Mostrando entradas con la etiqueta Cristo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cristo. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de diciembre de 2024

GA209 Berlín, 7 de diciembre de 1921 -La conciencia del Dios Padre y la conciencia del Cristo

      Índice

La conciencia del Dios Padre y la conciencia del Cristo

RUDOLF STEINER


 Berlín, 7 de diciembre de 1921

Lo que tendremos que tratar hoy guardará cierta relación con lo que pude decir aquí la última vez y, por tanto, también guardará relación con algunas de las cosas que supe en aquellas intervenciones. Hoy quisiera hablar del materialismo de las confesiones religiosas contemporáneas, pero quisiera hacerlo en relación con cierto aspecto del problema de Cristo. Precisamente en relación con el problema de Cristo comienzan a surgir toda una serie de malentendidos acerca de la investigación antroposófica, y aunque no es de esperar que estos malentendidos sean disipados por quienes los revelan con cierto interés, de ello puede depender mucho para otros.

A lo largo de las fases más recientes del desarrollo de la civilización occidental, hemos experimentado todo tipo de inclinaciones hacia cosmovisiones claramente ateas. Mi tarea hoy no pretende señalar los diversos matices del ateísmo tal y como ha aparecido; sin embargo, me gustaría llamar la atención sobre algo que es una base común de cualquier visión atea del mundo. Se trata de un fallo a la hora de examinar de dónde procede realmente el contenido de la conciencia de Dios. La conciencia de Dios no puede provenir únicamente de la contemplación de la naturaleza externa, sino de toda la coexistencia del hombre con la naturaleza externa, con el mundo sensorial. Quizá parezca paradójico decir que la conciencia de Dios debe proceder de la coexistencia del hombre con el mundo sensorial. Sin embargo, esta conciencia de Dios, no debe tomarse como la culminación de un momento, por así decirlo, sino como el contenido de la vida en la tierra durante el período que va desde el nacimiento hasta la muerte. En esta vida terrenal sentimos en primer lugar que pertenecemos a la naturaleza por herencia. Hemos entrado en esta existencia terrenal como seres humanos físicos a través de procesos puramente naturales. A medida que transcurre nuestra existencia terrenal, nos damos cuenta de un cierto desarrollo de aquello que nos ha llegado a través de nuestro nacimiento en esta existencia. Ahora se trata de si somos lo suficientemente cuidadosos, -naturalmente no lo digo sólo desde el punto de vista del intelecto, sino también desde el punto de vista del sentir y de los impulsos de la voluntad que también tenemos y debemos experimentar allí-, de si obtenemos un cierto desempeño de nuestra conciencia por convivir con el mundo sensorial exterior en el transcurso de nuestra existencia terrena. Sin embargo, si mediante la experiencia vulgär, resumimos únicamente todo lo que el mundo de los sentidos puede darnos, nunca llegaremos a sentir nuestra plena naturaleza humana si no pensamos en el mundo de los sentidos y en lo que puede ser junto con nosotros de un modo espiritualizado. Por muy cuidadosamente que examinemos todos los secretos que el mundo sensorial exterior puede darnos a través de la percepción sensorial, nunca podríamos llegar a comprender el hecho de que el ser humano también está inmerso en este mundo sensorial. Pero como nosotros, como seres físicos terrenales, hemos surgido no obstante de este mundo de los sentidos, pero nunca podemos encontrarnos comprensibles como seres humanos a partir de sus ingredientes, entonces para una conciencia sana se deduce sencillamente que esta conciencia se cumplimenta con la existencia de Dios o con la percepción de la existencia de Dios.

A pesar de sus grandes y amplios éxitos, esto es precisamente lo que la ciencia natural moderna ha aportado a la humanidad: puesto que no quiere reconocer la existencia espiritual como tal dentro del mundo sensorial, en cierta medida elimina al ser humano de la existencia global que quiere abarcar. Ya he expresado esto ante ustedes diciendo: Si nos fijamos, por ejemplo, en la teoría del desarrollo de los últimos tiempos, -en muchos aspectos enorme-, en realidad no la encontramos tratando del hombre como «hombre», sino como la conclusión, por así decirlo la coronación del mundo animal. Si preguntamos a la ciencia natural, tal como es hoy, sobre la naturaleza del hombre, en realidad no nos responde, si la entendemos correctamente. Sólo responde a la pregunta: ¿Cuál es el más elevado de los animales? En otras palabras, sólo considera al hombre en relación con su condición de animal. Tiene razón en muchos aspectos en lo que tiene que decir al respecto, pero al hacerlo sitúa al hombre, por así decirlo, fuera de la esfera de su consideración. No puede responder a la pregunta sobre la naturaleza del hombre con sus medios, es más, sólo puede entenderse a sí misma correctamente si declara que esta pregunta sobre la naturaleza del hombre queda fuera de su ámbito.

Por supuesto, esto es sólo una referencia al sentimiento que se desprende de la totalidad de un ser humano sano, que precisamente en la medida en que se ve a sí mismo en conexión con la totalidad de la naturaleza, debe llegar realmente a la conciencia de Dios, pero inicialmente sólo a la conciencia de Dios, no a la conciencia de Cristo.

Ahora bien, una persona que hace uso de su sano juicio, de su sana sensibilidad, no puede ser atea. Ya lo he expresado aquí diciendo que, aunque no todas las enfermedades leves puedan diagnosticarse por medios ordinarios, está claro para cualquiera que sepa distinguir entre una persona sana y una enferma que el ateísmo sólo puede encontrar su lugar en una disposición patológica de la naturaleza humana en su conjunto. Por lo tanto se puede decir: Negar a Dios en realidad es el resultado de estar enfermo. Pero ahora se trata de lo siguiente: En la época actual de la evolución humana llegamos a esta conciencia de Dios, yo diría que sólo de manera vacilante, dudosa, si pasamos por alto todo; pues aquí hay que llamar la atención sobre una deficiencia importante de nuestra pedagogía actual, esa deficiencia que, por ejemplo, el movimiento de las escuelas Waldorf quiere corregir. Cuando se habla de la decadencia de la civilización actual, no se puede ignorar realmente el movimiento juvenil actual. Este movimiento juvenil significa mucho más de lo que se suele pensar, y considero algo extraordinariamente significativo que en una serie de actos recientes organizados por nuestro movimiento antroposófico, entre ellos el último Congreso de Stuttgart, un número considerable de miembros del movimiento juvenil se reunieran y tomaran realmente la decisión muy positiva de unirse a lo que quiere la corriente espiritual antroposófica, también desde el punto de vista del movimiento juvenil. Se puede pensar lo que se quiera sobre los detalles de este movimiento juvenil, pero hay que advertir que en una gran parte de nuestra juventud se ha desvanecido la autoridad hacia la generación de más edad, que se supone que es el líder de la juventud. Aunque uno pueda decir muchas cosas críticas sobre la juventud actual, no puede evitar darse cuenta de ello: Cuando los jóvenes dicen que ya no pueden reconocer la autoridad, tal y como la encuentran, la culpa de ello no puede atribuirse sólo a la juventud, sino que debe atribuirse a la edad que se supone que es quien lidera a la juventud. Hace poco, durante una conferencia que di en Aarau (Suiza), se habló precisamente de la falta de autoridad de los jóvenes de hoy. Al final de la conferencia, apareció un representante religioso y regañó a la juventud de hoy. Pero esta regañina no sirve de mucho ante algo tan elemental. Hay que entender las cosas. Fue interesante cuando un chico muy joven de la propia escuela cantonal, -la escuela cantonal de allí es en realidad una escuela secundaria-, se levantó después y, en mi opinión, pronunció el mejor discurso del debate. Se levantó con mucho ardor y dijo: «Queremos autoridad, en realidad ansiamos autoridad, pero cuando miramos a los ancianos, ¿Acaso vemos otra cosa que no sea que ninguna autoridad puede venir de estos ancianos?

Los vemos pelearse en cada ocasión, enfrentados. - Y luego enumeró todo tipo de cosas que los jóvenes notan en los ancianos de hoy, y finalmente dijo:

¡Ansiamos autoridad, pero no podemos tenerla!

Pero si uno ve a través de lo que se trata todo esto, encontrará que la civilización actual se ha vuelto altamente intelectualista, que en realidad todo lo que se considera a sí mismo como guía y autoridad hoy en día se ha vuelto intelectualista, puramente intelectual. Básicamente, la ciencia natural y la cultura intelectual van juntas. La ciencia natural es lo objetivo, la cultura intelectual lo subjetivo. Pero la cultura intelectual, el intelectualismo, sólo se da de forma natural a cierta edad. De niño no se puede ser intelectualista. Los niños no son intelectualistas. En realidad, el intelectualismo sólo puede aparecer tras la madurez sexual. Y como la humanidad ha crecido completamente en el intelectualismo, hoy todo está dominado por él. Los que hoy suelen rechazar el intelectualismo y arremeten contra él, lo hacen sobre todo por un tipo distinto de intelectualismo. Hoy, todos los que reivindican el intelectualismo son abstraccionistas. Pero el intelectualismo sólo nos llega realmente a una edad más avanzada, y como estamos abrumados por él, los niños ya no nos entienden y ya no pueden tener nada que ver con las formas de pensamiento que adoptamos bajo la influencia del intelectualismo, y nosotros mismos ya no sentimos lo que absorbíamos cuando éramos niños. La edad infantil ya no está plenamente viva en nosotros. Nos hemos intelectualizado tanto que el niño ya no desempeña ningún papel en nosotros. Pero no podemos ser pedagogos, educadores, al haber sido completamente abandonados por lo que nosotros mismos experimentamos de niños. Así que ya no sabemos qué decir a los niños y éstos crecen sin ningún cuidado especial por su ser. Declamamos que debemos ser descriptivos, pero lo descriptivo es sólo el lado objetivo del intelectualismo. De este modo creamos un abismo entre nosotros y la juventud, y esto es lo que encontramos en el movimiento juvenil. Pero, de nuevo, con sólo criticar el intelectualismo no se logrará nada. Al fin y al cabo, ha sido un fenómeno necesario en la civilización occidental de los últimos tres a cinco siglos, en realidad desde los siglos XIII al XV. Fue necesario que surgiera para que la humanidad pudiera vivir realmente el impulso de la libertad. De modo que no se trata sólo de criticar el impulso intelectualista, sino de comprenderlo correctamente, para poder luchar por un desarrollo ulterior hacia algo distinto de la vertiente intelectualista precisamente a través de esta comprensión.

Y ahora debemos decir: ¿Cuál es la esencia de este intelectualismo? En realidad ya se indica al señalar la conexión entre este intelectualismo y el sentimiento de libertad. Y el sentimiento de libertad es a su vez inconcebible sin el pleno desarrollo del Yo humano. En realidad, es el desarrollo del yo lo que ha surgido en cierto modo en los últimos tiempos en la humanidad y que desde el alma consciente se apodera del yo. Esto es lo esencial que da el impulso a la civilización occidental más reciente. Pero este yo, del cual el hombre es plenamente consciente desde hace tres, cuatro, cinco siglos, sólo puede provenir inicialmente del cuerpo humano. La experiencia del yo entre el nacimiento y la muerte sólo puede provenir del cuerpo humano; esto puede comprobarse en particular a través de la investigación espiritual antroposófica.

