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viernes, 29 de diciembre de 2023

GA158 Dornach, 20 de noviembre de 1914 -Experiencias básicas del 4º y 5º período post Atlante

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RUDOLF STEINER


EXPERIENCIAS BÁSICAS DEL 4º Y 5º PERIODO POST ATLANTE

Dornach, 20 de noviembre de 1914

4ª conferencia 

A través de nuestras observaciones ya se nos ha hecho familiar encontrarnos el comienzo de otros mundos por debajo o por detrás del mundo físico que tenemos ante nosotros. Quisiera hablar hoy a modo de introducción de algunas particularidades de estos mundos espirituales, algunas de las cuales ya conocemos, que queremos complementar con algunas cosas a fin de traer también otras cosas ante el alma.

Ustedes saben que el mundo limítrofe con el nuestro es el llamado mundo imaginativo. Este mundo es mucho más móvil que nuestro mundo físico. Nuestro mundo físico se presenta con contornos nítidos, fronteras definidas, un mundo de objetos nítidamente definidos. El mundo en el que entramos cuando rasgamos el velo formado por el mundo físico es un mundo casi fluido, fugaz. También sabemos que el sentimiento, la sensación de que estamos fuera de nuestro cuerpo físico comienza en relación con este primer mundo espiritual. En el momento en que ascendemos al mundo espiritual, adquirimos una nueva relación con nuestro cuerpo físico, una relación similar a la que tenemos con nuestros ojos u oídos dentro del cuerpo físico. El cuerpo físico actúa más como un todo, como una especie de órgano de percepción, pero pronto nos damos cuenta de que no es realmente el cuerpo físico con lo que estamos tratando cuando este cuerpo físico viene a nosotros como una especie de órgano de percepción, sino más bien el cuerpo etérico. El cuerpo físico sólo nos da un marco, por así decirlo, que sostiene el cuerpo etérico. Miramos desde fuera hacia nuestro cuerpo etérico, también lo sentimos, lo percibimos como el órgano de los sentidos que percibe un mundo de imágenes y sonidos entretejidos y flotantes. Igual que nuestra relación con el oído y el ojo, así es nuestra relación con el cuerpo etérico que sostiene el cuerpo físico.

De manera que cuando nos sentimos fuera de nuestro cuerpo físico, esta experiencia es similar a la experiencia del dormir. La experiencia del dormir consiste en que estamos con nuestra humanidad anímico-espiritual fuera de nuestro cuerpo físico y etérico, sólo que durante la experiencia del dormir nuestra conciencia está amortiguada y no sabemos nada de lo que realmente ocurre con nosotros ni a nuestro alrededor. Por lo tanto, podemos decir que entre el hombre y su cuerpo físico existe otra relación distinta a la que estamos acostumbrados. Cuanto más nos acerquemos al futuro, más la humanidad se verá guiada por su evolución hacia aquello sobre lo que la ciencia espiritual debe llamar la atención.

Desde numerosos contextos he subrayado que no es arbitrario que hoy hagamos ciencia espiritual, sino que la evolución de la humanidad, lo que se prepara actualmente en la evolución de la humanidad, nos exige que nos ocupemos de esta ciencia espiritual. Este sentimiento en el ser humano de sentirse separado, por así decirlo, de su cuerpo físico, puede describirse como algo que sobrevendrá a la humanidad, como una experiencia incomprensible, cada vez más por sí misma, cuanto más nos acerquemos al futuro como humanidad. Llegará un momento en que muchísimas personas experimentarán cada vez más la sensación: Sí, qué es esto, siento como si me hubiera desdoblado, como si hubiera otra persona a mi lado. Y esta sensación, este sentimiento, que aparecerá como algo natural, igual que el hambre o la sed u otras experiencias, no debe permanecer incomprendido por la gente del presente y del futuro. Por medio de la Ciencia Espiritual, la gente podrá comprender el verdadero significado de este desdoblamiento. En particular, cuanto más nos acerquemos a estas cosas, más tendrán que tenerlas en cuenta la pedagogía y la educación. Tendremos que aprender a prestar más atención a ciertas experiencias de los niños de la que hemos prestado hasta ahora, cuando estas experiencias no estaban presentes en la misma medida.

Ciertamente, en un futuro muy próximo, en la vida posterior, más robustecida, bajo la impresión del mundo físico, estos sentimientos y sensaciones que he descrito no serán tan particularmente fuertes, pero en un futuro más lejano serán cada vez más fuertes. Al principio aparecerán en el niño que crece, y los adultos oirán de los niños muchas cosas que tendrán que comprender, muchas cosas que pueden pasarse por alto como si nada, pero que no deben pasarse por alto porque están relacionadas con los secretos evolutivos más profundos del mundo.

Los niños insinúan: He visto un ser aquí o allá que me ha dicho esto o aquello, qué debo hacer. -La persona de mentalidad materialista dirá: Eres un niño estúpido o una niña estúpida, no existe tal cosa. -Pero si se quiere comprender la ciencia espiritual, hay que aprender a reconocer que se trata de un fenómeno significativo. Cuando un niño dice: "Vi a alguien allí, desapareció de nuevo, pero sigue volviendo una y otra vez; sigue diciéndome esto y lo otro, y no puedo enfrentarme a él", entonces quien entienda la ciencia espiritual reconocerá que algo se está anunciando en el niño que emergerá cada vez más claramente en la evolución de la humanidad. ¿Qué es lo que se está anunciando?

Para comprender esto debemos considerar dos experiencias humanas básicas, la primera de las cuales fue especialmente importante para el cuarto periodo post atlante, el periodo grecolatino, y la otra es importante para nuestro periodo, en el que apenas se está preparando lentamente. Mientras que la primera experiencia básica encontró su conclusión en el período grecolatino, nos estamos acercando lentamente a la segunda. Las experiencias originadas por Lucifer y Ahriman siempre desempeñan un papel en la vida humana. Lucifer, en particular, intervino en la experiencia básica del cuarto período post atlante; Ahrimán interviene en nuestro período y determina la experiencia básica. Ahora bien, Lucifer está relacionado con todo lo que aún no ha alcanzado la distinción de los sentidos individuales, todo lo que se acerca al hombre indistintamente, indiferenciado. En otras palabras, Lucifer está relacionado con la experiencia de la respiración, con la experiencia de inhalar y exhalar. La respiración del hombre es algo que debe estar en una relación muy específica y regulada con su organismo general. En el momento en que el proceso respiratorio se ve perturbado de algún modo, la respiración se transforma inmediatamente, pasando de la forma en que se produce normalmente, es decir, como un proceso inconsciente al que no hay que prestar atención, a ser un proceso consciente, más o menos onírico. Y cuando, -podemos expresarlo de forma bastante trivial-, el proceso respiratorio se vuelve demasiado enérgico, cuando plantea al organismo exigencias mayores de las que éste puede cumplir, entonces Lucifer tiene la posibilidad de penetrar en el organismo humano con su respiración. No tiene que hacerlo él mismo, sino sus huestes, aquellos que le siguen.

Me refiero a un fenómeno que todo el mundo conoce como experiencia onírica. Esta experiencia onírica puede aumentar arbitrariamente. La pesadilla, en la que la persona llega a la conciencia onírica a través de la respiración perturbada, de modo que las experiencias del mundo espiritual pueden interferir, y también todas las experiencias de miedo y ansiedad que están conectadas con las pesadillas, tienen su origen en el elemento luciférico del mundo. Todo lo que pasa de ser un proceso respiratorio ordinario a un ahogo, a la sensación de estar estrangulado, está relacionado con esta posibilidad de que Lucifer interfiera en el proceso respiratorio. Este es el burdo proceso en el que, a través de una disminución de la conciencia, Lucifer interfiere en la experiencia respiratoria, entra en la conciencia del sueño de una manera formativa y se convierte en un estrangulador. Esa es la experiencia burda.

Pero también hay una experiencia más sutil que hace que esta experiencia de sofocamiento sea más sutil, por así decirlo, no tan tosca como un sofoco físico. Por lo general, no nos damos cuenta de que este refinamiento del ahogo pertenece a las experiencias humanas. Pero cada vez que el alma humana se enfrenta a algo que se convierte en una pregunta o una duda sobre esto o aquello en el mundo, entonces hay una experiencia de ahogo de una manera más refinada. Ya se puede decir: Cuando tenemos que plantearnos una pregunta, cuando un pequeño o un gran enigma del mundo se nos impone, entonces somos estrangulados, pero de tal manera que no nos damos cuenta de ello. Toda duda, toda pregunta es una sutil pesadilla.

