miércoles, 15 de julio de 2026

Valentin Tomberg, Meditaciones sobre el tarot - carta IV - El Emperador

 Valentin Tomberg

Meditaciones sobre el tarot.

Un viaje a los orígenes del hermetismo cristiano.

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EL EMPERADOR







El Emperador

«Bendito el que viene en nombre del Señor».

Lucas 13:35





¡Querido amigo desconocido!

Cuanto menos superficial es una persona —cuanto mayores son sus conocimientos y capacidades—, mayor es su poder: su autoridad[1]. Ser, es decir, representar algo, saber algo y poder algo —es decir, ser capaz de llevarlo a cabo—: he aquí el fundamento mismo de tal o cual autoridad, que es lo que confiere poder. Hablando más concretamente, la magnitud y el ámbito correspondiente del poder al que tiene acceso una persona son proporcionales al grado en que se combinan en ella la profundidad del misticismo, la sabiduría del conocimiento directo —la gnosis— y la fuerza eficaz de la magia. Cualquiera que posea esto en cierta medida puede fundar una «escuela»; quien lo posea en grado sumo obtiene el poder de «establecer leyes».

El poder en sí mismo: he ahí la auténtica e incondicional fuerza de la ley. La coacción en nombre del poder solo es pertinente como medida necesaria para complementarlo. Resulta superflua allí donde existe el verdadero poder, donde se percibe el aliento de la magia sagrada, impregnada de una gnosis resplandeciente que emana de las ardientes profundidades del misticismo. He aquí por qué el Emperador —la figura del Cuarto Arcano del Tarot— no tiene ni espada ni arma alguna. El instrumento de su autoridad es el cetro; no necesita nada más. Esta es la primera idea con la que nos topamos de inmediato al analizar lo representado en la carta: en la base de la ley está la autoridad (authority). En el contexto de la reflexión sobre los tres arcanos anteriores, esto se traduce necesariamente en la siguiente tesis: la fuente de todo poder (y, por lo tanto, la fuente y el fundamento de todas las leyes) יהלה=es el Nombre inefable de Dios

El sentido de esto radica en que el hombre que posee un poder auténtico, una autoridad auténtica, no sustituye por sí mismo al poder divino, sino que, por el contrario, se pone a su disposición; es decir, le cede el paso, pues el único medio para acceder a él es la abnegación. 

La figura del Cuarto Arcano expresa, ante todo, la idea de que el Emperador, como encarnación del poder, es incompatible con la violencia y la coacción. No lleva armas. Su mirada se dirige hacia el cetro que sostiene en la mano derecha, extendida en un gesto imperioso; la mano izquierda descansa sobre un cinturón bien apretado. Detrás del Emperador hay un trono no muy alto, en el que se apoya, con un pie apoyado en el suelo y el otro cruzado sobre él; junto a él, un escudo con la imagen de un águila. El Emperador lleva una corona maciza en la cabeza.

En general, lo que se representa en la carta simboliza no tanto la idea del rechazo a la violencia en general, a la violencia como tal, sino más bien la idea de la abnegación activa. No se puede decir que el Emperador se encuentre en un estado de reposo: no está sentado. Por otro lado, su postura tampoco se asocia con ninguna libertad de movimiento: se apoya en el trono y, además, tiene las piernas cruzadas, es decir, se ve privado tanto de la posibilidad de afirmarse (movimiento hacia delante) como de retroceder (movimiento hacia atrás). El Emperador, por así decirlo, está atado a su lugar, como a un puesto de guardia: aquí están su trono y su escudo (el águila sobre el escudo).

Desarrollando esta idea, se podría decir que el Emperador es el guardián del cetro, que en este caso no es simplemente un signo de poder y de la correspondiente libertad de elección, es decir, de su aplicación según lo previsto: la función simbolizada por el cetro no se reduce únicamente al plano de la realización práctica. Dicho de otro modo. El Emperador está por encima de cualquier acción concreta: en su mano derecha sostiene el cetro, con el que, por así decirlo, presta juramento; la mano izquierda descansa sobre el cinturón apretado. Con este cinturón, el Emperador, por así decirlo, se aprieta, se limita a sí mismo, ya que el cinturón es algo opuesto a la libertad, algo que refrena los impulsos de una naturaleza impulsiva e instintiva, y, en sentido simbólico, es precisamente él quien, al no permitir que el Emperador se deje llevar por ellos ni que interfiera en el curso de los acontecimientos, lo ata a su puesto de guardia: a su trono.

Por eso, las piernas del Emperador —tal y como se representan— simbolizan, naturalmente, algo opuesto al movimiento, y las manos, algo opuesto a la acción. Además, su cabeza está coronada por una corona maciza, cuyo doble significado ya hemos desentrañado en la meditación sobre el Tercer Arcano —la Emperatriz—: la corona es un signo no solo de la legitimidad del poder, sino también del deber asociado a él, es decir, de la misión divina que recae sobre quien la lleva. Por eso, en realidad, cualquier corona es de espinas: la corona no solo es pesada, sino que obliga a un control estricto, a veces doloroso, de cualquier pensamiento, fantasía o pasión personal. Los rayos que emanan de ella —las puntas de la corona— se convierten, en el mundo interior de quien la lleva, en afiladas espinas. Son como clavos que traspasan y crucifican cualquier pensamiento o imagen que surja en su imaginación. Aquí, todo pensamiento, si es acertado, todo pensamiento piadoso, recibe confirmación en un resplandor recíproco, mientras que el pensamiento fortuito y falso es rechazado y vuelve a la nada. Así como la posición de las manos y los pies del Emperador simboliza la renuncia a la libertad de movimiento y de actuar según el propio capricho, su corona es símbolo de la renuncia a la libertad de movimiento del intelecto. En definitiva, resulta que el Emperador se ve privado de las tres llamadas libertades humanas «naturales»: las creencias u opiniones (δοξα en la doctrina de Platón), la palabra y el movimiento. —Esto lo exige inevitablemente el poder.

Además, a diferencia de la carta anterior del tarot, en la que vemos el escudo con la imagen del águila en manos de la Emperatriz, en la carta del «Emperador» ese mismo escudo se encuentra a sus pies. El escudo está presente, sin duda, pero aquí es más bien un atributo del propio trono que del gobernante. Esto significa que el objetivo propiamente dicho de todo poder, personificado por el Emperador, no viene determinado por motivos personales, sino por el propio trono, que simboliza ese objetivo. El Emperador no tiene ninguna misión personal ni objetivo propio; ha renunciado a ellos en favor del trono. O, utilizando la terminología esotérica, no tiene nombre, es anónimo, ya que el nombre —que es, en realidad, la misión o el objetivo— es una prerrogativa directa del trono, en nombre y en beneficio del cual, y en absoluto por sí mismo ni en su propio nombre, está presente aquí el Emperador. Tal es su cuarta renuncia: la renuncia a un objetivo personal, o al nombre en el sentido esotérico de la palabra.

Existe un conocido aforismo: «La naturaleza aborrece el vacío» (horror vacui). Su reinterpretación en el plano espiritual ofrece una imagen opuesta: «El espíritu aborrece la plenitud». Para que lo espiritual pueda manifestarse, es necesario preparar primero un vacío natural para ello, y eso es precisamente lo que se logra mediante la abnegación. Esta verdad fundamental se recoge en el Sermón de la Montaña (Mateo 5:3-12), en la lista de los llamados «mandamientos de la bienaventuranza». El primer mandamiento —«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»— debe entenderse en el sentido de que el Reino de los Cielos es inaccesible para quienes son «ricos» espiritualmente, es decir, aquellos cuya alma ya está llena del «reino espiritual del hombre». La revelación es imposible sin un vacío previo, sin un espacio puesto a su disposición. Por eso es necesario desprenderse de la propia opinión para recibir la revelación de la verdad; de la propia acción, para participar de la magia sagrada; de nuestro propio camino (o método) de desarrollo —para volver a ponernos bajo la guía de Aquel que es el Señor de todos los caminos—; y, por último, de nuestro propio objetivo», dictado por la elección personal, —para ser dignos de una misión venida de lo alto.

Precisamente ese vacío de cuatro caras fue el que creó el Emperador en su mundo interior. Por eso es la personificación misma del poder, es decir, de la autoridad. Dejó espacio en su mundo interior para su única fuente y símbolo auténtico y original: el Nombre sagrado יהלה —YOD-HE-VAU-HE—, renunciando, en primer lugar, a la iniciativa personal en el plano intelectual, de modo que el vacío resultante se llenó con la iniciativa superior y sagrada —la primera letra del Tetragrámaton (YOD); en segundo lugar, de cualquier acción o movimiento personal, de modo que el vacío resultante se llenó con la acción de la Revelación y el movimiento mágico desde lo alto —la segunda y tercera letras del Tetragrámaton (HE y VAU); y, por último, a partir de un objetivo personal que se ha vuelto anónimo, de modo que el vacío resultante se llenó, en definitiva, con el poder como autoridad incondicional (la cuarta letra del Tetragrámaton, la segunda HE), es decir, quien lo posee establece la ley y el orden, pues ha obtenido acceso a su fuente inmediata.

