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martes, 18 de julio de 2023

GA229 Dornach 6 de octubre de 1923 -El curso anual en cuatro imaginaciones cósmicas-La imaginación de Navidad

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El curso anual en cuatro imaginaciones cósmicas

La imaginación de Navidad

RUDOLF STEINER

Dornach 6 de octubre de 1923

Ayer estaba ante nosotros la imagen de Miguel luchando con el Dragón, como se nos mostró a través de una comprensión interna del curso del año. Y el arte realmente no puede ser otra cosa que un reflejo de lo que siente el ser humano en relación con el universo. Por supuesto, esto es posible en varios niveles y desde varios puntos de vista; pero en general sólo podemos hablar de una obra de arte cuando expresa el sentimiento humano de tal manera que a través de ella el alma se abre a los secretos del universo.

Hoy, con el mismo espíritu que nos condujo al cuadro culminante de Miguel y el Dragón, proseguiremos nuestro estudio de las estaciones del año.

Sabemos, por la conferencia de ayer, que cuando el otoño se acerca, se produce una especie de inspiración de la Tierra, una inspiración espiritual, y los seres elementales son atraídos de nuevo al seno de la Tierra. Los que salieron en pleno verano y volvieron en San Miguel son atraídos cada vez más hacia el interior, hasta que en lo más profundo del invierno se unen íntimamente a la Tierra.

Ahora debemos darnos cuenta de que en invierno la Tierra está por encima de todo contenida en sí misma, encerrada en sí misma. Ha replegado todo lo espiritual que había dejado salir de sí misma durante el verano. Por lo tanto, en las profundidades del invierno la Tierra es más terrenal, más verdaderamente ella misma, que en cualquier otro momento. Y aunque para nuestros estudios posteriores debemos tener firmemente en cuenta este carácter invernal de la Tierra, no debemos olvidar, por supuesto, que cuando el invierno prevalece sobre la mitad de la Tierra, la otra mitad experimenta el verano. Este es un hecho que debemos tener presente. Pero ahora nos ocupamos de la llegada del invierno a una parte de la Tierra. Es entonces cuando la Tierra despliega su propia naturaleza en el sentido más profundo; la naturaleza que la hace verdaderamente Tierra.

Observemos ahora nuestra Tierra. Tiene un núcleo sólido, oculto bajo su superficie exterior visible, que a su vez está cubierta en gran parte por agua, la hidrosfera. Los continentes sólo flotan, por así decirlo, en esta gran extensión acuosa. Y podemos imaginar que la hidrosfera se extiende hasta la atmósfera, ya que ésta siempre está impregnada de un elemento acuoso. Ciertamente, es mucho más delgado que el agua del mar y del río, pero no hay un límite definido en la atmósfera donde el elemento acuoso llega a su fin. Por lo tanto, si queremos mostrar esquemáticamente cómo es la Tierra a este respecto, tendremos, en primer lugar, un núcleo sólido en el centro. Alrededor de él tenemos las regiones acuosas (azul). Evidentemente, hay que indicar los salientes de los continentes: habrá que exagerarlos, pues en realidad no deberían ser más prominentes que las irregularidades de la piel de una naranja. A continuación, la hidrosfera, esa parte acuosa de la atmósfera que rodea la Tierra. Observemos esta imagen (azul) y preguntémonos qué representa realmente. No se trata de algo creado por sí mismo: es agua modelada por todo el cosmos. La razón por la que este cuerpo de aire y agua es esférico es que el cosmos se extiende a su alrededor como una esfera por todos lados. Esto significa que en la Tierra intervienen fuerzas muy poderosas.

Si observáramos la Tierra desde otro planeta, nos parecería una gran gota de agua en el cosmos. Habría todo tipo de prominencias en ella -los continentes, que tendrían colores bastante diferentes-, pero en conjunto nos parecería una gran gota de agua en medio del universo.

Consideremos esto desde un punto de vista cósmico. ¿Qué es esta gran gota de agua? Es algo que toma su forma de todo su entorno cósmico.

Si se aborda la cuestión desde un punto de vista científico-espiritual, haciendo intervenir la Imaginación y la Inspiración, se llega a saber lo que es realmente esta gota de agua. No es otra cosa que una gigantesca gota de azogue; pero el azogue está presente en una condición extraordinariamente enrarecida.

La posibilidad de estas altas reducciones ha sido demostrada por el trabajo de Frau Dr. Kolisko. En nuestro Instituto de Biología de Stuttgart se ha intentado establecer una base exacta. Ha sido posible hacer diluciones de sustancias de hasta una parte en un billón y, de hecho, establecer con precisión los efectos que pueden tener diluciones tan altas de determinadas sustancias. Hasta ahora, en homeopatía, esto era sólo una cuestión de creencia; ahora se ha elevado al nivel de ciencia exacta. Los gráficos que se han trazado no dejan lugar a dudas hoy en día de que los efectos de las partículas más pequeñas siguen un curso rítmico. No voy a entrar en detalles; el trabajo ha sido publicado y estos hallazgos pueden ahora ser verificados. Aquí sólo quiero señalar que incluso en el reino terrenal hay que contar con los efectos de enormes diluciones.

Aquí se trata de algo de lo que podemos decir, cuando lo utilizamos a pequeña escala, que es agua. Podemos sacar agua de un río o de un pozo y utilizarla como agua. Sí, es agua, pero no hay agua que consista únicamente en hidrógeno y oxígeno. Sería absurdo suponer que el agua está compuesta únicamente de hidrógeno y oxígeno. En el caso de las aguas minerales y similares, es evidente que hay algo más. Pero no hay agua compuesta únicamente de hidrógeno y oxígeno: eso es sólo una primera aproximación. Toda el agua, dondequiera que aparezca, está impregnada de algo más. Esencialmente, toda la masa de agua de la Tierra es azogue para el universo. Sólo las pequeñas cantidades que utilizamos son agua para nosotros. Para el universo, esta agua no es agua, sino azogue.

De ahí que podamos decir, en primer lugar, que en la medida en que consideramos la hidrosfera en relación con el agua, estamos tratando con una gota de azogue en el cosmos. Naturalmente, en esta gota de azogue están incrustadas sustancias metálicas, en resumen, todas las sustancias terrestres. Representan la masa sólida de la Tierra y tienden a adoptar sus propias formas especiales. Así, en el conjunto de la estructura observamos la forma esférica general del azogue. Se podría decir que el azogue metálico ordinario no es más que el símbolo producido por la naturaleza para la actividad general del azogue, que conduce definitivamente a una forma esférica. Incrustados en toda la esfera están los cristales metálicos, con la múltiple variedad de sus propias formas distintivas. De ahí que tengamos ante nosotros esta formación de calor, agua, aire: su tendencia, como he dicho, es asumir una forma esférica, con formas cristalinas individuales en su interior.

Incluso si distinguimos el aire (rojo oscuro) que rodea la Tierra como su atmósfera, nunca podemos hablar simplemente de aire, porque el aire siempre tiene tendencia a contener calor en algún grado: el aire está impregnado de calor (violeta). Así pues, debemos añadir este cuarto elemento, el calor, que entra en el aire.