De esa manera, las experiencias que de otro modo nos sobrevendrían bruscamente se transforman en vivencias más sutiles cuando se producen de forma más emocional. Uno ya puede imaginarse que la ciencia llegará algún día a estudiar la conexión entre el proceso respiratorio y el cuestionamiento o el sentimiento de duda en el alma humana. Pero también todo lo que está conectado con preguntas y dudas, todo lo que está conectado con el hecho de que estamos insatisfechos porque el mundo se nos acerca y exige una respuesta, o porque estamos obligados a dar una respuesta por lo que somos, está a su vez conectado con lo luciférico.

Podemos por lo tanto decir: Lo Luciférico puede introducirse en la naturaleza humana cuando el cuerpo etérico está dilatado. También se puede decir: Lo luciférico tiene tendencia a expresarse en un cuerpo etérico dilatado en relación con la forma humana, es decir, en un cuerpo etérico que necesita más espacio del que está encerrado en la piel humana, lo que da a la forma más opulencia. Uno puede ahora imaginar que uno quiere contestar a esta pregunta artísticamente, y entonces uno puede decir: Como el cuerpo etérico humano es normal, es el creador de la forma humana que está físicamente ante nosotros. Pero en cuanto se expande, en cuanto quiere crear un espacio más grande, unos límites más amplios que los que contiene la piel humana, también quiere dar otras formas. No puede seguir siendo la forma humana. Quiere ir más allá de la forma humana en todas partes. Este problema ya ha sido resuelto en la antigüedad. ¿Qué tipo de forma surge cuando el cuerpo etérico expandido, que no es adecuado para el ser humano sino para el ser luciférico, se afirma y aparece en forma ante el alma humana? ¿Qué surge de ello? La esfinge.

Aquí tenemos una forma especial de sumergirnos en la esfinge. La esfinge es lo que realmente nos ahoga. Cuando el cuerpo etérico del ser humano se expande a través de la energía de la respiración, surge en el alma un ser luciférico. No es la forma humana la que vive en este cuerpo etérico, sino la forma luciférica, una forma de esfinge. La esfinge surge como suscitadora de dudas, como atormentadora de preguntas. Por lo tanto, esta esfinge tiene una relación especial con el proceso respiratorio. Por otra parte, sabemos que el proceso respiratorio tiene una relación especial con la formación de sangre (hematopoyesis). Por lo tanto, lo luciférico también vive en la sangre, yendo y viniendo a través de la sangre. Lo luciférico siempre puede entrar en la sangre del ser humano por medio de la respiración, y cuando entra demasiada energía en la sangre, entonces lo luciférico, la esfinge, es particularmente fuerte.

Así que el hombre, al abrirse al cosmos en su proceso respiratorio, se enfrenta a la naturaleza de la esfinge. Esta experiencia de ser confrontado con la naturaleza de la esfinge del cosmos en su respiración, esta experiencia básica surgió particularmente en el cuarto periodo cultural post-atlante, el greco-latino. Y en la saga de Edipo vemos cómo el hombre se enfrenta a la Esfinge, cómo la Esfinge se encadena a él, se convierte en el atormentador de las preguntas. El hombre y la Esfinge, o también podríamos decir, el hombre y lo luciférico en el universo, podría presentarse como una experiencia básica del cuarto período cultural post-atlante, de tal manera que cuando el hombre rompe un poco su vida normal exterior en el plano físico, entra en contacto con la naturaleza de la Esfinge. Entonces Lucifer se le acerca en su vida, y debe llegar a un acuerdo con Lucifer, con la Esfinge.

La experiencia básica del quinto período cultural post-atlante, el nuestro, es diferente. Para nuestro período está especialmente dispuesto que el cuerpo etérico no esté hinchado, ni expandido, sino contraído, que no sea demasiado grande, sino más bien demasiado pequeño, y esto se hará más y más fuerte cuanto más avance la evolución. Si podemos decir: La forma normal del hombre en el griego es tal que el cuerpo etérico es demasiado grande - entonces podemos decir: En el hombre moderno es tal que el cuerpo etérico se constriñe, se contrae, se hace demasiado pequeño. Cuanto más se adentre el hombre en el desprecio materialista de lo espiritual, más se contraerá y secará este cuerpo etérico. Pero como la organización del cuerpo físico depende de que el cuerpo etérico penetre en él adecuadamente, siempre habrá una tendencia a que el cuerpo físico se seque cuando el cuerpo etérico esté demasiado comprimido. Y si se secara con particular fuerza, obtendría pies en forma de cuernos en lugar de los pies humanos naturales. El ser humano no los tendrá, pero la tendencia a ello reside en él, y se basa en esta tendencia del cuerpo etérico a secarse, a desarrollar demasiado poco poder etérico. Ahrimán en particular puede vivir ahora en este cuerpo etérico seco, así como Lucifer puede vivir en el cuerpo etérico expandido. Ahriman tomará la forma que indica la pobreza del cuerpo etérico. Desarrollará muy poco poder etérico para tener pies debidamente organizados, y desarrollará los pies en forma de cuernos mencionados anteriormente.

Mefistófeles es Ahrimán; no tiene los pies de cabra porque sí, tiene los pies de cabra por la razón que he indicado. Los mitos y leyendas son muy significativos; por eso Mefistófeles aparece muy a menudo con pies de caballo, donde los pies se han secado en pezuñas. Si Goethe hubiera penetrado ya plenamente en el problema de Mefisto, no habría hecho aparecer a su Mefisto como un caballero moderno, porque forma parte de la naturaleza de Ahrimán-Mefisto no tener tanto poder etérico como para poder organizar completamente la forma física humana.

Pero otra peculiaridad es debida a que el cuerpo etérico está, por así decirlo, contraído, es más pobre en fuerzas etéricas de lo que es el caso en el normal. Esta peculiaridad se nos hace más clara cuando echamos un vistazo a toda la naturaleza humana. Somos en cierto sentido ya físicamente una dualidad. Piénsenlo, cuando están erguidos, son el ser humano físico. Pero es propio del hombre físico que el aire que respira esté siempre dentro de él. Este aire que respira, sin embargo, ya es devuelto fuera de nuevo con la siguiente exhalación, de modo que el "hombre de aire" que respira que le impregna está cambiando constantemente. Ustedes no sólo son aquello que consiste en músculos y huesos, el hombre de carne y hueso, sino que también son el hombre de aliento. Pero él está cambiando constantemente, yendo y viniendo, entrando y saliendo. Y es el hombre-aliento el que está a su vez conectado con la sangre que circula constantemente.

Cuán separado de todo este hombre de la respiración se encuentra en ustedes el hombre de los nervios, el otro polo en el que circula el fluido nervioso, y no es más que una especie de contacto exterior, un acercamiento exterior entre el hombre de los nervios y el hombre de la sangre. Así como sólo las fuerzas etéricas que tienden hacia lo luciférico pueden alcanzar fácilmente el sistema sanguíneo a través de la respiración, así también las fuerzas etéricas que tienden hacia lo mefistofélico o lo ahrimánico sólo pueden alcanzar el sistema nervioso, pero no el sistema sanguíneo. Ahrimán es incapaz de sumergirse en la sangre; puede vivir continuamente en los nervios, vivir hasta que se seque, porque no puede alcanzar el calor de la sangre. Pero si quiere desarrollar una relación con la naturaleza humana, entonces tendrá que anhelar una gota de sangre, porque le resulta muy difícil alcanzar la sangre. Un abismo se interpone entre Mefistófeles y la sangre. Si quiere acercarse al hombre, a lo que vive en el hombre, si quiere entrar en contacto con el hombre, entonces se dará cuenta de que lo humano vive en la sangre. Debe esforzarse por la sangre.

Ven ustedes, la sabiduría de la leyenda de Mefistófeles está relacionada con esto, que el pacto se hace con sangre. Fausto debe pactar con Mefisto a través de la sangre, porque debe anhelar la sangre, porque está separado de la sangre. Así como el hombre griego se situaba frente a la Esfinge, que vive en el sistema respiratorio, así el hombre del quinto período cultural postatlante se sitúa frente a Mefistófeles, que vive en el proceso nervioso, que es frío y austero porque padece la falta de sangre, porque le falta el calor de la sangre. Y así se convierte en el burlador, en el acompañante austero del hombre.