En el tratado «Daodejing» de Lao-Tse se habla del arcano del poder:

«Los treinta radios se unen en un solo cubo [formando una rueda], pero la utilidad de la rueda depende del vacío entre [los radios]. De la arcilla se hacen los recipientes, pero la utilidad de los recipientes depende del vacío que hay en su interior. Se abren puertas y ventanas para construir una casa, pero el uso de la casa depende del vacío que hay en ella. Por eso, la utilidad [de cualquier cosa] depende del vacío. (...) «Lo imperfecto se vuelve perfecto, lo torcido se endereza, lo vacío se llena, lo viejo da paso a lo nuevo; al aspirar a lo pequeño, se alcanza lo grande; el afán por obtener mucho conduce al extravío». Por eso, el sabio presta atención a esta enseñanza, que es necesario seguir en el Imperio Medio. El sabio no se basa únicamente en lo que ve, por lo que puede ver con claridad; no se considera a sí mismo el único que tiene razón, por lo que puede poseer la verdad; no se glorifica a sí mismo, por lo que goza de una fama merecida; no se ensalza a sí mismo, por lo que es el mayor entre los demás. No se opone a nada, por lo que es invencible en el Imperio Medio» (8: XI, XXII; pp. 114-138) —pues, añadiremos, posee el auténtico poder, la auténtica autoridad.

Dios gobierna el mundo no con la fuerza del poder, sino con el poder de la autoridad; de lo contrario, en el mundo no habría ni libertad ni ley, y las tres primeras peticiones (o súplicas) del Padrenuestro («Padre nuestro») perderían todo su sentido: «Santificado sea tu nombre, venga tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mt 6, 10). Porque quien eleva esta oración recurre así a la autoridad sagrada como tal, pero no como fuerza. El Señor, que es todopoderoso —no en sentido figurado, sino en realidad—, no necesita en absoluto que nadie le suplique que venga su Reino y se cumpla su voluntad. El significado y el sentido de esta oración radican en que Dios es todopoderoso precisamente en la medida en que su autoridad se reconoce y se acepta libremente. La oración es precisamente ese acto de reconocimiento y aceptación. Cada uno es libre de creer o de no creer. Nada ni nadie puede obligarnos a creer: ni los descubrimientos científicos, ni los argumentos lógicos, ni siquiera los tormentos físicos pueden obligarnos a creer, es decir, a reconocer y aceptar libremente la autoridad de Dios. Pero, por otra parte, en cuanto se reconoce y se acepta esta autoridad, lo débil se vuelve todopoderoso, y es precisamente entonces cuando la autoridad divina puede manifestarse como poder; por eso se dice que basta con un grano de mostaza de fe para mover montañas.

Así pues, en el concepto de autoridad (authority) se funden de forma indisoluble sus cuatro significados: el místico, el gnóstico, el mágico y el hermético. Con él está estrechamente relacionado el misterio de la Crucifixión —o, según la interpretación del famoso cabalista Luria, «el misterio del retraimiento» (sod ha'tsimtsum)—. Para intentar aclarar esta cuestión, expondremos algunas reflexiones.

En el centro del mundo cristiano se encuentra la adoración de la Crucifixión, es decir, la imagen que encarna una paradoja insondable: el Dios todopoderoso desciende hasta la más extrema debilidad. Pero es precisamente en esta paradoja donde vemos la revelación más elevada de la Divinidad en toda la historia de la humanidad: la revelación más perfecta de Dios como amor. En el «Símbolo de la fe» se dice:

«... crucificado por nosotros bajo Poncio Pilato, y que padeció y fue sepultado...».

El Hijo Unigénito del Padre eterno fue clavado en la cruz de la vergüenza «por nosotros», por nuestro bien; eso es lo que llena de reverente estremecimiento a todas las almas abiertas, eso es lo que convirtió incluso al ladrón crucificado a la derecha de Cristo. Esa huella en el alma es indeleble e inexpresable con palabras. Es el aliento mismo del Señor, que inspiró y sigue inspirando hasta hoy a miles de mártires, confesores, ermitaños y vírgenes.

Sin embargo, tanto en los tiempos del Gólgota como en la actualidad, no todos los que dirigen su mirada hacia la Crucifixión experimentan ese temor sagrado; hay quienes tienen una reacción opuesta.

«Los que pasaban le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: … Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27, 39-40).

Los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos también se burlaban de Él, diciendo:

«¡A otros salvaba, pero a sí mismo no puede salvarse! Si es el Rey de Israel, que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Confió en Dios; que Dios lo libre ahora, si le agrada!» (Mateo 27:42-43).

Ahí radica precisamente la esencia de la reacción contraria. En nuestros días nos enfrentamos a algo muy similar, por ejemplo, en las emisiones de radio desde Moscú dirigidas a Occidente. Los argumentos de estos programas son siempre los mismos: si Dios existe, debe saber que nosotros, los comunistas, lo hemos derrocado definitivamente y, por lo tanto, en realidad no existe; de lo contrario, ¿por qué no da ninguna señal, ninguna prueba, si no de su poder, al menos de su existencia? ¿Por qué no defiende sus intereses? —En otras palabras, siempre la misma cantinela: «Bájate de la cruz y creeremos en Ti».

Menciono estas verdades evidentes porque en su base yace un principio filosófico que se ha convertido en una especie de dogma, a saber: la verdad y el poder son lo mismo; lo que posee poder es verdadero, y lo que es débil es falso. De acuerdo con este principio, que constituye la base de la ciencia técnica moderna, el poder es el criterio absoluto y el ideal supremo de la verdad. Solo es divino aquello que posee poder.

El ídolo del poder (pues el poder en sí mismo no es solo un ídolo en estado puro, sino la fuente misma de toda idolatría) encuentra admiradores, ya sean manifiestos o encubiertos, no solo en el ámbito de la ciencia o la política, sino también en los movimientos cristianos y, en general, en los círculos religiosos y espirituales. No me refiero a los líderes religiosos (ni siquiera dentro del cristianismo) o espirituales, ni a los políticos que aspiran abiertamente al poder, sino, en general, a los seguidores de aquellas doctrinas que, de una forma u otra, se reducen a la afirmación de la supremacía de la fuerza. Estos seguidores se dividen en dos categorías: los que aspiran al ideal del «superhombre», y aquellos para quienes, según su comprensión y su fe, Dios es todopoderoso en la realidad —y, por lo tanto, es responsable de todo lo que ocurre—.

El ideal del superhombre constituye el objetivo, ya sea manifiesto o oculto, de las aspiraciones de multitud de esoteristas, ocultistas y magos, quienes, por regla general, pretenden así desempeñar el papel de maestros o, en cualquier caso, de iniciados, que con su ejemplo personal señalan el arduo, pero noble e inevitable camino hacia su única encarnación digna de esfuerzo. En particular, les caracteriza una especie de exaltación especial de Dios —hasta el punto de sacarlo de los límites de la Abstracción Absoluta—, para que Él no les moleste con Su presencia demasiado concreta, ya que, frente a la grandeza de la propia Divinidad, esas mismas pretensiones de grandeza propia parecen bastante ridículas. Cada uno de ellos, en esencia, construye su propia Torre de Babel, la cual, como es de esperar, a semejanza de su arquetipo, se derrumba inevitablemente, de modo que su construcción culmina con una caída salvadora: el regreso a la tierra, de acuerdo con la ley que enseña la decimosexta carta del tarot. Tal caída, sin embargo, no es una caída desde una altura real hacia un abismo real; en este caso, la «altura» existe solo en la imaginación, y si se cae desde ella, es únicamente a la tierra, recibiendo así una lección de la que se desprende la conclusión: ¿lo ha comprendido todo el ser humano o aún le queda mucho por aprender?

La adoración de ese ídolo del poder —el poder como fuerza—, encarnado en la figura del superhombre (y esto se debe principalmente a la identificación personal con él), es relativamente inofensiva, ya que, en el fondo, es infantil. La situación es diferente en el caso de otra categoría de admiradores del poder: aquellos que, de hecho, proyectan este ideal sobre el propio Dios. Esa «fe en Dios» depende, en esencia, únicamente de Su poder; si Dios no fuera todopoderoso, no valdría la pena creer en Él. Según la concepción de este tipo de «creyentes», unas almas, creadas por Dios, están condenadas a la maldición eterna, mientras que a otras les está reservada de antemano la salvación. Son precisamente ellos quienes atribuyen a Dios la responsabilidad de toda la historia de la humanidad, incluidas todas las atrocidades que la han acompañado. Según su convicción, a través de guerras, revoluciones, tiranos, etc., Dios «castiga» a Sus hijos desobedientes. ¿Y cómo podría ser de otra manera? Si Dios es realmente todopoderoso, entonces todo lo que ocurra solo puede suceder por Su voluntad o con Su consentimiento.