Ahora bien, este calor, que entra en el aire desde arriba, lleva en sí, de manera preeminente, el proceso del azufre, que le ha sido impartido desde el cosmos. Y al proceso del azufre se añade el proceso mercurial, tal como lo he descrito en relación con la hidrosfera. Así tenemos aire-calor - el proceso sulfúrico; agua-aire - el proceso mercurial.

Si ahora nos volvemos hacia el interior de la Tierra, llegamos al proceso de formación del ácido, y especialmente al proceso de la sal, porque las sales derivan de los ácidos; y esto es lo que la Tierra quiere ser realmente. Por lo tanto, cuando miramos hacia arriba en el cosmos, en realidad estamos mirando el proceso del azufre. Cuando consideramos la tendencia de la Tierra a convertirse en una gota de agua cósmica, estamos observando el proceso mercurial. Y si volvemos nuestra mirada a la tierra sólida que hay bajo nuestros pies, que en primavera da lugar a todo lo que vemos crecer, a la vida que brota, estamos ante el proceso salino.

Este proceso salino es muy importante para la vida y el crecimiento primaverales. Porque las raíces de las plantas, al formarse a partir de las semillas, dependen para todo su crecimiento de su relación con las formaciones de sal en el suelo. Son estas formaciones de sal -en el sentido más amplio del término- las que dan sustancia a las raíces y les permiten actuar como la base terrestre de la vida vegetal.

Así pues, al volver a la Tierra nos encontramos con el proceso de la sal. Esto es lo que la Tierra hace de sí misma en las profundidades del invierno, mientras que en verano hay mucha más mezcla. Porque en verano el aire se llena de procesos sulfurosos, que también se producen en los relámpagos y truenos; penetran hasta muy abajo, de modo que todo el curso de la estación se sulfura. Luego llegamos a la época de San Miguel, cuando el proceso del azufre es rechazado por el hierro meteórico, como les dije ayer. Durante el verano, también, el proceso de sal se mezcla con la atmósfera, porque las plantas en crecimiento llevan las sales a través de sus hojas y flores hasta las semillas. Naturalmente, encontramos las sales ampliamente distribuidas en la planta; se eterizan en los aceites etéricos y así sucesivamente; se acercan al proceso de sulfuración. Las sales son transportadas a través de las plantas, salen y se convierten en parte del ser de la atmósfera.

En pleno verano, por consiguiente, tenemos una mezcla del elemento mercurial, siempre presente en la Tierra, con los elementos sulfurantes y salinos. Si en esta estación estamos aquí en la Tierra, nuestra cabeza se proyecta realmente en una mezcla de azufre, mercurio y sal; mientras que la llegada del invierno profundo significa que cada uno de estos tres principios vuelve a su propia condición interior. Las sales se repliegan hacia el interior de la Tierra, y la tendencia de la hidrosfera a adoptar una forma esférica se reafirma -imaginada en invierno por el manto de nieve que cubre partes de la Tierra. El proceso del azufre se retira, de modo que no hay ninguna ocasión particular para observarlo. En su lugar, otra cosa pasa a primer plano durante la profunda estación invernal.

Las plantas se han desarrollado desde la primavera hasta el otoño, concentrándose finalmente en sus semillas. ¿En qué consiste este proceso de siembra? Cuando las plantas corren a sembrarse, están haciendo lo que nosotros hacemos constantemente de una forma humana aburrida cuando utilizamos las plantas como alimento. Las cocemos. Ahora bien, el desarrollo de una planta hasta la floración y luego hasta la producción de semillas es la cocina de la naturaleza; se aproxima al proceso del azufre. Las plantas crecen en el proceso de azufre. Se sulfuran más fuertemente, por así decirlo, cuando el verano está en su apogeo. Cuando llega el otoño, este proceso de combustión llega a su fin.

En el reino orgánico, por supuesto, todo es diferente de los procesos que observamos en su forma inorgánica gruesa; pero el resultado de todo proceso de combustión es la ceniza. Y además de la formación de sal, que proviene de otra parte y es necesaria dentro de la Tierra, debemos añadir todo lo que cae sobre la Tierra desde el florecimiento y la siembra de las plantas como resultado del proceso de cocción o combustión. Esta caída de cenizas, al igual que la que se produce en nuestras cocinas, desempeña un papel importante que normalmente se pasa por alto. En el proceso de formación de las semillas, que es fundamentalmente un proceso de combustión, la naturaleza de las semillas cae continuamente sobre la Tierra, de modo que a partir de octubre la Tierra está impregnada de esta forma de ceniza.

Por lo tanto, si observamos la Tierra en pleno invierno, tenemos en primer lugar la tendencia interna a la formación de sal; además, tenemos el proceso de formación mercurial en su forma más marcada; y mientras que en pleno verano tenemos que prestar atención al proceso de sulfuración en el cosmos fuera de la Tierra, ahora tenemos en invierno el proceso de formación de cenizas.

Así, pues, la tendencia que alcanza su culminación en Navidad se prepara con antelación desde Michaelmas en adelante. La Tierra se consolida gradualmente cada vez más, de modo que en pleno invierno se convierte realmente en un cuerpo cósmico, expresándose en formación mercurial, en formación salina, en formación de ceniza. ¿Qué significa esto para el cosmos?

Ahora, si podemos suponer que una pulga, digamos, se convirtiera en anatomista y estudiara un hueso, tendría ante sí un trozo de hueso excepcionalmente pequeño, porque la propia pulga es muy pequeña y estaría examinando el hueso desde la perspectiva de una pulga. La pulga descubriría entonces que en el hueso nos encontramos con cal fosfórica en estado amorfo, con ácido carbónico, cal y demás. Pero nuestra pulga anatomista nunca llegaría a darse cuenta de que el fragmento de hueso es sólo una pequeña parte de un esqueleto completo. Ciertamente, la pulga salta, pero al estudiar el minúsculo trozo de hueso nunca llegaría más allá. Del mismo modo, a un geólogo o mineralogista humano no le serviría de nada poder saltar como una gigantesca pulga terrestre. Al estudiar las cadenas montañosas de la Tierra, que en su totalidad representan un esqueleto, seguiría trabajando a escala en miniatura. La pulga nunca llegaría a describir el esqueleto en su totalidad, sino que arrancaría un trocito con su pequeño martillo. Supongamos que se tratara de un trocito de clavícula; nada en los componentes del trocito, carbonato de cal, fosfato de cal, etc., revelaría a la pulga que pertenecía a una clavícula, y menos aún que formaba parte de un esqueleto completo. La pulga habría cortado un trocito y lo describiría desde el punto de vista de su propia pulga, igual que un hombre describe la Tierra cuando en algún lugar, -digamos en las colinas de Dornach-, ha cortado un trozo de piedra caliza del Jura. Entonces describe este trozo y elabora sus descubrimientos en mineralogía, geología, etcétera. Sigue siendo el mismo punto de vista, aunque ciertamente algo más amplio.

Por supuesto, así no se llega a la verdad. Tenemos que reconocer que la Tierra es un todo único, más firmemente consolidado durante el invierno a través de su formación salina, su formación mercurial y su formación de cenizas. Preguntémonos entonces qué significa toda la naturaleza de la Tierra cuando la miramos no desde el punto de vista de la pulga, sino en relación con el cosmos.

