanto a un investigador concienzudo que querrá probar sus posibilidades. No siempre necesita aparatos complicados; en algunos casos puede ponerse a trabajar en cuanto consiga reunir los objetos en una disposición adecuada. Tomemos un ejemplo del campo de la agricultura y la jardinería. Las sugerencias de Rudolf Steiner sobre métodos de fertilización mejorados y perfeccionados (resumidos ahora bajo el nombre de "Biodinámica") se han ganado una buena reputación desde que se hicieron por primera vez en 1924. A partir de ciertas plantas comunes se pueden fabricar una serie de preparados de altísima dilución, que fueron estudiados por Rudolf Steiner mediante métodos científicos espirituales. Indicó cuáles de ellos, pulverizados sobre el suelo o sobre determinadas plantas forrajeras, favorecían el crecimiento de las raíces o mejoraban el follaje o las semillas. Hizo sus afirmaciones sin probarlas él mismo, pero desde el primer momento estas pulverizaciones resultaron singularmente eficaces. Los efectos previstos aparecieron y pudieron establecerse sin lugar a dudas mediante una cuidadosa comparación con plantas no tratadas en idénticas condiciones, y mediante el pesaje y el análisis de las cenizas. Las plantas habían sufrido cambios definitivos bajo el impacto de las pulverizaciones a pesar de las diminutas cantidades aplicadas. Los procedimientos que produjeron las pulverizaciones fueron concebidos enteramente a partir de una visión espiritual directa de los secretos formativos de las plantas. Ninguna especulación podría haber dado lugar a sugerencias tan concretas, ni ninguna persona que no estuviera familiarizada con los aspectos espirituales de la química de las plantas podría haber previsto que unos métodos tan extraños y novedosos produjeran algún resultado.

Las pruebas se hicieron a pequeña escala y luego en parcelas más grandes, con todas las precauciones necesarias; se contrastaron en experimentos de control y se repitieron en condiciones variadas; en resumen, se llevaron a cabo de la misma manera que cualquier científico pondría a prueba una "hipótesis de trabajo". Los resultados confirmaron las expectativas y arrojaron una gran cantidad de hallazgos que no figuraban en la sugerencia original. Así, los experimentos de prueba no sólo demostraron lo que el investigador espiritual había dicho sobre las fuerzas que actúan en la planta y el suelo, sino que añadieron conocimientos útiles sobre la dosis, el momento de la aplicación, la influencia del clima y otros aspectos similares. De este modo, se hizo una contribución sustancial al manejo práctico del suelo y las plantas.

Recordamos al lector que éste fue sólo un ejemplo elegido para mostrar cómo los datos científico-espirituales, además de ser tratados en su propia esfera, también pueden ser puestos a prueba cuando sus consecuencias se extienden a la esfera de los métodos experimentales aceptados. Esto es lo que hemos llamado más arriba la prueba indirecta de la validez de los datos que se han obtenido de una manera que hoy en día suele toparse con un escepticismo obstinado. La experiencia ampliada de los trabajadores prácticos valientes debe desgastar gradualmente la resistencia de los prejuicios habituales; y ya ha recorrido un largo camino para lograrlo.

El hecho de que toda una escuela de conocimiento y práctica médica se haya desarrollado a partir de las conferencias de Rudolf Steiner a los médicos [Nota GA312, Ciencia espiritual y medicina. Veinte conferencias a médicos, 1920:  (Ciencia espiritual antroposófica y terapia médica GA313), nueve conferencias, 1921: Anthroposophical Approach to Medicine, 1922 GA314] es otro ejemplo de cómo los hechos espirituales pueden ser puestos a prueba en la práctica. Esta comprobación, por supuesto, es independiente del conocimiento, o incluso de la aprobación, por parte del médico de la forma en que se hicieron los descubrimientos espirituales originales. Si, por ejemplo, encuentra una descripción de una relación entre procesos en el sistema renal y en el cerebro (como puede encontrarse en una de las conferencias), puede ponerse a trabajar con ella como hipótesis. La imagen del carácter homólogo de ambos procesos está en su mente, pero los detalles fisiológicos que apuntan a ella se encuentran independientemente de esta imagen. A medida que va encontrando más hechos individuales y añadiendo otros a medida que procede a tomar medidas terapéuticas de acuerdo con ellos, su propia imagen de la polaridad en cuestión se va enriqueciendo. En un momento dado, puede decir que tiene una imagen sensible-suprasensible de un hecho espiritual básico. Lo mismo sucederá con otros hechos, todos los cuales pueden ser "corroborados" y ya no deben ser llamados hipotéticos. Gradualmente, a través de una actitud empírica deliberada, el estatus de estos hechos se altera de tal manera que pasan a formar parte del conocimiento del médico. Ahora son realmente suyos. Este es un ejemplo sorprendente de cómo la Antroposofía provoca una transformación de nuestras rígidas concepciones tradicionales. Incluso el concepto de prueba se ve afectado. Ya no se trata de una mera operación lógica aplicada a las percepciones de forma neutral. La prueba ya no se sobreañade a los hechos, sino que ya está implícita en la forma en que se buscan los hechos. [El viejo tipo de prueba sobreañadida puede aplicarse todavía a las proposiciones en el ámbito inorgánico. El nuevo tipo de prueba es adecuado para todos los problemas de naturaleza orgánica.

Una prueba de este tipo no pierde su carácter concluyente. De hecho, es la única manera de hacer justicia a las interrelaciones vivas que se estudian en la biología, la fisiología y la psicología y que se manejan prácticamente en la agricultura y la medicina.

