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lunes, 3 de julio de 2023

GA143 Zurich 15 de enero de 1912 -El camino del conocimiento y su relación con la naturaleza del hombre

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EL CAMINO DEL CONOCIMIENTO Y SU CONEXIÓN

CON LA NATURALEZA MORAL DEL HOMBRE 

RUDOLF STEINER

Zurich 15 de enero de 1912

La sucesión de conferencias que tenemos hoy y mañana quizás pueda ser utilizada en algún momento para discutir cosas que son similares; sólo que se discutan por una vez, como deben ser discutidos apropiadamente para los miembros, para aquellos amigos que se han ocupado durante cierto tiempo dentro de una rama en usar los puntos de vista de los que partimos como base en su visión del mundo, mientras que mañana en la conferencia pública se considerarán cosas similares y puntos de partida similares, pero de una manera más adecuada para aquellos que abordan este movimiento directamente desde fuera de la vida y que aún están poco familiarizados con la ciencia espiritual.

Hoy, por así decirlo, debemos partir de lo que es una exigencia muy conocida para todos aquellos que quieren progresar no sólo en la ciencia espiritual, sino quizás también en el desarrollo de su hombre interior.

Una y otra vez se hace hincapié en que para el desarrollo interior de un ser humano, -de modo que éste pueda tal vez conducir a que él mismo sea capaz de tener experiencias en el mundo espiritual-, la pureza y la naturaleza amorosa de los objetivos y las intenciones son de una importancia muy especial. Tal vez podríamos decir, aunque en cierto sentido de manera unilateral, -pero todo lo que se diga debe ser unilateral-, que un investigador espiritual, o cualquiera que quiera ascender a los mundos espirituales y de alguna manera quiera encontrar algo de estos mundos espirituales por sí mismo, debe tener ante todo una cierta cualidad del alma. Esta cualidad del alma debe ser tal que simpatice, y de hecho simpatice enérgicamente, con lo bueno, con lo noble, con lo bello, y que sienta cierta aversión hacia lo malo, lo feo.  En lo referente al camino hacia los mundos espirituales se exige una y otra vez la pureza de la naturaleza moral del alma, y bien podríamos decir: Para ascender realmente a los mundos espirituales en el sentido de nuestra época, es absolutamente necesaria una penetración completa del alma mediante intenciones y objetivos verdaderos y morales. Más adelante oiremos que, en efecto, es posible adquirir poderes clarividentes sin estas condiciones básicas; pero adquirir poderes clarividentes sin las condiciones básicas que acabamos de describir es siempre algo cuestionable. 

Para comprender esto, aclaremos ahora qué podemos entender realmente por naturaleza moral del hombre. Nos vemos llevados a hablar de la naturaleza moral del hombre cuando, por una parte, consideramos en primer lugar los impulsos que le vienen al hombre para actuar, querer o desear del mundo exterior. Si el hombre es inducido a realizar tal o cual acción por algo que pertenece a sus necesidades naturales, como el hambre o la sed, o incluso a desear o querer tal o cual acción, no decimos, como es sabido, que tales deseos o voluntades sean acciones morales. Por supuesto, no tienen por qué ser inmorales. Pero si una piedra cae a tierra, tampoco es un acto moral, y no nos sentimos en absoluto obligados a aplicar la moral como norma. Tampoco nos sentimos obligados a hablar de moralidad cuando el hombre satisface las necesidades naturales de su organismo comiendo y bebiendo. Tampoco nos sentimos obligados a hablar de moralidad cuando el hombre ve una flor hermosa u otra cosa hermosa en algún lugar y, porque la cosa en cuestión le causa una impresión hermosa y agradable, se siente impulsado por ella a desearla, a pedirla. Entonces no hablamos de moralidad. 

¿Cuándo se habla realmente de moralidad en la naturaleza humana? Solo cuando no son causas externas como el hambre y la sed o la sensación de bienestar que despierta en nosotros algún objeto la causa de hacer esto o aquello, sino cuando la causa surge de lo más íntimo de nuestro ser como una orden, una orden de nuestro ser interior que es independiente de la causa externa. Nos hacemos particularmente conscientes de la diferencia que existe entre lo moral y lo, no digo inmoral, sino lo moralmente indiferente, cuando consideramos cómo, a través de la inducción externa, podemos tal vez hacer esto o aquello que luego no hacemos porque el mandato interior, que llamamos impulso moral, habla en contra de ello.

Tomemos, por ejemplo, el caso muy obvio y trivial de alguien que tiene una poderosa inclinación a beber demasiado. Entonces, si estuviera en condiciones de hacerlo, bebería. O puede seguir una voz interior que no tiene nada que ver con la inclinación, sino que se opone a esta inducción exterior y que dice: ¡Eso no será lo que quiere que suceda a través de la inducción exterior! - Ahí vemos que en nosotros puede hablar algo que contradice la inducción exterior. Todo lo que equivale a tal contradicción y condena interior de nuestras acciones, lo llamamos moral. Sólo entonces podemos hablar de acción moral, si prescindimos de todas las impresiones externas, de todo lo que nos vemos obligados a hacer por factores externos, y nos fijamos sólo en lo que habla desde nuestro interior. Así es como el hombre se eleva por encima del animalismo, que puede escuchar algo en su interior que va más allá del impulso externo, que puede incluso contradecir este impulso externo.  

Debemos sentir que en la moralidad tenemos algo que es verdadero por sí mismo. Esta es la característica esencial de todos los impulsos morales, que son verdaderos por sí mismos, y que las circunstancias externas no pueden contribuir en nada si alguna acción ha de llamarse moral o inmoral. Si parece que llamamos moral a algo por un impulso externo, a menudo nos estamos entregando a una ilusión cuando lo hacemos. Si, por ejemplo, dijéramos que el hombre se dispone de tal manera que no sigue meramente el hambre y la sed en lo que se refiere a comer y beber, sino el principio de que es necesario cuidar su organismo para mantenerse en el mundo exterior, de modo que las exigencias externas de la vida pudieran considerarse como los impulsos decisivos, esto sería una ilusión. Sólo cuando podemos añadir a lo externo el impulso interno: que es justo y bueno que el hombre se conserve en la tierra, y no sólo por el bien de la tarea externa, sino por el bien de la tarea interna del hombre que puede derivarse de ella, sólo entonces se da la moralidad; de lo contrario, es sólo aparente. Lo característico de lo moral es, por tanto, que el impulso no está motivado por el mundo exterior, sino que brota puramente de las fuerzas de nuestra alma.

Ahora, por supuesto, alguien podría decir: Pero también hay voces malas en nuestro interior; nosotros seguimos a menudo impulsos que reconocemos claramente como impulsos interiores y que no son en absoluto los que podemos llamar morales. Se puede decir, -pero hoy no podemos tratar este capítulo en detalle porque hoy nos proponemos otra tarea-, que cuando el hombre sigue esos impulsos aparentemente interiores que son malos, que son malignos, en realidad no se sigue a sí mismo, sino que sigue impulsos cuyo origen desconoce y que confunde con los que proceden de su interior. Todos conocemos las fuerzas Luciféricas por nuestras observaciones científico-espirituales. No vienen de dentro sino, por así decirlo, de fuera, en el sentido de que las entidades Luciféricas se han establecido en nuestro cuerpo astral y no en nuestro yo, de modo que, si definimos la moral de este modo, nos exponemos a numerosas contradicciones. Si profundizamos en esto, encontraremos como característica de la moral que todos los impulsos morales deben surgir de lo más íntimo de nuestro ser. Entonces podemos tomar lo que nos gusta moralmente, por así decirlo, lo que despierta nuestro placer moral, lo que nos llena de deleite, de entusiasmo, por así decirlo, como un ideal para aquello en lo que el hombre está tan completamente consigo mismo, tan completamente en su ser interior. Y si ya es extraordinariamente útil y necesario en la vida ordinaria que el hombre se dé cuenta de que sólo está totalmente consigo mismo en los juicios morales, o en los juicios que surgen de un modo similar, entonces esto es prácticamente un requisito fundamental para el ocultismo práctico. Debe ser reconocido como un principio del ocultista.

Es importante que todos los acontecimientos tengan lugar según el patrón de los impulsos morales, que no ocurra nada en el alma cuando uno se adentra en el camino superior del conocimiento que no tenga lugar según el patrón de un impulso moral real.
Es significativo que el hombre que quiere convertirse en un ocultista práctico, que quiere recorrer el camino del conocimiento, resuelva no llevar a cabo nada de lo que no pueda decir: Si lo comparo con lo que hay en el interior del ser humano, lo que yo llamo moral, ambos deben ser similares. - El camino del conocimiento no debe desviarse en ninguna etapa de lo que es similar al comportamiento moral del hombre. La similitud del camino del conocimiento con los impulsos morales llega incluso a los detalles. Esto debe quedar claro mediante un ejemplo muy concreto. 

 Tal y como es la gente hoy en día, la moralidad es algo muy especial. Básicamente, los Diez Mandamientos siguen siendo la más importante de nuestras leyes. Los Diez Mandamientos, si los miramos más de cerca, están construidos de una manera muy especial. De los diez, sólo tres están construidos de tal manera que dicen: Harás algo. - Los otros siete están construidos de tal manera que dicen: No harás algo - De esto es evidente que los poderes del mundo ven mucha más necesidad de dar a los hombres leyes morales que digan: No harás algo - que aquellas que digan: Harás algo. - Porque lo que se ordena que no se haga se compara con lo que se ordena que se haga, como siete a tres. Así pues, podemos decir que la moral en general debe obrar en la naturaleza humana de tal modo que adopte el punto de vista particular de decir: No harás algo.

Podemos comparar más de cerca esta proporción de siete a tres en los Diez Mandamientos. Si nos fijamos en los siete que dicen: No deberás hacer algo -, todos ellos se refieren a cosas del mundo exterior, a lo que no se debe hacer en el mundo físico; en cambio, los tres mandamientos que contienen el "Deberás" se refieren en realidad a lo que va más allá del mundo físico. Dicen: Creerás en un solo Dios -, No harás mal uso del nombre de este Dios - y así sucesivamente.

