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viernes, 27 de diciembre de 2024

GA209 Berlín, 7 de diciembre de 1921 -La conciencia del Dios Padre y la conciencia del Cristo

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La conciencia del Dios Padre y la conciencia del Cristo

RUDOLF STEINER


 Berlín, 7 de diciembre de 1921

Lo que tendremos que tratar hoy guardará cierta relación con lo que pude decir aquí la última vez y, por tanto, también guardará relación con algunas de las cosas que supe en aquellas intervenciones. Hoy quisiera hablar del materialismo de las confesiones religiosas contemporáneas, pero quisiera hacerlo en relación con cierto aspecto del problema de Cristo. Precisamente en relación con el problema de Cristo comienzan a surgir toda una serie de malentendidos acerca de la investigación antroposófica, y aunque no es de esperar que estos malentendidos sean disipados por quienes los revelan con cierto interés, de ello puede depender mucho para otros.

A lo largo de las fases más recientes del desarrollo de la civilización occidental, hemos experimentado todo tipo de inclinaciones hacia cosmovisiones claramente ateas. Mi tarea hoy no pretende señalar los diversos matices del ateísmo tal y como ha aparecido; sin embargo, me gustaría llamar la atención sobre algo que es una base común de cualquier visión atea del mundo. Se trata de un fallo a la hora de examinar de dónde procede realmente el contenido de la conciencia de Dios. La conciencia de Dios no puede provenir únicamente de la contemplación de la naturaleza externa, sino de toda la coexistencia del hombre con la naturaleza externa, con el mundo sensorial. Quizá parezca paradójico decir que la conciencia de Dios debe proceder de la coexistencia del hombre con el mundo sensorial. Sin embargo, esta conciencia de Dios, no debe tomarse como la culminación de un momento, por así decirlo, sino como el contenido de la vida en la tierra durante el período que va desde el nacimiento hasta la muerte. En esta vida terrenal sentimos en primer lugar que pertenecemos a la naturaleza por herencia. Hemos entrado en esta existencia terrenal como seres humanos físicos a través de procesos puramente naturales. A medida que transcurre nuestra existencia terrenal, nos damos cuenta de un cierto desarrollo de aquello que nos ha llegado a través de nuestro nacimiento en esta existencia. Ahora se trata de si somos lo suficientemente cuidadosos, -naturalmente no lo digo sólo desde el punto de vista del intelecto, sino también desde el punto de vista del sentir y de los impulsos de la voluntad que también tenemos y debemos experimentar allí-, de si obtenemos un cierto desempeño de nuestra conciencia por convivir con el mundo sensorial exterior en el transcurso de nuestra existencia terrena. Sin embargo, si mediante la experiencia vulgär, resumimos únicamente todo lo que el mundo de los sentidos puede darnos, nunca llegaremos a sentir nuestra plena naturaleza humana si no pensamos en el mundo de los sentidos y en lo que puede ser junto con nosotros de un modo espiritualizado. Por muy cuidadosamente que examinemos todos los secretos que el mundo sensorial exterior puede darnos a través de la percepción sensorial, nunca podríamos llegar a comprender el hecho de que el ser humano también está inmerso en este mundo sensorial. Pero como nosotros, como seres físicos terrenales, hemos surgido no obstante de este mundo de los sentidos, pero nunca podemos encontrarnos comprensibles como seres humanos a partir de sus ingredientes, entonces para una conciencia sana se deduce sencillamente que esta conciencia se cumplimenta con la existencia de Dios o con la percepción de la existencia de Dios.

A pesar de sus grandes y amplios éxitos, esto es precisamente lo que la ciencia natural moderna ha aportado a la humanidad: puesto que no quiere reconocer la existencia espiritual como tal dentro del mundo sensorial, en cierta medida elimina al ser humano de la existencia global que quiere abarcar. Ya he expresado esto ante ustedes diciendo: Si nos fijamos, por ejemplo, en la teoría del desarrollo de los últimos tiempos, -en muchos aspectos enorme-, en realidad no la encontramos tratando del hombre como «hombre», sino como la conclusión, por así decirlo la coronación del mundo animal. Si preguntamos a la ciencia natural, tal como es hoy, sobre la naturaleza del hombre, en realidad no nos responde, si la entendemos correctamente. Sólo responde a la pregunta: ¿Cuál es el más elevado de los animales? En otras palabras, sólo considera al hombre en relación con su condición de animal. Tiene razón en muchos aspectos en lo que tiene que decir al respecto, pero al hacerlo sitúa al hombre, por así decirlo, fuera de la esfera de su consideración. No puede responder a la pregunta sobre la naturaleza del hombre con sus medios, es más, sólo puede entenderse a sí misma correctamente si declara que esta pregunta sobre la naturaleza del hombre queda fuera de su ámbito.

Por supuesto, esto es sólo una referencia al sentimiento que se desprende de la totalidad de un ser humano sano, que precisamente en la medida en que se ve a sí mismo en conexión con la totalidad de la naturaleza, debe llegar realmente a la conciencia de Dios, pero inicialmente sólo a la conciencia de Dios, no a la conciencia de Cristo.

Ahora bien, una persona que hace uso de su sano juicio, de su sana sensibilidad, no puede ser atea. Ya lo he expresado aquí diciendo que, aunque no todas las enfermedades leves puedan diagnosticarse por medios ordinarios, está claro para cualquiera que sepa distinguir entre una persona sana y una enferma que el ateísmo sólo puede encontrar su lugar en una disposición patológica de la naturaleza humana en su conjunto. Por lo tanto se puede decir: Negar a Dios en realidad es el resultado de estar enfermo. Pero ahora se trata de lo siguiente: En la época actual de la evolución humana llegamos a esta conciencia de Dios, yo diría que sólo de manera vacilante, dudosa, si pasamos por alto todo; pues aquí hay que llamar la atención sobre una deficiencia importante de nuestra pedagogía actual, esa deficiencia que, por ejemplo, el movimiento de las escuelas Waldorf quiere corregir. Cuando se habla de la decadencia de la civilización actual, no se puede ignorar realmente el movimiento juvenil actual. Este movimiento juvenil significa mucho más de lo que se suele pensar, y considero algo extraordinariamente significativo que en una serie de actos recientes organizados por nuestro movimiento antroposófico, entre ellos el último Congreso de Stuttgart, un número considerable de miembros del movimiento juvenil se reunieran y tomaran realmente la decisión muy positiva de unirse a lo que quiere la corriente espiritual antroposófica, también desde el punto de vista del movimiento juvenil. Se puede pensar lo que se quiera sobre los detalles de este movimiento juvenil, pero hay que advertir que en una gran parte de nuestra juventud se ha desvanecido la autoridad hacia la generación de más edad, que se supone que es el líder de la juventud. Aunque uno pueda decir muchas cosas críticas sobre la juventud actual, no puede evitar darse cuenta de ello: Cuando los jóvenes dicen que ya no pueden reconocer la autoridad, tal y como la encuentran, la culpa de ello no puede atribuirse sólo a la juventud, sino que debe atribuirse a la edad que se supone que es quien lidera a la juventud. Hace poco, durante una conferencia que di en Aarau (Suiza), se habló precisamente de la falta de autoridad de los jóvenes de hoy. Al final de la conferencia, apareció un representante religioso y regañó a la juventud de hoy. Pero esta regañina no sirve de mucho ante algo tan elemental. Hay que entender las cosas. Fue interesante cuando un chico muy joven de la propia escuela cantonal, -la escuela cantonal de allí es en realidad una escuela secundaria-, se levantó después y, en mi opinión, pronunció el mejor discurso del debate. Se levantó con mucho ardor y dijo: «Queremos autoridad, en realidad ansiamos autoridad, pero cuando miramos a los ancianos, ¿Acaso vemos otra cosa que no sea que ninguna autoridad puede venir de estos ancianos?

Los vemos pelearse en cada ocasión, enfrentados. - Y luego enumeró todo tipo de cosas que los jóvenes notan en los ancianos de hoy, y finalmente dijo:

¡Ansiamos autoridad, pero no podemos tenerla!

Pero si uno ve a través de lo que se trata todo esto, encontrará que la civilización actual se ha vuelto altamente intelectualista, que en realidad todo lo que se considera a sí mismo como guía y autoridad hoy en día se ha vuelto intelectualista, puramente intelectual. Básicamente, la ciencia natural y la cultura intelectual van juntas. La ciencia natural es lo objetivo, la cultura intelectual lo subjetivo. Pero la cultura intelectual, el intelectualismo, sólo se da de forma natural a cierta edad. De niño no se puede ser intelectualista. Los niños no son intelectualistas. En realidad, el intelectualismo sólo puede aparecer tras la madurez sexual. Y como la humanidad ha crecido completamente en el intelectualismo, hoy todo está dominado por él. Los que hoy suelen rechazar el intelectualismo y arremeten contra él, lo hacen sobre todo por un tipo distinto de intelectualismo. Hoy, todos los que reivindican el intelectualismo son abstraccionistas. Pero el intelectualismo sólo nos llega realmente a una edad más avanzada, y como estamos abrumados por él, los niños ya no nos entienden y ya no pueden tener nada que ver con las formas de pensamiento que adoptamos bajo la influencia del intelectualismo, y nosotros mismos ya no sentimos lo que absorbíamos cuando éramos niños. La edad infantil ya no está plenamente viva en nosotros. Nos hemos intelectualizado tanto que el niño ya no desempeña ningún papel en nosotros. Pero no podemos ser pedagogos, educadores, al haber sido completamente abandonados por lo que nosotros mismos experimentamos de niños. Así que ya no sabemos qué decir a los niños y éstos crecen sin ningún cuidado especial por su ser. Declamamos que debemos ser descriptivos, pero lo descriptivo es sólo el lado objetivo del intelectualismo. De este modo creamos un abismo entre nosotros y la juventud, y esto es lo que encontramos en el movimiento juvenil. Pero, de nuevo, con sólo criticar el intelectualismo no se logrará nada. Al fin y al cabo, ha sido un fenómeno necesario en la civilización occidental de los últimos tres a cinco siglos, en realidad desde los siglos XIII al XV. Fue necesario que surgiera para que la humanidad pudiera vivir realmente el impulso de la libertad. De modo que no se trata sólo de criticar el impulso intelectualista, sino de comprenderlo correctamente, para poder luchar por un desarrollo ulterior hacia algo distinto de la vertiente intelectualista precisamente a través de esta comprensión.

Y ahora debemos decir: ¿Cuál es la esencia de este intelectualismo? En realidad ya se indica al señalar la conexión entre este intelectualismo y el sentimiento de libertad. Y el sentimiento de libertad es a su vez inconcebible sin el pleno desarrollo del Yo humano. En realidad, es el desarrollo del yo lo que ha surgido en cierto modo en los últimos tiempos en la humanidad y que desde el alma consciente se apodera del yo. Esto es lo esencial que da el impulso a la civilización occidental más reciente. Pero este yo, del cual el hombre es plenamente consciente desde hace tres, cuatro, cinco siglos, sólo puede provenir inicialmente del cuerpo humano. La experiencia del yo entre el nacimiento y la muerte sólo puede provenir del cuerpo humano; esto puede comprobarse en particular a través de la investigación espiritual antroposófica.