Al igual que Edipo con la Esfinge, el hombre de la quinta época cultural post-atlante tiene que vérselas con Mefistófeles. Se enfrenta a este Mefistófeles como a un segundo ser. El griego se enfrentaba a la Esfinge a través del proceso sanguíneo y respiratorio que se había vuelto energético; se enfrentaba a lo que entraba en su naturaleza con la respiración energética. El hombre moderno, con todo lo que presiona de su intelecto, su sobriedad, se enfrenta a lo que está ligado al proceso nervioso. Proféticamente, esta confrontación del hombre con lo mefistofélico, me gustaría decir literariamente, podría anticiparse. Pero surgirá cada vez más como experiencia básica cuanto más nos adentremos en la evolución del quinto período postatlante. Y eso que les decía que aparecerá en la experiencia infantil será esta experiencia mefistofélica.

Mientras que el hombre griego era atormentado por una sobreabundancia de preguntas, el hombre moderno no se enfrentará tanto al tormento de las preguntas como al tormento de ser encantado en sus prejuicios, de tener a su lado un segundo cuerpo que contiene sus prejuicios. ¿Y cómo se prepara esto?

Echen ustedes una mirada imparcial a la evolución. Cuánto, en el transcurso de la quinta era de civilización postatlante, ha dejado de acercarse al hombre de forma cálida y directa. Tomen ustedes las innumerables preguntas que realmente se nos plantean cuando nos sumergimos en la ciencia espiritual. No están ahí para la gente moderna de mentalidad materialista. Dicha gente no siente el enigma de la Esfinge; el griego aún lo sentía vívidamente. El hombre moderno, sin embargo, debe sentir otra cosa. En realidad lo sabe todo tan bien en su propia opinión, observa el mundo sensorial, lo combina con su intelecto, y entonces todos los enigmas se resuelven para él. Él no se da cuenta de lo mucho que anda a tientas en la fantasmagoría exterior. Pero esto condensa cada vez más su cuerpo etérico, seca cada vez más su cuerpo etérico y finalmente lleva a que el elemento mefistofélico se adhiera como una segunda naturaleza al ser del hombre del presente hacia el futuro. Todo lo que se desarrolle en prejuicios materialistas, en estrechez de miras materialista, reforzará la naturaleza mefistofélica, y ya podemos decir ahora: Nos asomamos a un futuro en el que todos naceremos con un segundo ser humano que dirá que los que hablan del mundo espiritual son tontos. Yo lo sé todo, confío en mis sentidos. Ciertamente, el hombre rechazará el enigma de la Esfinge, al igual que hizo con el enigma de Mefistófeles, pero eso hará que un segundo ser se adhiera a sus talones. Éste ser lo acompañará de tal manera que sentirá la compulsión de pensar materialmente no a través de sí mismo, sino a través de un segundo ser que es su acompañante.

La actitud materialista hará que el cuerpo etérico se seque, y Mefistófeles vivirá en el cuerpo etérico seco. Tendremos que comprender esto, y en los tiempos futuros la humanidad tendrá que dar al niño tal tipo de educación, -ya sea a través de la euritmia, ya sea a través de una actitud científico-espiritual, a través de la cual el cuerpo etérico debe ser vivificado, para que el ser humano sea capaz de adoptar su posición correcta, para que identifique lo que significa su acompañante. De lo contrario al no identificar a este acompañante  se sentirá embrujado hacia él como si estuviera, hechizado. Al igual que el griego tuvo que vérselas con la Esfinge, el hombre moderno tendrá que vérselas con Mefistófeles, con la figura parecida a un sátiro, a un fauno, que tiene patas de cabra o de caballo.

Puede decirse que cada época sabe resumir lo que la caracteriza en una leyenda básica o primigenia. Tales leyendas básicas o primigenias son la leyenda de Edipo en Grecia y la leyenda de Mefistófeles en épocas más recientes. Pero estas cosas deben entenderse realmente desde sus fundamentos. Verán, lo que de otro modo sólo aparece como poesía, -los enfrentamientos entre Fausto y Mefisto-, se convierte, podría decirse, en el fundamento de la pedagogía del futuro. El preludio consiste en que el pueblo, o el poeta, hayan intuido al acompañante. Pero la secuela consistirá en el hecho de que todo ser humano tendrá este acompañante, que para él no debe permanecer inidentificable, y que este acompañante aparecerá más vívidamente, más poderosamente en la infancia del hombre. Y si los educadores adultos no adoptan la actitud correcta hacia lo que el niño expresa, entonces la naturaleza humana se corromperá por causa de la incomprensible confrontación con los encantos de Mefistófeles.

Es muy curioso que en la literatura de leyendas y cuentos de hadas, si uno los sigue, pueda encontrar estos rasgos por todas partes. Las leyendas y los cuentos de hadas, tan incomprensiblemente considerados por los eruditos de nuestro tiempo, apuntan en su estructura o bien hacia lo mefistofélico, lo ahrimánico, o bien hacia lo esfíngico, lo luciférico. Todas las leyendas y cuentos de hadas derivan del hecho de que su contenido fue originalmente experimentado ya sea a través de la relación que el hombre tiene con la Esfinge o a través de la relación que el hombre tiene con Mefisto. En las leyendas y los cuentos de hadas encontramos, más o menos oculto, o bien el motivo de la pregunta: es el motivo de la Esfinge, el motivo de que hay que resolver algo, de que hay que responder a una pregunta, o bien el motivo del encantamiento, de ser hechizado por algo: es el motivo mefistofélico, ahrimánico. ¿Pues en qué consiste exactamente el motivo ahrimánico? Consiste en que cuando tenemos a Ahrimán pegado a nosotros, corremos constantemente el peligro de caer presa de él, de pasar a su naturaleza, de no poder ya despegarnos de él. Y se podría decir: el hombre siente hacia la Esfinge algo que lo penetra y lo desgarra, por así decirlo; hacia el Mefistófeles, el hombre siente algo así como: debe sumergirse en este Mefistófeles, debe comprometerse con él, debe hacerse su esclavo.

Los griegos no tenían teología en nuestro sentido moderno, pero en cuanto a todo lo que es sabiduría, seguían estando más cerca de la naturaleza y sus fenómenos que el hombre moderno. Sin teología, se acercaron a las sabidurías de la naturaleza, y esto dio lugar en ellos al tormento de las preguntas.

El hombre está más cerca de la naturaleza en su proceso respiratorio que en su proceso nervioso. Por eso el griego sentía este acercamiento a la sabiduría particularmente vívido en su relación con la Esfinge. Esto se ha vuelto diferente con el hombre en los tiempos modernos. La teología está surgiendo. El hombre no se cree próximo a la sabiduría divina del mundo en contacto directo con la naturaleza, sino que quiere estudiarla; quiere acercarse a ella no a través del proceso respiratorio y sanguíneo, sino a través del proceso nervioso. El proceso nervioso se convierte en la búsqueda de la sabiduría, de la teología. Pero así el hombre destierra su sabiduría al proceso nervioso, acercándose a Mefistófeles. Y cuando sobrevino el quinto período postatlante, fue precisamente a partir de este destierro de la sabiduría a su proceso nervioso, cuando se desarrolló la idea de que Mefisto debía ser encadenado a sus talones, que debía ser colocado junto a él.

Si despojamos a la leyenda de Fausto de todos los cabos que se enredan a su alrededor, nos queda el hecho de que un joven teólogo se esfuerza por alcanzar la sabiduría, se ve acosado por las dudas y, por lo tanto, se entrega al diablo, a Mefisto, y es arrastrado así a su esfera de actividad. Pero al igual que el griego tuvo que llegar a un acuerdo con la Esfinge desarrollando completamente la naturaleza yoica del hombre, al igual que se tuvo que llegar a un acuerdo con la Esfinge desarrollando la naturaleza yoica, en nuestra época se debe llegar a un acuerdo con Mefistófeles ampliando y completando el yo con esa sabiduría que sólo puede provenir de la exploración del mundo espiritual, a través del conocimiento del mundo espiritual, a través de la ciencia espiritual.