De esto se deduce que, en relación con los asuntos espirituales reales del alma, los mandamientos son positivos; en cambio, todos los mandamientos que se refieren a la conducta moral real en la vida física exterior tienen un "No harás". Pues aunque suponemos que el cuarto mandamiento, "Honrarás a tu padre y a tu madre, para que tengas larga vida sobre la tierra", es positivo, sin embargo sentimos que es esencialmente de carácter fuertemente negativo, como los otros seis mandamientos. Es una especie de mandamiento de transición que se refiere al mundo físico, pero que, sin embargo, ya conduce de este mundo físico al mundo espiritual. También podemos comprobar esto hasta el más mínimo detalle, me gustaría decir, porque con todos los pueblos más antiguos el llamado servicio ancestral era la base de la religión, y en los ancestros, los antepasados, había al mismo tiempo una divinidad dada. En este sentido, la veneración de los antepasados, de los que los antepasados inmediatos son sólo un caso especial, era una especie de transición del mundo de los sentidos al mundo superior.  Pero, en particular, este cuarto mandamiento estaba relacionado con el mundo físico inmediato, con la relación de los hijos con sus padres. En relación con los padres podemos cumplir este mandamiento, podemos sentir que el cuarto mandamiento se da primero de forma positiva, que se establece sobre el hombre para evitar que algo suceda. En el caso de los primeros mandamientos, el objeto al que apuntan aún no está presente en el mundo físico.  
Mediante la estructura de este ser de los Diez Mandamientos, se nos señala lo que constituye una característica básica esencial de la moralidad en el mundo sensorial: que los impulsos morales pueden contradecir lo que el hombre haría si sólo siguiera los impulsos del mundo físico. Esto establece claramente para el camino del conocimiento, que debe construirse según el patrón de los impulsos morales: debemos moralizar toda nuestra cognición en el camino oculto del conocimiento, nuestras leyes de cognición, que de otro modo serían meramente teóricas, deben convertirse en leyes morales internas. Debe, pues, convertirse en lo que se relaciona preferentemente con el plano físico, cuando el hombre se enfrenta a él mediante el conocimiento interior de las cosas, anulando lo que se extiende inmediatamente ante él, diciendo: Yo lo anulo, del mismo modo que se anulan las inclinaciones inferiores cuando invoca el "No debes" moral. - De hecho, por esta razón, todo relato verdadero del camino del conocimiento señala que ennobleciendo los impulsos morales uno eleva con toda seguridad las potencias del conocimiento al mundo superior. Esto ya está expresado con todo detalle. Supongamos que tenemos alguna planta. ¿Cómo podemos calificar en primer lugar el impulso externo que proviene de ella? Tomemos la hoja de la planta. Podemos describir como un impulso externo el hecho de que las hojas nos parezcan verdes. En el mundo físico, sensual, por ejemplo, las hojas de las rosas son verdes. Supongamos ahora que aquel que, como ocultista práctico, quisiera realmente alcanzar un conocimiento superior, se viera obligado a educarse según el modelo del conocimiento moral, entonces la mayoría de las imágenes tendrían que surgir de tal manera que sostuviera ante sí esta hoja verde y, en relación con el verdor de la planta, se despertara el impulso siguiente interior: No serás verde. - Debería ser posible que mirásemos la hoja verde con tal poder de visión que el impulso exterior no actuase, que así como ante el juicio moral se apaga la mala inclinación, así el verdor de la hoja se apaga a través de otro poder, digamos, clarividente. En efecto, cuando el hombre desarrolla sus poderes clarividentes de la manera correcta, tal como se describe en "Cómo alcanzar el conocimiento de los mundos superiores", aprende a mirar la hoja verde y, así como los juicios morales extinguen las malas inclinaciones, también se extingue el verdor de la hoja, que sólo se aplica al plano físico. Y donde de otro modo aparece el verdor, tenemos en este caso, en relación con la facultad clarividente, un rojo rosado claro o un color parecido al de la flor del melocotón. Esto aparece cuando, por medio de nuestro poder clarividente, podemos eliminar lo que está en la maya, lo que está en el plano físico. Así, mediante el poder clarividente, quitamos lo que está en el plano físico y liberamos lo que subyace a lo sensorial como suprasensible. Así podemos decir: Entrar en el camino del conocimiento ocurre realmente de la misma manera que la experiencia moral del hombre. La yuxtaposición del mundo suprasensible y del mundo sensible tiene exactamente el mismo efecto que el impulso moral tiene sobre las inclinaciones inmorales. Si, por otra parte, uno mirara las rosas mismas, por ejemplo esta rosa de aquí, que tiene un rojo tan intenso en el plano físico, reconocería un verde brillante y transparente para esta rosa, y para la rosa más clara una especie de verde intenso, con un matiz algo azulado.

Por tanto, hemos visto en un solo caso que los juicios ocultos, que corresponden a la visión clarividente, se construyen anímicamente del mismo modo que los juicios morales, que suprimen lo inmoral. De esto podemos concluir que se corrobora lo que hemos dicho en nuestro punto de partida. Para alcanzar el conocimiento superior, debemos aprender a suprimir las impresiones inmediatas de todo el mundo físico, exterior, para hacer desaparecer la maya, de modo que otra cosa ocupe el lugar de la maya. Ahora bien, como es bien sabido, uno aprende mejor una cosa si la memoriza a través de cosas que son similares a lo que se ha de aprender. Nadie, para aprender, practicará con cosas que no tengan nada que ver con el tema en cuestión. Nunca he oído que nadie se convierta en matemático dando un paseo, sencillamente porque no es algo similar. Así pues, sólo se podrán adquirir tales facultades mentales, que son similares a los impulsos morales, si se practica sobre lo que el hombre ya tiene en la vida ordinaria. Todavía no tiene clarividencia, que es algo que hay que adquirir lenta y laboriosamente. Pero el hombre siempre tiene la posibilidad de contemplar en su alma de tal manera que se pregunta: ¿Qué cosas me parecen moralmente buenas y cuáles moralmente reprobables? - La mayoría de las personas no actúan moralmente porque no saben lo que es moral, sino sólo porque sus inclinaciones, impulsos, deseos o pasiones contradicen su conocimiento moral. Entonces, cuando nos hemos explorado a nosotros mismos de esta manera, podemos volver a algo que descubrimos en nosotros, como el consentimiento a lo que podemos llamar moral. Y si ahora practicamos esta meditación, preguntándonos: ¿Cómo podemos pensar esto o aquello en el mundo de acuerdo con nuestro juicio moral? -y creamos imágenes para nosotros mismos y nos sumergimos en ellas, experimentaremos cosas y hábitos de sentimiento en nuestra alma-realmente madurarán en nuestra alma-, que son similares a los poderes clarividentes.

Así que lo siguiente que el hombre puede hacer para despertar los poderes clarividentes es que la moral y las acciones se conviertan en uno. Este es el mejor entrenamiento para los poderes clarividentes. Por eso siempre se insiste en que no se debe llegar a los poderes clarividentes de otra manera que no sea elevando el carácter moral.

Si tenemos esto en cuenta, tendremos que preguntarnos: "¿No hay acaso otros caminos hacia la visión clarividente? A menudo vemos que alcanzan altos grados de clarividencia personas que no nos causan una impresión particularmente moral, de modo que no podemos suponer de ellas que hayan cultivado primero su moral, su agrado y desagrado, su entusiasmo por el juicio moral.
Vemos que las personas que han desarrollado poderes clarividentes por toda serie de otras cosas muestran ciertas malas cualidades que antes no tenían o apenas tenían; por ejemplo, se convierten en verdaderos mentirosos cuando empiezan a desarrollar poderes clarividentes. - Sí, a veces se convierte en algo bastante peligroso para el carácter de una persona, especialmente cuando llega a la clarividencia. La clarividencia aún no es tan peligrosa como la clariaudiencia. ¿Cómo encaja esto con lo que se ha dicho? Pues bien, como recordarán, en los pasajes decisivos de mi libro "¿Cómo alcanzar el conocimiento de los mundos superiores?" se señala en todas partes que el camino hacia el conocimiento de los mundos superiores debe mantenerse tal como se ha caracterizado hoy. Pero es igualmente indudable que existen otros caminos. Sólo tenemos que estudiar este camino de la manera correcta, y entonces pronto veremos por qué pueden aparecer cualidades como las que acaban de describirse.
Debemos tener claro que primero tenemos en nosotros el núcleo espiritual del ser, que resumimos en su centro, cuando decimos "yo" o "yo soy". Este núcleo anímico-espiritual está incrustado en los cuerpos astral, etérico y físico. Tal como el hombre vive ahora en el mundo, cuando vivimos interiormente, de hecho vivimos en nuestro yo; pues todas las actividades anímicas están de algún modo conectadas con el yo en el hombre despierto, aparecen, por así decirlo, todas sobre el trasfondo del yo.

A menudo he citado el ejemplo de uno de mis compañeros de escuela, que ya de joven era un pensador materialista y decía: "Cuando pensamos y cuando sentimos, sólo se trata de procesos cerebrales; pensamos y sentimos en virtud de los movimientos de nuestro cerebro". - Ya entonces desarrollaba teorías completamente materialistas: ¿Cómo se puede hablar del yo, de la esencia? ¡Es el cerebro el que siente, quiere y piensa! - Yo le respondí: Sí, entonces ¿por qué sigues mintiendo y diciendo: pienso, siento, quiero, cuando sabes que eso lo hace tu cerebro? - Por supuesto, se podría decir que se trata de una objeción barata y trivial; pero lo que importa es que es correcta, sustancial e inmediatamente válida. Vivimos en conexión con nuestro yo desde que nos despertamos hasta que nos vamos a dormir, y no podemos separar nuestro yo de nada de lo que pensamos, sentimos o queremos. Ahora bien, lo que experimentamos interiormente y lo que está definitivamente conectado con nuestro yo está incrustado en el cuerpo astral, etérico y físico. No experimentamos estos cuerpos directamente en la vida normal. Del cuerpo astral surgen toda clase de cosas ocultas e inexplicables, pero lo que ocurre en él es desconocido para el hombre, igual que lo que ocurre en las profundidades es desconocido para quien sólo observa las olas superiores del mar. El hombre sólo debe observar la vida una vez y ver cuán desconocido es lo que sucede en lo oculto de la vida.