Que no haya malentendidos. No hemos dado aquí una introducción a una medicina y agricultura espiritual-científica. El lector tendrá que encontrar su propio camino en ambos campos si está interesado en ellos. Sólo hemos tomado nuestros ejemplos de estos campos, ejemplos destinados a mostrar qué tipo de prueba puede llamarse adecuada en ellos. Somos conscientes de que, por la fuerza de la costumbre, se seguirán planteando las exigencias de las "pruebas superpuestas" a las afirmaciones científico-espirituales. Sin embargo, es hora de mostrar que es la mera costumbre y no la necesidad innata de los sujetos la que plantea estas exigencias.

También hay que entender que el paso de la "prueba superañadida" a la "prueba plasmada en la búsqueda de hechos" no es un retroceso de un estándar riguroso de prueba a algo menos exigente. Sería muy lamentable que sintiéramos que tenemos que disculparnos por no estar a la altura de las normas aceptadas. No estamos dejando de cumplir una exigencia justificada, sino que afirmamos que el nuevo tipo de prueba aquí descrito es el que hace justicia al campo peculiar para el que está diseñado. El paso no cede, sino que procede de una adecuación cuestionable a otra más evidente. El procedimiento probatorio, por repetirlo una vez más, se traslada de fuera a dentro, pues funciona ya en la búsqueda de los hechos. Opera en conjunto con la actividad perceptiva. En las ciencias aceptadas, el pensar debe controlar la investigación o, de lo contrario, los descubrimientos pueden ser erróneos; en la ciencia suprasensible el pensar debe convertirse él mismo en un órgano de búsqueda o, de lo contrario, no se descubrirá nada valioso en absoluto. Pero todo lo que se descubre de esta manera lleva pistas que indican a qué otros hechos pertenece. En efecto, los hechos del orden suprasensible no necesitan estar vinculados artificialmente a otros, sino que se unen a ellos de forma bastante espontánea, como las letras que se ordenan mágicamente para formar palabras. Los fenómenos, por sus relaciones naturales, comienzan a expresarse en cuanto al hecho más general subyacente (ley) casi sin la interferencia del buscador, que se limita a observar cómo se esfuerzan unos por otros. Asiste, por así decirlo, a una reunión de los fenómenos individuales; éstos le comunican su ley. Y puede expresarlo en lenguaje humano. Esto es lo que Goethe experimentó muchas veces y lo que le permitió encontrar la famosa fórmula: "No veas nada oculto detrás de los fenómenos; ellos en sí mismos son la teoría". Se podría, con pocos cambios, adaptar esta frase para que exprese la nueva forma de validación espiritual: "No añadas ninguna prueba a los fenómenos desde fuera; tu camino de búsqueda de su contexto contiene en sí mismo la prueba".

Queda por decir que la prueba más completa de la verdad espiritual reside en su inserción en el curso de la vida humana real. Llevar una verdad espiritual con nosotros y comprobar cómo se valida progresivamente en la experiencia es la corroboración más realista. "La verdad es lo que funciona" - esta frase no debe ser entendida de manera miope, como si significara que es verdadera cada afirmación que produce un éxito barato o da una satisfacción meramente personal. Nada puede estar más lejos que ese estrecho pragmatismo de la autovalidación que es un proceso gradual e incluso doloroso para el que el alma humana es el estado de acción. No se trata aquí de la aprobación subjetiva de una afirmación, porque esto sólo conduciría a la autosatisfacción; y tal autosatisfacción es sólo una "indulgencia cutánea", como dijo Nietzsche. El hombre pierde su dignidad al trivializar así su norma. "La prueba del pudín está en el comer": esto puede ser válido en el plano del pudín, pero la Verdad requiere otra medida aparte de la de "sentirse bien" después de aceptar una parte de ella. No podemos juzgarla por el hecho de que esté o no "de acuerdo" con nosotros. [Nota: "La voluntad de creer y el deber de saber" ].

Una última posibilidad de verificar una descripción científico-espiritual es la que debe dejarse enteramente a la libre decisión del buscador. Es la posibilidad de recorrer el camino del conocimiento suprasensible. Ya hemos mostrado que el estudiante tiene otros criterios para juzgar. Por lo tanto, la afirmación, hecha a menudo, de que el que quiere convencerse de los hechos espirituales debe convertirse él mismo en un investigador espiritual, está obviamente en desacuerdo con la verdadera situación. De hecho, si cada buscador tuviera que convertirse en un investigador, no necesitaríamos en absoluto una ciencia espiritual. Porque, al igual que en la ciencia ordinaria, el beneficio de su existencia es para muchos, mientras que el trabajo original de descubrimiento tiene que ser llevado a cabo por una minoría.

