viernes, 31 de julio de 2026

Valentin Tomberg, Meditaciones sobre el tarot - carta X La Rueda de la fortuna

 Valentin Tomberg

Meditaciones sobre el tarot.

Un viaje a los orígenes del hermetismo cristiano.

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LA RUEDA DE LA FORTUNA


Vanidad de vanidades; todo es vanidad... Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará; y nada hay nuevo bajo el sol.
Eclesiastés 1:2,9

«Porque el que se encarnó, y... Porque en mucha sabiduría hay mucho dolor, y quien aumenta el conocimiento aumenta el sufrimiento.»
Eclesiastés 1:17,18

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.»
Mateo 5:4


Querido amigo desconocido,
Ante nosotros se presenta la imagen de una rueda giratoria y tres animales: un mono y un perro, atraídos por el giro de la rueda, y una esfinge, inmóvil, posada sobre una plataforma encima de la rueda. El mono desciende para volver a ascender; el perro asciende para volver a descender. Así, alternándose, pasan ante la esfinge.

Surgen inmediatamente preguntas:
¿Por qué el mono y el perro giran con la rueda?

¿Qué simboliza la esfinge en este contexto?

¿Cuántas veces pasarán el mono y el perro frente a la esfinge?

¿Cuál es el propósito de estos encuentros con la esfinge?

Al plantearnos estas preguntas, nos adentramos de inmediato en el corazón del Décimo Arcano, sumergiéndonos en las profundidades de los conceptos e ideas que pretende evocar.

Si la carta mostrara solo una rueda, sin sus "pasajeros" y sin la esfinge posada sobre ella, evocaría únicamente la imagen de un círculo, o, en el mejor de los casos, de un movimiento circular. Una rueda con dos animales, uno ascendiendo y el otro descendiendo —sin la esfinge encima— evoca la imagen de un entretenimiento vacío y absurdo. Pero una rueda girando con dos "pasajeros" y con la esfinge presidiendo todo, obliga al espectador a preguntarse si no se trata de un lazo, una llave que debe poseerse para navegar, en este caso, por el reino de los problemas y fenómenos asociados con la circulación de los seres vivos. Es la esfinge sobre la rueda la que particularmente captura nuestra imaginación y nos impulsa a buscar la solución al lazo de esta carta.

Comencemos con el hecho de que, con respecto a la relación genética y el origen común de los cuatro reinos de la Naturaleza —mineral, vegetal, animal y humano—, existen dos categorías de ideas arraigadas en la vida intelectual humana. Una se basa en la idea de la Caída, es decir, la degeneración y el descenso de arriba hacia abajo. Según esta categoría de ideas, no es el simio el ancestro del hombre, sino más bien al revés: el hombre es el ancestro del simio, que es simplemente su descendiente degenerado y degradado. En cuanto a los tres reinos de la Naturaleza situados por debajo del reino humano, según estas ideas, son o bien los productos de desecho planificados de la creación o bien la expresión concreta del ser omniabarcante del hombre primitivo, o Adán, quien es el prototipo original y la síntesis de todas las entidades que conforman los cuatro reinos de la Naturaleza.

Otra categoría de ideas abarca la noción de evolución, es decir, el progreso que se transforma de abajo hacia arriba. Según esta categoría de ideas, el origen de todos los seres en los cuatro reinos de la Naturaleza y su ancestro común es la criatura más primitiva, tanto en términos de conciencia como de estructura biológica. 

La carta del Décimo Arcano Mayor del Tarot representa a un mono —es decir, un animal con un rostro que conserva rasgos inconfundiblemente humanos— en el acto de caer. Pues no es el mono mismo quien desciende, sino que es arrastrado por el movimiento de la rueda. Mientras desciende, el mono levanta la cabeza, pues desciende contra su voluntad. 