Hay, por ejemplo, un niño que en el séptimo año de su vida experimentó una sola vez que fue tratado injustamente por su padre o su madre. Esto causó cierta agitación en el niño, pero no se notó, porque al mundo exterior le pareció que había desaparecido muy pronto. Pero sólo ha descendido al cuerpo astral; allí abajo surge y va a la deriva. El niño vive hasta los dieciséis o diecisiete años. Está en la escuela. Sucede algo, el profesor hace esto o aquello. Otro niño sólo se habría enfadado por ello, ¡pero este niño se suicida! Si miras la vida de este niño sólo externamente, dirás todo tipo de cosas sobre las razones que le llevaron a suicidarse. Sólo aquellos que miran la vida en sus profundidades, donde surge y deriva, en el cuerpo astral, sabrán que una de las causas más importantes fue la experiencia de injusticia en el séptimo año. Esto vive allí abajo en secreto y sólo sale a relucir por el incidente de la escuela; si no hubiera existido, el suicidio no se habría producido. 

De lo que ocurre directamente bajo el umbral de la conciencia, cuando el cuerpo astral tiene experiencias del presente inmediato, ni siquiera tenemos certeza, y mucho menos de cómo está construido y compuesto el cuerpo astral en su estructura, en su formación, cuáles son sus elementos, sus entidades. Allí estamos incrustados en lo que los poderes espirituales, que conocemos como las jerarquías, han organizado para nosotros. Hay muchas fuerzas ahí abajo, en el cuerpo astral, igual que hay muchas en las profundidades del mar que no puedes ver si sólo te fijas en las ondas de la superficie.
Y así como las ondas en la superficie se relacionan con lo que hay abajo en el mar, así también el yo consciente se relaciona con lo que sucede abajo en el cuerpo astral. Tiene que venir el buzo que pueda sumergirse en este mundo del cuerpo astral, y este buzo no es más que el clarividente.

En un grado aún mayor es el caso con el cuerpo etérico; allí tenemos profundidades aún más ocultas. ¡Y sólo con el cuerpo físico! El hombre lo tiene ante sí desde fuera, pero sobre él tiene el mínimo poder, y allí en realidad sólo puede hacer lo que quiere el estómago. Si tuviera que elegir entre luchar contra un mal estómago o contra inclinaciones inmorales, dejaría de lado todos los esfuerzos morales y se esforzaría por tener un estómago sano. El cuerpo físico está sujeto a leyes que el hombre no tiene en su yo consciente, que adquiere desde fuera en la Maja.
Los cuerpos astral, etérico y físico están entremezclados con fuerzas de las entidades de las jerarquías superiores. Pero esto no impide que se reproduzcan en el yo consciente, que las fuerzas fluyan desde las profundidades ocultas del ser humano, reproduciéndose en el yo consciente, como hemos visto en el caso del niño que realmente sucedió. Desde la edad de siete años, una fuerza fue liberada en el cuerpo astral por la aparición de la injusticia, que luego subió a la conciencia cuando el maestro tomó el trapo con el que se limpia la pizarra y le dio al niño un golpe en la cara, que entretanto había alcanzado la edad de dieciséis años. Sale del aula, encuentra accidentalmente abierta la sala de química, entra y toma veneno. Con todos los medios de la ciencia psicológica, se podría probar cómo el asunto fue tocado por la fuerza de lo que había allá abajo, en el cuerpo astral.

Pero también es posible atraer al yo consciente lo que está presente abajo en el ser humano a través de ciertos comportamientos. Podríamos bombear poderes del cuerpo astral a través del yo consciente y así entrar en posesión de poderes clarividentes, es decir, suprasensibles en la conciencia. Extraemos poderes de lo que los dioses nos han dado. Esto es, de hecho, algo que se recomienda a menudo en los libros que dan instrucciones para entrar en un camino de conocimiento. Muy a menudo ocurre que los que escriben tales libros no tienen ni idea del verdadero proceso, porque estas cosas no se hacen con la conciencia con la que deben hacerse. Ahora bien, hay que comprender que las fuerzas que las jerarquías superiores infunden en nuestros cuerpos astral, etérico y físico, les pertenecen. Si las bombeamos, retiramos algo de nuestra organización; quitamos algo de lo que los dioses nos han dado, nos debilitamos con ello. El debilitamiento puede manifestarse de tal manera que la veracidad inculcada por los dioses se vea dañada. Hasta tal punto se refuerzan las fuerzas que antes impedían al hombre mentir, que ahora empieza a mentir. He aquí la gran diferencia entre esta manera de alcanzar los poderes clarividentes y la descrita anteriormente, tal como la encontraréis consecuentemente llevada a cabo en mi escrito "¿Cómo se alcanza el conocimiento de los mundos superiores?

¿En qué se basa este criterio? Precisamente en el hecho de que en el camino del conocimiento no se desarrolla nada que no se lleve a cabo según el patrón del juicio puramente moral. Esto, sin embargo, nunca fluye del cuerpo astral, sino que debe adquirirse como algo que se eleva como una voz interior en el yo consciente. Pues no podemos referirnos a aquello que no posee un yo consciente como un ser moral. Hablamos de moralidad sólo en un ser que es capaz de dejar surgir impulsos del núcleo de su ser que está conectado con su ser interior. 

Ahora bien, además de las fuerzas morales, deben surgir aquellas que conducen al alma hacia el mundo superior. Si éstas no han de provenir de nuestro cuerpo astral, no pueden provenir en absoluto de nosotros mismos. No es posible que procedan de nosotros mismos, porque lo que procede de nosotros tendría que proceder del yo consciente. Pero aparte de los impulsos morales, a lo sumo los juicios estéticos que deciden sobre la belleza, y en cierto sentido los juicios matemáticos, surgen en el hombre del yo consciente. Pero las cosas no deben ser bombeadas desde el cuerpo astral; ¿de dónde, entonces, pueden venir? Del mundo suprasensible en el que estamos situados y que, en efecto, ha hecho surgir nuestros tres cuerpos. Pero estos poderes no tienen por qué proceder de estos tres cuerpos mismos. No debemos tomar las desviaciones a través de los tres cuerpos, sino un camino que nos lleve directamente a la conexión con los reinos espirituales, con los seres de las Jerarquías, para que estos poderes del mundo superior fluyan directamente hacia nosotros. Por lo tanto, debemos tener acceso a estos mundos a través de los cuales las fuerzas superiores pueden fluir hacia nuestras almas. Para ello es necesario que todo conocimiento superior esté en conexión con algo distinto del conocimiento ordinario. Con el conocimiento ordinario no se puede entrar en los mundos superiores. Para entrar en los mundos superiores, es necesario un estado de ánimo básico muy definido del alma. Esta es la primera cosa que incluso los antiguos filósofos griegos enfatizaron: Alguien que sólo puede pensar bien, que quiere entender las cosas meramente intelectualmente, a través del mero pensar y filosofar, no puede entrar en los mundos espirituales. Hay que partir de otra cosa. Antes de enfrentarse a una cosa cognitivamente, hay que enfrentarse a ella de otra manera.

Lo primero: todo conocimiento comienza con el asombro, y sólo aquellos que parten del asombro, de la maravilla, están en el camino del conocimiento correcto. Todo aquello a lo que no nos hayamos enfrentado primero como asombrados, como maravillados, no puede conducir en absoluto al camino del conocimiento. Que toda la pedagogía declame que hay que partir de la contemplación; sin ese primer asombro no se puede llegar al conocimiento correcto. 
Lo segundo que nos permite entrar en el mundo espiritual es que aprendamos a reverenciar. Una reverencia por lo que actúa a través del objeto. Un conocimiento que no está tan conectado con el alma como para que el alma recorra el camino del conocimiento en el sentido de que primero vive en el asombro y en la reverencia por aquello que se manifiesta a través del objeto, no llega más allá de un conocimiento intelectual.

La tercera es sentirse en armonía con los acontecimientos del mundo. Las enseñanzas espirituales-científicas proporcionan muchos medios para ello, sobre todo al llevar dentro de nosotros la idea del karma con toda la seriedad de la vida. <Hay un largo camino desde la convicción del karma en la vida humana hasta el punto en que se convierte en la verdadera seriedad de la vida.
Si estamos realmente convencidos del karma, entonces cuando alguien nos da una bofetada en la cara, no debemos decir: "¡No me gusta que me des una bofetada! - sino que debemos decir: ¿Quién me ha dado realmente esta bofetada? Lo hice yo mismo, porque hice algo en mi vida anterior que provocó que la otra persona me abofeteara, y no tengo ninguna razón para decir que me hace mal, sino que en cierto modo me he creado un autómatismo - No estar en contradicción sino en armonía con lo que ocurre en el mundo, eso es lo tercero. El propio Evangelio da una enseñanza correspondiente: Si alguien te da un golpe en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. 

Cuando se sabe que a través del karma hay que buscar la causa dentro de uno mismo, cuando se reconoce cómo sólo se vive lo que uno ha causado por su propia voluntad, por su propia culpa, entonces se llega a conocerse en armonía con el proceso del mundo. Esta es la tercera. Y la cuarta es: completa devoción al proceso del mundo, mirándose a uno mismo como si en realidad sólo fuera un miembro de él. De modo que podemos enumerar cuatro cualidades con las que podemos situarnos en relación con el mundo exterior, con el exterior de la vida: Primero, admirar, maravillarse, segundo, reverenciar, tercero, saberse en armonía con el proceso del mundo, cuarto, entregarse por completo a este proceso del mundo. 