Uno de los momentos más importantes para toda la vida después de la muerte es el momento mismo de morir. Este momento de la muerte, por supuesto, sólo es conocido por el ser humano terrenal en su aspecto externo. En el aspecto interno él debe reconocerlo a partir de aquella conciencia que el propio muerto tiene entre la muerte y un nuevo nacimiento. Que esto se produzca más o menos tarde después de la muerte no debe preocuparnos ahora. Hoy queremos poner ante nosotros en general la conciencia que el hombre tiene entre la muerte y un nuevo nacimiento. Esta conciencia depende absolutamente del hecho de que el hombre tenga una impresión extraordinariamente significativa en el momento de la muerte. Tengan ustedes en cuenta que durante toda la vida entre el nacimiento y la muerte el hombre sale de su cuerpo físico y etérico sólo con su yo y su cuerpo astral, es decir, en estado dormido; de modo que durante la vida entre el nacimiento y la muerte hay una conexión constante e ininterrumpida entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico. Al morir, el ser humano abandona el cuerpo físico es decir la conexión con su cuerpo etérico se interrumpe, -como ustedes saben, permanece junto a su cuerpo etérico durante días-, de modo que sólo tiene esta experiencia de su cuerpo físico completo en el momento de la muerte. Si se quiere tener conocimiento de algo, no se puede tener de otra manera que teniendo la cosa a conocer fuera de uno mismo. Así como no se ven los elementos que componen nuestro ojo, sino que sólo se ve lo que está fuera del ojo. Así tampoco se ve nada de lo anímico-espiritual que se tiene dentro. Hay que salir primero de uno mismo con la parte anímico-espiritual del propio ser, para luego mirar desde el exterior al propio cuerpo, (físico). Esto sucede en el momento de la muerte en relación con la separación del cuerpo etérico y el cuerpo físico. Cuando una persona se duerme, en realidad nunca tiene una visión consciente y completa de sus cuerpos físico y etérico. Ambos permanecen atrás al quedarnos dormidos. Esta es la razón por la cual, cuando se alcanza la conciencia visual en el dormir, sólo puede ver la cabeza humana y la parte del torso, y que en realidad no puede ver las extremidades humanas en el dormir ordinario. Sólo en la muerte, Al morir, existe el momento en que el hombre se tiene a sí mismo completamente ante sí, al igual que si fuera un objeto, en relación con su cuerpo físico, y esta impresión permanece todo el tiempo desde la muerte hasta el nuevo nacimiento, me gustaría decir, como el final de la perspectiva en la que uno mira hacia atrás después de la muerte. Este momento de morir lo ve uno, porque si no tuviera al yo como objeto, no se reconocería a sí mismo como un yo, carecería de yo, en el sentido de que aquí en el mundo físico, se posee aquello que uno trae a la conciencia, a saber, el cuerpo físico completo, como objeto de cognición ante sí mismo en el momento de morir. Esta tremenda impresión que uno puede decirse a sí mismo: Lo que tu conciencia del yo te ha dado, tu cuerpo físico completo, total, ¡que has visto en el momento de morir! Esto permanece y forma el contenido de la conciencia del yo entre la muerte y el nuevo nacimiento, donde todo se vuelve temporal, donde en cierto sentido lo espacial ya no existe. Después de la muerte se mira hacia atrás desde ese punto y es visto como un punto importante, como el final de la perspectiva, -la dirección continúa después, pero en el momento de la última muerte, ese momento de morir-, se produce el destello. Este destello actúa como un «enlace temporal», me gustaría decir, después de la muerte, al igual que el organismo físico espacial proporciona la conciencia del yo entre el nacimiento y la muerte. De modo que podemos decir: La conciencia del yo aquí en la vida terrestre proviene en realidad del cuerpo físico.

Ahora nos ocurre lo siguiente. A través de nuestros sentidos contemplamos la naturaleza exterior. Vemos los tres reinos de la naturaleza exterior: el mineral, el vegetal, el animal y el reino físico humano. Vemos nubes, ríos, montañas, estrellas, etcétera. Todo cuanto allí se ve puede considerarse «naturaleza», y lo que allí se ve también suministra continuamente los elementos, sustancias que también penetran en el organismo humano, tanto el físico como el etérico. Con la alimentación son absorbidas las sustancias del mundo físico-sensorial. Estas sustancias despliegan sus poderes y actividades físico-químicas incluso cuando están en el organismo humano. El ser humano es, por así decirlo, en lo que se refiere a su organismo físico, lo que toma de la naturaleza externa. Los minerales, las plantas y los animales tienen, si se me permite la expresión, derecho a ser «naturaleza». Pero cuando lo que contienen tales sustancias entra en el organismo humano con el alimento, la respiración, etc., se convierten en algo distinto de la naturaleza. Luego, en el organismo humano devienen de tal manera que se puede decir: Aquello que vive en la naturaleza no debe poder seguir siendo naturaleza, si el hombre ha de seguir siendo «hombre». Los seres de la naturaleza sólo tienen derecho a ser naturaleza fuera del hombre; dentro del hombre la naturaleza se convierte en un elemento destructivo. Allí se convierte en aquello que continuamente quiere disolver al ser humano y que también le inflige fuerzas anímicas que obran en pro de la destrucción.

A este respecto, las antiguas conciencias instintivas de la humanidad sabían ver mucho mejor que el intelectualismo actual. El intelectualismo actual parte de conceptos, no de hechos, y cuando los hechos no concuerdan con los conceptos, reinterpreta los fenómenos para ajustarlos a sus conceptos. Hoy no se habla de que las plantas, los animales y los seres humanos lleguen a su fin, sino que se dice que hay que investigar la muerte. El hecho de que el fin de las plantas, el fin de los animales, el fin de los seres humanos pueda ser algo completamente distinto, que no pueda resumirse bajo el concepto común de «muerto», es algo que hoy nadie considera. Para el mundo actual, si se llama la atención sobre estas cosas, devienen grotescas y paradójicas. Pero definitivamente es así en este aspecto. Hoy alguien dice: Un cuchíllo es un cuchíllo, -y luego coge una navaja y quiere cortar su carne con ella, porque- ¡un cuchíllo es un cuchíllo! Hoy en día, cuando la gente cree tener los dos pies en el suelo, es importante darse cuenta de que la realidad no puede alcanzarse con conceptos abstractos. El intelectualismo no lo tiene en cuenta, porque parte de conceptos en lugar de hechos. Por eso tampoco se da cuenta de lo justificado que estaba hablar, -partiendo de niveles de conciencia más antiguos-, de que la naturaleza en sus efectos y procesos, al seguir existiendo en el hombre, pierde el derecho a seguir siendo naturaleza, sino que tendría que transformarse, y que ésta, en el hombre, si quiere conservar su validez como naturaleza, se convierte en «pecado». El concepto de pecado en relación con los fenómenos naturales ya no existe. No se ve el puente entre lo natural y lo que está arraigado en el hombre como anímico-espiritual. Los animales, las plantas y los minerales es correcto que sean naturaleza fuera; lo que entra en el hombre procedente de ellos, debe ser transformado por el hombre, pues si permaneciera como naturaleza se transformaría en algo destructivo. Es decir, si es mera naturaleza y el hombre no tiene poder para transformarla, se convierte en enfermedad, y al ser impartida al alma, en pecado.

Cuando una persona que analiza sin prejuicios su relación con el mundo de los sentidos se pone en situación consigo misma y considera todo lo que se puede tener en cuenta, debe decirse lo siguiente: Si miro a la naturaleza y considero en primer lugar mi procedencia de ella, entonces no puedo ser ateo. Pero, por otra parte, precisamente como hombre del presente, como hombre de la época más reciente, no puedo dejar de atribuir mi conciencia del yo al mero cuerpo físico, a la existencia natural dentro de mí. Lo que expreso aquí en mis pensamientos está ciertamente presente en los sentimientos y emociones de toda persona sana de hoy que no tema llegar al autoconocimiento. Si sólo por miedo o conveniencia, él no evita mirar en su propio ser interior, llega a este dilema diciéndose a sí mismo: Si yo me considero un ser de la naturaleza, que he surgido de la naturaleza, entonces, en la base de todo el mundo, que también me contiene, tiene que haber un ser de Dios. Pero, en realidad, este sano sentimiento se contradice con el desarrollo moderno del yo, pues éste sólo puede provenir de la existencia natural del cuerpo físico y, -como les he mostrado-, incluso a través de la impresión que la muerte produce en el hombre. A consecuencia de esto resulta que instintivamente, el hombre moderno debe dudar de la conciencia de Dios, pero no porque algo en la contemplación de la naturaleza le aleje de la conciencia de Dios, sino porque el hombre de la época actual, teniendo en cuenta la totalidad de su ser en términos de cuerpo, alma y espíritu, no puede estar completamente sano a causa de su conciencia del yo. Pues: La naturaleza en el hombre, si permanece tal como es y tiene influencia sobre el alma, significa algo patógeno, y sobre el alma tiene la influencia de la aberración, de la pecaminosidad.

Por supuesto, no debe uno adoptar una visión filistea de esto, sino que debe mantener ante sus ojos los hechos, tal y como se presentan desde la existencia. Dicho de otro modo: Si nos remontamos a la antigüedad, cuando aún no existía la conciencia del yo, la existencia de Dios siempre se la representaba bajo el concepto del Padre, independientemente de si se la representaba modificada hacia un lado o hacia el otro. La existencia de Dios no podía representarse de otra manera que como una existencia de Dios única, que abarcaba más o menos el universo, que se intentaba captar desde el concepto del Padre; y como la conciencia del yo no existía todavía, puesto que sólo puede surgir de lo natural, nada perturbaba esta conciencia del Padre. En realidad, el hombre moderno sólo puede tener esta conciencia del Padre si amortigua su yo y retira algo de sí mismo, tal vez mediante el fortalecimiento moral, pero que, sin embargo, debe surgir con el desarrollo de la libertad, con el desarrollo de la humanidad moderna. Por eso el hombre, tal como vive hoy, no puede contentarse realmente con la conciencia única, con la conciencia del Padre. Debe decir: Tendría esta conciencia paterna si aún pudiera ser instintivo como la humanidad que existía antes de que se desarrollara el sentido elevado del yo. Pero como ser humano del presente, esta conciencia del yo me impide enfrentarme plenamente a la conciencia del padre en dependencia de ella.

Ocurre lo que el hombre moderno puede muy bien experimentar reflexionando sobre su yo, cuando se da cuenta de que el yo, si no tiene el cuerpo, se extingue. Al dormirse se extingue, en cambio en la muerte sólo se mantiene gracias a que tiene la visión del cuerpo en el momento de la muerte. El hombre sabe que precisamente debido a su conciencia del yo se aleja de la conciencia divina del Padre. Pero debe sentir esto como algo morboso, y si lo siente como morboso de la manera correcta, surge para él el impulso que le conduce al Cristo que está presente hoy. A la conciencia del Padre tendrá que añadírsele la conciencia del Hijo a partir de la experiencia anímica interna. Esta conciencia de Hijo sólo puede entrar en nosotros a través de una acción libre. Y esto hemos de reconocerlo: Si el ateísmo es en realidad un síntoma de enfermedad, entonces lo que puede llamarse agnosticismo hacia el Misterio del Gólgota, agnosticismo sobre todo hacia el Cristo actual, ¡es una desgracia, una fatalidad! No es necesario estar completamente sano para ser abandonado por la conciencia del Padre, -pero en este sentido la humanidad moderna no está completamente sana-, sino que es necesario un acto de búsqueda del espíritu Crístico libre si se quiere llegar hasta el Cristo. 