¿De dónde desciende esta bestia del comedor, que conserva su forma humana? Desciende del lugar donde se sienta la esfinge. La esfinge coronada y alada, con cabeza de hombre y cuerpo de bestia, que sostiene una espada blanca, representa el nivel y la etapa de donde parte el mono y a la que se acerca el perro.

Así pues, si te propusieras representar visualmente la Caída, simbolizando la degeneración del ser que lo abarca todo —el prototipo de toda la Naturaleza—, ¿no representarías una esfinge coronada en la cima, como la única figura posible que personifica la unidad de los reinos humano y animal, siendo este último, a su vez, una síntesis de los reinos vegetal y mineral? ¿Y no representarías una sola figura descendiendo en el proceso de transformación en animal, desprovista de corona, espada y alas, pero conservando aún los rasgos que atestiguan su origen? Es decir, ¿no elegirías un simio para representar la transición del estado prototípico del ser que lo abarca todo al estado de un ser defectuoso y unilateral, confinado dentro de los estrechos límites de la especialización? ¿Acaso el simio no es la criatura ideal para servir como símbolo de la transformación en animal, que se realiza a expensas de los componentes angélicos y humanos del ser prototípico?

Por otro lado, si quisieras dar la apariencia de un anhelo de criaturas caídas y rotas por un estado perdido de plenitud e integridad, ¿no elegirías al perro, un animal totalmente devoto y profundamente apegado a la raza humana, como símbolo del deseo del animal de unirse con la naturaleza humana, es decir, el deseo de la esfinge, en la que la naturaleza animal se une con la humana?

De este modo, la carta del Décimo Arcano plasma en su contexto actual todo el conjunto de ideas relacionadas con el problema de la Caída y la Reintegración, según las tradiciones herméticas y bíblicas. Representa un círculo completo, que incluye tanto el ascenso como el descenso, mientras que el «transformismo» de la ciencia moderna se centra únicamente en una mitad del círculo, más concretamente en la mitad del ascenso o la evolución. El caso es que algunos científicos destacados (como Edgar Dake en Alemania y Pierre Teilhard de Chardin en Francia) desarrollan la teoría de la preexistencia —aunque solo sea potencial— de un prototipo de todos los seres, que constituye tanto la causa motriz como la causa final de todo el proceso evolutivo, y solo esta hipótesis hace que la evolución sea comprensible. Sin embargo, esto no afecta en absoluto al hecho de que la ciencia se basa en la premisa fundamental de que lo mínimo es el progenitor de lo máximo, lo simple es el progenitor de lo complejo, y el organismo primitivo da lugar a un organismo más desarrollado y a una conciencia más desarrollada, aunque esto resulte absolutamente incomprensible para el pensamiento (es decir, para la razón). Esta hipótesis científica fundamental presenta una evolución inaccesible a la comprensión, ya que ignora la segunda mitad del círculo; más concretamente, todo aquello que precede —aunque solo sea in ordine cognoscendi— al estado de primitividad que la ciencia toma como punto de partida. Pues es necesario desprenderse del pensamiento y reducirlo a un estado de letargo para poder creer sinceramente que el ser humano se desarrolló a partir de partículas primitivas y desprovistas de conciencia de la nebulosa primigenia que en su día fue nuestro planeta, sin esa misma nebulosa, que en sí misma encierra el germen de todas las posibilidades de la evolución venidera, la cual es un proceso de «salida del cascarón», es decir, un proceso de transición de un estado potencial a uno actual. Arnold Lann, editor del libro «¿Está demostrada la evolución?», escribe que, por supuesto, le gustaría creer en la evolución y considerarla demostrada si pudiera superar, entre otras cosas, las siguientes dificultades:

«...de hecho, ningún evolucionista ha propuesto una hipótesis mínimamente verosímil —por no hablar de una teoría respaldada por pruebas— que permita suponer que un proceso puramente natural pudiera crear, a partir del barro, la arena, las nieblas y los mares del planeta primitivo, mediante un proceso evolutivo, un cerebro capaz de componer la Novena Sinfonía de Beethoven y la capacidad de sentir la belleza de la música, el arte y la naturaleza» (64: p. 333). 