Consideraremos en primer lugar la formación de la sal, entendida en su sentido más amplio como un depósito físico, ejemplificado en la forma en que la sal común de cocina disuelta en un vaso de agua se separa formando un depósito en el fondo del vaso. (No voy a entrar ahora en el aspecto químico de esto, aunque el resultado sería el mismo si lo hiciera). Ahora bien, un depósito de sal de este tipo tiene la característica de ser poroso, por así decirlo, a lo espiritual. Donde hay un depósito de sal, lo espiritual tiene un campo de entrada despejado. Por consiguiente, en pleno invierno, cuando la Tierra se consolida sobre la base de la formación de sal, el efecto es, en primer lugar, que los seres elementales que están unidos a la Tierra tienen, podría decirse, una agradable morada dentro de ella. Pero también otros elementos espirituales son atraídos del cosmos y pueden habitar en la costra de sal que se encuentra inmediatamente debajo de la superficie de la Tierra. Aquí, en esta costra de sal, las fuerzas lunares son particularmente activas, me refiero a los restos de aquellas fuerzas lunares que quedaron rezagadas, como he mencionado a menudo, cuando la Luna se separó de la Tierra.

Estas fuerzas lunares están activas en la Tierra principalmente debido a la sal presente en ella. Así pues, en invierno, bajo la capa de nieve que, por un lado, se dirige hacia la forma de azogue y, por otro, desciende hacia los depósitos de sal, tenemos la sustancia sólida de la Tierra, la sal, impregnada de espiritualidad. En invierno, la Tierra se vuelve espiritual en sí misma, a través de la influencia consolidadora, especialmente, de su contenido de sal.

Ahora bien, el agua, es decir, el azogue cósmico, tiene la tendencia interior a modelarse esféricamente. Podemos ver esta tendencia interna en todas partes. Por eso, en pleno invierno, la Tierra no sólo puede volverse rígida por su contenido de sal e impregnar la sal de espíritu, sino también vivificar la sustancia espiritualizada y conducirla al reino de la vida. En invierno, toda la superficie de la Tierra se revitaliza. El principio del azogue, que actúa en la sal espiritualizada, activa en todas partes esta tendencia a la vida nueva. Bajo la superficie de la Tierra, en invierno, se refuerza enormemente la capacidad de la Tierra para producir vida.

Esta vida, sin embargo, se convertiría en una vida lunar, ya que son principalmente las fuerzas lunares las que están activas en ella. Pero como de las semillas de las plantas cae ceniza, de modo que todo lo que acabo de describir está impregnado de ceniza, hay algo que mantiene todo el proceso en el dominio de la Tierra.

Las plantas se han esforzado hacia arriba en el proceso del azufre, y de este proceso ha caído la ceniza. Esto es lo que atrae a la planta de vuelta a la Tierra, después de que se haya esforzado hacia lo etérico-espiritual. Así que en las profundidades del invierno tenemos en la superficie de la Tierra no sólo la tendencia a absorber el espíritu y a revigorizarse, sino también la tendencia a transformar lo lunar en terrenal. A través de los restos de la ceniza caída, la Luna se ve obligada a promover la vida terrestre, no la vida lunar.

Pasemos ahora de la superficie terrestre a la formación del aire que rodea la Tierra. Para el aire, es de suma importancia siempre, pero especialmente en pleno invierno, que el Sol irradie calor y luz a través de él -aunque la luz es menos relevante para nuestras consideraciones inmediatas.

Como ven, la ciencia trata las cosas siempre aisladas unas de otras, como en realidad nunca lo están. El aire, nos dicen, se compone de oxígeno y nitrógeno y otros elementos. Pero en realidad no es así: el aire no se compone sólo de oxígeno y nitrógeno, pues siempre está atravesado por el Sol. Esa es la realidad: el aire está siempre impregnado durante el día por la actividad del Sol. ¿Y qué significa esta actividad? Significa que el aire de arriba siempre está tratando de separarse de la Tierra. Si la formación de sal, la formación de mercurio y la formación de cenizas fueran las únicas activas, entonces no habría nada más que terrenal. Pero arriba, como las actividades que se esfuerzan por ascender desde la Tierra son absorbidas por la actividad del Sol y del aire, la actividad terrestre se transmuta en actividad cósmica. El poder de obrar por sí mismo en lo viviente-espiritual es arrebatado a la Tierra. El Sol hace sentir su poder en todo lo que crece y brota hacia arriba de la Tierra. Y así, en cierta región por encima de la Tierra, se manifiesta una tendencia muy especial a la visión espiritual. En la Tierra misma todo trata de volverse esférico (rojo oscuro); en esta región superior la esfera es continuamente impulsada a aplanarse en un plano (rojizo). Naturalmente tenderá a retomar su forma esférica, pero allí arriba lo esférico tiende siempre a aplanarse. A las influencias superiores les gustaría mucho romper la Tierra, desintegrarla, para que todo se convirtiera en una superficie plana, esparcida allá en el cosmos.

Si esto ocurriera, las actividades de la Tierra desaparecerían por completo, y arriba tendríamos una especie de aire en el que las estrellas estarían activas. Esto se expresa muy claramente en el hombre mismo. ¿Qué parte tenemos nosotros, los seres humanos, en el aire lleno de sol? Lo respiramos, y por eso la actividad del Sol se extiende hasta nosotros, hacia abajo en cierto sentido, pero sobre todo hacia arriba. A través de nuestra cabeza somos continuamente atraídos lejos de las influencias de la Tierra, y por esta razón nuestra cabeza está capacitada para participar en todo el cosmos. En realidad, a nuestra cabeza siempre le gustaría salir a la región donde prevalece el plano. Si nuestra cabeza perteneciera sólo a la Tierra, especialmente en invierno, toda nuestra experiencia del pensamiento sería diferente. Entonces tendríamos la sensación de que todos nuestros pensamientos quisieran adoptar una forma redondeada. En realidad no es así; tienen cierta ligereza, adaptabilidad, fluidez, y esto se lo debemos a la incursión característica de la actividad del Sol.

Aquí tenemos la segunda tendencia; aquí lo solar choca con lo terrenal. Pero esto es más débil en invierno. Si nos alejáramos aún más, entraría en escena otra cosa. Entonces ya no tendríamos que ver con la actividad del Sol, sino sólo con la actividad de las estrellas, ya que éstas, a su vez, ejercen una gran influencia sobre nuestra cabeza. En la medida en que el Sol nos devuelve al cosmos, por así decirlo, las estrellas tienen su propia influencia profundamente penetrante en nuestra cabeza, y así en toda la formación del organismo humano.

Pero ahora debo deciros que lo que acabo de describir ya no es válido hoy en día, pues en cierto modo el hombre se ha emancipado, en su crecimiento y en toda su evolución, de las actividades de la Tierra. Si volviéramos a la antigua época lemúrica, o sobre todo a la época polar que la precedió, encontraríamos que todo era muy diferente. Observaríamos que todo lo que ocurría en la Tierra tenía una gran influencia sobre el organismo humano. En efecto, lo habréis deducido del relato de la evolución de la Tierra dado en mi Ciencia Oculta. En aquellos primeros tiempos, el hombre se encontraba en medio de las actividades de las que os he hablado. Mañana describiré cómo el hombre se ha emancipado de todo esto; hoy hablaré como si todavía estuviéramos plenamente envueltos en ello. Y aquí llegamos a algo que a la comprensión actual le parecerá sumamente paradójico.