Para ello son absolutamente necesarias dos experiencias: Una es la conciencia del Padre, pero debo decir que en el actual desarrollo de la humanidad existe una conciencia nublada del Padre. Si no hubiera adquirido la conciencia del yo en el curso del desarrollo humano, la conciencia del Dios Padre estaría allí; pero debido a que surge la conciencia del yo, y ésta debe surgir a partir de lo que, abandonado a sí mismo, está enfermo en el ser humano, la conciencia del Padre divino está nublada por el momento, y uno debe llegar a la conciencia del Cristo a través de un acto libre, que es diferente de encontrar al Padre. 

Estas dos experiencias, como ya he indicado aquí, no se distinguen entre sí en la civilización occidental. Precisamente en Solovyov encontramos que él, desde otro tipo de conciencia, distingue estrictamente la conciencia del Padre de la conciencia del Hijo. En Occidente ambas se diferencian tan poco que un relato autorizado de la naturaleza del cristianismo podría incluso decir: No es el Hijo quien pertenece a los Evangelios, sino sólo el Padre, el Hijo en realidad sólo como el Maestro del Padre. - Así pues, no hay conciencia de que se puedan tener dos actos de experiencia: uno hacia la experiencia del Padre, que hoy está enturbiada, y otro hacia el Hijo. Si bien, cuando se tiene esta experiencia del Hijo, al principio sólo se llega a un encuentro presente con el Cristo, y todo el mundo puede llegar a este encuentro presente con el Cristo, por así decirlo al Cristo eterno, desde la relación subjetiva del presente. Pero quien rechaza el encuentro presente con el Cristo y vive dulcemente como en la época anterior de la humanidad, no alcanzará esa constitución interior que le lleva al encuentro con el Cristo. Pero el que siente realmente lo que el tiempo más nuevo puede darle, llegará a ese acto interior de encuentro con el Cristo y probará así que el Cristo está ahí.

Pero el Cristo histórico aún está por investigar. Hoy en día, en la era del materialismo, también debemos tener la oportunidad de mirar la historia desde un punto de vista diferente del que es posible para la conciencia externa. Debo hacer notar algo que debe observarse estrictamente. Esta iluminación dirigida hacia los mundos superiores suele tomarse de forma demasiado externa. La gente todavía presta muy poca atención al hecho de que quienes hablan de los mundos superiores deben hablar en realidad en un estilo diferente al de quienes hablan del mundo físico, y no sólo en un estilo exterior diferente, sino en un estilo interior diferente. Cuando vivimos aquí en el mundo físico y permitimos que este mundo tenga un efecto sobre nosotros, distinguimos, para la conciencia actual, entre lo correcto y lo incorrecto lógicamente, diría yo; también lo llamamos verdadero y falso. Y examinamos si algo es correcto o incorrecto, verdadero o falso, según razones lógicas o externas de la realidad. Pero precisamente así es como nos adentramos en la abstracción, en la vida intelectualista. Pues todo discernimiento lógico, sobre si algo es verdadero o falso, se basa en conceptos abstractos cuando sólo se toma como base la percepción sensorial externa, en observación o experimento. Sin embargo, cuando conocemos algo, nos movemos en conceptos abstractos. Cuando ascendemos a los mundos superiores, ya no podemos conservar la misma abstracción de conceptos. Allí todo se vuelve mucho más vivo, y se asemeja a lo viviente, no meramente a lo pensado. Por lo tanto, quien contempla los mundos superiores no debe limitarse a hablar de verdadero o falso, de correcto o incorrecto -¡claro que debe hacerlo! - sino que deben, por ejemplo, hablar de algo que está bien aquí en su reflejo en el mundo físico como algo sano, y de algo que está mal aquí en su reflejo deben hablar de ello como algo enfermo. No es adecuado en absoluto para el mundo superior contiguo que hablemos de verdadero y falso; allí nos encontramos por doquier con lo sano y lo enfermo, lo sano y lo malsano. Quienquiera, por lo tanto, que hable de los mundos superiores con respecto a la lógica abstracta como lo hace del mundo físico, muestra con esto que no tiene ninguna concepción real de los mundos superiores.

Ahora, sin embargo en el desarrollo histórico de la humanidad, ocurre algo muy peculiar. Si lo observamos imparcialmente, nos muestra épocas antiguas llenas de sabiduría, y si tenemos un sentimiento sano, sentiremos una profunda reverencia por la sabiduría original de estas épocas más antiguas. Si, por ejemplo, observamos los orígenes de lo que se ve reflejado en los Vedas, en la filosofía Vedanta, veremos que se basa en una sabiduría tan profunda: Ha sido extraída y revelada de una sabiduría tan profunda que uno debe sentir la más profunda reverencia por ella. Esta sabiduría primordial de la humanidad se aborda de forma diferente a la erudición abstracta de hoy en día. Pero cuanto más avanza la humanidad en su desarrollo, más y más se paraliza esta sabiduría primigenia, por así decirlo, y vemos que la parálisis más fuerte de esta conciencia humana más original, más llena de sabiduría primigenia, se da en aquella época en la que tiene lugar el Misterio del Gólgota. No es necesario tener en cuenta los documentos externos, en la medida en que estos documentos, como los Evangelios, hablan literalmente del Misterio del Gólgota. Basta con observar con una mirada imparcial pero ahora más elevada, el desarrollo histórico de la humanidad, y cuanto más atrás se mira, más y más oscura se vuelve esta sabiduría primordial en la mente humana. Lo que entonces se expresaba plenamente en el siglo XV ya se insinuaba en las épocas griega y latino-romana. En el fondo, la humanidad sólo tiene tradiciones de sabiduría primordial, ya no la experimenta, y se anuncia lentamente lo que después emerge como plena conciencia del yo. A este respecto, nuestra ciencia externa ha avanzado realmente poco hacia lo que hay que estudiar precisamente en esta época, en la que, por otra parte, se inscribe el Misterio del Gólgota. Hay tremendos problemas cuando miramos hoy, por ejemplo, el alfabeto griego, donde las letras todavía tienen nombres, alfa, beta, gamma, y seguimos el camino hacia el posterior alfabeto latino, donde ya no tienen nombres. Estas transiciones, que son profundamente indicativas de estados de desarrollo histórico, no se tienen en cuenta en absoluto. Por ejemplo, no se presta atención a lo que significa realmente nuestra palabra «alfabeto», que sigue tomándose del griego. Si se investiga esto, y una verdadera ciencia lingüística podrá investigar estas cosas, resultará que el alfa griego expresa básicamente lo mismo que se expresa en el Antiguo Testamento con las palabras: En el hombre se insufló el aliento vivo -de modo que se verá en el aliento, en el soplo, lo que inicialmente hace al hombre. Una vez que se examina la palabra Alfa, que es una palabra, se verá que ¡es el hombre! ¡Es el ser humano! La primera letra del alfabeto no es otra cosa que la expresión del hombre. Y la beta es la «casa», y el principio del alfabeto es: El hombre en su casa. - Esta visión del alfabeto se perdió por completo en épocas posteriores, cuando el intelectualismo se desarrolló cada vez más. Las letras sólo servían para distinguir cosas externas. Lo que yacía en la revelación de la sabiduría primordial se desprendió, la «palabra» de la revelación primordial se exteriorizó, y ya no se comprende lo que le fue revelado a la humanidad en las letras, e incluso en las palabras. En las logias y órdenes tradicionales de hoy en día, se habla de la «palabra oculta» en todas partes, pero la humanidad sabe muy poco de lo que esta palabra oculta tenía de realidad, de cómo el propio alfabeto hablaba de la palabra oculta, y de cómo se ha difuminado y fragmentado.

Por supuesto, también podría partir de otra cosa para mostrar el tan profundamente incisivo impulso de desarrollo qué hubo en la época de la civilización griega y latina. Cómo la civilización griega intentó ayudarse a sí misma a través de un arte especial para superar esta, yo diría, enfermedad que surgió en la humanidad es palpable para cualquiera que quiera verlo. Sólo me gustaría llamar la atención sobre una cosa.

Hoy en día, cuando la gente habla de teatro, por ejemplo, piensa que es algo para mirar, algo que forma parte del lujo de la vida. Se mira y luego se dice que es bello. Los griegos, sin embargo, tenían la idea de la catarsis, de la purificación, de depuración como lo más importante en el drama. Era algo que no sólo significaba un proceso externo, fantástico, sino que también apuntaba claramente a sus orígenes médicos. La catarsis es la crisis que se supera, y a través de la tragedia de los griegos el alma entraba en crisis, de modo que experimentaba una purificación en la vivencia del miedo y la piedad al ser sometida a los efectos de estas fuerzas opuestas a lo largo del drama. El griego no concebía su arte en un sentido filisteo, sino más bien curativo. Pues aún percibía la actividad de una sabiduría primordial. Para él aún existía una sabiduría primordial sana, pero con el tiempo se paralizó y se produjo una especie de proceso enfermizo. El griego quería expresar con su arte, -Nietzsche lo intuyó, se puede leer en su libro «El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música»-, algo así como: hay algo que curar en la humanidad. Y los terapeutas, los esenios, suponían en todas partes que había algo que curar en la humanidad. Y si el Misterio del Gólgota no se hubiera producido en la humanidad, si viviéramos hoy de tal manera que yo tuviera que hablar sin que el Misterio del Gólgota estuviera presente, sólo podríamos señalar un proceso de enfermedad en la humanidad. De modo que con respecto al Misterio del Gólgota se nos aclara algo cuando aplicamos los términos sano y enfermo en relación con la historia de la humanidad. Esto es lo importante:

Ustedes pueden aplicar todos los conceptos de lo correcto y lo incorrecto, pero en el trascurso de la evolución llegarán a un punto en el que tendrán que ver las cosas de otra manera. Porque cuando se adentren en la época griega, llegarán a un momento en que la humanidad ha enfermado y la salud emana del Misterio del Gólgota. Los terapeutas ya lo señalaban y decían: «Está surgiendo el gran terapeuta, el Salvador, que ha de curar a la humanidad en sentido literal. Sólo es cuestión de profundizar lo suficiente en el transcurso del desarrollo humano y no detenerse en los habituales conceptos abstractos, sino captar la vida histórica con conceptos médicos, según las categorías de sano y enfermo.  Entonces se comprenderá la necesidad de un proceso de curación y se comprenderá también cómo interviene el «salvador», -éste no es un término diferente del de «terapeuta»-, en la humanidad. Entonces se comprenderá que en el desarrollo de la humanidad en la tierra tiene que intervenir algo que no podía hacerlo a través de las mismas fuerzas que antes estaban presentes en la humanidad. Tuvo que venir un nuevo impulso extraterreno para sanar a la humanidad.