Cumpliré con el desagradable deber de añadir a la cita anterior la respuesta de William S. Beck, autor de la obra «La ciencia moderna y la naturaleza de la vida», a la dificultad sobre la que Arnold Lunn llama nuestra atención. Él dice: 

«... al parecer, este tipo de argumento contra la evolución no es más que una nebulosa de delirios metafísicos que oculta hábilmente los datos indiscutibles de la ciencia» (24: p. 133).

Independientemente de si se trata o no de una nebulosa metafísica, el postulado planteado por la ciencia de que la teoría (¡no los hechos!) de la evolución es inaccesible al pensamiento humano sigue siendo irrefutable. La teoría de la evolución seguirá siendo incomprensible mientras la ciencia solo tenga en cuenta una mitad del círculo completo de la evolución e ignore su otra mitad, la involución o la Caída, que es precisamente la mitad que la haría comprensible. 

Así pues, el Décimo Arcano Mayor del Tarot representa un círculo, una rueda, que reúne en sí misma tanto el descenso, o alejamiento del prototipo universal, como el ascenso hacia dicho prototipo. 

La doctrina del círculo de la involución y la evolución, en general, aparece con frecuencia en la literatura ocultista, pero la cuestión es diferente cuando la involución se entiende como la Caída y la evolución como la salvación. Existe una enorme diferencia entre la doctrina oriental del «proceso» semiautomático de la involución y la evolución, y la doctrina hermética, bíblica y cristiana de la Caída y la salvación. La primera ve en el ciclo de involución-evolución únicamente un proceso puro y natural, similar al de la respiración de un organismo vivo, ya sea animal o humano. La tradición hermética, bíblica y cristiana, por el contrario, ve en ello una tragedia y un drama cósmicos, llenos de los mayores peligros y riesgos, que se subentienden en los términos tradicionales de «perdición» y «salvación».

La caída, la perdición, la redención y la salvación son palabras que, a decir verdad, carecen de sentido tanto para el evolucionista de orientación espiritual como para el de orientación científica.

El primero ve en la evolución cósmica un movimiento circular eterno de exteriorización e interiorización: las exhalaciones e inhalaciones del aliento divino universal. Entonces, ¿de qué caída se habla? ¿Qué riesgo, qué perdición? ¿Qué expiación, de qué? ¿Qué salvación? Todo el conjunto de ideas fundamentales judeocristianas resulta inaplicable a un mundo que se desarrolla de forma natural (es decir, inevitable).

¿Quién tiene razón? ¿Aquellos para quienes la evolución es una especie de proceso orgánico determinista, en el que el descenso y el ascenso no son más que dos fases sucesivas de una única oscilación cósmica? ¿O aquellos que ven en la evolución una tragedia y un drama cósmicos, cuya esencia e hilo conductor se reducen a la parábola del hijo pródigo?

¿Dónde está la verdad? ¿Se equivocan los pasajeros de un barco con billetes para un viaje por mar, por el hecho de considerar que el barco y su tripulación son un medio de navegación que los lleva por una ruta determinada hasta su destino? Para los viajeros, el viaje por mar es un «proceso natural», algo que ocurre por sí solo, siempre que se hayan pagado los billetes del trayecto.

Pero, ¿pueden el capitán, los oficiales y los tripulantes considerar este viaje marítimo de la misma manera que los pasajeros? Al parecer, no. Porque para quienes se encargan de este viaje, la travesía supone trabajo, guardias, maniobras y trazar el rumbo para seguir la ruta y asumir toda la responsabilidad de todo ello. Así pues, para la tripulación, este viaje no es en absoluto una especie de «proceso natural», algo que ocurre por sí solo. Al contrario, para ellos supone esfuerzo, lucha y riesgo.