Uno de los momentos más importantes para toda la vida después de la muerte es el momento mismo de morir. Este momento de la muerte, por supuesto, sólo es conocido por el ser humano terrenal en su aspecto externo. En el aspecto interno él debe reconocerlo a partir de aquella conciencia que el propio muerto tiene entre la muerte y un nuevo nacimiento. Que esto se produzca más o menos tarde después de la muerte no debe preocuparnos ahora. Hoy queremos poner ante nosotros en general la conciencia que el hombre tiene entre la muerte y un nuevo nacimiento. Esta conciencia depende absolutamente del hecho de que el hombre tenga una impresión extraordinariamente significativa en el momento de la muerte. Tengan ustedes en cuenta que durante toda la vida entre el nacimiento y la muerte el hombre sale de su cuerpo físico y etérico sólo con su yo y su cuerpo astral, es decir, en estado dormido; de modo que durante la vida entre el nacimiento y la muerte hay una conexión constante e ininterrumpida entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico. Al morir, el ser humano abandona el cuerpo físico es decir la conexión con su cuerpo etérico se interrumpe, -como ustedes saben, permanece junto a su cuerpo etérico durante días-, de modo que sólo tiene esta experiencia de su cuerpo físico completo en el momento de la muerte. Si se quiere tener conocimiento de algo, no se puede tener de otra manera que teniendo la cosa a conocer fuera de uno mismo. Así como no se ven los elementos que componen nuestro ojo, sino que sólo se ve lo que está fuera del ojo. Así tampoco se ve nada de lo anímico-espiritual que se tiene dentro. Hay que salir primero de uno mismo con la parte anímico-espiritual del propio ser, para luego mirar desde el exterior al propio cuerpo, (físico). Esto sucede en el momento de la muerte en relación con la separación del cuerpo etérico y el cuerpo físico. Cuando una persona se duerme, en realidad nunca tiene una visión consciente y completa de sus cuerpos físico y etérico. Ambos permanecen atrás al quedarnos dormidos. Esta es la razón por la cual, cuando se alcanza la conciencia visual en el dormir, sólo puede ver la cabeza humana y la parte del torso, y que en realidad no puede ver las extremidades humanas en el dormir ordinario. Sólo en la muerte, Al morir, existe el momento en que el hombre se tiene a sí mismo completamente ante sí, al igual que si fuera un objeto, en relación con su cuerpo físico, y esta impresión permanece todo el tiempo desde la muerte hasta el nuevo nacimiento, me gustaría decir, como el final de la perspectiva en la que uno mira hacia atrás después de la muerte. Este momento de morir lo ve uno, porque si no tuviera al yo como objeto, no se reconocería a sí mismo como un yo, carecería de yo, en el sentido de que aquí en el mundo físico, se posee aquello que uno trae a la conciencia, a saber, el cuerpo físico completo, como objeto de cognición ante sí mismo en el momento de morir. Esta tremenda impresión que uno puede decirse a sí mismo: Lo que tu conciencia del yo te ha dado, tu cuerpo físico completo, total, ¡que has visto en el momento de morir! Esto permanece y forma el contenido de la conciencia del yo entre la muerte y el nuevo nacimiento, donde todo se vuelve temporal, donde en cierto sentido lo espacial ya no existe. Después de la muerte se mira hacia atrás desde ese punto y es visto como un punto importante, como el final de la perspectiva, -la dirección continúa después, pero en el momento de la última muerte, ese momento de morir-, se produce el destello. Este destello actúa como un «enlace temporal», me gustaría decir, después de la muerte, al igual que el organismo físico espacial proporciona la conciencia del yo entre el nacimiento y la muerte. De modo que podemos decir: La conciencia del yo aquí en la vida terrestre proviene en realidad del cuerpo físico.

Ahora nos ocurre lo siguiente. A través de nuestros sentidos contemplamos la naturaleza exterior. Vemos los tres reinos de la naturaleza exterior: el mineral, el vegetal, el animal y el reino físico humano. Vemos nubes, ríos, montañas, estrellas, etcétera. Todo cuanto allí se ve puede considerarse «naturaleza», y lo que allí se ve también suministra continuamente los elementos, sustancias que también penetran en el organismo humano, tanto el físico como el etérico. Con la alimentación son absorbidas las sustancias del mundo físico-sensorial. Estas sustancias despliegan sus poderes y actividades físico-químicas incluso cuando están en el organismo humano. El ser humano es, por así decirlo, en lo que se refiere a su organismo físico, lo que toma de la naturaleza externa. Los minerales, las plantas y los animales tienen, si se me permite la expresión, derecho a ser «naturaleza». Pero cuando lo que contienen tales sustancias entra en el organismo humano con el alimento, la respiración, etc., se convierten en algo distinto de la naturaleza. Luego, en el organismo humano devienen de tal manera que se puede decir: Aquello que vive en la naturaleza no debe poder seguir siendo naturaleza, si el hombre ha de seguir siendo «hombre». Los seres de la naturaleza sólo tienen derecho a ser naturaleza fuera del hombre; dentro del hombre la naturaleza se convierte en un elemento destructivo. Allí se convierte en aquello que continuamente quiere disolver al ser humano y que también le inflige fuerzas anímicas que obran en pro de la destrucción.

A este respecto, las antiguas conciencias instintivas de la humanidad sabían ver mucho mejor que el intelectualismo actual. El intelectualismo actual parte de conceptos, no de hechos, y cuando los hechos no concuerdan con los conceptos, reinterpreta los fenómenos para ajustarlos a sus conceptos. Hoy no se habla de que las plantas, los animales y los seres humanos lleguen a su fin, sino que se dice que hay que investigar la muerte. El hecho de que el fin de las plantas, el fin de los animales, el fin de los seres humanos pueda ser algo completamente distinto, que no pueda resumirse bajo el concepto común de «muerto», es algo que hoy nadie considera. Para el mundo actual, si se llama la atención sobre estas cosas, devienen grotescas y paradójicas. Pero definitivamente es así en este aspecto. Hoy alguien dice: Un cuchíllo es un cuchíllo, -y luego coge una navaja y quiere cortar su carne con ella, porque- ¡un cuchíllo es un cuchíllo! Hoy en día, cuando la gente cree tener los dos pies en el suelo, es importante darse cuenta de que la realidad no puede alcanzarse con conceptos abstractos. El intelectualismo no lo tiene en cuenta, porque parte de conceptos en lugar de hechos. Por eso tampoco se da cuenta de lo justificado que estaba hablar, -partiendo de niveles de conciencia más antiguos-, de que la naturaleza en sus efectos y procesos, al seguir existiendo en el hombre, pierde el derecho a seguir siendo naturaleza, sino que tendría que transformarse, y que ésta, en el hombre, si quiere conservar su validez como naturaleza, se convierte en «pecado». El concepto de pecado en relación con los fenómenos naturales ya no existe. No se ve el puente entre lo natural y lo que está arraigado en el hombre como anímico-espiritual. Los animales, las plantas y los minerales es correcto que sean naturaleza fuera; lo que entra en el hombre procedente de ellos, debe ser transformado por el hombre, pues si permaneciera como naturaleza se transformaría en algo destructivo. Es decir, si es mera naturaleza y el hombre no tiene poder para transformarla, se convierte en enfermedad, y al ser impartida al alma, en pecado.

Cuando una persona que analiza sin prejuicios su relación con el mundo de los sentidos se pone en situación consigo misma y considera todo lo que se puede tener en cuenta, debe decirse lo siguiente: Si miro a la naturaleza y considero en primer lugar mi procedencia de ella, entonces no puedo ser ateo. Pero, por otra parte, precisamente como hombre del presente, como hombre de la época más reciente, no puedo dejar de atribuir mi conciencia del yo al mero cuerpo físico, a la existencia natural dentro de mí. Lo que expreso aquí en mis pensamientos está ciertamente presente en los sentimientos y emociones de toda persona sana de hoy que no tema llegar al autoconocimiento. Si sólo por miedo o conveniencia, él no evita mirar en su propio ser interior, llega a este dilema diciéndose a sí mismo: Si yo me considero un ser de la naturaleza, que he surgido de la naturaleza, entonces, en la base de todo el mundo, que también me contiene, tiene que haber un ser de Dios. Pero, en realidad, este sano sentimiento se contradice con el desarrollo moderno del yo, pues éste sólo puede provenir de la existencia natural del cuerpo físico y, -como les he mostrado-, incluso a través de la impresión que la muerte produce en el hombre. A consecuencia de esto resulta que instintivamente, el hombre moderno debe dudar de la conciencia de Dios, pero no porque algo en la contemplación de la naturaleza le aleje de la conciencia de Dios, sino porque el hombre de la época actual, teniendo en cuenta la totalidad de su ser en términos de cuerpo, alma y espíritu, no puede estar completamente sano a causa de su conciencia del yo. Pues: La naturaleza en el hombre, si permanece tal como es y tiene influencia sobre el alma, significa algo patógeno, y sobre el alma tiene la influencia de la aberración, de la pecaminosidad.

Por supuesto, no debe uno adoptar una visión filistea de esto, sino que debe mantener ante sus ojos los hechos, tal y como se presentan desde la existencia. Dicho de otro modo: Si nos remontamos a la antigüedad, cuando aún no existía la conciencia del yo, la existencia de Dios siempre se la representaba bajo el concepto del Padre, independientemente de si se la representaba modificada hacia un lado o hacia el otro. La existencia de Dios no podía representarse de otra manera que como una existencia de Dios única, que abarcaba más o menos el universo, que se intentaba captar desde el concepto del Padre; y como la conciencia del yo no existía todavía, puesto que sólo puede surgir de lo natural, nada perturbaba esta conciencia del Padre. En realidad, el hombre moderno sólo puede tener esta conciencia del Padre si amortigua su yo y retira algo de sí mismo, tal vez mediante el fortalecimiento moral, pero que, sin embargo, debe surgir con el desarrollo de la libertad, con el desarrollo de la humanidad moderna. Por eso el hombre, tal como vive hoy, no puede contentarse realmente con la conciencia única, con la conciencia del Padre. Debe decir: Tendría esta conciencia paterna si aún pudiera ser instintivo como la humanidad que existía antes de que se desarrollara el sentido elevado del yo. Pero como ser humano del presente, esta conciencia del yo me impide enfrentarme plenamente a la conciencia del padre en dependencia de ella.

Ocurre lo que el hombre moderno puede muy bien experimentar reflexionando sobre su yo, cuando se da cuenta de que el yo, si no tiene el cuerpo, se extingue. Al dormirse se extingue, en cambio en la muerte sólo se mantiene gracias a que tiene la visión del cuerpo en el momento de la muerte. El hombre sabe que precisamente debido a su conciencia del yo se aleja de la conciencia divina del Padre. Pero debe sentir esto como algo morboso, y si lo siente como morboso de la manera correcta, surge para él el impulso que le conduce al Cristo que está presente hoy. A la conciencia del Padre tendrá que añadírsele la conciencia del Hijo a partir de la experiencia anímica interna. Esta conciencia de Hijo sólo puede entrar en nosotros a través de una acción libre. Y esto hemos de reconocerlo: Si el ateísmo es en realidad un síntoma de enfermedad, entonces lo que puede llamarse agnosticismo hacia el Misterio del Gólgota, agnosticismo sobre todo hacia el Cristo actual, ¡es una desgracia, una fatalidad! No es necesario estar completamente sano para ser abandonado por la conciencia del Padre, -pero en este sentido la humanidad moderna no está completamente sana-, sino que es necesario un acto de búsqueda del espíritu Crístico libre si se quiere llegar hasta el Cristo. 