Así es como se puede mirar el desarrollo histórico y así es como hay que mirarlo cuando, sin entrar en el contenido de los documentos históricos, sólo se mira la configuración de cómo se ha desarrollado la humanidad. Entonces se llega al concepto del Cristo extraterrenal, que desde regiones extraterrenales se unió a la evolución terrestre a través del Misterio del Gólgota. Si se quiere comprender la historia, hay que hacer realidad esta visión. Quien no quiera aplicar esta visión al desarrollo de la historia según los conceptos de sano y enfermo, no le queda otra que admitirse a sí mismo que la historia sigue siendo incomprensible para él. Alguien así no puede entender cómo llegó a África lo que una vez había vivido en Oriente y luego se convirtió en grecorromano. Consideramos, con razón, que el desarrollo griego fue extraordinariamente saludable. ¿Por qué? Porque los griegos tenían la sensación de que había que combatir las enfermedades y querían organizar la vida en consecuencia. Y existe una armonía particularmente extraña entre las personalidades griegas concretas en el sentido de que sentían que había que luchar contra algo. Y este dejar de sentir y el navegar cada vez más hacia lo abstracto, que convierte incluso a los dioses en abstracciones, es la peculiaridad del romanismo y sigue siendo su peculiaridad. Europa fue educada por el romanismo hasta el siglo XV, cuando llegó a aceptar al Cristo cósmico en su conciencia; antes de eso, el Cristo fue traído a Occidente por el romanismo. Sólo quería aportar hoy algunas cosas para que uno pueda ir comprendiendo poco a poco lo que está escrito en el Misterio del Gólgota: que uno realmente no debe quedarse en algo que se desarrolló desde la antigüedad hasta el Misterio del Gólgota. Uno se da cuenta entonces de que, si se procede de esta manera, en realidad ya no hay ninguna diferencia entre lo que ciertos teólogos tienen en su teología de Jesús y lo que tiene un historiador secular, como Ranke. Ya no se puede distinguir entre lo que ciertos teólogos tienen en relación con la historia de Jesús y lo que, por ejemplo, un hombre como Ranke dice al respecto. Pero todo radica en ver a través de qué manera el Cristo como ser extraterrenal se unió con Jesús de Nazaret, el cual nació como uno más de la humanidad en el transcurso del tiempo. Precisamente aquí se produce algo que ha dado lugar a los mayores malentendidos con respecto a este camino necesario de la antroposofía hacia el Misterio del Gólgota. Era característico de toda la antigua sabiduría instintiva no haber separado lo espiritual y lo físico. Pues, si se separan ambos, se llega a un concepto imposible de la materia en lo físico, y en lo espiritual, es decir, en la experiencia espiritual del hombre, precisamente a la abstracción, al sistema conceptual sin vida. Esto sólo se ha vuelto característico de la humanidad reciente, el separar de esta manera lo material y lo espiritual. Y así, la antroposofía nos lleva de nuevo a comprender que tenemos que mirar toda la naturaleza, me gustaría decir, lo mismo que miramos una fisonomía. Miramos una fisonomía de tal manera que pensamos que está impregnada de lo anímico. Leemos en ella lo que es anímico. Así era antaño en la sabiduría primordial, y así hoy la sabiduría más reciente, impregnada de luz, nos lleva de nuevo a una visión fisiognómica del mundo de las estrellas, por ejemplo. Esto nos lleva a algo que nos permite dirigirnos al Cristo como el ser solar, aunque con ello no se pretende decir que el Cristo sea el ser solar físico como tampoco que el hombre sea solo el ser corporal físico. Pero ésta es la única manera de reconocer cómo pudo vivir algo extraterrenal en el Jesús de Nazaret que vivió en Palestina. Pero esto está envuelto en la incomprensión más extrema, especialmente entre los teólogos. Incluso les parece «ofensivo» que la antroposofía asocie al Cristo con el sol y con el mundo cósmico exterior en general. ¿Por qué la gente encuentra esto así? Es extraordinariamente característico. La Antroposofía dice que conduce del Cristo al sol. Pero para esta gente el sol es sólo la bola ardiente de niebla que está ahí fuera; por lo tanto, es ofensivo asociar esta bola ardiente de niebla solar con el Cristo. Pero eso ya lo sabemos: La teología se ha vuelto materialista y por eso sólo puede ver en el cosmos el mundo material. Pero la antroposofía muestra que este mundo material se espiritualiza por doquier. La teología, sin embargo, es incapaz de desprenderse de lo material, y por eso se siente ofendida cuando la antroposofía habla de Cristo como un ser solar. A partir del materialismo, del materialismo más profundo sobre la estructura del mundo, precisamente este punto sobre la cristología se encuentra ofensivo. Aquí se ve cómo el materialismo lo corroe todo. Se ha apoderado de la teología, y dado que la teología se ha vuelto materialista, conduce a malentendidos sobre la antroposofía. Desde el mundo ordinario sólo podemos ser materialistas, y si alguien de este mundo permite que el Cristo baje, entonces esto sólo puede entenderse de forma materialista, lo cual resulta insultante. Precisamente en estos puntos es donde debemos señalar la materialización de toda la cultura, que sólo teme admitir ante sí misma sus fundamentos. Pero no saldremos de la decadencia hacia un nuevo ascenso si no contemplamos estos fundamentos de una manera completamente desprovista de prejuicios, de miedo y de temor. Debemos salir de aquello que ha llevado a la humanidad europea y occidental a este declive, que ha conducido a estas terribles catástrofes. Sólo el conocimiento intrépido de todo lo que el hombre puede experimentar del mundo es adecuado para ello. Para ello también es necesario entrar de forma libre de prejuicios en aquello que realmente no es útil de la esfera del intelectualismo cuando se entra en los mundos superiores.

Mucha gente dice todavía hoy: Ciertamente, lo que se comunica desde los mundos superiores es insólito; tiene uno que adentrarse en esos mundos, de lo contrario no puede comprenderlo. Pero no es así. La gente sólo cree que es así porque quiere abandonarse a esos conceptos que sólo se aplican al mundo físico que tenemos entre el nacimiento y la muerte. Por ejemplo, hoy prevalece la creencia de que precisamente porque todo en todas partes se desarrolla a partir de conceptos, a pesar de la creencia de que somos inductivos y empíricos, pensamos que podemos expresarnos de forma absoluta. Por supuesto, uno debe decirse a sí mismo: cuando el hombre se duerme, el yo y el cuerpo astral emergen del cuerpo físico y etérico, y permanece inconsciente hasta que se produce de nuevo el despertar. Esto es bastante saludable para la humanidad actual, pero no se aplica a todo el desarrollo de la humanidad. Si, por ejemplo, nos remontamos a los tiempos de los que surgieron las culturas india y proto-Persa, encontramos que en todas partes subyacía una concepción diferente, a saber, que el hombre con su yo y su cuerpo astral se sumerge más profundamente en su cuerpo físico y etérico cuando se duerme que cuando se despierta durante el día. Los antiguos indios no decían: Cuando una persona se duerme, su yo y su cuerpo astral abandonan su cuerpo físico y su cuerpo etérico. Sólo los teósofos hacen creer que el indio hablaba así. Él más bien decía que cuando la gente se duerme se sumerge más profundamente en los cuerpos físico y etérico. Y eso es básicamente bastante correcto, porque la materia se comporta en realidad como si se quisiera decir en un sentido absoluto: para la tierra, el sol sale por el este y se pone por el oeste. Pero no es así, porque para la otra mitad de la Tierra el proceso es inverso. También se puede llamar este y oeste, pero las relaciones direccionales son diferentes. Por lo tanto, es cierto que durante cierto tiempo el yo y el cuerpo astral se sumergieron más profundamente en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico, y que por lo tanto la impresión era también muy diferente. Por eso el indio también habla de manera muy diferente, porque el hombre estaba en un tipo diferente de conciencia, a saber, en aquello de lo que el hombre de hoy no tiene plena conciencia, en sus funciones rítmicas y metabólicas. De éstas no tiene conciencia, porque para el hombre de hoy en términos de conciencia es como si soñara con respecto a sus funciones rítmicas, mientras que en cuanto a sus funciones metabólicas duerme.

Por lo tanto se puede decir: Debe ser comprensible que la gente tuviera que experimentar cosas diferentes en épocas diferentes sobre algo de lo que hoy creemos que podemos hablar con absoluta certeza; y sólo entonces podremos comprender el desarrollo de la historia si permitimos que los hechos hablen sobre estas cosas, y no los conceptos que nos hemos construido. Hoy, cuando Occidente y Oriente, el Oeste y el Este, se enfrentan de un modo tan candente que hay que encontrar un equilibrio, hoy la humanidad debe ser capaz de volver a estos antecedentes; de lo contrario, se pueden seguir celebrando tantas conferencias de Washington como se quiera, todas acabarán en mera pantomima, si no se abordan los impulsos básicos del desarrollo humano. La gente todavía no cree esto hoy, pero es una verdad que debemos responder a aquello que mueve a la humanidad desde sus profundidades más íntimas si queremos salir de los fenómenos de declive hacia los fenómenos de emerger.  Hoy, lo que aquí se pide parece poco práctico. Pero la gente no se da cuenta de lo impracticable que es, máxime cuando se ha demostrado que es realmente impracticable, cuando se ha desarrollado hasta su extremo, se ha vuelto impracticable de 1914 a 1918 y lo sigue siendo. Pero además de todo esto, uno debe familiarizarse con la forma en que la conciencia religiosa puede ser iluminada y profundizada por el punto de vista antroposófico.

Hoy apenas he podido esbozar una de las vías por las que podemos llegar al Cristo cósmico, extraterrenal. Pero ya verán ustedes cómo más adelante esto puede evolucionar hacia una visión más profunda de la historia, donde se considere a la humanidad como un ser vivo. Y del mismo modo que se habla de sano y enfermo en el caso de un ser vivo, también hay que hablar de sano y enfermo en el caso de la humanidad si no se quiere permanecer anclado en el materialismo. No se puede decir que es difícil llegar a Cristo cuando se ve cómo no se han tomado los caminos adecuados. Una visión concreta y realista de la historia intentará acercarse al misterio del Gólgota desde diversos ángulos. Hoy, sin embargo, como no se pueden aportar razones contra la ciencia espiritual, se utiliza todo lo posible para denigrar a los portadores de la ciencia espiritual: se personaliza. Y es -lo digo realmente sin rencor- un terrible testimonio de la pobreza de los que hoy se oponen a la ciencia espiritual antroposófica, que en realidad se abstienen de entrar en la ciencia espiritual, que siempre sólo la rodean desde fuera, por ejemplo, presentando el acontecimiento de Cristo y la experiencia de Cristo como si la antroposofía racionalizara lo misterioso, como si bajara a la esfera del conocimiento racionalista ordinario aquello a lo que hay que acercarse con tímida reverencia. Pero piénsese: cuando se está cara a cara con un ser humano y se le mira, lo misterioso que todo ser humano es para nosotros no debe perderse por el hecho de que no sólo se oye hablar de él, sino que también se le puede mirar. El ser humano particular no puede medirse en términos racionalistas y mucho menos, por tanto, aquello que se nos presenta como el sentido más elevado del desarrollo terrenal: ¡el Misterio del Gólgota! Pero lo misterioso no se pierde por conducir a la contemplación; y la Antroposofía pretende precisamente conducir de lo que sólo se comunica o se cree a lo que se hace comprensible en la contemplación. No se suprime nada de lo que constituye el misterio. El Misterio permanece, pero no sólo para ser « dicho », sino para ser puesto ante la humanidad observadora.