Edipo se suponía que era el más poderoso de estos conquistadores de esfinges. Todo griego que se tomara en serio su humanidad era, en el fondo, más o menos un conquistador de esfinges a pequeña escala. Edipo sólo debía representar lo que cada griego tenía que experimentar de una forma particularmente típica. ¿Y qué sucede? Edipo debía derrotar aquello que vive en los procesos respiratorios y sanguíneos. Debía contrastar al hombre que vive en esto con el hombre nervioso que vive, por así decirlo, con poderes etéricos empobrecidos. ¿Cómo llega a esto? Absorbiendo en su propia naturaleza las fuerzas que están relacionadas con el proceso nervioso, es decir, las fuerzas mefistofélicas, pero absorbiéndolas de una manera sana, de modo que se despeguen de él y no se conviertan en sus compañeras, sino que están en él y puede enfrentarse a la naturaleza de la esfinge por medio de estas fuerzas.

Aquí vemos cómo, básicamente, Lucifer y Ahriman tienen un efecto beneficioso situándose en su lugar correcto, en el lugar donde están, por así decirlo, colocados por primera vez, y que tienen un efecto perjudicial cuando están donde no deberían estar. Para el griego, la naturaleza de la esfinge era algo con lo que tenía que lidiar, algo que tenía que sacar de sí mismo. Si podía arrojarla al abismo, es decir, traer el cuerpo etérico expandido al cuerpo físico, entonces había vencido a la esfinge. El abismo no está ahí fuera, el abismo es el propio cuerpo físico, en el que hay que sumergir sanamente la esfinge. Pero el otro polo, el polo nervioso, el proceso opuesto, partiendo del yo, debe fortalecerse, no lo que está fuera, sino lo que debe estar dentro. Lo ahrimanico se absorbe en el ser humano y de esta manera se coloca en el lugar correcto.
Edipo y la esfinge

Edipo es el hijo de Layo. Se le había predicho que si tenía un hijo, éste traería la desgracia a toda su familia. Así que abandonó al bebé que le había nacido. Le perforó los pies, y de ahí le vino el nombre de Edipo, que significa pie zambo. Ahí tenemos los poderes mefistofélicos en el drama de Edipo.

He dicho que si el poder etérico se empobrece por estas fuerzas, los pies ya no pueden desarrollarse, deben marchitarse, atrofiarse. En el caso de Edipo, esto fue causado artificialmente. El pastor que lo crió lo encontró colgado de un árbol, cuando debería haber muerto. Ahora lleva los pies zambos por el mundo. Él es, por así decirlo, Mefistófeles traducido a lo sagrado. Allí él está en el lugar adecuado, allí puede agitar poderosamente el yo, donde debe resolverse la tarea del cuarto período postatlante. Todo aquello que hizo crecer al griego, por lo que se convirtió en verdaderamente griego, el armonioso acuerdo entre el cuerpo etérico y el cuerpo físico, que todavía admiramos tan vivamente en las figuras griegas en su buen aspecto, todo esto se pierde en Edipo para que pueda convertirse en una "personalidad", para que se convierta en el representante mismo del ser humano en el que el yo se hace fuerte. El yo que sube hasta la cabeza se hace fuerte a medida que los pies se marchitan.

Este debe ser afrontado por el hombre del quinto período cultural post-atlante. Así como Edipo, para enfrentarse a la Esfinge, para vencerla, tuvo que absorber a Ahrimán, así también el hombre del quinto período cultural postatlante, que se enfrenta a Ahrimán-Mefistófeles, tiene que absorber a Lucifer en sí mismo, es decir, tiene que pasar por el proceso inverso al de Edipo. Él tuvo que empujar desde la cabeza hacia la otra naturaleza humana lo que se había acumulado del yo en la cabeza. Se ha acumulado en el yo, en la medida en que este yo vive en el proceso nervioso, -filosofía, jurisprudencia, medicina y desgraciadamente también teología-, ¡todos procesos nerviosos! Ahí surge el impulso de sacarlo todo de la cabeza y penetrar en el mundo entero a través de lo sensorial.

Tomemos ahora a Fausto tal como está, con todo lo que el yo ha adquirido, y cómo quiere arrojarlo todo de su cabeza, por así decirlo, lo que Goethe resume en las palabras: "He estudiado ahora, ¡ay! filosofía, derecho y medicina, ¡y por desgracia también teología! con gran esfuerzo". Él trató de sacarse todo eso de la cabeza. Lo hace entregándose a la vida, que no está ligada a la cabeza. Él es el Edipo invertido, que asume en sí mismo la naturaleza de Lucifer.
Fausto y Mephisto

Y ahora sigue lo que Fausto hace para que Lucifer entre en sí mismo y pueda luchar contra Ahriman, el Mefisto que está a su lado. Todo esto nos muestra hasta qué punto este Fausto es realmente el Edipo invertido. Mientras que todo lo que sucede en Edipo a través de la naturaleza invertida de Ahriman está conectado con Lucifer, todo lo que sucede en Fausto a través de la naturaleza invertida de Lucifer está conectado con Ahriman-Mephisto. Así como Ahriman-Mephisto vive más en el mundo exterior, Lucifer vive más en el mundo interior. Toda la desgracia que le sobreviene a Edipo por tener que penetrar en la naturaleza de Ahrimán consiste en cosas externas. El desastre viene sobre el sexo, no sólo sobre sí mismo. Y la perdición que le sobreviene a él mismo también está señalada externamente. Que se perfore los ojos y se ciegue son también cosas externas. Que la peste caiga sobre la ciudad de su padre es algo externo. Todo lo que ocurre en Fausto es una experiencia interior del alma, una tragedia dentro del ser humano, de modo que Fausto también se presenta aquí como el Edipo invertido.

Si ponemos ante nuestros ojos estas dos figuras, o mejor dicho, estas dos figuras dobles, Edipo y Esfinge, Fausto y Mefisto, tenemos ante nosotros de forma típica la evolución del cuarto y quinto períodos postatlantes. Cuando llegue el momento en que la fantasmagoría externa, aquello que ha sucedido como huella de lo externo, se represente menos como historia y mas como aquelllo que la gente experimenta, solo entonces veremos cuan significativas e importantes son estas experiencias básicas del hombre. Sólo entonces nos daremos cuenta de lo que realmente vive en el proceso evolutivo en curso, de cómo la historia, la fantasmagoría externa, pasa de aquella representación que se suele dar como historia a aquella de la que los acontecimientos externos, por muy significativos que parezcan, en el fondo sólo son la huella fantasmagórica externa.

Así como el yo tuvo que ser fortalecido por un lado por Ahriman-Mefistófeles entrando en Edipo, es decir, el griego, así por otro lado este yo se ha vuelto demasiado fuerte en el hombre moderno. Y el hombre moderno debe alejarse de nuevo de este yo, sumergiéndose en los acontecimientos espirituales, sumergiéndose en lo que está relacionado con el mundo al que pertenece el yo, cuando este yo se da cuenta de que no sólo vive en el cuerpo humano, sino que es ciudadano del mundo espiritual. Y vivimos en esta época. Mientras que en la cuarta era postatlante el hombre tenía que esforzarse con todas sus fuerzas para llegar a ser consciente de que el yo vive en el cuerpo físico, el hombre de nuestro quinto período postatlante debe trabajar para llegar a ser consciente de que el yo pertenece al mundo espiritual. Y la expansión de la conciencia del yo a través del mundo espiritual es la ciencia espiritual. Por lo tanto, esta ciencia espiritual también está profundamente conectada con las exigencias más elevadas de la evolución humana en nuestro quinto período post-atlante.