Pues con la evolución pasa lo mismoMirándola con los ojos de un pasajero, uno la considera un «proceso natural», mientras que otro, mirándola con los ojos de un miembro de la tripulación, no ve en ella mas que «tragedia y drama». Todo determinismo y fatalismo, incluidos el naturalismo y el panteísmo, sitúan la responsabilidad en algún lugar ajeno al ser humano dotado de moralidad: en la Naturaleza, en Dios, en las estrellas... Esto se debe a que todo determinismo y fatalismo es una manifestación de la forma de pensar y la psicología del pasajero.

La evolución vista desde la perspectiva del pasajero, es decir, percibida como algo que ocurre por sí solo, no es, sin embargo, una ilusión. Y es que realmente se puede encontrar y demostrar la existencia de un «proceso evolutivo», o «proceso progresivo», que, a nivel fenomenológico, se produce por sí solo. Pero ¿qué esfuerzos, qué sacrificios, qué errores y qué faltas se esconden tras la fachada fenomenológica del «proceso evolutivo» y del «progreso universal», ya sea que se haya consolidado o que aún esté por consolidarse? Aquí llegamos al núcleo mismo del dilema «exoterismo — esoterismo». El exoterismo vive en los «procesos», el esoterismo en las tragedias y los dramas. Los antiguos misterios eran tragedias y dramas: ahí radica su carácter esotérico. El exoterismo se corresponde con la forma de pensar y la psicología de un pasajero, el esoterismo —con la forma de pensar y la psicología de un miembro de la tripulación.

Pero repito: el exoterismo no es solo una ilusión. Porque si en Sodoma y Gomorra hubiera habido diez justos, Dios habría perdonado a esas ciudades. Y sus habitantes habrían continuado el «proceso de evolución» de su civilización y sus tradiciones. También es cierto que no habrían tenido ni idea ni de la oración de Abraham ni del papel que esos diez justos habrían desempeñado a la hora de brindarles la oportunidad de continuar con su «proceso de evolución», pero, de hecho, habrían continuado con ese proceso.

Lo mismo ocurre con toda la evolución. Pues existe la selección natural y existe la selección espiritual —o la elección divina—. Los habitantes de Sodoma y Gomorra pecaron contra la Naturaleza y fueron rechazados por la selección natural, pero habrían podido sobrevivir si entre ellos hubiera habido diez justos. Entonces, gracias a esos diez justos, la selección espiritual los habría perdonado. El mero hecho de que entre ellos hubieran crecido y encontrado refugio diez justos habría bastado para justificar la continuidad de su existencia, aunque sus costumbres fueran contrarias a la naturaleza. De este modo, la «selección espiritual» se impondría a la «selección natural» o, en otras palabras, el esoterismo decidiría el destino y salvaría la vida exotérica de la destrucción.

Por lo tanto, el esoterismo no es una forma de vida ni una actividad que aspire al misterio. Se basa en una forma de pensar y en la psicología de la tripulación, y sus «misterios» solo lo son en la medida en que los propios pasajeros, debido a esa forma de pensar arraigada y a la psicología correspondiente, se niegan a asumir cualquier tipo de responsabilidad. Al mismo tiempo, no hay error más grave que el deseo de «organizar» una comunidad o hermandad destinada a desempeñar el papel de instrumento de selección o elección espiritual, o incluso el de élite espiritual. Pues nadie tiene autoridad para atribuirse la función de selección ni para considerarse elegido. Desde el punto de vista moral, sería sencillamente atroz que un grupo de personas afirmara: «Elegiremos a los diez justos de nuestro tiempo» o «Nosotros somos los justos de nuestro tiempo». Porque nadie elige, sino que solo es elegido. Por lo tanto, el conocimiento del hecho de la «selección espiritual» o elección, y del papel que desempeña en la historia de la humanidad y en la evolución en su conjunto puede, sin duda, dar pie al surgimiento de un esoterismo falso, es decir, a la formación de grupos, comunidades y hermandades que se consideren dotadas del poder de elegir o que crean en su condición de elegidos. Los «falsos profetas» y los «falsos elegidos (mesías)», de los que habla el Evangelio, surgen y seguirán surgiendo del esoterismo falso cultivado por quienes se arrogan el derecho de elegir o de la «selección espiritual». Cabe añadir que ningún santo cristiano se consideró jamás otra cosa que un gran pecador, y que no hubo ni un solo justo o profeta del Antiguo Testamento que no hubiera sido llamado o elegido desde lo alto.