El ídolo del poder ejerce tal dominio sobre las mentes de muchos que estos prefieren a un Dios en el que el bien y el mal son inseparables —siempre y cuando sea lo suficientemente todopoderoso— antes que al Dios del amor, que gobierna únicamente con el poder innato de la Divinidad —el poder de la verdad, la belleza y el bien—; en otras palabras, prefieren a un Dios todopoderoso en la práctica antes que al Dios crucificado.

Sabemos, sin embargo, que el hijo pródigo de la parábola bíblica no fue expulsado de la casa paterna, sino que se marchó por su propia voluntad a tierras lejanas para llevar allí una vida disoluta; por otra parte, el padre no se opuso a su partida, ni le obligó a llevar un estilo de vida que solo fuera del agrado del padre. El padre se limitó a esperar pacientemente el regreso de su hijo y, cuando este se acercó a la casa paterna, salió a su encuentro. Solo el regreso del hijo pródigo no contradecía la voluntad del padre.

En esencia, en esta parábola se resume toda la historia de la humanidad tras la Caída. No se trata aquí de esa «ley de la involución y la evolución según el plan divino» de la que hablan los teósofos modernos, sino más bien del abuso de la libertad, análogo a la imprudencia del hijo pródigo. Y la fórmula clave de la historia de la humanidad no se encuentra en el progreso de la civilización ni en el proceso de evolución (ni, en general, en ningún «proceso histórico»), sino más bien en la parábola del hijo pródigo, que dijo:

«¡Padre! He pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado tu hijo; acéptame como uno de tus jornaleros» (Lc 15, 18-19).

¿Es la humanidad plenamente responsable de su historia? — Sin duda: pues no es así por voluntad del Señor, Aquel que fue crucificado en el transcurso de esa historia.

Y esto resulta perfectamente comprensible si se tiene en cuenta toda la importancia del mero hecho de la libertad humana, así como de la libertad de los seres de las jerarquías espirituales: los ángeles, los arcángeles, los Principios, las Potestades, las Potencias, los Dominios, los Tronos, los querubines y los serafines. La existencia de todos estos seres, incluido el ser humano (denominado «Ischim» en la cábala), es o bien real, o bien ilusoria. Si su existencia es real y no ilusoria, entonces se trata de entidades independientes, y esta independencia no es solo fenomenal, sino también nouménica —y esto es precisamente lo que entendemos por libertad—. En esencia, la libertad no es otra cosa que la existencia real y plena, autosuficiente, de una criatura, o la existencia de la criatura —el ser creado por Dios—. Ser libre y existir son conceptos sinónimos desde el punto de vista moral y espiritual. Así como la moralidad es imposible sin libertad, tampoco una esencia espiritual no libre —el alma o el espíritu— existiría por sí misma, sino solo como parte de otra esencia espiritual libre, es decir, de aquella que realmente existe. La libertad es el ser espiritual de lo existente.

En las palabras de las Escrituras sobre la creación por parte de Dios de todo lo vivo —todas las criaturas, todos los seres— el sentido principal radica en que, con ello, Dios otorgó a cada criatura aquella libertad que es el ser, la «existencia» (existentia). Y este don de la libertad recibido de Dios no es reversible. Por eso, los seres de las diez jerarquías antes mencionadas son inmortales. La muerte no se reduce únicamente a la separación del cuerpo: la verdadera muerte es la privación absoluta de la libertad, es decir, la desintegración total del ser otorgado por el Señor. Pero, ¿quién o qué puede arrebatar a un ser creado el don divino de la libertad, el don sagrado del ser? La libertad y el ser son inseparables, y por eso los seres de las diez jerarquías son verdaderamente inmortales. Esta inseparabilidad de la libertad y el ser puede entenderse como un don inestimable, como el valor más elevado que pueda alcanzar la imaginación —y entonces se convierte en el arquetipo y el umbral del paraíso—; o bien como la condena al «círculo ineludible del ser» —y entonces ese ser y esa libertad se convierten en el arquetipo y el umbral del infierno. Pues a nosotros, al igual que al hijo pródigo, nadie nos «obliga» a nada: la libertad no es un teatro. Somos nosotros mismos quienes tomamos la decisión. Al amar el ser, elegimos el paraíso; al odiar el ser, elegimos el infierno.

Por eso, para los seres creados, el Señor, de acuerdo con su libertad original, es o bien el Rey (en el sentido de autoridad que enseña el Cuarto Arcano del Tarot), o bien el Crucificado: el Rey —para aquellos que «han creído»—, es decir, que libremente, por su propia voluntad, han aceptado Su autoridad—, y el Crucificado —para aquellos que abusan de su libertad, «creando un ídolo», es decir, sustituyendo la autoridad divina por valores falsos.

El Crucificado —y Él mismo es el Rey—: he aquí el misterio de la inscripción de Pilato en la cruz del Gólgofa: lesus Nazarenus Rex Judaeorum —«Jesús de Nazaret, Rey de los judíos» (Jn 19, 19). Omnipotente y débil al mismo tiempo: he aquí lo que ha permitido que, a lo largo de toda la historia de la humanidad, en medio de las guerras más sangrientas y de todo tipo de calamidades, los santos hayan obrado milagros de sanación.

¡Libertad! La libertad es el verdadero trono del Señor, y es también su cruz. La libertad es la clave para comprender el papel de Dios en la historia: ese Dios que es el Dios del amor y el Dios-Rey, y no aquel a quien blasfemamente proclaman tirano, a quien blasfeman, dudando de su poder y de su propia existencia... Dios es todopoderoso en la historia de la humanidad exactamente en la medida en que es grande la fe en Él; y en la misma medida es grande Su padecimiento en la cruz, al que Se ve sometido por aquellos que se han apartado de Él.

Así pues, la Crucifixión divina es una consecuencia inevitable del mero hecho de la libertad, es decir, de la existencia real de los seres de las diez jerarquías, siempre y cuando hablemos de un mundo gobernado no por la coacción, sino por el poder divino.

Volvamos ahora a la idea del tsimtsum —la idea del «abandono por parte de Dios», en palabras del cabalista Luria—. El tsimtsum es, en la Cábala, uno de los «tres misterios» fundamentales: sod ha'jichud, el misterio de la unión; sod ha'tsimtsum, el misterio de la concentración o del abandono por parte de la Divinidad; y sod ha'gilgul, el misterio de la reencarnación o de la «rotación de las almas». De ellos, el primero y el tercero —el misterio de la unión y el misterio de la reencarnación— se analizarán más adelante, en las próximas cartas (en concreto, en la décima) ; en cuanto al «misterio del abandono por parte de Dios» (o «misterio de la concentración»), que nos interesa ahora, se trata de la tesis según la cual el mundo surgió a la existencia de la única manera posible: en un acto de «contracción» de Dios en sí mismo; es decir, Dios, por así decirlo, mediante una especie de «renuncia a sí mismo» o «abandono», cedió «espacio» al mundo, dejando libre un cierto espacio en sí mismo.

«De este modo, el acto primario del «Ein Sof», el Ser Infinito, no es una salida hacia el exterior, sino un movimiento hacia el interior, un movimiento de retracción, de retorno a Sí mismo, de absorción en Sí mismo. Aquí no tiene lugar una emanación, sino, por el contrario, una especie de contracción... El acto primigenio, que yace en el origen mismo de la Creación, no es un acto de revelación, sino un acto de limitación. Solo entonces Dios envía un rayo de Su luz, dando inicio a Su Revelación» o, más exactamente, a la autorrevelación como Dios-Creador en el espacio preeterno de la Creación. Es más: un acto semejante de concentración y renuncia precede a cada acto posterior de emanación y manifestación» (124: p. 261).

En otras palabras, para crear el mundo «ex nihilo» («de la nada»), Dios tuvo que crear primero el vacío, y para ello tuvo que pasar por un proceso de contracción, de «renuncia», es decir, de retirarse hacia su interior con el fin de crear un espacio místico desprovisto de su presencia: el vacío. Al reflexionar sobre esta idea, ya participamos en el nacimiento de la libertad; como dijo Berdiáyev:

«La libertad no está determinada por Dios, está en esa nada a partir de la cual Dios creó el mundo» (2: p. 39).