Podemos preguntarnos: ¿En qué se convierte una madre cuando comienza a desarrollar un nuevo ser humano? Originalmente, después de todo lo que tiene que suceder para que un nuevo ser humano pueda existir en la Tierra, son las fuerzas lunares formadoras de sal las que influyen principalmente en el organismo femenino en ese momento. Así que podemos decir que mientras una mujer es por lo demás y en general un ser humano, las fuerzas lunares formadoras de sal tienen entonces la influencia más fuerte sobre ella. Podemos poner esto en términos espirituales-científicos diciendo: La mujer se convierte en Luna, igual que la Tierra -especialmente justo debajo de su superficie- se convierte en Luna cuando se acerca la Navidad.

Así pues, no es sólo la Tierra la que se convierte mayoritariamente en Luna cuando prevalece el invierno profundo; esta tendencia de la Tierra a convertirse en Luna se produce de nuevo, del mismo modo, cuando una mujer se prepara para recibir a un nuevo ser humano. Y precisamente por esto, la influencia del Sol en ella se hace diferente, como es diferente en pleno invierno, en comparación con el verano. Y la formación en la mujer del nuevo ser humano está totalmente bajo la influencia del Sol. Debido a que la mujer toma las actividades lunares, las actividades salinas, tan fuertemente en sí misma, se vuelve capaz de tomar las actividades solares por su propia cuenta. En la vida ordinaria, las actividades solares son absorbidas por el organismo humano a través del corazón y desde allí se extienden por todo el organismo. Pero cuando una mujer se prepara para dar a luz a un nuevo ser humano, las actividades solares se concentran en la formación de esta nueva vida. Así podemos decir esquemáticamente: La mujer se convierte en Luna para poder absorber en sí misma las actividades solares; y el nuevo ser humano, que existe primero como embrión, es en este sentido una actividad totalmente solar. El embrión puede nacer gracias a esta concentración de actividades solares.

La antigua clarividencia instintiva lo sabía a su manera. En una época, en la vieja Europa prevalecía una idea notable. Se pensaba que antes de que un niño recién nacido hubiera tomado cualquier alimento terrenal, era un ser muy diferente de lo que llegó a ser después de beber su primera gota de leche. Ésa era la antigua creencia germánica. Estos pueblos tenían la sensación instintiva de que el recién nacido era un ser solar, y que con el primer alimento terrenal que recibía se convertía en una criatura de la Tierra. De ahí que el recién nacido no perteneciera en absoluto a la Tierra. Por otra parte, según leyes ocultas a las que me referiré en otra ocasión, la antigua costumbre germánica concedía al padre -a cuyos pies se ponía siempre al niño nada más nacer- el derecho de dejarlo crecer o de destruirlo, pues todavía no era una criatura de la Tierra. Si había tomado una sola gota de leche, ya no tenía derecho a destruirlo. Entonces tendría que seguir siendo una criatura de la Tierra, porque así lo había ordenado la naturaleza, el mundo, el cosmos. En estas viejas costumbres vive algo de un significado inmensamente profundo.

Aquí está la base del dicho: El niño es del Sol. Así que ahora es posible considerar a la mujer que ha dado a luz como un ser que está relacionado en el sentido más profundo con todos los procesos terrenales. Pues la Tierra se prepara en pleno invierno mediante la tendencia a la sal, es decir, la tendencia a la Luna, para poder recibir mejor el elemento solar. A continuación, la Tierra se extiende más allá del elemento solar hacia el cielo, al que también pertenece la cabeza humana.

De ahí que podamos decir algo así Para llevar correctamente ante nuestras almas la esencia de la Navidad, trasladémonos al ser del hombre. En el espíritu navideño se expresa la llegada al nacimiento del Niño Jesús, que está ordenado a recibir al Cristo en sí mismo. Fijémonos bien en esto. Si observamos la figura de María, veremos que su cabeza refleja algo celestial en toda su apariencia, en toda su expresión. Debemos indicar entonces que María se dispone a acoger en sí al Sol, al niño, al Sol tal como irradia a través del aire circundante. Y entonces podemos ver en la forma de María el elemento Luna-Tierra.

Ahora imagina cómo podría representarse esto. Primero tenemos el elemento Luna-Tierra, extendido bajo la superficie de la Tierra. Luego, saliendo a los grandes espacios, encontramos una irradiación del hombre hacia el cosmos, y esto podría mostrarse como un resplandor celestial de estrella terrestre, enviado por la Tierra hacia el cosmos. La cabeza de María es como una estrella radiante, lo que significa que todo su semblante y porte deben expresar esta cualidad de estrella radiante.

Si luego nos dirigimos al pecho, llegamos al proceso de la respiración; al elemento solar, el niño, que se forma a partir de las nubes de la atmósfera, atravesadas por los rayos del Sol.

Más adelante llegamos a las fuerzas lunares, formadoras de sal, que se expresan exteriormente al poner los miembros en relación dinámica con la Tierra y dejar que surjan de la sal y de los elementos lunares de la Tierra. Aquí tenemos la Tierra en la medida en que es transfigurada interiormente por la Luna.

En realidad, todo esto tendría que mostrarse a través de una especie de coloración del arco iris. Pues si miráramos desde el cosmos hacia la Tierra, a través del brillo de las estrellas, sería como si la Tierra quisiera brillar interiormente, bajo su superficie, con los colores del arco iris. En la Tierra tenemos algo relacionado con las fuerzas terrestres, con la gravedad y con la formación de los miembros, que sólo puede expresarse a través del vestido que sigue a las fuerzas terrestres en sus pliegues. Así que debemos tener la prenda abajo, en relación con las fuerzas de la Tierra. Luego habría que representar, un poco más arriba, lo que da expresión al elemento Tierra-Luna. Podríamos incluso representar la Luna, si quisiéramos simbolizar; pero el elemento Luna se expresa claramente en la configuración de la Tierra.

Más arriba aún, debemos traer lo que surge del elemento Luna. Vemos cómo las nubes están impregnadas de muchas cabezas humanas, presionando hacia abajo; una de ellas se condensa en el Sol que descansa sobre el brazo de María: el Niño Jesús. Y todo esto debe completarse, en dirección ascendente, a través del resplandor estelar expresado en el semblante de María.

Si comprendemos las profundidades del invierno, cómo nos muestra la conexión del cosmos con el hombre, con el hombre que recoge las fuerzas del nacimiento en la Tierra, la única forma posible de presentar a la mujer es de esta manera: formada de las nubes, dotada de las fuerzas de la Tierra: con las fuerzas de la Luna abajo, con las fuerzas del Sol en medio, y arriba, hacia la cabeza, con las fuerzas de las estrellas. La imagen de María con el niño Jesús surge del cosmos mismo.

Si entendemos el cosmos en otoño, para representar todas sus fuerzas formativas en un cuadro, llegamos por necesidad a una representación artística de Miguel y el Dragón, como indiqué ayer. Del mismo modo, todo lo que sentimos en Navidad confluye en el cuadro de María y el Niño, ese cuadro que tantas veces rondó ante los pintores en épocas anteriores, especialmente en los primeros siglos cristianos, y del que se han conservado los últimos ecos en la Madonna Sixtina de Rafael.