Pero volvamos al tema de la evolución.

La evolución, entendida de forma exotérica, es un proceso cósmico —ya sea biológico o espiritual—, mientras que la evolución, entendida de forma esotérica, es un drama o un «sacramento» en el espíritu de los antiguos misterios. Solo a la evolución entendida de este modo se hacen aplicables y necesarias las ideas de la Caída, la perdición, la redención y la salvación.

Para empezar, tomemos las ideas de «perdición» y «salvación» e intentemos comprenderlas en el plano de la evolución cósmica, o del drama cósmico.

Te ruego, querido amigo desconocido, que no te sorprendas y que me perdones, pues voy a narrar un mito —un mito cósmico de la gnosis—, no de la gnosis antigua ni de la moderna, sino de la gnosis eterna; pues el drama cósmico es, en realidad, un mito hecho carne, y debe considerarse ante todo como tal, antes de extraer de él las principales lecciones intelectuales. Por eso voy a narrar un mito, para extraer de él algunas ideas relacionadas con el Arcano del Tarot que estamos analizando.

«Cuando, al llegar el séptimo día de la creación, el Padre hubo concluido sus obras, realizadas por medio de la Palabra, descansó en el séptimo día de todas las obras que había realizado. Y Dios bendijo el séptimo día y lo santificó, pues en ese día descansó de todas las obras que Dios había creado y formado.

Así, el séptimo día fue bendecido y santificado, pues no era un día del mundo ni del movimiento del mundo, sino el día del Padre mismo. Es esa séptima parte del movimiento circular del mundo, cuando Dios se aleja y se vuelve inmóvil y silencioso.

Y así sucedió que el círculo del movimiento del mundo no se cerró, sino que permaneció abierto. Y el séptimo día fue santificado y bendecido como la parte abierta del círculo del movimiento del mundo, para que los seres que habitan el mundo tuvieran acceso a Dios y Dios tuviera acceso a ellos.

Pero la serpiente dijo: «No hay libertad para el mundo mientras el círculo del mundo no se cierre. Pues la libertad debe existir dentro de la propia criatura, sin intervención exterior, y especialmente desde arriba, por parte de Dios. El mundo siempre seguirá la voluntad de Dios, y no la suya propia, mientras exista una brecha en el círculo del mundo, mientras exista el sabbath [1]».

Tal es el origen de los dolores de su embarazo, y tal es el origen de la tristeza en este mundo de la serpiente.

Y surgió la enemistad entre la mujer y la serpiente, entre los descendientes de la mujer, que dan a luz con dolor, y los descendientes de la serpiente, que nacen con deleite. Los primeros herirán a la serpiente en la cabeza, y la serpiente morderá a la mujer en el talón. Pues la mujer se mueve en dirección opuesta a la de la serpiente, y su cabeza alcanza la cola de la serpiente, mientras que sus pies tocan la cabeza de la serpiente. He aquí por qué en el mundo (que es la corriente de la serpiente) los sufrimientos constituyen una corriente contraria. Es precisamente a la corriente contraria de los sufrimientos a la que debe su origen la corriente contraria (de los hijos de la mujer), que es el pensamiento engendrado por el sufrimiento y el recuerdo del mundo del sábado.