El vacío es el espacio místico que Dios dejó en el acto del tsimtsum; es el lugar donde nace la libertad, es decir, esa existencia («ex-istence»), ese ser que es potencialidad absoluta, inaccesible a cualquier definición. Precisamente en este sentido, todos los seres de las diez jerarquías creadas son hijos de Dios e hijos de la libertad, nacidos de la plenitud divina y de la vacuidad divina. Llevan en su interior una «gota» de vacuidad y una «chispa» de Dios. Su ser (existentia), su libertad, es su vacuidad más profunda. Su esencia (essentia), su chispa de amor, es la «sangre» divina que los llena. Son inmortales, pues el vacío es indestructible, y así mismo es indestructible toda mónada a la que Dios ha concedido el ser. Además, estos dos elementos —el meónico (μη ον — «vacío») y el plerómico (πληρωμα — «plenitud»)— no solo son indestructibles, sino que también forman un todo inseparable.

La idea del tsimtsum —el alejamiento de Dios para conceder la libertad— coincide exactamente con la idea de Su crucifixión, también en nombre de la libertad. Pues la creación por parte de Dios de un espacio donde pudiera nacer la libertad y Su renuncia a utilizar la fuerza contra el abuso de la libertad (dentro de los límites establecidos por Él) son dos aspectos de una misma idea.

Por supuesto, en la interpretación panteísta, tanto la idea del tsimtsum como la de la crucifixión carecen por completo de sentido. El panteísmo, al igual que el materialismo, es incompatible con el reconocimiento de la existencia real de los individuos. Por eso, el mero hecho de la libertad —no solo la libertad aparente, sino la auténtica— es rechazado en el panteísmo y ni siquiera se tiene en cuenta. Para los panteístas, al igual que para los materialistas, la cuestión de la retirada de Dios y de Su crucifixión resulta completamente absurda. A su vez, la doctrina cabalística del tsimtsum no solo es la única explicación seria que conozco que pueda oponerse al panteísmo manifiesto y elemental, sino también un sólido nexo de unión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, que pone de relieve la importancia cósmica de la idea del sacrificio de sí mismo.

Así pues, como hemos podido comprobar, en el Cuarto Arcano del Tarot («El Emperador») encontramos un reflejo de la idea de la partida de Dios y de su crucifixión. El Emperador gobierna mediante el poder puro; gobierna a seres libres, no con la espada, sino con el cetro. En la punta del cetro hay una esfera coronada por una cruz. El cetro, por tanto, expresa de forma sumamente clara la idea fundamental del Arcano: así como la cruz gobierna el mundo (la esfera), así es también el poder del Emperador sobre la esfera terrenal, amparada por el signo de la cruz. El poder del Emperador es un reflejo del poder divino. Y así como sobre el poder divino incide la «contracción» de Dios (tsimtsum) y su debilidad voluntaria (la Crucifixión), de la misma manera incide sobre el poder del Emperador la limitación de sus propias fuerzas (el cinturón bien apretado) y su inmovilidad voluntaria (las piernas cruzadas) en su puesto (el trono o la sede) .

El cargo del Emperador... ¡Cuántas ideas relacionadas con este concepto (el rango del soberano supremo del Imperio cristiano, su misión histórica, sus funciones a la luz del derecho natural y su papel a la luz del derecho divino) pueden encontrarse en los autores medievales!

Así pues, como hemos podido comprobar, en el Cuarto Arcano del Tarot («El Emperador») encontramos un reflejo de la idea de la partida de Dios y de su crucifixión. El Emperador gobierna mediante el poder puro; gobierna a seres libres, no con la espada, sino con el cetro. En la punta del cetro hay una esfera coronada por una cruz. El cetro, por tanto, expresa de forma sumamente clara la idea fundamental del Arcano: así como la cruz gobierna el mundo (la esfera), así es también el poder del Emperador sobre la esfera terrenal, amparada por el signo de la cruz. El poder del Emperador es un reflejo del poder divino. Y así como sobre el poder divino incide la «contracción» de Dios (tsimtsum) y su debilidad voluntaria (la Crucifixión), de la misma manera incide sobre el poder del Emperador la limitación de sus propias fuerzas (el cinturón bien apretado) y su inmovilidad voluntaria (las piernas cruzadas) en su puesto (el trono o la sede) . La Iglesia universal sin papa. Pues, si el mundo se gobierna según el principio jerárquico, tampoco el mundo cristiano —el Sanctum Imperium[2]— puede gobernarse de otra manera. La jerarquía es una pirámide que solo existe si está completamente cerrada. Y en la cúspide de la pirámide se encuentra el Emperador. Desde esa cúspide, descendiendo por la jerarquía, le siguen los reyes, los príncipes, la nobleza, los ciudadanos y los campesinos. Pero solo de la corona del Emperador reciben la dignidad real las coronas de los reyes, y de estas se confiere el poder a las coronas de los príncipes y demás.

Sin embargo, el cargo de emperador no es simplemente la última (o, más bien, la primera) instancia de la única autoridad legítima: en un principio era, ante todo, mágico, si por magia entendemos la materialización de las correspondencias entre «lo de abajo» y «lo de arriba»; es decir, era en sí mismo ese principio de poder del que todos los gobernantes de rango inferior extraían no solo sus poderes legítimos, sino también su influencia sobre la conciencia de las personas y su propia autoridad. He aquí por qué, tras el ocaso de la corona imperial, las coronas de los reyes se fueron apagando una tras otra de forma irremediable y se sumieron en la oscuridad. A los monarcas no les queda mucho tiempo para reinar sin la Monarquía. Los reyes no pueden repartirse la corona y el cetro del Emperador ni entronizarse como emperadores cada uno en su propio país, pues les persigue implacablemente su sombra: la sombra del Emperador. Y si en el pasado las coronas reales resplandecían con esplendor y magnificencia solo por la mera idea del Emperador, con la partida de este, su sombra cayó sobre ellas y las arrastró consigo, y tras ellas se sumieron en la oscuridad también las coronas de los gobernantes de menor rango: duques, príncipes, barones y demás. Una pirámide es imperfecta sin su vértice; la jerarquía no existe cuando se ve privada de su principio. Sin el Emperador, tarde o temprano, no habrá reyes. Si no hay reyes, tarde o temprano, no habrá nobleza. Si desaparece la nobleza, tarde o temprano, no habrá ni burguesía ni campesinado. Así es como todo termina en la «dictadura del proletariado», una clase intrínsecamente hostil al principio jerárquico, cuando este principio no es más que un reflejo del orden divino. No es de extrañar que el proletariado profese el ateísmo.

La sombra del Emperador vaga por Europa. Su ausencia se siente con la misma intensidad con la que en tiempos pasados se sentía su presencia. Porque el vacío de una herida espiritual no puede quedar sin respuesta; aquello que nos falta sabe cómo hacerse notar.

Napoleón, que fue testigo de la Revolución Francesa, comprendió hacia dónde se dirigía Europa: hacia la destrucción total de la jerarquía. Y sentía sobre sí mismo la sombra del Emperador. Sabía lo que había que restablecer en Europa: no tanto el trono francés —pues sin el Emperador los reyes no reinarían por mucho tiempo—, como el trono imperial de Europa; y por eso decidió llenar él mismo ese vacío, proclamándose Emperador y nombrando reyes a sus hermanos. Sin embargo, más tarde, en lugar de hacer del cetro —una esfera coronada por una cruz— el único instrumento de su poder, decidió gobernar con la espada. Pero «todos los que empuñen la espada, por la espada perecerán» (Mateo 26:52). Hitler también estaba obsesionado con la idea de ocupar el trono vacante del emperador. Creía en su misión: crear con la espada un «imperio milenario» que fuera un imperio de una tiranía sin precedentes. Pero también en él se confirmó la inquebrantable veracidad de las Escrituras.

No, el cargo de Emperador ya no pertenece ni a quienes deseaban ocuparlo por sí mismos, ni a quienes el pueblo había elegido. Solo se puede ascender al trono imperial por voluntad de los cielos; por eso se le ha atribuido definitivamente su significado oculto. Y la corona, el cetro, el trono y el escudo del Emperador se ocultan ahora en las catacumbas... allí donde son inaccesibles para tiranos y impostores. Así pues, en la cuarta carta, el Emperador está solo, sin cortesanos ni séquito. Su trono no se encuentra, evidentemente, en las estancias del palacio imperial, sino más bien al aire libre —en un campo abierto y sin labrar, fuera de las murallas de la ciudad—. Un manojo de hierba seca a sus pies: ahí está toda la corte imperial, testigo de su grandeza imperial. Pero sobre el Emperador se extiende un cielo despejado. Él no es más que una silueta contra ese fondo. A solas con el cielo: ese es el destino del Emperador.

Podría surgir la pregunta: ¿por qué tantos estudiosos del Tarot han pasado por alto el hecho sorprendente de que el Emperador, junto con su trono, se encuentra bajo un cielo abierto (o, si se quiere, bajo un cielo estrellado)? ¿Por qué nadie ha señalado que el Emperador está solo, sin cortesanos ni séquito? Me parece que es porque es extremadamente raro que en un solo símbolo, en una imagen que simboliza una idea determinada, se pueda plasmar todo el significado profundo que se esconde en su contexto único. Para un intérprete, solo se revela una pequeña parte; otro, sin darse cuenta, se deja llevar por sus propias conjeturas, sustituyendo con ellas el contenido profundo del símbolo.