Al desarrollar estas cualidades, hacemos que nuestra alma se abra, se abra de tal manera que puedan fluir aquellas fuerzas que, por así decirlo, fluyen virginales del mundo espiritual, fuerzas que respiramos como aire fresco de montaña después de haber respirado previamente cualquier aire que haya sido consumido por otros organismos. <Así vemos qué gran diferencia hay entre lo que puede ser dado, por así decirlo, por gracia a través de las Jerarquías superiores mismas, y lo que nos apropiamos de tal manera que bombeamos algo de las fuerzas que ellas colocan en nuestro organismo. A través de tal contemplación aprendemos verdaderamente a distinguir entre dos caminos, ambos de los cuales conducen a la clarividencia real.

Pero un camino conduce a la clarividencia por el hecho de que el ser humano se opone directamente a los seres de las jerarquías superiores. 
La forma en que el hombre se erige como ser moral no es la forma en que siempre ha sido. Mientras el hombre había desarrollado primero el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico, no se podía hablar de impulsos morales. Hablamos de antiguos hombres solares que adquirieron el cuerpo etérico, y de hombres lunares que añadieron el cuerpo astral. Pero durante estos períodos de evolución no existía en ninguna parte un reino de moralidad. Esa es la misión terrestre, que la moralidad se añada a lo que el hombre puede experimentar de otro modo. Esta es la tarea para la adquisición de tales poderes que conducen al mundo espiritual: el hombre debe desarrollarse más allá de lo que ha adquirido en el curso de la evolución de Saturno, Sol y Luna. 

De todo esto se deduce que, por el hecho de que se pueda probar directamente mediante la razón, no se debe decir que el hombre pueda confiarse enteramente sin juicio a los caminos del conocimiento que se le ofrecen, tanto a la magia negra como a los impulsos morales. Uno sólo tiene que dedicarse a probar mediante la razón. Sólo hay que intentar entrar en ello correctamente a través de la presente descripción, y lo que se ha dicho resultará ser cierto, de modo que si se aplican tales criterios a la descripción de los caminos del conocimiento, realmente se podrán distinguir sin más. Y es importante que el hombre aprenda a decirse a sí mismo: Para mí, la descripción de una vía de conocimiento en la que todo no sigue el patrón de un impulso moral es sospechosa desde el principio. - El hombre que no considera sospechoso un camino que estaría en contradicción con lo que realmente se puede sentir como impulsos morales, que no puede sentir la necesidad de los impulsos morales, tendría entonces que atribuírselo a sí mismo si se encontrara en peligro.
Por lo tanto, no era en absoluto innecesario, entre las consideraciones que se pueden cultivar, hacer también una vez esta consideración, pues es muy correcto y bueno que aquel que hoy se interesa por la ciencia espiritual no sólo acepte las cosas que se han investigado, sino que también se familiarice en cierto modo con el modo en que se encuentran las cosas. Supongamos que uno quiere aceptar la ciencia espiritual, pero no quiere entrar él mismo en el camino del conocimiento para esta encarnación. También para él es útil hacerse una idea de cómo se adquiere el conocimiento. Puede formarse una opinión al respecto, del mismo modo que un químico supone una verdad, porque tiene el experimento que se le ha descrito mediante el cual se obtiene el conocimiento en cuestión, aunque él mismo no haya hecho el experimento.

Ahora, en nuestro tiempo, es particularmente necesario que aquel que quiera ir por el camino del conocimiento superior observe las cosas que se han caracterizado hoy en día; porque vivimos en una época en la que el hombre es llamado por los poderes superiores a ser cada vez más independiente y autosuficiente. En los tiempos que han pasado hasta el Misterio del Gólgota, se daba el caso de que los poderes clarividentes fluían hacia el hombre de cierta manera sin que él interviniera; eso era como una herencia de los tiempos primitivos humanos. Pero desde el Misterio del Gólgota, el hombre ha vivido de tal manera que debe afrontar las cosas conscientemente. Por lo tanto, es necesario que el hombre aprenda a adquirir en el alma ese mismo estado de ánimo que se logra mediante las cuatro virtudes, mediante los cuatro poderes: asombro, admiración, adoración, sintiendo armonía con el proceso del mundo, y que se entregue al proceso del mundo, y que precisamente mediante el desarrollo de estas virtudes se abra libremente a las influencias que puedan llegarle de las Jerarquías superiores.
Ahora bien, existe la posibilidad, por así decirlo a partir de los impulsos más fundamentales del alma, de ponerse en tal disposición de ánimo hacia el mundo como en estas cuatro virtudes: Si nos entregamos una y otra vez en el alma al pensamiento de que nosotros, tal como estamos en el mundo, tal como estamos entretejidos en el mundo de la Maya, la gran ilusión, con esta Maya, esta ilusión, que siempre tiene su origen en el mundo espiritual, hemos surgido de las fuerzas divinas. El hecho de que vivamos en el mundo de Maya, la ilusión, no nos impide dedicarnos en el mundo lleno de Maya e ilusión a las fuerzas espirituales de las que ha surgido. Maya es como la vida en el movimiento de las olas que está en el mar, pero sin embargo es levantada por el mar y está formada de la sustancia del mar. Así como el juego de las olas viene del mundo del mar, y la espuma es una formación de la sustancia del mar, así el mundo de Maya surge del subsuelo espiritual, de modo que podemos decir: Aunque estemos hilados en este mundo de ilusiones, sin embargo hemos surgido de lo divino. - Esto es lo que el esoterismo occidental expresa con las palabras: Nacemos de lo divino - Ex deo nascimur. 

Y lo segundo es el sentimiento fundamental de que no debemos bombear esos poderes que los poderes divinos han transferido a nuestros cuerpos astral, etérico y físico, sino que debemos entregarnos directamente al mundo espiritual, morir al mundo. Hacemos esto a través de las cuatro virtudes: Asombro y maravilla, veneración, sentimiento de armonía y devoción al proceso del mundo. Son cosas que nos llevan cada vez más profundamente al estado de ánimo que el esoterismo occidental expresa así: En Cristo morimos - In Christo morimur.
Entonces surge la esperanza de que nos estamos acercando al despertar en el mundo espiritual, de que se nos están dando de nuevo poderes, como una vez se le dieron al cuerpo astral. A través del Espíritu Santo seremos de nuevo despertados, seremos de nuevo transferidos al mundo espiritual, para que el hombre pueda de nuevo subir al mundo superior: Per spiritum sanctum reviviscimus.
Deberíamos saber que cualquier esoterismo correcto para el tiempo presente debe desterrar todos los métodos que bombean desde los cuerpos inferiores al yo las fuerzas que han de conducir al conocimiento superior; porque debido a que estas fuerzas permanecen abajo, estamos sanos. Es un camino esotérico falso si nos confundimos de tal o cual manera y luego consideramos ciertas cosas como correctas simplemente porque hemos bombeado fuerzas que, si permanecieran en su lugar, no nos permitirían considerar estas cosas como correctas. Estas son cuestiones serias que nos llevan a comprender correctamente por qué, en la escritura "Cómo alcanzar el conocimiento de los mundos superiores", los poderes para desarrollar las facultades clarividentes se sitúan directamente en la región de nuestra laringe. Se trata de facultades morales en el sentido más elevado, que también se describen en las enseñanzas de Buda como el camino óctuple. Hasta cierto punto son morales; en el sentido ulterior conducen al hombre hacia arriba, hacia una moralización de nuestra cognición, hacia una impregnación de ella con aquello que de otro modo sólo está en nuestra moralidad.
Traducido por J.Luelmo jul.2023

martes, 4 de abril de 2023

GA116-3 Berlín 2 de febrero de 1910 -La entrada del Ser Crístico en la evolución de la humanidad

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La entrada del Ser Crístico en la evolución de la humanidad

RUDOLF STEINER

Berlín 2 de febrero de 1910

En cada uno de los Evangelios se arroja luz sobre el gran Misterio del Gólgota desde un aspecto particular. He llamado su atención sobre el hecho de que el secreto del Gólgota, el secreto de Cristo Jesús, es presentado por el Evangelio de San Marcos desde el aspecto de los grandes nexos Cosmológicos, mientras que el de San Mateo muestra cómo este secreto se desarrolló a partir de un pueblo especial, los antiguos hebreos. Hemos visto cómo ese pueblo tuvo que desarrollarse poco a poco, de generación en generación, desde la época de Abraham, para dar a luz más tarde, como su flor, al Ser Humano en el que podía estar contenida la individualidad de Zaratustra o Zoroastro. Hemos visto cómo todas las cualidades peculiares del pueblo hebreo, -cualidades que debían intensificarse cada vez más en el curso de su descendencia de una generación a la siguiente-, se basaban enteramente en el principio de la herencia física. De este modo pudimos describir cómo el carácter de la misión del antiguo pueblo hebreo se diferenciaba del de los demás en que debía heredar ciertas cualidades, que sólo podían alcanzarse por herencia física, y que habían ido ganando en intensidad desde las generaciones más antiguas de la época de Abraham hasta Jesús. El Evangelio de San Mateo contiene muchos otros secretos, como todos los Evangelios. Aunque en el transcurso de este Invierno abriremos algunos aspectos y perspectivas de los Evangelios, éstos a lo sumo sólo pueden estimular la comprensión. Porque para comprender los Evangelios por completo es necesario un trabajo espiritual interminable. Hoy se arrojará luz desde un punto de vista particular sobre el Evangelio de San Mateo y se mostrará cómo las lecciones que se extraigan de él pueden ser aplicadas provechosamente por aquellos que ahora forman parte de la corriente espiritual antroposófica.