Traducio por J.Luelmo dic.2023

viernes, 18 de noviembre de 2022

El cuerpo instrumento del alma -I .- El organismo humano triple y uno

 

Índice

Dr. WALTHER  BUHLER

El cuerpo instrumento del alma


I  .- El organismo humano triple y uno

LA SEDE DEL ALMA
El hombre se destaca de los demás reinos de la naturaleza más que por la perfección de su forma corpórea, por su constitución interna anímico-espiritual, su conciencia y su intelecto. Gracias a estas facultades evoluciona de una manera propia, característica de su ser, aspira al conocimiento de la naturaleza y de sí mismo para convertirse en artífice de su destino. Sin embargo, las facultades anímico-espirituales cuya culminación es la autoconciencia, se hallan tan íntimamente vinculadas con el organismo, que tal destino depende en sumo grado de su normal funcionamiento, o sea, de su salud o enfermedad.
Aquí se insinúa la cuestión que desde remotos tiempos ha preocupado a la humanidad cual poderoso y acuciante enigma. ¿Dónde se asienta el alma, en qué órgano? y también. ¿Cómo se adapta o armoniza con el cuerpo?, ¿De qué manera vive en él?
Vamos a tratar de establecer, desde el punto de vista médico, algunas ideas sólidamente establecidas sobre esta pregunta. Tengamos presente que la imagen que tenemos de nosotros mismos, determina decisivamente el modo en que cuidamos la salud, el modo en que conducimos la existencia y actuamos dentro del ámbito de la familia, de los amigos y del mundo en general.
Las teorías concernientes a la relaciones entre el cuerpo y el alma se han modificado mucho con el correr del tiempo, la anatomía, la fisiología, la ciencia médica toda, se inclina cada vez más a considerar el cerebro como asiento del alma. Es un hecho que la conciencia se eclipsa a incluso se ofusca completamente cuando fallan, o se paralizan ciertas funciones cerebrales.
Si a una insuficiente irrigación sanguínea del cerebro por falta de presión, por ejemplo, se añade la permanencia en un recinto con aire viciado, puede producirse el desvanecimiento aunque los demás órganos prosigan funcionando normalmente, el asfixiado yace en un estado como de somnolencia o profundo sopor invencible por medios ordinarios: Toda la actividad del alma queda suspendida: Pensamiento sentimiento y voluntad. Comentemos otro fenómeno patológico similar: hacia la vejez el cerebro afectado de esclerosis no se nutre bien de sangre y oxígeno, de manera que la respiración interna se entorpece, y esto acarrea el opacamiento de la conciencia y la disminución de la atención y de la memoria. El organismo puede sobrevivir una decena de años si se mantienen sanos los otros órganos, pero el cerebro calcificado impide al alma expresarse y conducir la vida de manera normal y razonable. Múltiples observaciones del mismo género, minuciosos exámenes del sistema nervioso central, generaron la convicción de que la vida del alma depende del cerebro. Llegándose incluso a pensar, bajo la influencia del materialismo, que los procesos cerebrales físico químicos constituyen en última instancia su único y auténtico origen y sostén. Así como la flor brinda su perfume al expandirse. El cerebro exhalaría de algún modo el alma, y lo mismo que es efímera y accesoria la existencia del perfume, pues se desvanece cuando la flor se marchita, así también el alma seguiría al inexorable destino del cuerpo, es decir, el de su desintegración y anonadamiento.
Cuanto más se reflexione sobre este problema, mejor se advertirá la enorme repercusión que su solución en uno u otro sentido tiene sobre la conducta humana, tomada en el más amplio concepto. ¿Cuál es el significado de la vida?, ¿Trasciende la conciencia los límites de la muerte, aunque experimente alguna metamorfosis, o a su advenimiento termina absolutamente todo? Estos interrogantes y su respuesta que cobran singular vigor en el fuero íntimo de todo hombre, no permanecen confinados, como fácilmente podría creerse, dentro de la esfera individual, sino que reaccionan sobre la comunidad humana y la estructura social.
Vamos a tratar de enfocar el problema desde un ángulo completamente nuevo. Si nos concentramos en la observación exterior, se nos presenta una diversidad de objetos, sucesos y seres susceptibles de distintos agrupamientos a causa de la heterogeneidad de su naturaleza y comportamiento intrínsecos; de manera análoga, la observación interior nos revela que la vida anímica se presta a muchas posibilidades y formas. Cuando evocamos imágenes de sucesos pretéritos, ponemos en juego la memoria, y al relacionarlas entre sí, nos entregamos al pensamiento.
Ahora bien, determinadas imágenes nos llenan de placer, alegría o simpatía; otras de antipatía, pavor o cualquier otro estado de ánimo. Estas vivencias nos indican que somos capaces de sentir. Si el sentimiento se acrecienta, si por ejemplo, la antipatía se intensifica hasta convertirse en aversión u odio o la simpatía deviene vivo deseo de posesión, advertimos la presencia de una fuerza que nos empuja o arrastra a la acción; transformamos una de nuestras ideas en acción. Nos percibimos interiormente como seres de voluntad.
En resumen, la vida anímica se desenvuelve dentro de 3 clases de videncias. Pensar, (crear imagen representar); sentir, (oscilar entre el gusto y el disgusto la alegría y la tristeza etcétera) y querer. Aquí surge la pregunta. ¿Qué relación guarda esta vida anímica invisible e inespacial con el cuerpo humano tangible material exteriormente perceptible?

EL SISTEMA METABÓLICO-MOTOR
Dirijamos ahora la atención primeramente a la voluntad humana; miremos a alguien entregado al trabajo, a uno mismo, inclusive. Cuando en nuestra presencia el jardinero ara una parcela de tierra dura, arranca plantas secas o marchitas, remueve la tierra, siembra, empuja una carretilla, etcétera., observamos a alguien cuya voluntad está en acción: desplaza los materiales del mundo exterior, se los acerca, o descarta, los moldea, etcétera. Puede hacer todo eso porque posee cierta movilidad personal; no es una estatua de mármol con el mágico poder de mover los objetos; precisa de la movilidad de sus piernas, brazos y dedos para intervenir de manera activa en el mundo de la materia. Y si alguien no habituado a este tipo de trabajo, -la acción voluntaria dotada de sentido es un trabajo-, al salir de su escritorio se entrega a labores agrícolas o, digamos se pone a saltar o correr, le sorprenderá sentir, quizás dos días después, intensos dolores; la lumbalgia nos permiten percatarnos de la participación de los músculos en el ejercicio de la voluntad. ¿Qué haríamos sin el sistema muscular?
La facultad propia del músculo de contraerse o endurecerse, de relajarse o ablandarse, existe gracias a la existencia de los huesos en los cuales se apoyan mediante los tendones y esto les depara una sólida base para sus peculiares movimientos.
Vemos asimismo que las articulaciones y ligamentos confieren movilidad a la estructura ósea, y así llegamos al sistema de las extremidades que abarca todos los huesos largos que dependen de las articulaciones y cuya movilidad se debe a los músculos. Como decía si se padece un lumbago se adquiere conciencia de que la fuerza de voluntad necesita del músculo como instrumento de expresión, al querer, osea, al ejercitar su voluntad, el alma vive en el sistema muscular .
Ahora bien, el hombre posee también músculos independientes de su voluntad consciente, y sin embargo en actividad. Tomamos el pan con la mano, lo rompemos y llevamos un trozo a la boca; la acción voluntaria continúa: masticamos, desmenuzamos, amasamos el pedacito con la lengua y luego lo tragamos. Hasta aquí llega la actividad muscular consciente. Desde el instante en que fue deglutido, entra en juego otra actividad. El bocado desciende a lo largo del esófago, el estómago lo tritura, penetra al intestino y por diversas vías y después de numerosas transformaciones entra a la sangre y al hígado. Estudiando el proceso de la elaboración de toda sustancia, se comprueba la imprescindible intervención de los músculos: ya el esófago es un tubo muscular, y el estómago que tiene aspecto de saco, sus paredes están constituidas por la mucosa y fibras musculares muy finas dispuestas en cierto orden y con capacidad para desarrollar mucha fuerza. Cuando los alimentos reducidos a estado líquido, recorren los conductos intestinales, amasados a lo largo de un gran trayecto, según movimiento rítmicos, continúan las actividades musculares esencialmente.
Vemos pues que en estos músculos se ejerce una energía de innegable naturaleza volitiva, aunque escape a la vida anímica consciente, podemos en efecto hablar de fuerzas volitivas inconscientes y descubrimos que nuestra vida anímica está profundamente arraigada en el cuerpo a través de estas energías volitivas. Su acción sobre la alimentación y digestión se manifiesta por el desplazamiento y transformación de las sustancias materiales ingeridas y por los movimientos cada vez más sutiles del hígado, la sangre y la circulación. Es fundamentalmente importante percatarse de que estos movimientos no son exclusivamente mecánicos, puesto que los dirigen energías volitivas, si bien inconscientes, Así pues, a la actividad voluntaria de las extremidades viene a añadirse otra de idéntica naturaleza, aunque menos manifiesta y profundamente arraigada en el organismo. Que al margen de la conciencia se expresa en los fenómenos del sistema metabólico. Considerando el ser humano en su totalidad, podemos decir que sus extremidades y el sistema metabólico constituyen el sostén y los instrumentos de su voluntad.
Los principales órganos del sistema metabólico se hallan debajo del diafragma, estómago, intestino hígado, etcétera. Esta es una cavidad donde todo se halla en movimiento, incluso los intestinos. La posición de sus pliegues se mantiene en continua modificación según la etapa del proceso digestivo. El mismo bazo se dilata y contrae sin cesar. El clásico piquete del costado nos indica que el bazo está colaborando en la digestión. Así como en la acción de las extremidades al correr o en cualquier ejercicio físico enérgico. En este caso el hombre adquiere cierta conciencia de la actividad volitiva de un órgano  que ordinariamente está relegado a la inconsciencia. Así la vesícula biliar que se dilata y se contrae, ejecuta manipulaciones que permanecen en el inconsciente. Es así como se secreta la bilis amarga para transformar las sustancias alimenticias.
He querido mostrar que todo lo que así ocurre es debido al movimiento, a la movilidad de los órganos. Sus diversas actividades se conciertan y se las puede reunir a todas bajo la denominación del sistema metabólico-motor. Sistema que edifica materialmente al ser humano, renovando incesantemente su sustancias. Todas estas sustancias que penetran en el cuerpo tienen que efectuar un rodeo a través de las puertas constructoras de la sangre. Sabido es que incluso la sangre sufre una preparación en las extremidades por el hecho de que en el interior de los huesos, en lo que es la médula, tienen lugar importantes procesos. Allí se producen los glóbulos rojos y ciertos glóbulos blancos. Lo mismo que en el hígado y otros órganos se preparan las proteínas y azúcares sanguíneos la sangre misma es un órgano en perpetuo movimiento. A toda esta permanente movilidad del organismo se hallan unidas profundas fuerzas volitivas.