Sin embargo, la cuarta carta es muy insólita: el Emperador está solo en el espacio abierto de un campo sin labrar; un manojo de hierba es su único compañero, si no contamos el cielo y la tierra. La carta nos enseña el arcano del poder del Emperador, por muy anónimo, misterioso, desconocido y no reconocido que sea ese poder. Todo su significado radica en que, custodiando la corona, el cetro, el trono y el escudo, sin más testigos que la tierra y el cielo, se encuentra un hombre solitario, apoyado en el trono y con las piernas cruzadas, con la corona en la cabeza, el cetro en una mano y la otra agarrando el cinturón. Aquí vemos la expresión del poder en sí mismo y de su función en sí misma.

El poder es la magia de la profundidad espiritual, llena de sabiduría. O, dicho de otro modo, es el resultado de la magia basada en la gnosis obtenida a través de la experiencia mística. El poder es la segunda y última letra HE (ה) del Tetragrammaton —el Nombre sagrado יהלה —. Pero esta letra HE, por sí sola, aún no es poder; como poder, solo es significativa y real cuando en ella se manifiesta el Nombre sagrado completo. Por lo tanto, sería más preciso decir que el poder es la manifestación completa del Nombre de Dios. El Nombre de Dios plenamente manifestado significa, al mismo tiempo, el «post» —el «post» del Emperador—, es decir, el estado de conciencia de la síntesis completa del misticismo, la gnosis y la magia sagrada. Ese estado de conciencia de la síntesis completa es la iniciación... si se entiende no en el sentido de ningún ritual o de la adquisición de conocimientos guardados en secreto, sino, más bien, en el sentido de un estado de conciencia en el que la eternidad y el presente son uno. Es la visión simultánea de lo efímero y lo eterno, de «lo que está arriba» y «lo que está abajo».

La fórmula de la iniciación es siempre la misma:

«Verum sine mendado, certum et verissimum: Lo que está abajo es como lo que está arriba; y lo que está arriba es como lo que está abajo, para realizar los milagros de la unidad de todas las cosas». — «Verdad, sin falsedad alguna, cierto y sumamente verdadero: lo que está arriba es semejante a lo que está abajo, y lo que está abajo es semejante a lo que está arriba, para realizar los milagros de lo uno» (Tabula Smaragdina, I—2).

Esta unidad («lo uno»), llevada a la vida, meditada en todos sus aspectos, puesta en práctica y plenamente consciente, es la consagración —la iniciación— o «la santificación del nombre de Dios en el alma del hombre»; en esto consiste el significado profundo de la primera frase de la oración del Padrenuestro: SANTIFICADO SEA TU NOMBRE.

El emperador personifica el poder de la iniciación o del propio iniciado. La fuente de este poder reside en el nombre completo de Dios, tal y como lo enseña la Cábala, que es el «gran arcano mágico», según la magia, y la «piedra filosofal», según la alquimia. En otras palabras, se trata de la unidad y la síntesis del misticismo, la gnosis y la magia —esa unidad o síntesis a la que, en la segunda carta, definimos como «filosofía hermética»—, una filosofía impregnada de un sentimiento hermético-filosófico. Recordemos que dicha filosofía no es, en ningún sentido, una derivada, es decir, algo separado de la unidad orgánica del misticismo, la gnosis y la magia sagrada: ella misma es la verdadera manifestación de esa unidad. La filosofía hermética es tan inconcebible fuera de la unidad «misticismo-gnosis-magia» como el segundo HE pierde su sentido fuera del Tetragrammaton. Esto es precisamente el poder: la manifestación de la unidad «misticismo-gnosis-magia».

La filosofía hermética corresponde al grado «verissimum» («en el más alto grado de verdad») de lo que es «verum, sine mendacio, et certum» («verdadero, sin ninguna mentira y cierto») en la fórmula gnoseológica de la Tabla Esmeralda. Pues representa la culminación de toda experiencia mística, revelación gnóstica y magia práctica. Se trata de una experiencia mística espontánea que se convierte en «verdadera» (verum), o bien se refleja en la conciencia (gnosis) y se vuelve «cierta» (certum) a través de la toma de conciencia mágica — tras lo cual se refleja por segunda vez (la segunda XE, o «segunda gnosis» del nombre de Dios) en la esfera del pensamiento puro, sobre la base de la experiencia pura, donde se somete a análisis, recibe su interpretación definitiva y, de este modo, se convierte en «sumamente verdadero» (verissimum).

La fórmula «verdaderamente, sin ninguna mentira, de forma fidedigna y en el más alto grado de verdad» proclama, por tanto, el principio de la epistemología (o «gnoseología») de la filosofía hermética con su triple criterio de la verdad. Este principio puede formularse de diversas maneras; por ejemplo: aquello que es absolutamente subjetivo (la experiencia mística pura) debe adquirir objetividad en la conciencia y ser percibido en ella como verdad (revelación gnóstica), luego demostrar su veracidad mediante resultados objetivos (magia sagrada) y, por último, manifestarse como verdad absoluta a la luz del pensamiento puro, basado en la experiencia subjetiva y objetiva puras (filosofía hermética). Es decir, se trata aquí de cuatro sentidos distintos: el sentido místico, o tacto espiritual; el sentido gnóstico, u oído espiritual; el sentido mágico, o vista espiritual; y, por último, el sentido hermético-filosófico, es decir, la comprensión espiritual. El triple criterio de la verdad de la filosofía hermética es, por lo tanto, el valor auténtico de la revelación («verdadero, sin ninguna mentira»), su fecundidad creadora («fidedigno») y su correspondencia armoniosa con las revelaciones anteriores, las leyes del pensamiento y toda la experiencia existente («en el más alto grado de verdad»). Por consiguiente, en la filosofía hermética es absolutamente verdadero aquello que procede de Dios, produce resultados acordes con ese origen y concuerda plenamente con las leyes inquebrantables del pensamiento y la experiencia.

Así pues, el hermetista es a la vez místico, gnóstico, mago y filósofo —es decir, un «realista-idealista»—, pues se basa en igual medida tanto en la experiencia como en el pensamiento especulativo, tanto en los hechos como en las ideas, ya que, para él, tanto los hechos como las ideas no son más que dos aspectos de una única «realidad-idealidad», es decir, la misma verdad.

La filosofía hermética, al ser el resultado y la síntesis del misticismo, la gnosis y la magia sagrada, no es en absoluto una filosofía más, equiparable a otras filosofías, ni un sistema filosófico aislado entre otros. Del mismo modo que la Iglesia católica, por ser católica o universal[3], no puede considerarse a sí misma como una Iglesia aislada entre otras Iglesias aisladas ni considerar sus dogmas como una de las muchas otras creencias religiosas o confesiones, — así también la filosofía hermética, al ser perse[4] una síntesis de todo lo que es significativo en la vida espiritual de la humanidad, no puede considerarse a sí misma como una más entre las muchas otras filosofías.

¿Presunción? — Sin duda, monstruosa — si esa autoevaluación fuera solo fruto de la imaginación humana y no una revelación divina. Pero si, por el contrario, la verdad se revela desde lo alto, si la aceptación de esta verdad trae consigo milagros de sanación, paz interior y vigor espiritual —«resurrección de entre los muertos»—, si, en definitiva, esta da una explicación a miles de fenómenos incomprensibles —que de otro modo no se prestan a explicación—, ¿queda entonces alguna posibilidad de considerar esta verdad como una más entre muchas otras opiniones?

¿Dogmatismo? —Por supuesto, si por «dogma» se entiende aquella certeza que nace de una revelación inestimable, divina; una revelación que, de hecho, demuestra su fecundidad y creatividad y que se ve confirmada tanto por el pensamiento como por la experiencia. Si tal certeza se basa en la armonía entre la revelación divina, la interacción de los principios divino y humano y el conocimiento racional del hombre, ¿se puede fingir que no existe, resignándose a la «inevitabilidad fatal» —«renegar tres veces antes de que cante el gallo»—, para formar parte del selecto círculo de personas «librepensadoras» e «imparciales» que se calientan junto al fuego que arde en los orígenes de la creación humana[5]?

¿Herejía? — Sí, si por «herejía» se entiende la primacía de la revelación universal, las buenas obras universalmente reconocidas y el ideal de la universalidad filosófica.