Así es como se habla hoy en día de la crítica, en lugar de abordar lo que tan literalmente contiene la propia literatura antroposófica. No es necesario comprometerse con cada cosa que viene de tales sectores, pero debería haber una fuerte toma de conciencia dentro de los círculos antroposóficos de que cuanto más se afirme el movimiento antroposófico, más aumentará el odio contra él. Lo que se ha conseguido hasta ahora ya es mucho en términos de antagonismo, pero pueden estar seguros de que será superado. E incluso cuando se critica a la euritmia, como ha vuelto a ocurrir en los últimos días, me parece que lo único necesario es decirse a uno mismo: sólo sería cuestionable que los elogios vinieran de este lado. Entonces empezaría a preguntarme: ¿Qué es lo que habría que cambiar? - Este debería ser un sentimiento saludable para cualquiera que quiera formar parte del movimiento antroposófico de la manera correcta.

Hoy quería presentar algo que, en cierto sentido, parece ser un complemento de lo que pude decir la última vez que estuve aquí. Por supuesto, esto no supone una conclusión. Lo que he indicado hoy les llevará también un poco más lejos en cristología.

Traducido por J.Luelmo dic.2024


jueves, 6 de abril de 2023

GA116-7 Berlín 8 de mayo de 1910 -El desarrollo posterior de la conciencia

   Índice

El desarrollo posterior de la conciencia

RUDOLF STEINER

Berlín 8 de mayo de 1910

Hoy, 8 de mayo, la Sociedad Teosófica celebra el Día del Loto Blanco, que para el mundo exterior es conocido, en la terminología usual del día, como el día de la muerte del impulsor de esa corriente Espiritual en la que ahora nos encontramos. A nosotros nos parecería más apropiado seleccionar una designación diferente para la festividad de hoy, tomada de nuestro conocimiento del mundo Espiritual y que debería ser más o menos así: El día de la transición de una actividad en el plano físico a otra en los mundos espirituales". Porque para nosotros no es sólo una convicción interior en el sentido ordinario de las palabras, sino un conocimiento cada vez mayor, de que lo que el mundo exterior llama muerte no es más que el paso de una forma de trabajo, de una actividad estimulada por las impresiones del mundo físico exterior, a otra totalmente estimulada por el mundo Espiritual. Cuando hoy recordamos a la gran impulsora, H. P. Blavatsky, y a las personas líderes de su movimiento que ahora también han pasado al reino Espiritual, tratemos en particular de formarnos una idea clara de lo que nosotros mismos debemos hacer de nuestro movimiento Espiritual para que pueda representar una continuación de esa actividad que ella ejerció en el plano físico mientras permaneció en él; para que por un lado pueda ser una continuación de esa actividad y al mismo tiempo sea posible para la Fundadora misma continuar su trabajo desde el mundo Espiritual, tanto ahora como en el futuro. En un día como este, es conveniente que nos apartemos en cierto sentido de nuestro estudio habitual de los asuntos teosóficos y de la vida teosófica, y que en su lugar hagamos una especie de retrospectiva concienzuda, una retrospectiva concerniente a las tareas y deberes que el movimiento teosófico pone ante nosotros, y que también puede llevarnos a una especie de previsión de lo que este movimiento debería llegar a ser en el futuro, y lo que deberíamos hacer y evitar hacer.
Como resultado de ciertas circunstancias muy especiales y de ciertas necesidades históricas, vino al mundo lo que estamos llevando a cabo como el Movimiento Teosófico. Ustedes saben que aquí no se trataba, como en otros movimientos espirituales o uniones de cualquier tipo, de que una o más personas decidieran seguir ciertos ideales según la cualidad de sus corazones y mentes, que les impulsara a sentir entusiasmo por estos ideales, tratando de entusiasmar a otras personas e inducirlas a formar sociedades o uniones para llevarlos a la práctica. Si entendemos bien el movimiento teosófico, no debemos verlo de esta manera. Sólo podemos hacerlo si lo consideramos como una necesidad histórica de nuestra vida presente: algo que, independientemente de lo que la gente sienta o quisiera sentir al respecto, estaba destinado a llegar, pues ya yacía en el vientre del tiempo, por así decirlo, y tenía que nacer. ¿De qué manera, entonces, podemos considerar el movimiento teosófico? Puede ser considerado como un descenso, un nuevo descenso de la vida espiritual, de la sabiduría espiritual y de las fuerzas espirituales, al mundo físico sensible desde los mundos suprasensibles. Tal descenso tuvo que tener lugar para el desarrollo ulterior del hombre, y debe tener lugar repetidamente en el futuro. Naturalmente, no puede ser nuestra tarea señalar hoy todos los grandes impulsos por medio de los cuales la vida espiritual ha descendido desde los mundos suprasensibles para que la vida anímica del hombre se renovara cuando, por así decirlo, había envejecido; pero en el transcurso del tiempo esto ha ocurrido con frecuencia. Sin embargo, hay que tener en cuenta una cosa.

En el pasado primigenio, no mucho después de la gran catástrofe atlante que las tradiciones de los diversos países registran como la historia del Diluvio, vino ese impulso que podemos describir como la afluencia de vida espiritual que se vertió en el desarrollo de la humanidad a través de los Santos Rishis. Luego vino esa otra corriente de vida espiritual que fluyó hacia la evolución del hombre a través de Zaratustra o Zoroastro, y encontramos otra corriente de naturaleza similar en la que llegó a los antiguos israelitas a través de las revelaciones de Moisés. (véase GA060)
Finalmente, tenemos el mayor Impulso de todos en esa poderosa afluencia de vida Espiritual vertida en el mundo físico a través de la aparición en la Tierra de Cristo-Jesús. Este es, con mucho, el Impulso más poderoso jamás dado en el pasado, y como hemos enfatizado repetidamente, es mayor que cualquiera que pueda venir en cualquier momento futuro al desarrollo terrestre. También hemos afirmado repetidamente que siempre deben llegar nuevos impulsos; una nueva vida Espiritual y una nueva manera de comprender la antigua vida Espiritual deben afluir al desarrollo de la humanidad; si no fuera por esto, el árbol del desarrollo humano, que reverdecerá cuando la humanidad haya alcanzado la meta de su evolución, se marchitaría y perecería. A través de los nuevos impulsos espirituales que afluyen a nuestra vida terrestre, debe comprenderse cada vez mejor el poderoso pozo de vida de Cristo, que Él vertió en el desarrollo humano.
A medida que se acercaba nuestra época, nuestro siglo XIX, llegó el momento en que el desarrollo humano requería a su vez una nueva intervención, un nuevo impulso. Una vez más, nuevos estímulos, nuevas revelaciones, tenían que fluir de los mundos suprasensibles a nuestro mundo físico. Esto era una necesidad, y así debió sentirse en la Tierra misma, y así se sintió en aquellas regiones desde las cuales se guía la vida de la Tierra, las regiones Espirituales; sólo una observación humana miope podría decir: "¿Para qué sirven estas corrientes constantemente renovadas de verdades perfectamente nuevas? ¿Por qué ha de haber constantemente nuevos conocimientos y nuevos impulsos vitales? Tenemos lo que nos dio el cristianismo, por ejemplo, y con eso podemos seguir simplemente a la vieja usanza". Desde un punto de vista más elevado, este tipo de observación es extremadamente egoísta. Realmente lo es. El hecho mismo de que tales observaciones egoístas sean hechas hoy tan frecuentemente por las mismas personas que se creen buenas y religiosas, es una prueba aún más fuerte de que se necesita una renovación de nuestra vida espiritual. Cuántas veces oímos decir hoy: "¿Para qué sirven los nuevos movimientos espirituales? Tenemos nuestras antiguas tradiciones que se han conservado a través de los siglos hasta donde la historia registra; ¡no dejemos que estropeemos esas tradiciones por lo que dicen estas personas que siempre creen que saben más! Esa es una expresión egoísta del alma humana. Quienes hablan así no son conscientes de ello; no se dan cuenta de que sólo están preocupados por las exigencias de su propia alma. En sí mismos sienten: "¡Estamos bastante satisfechos con lo que tenemos!". Y establecen el dogma, un dogma espantoso desde el punto de vista de la conciencia: "Si estamos satisfechos con nuestro camino, aquellos que deben aprender de nosotros, aquellos que vienen después de nosotros, deben aprender a encontrar satisfacción de la misma manera que nosotros. Todo debe seguir como nosotros lo consideramos correcto, de acuerdo con nuestro conocimiento". Esta forma de hablar se oye con mucha frecuencia en el mundo exterior. Esto no proviene simplemente de las limitaciones de un alma estrecha, sino que está relacionado con lo que podríamos llamar una inclinación egoísta del alma humana. En la vida religiosa, las almas pueden ser en realidad extremadamente egoístas, aunque lleven una máscara de piedad. Cualquiera que se tome en serio la cuestión del desarrollo espiritual de la humanidad debe, si estudia el mundo que le rodea con comprensión, darse cuenta de una cosa. Debe ver que el alma humana se está apartando gradualmente cada vez más del método con el que durante siglos los hombres han contemplado el Impulso Crístico, el mayor Impulso en el desarrollo de la humanidad. Por regla general, no me interesa referirme a asuntos contemporáneos, porque lo que sucede hoy en la vida espiritual externa es, en su mayor parte, demasiado insignificante para atraer el lado más profundo de un observador serio. Por ejemplo, en Berlín, durante las últimas semanas, era imposible pasar por una columna de carteles sin ver avisos de una conferencia titulada "¿Vivió Jesús?". Probablemente todos ustedes saben que lo que llevó a que este tema se discutiera como se ha hecho en los círculos más amplios -a veces con armas muy radicales- fue la opinión anunciada por un profesor alemán de Filosofía, el doctor Arthur Drews, discípulo de Edouard Hartmann, autor de La filosofía de lo desconocido y, más especialmente, de El mito de Cristo. El contenido de este último libro se ha dado a conocer más ampliamente por la conferencia pronunciada por el profesor Drews aquí en Berlín, bajo el título: "¿Vivió Jesús?".
Por supuesto, no es mi tarea entrar en los detalles de esa conferencia. Sólo expondré sus ideas principales. El autor de El mito de Cristo, un filósofo moderno que puede suponerse que representa la ciencia y el pensamiento de la época, busca en los diversos registros de la antigüedad que supuestamente ofrecen pruebas históricas de que cierta persona llamada Jesús de Nazaret vivió al principio de nuestra era. A continuación, con la ayuda de lo que la ciencia y la crítica han demostrado, intenta reducir el resultado de todo esto a algo parecido a la siguiente pregunta: "¿Son los distintos Evangelios registros históricos que demuestran que Jesús vivió?" Toma todo lo que la Teología Moderna tiene que decir, y luego trata de demostrar que ninguno de los Evangelios puede ser un registro histórico y que por medio de ellos es imposible demostrar que Jesús vivió alguna vez. También intenta demostrar que ninguno de los otros registros de naturaleza puramente histórica que posee el hombre son determinantes, y que no se puede deducir nada concluyente sobre un Jesús histórico a partir de ellos.