La Madonna Sixtina nació del gran conocimiento instintivo de la naturaleza y del espíritu que reinaba en la Antigüedad. Porque es un cuadro de la Imaginación que debe llegar de hecho a un hombre que transpone su visión interior a los secretos de la Navidad de tal manera que se convierten para él en un cuadro vivo.

De ahí que podamos decir: El curso de las estaciones debe llegar a expresarse para la visión interior en Imaginaciones claras y gloriosas. Si uno sale con todo su ser al mundo, la llegada del otoño se convierte en la gloriosa Imaginación de la lucha de Miguel con el Dragón. Así como el Dragón sólo puede ser representado en forma sulfurosa -nacido de las nubes de azufre- y así como la espada de Miguel surge cuando pensamos en el hierro meteórico concentrado en la espada y mezclado con ella, así de todo lo que podemos sentir en el tiempo de Navidad, surge el cuadro de María, la madre, los pliegues de su túnica siguiendo las fuerzas de la Tierra, mientras que en la región del pecho -incluso estos detalles son evidentes en el cuadro- su vestimenta tiene que redondearse hacia el interior, adoptando la forma del azogue, de modo que aquí se tiene una sensación de encierro interior. Aquí pueden entrar las fuerzas del Sol, y el inocente Niño Jesús, que no ha recibido todavía ningún alimento terrenal, es la actividad del Sol que descansa en el brazo de María, con el resplandor de las estrellas en lo alto. Así es como debemos representar la cabeza y los ojos de María, como si una luz brillara desde su interior hacia los hombres. Y el Niño Jesús en el brazo de María debe aparecer como surgiendo de las formas redondeadas de las nubes, tierno y amable, cobijado interiormente; y luego el vestido, sujeto a la gravedad terrestre, expresando lo que puede llegar a ser la fuerza de la gravedad terrestre.

Todo esto se representa mejor en colores. Luego tenemos la imagen que viene a brillar para nosotros como una Imaginación cósmica en Navidad - una imagen con la que podemos vivir hasta Pascua, cuando de las relaciones cósmicas pueda surgir de nuevo una Imaginación Pascual; hablaremos de ella mañana.

Como verán, el arte procede de los cielos y de su interacción con la Tierra. El verdadero arte es una expresión de lo que el hombre experimenta en el cosmos, espiritual-psíquico-físico, que se le revela en magníficas Imaginaciones. Así pues, para representar todo lo que implica la lucha interior por el desarrollo de la autoconciencia a partir de la conciencia de la naturaleza, no hay nada mejor que el grandioso cuadro de la lucha de Miguel con el Dragón; y para presentarnos todo lo que puede obrar la naturaleza en nuestras almas durante la profunda estación invernal, tenemos una expresión artística e imaginativa de ello en el cuadro de la Madre y el niño.

Observar el curso de las estaciones es seguir al gran artista cósmico, de modo que las cosas que los cielos imprimen en la Tierra cobran vida de nuevo en poderosas imágenes, imágenes que se convierten en realidades para la mente del hombre.

Así, el curso del año puede revelársenos en cuatro Imaginaciones: la Imaginación de Miguel, la Imaginación de María y -como veremos más adelante- la Imaginación de Pascua y la Imaginación de San Juan.

Traducido por J.Luelmo jul.2023

jueves, 6 de julio de 2023

GA143 Colonia 7 de mayo de 1912 Los misterios del reino de los cielos en parábolas y en forma real.

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LOS MISTERIOS DEL REINO DE LOS CIELOS EN PARÁBOLAS Y EN FORMA REAL

RUDOLF STEINER

Colonia 7 de mayo de 1912

La importancia de la Antroposofía para la humanidad actual y futura sólo se irá comprendiendo gradualmente, pero la comprensión llegará cuando se haya llegado a entender ciertas cosas indicadas en los escritos ocultistas aunque, por regla general, no estudiadas con suficiente profundidad, Se podría hacer referencia a innumerables pasajes en libros de ocultismo o también en escritos sobre religión en apoyo de lo que aquí estoy refiriendo, pero sólo mencionaré este conocido y muy significativo pasaje del Nuevo Testamento: " Para los que están fuera, los misterios les son revelados en parábolas, para que viéndolos, vean y no entiendan. Pero a vosotros' -así dice Cristo Jesús- 'los misterios de los reinos de los cielos os serán revelados en su verdadera forma'.

Generalmente se pasa por alto el profundo significado de este pasaje. ¿Qué significa realmente? ¿Cuáles son las parábolas más importantes en las que Cristo Jesús habla a sus discípulos? Son aquellas que, por regla general, no se consideran parábolas en absoluto. Lo que el hombre ve en los reinos de la Naturaleza que le rodea en el plano físico, lo toma como realidad. Observa un animal o una planta y se imagina que son realidades en las formas en que aparecen. Pero en realidad no es así, porque lo que está realmente presente como una realidad es el mundo espiritual, -eso y sólo eso. Y hasta que no reconozcamos lo espiritual en las cosas que nos rodean, no conoceremos verdaderamente la realidad.

Todo lo demás que se nos revela en la naturaleza circundante equivale sólo a un símbolo del mundo espiritual que hay detrás. Todo lo que se ve en los reinos mineral, vegetal y animal, y también en el reino físico humano, todo lo que causa impresión en los órganos de los sentidos, en el intelecto y en la inteligencia, todas estas cosas no son más que símbolos del Espíritu; y sólo quien aprende a interpretar estos símbolos alcanza la realidad, el Espíritu.

Y así, a medida que los hombres pasan por el mundo, observando sus seres y sus acontecimientos, lo que perciben son símbolos, nada más que símbolos. La propia Naturaleza se dirige al hombre en parábolas, en símbolos. Sólo en el Espíritu hay realidad. Cuando se habla del Espíritu en imágenes tomadas de la Naturaleza, Cristo Jesús está explicando procesos pertenecientes al Espíritu. Habla en una parábola de la semilla que se siembra y sufre diferentes formas de destino. (San Marcos, IV, 1-9). El proceso del que habla pertenece a los reinos de la Naturaleza exterior, por lo que sólo puede describirse en forma de parábola. Pero cuando Cristo Jesús está aclarando a sus discípulos que Él es uno con el Padre de toda existencia, que tiene que vivir en la tierra y sufrir la muerte, que dentro de Él hay el poder de Cristo, un impulso de Cristo que debe pasar a través de la muerte como una fuerza por la cual el coraje y el consuelo pueden ser dados a todos los hombres a través de todos los tiempos venideros, -entonces Él está hablando de la realidad, Él está hablando del Espíritu.

El conocimiento, por tanto, sólo puede ser auténtico cuando el hombre ha logrado penetrar tras los misteriosos secretos del mundo, de modo que aprende a reconocer los símbolos que indican procesos espirituales. Y, en verdad, el alma se enriquecerá enormemente cuando el hombre sea capaz de ser consciente de su relación con el mundo exterior.

Veamos un ejemplo concreto. - Dormirse y despertarse es una experiencia rítmica que siempre se repite. El hombre debe experimentar en secuencia rítmica el destello de la conciencia diurna normal y su posterior oscurecimiento en el estado de sueño. Si ahora preguntamos qué puede compararse en la Naturaleza exterior con esta alternancia rítmica de sueño y vigilia en el hombre, muchos pensarán en la alternancia rítmica en el crecimiento y marchitamiento de las plantas en primavera y otoño. El hombre ve aparecer el follaje verde, la floración, la maduración de los frutos, la formación de la semilla; luego, durante el invierno, todo esto parece borrarse para reaparecer en la primavera. Podría resultar natural para él comparar los procesos de su propia vigilia y sueño con el brote de las plantas en primavera y su marchitamiento en otoño. Pero eso sería una falacia, una mera comparación externa.