Para ello son absolutamente necesarias dos experiencias: Una es la conciencia del Padre, pero debo decir que en el actual desarrollo de la humanidad existe una conciencia nublada del Padre. Si no hubiera adquirido la conciencia del yo en el curso del desarrollo humano, la conciencia del Dios Padre estaría allí; pero debido a que surge la conciencia del yo, y ésta debe surgir a partir de lo que, abandonado a sí mismo, está enfermo en el ser humano, la conciencia del Padre divino está nublada por el momento, y uno debe llegar a la conciencia del Cristo a través de un acto libre, que es diferente de encontrar al Padre. 

Estas dos experiencias, como ya he indicado aquí, no se distinguen entre sí en la civilización occidental. Precisamente en Solovyov encontramos que él, desde otro tipo de conciencia, distingue estrictamente la conciencia del Padre de la conciencia del Hijo. En Occidente ambas se diferencian tan poco que un relato autorizado de la naturaleza del cristianismo podría incluso decir: No es el Hijo quien pertenece a los Evangelios, sino sólo el Padre, el Hijo en realidad sólo como el Maestro del Padre. - Así pues, no hay conciencia de que se puedan tener dos actos de experiencia: uno hacia la experiencia del Padre, que hoy está enturbiada, y otro hacia el Hijo. Si bien, cuando se tiene esta experiencia del Hijo, al principio sólo se llega a un encuentro presente con el Cristo, y todo el mundo puede llegar a este encuentro presente con el Cristo, por así decirlo al Cristo eterno, desde la relación subjetiva del presente. Pero quien rechaza el encuentro presente con el Cristo y vive dulcemente como en la época anterior de la humanidad, no alcanzará esa constitución interior que le lleva al encuentro con el Cristo. Pero el que siente realmente lo que el tiempo más nuevo puede darle, llegará a ese acto interior de encuentro con el Cristo y probará así que el Cristo está ahí.

Pero el Cristo histórico aún está por investigar. Hoy en día, en la era del materialismo, también debemos tener la oportunidad de mirar la historia desde un punto de vista diferente del que es posible para la conciencia externa. Debo hacer notar algo que debe observarse estrictamente. Esta iluminación dirigida hacia los mundos superiores suele tomarse de forma demasiado externa. La gente todavía presta muy poca atención al hecho de que quienes hablan de los mundos superiores deben hablar en realidad en un estilo diferente al de quienes hablan del mundo físico, y no sólo en un estilo exterior diferente, sino en un estilo interior diferente. Cuando vivimos aquí en el mundo físico y permitimos que este mundo tenga un efecto sobre nosotros, distinguimos, para la conciencia actual, entre lo correcto y lo incorrecto lógicamente, diría yo; también lo llamamos verdadero y falso. Y examinamos si algo es correcto o incorrecto, verdadero o falso, según razones lógicas o externas de la realidad. Pero precisamente así es como nos adentramos en la abstracción, en la vida intelectualista. Pues todo discernimiento lógico, sobre si algo es verdadero o falso, se basa en conceptos abstractos cuando sólo se toma como base la percepción sensorial externa, en observación o experimento. Sin embargo, cuando conocemos algo, nos movemos en conceptos abstractos. Cuando ascendemos a los mundos superiores, ya no podemos conservar la misma abstracción de conceptos. Allí todo se vuelve mucho más vivo, y se asemeja a lo viviente, no meramente a lo pensado. Por lo tanto, quien contempla los mundos superiores no debe limitarse a hablar de verdadero o falso, de correcto o incorrecto -¡claro que debe hacerlo! - sino que deben, por ejemplo, hablar de algo que está bien aquí en su reflejo en el mundo físico como algo sano, y de algo que está mal aquí en su reflejo deben hablar de ello como algo enfermo. No es adecuado en absoluto para el mundo superior contiguo que hablemos de verdadero y falso; allí nos encontramos por doquier con lo sano y lo enfermo, lo sano y lo malsano. Quienquiera, por lo tanto, que hable de los mundos superiores con respecto a la lógica abstracta como lo hace del mundo físico, muestra con esto que no tiene ninguna concepción real de los mundos superiores.

Ahora, sin embargo en el desarrollo histórico de la humanidad, ocurre algo muy peculiar. Si lo observamos imparcialmente, nos muestra épocas antiguas llenas de sabiduría, y si tenemos un sentimiento sano, sentiremos una profunda reverencia por la sabiduría original de estas épocas más antiguas. Si, por ejemplo, observamos los orígenes de lo que se ve reflejado en los Vedas, en la filosofía Vedanta, veremos que se basa en una sabiduría tan profunda: Ha sido extraída y revelada de una sabiduría tan profunda que uno debe sentir la más profunda reverencia por ella. Esta sabiduría primordial de la humanidad se aborda de forma diferente a la erudición abstracta de hoy en día. Pero cuanto más avanza la humanidad en su desarrollo, más y más se paraliza esta sabiduría primigenia, por así decirlo, y vemos que la parálisis más fuerte de esta conciencia humana más original, más llena de sabiduría primigenia, se da en aquella época en la que tiene lugar el Misterio del Gólgota. No es necesario tener en cuenta los documentos externos, en la medida en que estos documentos, como los Evangelios, hablan literalmente del Misterio del Gólgota. Basta con observar con una mirada imparcial pero ahora más elevada, el desarrollo histórico de la humanidad, y cuanto más atrás se mira, más y más oscura se vuelve esta sabiduría primordial en la mente humana. Lo que entonces se expresaba plenamente en el siglo XV ya se insinuaba en las épocas griega y latino-romana. En el fondo, la humanidad sólo tiene tradiciones de sabiduría primordial, ya no la experimenta, y se anuncia lentamente lo que después emerge como plena conciencia del yo. A este respecto, nuestra ciencia externa ha avanzado realmente poco hacia lo que hay que estudiar precisamente en esta época, en la que, por otra parte, se inscribe el Misterio del Gólgota. Hay tremendos problemas cuando miramos hoy, por ejemplo, el alfabeto griego, donde las letras todavía tienen nombres, alfa, beta, gamma, y seguimos el camino hacia el posterior alfabeto latino, donde ya no tienen nombres. Estas transiciones, que son profundamente indicativas de estados de desarrollo histórico, no se tienen en cuenta en absoluto. Por ejemplo, no se presta atención a lo que significa realmente nuestra palabra «alfabeto», que sigue tomándose del griego. Si se investiga esto, y una verdadera ciencia lingüística podrá investigar estas cosas, resultará que el alfa griego expresa básicamente lo mismo que se expresa en el Antiguo Testamento con las palabras: En el hombre se insufló el aliento vivo -de modo que se verá en el aliento, en el soplo, lo que inicialmente hace al hombre. Una vez que se examina la palabra Alfa, que es una palabra, se verá que ¡es el hombre! ¡Es el ser humano! La primera letra del alfabeto no es otra cosa que la expresión del hombre. Y la beta es la «casa», y el principio del alfabeto es: El hombre en su casa. - Esta visión del alfabeto se perdió por completo en épocas posteriores, cuando el intelectualismo se desarrolló cada vez más. Las letras sólo servían para distinguir cosas externas. Lo que yacía en la revelación de la sabiduría primordial se desprendió, la «palabra» de la revelación primordial se exteriorizó, y ya no se comprende lo que le fue revelado a la humanidad en las letras, e incluso en las palabras. En las logias y órdenes tradicionales de hoy en día, se habla de la «palabra oculta» en todas partes, pero la humanidad sabe muy poco de lo que esta palabra oculta tenía de realidad, de cómo el propio alfabeto hablaba de la palabra oculta, y de cómo se ha difuminado y fragmentado.

Por supuesto, también podría partir de otra cosa para mostrar el tan profundamente incisivo impulso de desarrollo qué hubo en la época de la civilización griega y latina. Cómo la civilización griega intentó ayudarse a sí misma a través de un arte especial para superar esta, yo diría, enfermedad que surgió en la humanidad es palpable para cualquiera que quiera verlo. Sólo me gustaría llamar la atención sobre una cosa.

Hoy en día, cuando la gente habla de teatro, por ejemplo, piensa que es algo para mirar, algo que forma parte del lujo de la vida. Se mira y luego se dice que es bello. Los griegos, sin embargo, tenían la idea de la catarsis, de la purificación, de depuración como lo más importante en el drama. Era algo que no sólo significaba un proceso externo, fantástico, sino que también apuntaba claramente a sus orígenes médicos. La catarsis es la crisis que se supera, y a través de la tragedia de los griegos el alma entraba en crisis, de modo que experimentaba una purificación en la vivencia del miedo y la piedad al ser sometida a los efectos de estas fuerzas opuestas a lo largo del drama. El griego no concebía su arte en un sentido filisteo, sino más bien curativo. Pues aún percibía la actividad de una sabiduría primordial. Para él aún existía una sabiduría primordial sana, pero con el tiempo se paralizó y se produjo una especie de proceso enfermizo. El griego quería expresar con su arte, -Nietzsche lo intuyó, se puede leer en su libro «El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música»-, algo así como: hay algo que curar en la humanidad. Y los terapeutas, los esenios, suponían en todas partes que había algo que curar en la humanidad. Y si el Misterio del Gólgota no se hubiera producido en la humanidad, si viviéramos hoy de tal manera que yo tuviera que hablar sin que el Misterio del Gólgota estuviera presente, sólo podríamos señalar un proceso de enfermedad en la humanidad. De modo que con respecto al Misterio del Gólgota se nos aclara algo cuando aplicamos los términos sano y enfermo en relación con la historia de la humanidad. Esto es lo importante:

Ustedes pueden aplicar todos los conceptos de lo correcto y lo incorrecto, pero en el trascurso de la evolución llegarán a un punto en el que tendrán que ver las cosas de otra manera. Porque cuando se adentren en la época griega, llegarán a un momento en que la humanidad ha enfermado y la salud emana del Misterio del Gólgota. Los terapeutas ya lo señalaban y decían: «Está surgiendo el gran terapeuta, el Salvador, que ha de curar a la humanidad en sentido literal. Sólo es cuestión de profundizar lo suficiente en el transcurso del desarrollo humano y no detenerse en los habituales conceptos abstractos, sino captar la vida histórica con conceptos médicos, según las categorías de sano y enfermo.  Entonces se comprenderá la necesidad de un proceso de curación y se comprenderá también cómo interviene el «salvador», -éste no es un término diferente del de «terapeuta»-, en la humanidad. Entonces se comprenderá que en el desarrollo de la humanidad en la tierra tiene que intervenir algo que no podía hacerlo a través de las mismas fuerzas que antes estaban presentes en la humanidad. Tuvo que venir un nuevo impulso extraterreno para sanar a la humanidad.