EL SISTEMA CEFÁLICO O NEURO-SENSORIO
A esta parte del ser humano que acabamos de describir, se opone otra completamente diferente. La anatomía distingue en el cuerpo humano tres cavidades, y acabamos de referirnos a una la que está ubicada debajo del diafragma, las otras dos son la del tórax y la del cráneo. Consideremos ahora esta última.
La cavidad craneana contiene el encéfalo, órgano muy complejo. Aunque relativamente pequeño, su estudio requiere del estudiante de Medicina mucho más tiempo y esfuerzo que el de todos los órganos abdominales juntos. ¿Cómo está estructurado? Incoloro un tanto grisáceo, normalmente asentado dentro de la caja craneana. Recuerda los pliegues o circunvoluciones de los intestinos. Sin embargo, este enmarañamiento de formas tan raras se diferencia esencialmente de ellos por su inmovilidad. Todas las circunvoluciones que ahora vemos son fijas, los millones de células cerebrales con sus innumerables vasos ramificaciones y sus prolongaciones denominadas nervios, distribuidas por todo el cuerpo, son tan inmóviles como los hilos telefónicos en sus postes, el cerebro no debe como el hígado o el bazo dilatarse o contraerse; si lo hiciera produciría al instante terribles dolores.
Al estudiar la cabeza humana entramos en un dominio donde la movilidad de que hablamos a propósito del sistema metábólico-motor. Da paso a una inmovilidad casi absoluta, lo evidencia la circunstancia de que los veinte huesos del cráneo se hallan tan sólidamente soldados entre sí, excepto uno, que imposibilitan cualquier flexibilidad o desplazamiento individual. De esta unión compacta resulta una estructura rígida e indeformable; la exactitud con que el cerebro y sus circunvoluciones se adaptan dentro de esta cavidad no les permite desplazarse ni siquiera un ápice.
Los huesos del cráneo son muy diferentes a los de las extremidades, mientras estos se disponen en columna radiantes incluso en la columna vertebral, los del cráneo tienen forma de copa y se ensamblan de tal modo, que en vez de dirigirse de dentro hacia fuera se redondean para asumir la configuración de esfera hueca. El cráneo está pues, desprovisto de la movilidad y flexibilidad características del resto del cuerpo y su estado perfecto es el de reposo o fijeza; por eso mismo la cabeza ofrece un sorprendente. contraste con las extremidades, contraste que se manifiesta de muchas maneras. Prosigamos un poco más en el estudio.
Cuando el estómago tritura el alimento o cuando la mano trabaja, el sistema metabólico motor interviene en el mundo de la materia para ponerla en movimiento modificarla o transformarla. En cambio, ¿Cómo se comporta la cabeza frente a la materia?. Observémosla, por ejemplo, al comer: con las manos toma un poco de sustancia, (es decir recibe una pequeña ayuda del sistema metabólico-motor); luego utiliza el único elemento articulado el único hueso móvil que posee, la mandíbula y una vez masticada la sustancia alimenticia la expulsa de la boca como diciéndole al estómago. "entiéndete con esto yo no quiero saber nada más de ello" Idéntica actitud adopta con otras sustancias más ligeras volátiles o de fácil asimilación. Aspira aire y apenas ha sentido su fragancia, frescura o impureza, ya no quiere retenerlo y lo hace descender, aunque menos profundamente que los alimentos, a la cavidad torácica a través de la tráquea.
Cuando el aire llega a otra apertura de la cabeza, digamos a la del aparato auditivo, este a primera vista, parece admitirlo, sin embargo, enseguida se interpone una barrera, de todo este aire que invade el canal auditivo, ¿Con qué partes se queda la cabeza?. El ritmo, la vibración, el sonido, y desecha todo lo que es sustancia material, las moléculas aéreas mediante la membrana del tímpano. Se relaciona positivamente con el mundo, pero siempre de tal manera que rechaza lo que podría ligarla a la materia y solo retiene lo más sutil, lo inmaterial. De los alimentos no retiene, sino la sensación gustativa. Lo dulce, lo ácido o amargo, del aire, las auditivas y olfativas. Y finalmente, del universo entero al que se abre mediante la visión, capta la sensaciones luminosas, cromáticas y las formas. Todas ellas producidas por objetos seres y procesos materiales, pero sin la materia que originó su condición.
En resumen, de sus números contactos con el mundo material ¿Con qué se queda la cabeza?. Imágenes solamente, como si fueran simples fotografías inmateriales o como sombras del mundo físico. Las retiene y conserva muy cuidadosamente con la ayuda de la memoria, de manera que el alma pueda siempre recordarlas, parece pues claro que la cabeza se relaciona con el mundo de manera distinta que las extremidades; hasta cierto punto lleva una existencia aparte en aristocrático aislamiento. ¿Cuál es su tarea?, ¿Dónde esconde las energías a través de las cuales, el cuerpo, a través del hígado, del estómago, etc., y de las extremidades interviene activamente en el mundo material?. El estómago secretando jugos, -entre otros el ácido clorhídrico-, somete las sustancias materiales a transformaciones químicas. La sangre genera poderosas energías constructivas o reparadoras que se manifiestan siempre que el organismo realiza el proceso de cicatrización de una herida, de generación o de regeneración celular. 
¿Qué sucede cuando el organismo reúne la totalidad de estas fuerzas constructoras y las concentra de alguna manera sobre un solo objetivo?. Cuando todas estas fuerzas se conjugan, producen la extrema intensificación de que son capaces las fuerzas de la sangre, de la voluntad y del metabolismo. Pero su resultado no será algo insignificante, digamos una pequeña transformación de sustancia o un pequeño trozo de piel nueva, sino un ser completo: un nuevo ser humano. Entonces el hombre se habrá concentrado orgánicamente en si mismo y, gracias a sus órganos de reproducción, nace un nuevo organismo, construido, modelado y proyectado en la materia. Es preciso añadir este punto de vista a nuestro estudio del sistema metabólico. Cabe afirmar que a este polo del sistema metabólico-motor, que por oposición al polo superior de la cabeza, podemos calificar de interior, pertenece como supremo acrecentamiento, la posibilidad de la reproducción.
No hay reproducción sin división de células y sus vigilantes cuidados dirigidos a su mantenimiento; la división y reproducción de las células repara un tejido, o da origen a un niño.
Reaparece aquí el contraste entre el resto del cuerpo y la cabeza. ¿Qué le ocurre a Ésta?. Ninguna célula del cerebro puede dividirse; ningún agujero o pérdida de sustancias puede compensarse en el cerebro. A este respecto asistimos a un fenómeno muy particular. Pocas semanas después del nacimiento, las células nerviosas pierden la Facultad de Dividirse, no pueden regenerarse ni mucho menos reproducirse. Por consiguiente, procede decir que la actividad humana que en la parte inferior del organismo se manifiesta tan vigorosamente por la formación de la sangre, la multiplicación celular y la reproducción, disminuye hacia arriba y se paraliza al llegar a la cabeza donde, desde el punto de vista orgánico, el nervio se opone a la sangre. No solamente la inmovilidad sustituye a la movilidad exterior, no solamente se niega la cabeza a actuar sobre la sustancia. Sino que incluso renuncia a utilizar las energías que permiten la regeneración y la reproducción. Todo en ella se paraliza. 
¡Cuánto podríamos extendernos sobre esto!. Basta imaginar que existe un polo opuesto a todo lo que pasa en la parte inferior del ser humano, así comprenderemos la cabeza. ¿Qué significado tiene esta existencia cerebral, aparentemente tan insustancial este hecho asombroso de que todo tipo de movimiento, incluso los de las funciones nutritivas regenerativas y reproductivas se encuentren en ella como anquilosados o congelados?. ¿Se trata de una pereza orgánica o de una manifestación patológica del cerebro?. Cuando un ser no puede ni reproducirse ni moverse ni curarse, nos sentimos inclinados a pensar que no está sano. ¿Desempeñará la cabeza tan sólo un papel puramente negativo, o tendrá alguna tarea positiva?.
Un estudio más concienzudo permite descubrir que sí existe el elemento positivo, y que radica en una movilidad y productividad, pero de un género muy especial. No me estoy refiriendo a su Facultad de girar sobre el cuello ya que esta acción compete a los músculos, sino a otra esencialmente distinta. Puede verse si se repara en lo siguiente: "Con mi cabeza concibo ideas y las asocio extraigo una imagen de la memoria o la sumerjo en el olvido; Escojo algunas imágenes para asociarlas con otras con ayuda de las facultades dependientes del cerebro, puedo recorrer lejanos países y remontar el curso del tiempo". Dicho de otro modo, la cabeza es capaz de moverse y accionar intensamente, pero en un plano distinto del material. Es el mundo de las imágenes el que constituye su tesoro. Dentro de los confines de ese mundo, actúa, modela, crea, plasma, transforma, o sea, trabaja. Lo que hace el polo inferior del organismo con y dentro de la materia, lo lleva a cabo la cabeza con sus representaciones. Las funciones anímicas de la memoria, la imaginación y las concepciones, suelen abarcarse con un solo vocablo: pensar o representar.
Mediante el sistema nervioso, el alma trata de emanciparse de todo vínculo con los órganos corporales: en vez de controlar sus energías a trabajar la materia, las aplica a elaborar representaciones, el contenido de su propia experiencia. En la cabeza, el cuerpo renuncia pues, a fijar, a imprimir determinada dirección a las energías anímicas y las deja libertad, brindándole la posibilidad de una actividad independiente véanse las fechas centrífugas en la figura 1; solo a este precio se enciende la luz de la conciencia y la vida anímica consciente que despertó en la cabeza, dirige desde ella el resto del cuerpo. He ahí como la cabeza al renunciar a todo poder de regeneración y reproducción en el sentido orgánico, eleva al hombre al nivel superior y lo transforma en un ser espiritual autoconsciente.
Se enuncia pues, una verdad, cuando afirmamos que el instrumento del alma pensante es la cabeza, y con más exactitud el sistema cefálico; y el conjunto de los nervios inconcebibles sin desembocar en los órganos sensorios que establecen el contacto con el mundo externo. Los más importantes de entre ellos precisamente se concentran en la cabeza y se prolongan hacia la maravilla que es el cerebro. El sistema cefálico es pues un polo de la entidad humana situado en la parte superior del organismo; se le opone el metabólico motor situado en la inferior.
figura 1