¿Qué es lo que realmente experimentamos cuando nos vamos a dormir por la noche? Nuestro cuerpo astral y nuestro Yo surgen del cuerpo etérico y del cuerpo físico. Si ahora miramos espiritualmente hacia atrás, al cuerpo físico y al cuerpo etérico, percibiremos que su actividad nocturna y diurna es enteramente diferente. Durante el día, a través de nuestra conciencia normal, desgastamos nuestros cuerpos físico y etérico mediante actos de voluntad, mediante el sentimiento y mediante el pensamiento; la fatiga es la prueba de que hemos desgastado nuestros cuerpos físico y etérico. De hecho, nuestra vida diaria es un proceso de ruina y desgaste de nuestros cuerpos físico y etérico, y su mayor desgaste se produce por la noche. Con la mirada clarividente percibiremos que durante el sueño el cuerpo físico y el cuerpo etérico comienzan a manifestar una actividad vegetal. El desgastado sistema nervioso y el cuerpo etérico comienzan como a rebrotar y florecer en el momento de dormirse, y dentro del ser humano ocurre algo que puede compararse con lo que sucede en primavera, cuando todo brota y retoña. El momento de ir a dormir debe compararse con la primavera y cuanto más profundo es nuestro sueño, más pasan nuestros cuerpos físico y etérico a una condición de vida que brota y florece. Es entonces primavera y verano dentro de nosotros, y a medida que se acerca el momento de despertar es otoño; la conciencia se ilumina, clara conciencia diurna. La condición estival llega a su fin y, en el transcurso del día, se produce en nuestros cuerpos físico y etérico una desolación semejante a la de la Naturaleza durante el invierno, cuando la actividad de la Tierra se ha extinguido.

Así pues, el sueño debe compararse con la estación de la primavera y la vigilia con la del otoño. Los espíritus de la Tierra en las plantas se liberan en primavera del elemento físico del mundo vegetal y los seres espirituales relacionados con las plantas se hunden en una especie de estado de sueño durante el verano y están despiertos durante el invierno; donde hay invierno en la Tierra, allí estos espíritus impregnan el cuerpo planetario. Es cierto que, en relación con la Tierra, podría decirse que no es posible hablar de sueño y vigilia, porque las condiciones son diferentes en cada hemisferio. Pero el movimiento rítmico es tal que cuando los espíritus de la Tierra parten del norte van hacia el sur; impregnan el planeta en alternancia rítmica. Aquí es posible una cierta comparación con lo que ocurre en el interior del ser humano. El hombre olvida tan fácilmente que es un hombre completo. Supone que los pensamientos y la conciencia sólo residen en la cabeza, y cuando el cuerpo astral y el yo están fuera, cree que no hay nada dentro de él que piense. En realidad, la mitad inferior de su cuerpo es tanto más activa, sólo que él no sabe nada de ella. Lo esencial es darse cuenta de que en realidad podemos hablar de que los espíritus de la Tierra empiezan a dormir en primavera, que se retiran del cuerpo de la Tierra donde es primavera y verano... Del mismo modo, la vida vegetativa se desarrolla en el ser humano mientras duerme. Y en el invierno, cuando los espíritus de la Tierra vuelven a afluir, las semillas permanecen ocultas y los espíritus de la Tierra despiertan; entonces se unen a la Tierra. Así podemos decir: Cuando estamos sobre la Tierra en verano tenemos a nuestro alrededor la Naturaleza física; todo brota y florece y los espíritus elementales inferiores están activos sobre la Tierra. La vida divina, la conciencia divina, penetran en la Tierra en invierno, no en verano.

La verdadera ciencia espiritual nos ayuda a reconocer esto porque es capaz de penetrar en estas cosas con una conciencia clara y clarividente. El hombre puede decir, si tan sólo es capaz de sentirlo: las fuerzas de la primavera -y del verano- que hacen brotar y florecer la Naturaleza exterior convocan a los seres elementales inferiores fuera de la Tierra, mientras que los Espíritus más elevados que están conectados con la Tierra se han retirado de ella. Y en pleno verano, los espíritus elementales inferiores, impulsados por el poder del Sol, celebran una especie de éxtasis de sus fuerzas inferiores.

Luego llega el invierno; el calor y la luz del Sol disminuyen, y con la llegada del invierno las fuerzas divinas más elevadas se unen a la parte de la Tierra en la que vivimos. En invierno la Tierra se siente como envuelta en los Seres con los que estamos conectados en lo más profundo de nuestra naturaleza. Podemos entonces sentir una reverencia que toma la forma de una plegaria a esos Seres sublimes, a las Potencias divinas que se aliaron al hombre desde el comienzo primigenio.

Es misión de la Ciencia Espiritual o Antroposofía enseñarnos a conocer y comprender lo que vive en nuestro entorno. Y esto lo hará, con toda claridad. Sabemos que los hombres poseyeron una vez este conocimiento, aunque en forma de conciencia onírica y clarividente; lo que readquirimos hoy fue una vez sabiduría primordial revelada a la humanidad a través de la clarividencia onírica.

¿Existen también pruebas externas de lo que se ha dicho hoy? Sí, las hay. En épocas pasadas, los hombres sabían muy bien que en la estación estival los espíritus elementales inferiores se elevan y alcanzan un estado de éxtasis en pleno verano, que la actividad de la vida física exterior está entonces en su punto más alto. De ahí que se eligiera la mitad del verano como el momento adecuado para los festivales que pretendían ser indicios de la conexión física del hombre con la Naturaleza. Con su antigua clarividencia, los hombres sabían que la mayor intensidad de la vida física, el éxtasis de la vida física, se alcanza cuando el ser humano se entrega en pleno verano al esplendor y la gloria de la Naturaleza física exterior. Y también se sabía que la llegada del invierno significa un despertar de las fuerzas divinas, una unión de las fuerzas divinas con el cuerpo de la Tierra. Por esta razón la conciencia antigua situaba en pleno invierno la fiesta que debía significar el sentimiento de unión del hombre con lo que está íntimamente relacionado con las fuerzas más divinas de su propia alma; era la fiesta del Ser divino que un día se convertiría en el Espíritu de la Tierra. Esta fiesta no podía tener lugar en verano; se celebraba en diciembre como la fiesta de Navidad, la fiesta del Espíritu. La fiesta de la Naturaleza física, la fiesta de San Juan, se celebraba en verano; la Navidad, la fiesta de los Espíritus superiores, pertenece a la estación del invierno.

Cuando nos damos cuenta de los mensajes íntimos que las fiestas tienen para nosotros, nos sentimos unidos a toda la evolución espiritual de la humanidad. Lo que los hombres han establecido de esta manera revela el conocimiento que han poseído y los frutos de este conocimiento. La luz física externa del Sol, las fuerzas físicas de los Cielos, descienden a la Tierra en primavera. Este descenso de la luz física y esta retirada del Espíritu al mundo celestial, del mismo modo que el Espíritu se retira del hombre durante la noche, se expresa maravillosamente en la fiesta de Pascua, determinada cada año por las constelaciones. Del mismo modo que en primavera las fuerzas del Cielo y de la Tierra se unen visiblemente, la fiesta de Pascua se fijaba según las posiciones visibles de los cuerpos celestes, según el conocimiento de las estrellas.