Ahora bien, todos los que se han ocupado de esta cuestión saben que, considerada puramente desde un punto de vista externo, la clase de observación practicada por el profesor Drews tiene mucho a su favor, y viene a ser una especie de resultado de la crítica teológica moderna. No voy a entrar en detalles, porque hoy en día no tiene ninguna importancia que alguien que ha estudiado el lado filosófico de la ciencia afirme que no existe ningún documento histórico que demuestre que Jesús vivió, porque los únicos documentos que supuestamente lo hacen no son fidedignos. Drews y todos los que piensan como él se rigen por lo que nos ha llegado del apóstol Pablo. (En los últimos tiempos hay incluso gente que duda del carácter genuino de todas las epístolas paulinas, pero como el autor de El mito de Cristo no llega a tanto, no hace falta que entremos en ello). Drews dice de San Pablo que no basa sus afirmaciones en un conocimiento personal de Jesús de Nazaret, sino en la revelación que recibió en el suceso de Damasco. Sabemos que esto es absolutamente cierto. Pero ahora Drews llega a la siguiente conclusión: "¿Qué concepto de Cristo tenía San Pablo? Formó el concepto de un Cristo puramente Espiritual, que puede morar en cada alma humana, por así decirlo, y puede realizarse dentro de cada uno. San Pablo no afirma en ninguna parte la necesidad de que el Cristo, al que consideraba como un Ser puramente Espiritual, haya estado presente en un Jesús cuya existencia no puede probarse históricamente. Por lo tanto, se puede decir: que nadie sabe si un Jesús histórico vivió o no; que el concepto de Cristo de San Pablo es un concepto puramente espiritual, que simplemente reproduce lo que puede vivir en cada alma humana como un impulso hacia la perfección, como una especie de Dios en el hombre". El autor de El mito de Cristo señala además que ya existían ciertas concepciones -similares a la idea que los cristianos tienen de Jesucristo- sobre una especie de Jesús precristiano, y que varios pueblos orientales tenían el concepto de un Mesías. Esto obliga a Drews a preguntarse: "¿Cuál es entonces realmente la diferencia entre la idea de Cristo que tenía San Pablo [y que Drews no intenta negar], - cuál es la diferencia entre la imagen de Cristo que San Pablo tenía en su corazón y en su alma, y la idea del Mesías ya existente?". Drews continúa diciendo: "Antes de la época de San Pablo, los hombres tenían una imagen crística de un Dios, una imagen mesiánica de un Dios, que no se hizo hombre, que no descendió hasta la condición de hombre individual; incluso celebraban su sufrimiento, muerte y resurrección como procesos simbólicos en sus diversos festivales y misterios; pero una cosa no poseían: no hay constancia de que un hombre individual hubiera pasado realmente por el sufrimiento, la muerte y la resurrección en la tierra física". El autor de El mito de Cristo se pregunta ahora: "¿Hasta qué punto hay algo nuevo en San Pablo? ¿Hasta qué punto llevó él más lejos la idea de Cristo?
El propio Drews responde: "El avance hecho por San Pablo sobre las concepciones anteriores es que no representa a un Dios revoloteando en las regiones superiores, sino a un Dios que se hizo hombre individual". Ahora quiero que tomen nota de esto: Según el autor de El mito de Cristo, Pablo representa a un Cristo que realmente se hizo hombre. Pero lo extraño es esto: Se supone que San Pablo se detuvo ante esa idea. Se supone que captó la idea de un Cristo que realmente se hizo hombre, ¡aunque, según él, Cristo nunca existió como tal! Por lo tanto, se supone que San Pablo dice que la idea más elevada posible es la de un Dios, un Cristo, que no sólo flota en las regiones superiores, sino que ha descendido a la tierra y se ha hecho hombre; pero nunca se le pasó por la cabeza que este Cristo viviera realmente en la tierra en un ser humano. Esto significa que el autor de El mito de Cristo atribuye a San Pablo una concepción de Cristo que, para el pensamiento sano, es una burla. A San Pablo se le hace decir: 'Cristo ciertamente debe haber sido un hombre individual, pero aunque yo lo predico, niego su existencia en cualquier sentido histórico'.

Este es el núcleo en torno al cual gira todo el tema; realmente no se necesita mucha erudición teológica o crítica para refutarlo; sólo es necesario enfrentarse al profesor Drews como filósofo. Porque su concepto de Cristo no puede sostenerse. El concepto paulino de Cristo, en el sentido en que lo entiende Drews, no puede mantenerse sin aceptar al Jesús histórico. El propio libro del profesor Drews exige la existencia del Jesús histórico. Por lo tanto, parece que en la actualidad se puede aceptar un libro en los círculos más amplios y considerarlo como una obra seria y científica, ¡que se centra en una contradicción tal que convierte toda lógica interna en una burla! ¿Es posible en estos tiempos que el pensamiento humano transite por caminos tan torcidos? ¿Cuál es la razón de ello? Cualquiera que desee comprender claramente el desarrollo de la humanidad debe encontrar la respuesta a esa pregunta.

La razón es que lo que los hombres creen o piensan en un período dado, no es el resultado de su pensamiento lógico, sino de sus sentimientos y sensaciones; creen y piensan lo que desean pensar. En particular, aquellos que están preparando el concepto de Cristo para la era venidera sienten un fuerte impulso de excluir de sus corazones todo lo que se encuentra en los antiguos registros externos - y, sin embargo, también sienten el impulso de probar todo por medio de tales documentos externos. Estos, sin embargo, considerados desde un punto de vista puramente material, pierden su valor tras un lapso de tiempo definido. A Shakespeare le llegará el momento, como a Honker, de que se intente demostrar que el Goethe histórico nunca existió. Con el tiempo, los registros históricos deben perder su valor desde el punto de vista material. ¿Qué es necesario entonces, viendo que ya estamos viviendo en una época en la que el pensamiento de sus representantes más prominentes es tal que tienen un impulso en sus corazones que les empuja hacia la negación del Cristo histórico? ¿Qué es necesario como nuevo impulso de la vida espiritual? Es necesario que se dé la posibilidad de comprender al Jesús histórico de un modo espiritual. ¿De qué otra manera se puede expresar este hecho?
Como todos sabemos, San Pablo partió del Evento de Damasco. También sabemos que para él ese Evento fue la gran revelación, mientras que todo lo que había oído en Jerusalén, -en el plano físico, como información directa-, no había podido convertir a un Saulo en San Pablo. Lo que le convenció fue la revelación de Damasco desde los mundos espirituales. Sólo a través de ella surgió realmente el cristianismo, y a través de ella San Pablo obtuvo el poder de proclamar al Cristo. ¿Pero obtuvo una idea puramente abstracta, que en sí misma podría ser contradicha? Estaba convencido, por lo que había visto en los mundos espirituales, de que Cristo había vivido en la tierra, había sufrido, muerto y resucitado. Si Cristo no resucitó, vana es mi enseñanza", dijo San Pablo con toda razón. No recibió de los mundos espirituales la mera idea, el concepto de Cristo, sino que se convenció a sí mismo de la realidad del Cristo que murió en el Gólgota. Para él eso era la prueba del Jesús histórico.

¿Qué es necesario entonces, ahora que se acerca el tiempo en que, como resultado del materialismo de la época, los registros históricos están perdiendo su valor, cuando todo el mundo puede demostrar fácilmente que estos registros no pueden resistir la crítica, de modo que nada puede ser probado externa e históricamente? Es necesario que la gente aprenda que Cristo puede ser reconocido como el Jesús histórico sin ningún tipo de registros externos, que a través de una formación adecuada el Acontecimiento de Damasco puede ser renovado en cada ser humano y, de hecho, en un futuro próximo será renovado para la humanidad en su conjunto, por lo que es absolutamente posible estar convencido de la existencia de un Jesús histórico. Esa es la nueva vía por la que el mundo debe encontrar el camino hacia Él. No importa si los hechos ocurridos fueron correctos o incorrectos, lo importante es que ocurrieron. No tiene importancia que un libro como El Mito de Cristo contenga ciertos errores, lo que importa es que ¡se pudo escribir! Demuestra que son necesarios métodos muy diferentes para que Cristo permanezca con la humanidad; para que sea redescubierto.

Un hombre que piensa en la humanidad y en sus necesidades y en cómo se expresan externamente las almas de los hombres, no adoptará el punto de vista de decir: '¿Qué me importan esas personas que piensan de otra manera? Tengo mis propias convicciones, me bastan'. La mayoría de la gente no se da cuenta del terrible egoísmo que subyace a tales palabras. No fue el resultado de una idea, de un ideal exterior, ni de ninguna predilección personal, el que surgiera un movimiento a través del cual la gente pudiera aprender que es posible encontrar el camino hacia el mundo espiritual, y que, entre otras cosas, Cristo mismo también puede encontrarse allí. Este movimiento surgió en respuesta a una necesidad que surgió en el transcurso del siglo XIX, que debe fluir desde los mundos espirituales en el mundo físico, las posibilidades, por medio del cual los hombres serán capaces de obtener la verdad espiritual en un nuevo tipo de forma, la vieja manera de haber muerto. En el transcurso del pasado invierno, ¿no hemos dado testimonio de lo provechoso que puede ser este nuevo camino?

Hemos insistido repetidamente en el hecho de que lo primero para nosotros en nuestro movimiento no es tomar partido por ningún registro o documento externo, sino ante todo indagar: ¿Qué se revela a la conciencia clarividente cuando se asciende a los mundos espirituales? Si, por alguna catástrofe, se perdieran todas las pruebas históricas del Jesús histórico de los Evangelios y de las Epístolas de San Pablo, ¿qué nos diría la conciencia espiritual independiente? ¿Qué aprendemos sobre los mundos espirituales en el camino que cada uno puede recorrer cualquier día y a cualquier hora? Se nos dice: 'En los mundos espirituales encontraréis al Cristo, aunque no sepáis nada históricamente del hecho de que estuvo en la tierra al principio de nuestra era'.

El hecho que debe establecerse una y otra vez mediante una renovación del Acontecimiento de Damasco es que existe una prueba original de la personalidad histórica de Jesús de Nazaret. Del mismo modo que a un escolar no se le dice que debe creer que los tres lados de un triángulo suman ciento ochenta grados simplemente porque en la antigüedad eso se establecía como un hecho, sino que se le obliga a demostrarlo por sí mismo, así nosotros, hoy en día, no sólo atestiguamos desde una conciencia espiritual que Cristo siempre ha existido, sino también que el Jesús histórico puede encontrarse en los mundos espirituales, que Él es una realidad, y que era una realidad en la misma época de la que habla la tradición.