Si echamos una mirada retrospectiva a mucho de lo que hemos aprendido con el correr de los años, veremos que el desarrollo de la humanidad, tal como lo describe la Ciencia Espiritual, atraviesa diversas crisis; llega a un punto importante, luego continúa por un tiempo por un camino más llano, luego viene otro punto importante, y así sucesivamente. A menudo hemos enfatizado que uno de esos puntos importantes en el desarrollo de la humanidad en la tierra se alcanzó cuando se dio el Impulso Crístico al comienzo de nuestra era, según el cálculo moderno del tiempo. Cuando miramos hacia atrás, más allá de la era atlante, hacia la era lemúrica, llegamos a ese momento en que el primer rudimento del yo humano fue implantado en el ser humano. Para comprender tal acontecimiento, las palabras deben tomarse con mucha precisión. Por ejemplo, debemos hacer una clara distinción entre la afirmación de que en la época Lemúrica 'los primeros rudimentos del yo fueron implantados en el ser humano', y aquella otra, de que en la época del Misterio del Gólgota comenzó el período, la era, en que la humanidad tomó conciencia de este yo. Hay una gran diferencia entre tener el yo sólo en rudimento, como algo que actúa en el hombre, y el conocimiento de que uno lo posee. Hay que distinguir muy bien entre ambas cosas, pues de lo contrario es imposible comprender las verdaderas leyes de la evolución.
Sabemos que la implantación del yo en el hombre forma parte del desarrollo colectivo de la Tierra. La Tierra pasó por las eras de Saturno, del Sol y de la Luna, y sólo entonces se convirtió en la estructura que es hoy. En Saturno se puso el germen del cuerpo físico, en el Sol el del cuerpo etérico, en la Luna el del cuerpo astral, y en la tierra se añadió el germen del yo; este germen se puso en el desarrollo de la tierra en la época lemúrica. Ahora bien, algo más también tuvo lugar en la época lemúrica, algo que siempre hemos llamado la "influencia luciférica". Durante esa época el hombre fue dotado del germen del yo, que en el curso de los períodos terrestres subsiguientes estaba destinado a alcanzar una perfección cada vez mayor, y al mismo tiempo su cuerpo astral fue "inoculado" con la influencia luciferina. Toda la naturaleza del hombre fue alterada por esta influencia, hasta las fuerzas y elementos de sus cuerpos etérico y físico. Así, en la época lemúrica, el hombre se convirtió en un ser completamente diferente de lo que habría sido si no hubiera existido la influencia luciférica. Lo vemos alterarse en dos aspectos: lo vemos convertirse en un ser con yo, y lo vemos convertirse en un ser en quien el principio luciférico está oculto. Incluso si el principio luciférico no se hubiera establecido, la influencia del yo habría entrado en el hombre. 
Ahora bien, ¿Qué ocurrió en el ser humano como resultado de haberse hecho sentir la influencia luciférica en la época lemúrica?

Cuando se describe tal circunstancia desde un aspecto u otro, les ruego que no consideren eso como todo lo que puede decirse sobre el tema; pues bien puede tratarse sólo de un punto de vista, seleccionado por el momento. A lo largo de los años se ha dicho mucho sobre lo que la influencia luciférica provocó en la evolución del hombre; todo forma parte de lo mismo, pero no podemos repetirlo todo ahora. Hoy seleccionaremos sólo un punto de vista, que describe un aspecto; es decir, que como resultado de la influencia luciférica el hombre alcanzó cierto punto en la evolución antes de lo previsto, antes de lo que la sabia guía del mundo había predestinado para él. La influencia luciférica le hizo descender más profundamente en los tres principios que procedían de las anteriores encarnaciones de la tierra, (el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico) y se enredó en ellos más de lo que lo habría hecho de no haber prevalecido tal influencia. El hombre, con su yo, habría permanecido más cerca de los mundos espirituales, habría continuado durante más tiempo sintiéndose, a través de su yo, miembro del mundo espiritual, si la influencia luciférica no hubiera hecho que ese yo descendiera más profundamente en los tres principios. Podemos decir que, como resultado de la influencia luciférica, el hombre descendió más profundamente sobre la tierra en la época lemúrica. Podemos indicar el momento en que habría descendido tan profundamente a la tierra o a la materia física si no hubiera habido influencia luciférica; habría sido a mediados de la época atlante. Si no hubiera habido influencia luciférica, el hombre se habría visto obligado a esperar hasta entonces para descender a la tierra; pero esa influencia le hizo descender antes. Le permitió convertirse en un ser libre, capaz de actuar de acuerdo con sus propios impulsos. De lo contrario, habría permanecido totalmente dependiente del mundo espiritual hasta mediados de la época de la Atlántida; tampoco habría podido distinguir antes entre el bien y el mal, ni actuar según sus propios impulsos. Sólo habría podido actuar a partir de influencias psíquicas, es decir, de fuerzas implantadas en su alma por Seres Espirituales Divinos. Los seres luciféricos hicieron posible que comenzara en una etapa más temprana a decidir entre el bien y el mal; que no se dejara guiar simplemente por las leyes del Orden divino-espiritual del mundo, sino que decidiera por sí mismo, creando una especie de ley y orden por sí mismo. Este hecho se expresa de manera muy profunda en la descripción de "la Caída", que representa en una maravillosa imagen imaginativa lo que acabo de exponer. El Antiguo Testamento lo describe diciendo que los Seres Espirituales Divinos implantaron en el hombre un alma viviente. Ahora bien, si esta alma viviente hubiera permanecido tal como era, el hombre habría tenido que esperar hasta más tarde, hasta que los Seres Espirituales Divinos hubieran llevado el alma viviente, o, en otras palabras, el yo aún no desarrollado, al grado de madurez capaz de hacer distinciones. Pero entonces llegaron las influencias Luciféricas, representadas en la Biblia como "la Serpiente". A través de ellas, el hombre mismo llegó a ser capaz de distinguir entre el bien y el mal, en lugar de limitarse a seguir instintivamente las inspiraciones de Jehová o de los Elohim. De un ser que hasta entonces había sido guiado y conducido por Seres Espirituales Divinos, el hombre se convirtió así en un ser capaz de decidir por sí mismo. La Biblia muestra claramente que la autodecisión fue traída al hombre por la Serpiente, o en otras palabras, por los seres luciféricos. Entonces oímos resonar las palabras pronunciadas por los dioses: "El hombre se ha convertido en uno de nosotros". O, si queremos decirlo más claramente: "El hombre ha adquirido, por la influencia luciférica, algo que hasta ahora sólo estaba reservado a los dioses. A los dioses les fue dado decidir entre el bien y el mal, los seres dependientes de ellos no tenían que tomar tales decisiones'.
Como resultado de la influencia luciférica, el hombre se convirtió ahora en un ser capaz de hacer distinciones; es decir, se convirtió en un ser que desarrolló prematuramente cualidades divinas en su interior. De este modo y a través de esta influencia, entró en la naturaleza humana algo que, de otro modo, habría sido retenido de su evolución hasta mediados de la época atlante. Como bien pueden imaginar, el hombre habría sido muy diferente si este descenso a la materia no hubiera tenido lugar hasta entonces; su alma habría estado más madura para el descenso. Habría descendido a la materia como un hombre mejor, más maduro. Habría aportado cualidades muy diferentes a sus cuerpos físico, etérico y astral y habría poseído un poder muy diferente para distinguir entre el bien y el mal. Como el hombre ya era un ser capaz de distinguir entre el bien y el mal desde la época Lemúrica hasta mediados de la época Atlante, se hizo a sí mismo peor de lo que habría sido de otro modo; entró en un estado de menor perfección. De otro modo, habría pasado todo el tiempo transcurrido de un modo mucho más espiritual; pero así fue, lo atravesó de un modo más material. El efecto de esto fue que si hubiera recibido a mediados de la época atlante lo que los dioses habían querido que tuviera, habría caído total y completamente.

¿Qué se le habría dado al hombre a mediados de la época atlante, si hubiera continuado siendo guiado y dirigido hasta ese momento, instintivamente, por así decirlo, por Seres Espirituales Divinos?

Habría recibido entonces lo que, habiendo intervenido entretanto la influencia luciférica, le fue dado después mediante el Misterio del Gólgota. El Impulso Crístico habría sido dado al hombre a mediados de la época atlante. Ahora, sin embargo, a causa de la influencia luciférica, el hombre tuvo que esperar tanto tiempo para recibir el Impulso Crístico como el que había transcurrido entre la intervención de la influencia luciférica y la mitad de la época atlante. Entre la entrada de Lucifer y la mitad de la época atlante transcurrió el mismo lapso de tiempo que entre esa época y la llegada del Impulso Crístico. Por lo tanto, al haber adquirido el hombre una semejanza con los dioses antes de lo previsto, tenemos que describir un retraso del Impulso Crístico. En efecto, antes de que éste llegara, el hombre tuvo que sufrir el karma terrestre debido al mal que había entrado en la Tierra por el impulso luciférico. Tuvo que esperar, no sólo hasta que esa influencia le hiciera capaz de distinguir entre el bien y el mal, sino hasta que, en el curso del desarrollo de la tierra, se hubieran producido todas las consecuencias de la influencia luciférica. Debía esperarlas, pues sólo entonces podría descender a la Tierra el Impulso Crístico. De acuerdo con la sabia dirección de la Tierra, el hombre no debía escapar para siempre de lo que le sobrevendría a través de la influencia luciférica, pero no le habría sobrevenido hasta mediados de la época atlante. En cualquier caso, habría de llegar; pero ciertamente no lo habría hecho en la misma forma. El hombre no sólo adquirió de Lucifer el poder de libre decisión en todo lo relacionado con las cosas espirituales, sino también la capacidad de entusiasmo por lo que es bueno y noble, sabio y grande. Como seres humanos, no sólo somos capaces de distinguir fríamente entre el bien y el mal, sino también de sentir un cálido resplandor por lo noble, lo bueno y lo sabio. Eso se debe a que algo fue llevado a nuestro cuerpo astral, que, si sólo hubiera llegado al hombre en plena época atlante, habría sido llevado al yo, ese yo que es capaz de juzgar. Todo el sentimiento, el idealismo y el entusiasmo por lo que es bueno, por los altos ideales, se lo debemos a la circunstancia de que algo entró en nuestro cuerpo astral antes de que hubiéramos adquirido la semejanza con Dios en nuestro yo, antes de que hubiera tenido lugar en él la aceptación del Cristo. El punto esencial es que esta semejanza con Dios, la posibilidad de encontrar el bien dentro de nosotros mismos, tuvo que llegar al hombre. Si la influencia luciférica no hubiera llegado, este impulso se habría producido a mediados del período atlante, pero tal como están las cosas, se produjo en la época en la que el propio Cristo Jesús actuó.
Así, a través del Impulso Crístico, llegó al hombre la conciencia de que en su yo tenía algo de sustancia Divina y de naturaleza Divina. El pensamiento de que el hombre puede acoger lo Divino en su Yo y que esta parte Divina puede ser activa en él y distinguir entre el bien y el mal, subyace en todos los dichos más profundos del Nuevo Testamento. Por lo tanto, podemos decir que con la recepción en la naturaleza interna del hombre del Impulso Crístico, se hizo posible que el hombre dijera: 'Debo ser mi propio guía para el conocimiento de mi existencia y la distinción entre el bien y el mal'.