Pero para aquellos que quieran intentarlo por sí mismos, se dan consejos detallados sobre cómo proceder en los escritos y conferencias científico-espirituales. De hecho, cada una de las principales obras de Rudolf Steiner contiene un capítulo sobre el "Camino del Conocimiento". Además, la "Escuela para la Ciencia Espiritual" de Dornach, Suiza, ofrece un curso objetivo de formación en condiciones similares a las que se utilizan en la ciencia actual, con el fin de evitar los escarceos de los aficionados. No es necesario señalar aquí las etapas de la formación para dicha investigación científico-espiritual, ya que están suficientemente descritas en la literatura antroposófica. [Nota: Particularmente en Teosofía, Ciencia Oculta, un esbozo, y El conocimiento de los mundos superiores y su consecución]. Lo que importa aquí es que el mero examen de los métodos -sin utilizarlos- lleva a comprender su razonabilidad. Y así, a su vez, la Antroposofía tiene algo en común con la práctica aceptada de la ciencia ordinaria, a saber, que la publicidad de los métodos utilizados permite al crítico ver "cómo se hace", aunque no esté preparado o no pueda "hacerlo" él mismo. Todo el mundo que estudia la ciencia puede ver cómo se construye y se utiliza un telescopio o un microscopio, y así, sin hacer él mismo ningún trabajo de investigación, puede adquirir una confianza justificada en la razonabilidad del uso de tales instrumentos. ¿Qué sería de la astronomía si cada estudiante quisiera, o se esperara, que pospusiera el aprendizaje hasta que pudiera hacer él mismo el trabajo de investigación? ¿Y no habrían sido vanos todos los trabajos de los astrónomos a lo largo de los siglos si cada uno tuviera que empezar por el principio? No es diferente con los hechos espirituales presentados por la Antroposofía. Están ahí para trabajar, sin importar si el estudiante llega alguna vez al punto en que pueda añadir algo a ellos.

Ya se ha señalado que él no necesita creer. Y la salvaguarda siempre estará presente si está dispuesto a poner en funcionamiento su pensar y permite que su experiencia inteligente se amplíe y profundice. Las verdades antroposóficas apelan a un juicio sano y sin prejuicios. No tienen nada que temer de tal tribunal de apelación. Se entregan a la humanidad con plena confianza, lo que constituye la base de las memorables palabras de Rudolf Steiner: "Que la gente examine lo que hacemos y compruebe lo que decimos. Cuanto más cuidadosamente examinen, más seguros nos sentiremos".

Traducido por J.Luelmo feb.2022












martes, 22 de febrero de 2022

La voluntad de creer y el deber de saber

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LA VOLUNTAD DE CREER Y EL DEBER DE SABER

Por el Dr. Hermann Poppelbaum - antropólogo que enseñaba en Alfred University.

año de 1944

Toda discusión sobre cuestiones vitales en nuestros días llega a un punto muerto en el que las partes acuerdan que es inútil seguir discutiendo porque se ha entrado en el terreno de las creencias no demostradas. En este punto, el partidario de una concepción "científica" del mundo se vuelve indulgente; concede generosamente a todos el "derecho a creer". Por su parte, el partidario de las enseñanzas religiosas está igualmente satisfecho; "siempre ha sostenido que nadie puede vivir sin unos principios inamovibles aunque no probados". Ambos están de acuerdo en que la esfera de las creencias está a salvo de pruebas y refutaciones. Si continúan su discusión, ésta consiste únicamente en una comparación benévola de opiniones privadas.

En las disputas medievales solía haber un armisticio similar. Era un armisticio, no entre la ciencia y la opinión, sino entre el conocimiento humano y la revelación divina. La conciencia de la humanidad ha cambiado, pero la idea de una frontera sigue siendo importante. La antigua hostilidad se ha suavizado hasta convertirse en una amistosa vecindad; y la frontera ya no divide a los individuos, sino que atraviesa el alma de toda persona que busca la verdad.

Todos los que aceptan esta situación pasan por alto que hubo una fase más antigua del conocimiento en la que no existía tal límite. Por eso la Ciencia Espiritual debe insistir en un estudio cuidadoso de esta antigua conciencia "precientífica". En aquella época sólo existía un único tipo de conocimiento basado en la experiencia suprasensible directa. Tanto el conocimiento científico como las enseñanzas religiosas tienen su origen en esta experiencia suprasensible. Los antiguos sacerdotes eran los científicos de su tiempo.

Dado que esto se pasa por alto tan a menudo, consideremos aquí un ejemplo muy concreto. Todo el mundo sabe que los antiguos egipcios almacenaban grandes cantidades de grano. Pero pocos saben que tenían que proteger sus graneros contra ciertas plagas. Los investigadores han descubierto que esto se hacía mezclando arena finamente pulverizada con la cosecha. Como han demostrado los experimentos modernos, este polvo mata a los insectos al obstruir sus tubos respiratorios. No hace falta decir que los egipcios no llegaron a este método mediante un ensayo a ciegas. Hay pocas dudas de que les llegó gracias a la sabiduría de sus sacerdotes, como todos los demás conocimientos de la época. Los propios egipcios lo decían, de hecho, y no tenemos derecho a suponer que querían desconcertar a sus contemporáneos. Así pues, el conocimiento de cómo combatir las plagas formaba parte de ese mismo "temple-lore" que también daba a conocer la voluntad de los dioses. Sólo cuando nos damos cuenta del carácter omnicomprensivo de ese conocimiento sacerdotal empezamos a entender el papel supremo que la sabiduría suprasensible desempeñaba en todo el ámbito de las culturas precristianas.

No desmerece en absoluto la dignidad del antiguo conocimiento del templo el hecho de que, junto a cosas más elevadas, pudiera transmitir instrucciones que parecen rozar lo trivial. Sin embargo, calificarlas de triviales es un mero sentimentalismo. Para los antiguos, almacenar el grano era un acto tan sagrado como adorar e implorar a los dioses. Los templos podían indicarles cómo hacer tanto lo uno como lo otro. Además, en aquella época el propio hombre común conservaba evidentemente algunos atisbos de visión espiritual directa, que el sacerdote entrenado poseía en toda su extensión. Así que no había necesidad de creerle ciegamente.