La filosofía hermética no es en absoluto una de las muchas filosofías independientes y autosuficientes. La razón de ello es, al menos, que, a diferencia de todas las demás, esta filosofía no opera con conceptos unívocos y sus definiciones verbales, sino con arcanos y sus expresiones simbólicas. Para apreciar la diferencia, basta con comparar la «Tabla Esmeralda» de Hermes con la «Crítica de la razón pura» de Kant. En la «Tabla Esmeralda» se formulan los arcanos fundamentales de los actos místicos, gnósticos, mágicos y filosóficos; en la «Crítica de la razón pura» se construye un sistema compuesto por conceptos unívocos (categorías tales como cantidad, calidad, relación y sucesión), que en su conjunto constituyen el método trascendental de Kant, es decir, el método de la «reflexión sobre el proceso del pensamiento», o «reflejo del reflejo». Sin embargo, este método, como veremos más adelante, es uno de los aspectos del Arcano XVIII del Tarot, que no en vano se denomina «La Luna»: gracias a él se lleva a cabo el aprendizaje, precisamente, de ese mismo método trascendental, solo que, a diferencia del método filosófico utilizado por Kant, en el Arcano «La Luna» el aprendizaje se produce de manera hermética.

Surge la pregunta: ¿no se reduce, en tal caso, la filosofía hermética únicamente a la simbología como tal —por muy profunda y extremadamente clara que sea— y, por lo tanto, no necesita en absoluto la metodología tradicional de la argumentación científico-filosófica?

Sí y no. Sí, porque la filosofía hermética es, por su propia naturaleza, esotérica, es decir, se compone de arcanos cuyo contenido es misterioso y se expresa de forma simbólica. No, porque ejerce una influencia estimulante sobre el razonamiento filosófico y científico de sus seguidores. Está, por así decirlo, envuelta en una neblina intelectual, tanto científica como filosófica, gracias a los esfuerzos de sus adeptos, que se han propuesto traducir, en la medida de lo posible, los arcanos y símbolos de la filosofía hermética en conceptos unívocos y definiciones verbales. Se produce un proceso de cristalización, pues la conversión de conceptos polivalentes —o arcanos— en conceptos univocos es comparable al paso del estado de la vida orgánica a la vida inorgánica. Por eso las ciencias ocultas —como la Cábala, la astrología y la alquimia— tienen su origen en la filosofía hermética. Estas ciencias pueden tener sus propios misterios, pero los arcanos que reflejan pertenecen únicamente al ámbito de la filosofía hermética. Su intelectualización —siempre que adopte la forma de comentarios y deducciones— es totalmente legítima e incluso necesaria. Pues en este caso, cada arcano se traduce en varios conceptos unívocos —digamos, tres— y, de este modo, acostumbra al intelecto a pensar de forma hermética, es decir, mediante conceptos polivalentes: los arcanos. Pero cuando la intelectualización de la filosofía hermética persigue el objetivo de crear un sistema autónomo de conceptos unívocos sin ninguna contradicción formal entre ellos, se traspasan los límites de lo permisible. Pues, en lugar de ayudar a la mente humana a elevarse por encima de sí misma, le crea obstáculos aún mayores y solo la ata, en lugar de liberarla.

De este modo —a través de la intelectualización— tienen su origen en la filosofía hermética las ciencias ocultas. Por eso no se deben considerar los símbolos —en particular, los Arcanos Mayores del Tarot— como una expresión alegórica de las teorías o conceptos de estas ciencias. Pues ocurre precisamente lo contrario: las propias doctrinas de las ciencias ocultas se derivan de los símbolos —del tarot o de cualquier otro— y son precisamente ellas las que deben considerarse como designaciones «alegóricas» de los símbolos y arcanos del esoterismo hermético. Por lo tanto, por ejemplo, sería inexacto afirmar que el Cuarto Arcano Mayor —«El Emperador»— es un símbolo de la doctrina astrológica de Júpiter: sería más correcto decir que este Arcano se revela, entre otras cosas, en la doctrina astrológica de Júpiter. La correspondencia en sí misma se mantiene, pero existe una diferencia significativa entre estas dos afirmaciones, pues quien parte de la primera sigue siendo un «astrólogo» y solo un astrólogo; mientras que, partiendo de la segunda, comienza a pensar ya como un hermetista, al que, al mismo tiempo, le resulta accesible la interpretación astrológica.

La filosofía hermética no se reduce a la mera suma de la Cábala, la astrología, la magia y la alquimia. Aunque estas cuatro ramas brotan de un mismo tronco, por sí solas aún no constituyen ese tronco, sino que más bien se nutren de él. El tronco, en este caso, es una ilustración clara de la unidad entre el misticismo, la gnosis y la magia sagrada. Aquí no hay teorías; aquí solo existe y tiene importancia la experiencia, que incluye la experiencia intelectual de los arcanos y los símbolos. En nuestra ilustración, la experiencia mística son las raíces, la experiencia gnóstica de la revelación son los jugos vitales, y la experiencia práctica de la magia sagrada es el tejido del árbol. Por esta misma razón, la doctrina del hermetismo —o la «carne» de su tradición— consiste en ejercicios espirituales; todos los arcanos (incluidos los arcanos del tarot) son ejercicios espirituales prácticos, cuyo objetivo es despertar capas cada vez más profundas de la conciencia. Estos ejercicios deben ir acompañados necesariamente de comentarios concretos, conclusiones particulares y generalizaciones, que forman la «corteza» del tronco. Tal es el significado de la «llave perdida» del Apocalipsis de San Juan... Porque aquí no se trata en absoluto de una mera interpretación con el fin de extraer algún sistema filosófico, metafísico o histórico. La clave del Apocalipsis es su puesta en práctica, es decir, su uso como libro de ejercicios espirituales que despiertan las capas más profundas de la conciencia. «Las siete cartas a las Iglesias», «los siete sellos del libro sellado», «los siete toques de trompeta» y «las siete copas» significan, en conjunto, un conjunto de ejercicios espirituales que suman veintiocho. Pues, dado que el Apocalipsis es una revelación plasmada por escrito, para comprenderlo es necesario desarrollar en uno mismo un estado de conciencia que propicie la recepción de la propia revelación. Este estado de concentración sin esfuerzo (tal y como enseña el Primer Arcano), acompañado de un intenso silencio interior (tal y como enseña el Segundo Arcano), se transforma en un trabajo inspirado de la imaginación y el pensamiento cuando el «yo» consciente interactúa con la superconciencia (tal y como enseña el Tercer Arcano). Y, por último, el «yo» consciente suspende su actividad creativa y se sumerge en la contemplación, pasando revista a todo lo anterior con el fin de extraer conclusiones (enseñanza práctica del Cuarto Arcano). En el dominio de estas cuatro acciones, simbolizadas por «El Mago», «La Suma Sacerdotisa», «La Emperatriz» y «El Emperador», se esconde la única clave del Apocalipsis.

Los Evangelios son también ejercicios espirituales de este tipo. En otras palabras, no solo hay que leerlos y releerlos, sino también sumergirse por completo en su ambiente, respirar su aire, participar en ellos como testigo vivo, como si se estuviera en medio de los acontecimientos descritos, un testigo lleno de un reverencia cada vez mayor, de modo que para él resulta cada vez más fuera de lugar cualquier «enfoque crítico».

En el Antiguo Testamento también hay pasajes que se consideran ejercicios espirituales. Fue precisamente en esta cualidad como lo utilizaron ampliamente los cabalistas judíos —por ejemplo, los autores de los textos que componen el libro del Zohar—. Los ejercicios espirituales son la cuna de la Cábala, su fuente inagotable y vivificante. La diferencia entre los creyentes comunes y los cabalistas radica únicamente en que, mientras que los primeros se limitan a estudiar las Escrituras (por muy devotamente y exhaustivamente que lo hagan), para los cabalistas estas constituyen, sobre todo, una ayuda inestimable en los ejercicios espirituales. El sentido y el objetivo de estos ejercicios es la profundidad. Para alcanzar la experiencia y el conocimiento de las cosas y los fenómenos profundos, es necesario sumergirse en las profundidades. El simbolismo no es más que el lenguaje de esas profundidades; por lo que los arcanos, expresados simbólicamente, son tanto el medio como el fin de esos ejercicios espirituales que conforman la tradición viva de la filosofía hermética.

La comunidad de ejercicios espirituales crea una especie de vínculo que une a los herméticos: no es una comunidad de conocimiento, sino precisamente los ejercicios espirituales y la experiencia que los acompaña. Si algún día se encontraran tres desconocidos o extranjeros, de los cuales uno hubiera hecho objeto de sus ejercicios espirituales de muchos años el Libro del Génesis de Moisés, otro el Evangelio según San Juan, y el tercero, la visión de Ezequiel, se encontrarían como hermanos, aunque el primero fuera un experto en la historia de la humanidad, el segundo, un maestro en la ciencia de la curación, y el tercero, un cabalista. El conocimiento de una persona es el resultado de su experiencia personal y de su orientación, mientras que la profundidad y el nivel que alcanza, independientemente del ámbito y el volumen de los conocimientos que haya adquirido, es lo que comparte con los demás. El hermetismo, la tradición hermética, es ante todo y por encima de todo un cierto grado de profundidad, un cierto nivel de conciencia. Y el logro del nivel correspondiente se consigue mediante la práctica de ejercicios espirituales.