Ahora bien, si nos remontamos a la época precristiana, debemos decir que cuando aún no existía el impulso que capacitaba al hombre para distinguir entre el bien y el mal, tal distinción, y el juicio del hombre en cuanto a lo bueno, lo bello y lo verdadero, eran necesariamente escasos; no procedían realmente de su ser interior. Antes del impulso Crístico, el hombre no podía distinguir en su fuero interno entre el bien y el mal. En la época precristiana, la decisión sobre lo realmente Bueno, Bello y Verdadero sólo podía tomarse a través de ciertos seres -como los Bodhisattvas- que, con el paso del tiempo, ascendían con una parte de su ser a los mundos divino-espirituales; la distinción entre el bien y el mal no se hacía, por tanto, desde el interior del ser humano, sino en los mundos divinos. A través de su compañía con los seres espirituales divinos, estos Guías la adquirieron y fluyó de ellos a las almas de los hombres, como por sugestión. Si no hubiera sido por esos guías, los hombres sólo habrían podido hacer débiles distinciones entre el bien y el mal en aquellos días. Si estos guías hubieran dependido únicamente de sus propios corazones, tampoco habrían podido hacerlo; pero como descendieron a esas profundidades del alma que aún no eran accesibles al hombre y entraron en su ser del yo en los reinos del cielo, recibieron el impulso que necesitaba el hombre para ayudarle a decidir entre el bien y el mal en el momento de su necesidad, para que el bien pudiera, no obstante, implantarse en la tierra a modo de preparación. Así, antes de la época de Cristo, el hombre era un ser todavía insuficientemente preparado para adquirir la semejanza con Dios. Por esta razón, desde la época lemúrica, todo lo que el hombre ha hecho, lo ha hecho menos bien de lo que hubiera sido el caso. Esto se aplica sobre todo a lo que se refiere a sí mismo. Sus cuerpos astral, etérico y físico, que de no ser por la influencia luciférica habrían permanecido más espirituales, fueron, por esa influencia, menos bien formados, hechos más materiales. Esa fue la razón de todo el mal que se desarrolló en la vida del hombre con el paso del tiempo. En el curso de un tiempo muy largo se han desarrollado estos males.
Desde la época Lemúrica hasta el Misterio del Gólgota se desarrollaron en los cuerpos físico, etérico y astral. En el cuerpo astral se desarrolló un alto grado de egoísmo; en el cuerpo etérico la posibilidad de juzgar erróneamente y la posibilidad de mentir. Si el hombre hubiera permanecido bajo la influencia de los seres divino-espirituales, actuando instintivamente de acuerdo con sus impulsos, hoy en día, cuando desea conocer el mundo que le rodea, no podría caer en el error, ni podría ser inducido a la falsedad. Así, la tendencia a la mentira y el peligro del error encontraron lugar en el desarrollo del hombre; y como lo espiritual es siempre el origen de lo físico, y como la influencia luciférica y sus consecuencias se abrieron camino cada vez más profundamente en el cuerpo etérico durante encarnación tras encarnación, la posibilidad de la enfermedad entró en el cuerpo físico. La enfermedad es el mal que entró en el cuerpo físico a través de ese desarrollo; pero ha venido algo de mayor significación aún. Si el hombre no hubiera estado sujeto a estas influencias, si no hubiera permitido que obraran sobre él, nunca habría supuesto que tiene lugar algo más que un cambio de vida cuando el cuerpo físico se desprende de nosotros; la conciencia de la muerte no habría llegado a él. Si el hombre hubiera descendido menos profundamente en la materia y hubiera conservado los hilos que le unen a lo divino-espiritual, se habría dado cuenta de que cuando se despoja de la envoltura física, comienza una nueva forma de existencia; pero nunca lo habría considerado como una pérdida, como el fin de una existencia a la que se había aficionado. Todo en la evolución habría tomado un aspecto diferente.

El hombre habría descendido más profundamente en la materia, se habría hecho así más libre e independiente, pero también con ello su propio desarrollo habría sido más limitado de lo que debería.

Todo lo que falta en el hombre será subsanado por el Impulso de Cristo; pero no hay que esperar que eso se haga en poco tiempo ni siquiera en un tiempo comparativamente corto. Entre la época lemúrica y el Misterio del Gólgota transcurrió un tiempo muy largo. Lenta y gradualmente, encarnación tras encarnación, vinieron el egoísmo, el error y la mentira, la enfermedad y la comprensión de la muerte. El hombre está siendo conducido de nuevo al mundo espiritual, por así decirlo, con las cualidades que ha adquirido "desde abajo". El reascenso será un progreso más rápido que el descenso; pero no se puede esperar que en una o dos encarnaciones el hombre sea capaz, a través de lo que pueda recibir del Impulso Crístico, de superar el egoísmo y sanar su cuerpo etérico hasta tal punto que todo peligro de mentira y error haya terminado, y mucho menos se puede esperar que sea capaz de trabajar sanadoramente sobre su cuerpo físico. Todo esto debe hacerse lenta y gradualmente, pero se está haciendo. Así como el impulso luciférico ha llevado al hombre a todas esas cualidades, el impulso crístico lo sacará de ellas. El egoísmo se transmutará en altruismo, la mentira en veracidad, el peligro del error en certeza absoluta y juicio verdadero. La enfermedad se convertirá en el fundamento de una salud más completa; la enfermedad que hayamos superado será el germen de una mayor buena salud; y cuando hayamos aprendido gradualmente a comprender la muerte de tal modo que la Muerte en el Gólgota actúe como prototipo de la muerte en nuestra propia alma, la muerte habrá perdido entonces su aguijón. El hombre sabrá entonces por qué de vez en cuando debe dejar a un lado su envoltura física, para elevarse más y más en el curso de sus encarnaciones. En particular, el Impulso Crístico trajo consigo el impulso de hacer bueno algo relacionado con el conocimiento y la observación del hombre, con su conocimiento del mundo.

Hemos dicho que el hombre se ha vuelto más enredado en la materia, menos perfecto en sus tres cuerpos de lo que habría sido si no hubiera habido influencia luciférica; esto hizo que fuera poseído por un impulso de hundirse más profundamente en la existencia material, de empaparse más completamente en la mera materia. Esto se refiere más especialmente a su conocimiento, pero incluso eso sólo se produjo lenta y gradualmente. Tan pronto como la influencia luciférica se hizo sentir, el hombre no se hundió tan profundamente como para cerrar tras de sí todas las puertas del mundo espiritual. Todavía permaneció, durante mucho tiempo, en conexión con el mundo espiritual del que había surgido y con el que habría permanecido en conexión con todo su ser, si la influencia luciferina no hubiera llegado. Durante mucho tiempo siguió participando en él; durante mucho tiempo siguió sintiendo que sus instintos más finos y espirituales eran guiados por los hilos del mundo divino-espiritual. Durante mucho tiempo siguió sintiendo que su impulso no era meramente humano, era como si los Dioses hubieran estado trabajando detrás de él. Así ocurría sobre todo en épocas más antiguas. El hombre era conducido lentamente hacia la materia y así perdía poco a poco la conciencia de lo divino.
Aquellos movimientos espirituales y concepciones del mundo de la humanidad que tenían conocimiento de estas cosas, también lo han insinuado. Han dicho: Érase una vez una época en la que el hombre fue conducido en cierto modo a la existencia material por la influencia luciférica - aunque no hasta el punto de impedir que la influencia divina siguiera ejerciendo un poderoso efecto sobre él. En las primeras épocas del desarrollo del hombre, esto se conocía como la "Edad de Oro". No se trata de un concepto caprichoso: "Edad de Oro" es simplemente la expresión utilizada por aquellos hombres de la antigüedad que aún tenían el presentimiento de que había existido algo parecido a una edad primitiva de la humanidad, como la que acabamos de describir. Esta Edad de Oro, conocida por la filosofía oriental como Krita-Yuga, duró, comparativamente hablando, mucho más que las Edades que todavía tenemos que describir. Después de la Edad de Oro vino la llamada "Edad de Plata". El hombre fue empujado más abajo en el mundo físico; pero el proceso continuó lenta y gradualmente. Aún entonces las puertas del mundo espiritual no estaban completamente cerradas. El hombre todavía tenía momentos intensos en los que, en una especie de clarividencia soñadora, veía a los Dioses trabajando detrás de sus instintos. En esta Edad de Plata, el hombre ya no podía llamarse compañero de los Dioses, pero aún podía percibirlos detrás de él. La filosofía oriental llama a esta edad, Treta-Yuga. Luego vino una Edad que se extiende hasta nuestro propio período Post-Atlante; sus últimos rezagados se extendieron hasta tiempos históricos en los que todavía había gente dotada de la antigua conciencia crepuscular y onírica. Todavía existía la conciencia de un mundo espiritual del que el hombre había salido, aunque sólo como una especie de recuerdo que quedaba de encarnaciones anteriores. Era como cuando ahora recordamos nuestra infancia, nuestra juventud y nuestra edad actual. En la infancia tuvimos experiencia directa de nuestros sucesos infantiles; de igual manera el hombre todavía experimentaba en Treta Yuga de una manera directa, el impulso de un mundo divino-espiritual. En la Edad siguiente, conocida como "Edad de Bronce", lo que el hombre tenía era más bien un recuerdo. Podría compararse con la forma en que un hombre adulto contempla su infancia; pues decimos: "Yo viví mi infancia; ¡no fue un sueño!". Así eran las cosas en la Tercera Edad. Los hombres sabían entonces: "En épocas anteriores tuvimos experiencia de comunión con los Dioses; ¡eso ahora no es más que un recuerdo!". He explicado extensamente cómo, en el período de civilización de la India Antigua, la memoria de la época atlante funcionaba retrospectivamente, permitiendo así a los santos Rishis revelar sus grandes enseñanzas divinas. Esta Edad de Bronce se conoce en la filosofía oriental como Dvapara-Yuga. Le sigue una Edad en la que se pierde todo recuerdo del mundo divino-espiritual, cuando el hombre, con su conocimiento y percepción, se entrega por completo al mundo físico. Esa edad comenzó alrededor del año 3101 a.C. En la filosofía oriental se la conoce como Kali-Yuga, "la edad oscura"; porque el hombre había perdido entonces toda conexión con el mundo espiritual y se había vuelto completamente uno con el mundo físico. Quiero hacer notar expresamente que ahora estoy utilizando estas expresiones para divisiones menores del tiempo, pero también pueden aplicarse a lapsos mayores. Hablamos ahora de las divisiones del tiempo correspondientes a las edades menores, y hacemos que el Kali-Yuga comience, como hace la filosofía india, con el año 3101 antes de nuestra era. Se preparaba entonces la Edad en la que a los hombres sólo se les enseñaba a ver lo que oculta el mundo divino-espiritual como por un velo, por una cubierta; cuando sólo percibían lo físico externo. Al principio del Kali-Yuga todavía había muchos que podían ver o recordar el mundo divino-espiritual, pero para la humanidad normal llegó el tiempo en que sólo podían ver el mundo físico de la naturaleza.
Ese fue el descenso del hombre al Kali-Yuga. Fue la época del descenso más profundo. En ella tenía que venir el impulso para el reascenso. Por eso este impulso, el Impulso Crístico, tuvo que llegar durante el Kali-Yuga, en la edad "oscura".