La creencia ciega no surgió hasta que la experiencia suprasensible se desvaneció del alcance del pueblo en general, y la propia sabiduría del templo, por lo tanto, tuvo que sufrir un cambio. Surgió la necesidad de plasmar la parte "divina" de este saber en doctrinas. Podemos seguir la creciente necesidad de formulaciones cada vez más rígidas a través de la antigüedad tardía hasta los siglos medievales. La formulación de las "fórmulas divinas" tuvo que adaptarse a una época privada de la visión directa de las cosas divinas. Había que encontrar medios para asegurar el contenido espiritual oculto de los dogmas contra la interferencia de restos de visión que se habían vuelto poco fiables. Al mismo tiempo, el conocimiento de las cosas terrenales (naturales) debía independizarse de la visión. Debía basarse en el uso exclusivo de los sentidos corporales y del intelecto, que de este modo se hacía cargo.

En nuestra época la división se ha convertido en un contraste irreconciliable. Las iglesias, que custodian los "principios", no se interesan ni siquiera por insinuar la experiencia directa original encarnada en el dogma. El creyente siente, con razón, que no puede acercarse al contenido religioso con su experiencia ordinaria, por lo que acepta el dogma como inexplicable y sagrado, y trata de abrazarlo por mera fe, que ha llegado a significar creencia ciega. Pero la fe lo lleva a una esfera donde el conocimiento inteligente no puede seguir.

Mientras tanto, el poder de la experiencia sensorial se fue desarrollando en proporción inversa al desvanecimiento de la clarividencia. Es muy natural que la investigación apoyada en los sentidos se limite a los objetos y leyes de la esfera accesible a los sentidos. Sin embargo, no debe suponerse que la experiencia suprasensible como tal no pueda ayudar a aclarar también los problemas que surgen de la experiencia sensible. Es aquí donde la ciencia espiritual moderna entra como una herramienta de suprema importancia. Sin embargo, la pretensión de monopolio de la ciencia vinculada a los sentidos es una exageración comprensible. Surge de un justificado orgullo del hombre por sus potencias empíricas manifiestamente crecientes, un orgullo que se enciende una y otra vez por el espectacular éxito de tales esfuerzos empíricos prácticos.

La asombrosa carrera de la "ciencia", tal como ha llegado a entenderse hoy en día, no se debe a una inclinación perversa surgida de la nada, sino al atractivo que tiene para la inteligencia. Esta ciencia consigue que sus objetos sean cada vez mejor comprendidos, mientras que al mismo tiempo el dogma religioso se comprende cada vez menos. La lucidez se opone a la creciente oscuridad. Hay un desplazamiento de la confianza de lo ininteligible a lo inteligible. Cada vez se hace más incierto poder ajustar la afirmación de la "verdad" religiosa a las rigurosas normas del conocimiento comprobable. Las convicciones de los fieles, e incluso la sangre de los mártires, ya no pueden demostrar un contenido válido, sino que sólo atestiguan la fuerza abrumadora de una "voluntad de creer" irracional.

¿Cuál es la razón más profunda de este "cambio de confianza" del dogma a la experiencia inteligible? A menudo se ha dicho que fue un deslizamiento hacia la apostasía. Pero veamos el lado positivo y creativo del proceso. Entonces se nos presenta como un cambio de exigencias en cuanto al modo de adquirir y transmitir la verdad. Al adquirir y transmitir la verdad, la ciencia da la impresión de jugar con las cartas abiertas. Puede dar la impresión de que sus verdades se encuentran mediante métodos bien definidos que todo profano puede comprender, al menos en principio. No hay mistificación sobre la forma de "obtener la verdad". No se remite a una autoridad del pasado, ni a la "experiencia" incontrolable e indescriptible del selecto; sino que se expone generosamente los pasos dados para asegurar la observación y se discuten abiertamente las conclusiones extraídas. De este modo, todo el mundo puede obtener, al menos teóricamente, una impresión de "cómo se hace"; puede entender la relación demostrable de las cosas observadas. Dado que otras formas más antiguas de asegurar el conocimiento han sido olvidadas y las facultades correspondientes se han extinguido, las formas de la ciencia garantizan un juego limpio con el ansia de saber del alumno. No se le pide que crea, sino que vea por sí mismo. Por eso, cuando en algún momento decisivo de su estudio se le dice al estudiante que la certeza sólo se encuentra en un campo restringido y que, por tanto, hay que excluir otros campos, está dispuesto a hacer el sacrificio. Abandona de buen grado su esperanza de que se establezcan verdades en campos que están más allá del alcance de una investigación fiable. Por muy fuerte que sea su deseo de que se respondan también otras cuestiones, renuncia, y lo hace con el sentimiento de que el sacrificio es una cuestión de honestidad y sobriedad.

Esta es la ganancia que hace que toda pérdida se desvanezca en la insignificancia. Renunciar a la seguridad pasiva de la fe no significa nada cuando se compara con la ganancia de autoestima del conocedor responsable. Ni siquiera las constantes amenazas de los defensores de las antiguas creencias de que la apostasía debe acabar en fracaso pueden ya impresionarle. Adopta un empirismo cuya solidez siente en su propio corazón; la apertura de campos siempre nuevos para el conocimiento le inspira confianza en la nueva forma de conocer. Pronto este camino le parece el único posible; y las reiteradas afirmaciones de los dogmáticos no pueden decirle lo contrario. La "verdad espiritual" sigue siendo una afirmación vacía, pues su contenido no es "comprobable".