Hemos ido más allá y hemos mostrado que lo que establecimos por percepción espiritual sin los Evangelios, debe ser redescubierto dentro de ellos. Entonces sentimos un profundo respeto y reverencia por los Evangelios, porque volvemos a encontrar en ellos lo que encontrábamos en los mundos espirituales independientemente de ellos. Ahora sabemos que deben haber provenido de las mismas fuentes de iluminación suprasensible de las que debemos nutrirnos hoy en día; sabemos que deben ser registros de los mundos espirituales.
El propósito de lo que llamamos el movimiento teosófico es hacer posible tal método de observación, hacer posible que la vida espiritual desempeñe su papel en la ciencia humana. Para que esto pudiera ocurrir, el estímulo para ello tenía que ser dado por la Sociedad Teosófica. Este es un aspecto de la cuestión. La otra es que este estímulo tuvo que ser dado en un momento que era el menos maduro para ello. Esto se demuestra por el hecho de que hoy, (1912) treinta años después del nacimiento del movimiento teosófico, la historia del Jesús no histórico todavía perdura. ¿Cuánto se sabe, fuera de este movimiento, de la posibilidad de que el Jesús histórico sea descubierto de otra manera que no sea a través de los documentos externos? Lo que se estaba haciendo en el siglo XIX aún continúa: se está socavando la autoridad de los documentos religiosos. Así, mientras que existía la mayor necesidad de que esta nueva posibilidad fuera dada a la humanidad - por otro lado los preparativos hechos para su recepción fueron los más pequeños concebibles. ¿Creemos acaso que nuestros filósofos modernos están particularmente preparados para recibirla? Lo poco preparados que están los filósofos del siglo XX puede verse por el concepto que tienen del Cristo de San Pablo. Cualquiera que conozca la vida científica sabe que éste es el gran y último resultado del materialismo que se ha estado preparando durante siglos: aunque afirma que desea elevarse por encima del materialismo, el modo de pensamiento que prevalece en la ciencia no ha progresado más allá del que está en vías de extinción. La ciencia, tal como existe hoy, es ciertamente una fruta madura, pero una fruta que debe sufrir el destino de todas las frutas maduras; debe comenzar a descomponerse. Nadie puede afirmar que pueda dar un nuevo impulso a la renovación de su modo de pensar o de sus métodos para llegar a conclusiones. Cuando pensamos en esto nos damos cuenta, aparte de todas las demás consideraciones, del peso del estímulo dado a través de H. P. Blavatsky; - no importa cuáles puedan ser nuestras opiniones sobre sus capacidades y los detalles de su vida, ella fue el instrumento para dar el estímulo; y demostró ser plenamente competente para el propósito, - Nosotros que estamos tomando parte en la celebración de un día como éste, como miembros de la Sociedad Teosófica, estamos en una posición muy peculiar. Estamos celebrando un festival personal, dedicado a una persona. Ahora bien, aunque la creencia en la Autoridad es ciertamente una cosa peligrosa en el mundo externo, sin embargo allí el peligro se reduce a causa de los celos y la envidia que desempeñan un papel tan grande; aunque la reverencia de unas pocas personas se manifiesta exteriormente, y con bastante fuerza, por la quema de incienso, sin embargo el egoísmo y la envidia tienen un poder considerable sobre ellas. En el movimiento teosófico el peligro de daño a través de la adoración de la personalidad y la creencia en la Autoridad es particularmente grande. Estamos, por lo tanto, en una posición muy peculiar cuando celebramos un festival dedicado a una personalidad. No sólo las costumbres de la época, sino también el asunto en sí nos coloca en una posición difícil, porque las revelaciones de los mundos superiores siempre deben venir por el camino de la personalidad. Las personalidades deben ser las portadoras de las revelaciones y sin embargo debemos tener cuidado de no confundir las primeras con las segundas. Debemos recibir las revelaciones a través de una personalidad, y la pregunta que se repite constantemente sobre si es digna de confianza, es muy natural. "¡Lo que hicieron tal o cual día no armoniza con nuestras ideas! ¿Podemos, por tanto, creer en todo el asunto?".
Esto forma parte de cierta tendencia de nuestro tiempo, que podemos describir como falta de devoción a la verdad. Cuántas veces en la actualidad oímos hablar de un caso en el que alguna persona prominente puede agradar al público; durante una o más décadas lo que él o ella hace puede ser bastante satisfactorio, ya que el público es demasiado perezoso para investigar el asunto por sí mismo. Algunos años después, si se descubre que la vida privada de esta persona no es todo lo buena que podría ser y está abierta a sospechas, el ídolo se cae al suelo. Si esto es correcto o no, no es lo importante. La cuestión es que debemos adquirir el sentimiento de que, aunque la persona en cuestión sea el medio por el que nos llega la vida espiritual, es nuestro deber comprobarlo por nosotros mismos y, de hecho, probar a la persona por la verdad, en lugar de probar la verdad por la persona. Especialmente esa debería ser nuestra actitud en el movimiento teosófico: rendimos el mayor respeto a una personalidad si no la gravamos con la creencia en la Autoridad, como la gente es tan aficionada a hacer, porque sabemos que la actividad de esa personalidad después de la muerte sólo se transfiere al mundo espiritual. Estamos justificados al decir que la actividad de H. P. Blavatsky aún continúa, y nosotros, dentro del movimiento que ella instigó, podemos promover esa actividad o dañarla. Sobre todo la perjudicamos si creemos ciegamente en ella, jurando por lo que pensaba cuando vivía en el plano físico, y creyendo ciegamente en su autoridad. La veneramos y ayudamos más si somos plenamente conscientes de que ella proporcionó el estímulo para un movimiento que se originó a partir de una de las necesidades más profundas de la evolución humana. Mientras vemos que este movimiento tenía que llegar, le atribuimos a ella el estímulo; pero han pasado muchos años desde entonces y debemos demostrar que somos dignos de su obra, reconociendo que lo que entonces se inició debe ahora llevarse más lejos. Admitimos que tuvo que ser instigado por ella, pero no nos permitas hurgar en sus asuntos privados, especialmente en estos momentos. Conocemos el significado del impulso que ella dio, pero sabemos que sólo representa muy imperfectamente lo que está por venir. Cuando recordamos todo lo que ha sido puesto ante nuestras almas durante el pasado invierno, no podemos sino decir: Lo que Madame Blavatsky comenzó es ciertamente de profunda e incisiva importancia, pero ¡cuán inconmensurable es todo lo que no pudo lograr en ese acto introductorio suyo! Lo que se acaba de decir de la necesidad del Movimiento Teosófico para la experiencia de Cristo estaba completamente oculto para Blavatsky. Su tarea era señalar los gérmenes de la verdad en las religiones de los pueblos arios; la comprensión de las revelaciones dadas en el Antiguo y Nuevo Testamento le fue negada. Honramos la obra positiva realizada por esta Personalidad y no nos referiremos a todo lo que no pudo hacer, a todo lo que le fue ocultado y que ahora debemos aportar. Cualquiera que se deje estimular por H. P. Blavatsky y desee ir más lejos que ella, dirá: Si el estímulo dado por ella en el Movimiento Teosófico ha de ser llevado más lejos, debemos alcanzar una comprensión del Acontecimiento-Cristo.
El movimiento teosófico primitivo no logró captar la vida religiosa y espiritual del Antiguo y del Nuevo Testamento; por eso todo está fuera de lugar en este primer movimiento, y el Movimiento Teosófico tiene la tarea de hacer esto bien y de agregar lo que no se dio al principio. Si interiormente sentimos estos hechos, son como una reivindicación, hecha por nuestra conciencia teosófica.

Por lo tanto, visualizamos a H. P. Blavatsky como la portadora de una especie de amanecer de una nueva luz; ¡pero de qué serviría esa luz si no fuera para iluminar lo más importante que la humanidad ha poseído jamás! Una Teosofía que no proporcione los medios para comprender el Cristianismo es absolutamente inútil para nuestra civilización actual; pero si se convirtiera en un instrumento para la comprensión del Cristianismo, entonces estaríamos haciendo el uso correcto del instrumento. Si no hacemos esto, si no utilizamos el impulso dado por H. P. Blavatsky para este propósito, ¿qué estamos haciendo? ¡Estamos deteniendo la actividad de su espíritu en nuestra época! Todo está en desarrollo, incluso el espíritu de Blavatsky. Su espíritu está trabajando ahora en el mundo espiritual para promover el progreso del Movimiento Teosófico; pero si nos sentamos frente a ella y al libro que escribió, diciendo: "Te levantaremos un monumento que consistirá en tus propios trabajos", ¿quién está atando su espíritu a la tierra? ¿Quién la condena a no progresar más allá de lo que estableció en la tierra? Nosotros mismos. Reverenciamos y reconocemos su valor si, al igual que ella fue más allá de su tiempo, nosotros también vamos más lejos que ella, mientras la gracia que rige el desarrollo del mundo siga concediendo revelaciones espirituales del mundo espiritual.

Esto es lo que ponemos hoy ante nuestras almas como una cuestión de conciencia, y después de todo esto está más de acuerdo con los deseos de nuestro camarada H. C. Olcott, el primer Presidente de la Sociedad Teosófica, quien también ha pasado ahora al mundo espiritual. Inscribamos esto en nuestras almas hoy, porque es precisamente a través de la falta de conocimiento de la vida Teosófica viviente que todos los lados sombríos del movimiento Teosófico han surgido. Si el movimiento teosófico llevara a cabo su gran impulso original, sin debilitarse, y con una conciencia santa, poseería la fuerza para expulsar del campo todas las influencias dañinas que, con el paso del tiempo, ya han entrado, así como otras que ciertamente vendrán. Esto es algo que debemos hacer muy seriamente: debemos continuar desarrollando el impulso. En muchos lugares vemos hoy a teósofos que piensan que están haciendo un buen trabajo, y que se sienten muy felices de poder decir: '¡Ahora estamos haciendo algo que está en conformidad con la ciencia externa! Cuán agradable es para muchos teósofos importantes poder señalar que aquellos que estudian varias religiones confirman lo que ha venido del mundo espiritual; mientras que fallan al observar que es justamente este modo no espiritual de comparación el que debe ser superado. Por ejemplo, la Teosofía está en estrecho contacto con los pensamientos que condujeron a la negación del Jesús histórico y, de hecho, existe una cierta relación entre ellos. Originalmente, la Teosofía sólo clasificaba al Jesús histórico con otros fundadores de la religión. A Blavatsky nunca se le ocurrió negar al Jesús histórico; aunque ciertamente lo situó cien años antes. No negó su existencia, pero no reconoció a Cristo-Jesús; aunque instigó el movimiento en el que algún día podría ser conocido, ella misma no fue capaz de reconocerlo. En esto, el primer estado del movimiento teosófico coincide extrañamente con lo que hacen hoy en día los que niegan al Jesús histórico.
Por ejemplo, el profesor Drews señala que los sucesos que precedieron al acontecimiento del Gólgota también pueden encontrarse en los relatos de los antiguos dioses, por ejemplo en el culto a Adonis o Tammuz, en el sentido de que hay un Dios-héroe sufriente, un Dios-héroe moribundo y un Dios-héroe resucitado, etcétera. Siempre se presenta lo que contienen las diversas tradiciones religiosas y se saca la siguiente conclusión: se habla de un Jesús de Nazaret, que sufrió, murió y resucitó y que era el Cristo; pero se ve que otros pueblos también adoraban a un Adonis, a un Tammuz, etc. Se insiste constantemente en la semejanza con uno de los antiguos dioses, al referirse a los sucesos de Palestina.