Este Impulso Crístico fue preparado por la religión de Yahvé o Jehová; pues esta religión enseñó al hombre cuán poca confianza podía depositar en sus decisiones anteriores. Durante el tiempo que se extendió desde la antigua época lemúrica hasta la Revelación en el Monte Sinaí, tenemos esa edad en la que al hombre se le dio el poder de elegir el bien o el mal, mientras que al mismo tiempo se hizo propenso a equivocarse al juzgar entre ellos, y se hizo más y más propenso a traer a la tierra lo que se conoce como "Pecado". El pecado se abrió paso en la vida de la tierra. El hombre se hizo "semejante a los dioses", pero a cambio de ello adquirió cualidades que en modo alguno estaban maduras para la semejanza con Dios. ¿Qué había que hacer entonces? En primer lugar, había que mostrar al hombre lo que la Divinidad esperaba de él si quería convertirse en un yo consciente de sí mismo. Esto le fue mostrado por el anuncio hecho en el Monte Sinaí en los "Diez Mandamientos". El pueblo oyó entonces proclamar a través de Moisés: 'El bien y el mal que ya has desarrollado no son suficientes. Te mostraré cómo sonarían estos Mandamientos si no hubieras descendido y, a cambio de tus cualidades defectuosas, hubieras recibido el poder de juzgar entre el bien y el mal'. El Decálogo, la ley, dada al hombre en el Sinaí, fue dada al hombre tal como había llegado a ser entonces; de modo que desde los mundos espirituales el hombre oyó sonar lo que era correcto, en contraste con lo que había desarrollado insuficientemente. Los Diez Mandamientos se levantan como una ley de hierro, como un faro-guía, mostrando al hombre lo que no había llegado a ser. Tuvo que someterse a esa ley, con todo lo que había llegado a ser. Al principio, el hombre no podía someterse a los Diez Mandamientos, porque había llegado a carecer de decisión, de autodirección. Por lo tanto, tuvieron que serle dados por alguien que fue inspirado, - por Moisés - es decir, le fueron dados desde arriba por administración Divina. Sin embargo, fueron dadas de tal manera que estaban destinadas al yo. Le decían al hombre cómo debía actuar el yo para alcanzar la meta de la humanidad.

En la conferencia sobre Los Diez Mandamientos de Moisés (16 de noviembre de 1908), esto se describe detalladamente. En primer lugar, se muestra la actitud correcta del yo hacia los mundos espirituales, contenida en los tres primeros mandamientos. Los siguientes se refieren a la conducta del hombre hacia sus semejantes en actos y hechos, y los últimos Mandamientos se refieren al control de sus sentimientos y sensaciones. Los Diez Mandamientos dan instrucciones para la educación del yo. Esta era la preparación por medio de la cual el yo debía aprender en su ser más interno cómo darse el impulso después de haber descendido al Kali-Yuga, a la edad de las tinieblas. Al principio el hombre debía recibir la Ley de lo Alto. La Ley del propio yo, sin embargo, sólo podía llegar a ser lo que había de ser, cuando ese yo tomara en sí al gran Prototipo del Gólgota, diciendo: Si introduzco en mi alma el pensamiento que tuvo el Ser que se ofreció en sacrificio en el Gólgota, -si introduzco en mí los sentimientos que tuvo el Ser que se ofreció en sacrificio en el Gólgota,- si introduzco en mí la voluntad que tuvo el Ser que se ofreció en sacrificio en el Gólgota, entonces mi ser se decidirá dentro de sí mismo a desarrollar cada vez más una semejanza con Dios, entonces ya no tendrá que seguir la Ley Exterior, los Diez Mandamientos, sino un impulso interior, su propia Ley.
Así Moisés puso primero ante la humanidad la Ley, pero Cristo les dio el Prototipo y la fuerza que el alma debía tomar, por medio de los cuales desarrollarse. De ahí que todos los impulsos espirituales debían ser llevados a lo más íntimo del alma, incluso al propio yo; todos ellos debían ser profundizados hacia el interior a través de Cristo Jesús. Eso sólo podía tener lugar si los hombres pensaban como sigue, y Cristo Jesús lo irradiaba como un impulso: -.

El hombre ha descendido a la edad oscura, al Kali-Yuga. Antes de esa edad oscura los hombres veían en el mundo espiritual con una tenue conciencia crepuscular. Entonces eran capaces, no sólo de hacer uso de los instrumentos del cuerpo físico, sino que cuando observaban el mundo físico a través de sus ojos, oídos, etc., percibían lo espiritual que rodeaba todas las cosas, flores, plantas, piedras, etc. En cuanto a esta observación de lo espiritual, los hombres eran ricos en aquellos tiempos. En los tiempos antiguos se les concedía el espíritu; mientras que, en la edad oscura, en lo que se refiere al espíritu se vieron reducidos a la mendicidad, pues ya no se les concedía el espíritu. Se habían vuelto pobres de espíritu. El Kali-Yuga se les vino encima cada vez más, esa época en la que los hombres tenían que decirse a sí mismos: En los tiempos antiguos las cosas eran diferentes, entonces el espíritu les era concedido a los hombres; podían mirar hacia arriba a un mundo espiritual, entonces eran ricos en espíritu; entonces los reinos del cielo les eran accesibles. Ahora, los hombres están encerrados en el mundo físico. Las puertas del mundo espiritual están cerradas a los sentidos humanos, y ninguna visión de los reinos del cielo está abierta al cuerpo físico. Pero Cristo fue capaz de decir: '¡Agarraos al yo, donde ahora debe ser aprehendido! Entonces los Reinos del Cielo se acercarán a ti. Surgirán dentro de tu propio yo. Aunque la luz espiritual se oculte a vuestros ojos tras la luz exterior perceptible por los sentidos, aunque el sonido espiritual se oculte a vuestros oídos tras el sonido físico; sin embargo, cuando Cristo mismo os resucite, encontraréis los Reinos de los Cielos dentro de vosotros. Infelices eran los que se habían empobrecido en la edad de las tinieblas, los que se habían convertido en mendigos en cuanto al espíritu. Ahora pueden llegar a ser bienaventurados, habiéndose dado el impulso mediante el cual Cristo es capaz, desde el mundo espiritual, desde los Reinos de los Cielos, de penetrar en el propio yo del hombre. Por lo tanto, con respecto a la pobreza de espíritu del hombre, la más alta proclamación cristiana es ésta: De ahora en adelante, bienaventurados los mendigos de espíritu, que ya no reciben el espíritu que se les otorga según la antigua concepción. De ahora en adelante, pueden ser bienaventurados si reciben el Impulso Crístico; porque, a través del desarrollo de su yo, los Reinos del Cielo estarán dentro de ellos'.

Pasemos al cuerpo etérico, que es el constructor del cuerpo físico. ¿Qué ha entrado en él? La enfermedad sólo se expresa en el cuerpo físico. El problema en sí está primero en el cuerpo etérico; luego se expresa en una encarnación posterior como enfermedad en el cuerpo físico. Ahora, sin embargo, algo ha entrado en el mundo", tuvo que decir Cristo Jesús, "mediante lo cual puede surgir gradualmente en el interior un impulso para limpiar la subyugación del cuerpo etérico. Bienaventurados sean ahora aquellos que tienen una aflicción adherida a sus cuerpos etéricos, si aceptan el Impulso Crístico; porque tienen algo dentro de ellos que los eleva por encima del sufrimiento y les enseña a encontrar el consuelo interno, el paráclito interno, el reconfortador interno".
¿En qué se había transformado el cuerpo astral a causa de la influencia luciférica? Se había vuelto menos perfecto que antes. Se le había dado la posibilidad que hemos descrito como una buena cualidad: la de ser capaz de entusiasmarse por lo que es grande y bueno, de sentir entusiasmo por los sublimes tesoros de lo verdadero, lo bello y lo bueno. Por otra parte, tiene que pagar el precio de sentir simpatía o antipatía por los tesoros de la tierra. Pero el hombre que recibe el Impulso Crístico aprende a dominar el cuerpo astral, que incita a su cuerpo físico a oponerse a los tesoros de la tierra, aprende a someterlo al poder del espíritu; y al hacerlo se vuelve feliz o bienaventurado. Bienaventurado el que hace que su cuerpo astral sea indiferente a las cosas de la tierra, que de este modo caerán en su parte. Porque cuando está todo enardecido por las cosas de la tierra, sintiendo tanto emoción como simpatía o antipatía por ellas, desecha lo que podrían llegar a ser para él; pero cuando el cuerpo astral se pone bajo el poder de lo espiritual y se vuelve indiferente a las cosas de la tierra, el Reino de la Tierra se añade como recompensa.'