Los defensores del dogma sólo pueden hacer una cosa para asegurarse una posición medianamente respetable. Deben retirarse detrás de la línea divisoria que Kant ha ofrecido como inviolable. ¿Acaso no dijo que debía limitar el conocimiento para dar cabida a la fe? Pues bien, esta es su oportunidad. El siglo XIX no modificó esencialmente la situación. Como decíamos al principio, se limita a utilizar la "opinión" en lugar de la "fe". La opinión privada no necesita estar respaldada por la autoridad. Puede mantenerse sola, consciente y obstinada.

Si queremos entender su propósito principal, debemos primero darnos cuenta de la poderosa influencia que el "límite" kantiano ha ejercido incluso sobre los promotores de la ciencia moderna. Por una extraña ironía de la historia, el dogma de la "línea divisoria" se convirtió en un principio de la propia ciencia; un dogma sostenido con no menos afán que cualquier dogma eclesiástico en el pasado, al otro lado de la brecha establecida. Amplios círculos de nuestros contemporáneos bien educados todavía consideran a Kant como el que ha asegurado la fe contra la arrogancia de la ciencia empírica.

Al contemplar esta situación en nuestros días, no podemos evitar sentirla como un auto-atrapamiento del alma. Es una especie de mentalidad de defensa en el campo de la cognición; una convicción de que la seguridad eterna puede encontrarse detrás de defensas aparentemente inconquistables.

En el ámbito militar, sabemos desde 1940 el desastroso error que se escondía en la mentalidad Maginot. En el campo de la cognición, la ilusión de las defensas inconquistables todavía sobrevive, sin que muchos supuestos conocedores intuyan que su actitud está condenada y propaga una perdición inevitable.

Abandonar la actitud mental Maginot es el principal desafío que la obra de Rudolf Steiner, conocida como antroposofía, plantea en nuestros días. El dudoso armisticio entre el conocimiento y la fe, dice, debe llegar a su fin. Esto no significa la reapertura de la antigua hostilidad, sino el hallazgo de términos comunes para el conocimiento fiable de cualquier "campo". Significa la rehabilitación de la cognición en el ámbito más allá de la experiencia sensorial.

Hemos caracterizado la situación espiritual en la que entró el conocimiento suprasensible moderno cuando se fundó por primera vez. Esto fue hacia el final del siglo XIX, y en Europa. Trazamos ahora en qué se ha convertido esta situación hoy, en el mundo occidental. Sin duda tendremos que modificar nuestra descripción.

En primer lugar, el contraste entre la fe y el conocimiento, en América, mucho más que en Europa, se ha suavizado a una relación de vecindad entre la ciencia y la opinión privada. Sin embargo, la división, aunque suavemente planteada, no es menos clara. Se extiende, por un lado, el reino de lo estrictamente conocible, con sus métodos bien definidos que todo el mundo, científico o no, cumple de buen grado; por otro lado, el todavía vasto espacio para la opinión personal, donde todo el mundo puede creer lo que quiera. En una región hay que respetar los métodos estándar, si el buscador del conocimiento quiere ser tomado en serio; en la otra región goza de total libertad, por la supuesta falta de métodos fiables para averiguar la verdad.

Es un dogma firmemente arraigado en este país que donde la ciencia se vuelve incompetente comienza el "derecho a creer" ilimitado. Este derecho se considera tan "inalienable" como cualquier otro en una democracia. Quien quiera hablar de cosas que están fuera del alcance de la experiencia sensorial puede reclamar este derecho. Uno puede creer en la existencia de mundos suprasensibles sin más razón que la de que le gusta hacerlo.

Sería bueno darse cuenta de a dónde conduce esta actitud cuando se sigue hasta su extremo, Descartemos el lenguaje elevado y la tierna cortesía. ¿Qué concedemos con este derecho a creer? Concedemos al creyente la libertad de ser tan irracional como quiera. Una línea recta lleva de la respetable "libertad de culto" a la mucho menos respetable libertad de hacer el ridículo en todos los asuntos espirituales.

En segundo lugar, la situación se vuelve aún más difícil por la extensión en América de la fórmula relativa a la "voluntad de creer" desde las cuestiones religiosas a los supuestos básicos de la propia ciencia. Fue William James quien sugirió que las concepciones fundamentales relativas a la estructura de la realidad son adoptadas por los científicos de la misma manera que las creencias de la persona religiosa. Esto parece indicar que bajo la capa del juicio responsable existe en todos los casos un sustrato de creencias que suele pasar desapercibido, o que sólo se admite con dudas. Antes de empezar a conocer, según el argumento, ya se han producido ciertas "opciones". Estas opciones son abarcadas por la voluntad. Están arraigadas en una inalterable "voluntad de creer".

No queremos aquí menospreciar los logros filosóficos de William James, a los que hemos hecho justicia en otro lugar. [Lo que importa aquí es la profunda impresión que dejó en el público educado de este país. El eslogan de la "voluntad de creer" se encuentra inevitablemente en las discusiones sobre cuestiones espirituales. Los defensores de las creencias religiosas citan este eslogan con el mismo ardor con el que sus precursores, hace algunas generaciones, citaban la sentencia de Kant sobre cómo hay que hacer sitio a la fe restringiendo el conocimiento. De hecho, James ha hecho por el mundo occidental de nuestro tiempo (lo pretendiera o no) lo que Kant hizo por la Europa del siglo XIX. Ambos salvaron la fe y la creencia de la amenaza de la expansión del conocimiento, dándoles un santuario en la subjetividad del hombre.