En cuanto a los conocimientos de cada hermetista (o iniciado), estos dependen de la vocación individual. La tarea a la que se enfrenta cada hermetista determina la naturaleza y el alcance no solo de los conocimientos, sino también de la experiencia personal que constituye su base. Al contar con experiencia, es posible adquirir los conocimientos necesarios para cumplir únicamente aquella tarea hacia la que se inclina la vocación de tal o cual individuo. En otras palabras, la persona sabe por sí misma lo que necesita para obtener la información necesaria y orientarse correctamente en aquel ámbito hacia el que le impulsa su vocación individual. De este modo, el hermetista cuya vocación es la sanación comprenderá las conexiones existentes entre la conciencia, el sistema de las «flores de loto» o chakras, el sistema nervioso y el sistema de glándulas hormonales; en definitiva, todo aquello en lo que otro hermetista, cuya vocación sea la historia espiritual de la humanidad, será un ignorante; pero él, a su vez, sabrá lo que es desconocido para el sanador: los hechos del pasado y del presente relativos a las relaciones entre las jerarquías espirituales y la humanidad, entre lo que ocurrió o ocurre «arriba», y lo que ha ocurrido o ocurre «abajo».

Sin embargo, este conocimiento —en la medida en que no forma parte de los arcanos— no consiste en teorías, sino en hechos (aunque sean, por su naturaleza, puramente espirituales). Así, por ejemplo, la resurrección de entre los muertos (o, en otra interpretación, la reencarnación) no es en absoluto una teoría que se pueda aceptar o rechazar. En la teoría del hermetismo, a nadie se le ocurriría buscar argumentos para convencer —o disuadir— a alguien de la «veracidad de la teoría» de la resurrección de entre los muertos (la reencarnación). Para el hermetista, la resurrección es un hecho que o bien se confirma a partir de la experiencia, o bien no es objeto de discusión alguna. Y es que nadie va a defender ni a negar el hecho de que por las noches dormimos y por las mañanas nos despertamos: esto se conoce por experiencia. Del mismo modo, el hecho de nuestra muerte y nuestro renacimiento es una cuestión de experiencia: o se está seguro de ello o no. Pero quienes tienen esa certeza deben saber que la ignorancia respecto a la resurrección de entre los muertos suele tener razones de peso y respetables, relacionadas con la vocación de cada persona. Cuando, por ejemplo, la vocación de una persona es tal que exige la máxima concentración en el presente, puede rechazar todos los recuerdos espirituales del pasado. Pues la memoria despertada no siempre es un bien; no es raro que se convierta en una carga —sobre todo cuando la vocación exige una postura ante la vida que esté absolutamente libre de cualquier prejuicio—, como, por ejemplo, la vocación de un sacerdote, un médico o un juez. El sacerdote, el médico y el juez deben estar tan centrados en los problemas del presente que cualquier recuerdo que les distraiga de vidas anteriores les resulte inadmisible.

Por otro lado, se pueden obrar milagros sin recordar las experiencias de vidas anteriores, como le sucedió al venerable vicario de Ars (véase la Carta III), o se pueden obrar con pleno recuerdo de ese tipo de experiencias, como hacía Felipe de Lyon. Pues la reencarnación no es un dogma, es decir, una verdad que constituya garantía incondicional de la salvación, pero tampoco es una herejía, es decir, algo contrario a tal verdad. La reencarnación es simplemente una experiencia factual, igual que el sueño o la herencia. En sí misma es neutra; todo depende de su interpretación. Se puede interpretar como un auténtico himno a la gloria del Señor, o bien de tal manera que se convierta en una blasfemia. Por ejemplo, cuando se dice: «perdonar significa dar la oportunidad de empezar de nuevo»; pues el Señor perdona más de setenta veces siete, dejando siempre abierta la posibilidad de renovación, ya que tal es su infinita misericordia —esta sería una interpretación («interpretación») para la gloria del Señor. Pero cuando se dice que existe un mecanismo de evolución infinita y que la existencia del ser humano está moralmente predeterminada por sus vidas anteriores; que no hay gracia, sino solo la ley de causa y efecto, entonces se trata de una interpretación blasfema, en la que Dios queda reducido al papel de diseñador de algo parecido a una máquina humana dotada de conciencia.

La reencarnación, o resurrección de entre los muertos, no es en absoluto un caso particular ni una excepción de todo aquello que se presta a una doble interpretación. En esencia, cualquier hecho relacionado con este tema se presta a ello. Así, por ejemplo, la herencia puede interpretarse en clave de determinismo absoluto, excluyendo de este modo toda libertad y, por tanto, la moral; o bien puede explicarse como la posibilidad de un perfeccionamiento progresivo del organismo, un perfeccionamiento cuyo objetivo es convertir a dicho organismo en un instrumento más idóneo para «cumplir la promesa en la descendencia». ¿Acaso no recibió Abraham la promesa de que de su linaje vendría el Mesías? ¿No fue eso mismo lo que se le prometió a David?

Sin embargo, sea cual sea la interpretación personal que se haga de un hecho, este sigue siendo un hecho y es necesario conocerlo para orientarse adecuadamente en el ámbito de conocimiento correspondiente. Por ello, los hermetistas poseen conocimientos sobre diversos hechos —cada uno según su vocación—, aunque la filosofía hermética en sí misma no se reduce a la suma de los conocimientos adquiridos por personas concretas, sino que constituye un organismo integral de arcanos, expresados mediante símbolos que son, al mismo tiempo, ejercicios espirituales y las capacidades específicas que estos revelan. Estas capacidades se desarrollan en función de uno u otro Arcano, utilizado durante un tiempo prolongado como apoyo para los ejercicios espirituales. El arcano, por sí mismo, no proporciona al discípulo el conocimiento de nuevos hechos, sino que lo prepara para asimilar el conocimiento correspondiente cuando surja la necesidad. La iniciación no es otra cosa que la capacidad de orientarse en cualquier ámbito y adquirir en él el conocimiento de los hechos pertinentes —los «hechos clave». El iniciado es aquel que sabe cómo adquirir conocimientos, es decir, aquel que sabe cómo —según el dicho evangélico— pedir[6], buscar y recibir (y luego aplicar en la práctica) los medios necesarios para alcanzar el éxito. Y eso es precisamente lo que le han enseñado los ejercicios espirituales, pues ni las doctrinas ni las teorías, por muy brillantes que sean, pueden dotar a nadie de la capacidad de «saber cómo aprender».

Los ejercicios espirituales enseñan al hermetista el sentido práctico (pues en la filosofía hermética simplemente no existe otro) y la eficacia inquebrantable del arcano del triple esfuerzo único, que constituye la base de todo ejercicio espiritual y de todo arcano; de ello se habla en el Evangelio:

«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá» (Lc 11, 9).

Así pues, la filosofía hermética no enseña lo que constituye el objeto y la cadena de la fe como comprensión esencial de «Dios, el hombre y la Naturaleza», —sino precisamente a cómo preguntar, buscar y llamar— con el fin de alcanzar la experiencia mística, la iluminación gnóstica y el efecto mágico de este objetivo al que se dirigen los esfuerzos en el conocimiento de Dios, el hombre y la Naturaleza. Y solo después de que el hombre haya preguntado, buscado y llamado —y después de que haya obtenido lo que buscaba, lo haya encontrado y haya accedido a ello—, solo entonces lo conocerá. Este tipo de conocimiento —la veracidad de la experiencia mística, la revelación gnóstica y el efecto mágico en su percepción sintética— es el Emperador, es decir, la enseñanza práctica de la cuarta carta del Tarot.

Se trata aquí del desarrollo y la aplicación del cuarto sentido espiritual, es decir, el sentido hermético-filosófico, que sigue al desarrollo y la aplicación de los sentidos místico, gnóstico y mágico. Su rasgo característico es la capacidad de «saber cómo conocer». Anteriormente (en la segunda carta) definimos este sentido como el «sentido de la síntesis». Ahora podemos ofrecer una definición más profunda, a saber: es el «sentido de la iniciación», o el sentido de la orientación en el dominio del conocimiento de los hechos fundamentales de cada ámbito.

¿En qué consiste su esencia? En primer lugar, hay que señalar que no es lo mismo que lo que habitualmente se define como «sentido metafísico», pues ese tipo de sentimiento en los metafísicos consiste en su inclinación por las teorías abstractas y en la plena satisfacción que estas les proporcionan, una preferencia arraigada por las abstracciones, mientras que el sentimiento hermético-filosófico es consecuencia de una orientación hacia lo concreto —espiritual, psíquico y físico—. Si el sentimiento metafísico opera con el «concepto de Dios», el sentimiento hermético-filosófico se orienta hacia el Dios vivo: hacia el hecho espiritual y concreto de Su ser (being). El «Padre Celestial» en el cristianismo, el «Más Antiguo de los Antiguos» en la Cábala, no son conceptos abstractos ni nociones abstractas, sino seres (beings).