Así es como se puede mirar el desarrollo histórico y así es como hay que mirarlo cuando, sin entrar en el contenido de los documentos históricos, sólo se mira la configuración de cómo se ha desarrollado la humanidad. Entonces se llega al concepto del Cristo extraterrenal, que desde regiones extraterrenales se unió a la evolución terrestre a través del Misterio del Gólgota. Si se quiere comprender la historia, hay que hacer realidad esta visión. Quien no quiera aplicar esta visión al desarrollo de la historia según los conceptos de sano y enfermo, no le queda otra que admitirse a sí mismo que la historia sigue siendo incomprensible para él. Alguien así no puede entender cómo llegó a África lo que una vez había vivido en Oriente y luego se convirtió en grecorromano. Consideramos, con razón, que el desarrollo griego fue extraordinariamente saludable. ¿Por qué? Porque los griegos tenían la sensación de que había que combatir las enfermedades y querían organizar la vida en consecuencia. Y existe una armonía particularmente extraña entre las personalidades griegas concretas en el sentido de que sentían que había que luchar contra algo. Y este dejar de sentir y el navegar cada vez más hacia lo abstracto, que convierte incluso a los dioses en abstracciones, es la peculiaridad del romanismo y sigue siendo su peculiaridad. Europa fue educada por el romanismo hasta el siglo XV, cuando llegó a aceptar al Cristo cósmico en su conciencia; antes de eso, el Cristo fue traído a Occidente por el romanismo. Sólo quería aportar hoy algunas cosas para que uno pueda ir comprendiendo poco a poco lo que está escrito en el Misterio del Gólgota: que uno realmente no debe quedarse en algo que se desarrolló desde la antigüedad hasta el Misterio del Gólgota. Uno se da cuenta entonces de que, si se procede de esta manera, en realidad ya no hay ninguna diferencia entre lo que ciertos teólogos tienen en su teología de Jesús y lo que tiene un historiador secular, como Ranke. Ya no se puede distinguir entre lo que ciertos teólogos tienen en relación con la historia de Jesús y lo que, por ejemplo, un hombre como Ranke dice al respecto. Pero todo radica en ver a través de qué manera el Cristo como ser extraterrenal se unió con Jesús de Nazaret, el cual nació como uno más de la humanidad en el transcurso del tiempo. Precisamente aquí se produce algo que ha dado lugar a los mayores malentendidos con respecto a este camino necesario de la antroposofía hacia el Misterio del Gólgota. Era característico de toda la antigua sabiduría instintiva no haber separado lo espiritual y lo físico. Pues, si se separan ambos, se llega a un concepto imposible de la materia en lo físico, y en lo espiritual, es decir, en la experiencia espiritual del hombre, precisamente a la abstracción, al sistema conceptual sin vida. Esto sólo se ha vuelto característico de la humanidad reciente, el separar de esta manera lo material y lo espiritual. Y así, la antroposofía nos lleva de nuevo a comprender que tenemos que mirar toda la naturaleza, me gustaría decir, lo mismo que miramos una fisonomía. Miramos una fisonomía de tal manera que pensamos que está impregnada de lo anímico. Leemos en ella lo que es anímico. Así era antaño en la sabiduría primordial, y así hoy la sabiduría más reciente, impregnada de luz, nos lleva de nuevo a una visión fisiognómica del mundo de las estrellas, por ejemplo. Esto nos lleva a algo que nos permite dirigirnos al Cristo como el ser solar, aunque con ello no se pretende decir que el Cristo sea el ser solar físico como tampoco que el hombre sea solo el ser corporal físico. Pero ésta es la única manera de reconocer cómo pudo vivir algo extraterrenal en el Jesús de Nazaret que vivió en Palestina. Pero esto está envuelto en la incomprensión más extrema, especialmente entre los teólogos. Incluso les parece «ofensivo» que la antroposofía asocie al Cristo con el sol y con el mundo cósmico exterior en general. ¿Por qué la gente encuentra esto así? Es extraordinariamente característico. La Antroposofía dice que conduce del Cristo al sol. Pero para esta gente el sol es sólo la bola ardiente de niebla que está ahí fuera; por lo tanto, es ofensivo asociar esta bola ardiente de niebla solar con el Cristo. Pero eso ya lo sabemos: La teología se ha vuelto materialista y por eso sólo puede ver en el cosmos el mundo material. Pero la antroposofía muestra que este mundo material se espiritualiza por doquier. La teología, sin embargo, es incapaz de desprenderse de lo material, y por eso se siente ofendida cuando la antroposofía habla de Cristo como un ser solar. A partir del materialismo, del materialismo más profundo sobre la estructura del mundo, precisamente este punto sobre la cristología se encuentra ofensivo. Aquí se ve cómo el materialismo lo corroe todo. Se ha apoderado de la teología, y dado que la teología se ha vuelto materialista, conduce a malentendidos sobre la antroposofía. Desde el mundo ordinario sólo podemos ser materialistas, y si alguien de este mundo permite que el Cristo baje, entonces esto sólo puede entenderse de forma materialista, lo cual resulta insultante. Precisamente en estos puntos es donde debemos señalar la materialización de toda la cultura, que sólo teme admitir ante sí misma sus fundamentos. Pero no saldremos de la decadencia hacia un nuevo ascenso si no contemplamos estos fundamentos de una manera completamente desprovista de prejuicios, de miedo y de temor. Debemos salir de aquello que ha llevado a la humanidad europea y occidental a este declive, que ha conducido a estas terribles catástrofes. Sólo el conocimiento intrépido de todo lo que el hombre puede experimentar del mundo es adecuado para ello. Para ello también es necesario entrar de forma libre de prejuicios en aquello que realmente no es útil de la esfera del intelectualismo cuando se entra en los mundos superiores.

Mucha gente dice todavía hoy: Ciertamente, lo que se comunica desde los mundos superiores es insólito; tiene uno que adentrarse en esos mundos, de lo contrario no puede comprenderlo. Pero no es así. La gente sólo cree que es así porque quiere abandonarse a esos conceptos que sólo se aplican al mundo físico que tenemos entre el nacimiento y la muerte. Por ejemplo, hoy prevalece la creencia de que precisamente porque todo en todas partes se desarrolla a partir de conceptos, a pesar de la creencia de que somos inductivos y empíricos, pensamos que podemos expresarnos de forma absoluta. Por supuesto, uno debe decirse a sí mismo: cuando el hombre se duerme, el yo y el cuerpo astral emergen del cuerpo físico y etérico, y permanece inconsciente hasta que se produce de nuevo el despertar. Esto es bastante saludable para la humanidad actual, pero no se aplica a todo el desarrollo de la humanidad. Si, por ejemplo, nos remontamos a los tiempos de los que surgieron las culturas india y proto-Persa, encontramos que en todas partes subyacía una concepción diferente, a saber, que el hombre con su yo y su cuerpo astral se sumerge más profundamente en su cuerpo físico y etérico cuando se duerme que cuando se despierta durante el día. Los antiguos indios no decían: Cuando una persona se duerme, su yo y su cuerpo astral abandonan su cuerpo físico y su cuerpo etérico. Sólo los teósofos hacen creer que el indio hablaba así. Él más bien decía que cuando la gente se duerme se sumerge más profundamente en los cuerpos físico y etérico. Y eso es básicamente bastante correcto, porque la materia se comporta en realidad como si se quisiera decir en un sentido absoluto: para la tierra, el sol sale por el este y se pone por el oeste. Pero no es así, porque para la otra mitad de la Tierra el proceso es inverso. También se puede llamar este y oeste, pero las relaciones direccionales son diferentes. Por lo tanto, es cierto que durante cierto tiempo el yo y el cuerpo astral se sumergieron más profundamente en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico, y que por lo tanto la impresión era también muy diferente. Por eso el indio también habla de manera muy diferente, porque el hombre estaba en un tipo diferente de conciencia, a saber, en aquello de lo que el hombre de hoy no tiene plena conciencia, en sus funciones rítmicas y metabólicas. De éstas no tiene conciencia, porque para el hombre de hoy en términos de conciencia es como si soñara con respecto a sus funciones rítmicas, mientras que en cuanto a sus funciones metabólicas duerme.

Por lo tanto se puede decir: Debe ser comprensible que la gente tuviera que experimentar cosas diferentes en épocas diferentes sobre algo de lo que hoy creemos que podemos hablar con absoluta certeza; y sólo entonces podremos comprender el desarrollo de la historia si permitimos que los hechos hablen sobre estas cosas, y no los conceptos que nos hemos construido. Hoy, cuando Occidente y Oriente, el Oeste y el Este, se enfrentan de un modo tan candente que hay que encontrar un equilibrio, hoy la humanidad debe ser capaz de volver a estos antecedentes; de lo contrario, se pueden seguir celebrando tantas conferencias de Washington como se quiera, todas acabarán en mera pantomima, si no se abordan los impulsos básicos del desarrollo humano. La gente todavía no cree esto hoy, pero es una verdad que debemos responder a aquello que mueve a la humanidad desde sus profundidades más íntimas si queremos salir de los fenómenos de declive hacia los fenómenos de emerger.  Hoy, lo que aquí se pide parece poco práctico. Pero la gente no se da cuenta de lo impracticable que es, máxime cuando se ha demostrado que es realmente impracticable, cuando se ha desarrollado hasta su extremo, se ha vuelto impracticable de 1914 a 1918 y lo sigue siendo. Pero además de todo esto, uno debe familiarizarse con la forma en que la conciencia religiosa puede ser iluminada y profundizada por el punto de vista antroposófico.

Hoy apenas he podido esbozar una de las vías por las que podemos llegar al Cristo cósmico, extraterrenal. Pero ya verán ustedes cómo más adelante esto puede evolucionar hacia una visión más profunda de la historia, donde se considere a la humanidad como un ser vivo. Y del mismo modo que se habla de sano y enfermo en el caso de un ser vivo, también hay que hablar de sano y enfermo en el caso de la humanidad si no se quiere permanecer anclado en el materialismo. No se puede decir que es difícil llegar a Cristo cuando se ve cómo no se han tomado los caminos adecuados. Una visión concreta y realista de la historia intentará acercarse al misterio del Gólgota desde diversos ángulos. Hoy, sin embargo, como no se pueden aportar razones contra la ciencia espiritual, se utiliza todo lo posible para denigrar a los portadores de la ciencia espiritual: se personaliza. Y es -lo digo realmente sin rencor- un terrible testimonio de la pobreza de los que hoy se oponen a la ciencia espiritual antroposófica, que en realidad se abstienen de entrar en la ciencia espiritual, que siempre sólo la rodean desde fuera, por ejemplo, presentando el acontecimiento de Cristo y la experiencia de Cristo como si la antroposofía racionalizara lo misterioso, como si bajara a la esfera del conocimiento racionalista ordinario aquello a lo que hay que acercarse con tímida reverencia. Pero piénsese: cuando se está cara a cara con un ser humano y se le mira, lo misterioso que todo ser humano es para nosotros no debe perderse por el hecho de que no sólo se oye hablar de él, sino que también se le puede mirar. El ser humano particular no puede medirse en términos racionalistas y mucho menos, por tanto, aquello que se nos presenta como el sentido más elevado del desarrollo terrenal: ¡el Misterio del Gólgota! Pero lo misterioso no se pierde por conducir a la contemplación; y la Antroposofía pretende precisamente conducir de lo que sólo se comunica o se cree a lo que se hace comprensible en la contemplación. No se suprime nada de lo que constituye el misterio. El Misterio permanece, pero no sólo para ser « dicho », sino para ser puesto ante la humanidad observadora.