Esto también se hace en nuestro movimiento teosófico. La gente no se da cuenta de que comparar las religiones de Adonis o Tammuz con los sucesos de Palestina no prueba nada. Les mostraré mediante un ejemplo en qué fallan tales comparaciones; en la superficie pueden funcionar bien, pero hay un gran defecto en ellas. Supongamos que un funcionario que vivía en 1910 llevaba un determinado uniforme como signo externo de su actividad oficial; y que en 1930 un hombre totalmente distinto llevara el mismo uniforme. No será el uniforme sino el individuo que lo lleva el que determine la eficacia del trabajo que realiza. Ahora bien, supongamos que en el año 2090 un historiador se presenta y dice: "He comprobado que en 1910 vivía un hombre que llevaba un abrigo, un chaleco y unos pantalones determinados y, además, que en 1930 se llevaba el mismo uniforme, vemos, por tanto, que el abrigo, el chaleco y los pantalones se han trasladado y que en ambas ocasiones tenemos ante nosotros al mismo ser".

Tal conclusión sería, por supuesto, insensata, pero no más que decir que en las religiones de Asia Menor encontramos a Adonis o Tammuz sufriendo y muriendo y resucitando, ¡y que encontramos lo mismo en Cristo! El punto no es que el sufrimiento, la muerte y la resurrección fueron experimentados, ¡el punto es por Quién fueron experimentados! El sufrimiento, la muerte y la resurrección son como un uniforme en el desarrollo histórico del mundo, y no debemos señalar el uniforme que encontramos en las leyendas, sino las individualidades que lo vistieron. Es cierto que las individualidades, para que los hombres pudieran comprenderlas, han realizado, por así decirlo, actos crísticos que demuestran que ellos también podían realizar los actos de un Tammuz, por ejemplo; pero cada vez había un ser diferente detrás de los actos. Por lo tanto, todas las comparaciones de religiones que demuestran que la figura de Sigfrido corresponde a la de Baldur, Baldur a Tammuz y así sucesivamente, no son más que una señal de que las leyendas y los mitos adoptan ciertas formas en determinados pueblos. Cuando tratamos de adquirir conocimientos sobre el hombre, estas comparaciones no tienen más valor que el que tendría señalar que una determinada especie de uniforme se utiliza más tarde para el mismo oficio. Ese es el error fundamental que prevalece en todas partes, incluso en el movimiento teosófico, y no es más que el resultado del hábito materialista del pensamiento.
La voluntad y el testamento de Blavatsky sólo se cumplirán si el movimiento teosófico es capaz de cultivar y preservar la vida del espíritu, -si mira al espíritu que se muestra a sí mismo, y no en los libros que alguien pueda haber escrito. El espíritu debe cultivarse entre nosotros. No nos limitaremos a estudiar libros escritos hace siglos, sino que desarrollaremos de forma viva el espíritu que nos ha sido dado. Seremos una unión de personas que no creen simplemente en libros o en individuos, sino en el espíritu vivo; que no se limitan a hablar de que H. P. Blavatsky partió del plano físico y continuó viviendo después de su muerte, sino que creen de una manera tan viva en lo que ha sido revelado a través de la Teosofía, que su vida en el plano físico no puede convertirse en un obstáculo para la ulterior actividad suprasensible de su espíritu.

Sólo cuando pensemos en ella de esa manera será útil el movimiento teosófico, y sólo cuando se encuentren en la tierra hombres y mujeres que piensen de esa manera, podrá H. P. Blavatsky hacer algo por el movimiento. Para ello es necesario que se realicen más investigaciones espirituales, y sobre todo que la gente aprenda lo que se afirmó en la última conferencia pública: - que la humanidad está en proceso de desarrollo y que algo aproximado a la conciencia surgió en la época de Jesucristo; que tales cosas surgen y son de importancia para toda la evolución. En un determinado momento surgió la conciencia; antes de ese momento era una cosa totalmente diferente, y volverá a ser diferente después de que el alma del hombre se haya desarrollado durante algún tiempo más a la luz de la conciencia. Ya hemos indicado cómo se modificará en el futuro.

Como paralelo a la aparición del Acontecimiento de Damasco un gran número de personas en el curso del siglo XX experimentarán algo parecido a lo siguiente: Tan pronto como hayan actuado de alguna manera, aprenderán a contemplar su acto; se volverán más reflexivos, tendrán una imagen interior del acto. Al principio sólo unas pocas personas experimentarán esto, pero el número aumentará continuamente durante los próximos dos o tres mil años. Tan pronto como hayan hecho algo, la imagen estará allí; al principio no sabrán lo que es, pero los que han estudiado Teosofía dirán: "¡Esto es una imagen! No es un sueño, es una imagen que muestra el cumplimiento kármico del acto que acabo de cometer. Algún día esto tendrá lugar como el cumplimiento, el equilibrio kármico de lo que acabo de hacer". Esto comenzará en el siglo XX. El hombre empezará a desarrollar la facultad de ver ante sí la imagen de un acto lejano, aún no realizado. Se mostrará como una contrapartida interior de su acción, su cumplimiento kármico, que algún día tendrá lugar. Entonces el hombre podrá decir: "Ahora se me ha mostrado lo que tendré que hacer para compensar lo que acabo de hacer, y nunca podré llegar a ser perfecto hasta que haya hecho esa compensación". El karma dejará entonces de ser una mera teoría, porque esta imagen interior será experimentada.
Estas facultades son cada vez más frecuentes; se desarrollan nuevas capacidades; pero las antiguas son los gérmenes de las nuevas. ¿Qué hará posible que a los hombres se les muestren las imágenes kármicas? Será el resultado de que el alma haya permanecido durante algún tiempo a la luz de la conciencia. Lo más importante para el alma no son las diversas experiencias físicas externas que pueda tener, sino su progreso hacia la perfección. Con la ayuda de la conciencia, el alma se prepara ahora para lo que acabamos de describir. Cuantas más encarnaciones tenga un hombre, durante las cuales cultive y perfeccione su conciencia, tanto más hará para adquirir esa facultad superior a través de la cual, en forma de visión espiritual, la voz de Dios volverá a hablarle, la voz de Dios que antes se experimentaba de un modo diferente. Æschylos todavía representaba a su Orestes teniendo ante sí una visión de lo que habían provocado sus malas acciones; se veía obligado a ver los resultados de estas acciones en el mundo exterior. La nueva capacidad en curso de desarrollo para el alma es tal que los hombres verán los efectos de sus actos en imágenes del futuro. Esta es la nueva etapa. El desarrollo sigue su curso en ciclos, siguiendo un movimiento circular, y lo que el hombre poseía en su visión más antigua vuelve de nuevo en una nueva forma.

A través del conocimiento del mundo espiritual nos preparamos realmente para despertar de la manera correcta en nuestra próxima encarnación, y este conocimiento también nos ayuda a trabajar de la manera correcta para aquellos que vendrán después de nosotros. Por esta razón, la Teosofía no es en sí misma un movimiento egoísta, pues no se preocupa de lo que beneficia únicamente al individuo, sino de lo que contribuye al progreso de toda la humanidad.

Hemos preguntado en dos ocasiones: ¿Qué es la conciencia? Hoy también nos hemos preguntado: "¿En qué se convertirá la conciencia que ahora se desarrolla? ¿Cómo se encuentra la conciencia, si la consideramos como una semilla en la época que estamos atravesando? ¿Cuál será el resultado de la acción de esta semilla de conciencia? - Las facultades superiores que acabamos de describir". Es muy importante que creamos en la evolución del alma, de encarnación en encarnación, de edad en edad. Aprendemos eso, cuando aprendemos a comprender el verdadero cristianismo. En este sentido, todavía tenemos mucho que aprender de San Pablo. En todas las religiones orientales, incluso en el budismo, se encuentra la doctrina de que "el mundo exterior es Maya". Así es; y en Oriente eso se establece como verdad absoluta. San Pablo señala la misma verdad y la afirma enfáticamente. Al mismo tiempo, San Pablo subraya algo más: "El hombre no ve la verdad cuando mira con sus ojos; no ve la realidad cuando mira lo que está fuera". ¿Por qué? Porque, en su descenso a la materia, él mismo transfundió la realidad externa con ilusión. Es el hombre mismo, mediante su propio acto, quien hizo del mundo exterior una ilusión'. Tanto si se llama a esto la Caída, como hace la Biblia, como si se le da cualquier otro nombre, es culpa del propio hombre que el mundo exterior aparezca ahora como una ilusión. Las religiones orientales atribuyen la culpa a los dioses. Golpéate el pecho", dice San Pablo, "porque has descendido y has oscurecido tanto tu visión que el color y el sonido ya no parecen espirituales. ¿Crees que el color y el sonido existen materialmente? Son maya. Tú mismo los has hecho maya. Tú, hombre, debes liberarte de esto; ¡debes readquirir lo que has eliminado! Has descendido a la materia y ahora debes liberarte de ella y liberarte, aunque no del modo aconsejado por Buda: ¡Libérate del anhelo de la existencia! No. Debes mirar la vida en la tierra en su verdadera luz. Lo que tú mismo has reducido a Maya, eso debes restaurar dentro de ti - Esto lo puedes hacer tomando dentro de ti la fuerza Crística, que te mostrará el mundo exterior en su realidad".
He aquí un gran impulso para la vida de los países occidentales, un nuevo impulso que aún dista mucho de haber llegado a todas partes. ¿Qué sabe hoy el mundo del hecho de que en una parte del mismo se esté intentando crear una "teoría del conocimiento" en el sentido de San Pablo? Tal teoría no podría alarmar como lo hace Kant: "La cosa en sí es incomprensible". Tal teoría del conocimiento sólo podría decir: "Te incumbe a ti, oh hombre; a través de lo que eres ahora, estás produciendo una realidad falsa. Debes pasar por un proceso interior. Entonces Maya se transformará en verdad, en realidad espiritual". La tarea de mis dos libros, Verdad y Ciencia y Filosofía de la Actividad Espiritual, era poner la teoría del Conocimiento sobre una base paulina. Ambos libros se centran en lo que constituye el gran logro de la concepción paulina del hombre en el mundo occidental. La razón por la que estos libros son tan poco comprendidos, o a lo sumo en los círculos teosóficos, es porque suponen la hipótesis de todo el impulso que ha encontrado expresión en el movimiento teosófico. ¡Lo más grande debe ser visto en lo más pequeño!

A través de consideraciones como éstas, que nos elevan por encima de los límites de nuestra estrecha humanidad, y nos muestran cómo, en nuestro pequeño trabajo cotidiano, podemos vincularnos a aquello que va de etapa en etapa, de vida en vida, conduciéndonos cada vez más hacia la existencia espiritual, - al reflexionar sobre esto nos convertiremos en buenos teósofos. Es justo que nos dediquemos a pensamientos como estos, en un día dedicado a una personalidad que dio el estímulo a un movimiento que vivirá y seguirá viviendo, que no debe permanecer como una mera teoría incolora, sino que debe tener la savia de la vida en su interior, para que el árbol de la concepción teosófica del mundo pueda renovar constantemente su verdor.

En este espíritu, esforcémonos por hacernos capaces de preparar un campo en el movimiento teosófico en el que el impulso de Blavatsky no se vea obstaculizado ni detenido, sino que progrese hacia más allá.
Traducido por J.Luelmo abr.2023