El resultado se percibe también allí donde se intenta llamar la atención sobre el conocimiento suprasensible en el sentido de Rudolf Steiner. El punto más importante de la antroposofía, la fiabilidad de sus investigaciones, es el que menos se entiende. Casi todas las personas que se encuentran por primera vez con la antroposofía dan por sentado que se trata sólo de una creencia, en el mejor de los casos de una conjetura más o menos interesante. Y puesto que todo el mundo tiene derecho a tener su propia conjetura, ¿por qué habría que estudiar seriamente la de los demás? He oído hablar de una persona inteligente en este país que comenzó a leer la "Ciencia Oculta, un Esquema" de Rudolf Steiner (obviamente saltándose las páginas introductorias que podrían haber subsanado su error) y pronto dejó el libro con las palabras: "¿Por qué leer esto? Yo mismo podría escribir un libro así. Mi suposición es tan buena como la suya..."

Hay muchas personas así en el mundo de habla inglesa. Hemos demostrado que su actitud es históricamente comprensible. Sin embargo, esta actitud se ha convertido en un serio obstáculo para el progreso del conocimiento. La búsqueda de la verdad es una empresa que implica la plena responsabilidad del buscador. Esta responsabilidad no disminuye cuando se cruzan los límites de la observación de los sentidos. Por el contrario, se incrementa inconmensurablemente. Por lo tanto, es necesario un importante cambio de actitud. La voluntad de creer, supuestamente basada en el derecho a creer, debe ser sustituida por el deber de conocer.

La ANTROPOSÍA es consciente de la dificultad de esa transición. Le pide al estudiante que se una a la búsqueda de un estándar mediante el cual se pueda medir la verdad, ya sea en el ámbito de los sentidos o no. Afortunadamente, existe un acuerdo entre los que sienten el pulso de la era moderna, de que este estándar no puede ser un conjunto de afirmaciones de lo que es verdadero y lo que no lo es. Esto sería una recaída en el dogmatismo. No podemos proceder como se hacía en la Edad Media, donde cada nueva verdad reivindicada tenía que ser contrastada con una serie de sentencias previamente establecidas. No se hace así en nuestros días, y menos en la ciencia. Cada nuevo descubrimiento puede hacer necesaria la revisión de los conceptos que se consideraban válidos antes de que se produjera. Lo que perdura no son los conceptos reconocidos, sino la forma de alcanzarlos. E incluso el método de obtención de la verdad puede tener que ser modificado a la vista de nuevos fenómenos y sustituido por un método más adecuado.

La Antroposofía se adhiere a este tipo de normas. Por lo tanto, no ofrece un conjunto de frases o afirmaciones a las que adherirse. Por muy abrumadora que sea la riqueza de los nuevos descubrimientos contenidos en los libros y conferencias de Rudolf Steiner, no son los descubrimientos lo que importa en primer lugar. Es la existencia de nuevas facultades en el hombre. Estas facultades se demuestran, no teóricamente, sino en la vida plena de su aplicación.

Aquí se hace evidente que la antroposofía está en consonancia con la mejor herencia científica. Lo bueno de la Antroposofía es que no es sólo una nueva enseñanza o doctrina, sino que apela y desarrolla facultades que esperan ser despertadas. La ciencia, cuando vino a sustituir a las antiguas formas de obtener la verdad, hizo lo mismo. Su éxito se debió no tanto a la nueva información que aportó al hombre post-medieval, sino al entrenamiento que dio a sus capacidades nacientes. En este sentido, la antroposofía satisface una demanda moderna. Es "oportuna". Sin embargo, no puede halagar ningún prejuicio por esta misma razón. Y menos aún halaga a los que quieren pertenecer a los "elegidos".

Además, es moderno en el siguiente sentido. Las facultades a las que apela están presentes potencialmente en todo buscador de conocimiento. Esto queda claro en la primera frase del libro "El conocimiento de los mundos superiores y su consecución": "En cada ser humano dormitan facultades por medio de las cuales puede adquirir por sí mismo el conocimiento de los mundos superiores". En esta primera frase destacan significativamente las palabras "cada" y "por sí mismo". A veces los estudiantes las pasan por alto cuando leen la frase por primera vez. (Sin embargo, me atrevo a decir que nunca son pasadas por alto por aquellos " auspiciadores del pasado " que miran con recelo el nuevo impulso espiritual contenido en este mensaje). El mensaje respira confianza en las crecientes capacidades del hombre.

Estas capacidades, es cierto, están en un estado de letargo en el hombre de hoy. Sólo hay una manera de despertarlas: hay que utilizarlas. Antes de ser utilizadas, sólo están presentes en potencia. Pero este es un descubrimiento que el principiante puede hacer pronto; llega a conocer la presencia de sus órganos adormecidos de la misma manera que un niño descubre que tiene miembros, tratando de ponerlos en uso. El estudio antroposófico en sus comienzos es un intento de levantarse y caminar espiritualmente.