Así es como se habla hoy en día de la crítica, en lugar de abordar lo que tan literalmente contiene la propia literatura antroposófica. No es necesario comprometerse con cada cosa que viene de tales sectores, pero debería haber una fuerte toma de conciencia dentro de los círculos antroposóficos de que cuanto más se afirme el movimiento antroposófico, más aumentará el odio contra él. Lo que se ha conseguido hasta ahora ya es mucho en términos de antagonismo, pero pueden estar seguros de que será superado. E incluso cuando se critica a la euritmia, como ha vuelto a ocurrir en los últimos días, me parece que lo único necesario es decirse a uno mismo: sólo sería cuestionable que los elogios vinieran de este lado. Entonces empezaría a preguntarme: ¿Qué es lo que habría que cambiar? - Este debería ser un sentimiento saludable para cualquiera que quiera formar parte del movimiento antroposófico de la manera correcta.

Hoy quería presentar algo que, en cierto sentido, parece ser un complemento de lo que pude decir la última vez que estuve aquí. Por supuesto, esto no supone una conclusión. Lo que he indicado hoy les llevará también un poco más lejos en cristología.

Traducido por J.Luelmo dic.2024


miércoles, 5 de abril de 2023

GA143-2 Estocolmo 17 de abril de 1912 -El camino de la iniciación

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El camino de la iniciación

RUDOLF STEINER

Estocolmo 17 de abril de 1912

Si se me permite indicar en pocas palabras el punto en el que culminaron las consideraciones de ayer, quisiera decir que de ellas debería salir a la luz la posibilidad para todo hombre, mediante una profundización de su ser, mediante una confianza en los mundos espirituales, de hacer surgir en él un estado de ánimo, una disposición del alma, que le dirá: "Hacia el hombre fluyen no sólo las cosas que están en la periferia de la tierra, no sólo las cosas que provienen de la evolución de la tierra misma, sino que es posible para el hombre sintonizar su alma de tal manera que reciba de los mundos espirituales fuerzas auxiliares que fluyan hacia él, que produzcan un equilibrio entre el yo egoísta individual y la totalidad de su organización - si se ofrece esa posibilidad que ha fluido en la misión-tierra." Quien puede alcanzar esta confianza en esta afluencia de los mundos espirituales, no importa cómo llame a este acontecimiento interior, a esta experiencia interior, ha vivido interiormente la experiencia personal de Cristo. El resto de esta cuestión se nos revelará si hoy empezamos por considerar el tercer camino hacia Cristo, el camino de la iniciación.

Con el camino a través de los Evangelios y el camino a través de la experiencia interior, tenemos los dos caminos hacia Cristo que son accesibles a todo hombre: Digo expresamente: a todo hombre. Pero al camino de la iniciación corresponde una cierta preparación, que debe ser comprensible para todos. En nuestro tiempo, esto nos exige profundizar, de manera real y no meramente teórica, en la verdadera y genuina ciencia espiritual que, al menos en nuestro tiempo actual, debe ser siempre el punto de partida, si queremos comprender lo que es el camino de la iniciación. En cuanto a la esencia de la iniciación, sería bueno hacer algunas observaciones introductorias en cierta dirección. Veréis, la iniciación es lo más elevado que el hombre puede alcanzar en el curso de la evolución terrestre, porque conduce al hombre a una cierta comprensión, a una verdadera penetración en los secretos del mundo espiritual. Lo que ocurre en los mundos espirituales es realmente el contenido, el objeto de la iniciación, y en el camino de la iniciación se alcanza un conocimiento real, una percepción inmediata de los acontecimientos en los mundos espirituales. Cuando la iniciación se caracteriza de esta manera, algo muy especial debe golpear a todo aquel que deja que esta caracterización actúe en su alma. Esto quiere decir, fundamentalmente, que la iniciación es -permítaseme la expresión- una vía suprarreligiosa. Las religiones que en el curso de las épocas humanas se han extendido sobre la superficie de la tierra, y que aún prevalecen entre los hombres, todas ellas, en la medida en que son grandes religiones, y en la medida en que las estudiamos en sus puntos de origen, fueron fundadas originalmente sobre la iniciación, por iniciados. Han surgido de lo que los grandes iniciados han podido dar a los hombres. Pero las religiones fueron dadas en tal forma que, en su contenido, los hombres recibieron lo que era adecuado a la época en que vivían, a la raza a la que pertenecían, incluso a la región de la tierra en la que vivían.
Ahora vivimos en una época muy especial de la evolución humana, y es justo la tarea de la ciencia espiritual comprender que vivimos en una época especial. La forma en que entre nuestros contemporáneos puede surgir y difundirse la ciencia espiritual, esto no era posible en ninguna parte en tiempos pasados. La Antroposofía como tal no podía ser enseñada públicamente. Sólo en nuestra época comenzamos a enseñar Antroposofía. Antes, las religiones eran los canales a través de los cuales debían fluir los secretos de la iniciación hacia la humanidad; debían fluir de una manera adecuada en un momento dado a un grupo determinado de hombres. Pero hoy estamos en condiciones de dar a través de la Antroposofía algo que no está adaptado a una sola raza, a una sola región, a un solo grupo de hombres, sino que puede llevar a cada hombre, no importa dónde se encuentre en la tierra, algo de esos secretos de la existencia, cuyo conocimiento anhelan las almas y que las almas deben tener si los corazones han de ser fuertes para el trabajo en la tierra. Pero esto ya muestra que a través de la Antroposofía debe darse algo que adopte un punto de vista más elevado que el que tenían o tienen los puntos de vista religiosos, allí donde éstos siguen siendo aceptados. En cierto modo, la antroposofía es la que debe propagar los secretos de la iniciación de una manera humana universal, mientras que en los diversos sistemas religiosos antiguos de la tierra los secretos de la iniciación siempre se anunciaban de una manera especial, de una manera diferente, adaptada al grupo humano particular.

¿Qué se deduce de esto? De ello se deduce que encontramos las más variadas religiones esparcidas por la tierra, todas las cuales se remontan a tal o cual fundador. Primero encontramos la religión de Krishna, que se remonta a Krishna; segundo, la religión de Buda, que se remonta a Buda; tercero, la antigua religión hebrea, que se remonta a Moisés; y encontramos el cristianismo, que se remonta a Jesús de Nazaret. Habiendo brotado todas las religiones de la iniciación, debemos tener muy claro que hoy no podemos adoptar la posición adoptada por los filósofos de la religión que se consideran "iluminados". Los filósofos de la religión comparada tienen una visión secreta de las religiones; las consideran a todas o bien falsas o bien etapas infantiles del desarrollo humano. Pero nosotros, como antropósofos, desde que aprendemos a saber que las religiones son sólo diferentes formulaciones de las verdades de la iniciación, estamos en condiciones de captar lo verdadero y no lo falso en los diversos sistemas religiosos. Hacemos justicia a todos los sistemas religiosos comparándolos entre sí. Los consideramos como revelaciones igualmente justificadas de las grandes verdades de la iniciación.
¿Qué se deduce de esto? Se deduce que encontramos las más variadas religiones esparcidas por la tierra, todas las cuales apuntan a tal o cual fundador. Encontramos primero la religión de Krishna, que se remonta a Krishna; segundo, la religión de Buda, que se remonta a Buda; tercero, la antigua religión hebrea, que se remonta a Moisés; y encontramos el cristianismo, que se remonta a Jesús de Nazaret. Habiendo brotado todas las religiones a partir de la iniciación, debemos tener muy claro que hoy en día no podemos adoptar la posición adoptada por los filósofos de la religión que se consideran "iluminados". Los filósofos de la religión comparada tienen una visión secreta de las religiones; las consideran a todas o bien falsas o bien etapas infantiles del desarrollo humano. Pero nosotros, como antropósofos, desde que aprendemos a saber que las religiones son sólo diferentes formulaciones de las verdades de la iniciación, estamos en condiciones de captar lo verdadero y no lo falso en los diversos sistemas religiosos. Hacemos justicia a todos los sistemas religiosos comparándolos entre sí. Los consideramos como revelaciones igualmente justificadas de las grandes verdades de la iniciación.

Y de esto se desprende algo terriblemente importante para el sentimiento práctico y la actividad práctica. ¿Qué es esto tan importante? Que del estado de ánimo antroposófico procederán la comprensión completa, el respeto sincero y el reconocimiento pleno del núcleo de la verdad en todas las religiones; y que quienes, desde una actitud antroposófica, reflexionen sobre el mundo y su curso de desarrollo, respetarán las verdades de los diversos sistemas religiosos. Habrá la más alta estima y respeto. Sí, mis queridos amigos, de la corriente espiritual antroposófica resultará lo siguiente para las diversas confesiones religiosas de la tierra: Un hombre irá a los adeptos de cualquier sistema religioso, y no se creerá capaz de injertarles o inocularles otras confesiones. Mucho más bien iremos a ellos y, a partir de nuestra propia fe religiosa, discerniremos lo que hay de verdad en su fe. Y un hombre que ha nacido en una región donde domina una religión particular, no rechazará intolerantemente, a causa de esta religión, todas las demás religiones, sino que podrá acercarse a ellas sobre la base de lo que, como verdad, está contenido en las diferentes religiones. Tomemos un ejemplo. Tal ejemplo sólo puede ser captado por aquellos que, en el fondo de su alma, toman en serio la actitud antroposófica y todo lo que debe seguirse de un conocimiento de las condiciones fundamentales de la iniciación. Supongamos que un occidental ha crecido en el seno del cristianismo. Tal vez haya aprendido a conocer el cristianismo por haber asimilado las grandes verdades de los Evangelios. Tal vez ya haya alcanzado también lo que se llama el camino hacia Cristo Jesús a través de la experiencia interior; tal vez en su experiencia interior ya haya experimentado al Cristo. Supongamos que ahora conoce otra religión, por ejemplo, el budismo. De aquellos que están dentro de las verdades sagradas y el conocimiento del budismo, aprende a saber algo que es una molestia para el occidental materialista pero que nosotros los antropósofos podemos entender: Aprende a saber que el fundador de esta religión, después de haber vivido muchas encarnaciones en la tierra como Bodhisatva, renació como hijo del rey Sudhodana; aprende a saber que en el vigésimo noveno año de su vida como Bodhisatva se elevó a Buda, y que con esta elevación a Buda se da en esta religión -ya que procede de la iniciación- la única gran verdad que es válida no sólo para el budismo sino para todos los hombres, y que es reconocida por todo iniciado y por todos los hombres que comprenden el budismo; aprende a saber que el adepto del budismo dice justamente: "Cuando el Bodhisatva se convierte en Buda en una encarnación humana, entonces esta encarnación por la que el Buda tiene que pasar en la tierra es la última. Entonces no vuelve de nuevo en un cuerpo humano".
Para alguien que está dentro del Budismo sería sumamente doloroso que se afirmara que el Buda regresaría de nuevo en un cuerpo carnal. Tal seguidor de Buda se sentiría profundamente afligido si alguien pusiera en duda esta verdad, diciendo que el Bodhisatva que se convirtió en Buda podría volver a aparecer en algún momento sobre la tierra en un cuerpo físico. Pero nosotros, los antropósofos, reconocemos la verdad en las religiones; adoptamos la postura de buscar la verdad de las diversas religiones y no su error. Por eso acudimos a los que comprenden el budismo y aprendemos a saber -o aprendemos por iniciación a saber- que es cierto que aquella individualidad que vivió como Bodhisatva en la tierra y se convirtió en Buda ha alcanzado desde entonces alturas espirituales desde las que no necesita volver a descender a este globo físico. A partir de ese momento, si nos apoyamos en la doctrina de la reencarnación, ya no impondremos al budista la afirmación de que Buda podría reaparecer en un cuerpo físico. El conocimiento genuino creará una comprensión para toda forma de religión que proceda de la iniciación. Respetamos las formas religiosas que se han desarrollado en la Tierra, en la medida en que reconocemos la verdad que tienen que dar. Sí, mis queridos amigos, reconozco tan franca y honestamente como el budista más estricto esta verdad, que el Bodhisatva que estuvo en la tierra y se elevó a Buda alcanzó con ello una altura de desarrollo humano que le hizo posible no descender más a la tierra. Esto es lo que llamamos tener una comprensión de las diversas formas de religión en la tierra.