El sentimiento metafísico actúa con el objetivo de deducir —mediante la abstracción— las leyes que rigen los hechos y, a continuación, comprender los principios que subyacen a dichas leyes. Por el contrario, el sentido hermético-filosófico (o sentido de la iniciación) comprende, a través de estos hechos, las esencias de las jerarquías espirituales y, a través de ellas, a Dios vivo. Para el sentido de la iniciación, el espacio entre el «Principio supremo» y el mundo empírico no está lleno de «leyes» ni de «principios», sino más bien de seres espirituales vivos, cada uno de los cuales está dotado de su propio nombre, comportamiento, imagen, voz y forma de comunicarse. Para el sentido de la iniciación, el arcángel Miguel no es una «ley» ni un «principio», sino un ser vivo cuyo rostro es invisible, pues queda eclipsado por el rostro de Dios. Por eso su nombre es MI-KHA-EL, es decir, «Aquel que [MI] es como [KNA] Dios [EL]». Nadie puede contemplar a Miguel, pues él es «KHA-EL», es decir, מיכאל «semejante a Dios».

El sentimiento hermético-filosófico, el sentimiento de iniciación, es el sentimiento de realidades espirituales concretas. El hermetista explica los hechos reales no tanto mediante leyes deducidas por abstracción, y menos aún mediante principios extraídos de la abstracción última, sino más bien partiendo de hechos abstractos para llegar a entidades más concretas, con el fin de alcanzar, en última instancia, «aquello que» es más concreto en todo el universo: Dios. Pues, para el sentido de la iniciación, Dios es «lo que» es más real y, por lo tanto, más concreto. En sentido estricto, de todo lo que existe, solo Dios es auténticamente —es decir, absolutamente— concreto y real, mientras que la realidad y la concreción de todo el ser creado son totalmente relativas; y lo que definimos con el concepto de «hecho concreto» no es, en realidad, más que una abstracción engendrada por la realidad divina.

Esto no significa que el hermetista sea incapaz de abstraerse ni que ignore las leyes y los principios. Es un ser humano, por lo que está dotado de un sentido metafísico, del que hace uso al igual que de todos los demás; sin embargo, es precisamente el sentido filosófico hermético lo que le convierte en hermético —en el sentido que simboliza el «Emperador»—; es decir, solo puede considerarse hermético en la medida en que esté dotado de ese sentido y lo utilice, mientras que el sentido metafísico por sí solo no constituye aún la clave del auténtico hermetismo.

Qué trágica es la figura de René Guénon, quien, aunque poseía un sentido metafísico muy desarrollado, carecía de un sentido filosófico hermético y siempre se esforzó, en todo momento y en todo, por encontrar una espiritualidad concreta. Y al final, cansado del mundo de las abstracciones, depositó su última esperanza en liberarse de la tiranía de la mente racionalizadora, disolviéndose en el impulso religioso espontáneo de la multitud de musulmanes en la mezquita de El Cairo. ¿La última esperanza de un alma que ansía una experiencia mística y se consume en las cadenas del intelecto? Si es así, que la misericordia divina le conceda aquello a lo que tanto aspiraba.

Cabe señalar aquí que este paso desesperado de Guénon —es decir, su esperanza de encontrar por fin la verdad y el consuelo en la fe sincera del pueblo llano— está, a su manera, plenamente justificado. Pues el sentir hermético-filosófico tiene más en común con la fe ingenua y sincera de la gente sencilla que con la metafísica abstracta. Para el creyente común, al igual que para el hermetista, Dios está vivo, y eso es lo más importante. El creyente se dirige a los santos y a los ángeles con la firme esperanza de recibir su respuesta y su ayuda; para el hermetista, ellos son igual de reales. El creyente cree en los milagros; el hermetista vive rodeado de milagros. El creyente reza por los vivos y los muertos; el hermetista dedica todos sus esfuerzos en el ámbito de la magia sagrada al bien de los vivos y los muertos. El creyente venera todo lo que la tradición ha santificado; el hermetista hace exactamente lo mismo. ¿Qué más se puede añadir aquí?.. ¿Acaso solo que el Emperador debe su autoridad no a su poder sobre los destinos de las personas —poder manifiesto o oculto—, sino más bien a su intercesión por ellas ante Dios? Y posee ese poder no en virtud de su naturaleza sobrehumana, sino porque es demasiado humano[7]: encarna en sí mismo todo lo humano. El rey David fue más humano que todos sus contemporáneos. Por eso fue ungido por el profeta Samuel por mandato del Señor, y por la misma razón el Eterno le hizo la promesa de afianzar el trono de su reino para siempre (cf. 2 Reyes 7, 13. 16). Por esta misma razón, el trono, ese cargo de intercesor de la humanidad ante Dios, nunca se derrumbará. Tal es el cargo del emperador; tal es el verdadero poder.

La filosofía hermética tiene también un ideal humano al que aspira. Sus ejercicios espirituales, sus arcanos, tienen como objetivo práctico la creación del señor, el «hombre-padre», es decir, el hombre más humano que todos los demás... el hombre digno del «trono de David».

El ideal humano del hermetismo práctico no es el superhombre de la doctrina de Nietzsche ni el superhombre de las enseñanzas de la India, sumido en la contemplación de la eternidad; no es el superhombre-hierofante, tal y como lo presentaba Gurdjieff, ni el superhombre-filósofo como ideal de los estoicos. No, su ideal es un hombre tan humano y tan lleno de todo lo humano que es digno del trono de David.

Pero, ¿dónde queda aquí el lugar para el principio divino?

El hermetismo práctico es alquimia. El ideal del hermetismo es, en esencia, el ideal de la alquimia. En pocas palabras, cuanto más humano es algo, más intensa es la manifestación del principio divino que subyace a la naturaleza humana, la cual es «a imagen y semejanza de Dios» (Génesis 1:26). El ideal de la abstracción propone a la humanidad acabar con su naturaleza humana, deshumanizarse. El ideal de la transformación alquímica en el hermetismo, por el contrario, propone una forma de realizar la verdadera naturaleza humana, que es imagen y semejanza de Dios. El hermetismo es el retorno a la humanización de todos los elementos de la naturaleza humana, es decir, el retorno a su verdadera esencia. Del mismo modo que todos los metales viles pueden transformarse en plata y oro, también todas las fuerzas de la naturaleza humana pueden transformarse en «plata» y «oro», es decir, en lo que son cuando representan la imagen y semejanza de Dios.

Pero antes, estos elementos deben someterse a un proceso de sublimación. Este proceso supone un calvario para todo lo que hay de vil en ellos, pero también el florecimiento de todo aquello que constituye su verdadera esencia. La cruz y la rosa, la ROSA-CRUZ: he aquí el símbolo de este proceso de realización del ser verdaderamente humano. Por eso el «Emperador» del Tarot renuncia a las cuatro libertades arbitrarias del ser humano, lo cual constituye su calvario. Y el símbolo real del vacío creado como resultado de esa renuncia es su herida. Se podría decir que ser el Emperador significa ser aquel que sufre cuatro heridas. Es precisamente a través de estas cuatro heridas como se manifiesta en él la semejanza de la naturaleza humana con la imagen de Dios.

Pero si hablamos de la manifestación del principio divino en la naturaleza humana, ¿qué podemos decir entonces del Dios mismo que la supera?

Para penetrar en este misterio, se necesita otra herida más. Así nos lo enseña la siguiente carta —«El Sumo Sacerdote»—, el Arcano de la manifestación de Dios, que con cinco heridas supera la naturaleza humana.


COMENTARIOS


1. Uno de los nombres tradicionales del Cuarto Arcano es «Auctoritas»; en latín, «autoridad» y «poder» son sinónimos. Tanto aquí como en lo sucesivo, es necesario distinguir los matices semánticos dentro de este campo conceptual: el término inglés «authority» — es aquel poder que se asocia más bien con la autoridad, es decir, que no necesita manifestarse mediante la fuerza o la coacción: su función, por el contrario, se corresponde más bien con «power» —es decir, el poder como poderío, precisamente como fuerza—.
2. «Santo Imperio» (lat.).
3. «Καθολικος» — «universal», «católica»: una de las primeras autodefiniciones dogmáticas de la Iglesia en cuanto a su condición.
4. «Por sí misma», «en esencia» (lat.).
5. Véase el relato evangélico sobre la negación del apóstol Pedro y el mito del robo del fuego por Prometeo.
6. El verbo inglés «to ask» aúna dos significados: «pedir» y «preguntar».
7. Compárese con «Lo humano, demasiado humano» (F. Nietzsche).

Traducido por J.Luelmo -jul-2026