Esta experiencia es, en efecto, tan concreta y polifacética como el movimiento físico. Implica un conocimiento cada vez más íntimo de las dificultades y de los medios para afrontarlas. Sin embargo, el hecho mismo de que estas facultades surjan del uso es ya una experiencia de tipo puramente espiritual. Con cada nuevo intento de comprender un solo párrafo de un libro antroposófico, o una conferencia o un ensayo, el ser humano se encuentra a sí mismo cambiado de hecho, - no transportado a ninguna condición extraña de la mente, abruptamente y sin comprensión, sino en posesión del juicio y la responsabilidad como antes. Hay incluso una mayor claridad mental y una cantidad adicional de responsabilidad. La diferencia es claramente perceptible. Es como respirar el aire fuerte y puro de la cima de una montaña después de haber pasado algún tiempo en una habitación mal ventilada. El estudiante aprende a vivir ahora con ciertos hechos de los que antes habría tenido miedo, o que habría rechazado como antipáticos.

Esta es otra señal de que su nueva experiencia no tiene nada que ver con los prejuicios personales ni con las llamadas ilusiones. El estudiante aprende a vivir con los hechos, le gusten o no; y muchos de ellos no le gustan en absoluto. Simplemente tiene que "contemplarlos", y esto requiere valor.

Un buen ejemplo es la forma en que el estudiante puede aprender a vivir con la idea de la reencarnación del espíritu humano. Naturalmente, no se le pide que crea que la reencarnación es un hecho. Pero, en cambio, se le invita a sopesar ciertos argumentos que la hacen parecer razonable. Además, se le hace ver que ciertas sutilezas del desarrollo humano se explican mejor cuando suponemos que el núcleo espiritual del hombre vuelve a las sucesivas encarnaciones después de estancias intermitentes en un mundo puramente espiritual. [El estudiante pronto siente el valor de tal ponderación de los hechos con total independencia. También reconoce que una aceptación prematura por razones de sesgo personal, o un rechazo por razones de antipatía, no le ayuda en lo más mínimo. De hecho, después de una emoción inicial superficial que la idea puede proporcionar, puede encontrar que en sus estratos anímicos más profundos tiene aversión a ella. La razón es que toda consideración seria de la reencarnación le exige enfrentarse a su propia entidad moral. Sin embargo, hay una parte de cada uno de nosotros que odia que se le diga la verdad.

Sólo quien está dispuesto a enfrentarse a la deprimente realidad de sus propios defectos, junto con la necesidad de volver a la tierra para las siguientes vidas, puede decirse que empieza a vivir con esta idea. Aquel que ha logrado esto tiene ahora un indicio de los requisitos que la verdad espiritual impone al conocedor. Se da cuenta de que los ataques de sus gustos y disgustos se repetirán; pero no podrán perturbar su claro juicio. Por el contrario, le revelarán la región particular en la que surgen los gustos y disgustos, que es muy diferente de la región en la que reside el deber de conocer. Así que el impacto de los prejuicios, lejos de nublar su integridad, en realidad agudiza su autoconocimiento al mostrarle lo que no es su verdadero yo.

Este ejemplo se da aquí no por el problema que toca, sino por la atmósfera en la que se aborda la solución. Este nuevo tipo de conocimiento sólo puede prosperar en una atmósfera de objetividad en un sentido no menor que el aceptado como indispensable para toda investigación científica. La necesidad de desprenderse de las simpatías y antipatías es aún más imperativa sólo porque la subjetividad del hombre se compromete mucho más fácilmente que en un problema científico ordinario. Donde los prejuicios son más propensos a interferir, hay que hacer esfuerzos extraordinarios para mantenerlos al margen.

El buscador del conocimiento suprasensible se mueve en una región en la que la oculta "Voluntad de Creer" sólo puede ser considerada como un enemigo. Los ataques de este enemigo son sutiles y se renuevan bajo disfraces siempre nuevos. Cada acto individual de conocimiento tiene que contar con ellos. No hay ninguna salvaguarda permanente. La aceptación desinteresada de la verdad suprasensible no puede asegurarse teóricamente. Sólo se puede aprender en la práctica.

Afortunadamente, en el caso de cada problema científico-espiritual particular, el estudiante puede asegurarse de si ha alcanzado o no el grado requerido de "interés desinteresado". Puede poner a prueba su disposición para formar un nuevo concepto destinado a abarcar hechos que antes no se contemplaban como pertenecientes unos a otros. Se trata de una aventura espiritual que vale la pena emprender. Tiene una emoción particular. Implica un riesgo. Además, proporciona un tipo peculiar de satisfacción. En resumen, tiene todas las características de una prueba. Un ejemplo de una prueba de este tipo puede tomarse del libro de Rudolf Steiner "La filosofía de la actividad espiritual", teniendo siempre en cuenta que está separado del contexto más amplio en el que se encuentra. El libro invita al lector a descubrir el hecho espiritual de la libertad humana. En primer lugar, muestra dónde no se puede observar este hecho. A continuación, muestra que el hombre es capaz de concebir un acto del mismo modo que un inventor concibe una nueva idea técnica o un gran descubridor da con un nuevo concepto en el campo de la ciencia. La misma facultad básica actúa en tres direcciones diferentes. Rudolf Steiner la llama intuición. Podríamos llamarla, para nuestro propósito, capacidad de búsqueda de conceptos. En el sentido de este libro, el logro más elevado en la esfera moral es una especie de búsqueda de conceptos, es decir, el hallazgo de un concepto que cubra hechos que aún no existen, porque todavía no se han producido.

He aquí una proposición llevada a una fórmula breve y expresada con palabras propias. "Un concepto perteneciente al ámbito cognitivo reúne hechos hasta ahora desconectados en un conjunto no visto antes. Un concepto moral puede producir nuevos hechos que antes no existían".