Tomemos el caso contrario: Que un adepto del budismo se abra camino hacia el conocimiento antroposófico. Ya sea por un conocimiento real del cristianismo o por el principio de la iniciación, permitiría que le quedara claro que en otra región de la tierra existe otra forma de religión, y que los que comprenden esta religión tienen muy claro lo siguiente: Que una vez vivió una personalidad que realmente no pertenecía a ninguna nación, y menos aún a Occidente, y que desde sus treinta a sus treinta y tres años vivió en esta personalidad ese impulso, esa fuerza de la vida espiritual, a la que apuntamos ayer; a la que, en su Vishvakarman, apuntaron también los siete santos Rishis; a la que, en su Ahura-Mazdao, apuntó también Zaratustra; a la que, como su Osiris, apuntaron también los egipcios; y a la que el cuarto período cultural postatlante llamó Cristo. Pero no se trata de eso: Se trata de reconocer en Cristo lo que vivió como impulso durante tres años en la personalidad de Jesús de Nazaret, lo que no estuvo presente antes en la tierra, lo que descendió de las alturas espirituales a la personalidad de Jesús de Nazaret, lo que en esta personalidad pasó por el Misterio del Gólgota, y lo que como tal impulso Crístico es un impulso que aparece una vez para la tierra y no está relacionado con ninguna encarnación ordinaria de la humanidad; Aquello que estuvo presente una vez como Cristo y que no puede volver en ningún hombre, sino que vendrá, como dice la Biblia, en las nubes del cielo - lo que significa que como revelación espiritual se mostrará a los hombres. Esta es una afirmación cristiana.

Ahora bien, quien esté dentro del budismo, imbuido de seriedad teosófica y dignidad teosófica, tendrá que reconocer que debe prestar atención a esta declaración cristiana y respetarla, del mismo modo que el cristiano debe respetar la suya. El budista que se ha elevado a la teosofía y la toma en serio dirá: "Así como tú, como cristiano, te acercas con confianza a la enseñanza de que el Bodhisatva que se convirtió en Buda ya no volverá a la tierra, así como me parece adecuado que sepas que el Buda no puede volver, así yo, como budista, reconozco que lo que tú llamas Cristo no puede volver en una encarnación física, sino como un impulso que apareció una vez y vivió sólo tres años en un cuerpo humano físico." - Si en la antroposofía encontramos la comprensión recíproca de las religiones de tal manera que el principio iniciático pueda penetrar en el corazón del hombre de tal manera que un hombre no imponga una opinión ajena a los demás, entonces producimos una comprensión que une a los hombres sobre toda la tierra, establecemos la paz entre las religiones únicas sobre la tierra.
En el cristianismo, el fundador de la religión es Jesús de Nazaret. El principio iniciático cristiano se ocupa del fundador de la religión, Jesús de Nazaret, sólo como un hecho, como un hecho que puede ser examinado por los ocultistas como un hecho. Con el mismo amor, con el mismo cuidado con que se examina la vida de Buda o de otro fundador de una religión, la vida de Jesús de Nazaret es examinada por aquellos que conocen el principio de la religión. El cómo aparezca esta vida de Jesús de Nazaret desde el punto de vista del ocultismo puro, lo encontraran descrito en mi folleto: La Guía Espiritual de la Humanidad. Pero el verdadero principio iniciático cristiano se ocupa del reconocimiento de Cristo, del camino hacia Cristo. Y este principio religioso cristiano estuvo preparando durante muchos años lo que ahora se acaba de describir como un principio de paz para toda la tierra, en el sentido de que claramente no procede del fundador de una religión como tal, sino de un hecho que ocurrió una vez en el mundo.

Esta es la diferencia fundamental entre el cristianismo y las demás religiones. Lo que el principio iniciático que conduce a Cristo tiene como tarea en el mundo es diferente de las culturas que han procedido de los otros principios religiosos. Lo que el principio de iniciación cristiano tiene como tarea dentro de la misión mundial procede de un hecho, de un acontecimiento, no de una personalidad. Esto será comprensible si mencionamos primero algunas condiciones preliminares. Podemos presentar una sola frase, una sola afirmación, y entonces habremos caracterizado, aunque externamente, el punto de partida del cristianismo esotérico, de la iniciación cristiana: Es la muerte que se experimentó en la unión de Cristo con Jesús de Nazaret. El hecho de esta muerte, que llamamos el Misterio del Gólgota, es lo que debe ser comprendido a través del principio de la iniciación cristiana. Ahora bien, la verdadera comprensión de esta muerte sólo puede conquistarse si nos aclaramos la misión de la muerte en el seno de nuestra evolución terrestre. Ayer señalamos que la fragilidad, la dolencia, la enfermedad y la muerte están relacionadas con la falta de armonía entre nuestro yo, impregnado por el principio luciférico, y nuestra organización. La muerte, después de todo, está conectada con el principio luciférico, y eso de una manera muy especial. Sería una idea totalmente falsa si supusiéramos que Lucifer trajo la muerte. Lucifer no trajo la muerte, trajo lo que podemos llamar la posibilidad del error (también del error moral), la diferenciación de los hombres en razas y la posibilidad de la libertad. Lucifer trajo estas cosas. Si sólo lo que Lucifer trajo hubiera sido eficaz en la humanidad, si nada se le hubiera opuesto, entonces este principio luciférico habría conducido al punto en que la humanidad habría caído, se habría salido, de la evolución divina progresiva. En efecto, el hombre se habría espiritualizado, pero en una dirección totalmente diferente de aquella a la que conducía la evolución divina progresiva. Para mantener a la humanidad dentro de esta evolución divina, para evitar que la humanidad se perdiera para la evolución divina, hubo que establecer un arreglo particular: Había que recordarle continuamente al hombre cuáles son las consecuencias si abusa de la posibilidad del error y de la libertad. Toda enfermedad, fragilidad, dolencia y muerte son recordatorios de que el hombre tendría que apartarse de la evolución divina progresiva si, además de tener la libertad luciférica, estuviera sano y lleno de energía. Así pues, la enfermedad, la dolencia y la muerte no son dones de Lucifer, sino dones de las potencias divinas buenas y llenas de sabiduría, que con ello han establecido un dique contra las influencias de Lucifer.

Así pues, debemos decir que todo lo que se nos presenta en el mundo como tribulación humana continua procedente del exterior, como enfermedad y muerte, está ahí para que los hombres permanezcamos encadenados a la existencia terrena hasta que tengamos la oportunidad de enmendarnos; para que tengamos una educación que nos adapte a nuestra organización. Sufrimos para que a partir de nuestro sufrimiento podamos adquirir experiencia y encontrar un equilibrio entre nuestro yo impregnado de Lucifer y nuestro organismo impregnado de Dios. Nuestra organización se aleja de nosotros repetidamente, hasta que nos hemos imbuido completamente, en nuestro Yo, de las leyes de la evolución que es progresiva en sentido divino. Toda muerte es, pues, un punto de partida para otra cosa. El hombre no puede morir sin llevarse consigo aquello que le da la posibilidad de superar alguna vez la muerte en sus encarnaciones sucesivas. Todos nuestros dolores están ahí para que del sufrimiento obtengamos la experiencia de cómo debemos adaptarnos a nuestra organización divina en progreso. Esta cuestión, sin embargo, no puede discutirse al margen de su conexión con toda la evolución.
Podemos estudiar tal cosa especialmente bien si examinamos ocultamente las conexiones entre el hombre y el siguiente reino inferior, el reino animal. Sabemos que en el curso de la evolución el hombre siempre ha infligido dolor a los animales, que ha matado a los animales. Quien aprende a conocer el Karma de la vida humana, a menudo encuentra sumamente injusto que el animal, que no se reencarna, deba sufrir, soportar dolor, e incluso, en el caso de los animales superiores, deba atravesar la muerte con cierta conciencia. ¿No debería tener lugar aquí una compensación kármica? Naturalmente, el ser humano tiene que hacer una compensación kármica en Kamaloka por el dolor que inflige a los animales, pero no estoy hablando de esto ahora; estoy hablando de la compensación para los animales. Aclaremos un pensamiento: Si consideramos la evolución humana, vemos cuánto dolor ha sembrado el hombre sobre el reino animal y cuántos animales ha matado. ¿Qué significan estos dolores y estas muertes en el curso de la evolución?