La introducción sugerida de una Pascua fija porque las consideraciones materiales parecen requerirlo, es absolutamente característica de nuestra época. Equivale a quitar a la fiesta de Pascua la característica misma que le da sentido, y ello en aras de intereses materiales, industriales y comerciales. Una Pascua movible puede ser inconveniente para cuadrar las cuentas y ser problemática para ciertos arreglos comerciales, pero el hecho mismo de que la fecha de la fiesta de Pascua esté determinada por la constelación en los cielos es una expresión del sentimiento que tiene el hombre de la interacción de lo terrenal y lo celestial en la primavera.

Y así como estas fuerzas actúan en el hombre cuando se va a dormir, en otoño, y cuando se despierta del sueño, un elemento espiritual está activo; pero cuando se va a dormir, y en primavera, lo físico y lo espiritual, lo celestial y lo terrenal, trabajan juntos. Al fijar las festividades del año, naturalmente había que dar a esto también una expresión física. En esto reside una profunda sabiduría. Es probable que los intereses comerciales y materialistas de nuestro tiempo se impongan y la Pascua se convierta en una fiesta fija. Pero no sería bueno para el conocimiento que la humanidad debe preservar que los hombres olvidaran el significado esencial de tal fiesta. Por esta razón, corresponderá al Movimiento antroposófico celebrar siempre la Pascua como una fiesta móvil. Una fiesta de Pascua determinada por principios materialistas existiría entonces al lado de la fiesta de Pascua fijada según principios espirituales; y celebraremos esta fiesta verdaderamente cuando hayamos aprendido a considerar el mundo exterior mismo como un símbolo.

La llegada de la primavera es el símbolo de un acontecimiento del Espíritu: dormirse. En otoño, la Naturaleza se marchita y el Espíritu despierta. El marchitamiento no es una realidad, sino un símbolo de que las fuerzas divinas aliadas de la Tierra se despiertan. Y con su sabiduría los hombres de la antigüedad situaron en la estación invernal las festividades que indican la conexión con los mundos espirituales. La sabiduría infinitamente profunda se manifiesta aquí en todas partes, sabiduría a través de la cual el hombre toma conciencia de que vive en el flujo del Tiempo, junto con los Seres espirituales a los que pertenece. Y así el hombre aprenderá gradualmente a saber que pertenece al Espíritu, del cual la Naturaleza exterior no es más que un símbolo; cada vez más anhelará experimentar su relación con el Espíritu, no con su símbolo exterior.

Sabemos que la gran catástrofe atlante fue seguida por el período de la antigua cultura sagrada india; luego vinieron las antiguas épocas de cultura persa y egipcio-caldea-babilónica, después la cuarta, la época grecolatina, y nosotros mismos estamos viviendo en la quinta época postatlante. Pero también se ha llamado la atención sobre otro ritmo. La época grecolatina se mantiene, por así decirlo, por sí misma; la quinta época es una especie de repetición de la tercera, la época egipcio-caldea-babilónica; la sexta época será una repetición de la persa, y la séptima un renacimiento y renovación del contenido espiritual de la antigua cultura india. Las cualidades y los rasgos de la civilización egipcio-caldea vuelven, pues, a manifestarse en cierto modo en nuestro propio pensamiento, sentimiento e impulsos de la voluntad. Durante esa tercera época, los hombres estaban destinados a desarrollar e intensificar su conexión con el mundo de las estrellas. La astrología fue elaborada y cultivada en la tercera época. Los hombres tenían una visión clarividente directa de las misteriosas conexiones entre el mundo de las estrellas y el destino humano.

Ha habido hombres altamente espirituales que sintieron esto interiormente, como a través de un resurgimiento de encarnaciones en esa tercera época. Era como un recuerdo de lo que habían logrado en épocas del pasado lejano, cuando existía el conocimiento astrológico directo e intuitivo. Este fue el caso de Tycho de Brahe, la reencarnación de Juliano el Apóstata. [Véase también Historia Oculta, conferencia IV, y Apéndice; también Relaciones Kármicas: Estudios Esotéricos - Tomo IV, conferencia V y VII]. También Copérnico, como Kepler, era astrólogo y concedía gran valor a esas misteriosas conexiones a través de las cuales el destino humano puede hacerse inteligible.

Naturalmente, la mentalidad "ilustrada" de hoy en día considera esto como una superstición absoluta, y la actitud de un hombre moderno que se enorgullezca de poseerla será que Tycho de Brahe fue sin duda un gran astrónomo, ¡y en aquellos días era excusable que también hubiera sido astrólogo! Los hombres ilustrados de la época actual consideran oportuno "excusar" muchas cosas; por ejemplo, excusan a Tycho de Brahe por haber asombrado al mundo entero en aquella época al predecir la muerte del sultán Solimán. Lo consideran una debilidad comprensible del gran hombre que hizo el primer mapa de los cielos. De hecho, estas mentes ilustradas incluso encuentran una excusa para la circunstancia de que la muerte del sultán Solimán ocurriera en realidad pocos días después de la fecha predicha por Tycho de Brahe.

De este modo, vemos cómo la antigua sabiduría egipcio-caldea volvió a resplandecer en ciertos individuos. Está presente incluso ahora, sólo que debemos buscarla bajo una nueva forma, y entonces el estudio antroposófico de los símbolos y parábolas que se encuentran en el mundo exterior nos revelará muchos secretos. Percibimos, por ejemplo, que en todas las plantas, si se traza una línea de unión entre los puntos alrededor del tallo donde las hojas están unidas a él, obtenemos una espiral; es como si las hojas se abrieran camino alrededor del tallo en espiral; y en una planta donde el tallo no es rígido sigue ella misma esta ley, describiendo espirales como, por ejemplo, ocurre en la correhuela. Son fenómenos cotidianos, pero no se les presta atención. Algún día, sin embargo, se volverán a estudiar estas cosas y entonces se hará el sorprendente descubrimiento de que estos movimientos de las hojas dependen de fuerzas que no se encuentran en la Tierra, sino que actúan desde los planetas; y como los planetas describen ciertos movimientos en espiral en los cielos, sus fuerzas guían realmente a las hojas en espiral alrededor del tallo. El tallo crece verticalmente y la flor es la culminación. Las líneas espirales difieren en las diversas especies de plantas porque hay varios planetas y su efecto sobre las plantas es diferente en cada caso.

Llegará un momento en que se sabrá, por ejemplo, cómo se mueve Venus, y qué especie de planta corresponde a este movimiento. Tal planta se considerará entonces, con razón, como una imagen especular en miniatura del movimiento descrito por Venus. Otras plantas reflejan el movimiento descrito por Mercurio en la línea espiral que une los puntos en los que las hojas están unidas al tallo; otras reflejan el movimiento descrito por Júpiter, otras el descrito por Saturno. Los planetas imprimen sus guiones en las plantas de la Tierra, y la fuerza del Sol regula todo el proceso de tal manera que el efecto producido por los planetas culmina en la floración. Algún día los hombres estudiarán la conexión del crecimiento en espiral de las plantas con los movimientos de los planetas y entonces sentirán el parentesco de los reinos de la Tierra con los reinos del Cielo.