EL SISTEMA RÍTMICO: CIRCULACIÓN Y RESPIRACIÓN
Una tercera posibilidad se le ofrece al hombre. La actividad del alma dentro de la región de la sensibilidad, a la cual hasta ahora sólo hemos aludido someramente. Comprenderemos mejor la naturaleza del sentir si lo concebimos como situado entre el pensar y la voluntad. Representémonos el proceso mediante el cual, una simple idea, una simple imagen se convierta en realidad en el mundo externo o material. Tenemos un pensamiento, quizás un pensamiento muy bello y nítido; tomemos el caso, por ejemplo, de una construcción rectangular concebida mentalmente y que luego denominamos cubo o cuerpo regular. Por el momento carece de realidad externa, y para que la tenga es necesario que nuestras extremidades tengan a su disposición alguna sustancia material como la cera, la arcilla, el  mármol etcétera. La elaboramos la modelamos, y de repente surge un cubo como realidad exterior en el mundo físico material. Este resultado es alcanzado mediante la acción de la voluntad a través del sistema metabólico-motor. ¿Cómo se abre paso una representación, una mera imagen en su camino hacia esta realidad físico sensible?. Indudablemente pasando por la voluntad, pero se requiere además la participación de un intermediario que permita franquear el abismo entre la cabeza y las extremidades. Interiormente la cosa sucede como si se nos despertara una gran simpatía por ese cubo, como si nos gustara mucho y pensáramos quizás; "es realmente una lástima que esta imagen se me desvanezca tan pronto y que no pueda conservarla ni mostrarla a otras personas". Y la simpatía que ha despertado en mí esa bella y nítida imagen, se metamorfosea en el deseo de que adquiera forma exteriormente perceptible. Con ello hemos entrado plenamente en el sentir y a partir del sentir que experimentamos de que eso que hemos pensado o visto nos causa alegría, nos sentimos impulsados hacia el acto volitivo. He aquí la función mediadora del sentir entre el pensar y la voluntad.
Preguntémonos ahora en qué órganos o funciones orgánicas, se apoya el alma al experimentar un sentimiento, la investigación espiritual nos ofrece un punto de vista enteramente nuevo: nos dice que el sentir se apoya sobre aquello que en el organismo humano depende de la respiración, la cual se lleva a cabo rítmicamente. Veámoslo.
Dirijamos nuestra atención hacia lo que ocurre en nosotros cuando experimentamos alegría y lo manifestamos riendo; no podríamos reír sin poner en movimiento el sistema respiratorio, y si verdaderamente rebozamos alegría, notamos como si el corazón quisiera saltar del pecho. Contrariamente cuando experimentamos una fortísima emoción de orden negativo, como espanto angustia, etc., palidecemos. Este fenómeno lo podemos observar en otras personas. La cólera o la vergüenza, en cambio, le hacen sonrojar y siempre que el sentimiento sea un poco violento, algo se modifica en la circulación de la sangre en el sutil juego entre ésta y la respiración. Cuando observamos fogosas manifestaciones de placer o pesadumbre, comprobamos que el ritmo circulatorio, el pulso cardiaco y el proceso respiratorio se alteran más o menos. Este estudio se puede profundizar más, y una de las magnas tareas del futuro consistirá en establecer con detalle, de qué manera lo que acontece en la sangre y en la respiración se relaciona con el sentir, es decir, con la vida emotiva del alma. Más adelante volveremos sobre este tema.
Lo que entra en juego en este caso, constituye igualmente un sistema orgánico. Así como hablamos del sistema neuro-sensorio y del metabólico-motor, podemos referirnos también a un sistema rítmico. Incluso en la estructura anatómica del cuerpo humano encontramos formaciones rítmicas; basta con que nos representemos el tórax para admirar cómo los huesos se encorvan y los músculos se afinan siguiendo un ritmo. A mitad de camino entre la cabeza y las extremidades, las costillas se estiran hacia abajo, flotan, tienden a volverse "extremidades"; y en la medida en que se tornan móviles liberándose del esternón, pierden su condición de tales; realmente no son sino "costillas falsas". Hacia arriba son fijas planas como los huesos del cráneo, y soldadas al esternón: tienden a convertirse en "cabeza". Las costillas y el tórax no parecen saber exactamente lo que quieren: en su parte inferior éste se comporta como una extremidad dotada de libertad y movilidad, y en la parte superior busca cómo convertirse en esférico, fijarse e inmovilizarse como la cabeza.
Ese mismo grado de indecisión lo muestra el pecho en lo concerniente a su relación con el mundo: tan pronto se une a la materia ambiente mediante la inspiración como busca despegarse liberarse de ella por la exhalación. Más para que su funcionamiento sea normal y la vida se despliegue sanamente, el pecho debe alcanzar el punto justo medio entre estos dos extremos. La absoluta calma y la absoluta movilidad absorción y expulsión de la materia. ¿Cuál es aquí el elemento conciliatorio o intermediario? El movimiento pausado, tranquilo, la alternancia regular rítmica de expansión y de contracción y dilatación del corazón, (Sístole diástole) se comunican a la sangre, cuyo movimiento rítmico va hacia la periferia por la circulación arterial y regresa al corazón por la venosa.
Estos ritmos de contracción y liberación son la imagen corporal orgánica de lo que se agita en el alma cuando pasamos de la risa al llanto de la alegría a la tristeza, del entusiasmo al abatimiento. Intentemos comprobar si para cada uno de los sentimientos que experimentamos podemos imaginar su contrario. Al amor se le opone el odio, al placer el enfado, a la piedad la crueldad; todo lo emotivo oscila sin cesar entre dos polos opuestos como una especie de respiración o de impulso anímico. El sentir necesita pues una base orgánica que tenga la posibilidad de dilatarse y contraerse de moverse en todos los sentidos.
Quizás con lo expuesto ya hayamos captado el modo en que los órganos de carácter rítmico, son los principales soportes del sentir, así como en el alma el sentir constituye el puente entre la representación y la acción, conforme hemos tratado de mostrarlo, de modo que el sistema rítmico, con sus concomitancias orgánicas, establece en el cuerpo las compensaciones necesarias entre el polo superior, (sistema cefálico) y el inferior (sistema metabólico-motor), como también entre el nervio y la sangre.