Ascendamos ahora a lo que obra como alma sensible dentro del cuerpo astral. Aquí todavía poseemos, de una manera tenue, un yo gobernante, un yo que todavía no ha surgido del todo y que, por lo tanto, todavía está desarrollando las pasiones más egoístas. Mientras el yo esté realmente dentro del alma sensible, desarrollará el egoísmo más egoísta. Falta el deseo de que los demás tengan lo mismo que nosotros. El egoísmo oscurece el sentido de la justicia, porque el yo lo quiere todo para sí. Pero si el yo se transmuta en imitación del Impulso-Cristo, tendrá hambre y sed de justicia para todos los seres que nos rodean. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia en su alma sensible, porque estarán satisfechos. Serán capaces de crear condiciones en todo el mundo que correspondan al nuevo espíritu de justicia en las profundidades del alma.

Sigamos ascendiendo hasta el alma intelectual o mental. Este principio lleva a un grado aún mayor la consideración de un hombre por otro, no meramente como un sentimiento de justicia tal como es producido por el alma sensible, sino como compasión, una verdadera compasión por las penas de otros y una participación en su alegría. El que recibe el Impulso Crístico llega a sentir lo que sienten los demás, no sólo lo que siente él mismo; se sumerge en el yo de los demás y, al hacerlo, siente la dicha en su alma intelectual o mental. Bienaventurado el que desarrolla el sentimiento del prójimo; porque sólo sintiéndose él mismo dentro del alma de los demás, los estimula a sentirse ellos mismos en él. Recibirá la simpatía de los demás cuando él mismo irradie sentimientos de compañerismo hacia ellos. Bienaventurados los que sienten con los demás, porque los demás sentirán con ellos".

Ahora verán cómo, habiendo avanzado un poco más en nuestro estudio de estas conexiones, somos capaces de comprender de una manera diferente, desde lo más profundo de la naturaleza y el ser del hombre, aquellas palabras del Evangelio de San Mateo, generalmente conocidas como el Sermón de la Montaña. Cada frase del Sermón de la Montaña se refiere a uno de los nueve principios del hombre. En las próximas conferencias profundizaremos en ello. El Sermón de la Montaña debe volverse transparente a nuestros ojos espirituales como el acto de Cristo Jesús por medio del cual convirtió lo que estaba contenido en la Antigua Ley de Moisés en algo muy interno, un impulso interior que permite al yo del hombre volverse activo, como debe volverse en todos los nueve principios del hombre, porque si el yo toma el Impulso Crístico, afecta a todos ellos.
Así vemos la profunda verdad de lo que ya he indicado aquí una vez antes: que en Kali-Yuga Cristo hizo que el yo del hombre fuera capaz de descubrir algo en el mundo físico que puede llevar al hombre al mundo espiritual, a los Reinos de los Cielos. Cristo transformó el yo del hombre en un participante del mundo espiritual. En el antiguo Saturno el cuerpo físico era sacado directamente del mundo espiritual. Estaba todavía dentro de ese mundo, porque el cuerpo físico era entonces mucho más espiritual y no era consciente de que podía separarse de los mundos espirituales. El cuerpo etérico se añadió en el Sol y el cuerpo astral en la Luna, pero sólo en la Tierra fue posible -mediante el desarrollo del yo- liberarse de lo divino-espiritual. En consecuencia, como el yo debe ser conducido de nuevo, Dios tuvo que descender al plano físico, y en ese plano mostrar al hombre cómo encontrar el camino de regreso a los Reinos del Cielo.

A través del Impulso Crístico se produjo un acontecimiento importantísimo. Háganse esta pregunta: ¿Sabían todos los que vivían en la época en que Cristo Jesús actuaba en la Tierra que estaba ocurriendo un acontecimiento tan importante? Reflexionen que Tácito, el gran historiador, menciona a los cristianos como una secta casi desconocida. Cien años después de Cristo sólo menciona a los cristianos como una secta que vivía en una callejuela de Roma, cuyo maestro era un tal Jesús; simplemente se menciona que vivían allí. Durante mucho tiempo después del acontecimiento de Cristo, muchos romanos creyeron que Jesús era contemporáneo suyo, como si acabara de aparecer. En resumen, en la evolución del hombre pueden producirse acontecimientos importantes sin que los contemporáneos se den cuenta de que algo ha sucedido. Las cosas más importantes pueden suceder y pasar desapercibidas si las personas no cultivan la comprensión para ellas. Entonces se perderían la experiencia, y en lo que a eso se refiere serían estériles y estarían secos. ¡Cambiad vuestros corazones! Los Reinos de los Cielos se han acercado". Ese fue el anuncio de Juan el Bautista y del propio Cristo Jesús. Dieron a entender a los que tenían oídos para oír que estaba ocurriendo algo importantísimo. Que en el mundo no se sepa nada de un acontecimiento importante no es prueba de que no esté ocurriendo. Aquellos cuyo negocio es hoy señalar los signos de los tiempos, están conscientes de lo que está ocurriendo hoy. Deben señalar un acontecimiento que, aunque no sea de los más convincentes, es importante. Es cierto que justo en nuestro tiempo se está desarrollando algo de infinita importancia. Así como Juan señaló a Cristo, y Cristo mismo señaló el acercamiento de los Reinos de los Cielos, al yo; así nosotros debemos señalar hoy otro acontecimiento importante.

Cristo descendió una vez a la tierra en un cuerpo de carne; pasó los primeros años de nuestra era en la tierra, en la carne. De acuerdo con la sabia guía de nuestra evolución mundial, no está establecido que los hombres vuelvan a ver a Cristo en la carne, como un hombre encarnado físicamente; ni es necesario que lo hagan. Porque Cristo no volverá en la carne. ¿Por qué? Porque lo que llamamos la edad oscura -el Kali-Yuga- se completó a finales del siglo XIX, y porque con el siglo XX comenzó una nueva edad, en la que los hombres deben prepararse para desarrollar nuevas capacidades, aquellas facultades que se perdieron en la edad oscura. Lenta y gradualmente se están preparando. Estas facultades se desarrollarán tanto que habrá individuos que las poseerán como tendencias naturales. Estas facultades se verán en un cierto número de personas, particularmente entre los años 1930 y 1940, y por medio de ellas un número de personas entrará en nueva relación con el Cristo.
Esto indica un punto importante en el desarrollo humano. La Ciencia Espiritual está aquí para abrir la comprensión de los hombres a estas nuevas facultades que se desarrollarán en el mundo de los hombres. La Antroposofía no ha venido al mundo porque unos pocos simpaticen con ella y quieran darla a conocer más; ha venido porque es necesaria si los hombres desean comprender lo que tendrá lugar en la primera mitad de este siglo. Porque sólo por medio de lo que la Ciencia Espiritual puede dar a la humanidad, ésta será capaz de comprenderlo. Cuando las personas sean capaces de percibir en el espíritu lo que entonces ocurrirá, también serán incapaces de confundir ese acontecimiento con sus representaciones erróneas. Pues a medida que el materialismo se extienda más, llegará incluso a la concepción espiritual del mundo, donde tendrá una influencia particularmente maléfica. En ese ámbito tenderá a impedir que los hombres comprendan lo que debe ser comprendido espiritualmente. Lo que realmente debería ser comprendido en el espíritu lo buscarán en el mundo de la materia. Debido a que en el transcurso de la primera mitad de nuestro siglo vamos a entrar en una nueva relación con Cristo, debe subrayarse una y otra vez durante las próximas décadas y hasta que el acontecimiento se produzca, que surgirán falsos Mesías, falsos Cristos que llamarán a las puertas de aquellos que sólo son capaces de ser materialistas en los dominios de la Ciencia Espiritual, y sólo pueden imaginar una nueva relación con Cristo si lo ven ante ellos en la carne. Un cierto número de falsos Mesías convertirán esto en su propio uso, diciendo: '¡Cristo ha reaparecido en la carne!'.

La sabiduría antroposófica tiene el deber de preparar la relación que puede ser alcanzada durante la primera mitad de nuestro siglo por las capacidades puramente humanas. La responsabilidad del esfuerzo antroposófico se hace cada vez mayor, pues tiene que preparar un acontecimiento venidero que sólo se comprenderá si la Antroposofía se abre camino en el alma de los hombres y se hace así fructífera para el desarrollo ulterior de la humanidad. La alternativa es que los hombres no acepten y no utilicen el instrumento de la Ciencia Espiritual, a través del cual se puede comprender este Acontecimiento; en ese caso, la humanidad lo pasará por alto sin comprenderlo. Porque si los hombres rechazaran tan completamente la Ciencia Espiritual que no quedara nada de ella, no sabrían que este acontecimiento existe o lo interpretarían erróneamente. El fruto de este acontecimiento se perdería entonces para el futuro de la humanidad, y el hombre se vería sumido en una espantosa miseria.

He insinuado así una nueva relación con el Cristo que está germinando en las almas de los hombres y que podrán desarrollar en un futuro comparativamente próximo.
Traducido por J.Luelmo abr.2023