Toda persona capaz de pensar con claridad puede ver que las dos partes de esta proposición son iguales en todos los aspectos excepto en uno, a saber, que los hechos son "hechos" en un caso, y "por hacer" en el otro. Esto significa que son independientes del hacedor, y que dependen del hacedor, respectivamente.

Obviamente, el pensador puede formarse tal concepto sin ninguna simpatía o antipatía que interfiera. Puede sentir el estado de ánimo imparcial que aquí impregna el acto de concebir. No hay ninguna diferencia para él si los hechos del tipo descrito se han realizado o no. Simplemente puede estar de acuerdo en que si tales hechos existieran, dependerían completamente de la intuición del hacedor y tendrían que ser llamados su creación libre en el mismo sentido en el que una invención técnica se produce libremente. (El libro, en sus partes posteriores, muestra que tales hechos existen; pero esto no nos concierne aquí).

Los conceptos científicos espirituales deben formarse con la misma ecuanimidad que posee el pensador en este ejemplo. Por eso Rudolf Steiner podía decir que el estudio deliberado de las formas de pensamiento utilizadas en el libro "La filosofía de la actividad espiritual" era una excelente preparación para los estudios científicos espirituales. Podemos añadir aquí que la formación imparcial de conceptos es un excelente antídoto contra el mal hábito del pensamiento ilusorio. Al mismo tiempo, tal ejercicio no resta la humanidad del pensador. No lo convierte en alguien sin corazón. Por el contrario, le da la oportunidad de dejar que todo su interés humano fluya en el esfuerzo de formar un pensamiento que nunca antes había concebido. Siente, aunque sea por primera vez, que hay una satisfacción más profunda que la que surge de encontrar las cosas como le gustan. Ahora está preparado para enfrentarse a los hechos, sean o no bienvenidos.

Rudolf Steiner se empeñó en presentar todo lo que tenía que decir en una atmósfera en la que se apela al "interés desinteresado" del estudiante. Al reflexionar sobre los resultados de la investigación científica espiritual, el estudiante puede examinarlos a la luz de un escrutinio responsable. No es que ya sea capaz de investigar los hechos por sí mismo, sino que puede verlos y convertirlos en parte de su interés, tal como lo hace de forma natural con los hechos de las ciencias tradicionales. Su estudio se convierte así en una educación continua de su sentido para enfrentarse a la verdad.

Con esto se hace evidente en qué sentido la antroposofía es un esfuerzo moderno y cómo mantiene deliberadamente la continuidad con la herencia científica moderna. Dondequiera que la ciencia haya merecido su nombre, ha sido una educadora para afrontar la verdad a la luz de un interés objetivo y sin tener en cuenta los prejuicios personales. La Antroposofía lleva el mismo sello inconfundible.

La sustitución del Deber de Saber por la Voluntad de Creer como consecuencia de una sólida actitud científica en la Antroposofía puede reconocerse desde otro ángulo. Dado que el estudiante puede mantener su interés objetivo cuando pasa de los estudios científicos ordinarios a los científicos espirituales, no se produce ningún cambio repentino y violento, ninguna irrupción violenta que irrumpa y desequilibre su vida anímica. No está sujeto a una conversión. No se convierte en un creyente. La mera creencia está superada. La Antroposofía considera la libertad de aceptar la verdad como un terreno inviolable en el hombre.

Por supuesto que se produce un cambio en el alumno. Pero este cambio reside en el propio proceso de aprendizaje, No se altera la textura de la personalidad del alumno, sino que se adquieren gradualmente nuevos modos de percepción. El alumno se da cuenta de que es capaz de observar cosas que antes pasaba por alto porque sus órganos no eran lo suficientemente sutiles. Es como si los mismos conceptos que primero formó sólo tentativamente y como si fuera a prueba, actuaran como tantos reflectores iluminadores. Las cosas dentro de su campo de experiencia se revelan en un nuevo contexto; cuentan una historia no escuchada antes. Pero el alumno sigue siendo, a lo largo de todos los cambios debidos a la acumulación de nuevas capacidades, la "misma" persona. Reconoce, igual que antes e incluso más, su responsabilidad. Su personalidad se amplía, pero nunca se sustituye ni se abandona.

El que se ha convertido no sabe lo que le ha pasado. Alaba su cambio como obra de Dios y nunca cuestiona que haya sido un cambio para mejor. Está satisfecho con haber "desechado el viejo Adán" y abraza con entusiasmo el nuevo núcleo de la personalidad que se ha implantado en él. A partir de ahora, se entrega a la fuerza motriz que le mueve. La responsabilidad ya no es suya. Se ha convertido en un instrumento. No duda de que es Dios quien se sirve de él.

En cambio, el estudiante del conocimiento espiritual ha experimentado todas las fases del cambio en sus capacidades. Sigue poseyendo su anterior poder de juicio sólo que con un alcance cada vez mayor. Los conceptos que ha adquirido responsablemente actúan como otros tantos buscadores de hechos, pero es él quien encuentra los nuevos hechos. Está dispuesto a soportar nuevas pruebas en forma de nuevos descubrimientos no flagrantes. Sean cuales sean las consecuencias para él, seguirá su camino.

El deber de saber, como deber, le muestra un rostro severo. Pero el conocimiento transmitido por el esfuerzo espiritual le hace más humano.

Traducido por J.Luelmo feb.2022