Todo en el mundo exterior es una parábola, un símbolo; las leyes del crecimiento de las plantas simbolizan los movimientos de los planetas, y éstos a su vez son símbolos de algo aún más sublime: los actos de los Seres espirituales en el Cosmos. Con el tiempo será posible descubrir cómo las entidades y seres físicos individuales están conectados con el Cosmos. Se empezará por estudiar la materia física, y lo que crece y prospera en la Tierra se relacionará con los actos de los Seres espirituales en el espacio cósmico. Los hombres adquirirán el conocimiento de cómo los minerales, las plantas y los animales, e incluso el destino humano, están conectados con los hechos en el Cosmos. Este conocimiento se obtendrá de nuevo durante nuestra época actual, pero durante mucho tiempo la ciencia externa se negará a adaptarse a tales formas de enfoque y los que se ocupan de la astrología seguirán aferrándose a las viejas tradiciones en lugar de ir a las fuentes reales. Eso es lo que debería ocurrir, pero sólo podrá ocurrir si los hombres se enfrentan al mundo con una actitud resultante de la etapa de desarrollo ocultista apropiada para la era moderna: considerar todo lo que hay en el mundo externo como signos y símbolos.

Signos que tenían significado para la antigua conciencia clarividente han sido transmitidos desde tiempos antiguos sin ser comprendidos. Por ejemplo, el signo de Aries estaba lleno de significado y contenido vivo para los hombres de antaño; el signo no se aplicaba a la constelación de Aries como tal, sino que indicaba que el Sol o la Luna se encontraban en una determinada relación con esta constelación, permitiendo que ciertas fuerzas actuaran de una manera definida.

Lo que hoy llamamos "espacio" no es más que fantasía, también es un "símbolo". No hay espacio como tal; las fuerzas espirituales actúan desde todas las direcciones. Es un concepto difícil de comprender, pero la realidad de ciertos hechos puede sentirse instintivamente. - En la mañana del 21 de marzo el Sol sale aproximadamente por delante de la constelación de Piscis, pero esto es simplemente la indicación de que determinadas fuerzas espirituales -o Seres, para ser más exactos- están ejerciendo una influencia definida sobre la Tierra en ese momento. Cuando sentimos cómo debe interpretarse este signo - el Sol en la constelación de Piscis - podemos traducirlo en términos de conocimiento imaginativo y hablar de su significado interno.

En el Calendario que acaba de aparecer se ha intentado indicar estas cosas. En este Calendario se encontrarán signos que difieren de los transmitidos por la tradición, porque estos últimos ya no son adecuados para la conciencia moderna. (Estas imágenes de las constelaciones zodiacales son representaciones de experiencias reales relacionadas con la vigilia y el sueño de determinados Seres espirituales. En estas imágenes tenemos una renovación de ciertos conocimientos que deben ser renovados en la actualidad, porque la tercera época cultural post-atlante debe, por así decirlo, resurgir en la quinta época.

Por supuesto, hay que empezar por un cálculo correcto del tiempo, y esto me lleva a una cuestión que los ajenos a nuestro Movimiento considerarán pura distorsión y locura. Se encontrará que el Calendario indica el año 1879 [es decir, 1879 años después del nacimiento de la conciencia del Yo en el momento del Misterio del Gólgota. En muchas otras conferencias el Dr. Steiner indica el año 1879 como el comienzo de la Era de Miguel]; esto se debe a que es importante para las personas de la época actual considerar el año del Acontecimiento del Gólgota como el más trascendental de todos, como el año que determina cómo ha de computarse el tiempo. Cuando un viernes de abril del año 33 d.C. tuvo lugar el Misterio del Gólgota, nació realmente la conciencia del Yo en el sentido actual. No importa en absoluto en qué parte de la Tierra viva un hombre, a qué nación, raza o religión pertenezca. Así como el día de la muerte de César es el mismo para un chino o un europeo, el hecho bien conocido en la vida oculta es que el Misterio del Gólgota tuvo lugar en el año 33 d.C. El nacimiento de la conciencia del Yo es un hecho de importancia internacional, que no tiene nada que ver con la nacionalidad.

Por lo tanto, ¡es sorprendente leer en publicaciones teosóficas extranjeras que aquí estamos promoviendo la teosofía en una forma modelada enteramente de acuerdo con la cultura alemana! No se debe dar ningún crédito a esta afirmación, ya que contradice la esencia misma de nuestro Movimiento. Uno se siente poco inclinado a entrar o discutir estas cosas y preferiría ignorarlas. Pero es un deber y una necesidad llamar la atención sobre ellas para que los amigos estén prevenidos cuando se hagan afirmaciones totalmente erróneas. Desgraciadamente, a veces se creen esas falsedades. Es todo menos agradable tener que hablar de estas cosas y se hace sólo porque es un deber salvaguardar a la humanidad contra la falacia. Si se insiste en que hay que conceder los mismos derechos a las opiniones, pero la interpretación de esto es distorsionar una opinión y relacionar con ella una región concreta de la tierra, es esencial advertirlo. Lo que realmente importa es que la verdad debe reinar entre nosotros como una ley sagrada.

Nuestro deseo era expresar en el Calendario el hecho objetivo del nacimiento del YO. Contamos a partir del Misterio del Gólgota, es decir, de Pascua a Pascua, y no de Año Nuevo a Año Nuevo. Esto ha sido la causa de más burlas y mofas, porque nos obliga a contar con años de duración desigual. Pero en lo desigual está la vida; en lo uniforme y fijo está la huella de la muerte, y nuestro Calendario pretende ser un impulso creador de vida.

Aún queda la pregunta: ¿Cómo puede ser todo esto una cuestión de experiencia real? La respuesta a esta pregunta se encuentra en el propio Calendario. En la segunda parte se encuentra el "Calendario del Alma", que yo mismo considero muy importante. Para cada semana consecutiva he tratado de elaborar versos para la meditación, cuyo efecto permitirá al alma descubrir gradualmente en sí misma y en sus propias experiencias la conexión con las grandes constelaciones cósmicas. Estas fórmulas para la meditación conducen en realidad al alma fuera de sus estrechos confines a la experiencia de los cielos. Puedo aseguraros que en estos 52 versículos están contenidos los resultados de largas, largas investigaciones ocultas, que permitirán al alma acceder a los acontecimientos del gran universo y experimentar así a los Espíritus que actúan en el fluir del Tiempo. Pero si reflexionas sobre los textos de los versos del Calendario, discernirás un elemento de Intemporalidad, en alternancia rítmica, un elemento que es experimentado interiormente por el ser humano, cuyas leyes corren paralelas a las del Tiempo en el mundo exterior. Las meras analogías no bastan aquí. -

Cada uno de vosotros podrá utilizar cada año este Calendario del Alma. En él encontraréis algo que podría describirse como el hallazgo del camino que conduce del alma humana al Espíritu vivo que teje a través del Universo.

Así he intentado justificar la obra que ha tomado la forma del Calendario. No debe considerarse como una inspiración repentina, sino como algo orgánicamente relacionado con todo nuestro Movimiento.

Traducido por J.Luelmo jul.2023