El estudio oculto nos muestra que cada dolor que se inflige a un ser que siente dolor y que no es el hombre, cada muerte, es una semilla para el futuro. Los animales, tal como son queridos por la evolución divina progresiva, no están destinados a tener encarnaciones como el hombre. Pero, si se produce un cambio en este Plan del Mundo lleno de sabiduría, si el hombre interviene y no deja que la evolución de los animales sea como habría sido sin el hombre, ¿qué ocurre entonces? Ahora bien, la investigación ocultista nos enseña que todo dolor, toda muerte, infligidos por el hombre a los animales, volverán y surgirán de nuevo, no a través de la reencarnación, sino porque el dolor y la muerte han sido infligidos a los animales. Este dolor y este sufrimiento suscitan de nuevo la animalidad. Estos animales a los que se ha infligido dolor surgirán de nuevo, aunque no en la misma forma; pero lo que siente dolor en ellos, eso vuelve. Vuelve de tal manera que los sufrimientos de los animales se compensan, de modo que a cada dolor se añade su sentimiento complementario. Estos dolores, estos sufrimientos, esta muerte, son la semilla que el hombre ha sembrado; vuelven de tal manera que a cada dolor se añade en el futuro su sentimiento contrario. Por poner un ejemplo concreto: Cuando la Tierra sea reemplazada por Júpiter, los animales no aparecerán en su forma actual, pero sus dolores y sufrimientos despertarán las fuerzas para el sentimiento del dolor. Vivirán en los hombres y se encarnarán como animales parásitos en los hombres. De las sensaciones y sentimientos de estos hombres, de sus dolores, se creará la compensación. Esta es la verdad oculta, que puede afirmarse objetivamente y sin adornos, aunque no sea agradable para el hombre de hoy. El hombre un día sufrirá esto, y los animales tendrán, en un cierto bienestar, en un sentimiento agradable, la compensación de sus dolores. Esto ya sucede lenta y gradualmente en el curso de la vida terrestre actual, por extraño que parezca. ¿Por qué los hombres están atormentados por seres que en realidad no son ni animales ni plantas, sino que se encuentran entre los dos, por bacilos y criaturas similares, que sienten un bienestar cuando el hombre sufre? Ellos mismos se lo han buscado en encarnaciones anteriores infligiendo dolor y muerte a los animales. Pues el ser, aunque no aparezca en la misma forma, siente esto a través del tiempo y siente la compensación de sus dolores en el sufrimiento que el hombre debe padecer. Así pues, todo el dolor y el sufrimiento del mundo no carecen positivamente de consecuencias. Es una semilla de la que procede lo que es causado por el dolor, el sufrimiento y la muerte. No puede haber sufrimiento, ni dolor, ni muerte, sin causar algo que brote más tarde.
Consideremos bajo esta luz la muerte en el Gólgota, que siguió a la unión de Cristo con Jesús de Nazaret. Lo primero que queda claro para cualquiera que pase por la iniciación requerida es que esta muerte en el Gólgota no fue una muerte ordinaria en la tierra, no fue una muerte humana ordinaria o de otro tipo. Las personas que aún no creen en lo suprasensible no pueden formarse un concepto de esta muerte en el Gólgota. Pues incluso externamente este Misterio del Gólgota tiene algo muy extraño, algo de lo que el hombre tiene mucho que aprender. Y es que ningún escrito histórico habla del Misterio del Gólgota, y los críticos de los Evangelios afirman que éstos no tienen ninguna autoridad como documentos históricos. Los principios de la iniciación se aplican a lo que no fue escrito por observación histórica. Lo que sucedió en el Gólgota todavía puede ser percibido hoy por los iniciados, todavía puede ser visto hoy en el Registro Akáshico por las personas que se someten a la iniciación. Los escritores de los Evangelios también escribieron sólo a partir del Registro Akáshico; se describe un acontecimiento para el cual los escritores originales de los Evangelios nunca pensaron en recurrir a la ayuda de las percepciones en el plano físico. Tan fuerte era entonces la conciencia de que uno tenía que ver aquí con algo que estaba en relación con los mundos suprasensibles, y que lo más importante era obtener una relación con los mundos suprasensibles. Fuera del mundo de los sentidos no se puede ganar ninguna relación correcta con estos acontecimientos. Lo que sucedió se aclara a través de la iniciación. Se podría decir que al principio de nuestra era vivió un hombre, Jesús de Nazaret; que en el año 30 de su vida experimentó un cierto cambio por la recepción del Cristo, y que después de tres años fue crucificado. Esto significaría un acontecimiento para la historia progresiva de la humanidad. Si se dijera esto, sería lo contrario de lo que el iniciado aprende a conocer; sería un asunto de los hombres en la tierra, por muy espiritualizado que se volviera. Con el principio iniciático no se trata de eso.

Fundamentalmente, podría decirse -pero no deben malinterpretarme- radicalmente, podría decirse que, a primera vista, lo que ocurrió en el Gólgota no fue un acontecimiento que concerniera a los hombres en la medida en que están en el plano físico. A primera vista. No en la forma en que se relata: Un hombre vivió una vez, Jesús de Nazaret, al principio de nuestra era, quien en el año 30 de su vida experimentó un cierto cambio a través de la recepción del Cristo, y luego fue crucificado en su año 33 - no es así como se cuenta la iniciación-verdad del cristianismo. Debe enunciarse de manera totalmente diferente.
Debe enunciarse aproximadamente así: Quien ha de iniciarse en el principio cristiano aprende lo siguiente: Antes de esta Tierra hubo una condición lunar. Durante esta condición lunar los seres luciféricos se quedaron rezagados. Estos seres luciféricos se desarrollaron más, junto con los seres espirituales divinos progresivos. En la época Lemúrica Lucifer se acercó a los hombres, se inyectó en la evolución terrestre humana y produjo lo que se caracterizó ayer. Así Lucifer estaba dentro de todo el desarrollo humano. Si la evolución humana hubiera continuado de esta manera con Lucifer, habría sucedido gradualmente que la misión de la Tierra no habría alcanzado su meta; el hombre se habría secado, el yo humano se habría separado, se habría desprendido de la evolución espiritual divina. En la antigua Luna una serie, por así decirlo, de seres pertenecientes a los mundos suprasensibles se enteraron de que Lucifer se había vuelto rebelde, que había adoptado una posición hostil a ellos. Así los dioses se vieron obligados a ver que Lucifer se había convertido en el adversario del progresivo desarrollo divino. - Al principio se puede ignorar por completo todo lo que concierne al hombre en esto. Consideremos todo esto como asunto de los dioses y de sus adversarios, los seres luciféricos, y consideremos a la humanidad como una creación de los dioses. Esta era la situación.

Ahora bien, hay una cierta peculiaridad en los mundos espirituales, en los suprasensibles. Allí no existe una cosa que sí existe en la tierra: la muerte, en todas sus formas, no se encuentra allí. En los mundos suprasensibles uno se transforma, pero no muere. Allí hay metamorfosis, no nacimiento y muerte. Por ejemplo, las almas-grupo que están en los mundos suprasensibles no mueren; se transforman, se metamorfosean. El nacimiento y la muerte no existen allí, donde los efectos del mundo físico nunca han llegado. Sólo allí donde los rasgos del mundo físico ya se han transmitido hasta cierto punto a los seres del mundo espiritual, hay algo que puede considerarse análogo a la muerte, como ocurre con los espíritus de la naturaleza; pero hoy no podemos entrar en esto. En el verdadero mundo suprasensible no hay nacimiento ni muerte, sólo transformación, metamorfosis.

Para los seres espirituales divinos que pueden ser designados creadores de los hombres, el nacimiento y la muerte no entran en consideración. Lucifer tampoco se encarna como ser humano en el mundo físico. Él trabaja en el hombre a través del hombre; utiliza a los hombres como su vehículo, por así decirlo. Así tenemos que ver con los dioses y con los seres luciféricos, que miran desde arriba, por así decirlo, a sus creaciones. Si la evolución hubiera continuado así, si nada hubiera sucedido en el mundo de los dioses, entonces la intención de los dioses para con los hombres nunca se habría cumplido; Lucifer habría frustrado el plan de los dioses. Los dioses tenían que hacer un sacrificio, -esa era su preocupación- tenían que experimentar algo que estaba relacionado con su esfera de tal manera que realmente no podía ser experimentado por los dioses si permanecían en su propia esfera: Tenían que enviar de sus propias filas al plano físico a un ser que experimentara algo que, de otro modo, los dioses de los mundos espirituales no podrían experimentar. Los dioses tuvieron que enviar al Cristo a la Tierra para luchar contra el principio luciférico. Con el transcurso del tiempo, cuando el tiempo se cumplió, los dioses, a los que agrupamos bajo el nombre de mundo-padre divino, enviaron al Cristo para que aprendiera a conocer los interminables dolores de los hombres, que significan algo totalmente diferente para un dios de lo que significan para un hombre. Con ello, los dioses entraron en la esfera terrestre para luchar contra los espíritus luciféricos. Un dios tuvo que sufrir la muerte en la cruz, la muerte humana más vergonzosa, como subraya especialmente Pablo.
Se nos permitió, una vez en el desarrollo de la Tierra, ser testigos. -porque miramos como a través de una ventana a los mundos espirituales-, de un asunto de los dioses.
Anteriormente, -así dice el principio iniciático-, el hombre estaba obligado, bajo todas las circunstancias, a elevarse a los mundos divino-espirituales para participar en el principio iniciático. El principio iniciático se presenta ante toda la humanidad en el Misterio del Gólgota, un acontecimiento que es al mismo tiempo sensible en el plano físico (si los hombres lo vieran) y suprasensible, un verdadero asunto de los dioses. Esto es lo esencial, que un dios pasó una vez por la muerte, como contrapartida a Lucifer, y que se permitió a los hombres contemplarlo. Esto es lo que el principio de iniciación da como sabiduría cristiana, y éste es el verdadero origen de la fe en que a los hombres, como hombres, algo puede fluir como una fuerza que puede llevarlos más allá de la esfera terrestre y más allá de la muerte; porque una vez los dioses resolvieron su asunto en la tierra y permitieron a los hombres mirar. Por tanto, lo que brota del Misterio del Gólgota es algo universalmente humano. Y si todo dolor, todo sufrimiento, toda muerte tiene su efecto (incluso los infligidos por los hombres a los animales) también esta muerte tiene su efecto. Esta muerte fue una semilla sembrada por los dioses; fue algo que permaneció ligado a la tierra, y ha permanecido ligado a ella desde entonces, permaneció ligado a ella de tal manera que todo hombre, por confianza, por amor a los mundos espirituales, la encontrará. Y lo encuentra.
El iniciado sabe que esto es así; el hombre creyente y confiado siente que de los mundos espirituales puede venirle ayuda para su esfuerzo, si tan sólo puede desarrollar suficiente creencia y confianza. Esto se desarrollará de una manera muy definida.

Hubo contemporáneos de los iniciados egipcios. A través de la iniciación, estos iniciados habían aclarado a sus alumnos toda la tragedia del conflicto de los dioses con Lucifer, presentando a los hombres simbólicamente en sus misterios el mito de Osiris-Set. Ayer mismo examinamos los sentimientos que el mito de Osiris-Set suscitaba en los egipcios. Allí vivía lo divino-espiritual a lo que los hombres deseaban llegar; se llamaba Osiris. Pero en la tierra el ser humano no puede unirse a Osiris; primero debe atravesar la puerta de la muerte. En la tierra Osiris no podía vivir; era inmediatamente desmembrado; éste no era el lugar para lo que estaba encarnado en Osiris. La última época cultural antes de la grecolatina miraba a Cristo, al principio de Osiris, como a un Más Allá. Luego vino la época griega, que estaba tan profundamente imbuida del sentimiento de que era mejor ser un mendigo en la tierra que un rey en el reino de las sombras. En la época en que esto todavía se sentía en Grecia, en la época de los antiguos héroes, los hombres sentían toda la discrepancia entre el yo, impregnado por el principio luciférico, y la organización humana progresiva. Los hombres sintieron entonces que el cuarto período de la cultura postatlante seguía su curso de tal manera que tenían que amontonar mucho de lo que el hombre puede experimentar aquí mismo en la tierra. De ahí lo anormal, lo singular, de este período. En ninguna otra época ocurren tantas series notables de encarnaciones como en este cuarto período. Los hombres tuvieron que hacer mucho aquí en la tierra, porque ahora miraban más a este mundo que a los mundos del más allá, como todavía lo había hecho la época de la tercera cultura. Los griegos no valoraban esta incorporación a Osiris; estaban más ocupados en embutir lo más posible en las encarnaciones humanas, querían sacar lo más posible de la encarnación. De ahí el hecho notable de que Pitágoras, el gran iniciador de cierta línea de la cultura griega, en una encarnación anterior había luchado como héroe troyano en el bando de los troyanos. Él mismo dice que fue un héroe troyano, mencionado en Homero, y que se reconoció enemigo de los griegos porque reconoció su escudo. Cuando Pitágoras dice que había sido Euforbo, la antroposofía enseña a comprender plenamente esta afirmación. Los griegos, incluso los más grandes, daban un valor especial a lo que significaban para ellos las encarnaciones físicas únicas.

Pero el cuarto período postatlante también tuvo que llevar a los hombres a sentir los mundos espirituales en toda su significación, pues en esa época cayó el Misterio del Gólgota. En la época en que los hombres de Grecia valoraban más el mundo exterior, ocurrió en un rincón desconocido del mundo el Misterio del Gólgota; en el escenario terrenal, donde por lo demás los hombres llevan a cabo sus asuntos humanos, los dioses llevaron a cabo sus propios asuntos.