EL ALMA TRIPLE Y UNA, EN UN CUERPO TRIPLE Y UNO
Partiendo de las disquisiciones precedentes sobre el organismo humano global, alborea para nuestro conocimiento, una nueva imagen del hombre. El hombre, por su propio ser, se halla situado dentro de la más radical oposición y ésta oposición provocaría una catástrofe si se produjera un cortocircuito, pues sobrevendrían graves perturbaciones anímicas o físicas. De ahí la importancia de una función compensatoria que establezca la armonía de los dos polos: el ritmo. Así por ejemplo, la parte de las  sustancias alimenticias transformada en sangre es "ritmada" por la circulación del corazón y la respiración, y así encuentra la transición hacia el sistema nervioso.
Hemos desarrollado el concepto de la estructura ternaria del organismo humano. Éste, aparentemente constituye una unidad, cuando en realidad vive dentro de una polaridad. Debido de que en esta polaridad se introduce un tercer principio, el ser humano concilia los polos opuestos y evita un abismo entre ellos. Podríamos decir que se halla en condiciones de salvarse continuamente de aquello que pugna por dividirlo, y así conserva la salud. Su cuerpo se ve entonces penetrado por esa precisa vibración interna que lo convierte en instrumentos de una actividad anímica sana.
Esta estructura ternaria, que a su vez es de triple acción, se corresponde con la división tripartita de las funciones anímicas. Si preguntamos nuevamente dónde se asienta el alma, ahora comprendemos que carece de sentido buscar su sede en un único órgano: es evidente que desde los pies hasta la cabeza, todo el cuerpo es instrumento del alma. He aquí un portentoso descubrimiento, entre otros, de Rudolf Steiner como resultado de su estudio de la naturaleza humana. El anatomista y el fisiólogo no tienen ya motivo de estudiar los órganos desde un punto de vista externo, como simples partes de un todo mecánicamente explicable, ni de examinar aisladamente los procesos químicos y las transformaciones de la materia, pues con este procedimiento jamás evitarán los errores del materialismo bosquejado anteriormente. La correcta actitud mental exige que cada vez que el médico tenga ante sí un organismo humano, sea capaz de decirse: "todas estas formas, funciones, y procesos, me orientan hacia algo subyacente que vive, actúa, crea, y adquiere conciencia de sí, o sea, el alma humana. Encarnada en el hombre terrenal, el alma introduce en la sustancia física, estructuraciones, configuraciones y ritmos tan maravillosos, que ese cuerpo material en su totalidad, se vuelve capaz de servir como vehículo del alma si bien, de un modo distinto según el área corporal de que se trate. Y precisamente hemos de estudiar ese funcionamiento diferencial en todo detalle, pues sin ese estudio nunca comprenderemos realmente la conexión de cuerpo y alma, es decir, no comprenderemos al hombre.
Resumiremos estas consideraciones y ilustrándolas con una imagen que contribuirá a una mejor comprensión. Cuando el alma ejecuta un acto voluntario, se asemeja al nadador que se zambulle y momentáneamente desaparece bajo la superficie líquida: voluntariamente se ha sumergido en los órganos corporales y desde dentro los mueve; he ahí la voluntad. Pero si quiere retornar a sí misma, reencontrarse, actuar sobre sí misma, pero no sobre la materia, debe concentrarse y elevarse de las profundidades del organismo hacia la cabeza. En tal circunstancia, el papel del organismo es relativamente secundario, sus energías se hallan en reposo se desprende de él, se le enfrenta y lo usa como espejo quedando en segundo plano su aspecto dinámico material. Así como cada uno de los órganos sensoriales refleja una parte del mundo, el cerebro, en cambio es el espejo interno del alma, sobre el cual ya no se ejerce influencia alguna, mediante energías materiales o presiones sobre las circunvalaciones cerebrales. Esta acción solo perdura durante la vida embrionaria, durante la cual el cerebro se estructura, después y para el resto de la existencia terrenal, podríamos decir que las circunvalaciones se quedan coaguladas, anquilosadas, y el alma se libera completamente de ellas
He aquí porque el cerebro es aparentemente un órgano inerte. Ha tenido que renunciar a mucho para que ciertas partes del alma adquieran la libertad; reflejada por el cerebro sin absorberla, es decir, siendo su espejo, le permite adquirir conciencia de sí misma. Es como el nadador que aflora a la superficie, llega a la orilla y exclama: "Yo estaba ahí dentro", reconociendo de pronto su reflejo en el agua y concentrando entonces su atención sobre él.
He aquí la representación del alma viviendo en el cerebro. Esto nos permite apreciar mejor los diferentes aspectos en que el cuerpo es instrumento del alma.
En su aspecto emotivo, me inclinaría decir que el alma se asemeja a un nadador que no se encuentra ni sumergido ni en la orilla, sino precisamente nadando entregado a incesantes movimientos rítmicos para mantenerse en la superficie. Ahora se sumerge, ahora emerge así, actúan las energías anímicas en el proceso circulatorio y respiratorio: estas funciones penetran hasta cierto punto, y luego se retiran, y conservando, gracias al ritmo, el equilibrio entre lo superior y lo interior, (al igual que el nadador en la superficie del agua), el alma cobra conciencia de su propia sensibilidad a través del maravilloso movimiento respiratorio y circulatorio. El latido del corazón y las pulsaciones constituyen la acción rítmica del alma que ondea en las energías de la sangre.
Si dejamos vivir en nosotros esta imagen, comprenderemos, no de manera abstracta sino pictórica, qué enormes oposiciones existen en la naturaleza humana, y cómo se produce la compensación; y reconoceremos que los órganos, a pesar de sus diversas tareas, consiguen obrar armónicamente gracias a su sabia disposición. Cuando, en el cuerpo reina esta armonía a tres voces, la entidad anímico-espiritual del hombre dispone en verdad de un instrumento adecuado. Rudolf Steiner resumió en cierta ocasión la idea de la composición ternaria del organismo humano, con las siguientes palabras:
En el corazón vibra el sentir,
en la cabeza brilla el pensar,
en las extremidades se asienta la voluntad.
Luz que vibra,
vibración que se afirma,
afirmación que brilla:
Eso es el hombre.