Así como el egipcio aprendió a mirar hacia la muerte cuando pensaba en su Osiris, así el hombre aprendió a conocer, en el cuarto período postatlante, cómo estaba presente una forma religiosa contemporánea, en la que vivía el impulso que podía llevar a los hombres el sentimiento de que en este mundo físico tiene lugar algo que es realmente un asunto de los dioses; que allí tiene lugar la refutación viva de lo que los griegos habían creído hasta entonces: "Mejor ser un mendigo en la tierra que un rey en el reino de las sombras". Pues ahora los griegos aprendían a conocer a aquel que, como rey, había descendido del reino de los dioses, y, como mendigo, había vivido su destino en la tierra entre los hombres. Ésa era la respuesta al sentimiento del cuarto período pasado-atlante. Pero éste es también ese complejo de sentimientos del que pueden proceder los rayos para el futuro desarrollo terrestre. El egipcio había mirado a Osiris, que para él era el Cristo, para unirse con él después de la muerte; en el cuarto período post-atlante el hombre miró el Misterio del Gólgota como el acto contemporáneo que enseñó a los hombres que en el mundo físico había tenido lugar un acontecimiento que era asunto de los dioses.
Vivimos en el quinto período post-atlante. En nuestro quinto período post-Atlante los hombres añadirán las grandes enseñanzas del Karma a las otras enseñanzas, aprenderán a comprender su karma. En nuestro quinto período post-Atlante, los seres humanos están experimentando el tercer acto que sigue consecuentemente al acto de Osiris y al acto del Misterio del Gólgota. Aprenderán a captar la idea: "He sido puesto en la tierra por el nacimiento; mi destino está en la tierra; experimento alegría y tristeza; debo comprender que lo que experimento como alegría y tristeza no se acerca a mí en vano, que es mi Karma, y que viene a mí porque es mi Karma, mi gran educador. Miro aquello que fue antes de mi nacimiento, que me colocó en esta encarnación, porque esto, mi destino, es necesario para mi desarrollo ulterior. ¿Quién me envió aquí? ¿Quién continuará colocándome en esta tierra, en mi destino, hasta que haya cumplido mi Karma? Deberé esto al Cristo, que los hombres pueden ser llamados siempre más a sufrir sus destinos, hasta que hayan descargado su Karma en la tierra". Por eso Jesús de Nazaret, de quien habló el Cristo, no podía decir a los hombres: "Tratad de escapar lo más rápidamente posible del cuerpo físico"... sino que tenía que decir a los hombres: "Os colocaré en vuestros destinos en esta tierra mientras no hayáis descargado vuestro Karma. Debéis descargar vuestro Karma". Los hombres aprenderán, a medida que nos acerquemos al futuro, que estaban unidos a Cristo antes de nacer, que han recibido de él la gracia de descargar su antiguo Karma en las encarnaciones.

Así los hombres del cuarto período postatlante miraban a Jesús de Nazaret como el portador del Cristo. Así aprenderán los hombres de nuestro tiempo que el Cristo se revelará cada vez más supersensiblemente, y gobernará cada vez más los hilos del Karma en los asuntos de la tierra. Aprenderán a conocer ese poder espiritual como ese destino que los griegos aún no podían reconocer, que llevará a los hombres al punto de descargar su Karma de la manera más adecuada en las encarnaciones sucesivas. Como a un juez, como a un señor del Karma, los hombres mirarán al Cristo en la sucesión de encarnaciones, cuando experimenten su destino. Así los hombres estarán en tal relación con su destino, que serán estimulados cada vez más a profundizar sus almas, hasta que puedan decirse a sí mismos: "Este destino no me es asignado a través de un poder impersonal, este destino me es asignado a través de aquello con lo que me siento relacionado en lo más íntimo de mi ser. En el Karma mismo percibo lo que está relacionado con mi ser. Mi Karma me es querido porque me hace cada vez mejor". Así se aprende a amar el Karma, y entonces éste es el impulso para conocer al Cristo. Los hombres aprendieron primero a amar su Karma a través del Misterio del Gólgota. Y esto continuará más y más, y los hombres aprenderán más y más que sólo bajo la influencia de Lucifer la tierra nunca habría podido alcanzar su meta, que la evolución de la humanidad habría tenido que corromperse más y más sin el Cristo.

Pero el cristianismo no considera al Cristo como una personalidad, como el fundador de un sistema religioso abstracto. En nuestra época actual, el fundador de una religión, de acuerdo con las exigencias de nuestro tiempo, sólo trae discordias. La iniciación cristiana no procede de una personalidad, sino de un hecho, de un acto impersonal de los dioses que tuvo lugar ante los ojos de los hombres. Por eso este secreto del Gólgota, este acontecimiento que tuvo lugar al principio de nuestra era y del que salió la semilla de esta muerte única, la semilla de la que ahora crece el amor del hombre por su destino, por su Karma, ha sido transmitido a la humanidad de una manera especial.
Hemos visto que la muerte que el hombre inflige a los animales tiene una consecuencia determinada. La muerte en el Gólgota obra como una semilla en el alma humana que siente su relación con el Cristo. Así fue con el Misterio del Gólgota: Él murió, y al igual que una sola semilla se deposita en la tierra, con el fin de que muera y brote en el campo, y que haya un aumento de lo que procedía de la única semilla, así la muerte de un dios se realizó en la cruz. La semilla fue esparcida en el Gólgota, la tierra fue el alma humana; lo que brota son las relaciones del hombre con el Cristo suprasensible, que nunca más desaparecerá de la evolución de la tierra, que siempre aparecerá a los hombres de las formas más variadas. Así como los hombres pudieron verlo físicamente en la época del Misterio del Gólgota, así también podrán elevarse para ver en un futuro próximo una imagen etérica de Cristo; verán al Cristo como lo vio Pablo.
Lo que está contenido en la iniciación cristiana fue preservado en el símbolo del Santo Grial; fue llevado a esa comunidad que imparte la iniciación cristiana. Para los que reciben la iniciación cristiana lo que aquí se dice no es una teoría abstracta, no es una hipótesis, sino un hecho de los mundos suprasensibles. El cultivo de la iniciación cristiana fue confiado a los guardianes del Santo Grial y, más tarde, a los promotores de la comunidad de la Rosa Cruz. Lo que procede de la iniciación cristiana debe, según toda su naturaleza, obrar impersonalmente. Todo lo personal debe ser excluido de ella; porque lo personal sólo ha traído peleas y luchas a la humanidad, y lo hará cada vez más en el futuro. Por lo tanto, es una regla estricta para aquellos que, simbólicamente hablando, sirven al Santo Grial o, hablando literalmente, sirven al cultivo de la iniciación cristiana, que ninguno de los que tienen un papel dirigente de primer orden que desempeñar dentro de la hermandad del Santo Grial o de la comunidad de la Rosa Cruz -ni ellos ni los que viven en su entorno- puedan hablar de los secretos que conocen y que obran en ellos, antes de que transcurran cien años después de su muerte. No hay posibilidad de conocer toda la verdad sobre una personalidad destacada de la primera orden hasta que hayan transcurrido cien años desde su muerte.
Esta ha sido una ley estricta dentro de la comunidad Rosacruz desde su fundación. Exotéricamente, nadie sabe quién es un líder en la comunidad Rosacruz hasta que han pasado cien años después de su muerte. Entonces lo que ha dado ya ha pasado a la humanidad, se ha convertido en propiedad objetiva de la humanidad. Así, todo lo personal queda excluido. Nunca será posible señalar a una personalidad en un cuerpo terrenal como portadora del misterio cristiano. Sólo cien años después de la muerte de tal personalidad esto sería posible. Esta es una ley que todos los hermanos de la Rosa-Cruz observan bien. Nunca un hermano Rosacruz señalará a una personalidad viva como líder de primer orden en relación con aquello que, como iniciación cristiana, debe fluir hacia la humanidad. En la antigüedad se podía señalar proféticamente a los que vendrían: Los profetas eran precedidos por sus precursores, sus profetas, y estos profetas señalaban a los fundadores de las religiones que vendrían más tarde; en la época de Jesús de Nazaret los contemporáneos, por ejemplo el Bautista, señalaban a aquel que era su contemporáneo; pero la organización espiritual de la humanidad, después del Misterio del Gólgota, se alteró necesariamente de tal manera que ya no puede ser la manera del profeta señalar a una personalidad que vendrá o que ya está presente. Por el contrario, una persona que fue portadora del misterio cristiano, de ese hecho espiritual que es probado por los corazones de los hombres, será señalada por primera vez cien años después de que haya pasado del plano físico a través de las puertas de la muerte.

Todas estas cosas no suceden por capricho humano, sino porque deben suceder. Deben suceder porque la humanidad se encuentra ahora ante una época en la que el amor, la paz y la comprensión deben difundirse en el proceso de desarrollo de la humanidad. Pero sólo se extenderán si aprendemos a tomar impersonalmente lo que está presente, si aprendemos a defender el elemento de verdad que ha sido dado a la humanidad en el curso de la evolución humana. Nunca más, si como occidentales nos encontramos con un budista, trataremos de convertirlo en cristiano mediante la persuasión o la compulsión; porque creemos que lo que le ha sido dado, y que es lo más profundo de su religión, seguramente lo conducirá al Cristo. Creemos sobre todas las cosas en su propia verdad; no heriremos los sentimientos del budista diciendo que no es verdad que el fundador de su religión, después de haber vivido entre los hombres como Bodhisattva, no tiene como Buda ninguna expectativa de más encarnaciones físicas. Así establecemos la paz entre las confesiones religiosas. De este modo, en el futuro el cristiano comprenderá al budista, y el budista comprenderá al cristiano. El budista que comprenda al cristianismo dirá: "Comprendo que el cristiano haga de su principio religioso algo impersonal, un hecho impersonal, el hecho del Misterio del Gólgota, un asunto de los dioses que el hombre puede contemplar y a través del cual puede recibir lo que puede conectarle con lo divino". Ningún budista razonable vendrá al cristiano y le dirá que el Cristo puede encarnarse en un cuerpo físico. Por el contrario, vería en ello una transgresión del verdadero principio religioso. Y así no se traerá al mundo ninguna nueva confesión productora de discordia con un líder religioso de tipo personal, sino que el propio principio iniciático con su paz, su armonía, su manera de producir comprensión, se encontrará con todas las religiones con comprensión vivificante, y no querrá imponer la verdad de una religión sobre otra. Como respondería el budista oriental al occidental que le dijera que el Buda podía aparecer en un cuerpo de carne: "Entonces no entiendes el asunto, no sabes lo que es un Buda", así el budista que hubiera captado el verdadero corazón del cristianismo, y que defendiera el conocimiento espiritual con seriedad y dignidad, respondería a quien le hablara de un Cristo encarnado en la carne: "No entiendes el cristianismo si crees que el Cristo vuelve en un cuerpo físico; entiendes el cristianismo tan poco como entiende el budismo quien cree que el Buda aparecería en un cuerpo carnal". Lo que el cristiano, si es antroposófico, concederá siempre al budista; esto el budista, si es antroposófico, concederá siempre también al cristiano. Y así con todos los adeptos de todas las confesiones religiosas de la tierra. Así la antroposofía traerá la gran y comprensiva unión, la síntesis de las confesiones religiosas de la tierra.
Traducido por J.Luelmo abr.2023