Y así, los hijos de la mujer erigieron altares al Padre en este lado del mundo de la serpiente. Y Enós, hijo de Sef, no solo adoraba a Dios, sino que incluso llegó a conocer Su Nombre. Y comenzó a invocar el Nombre del Padre. Y Enoc, descendiente de Sef, fue aún más lejos: «caminaba… delante de Dios» (Génesis 5:22). No pasó por la amargura de la muerte, que para los seres vivos de este lado del círculo de la serpiente supone una salida de ese círculo cerrado, pues «Dios se lo llevó» (Génesis 5:24). Así, más o menos en ese momento, el pensamiento dirigido hacia Dios logró atravesar el círculo de la serpiente y abrir una brecha en el círculo cerrado.

De este modo, en este lado del mundo de la serpiente pudieron arraigarse la iniciación y la profecía. La iniciación conservó el recuerdo del mundo del sábado, mientras que la profecía alimentó la esperanza de liberarse del círculo de la serpiente y de la futura restauración del mundo del sábado.

Buda enseñó los caminos para salir del mundo de la serpiente y alcanzar el descanso del sábado.

Los profetas, por su parte, proclamaron la transformación del mundo de la serpiente desde dentro, mediante la llegada de la Palabra, que viviría en el mundo de la serpiente y restablecería en su interior no solo el sábado, sino también los demás seis días de la creación tal y como eran antes de que la tercera parte de los seres, creadas en cada uno de esos días, fuera arrancada de raíz y arrastrada por el torbellino cerrado de la serpiente (cf. Ap. 12, 4).

Y así sucedió. La Mujer Virgen, alma del movimiento que se opone al movimiento de la serpiente, y alma del sufrimiento desde el principio del mundo de la serpiente, recibió, concibió y dio a luz al Verbo del Padre. «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre los hombres en el mundo de la serpiente, lleno de gracia y de verdad» (cf. Jn 1, 14).

Tal es el mito cósmico, el drama esotérico que subyace al «proceso de evolución» exotérico. En primer lugar, el mito plantea la idea del círculo abierto y del círculo cerrado. El círculo abierto, o espiral, es el mundo anterior a la Caída, el mundo de los seis días de la creación, coronados por el séptimo día, el sábado cósmico, que se corresponde con lo que en matemáticas se define como «vuelta de espiral». Implica la idea de un crecimiento ilimitado y un avance hacia adelante, manifestándose en su forma únicamente como un prólogo o un umbral de la eternidad. Promete un progreso ilimitado.

Por el contrario, el círculo cerrado no es, en esencia, más que una prisión, por muy amplio que sea dicho círculo. Es una rueda que vuelve constantemente a lo mismo y, por lo tanto, no ofrece ningún avance más allá de los límites de ese círculo. La idea que encierra este círculo —o rueda— es la repetición eterna, el «eterno retorno».

Tres figuras históricas representaron de forma vívida la idea de la rueda cósmica, aunque cada una de ellas lo hizo a su manera. Se trata de Gautama Buda, Salomón y Friedrich Nietzsche.

El primero hablaba de la «rueda de las reencarnaciones», en la que se repiten infinitamente el nacimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte. La iluminación que Buda experimentó bajo el árbol de la «Bodhi» le reveló tres verdades: que el mundo es un ciclo de nacimientos y muertes, que su movimiento no es, en esencia, más que sufrimiento, y que existe un camino hacia el centro de la rueda, que permanece en reposo.

El rey Salomón no concebía la rueda como un ciclo de reencarnaciones, al igual que Buda, sino como un destino implacable que reduce a la nada todas las esperanzas y esfuerzos humanos.

«Vanidad de vanidades —dijo el Eclesiastés—, vanidad de vanidades, ¡todo es vanidad! ¿De qué le sirve al hombre todo el esfuerzo que realiza bajo el sol? Una generación se va y otra viene, pero la tierra permanece para siempre. Sale el sol y se pone el sol, y se apresura hacia el lugar de donde sale. El viento sopla hacia el sur y gira hacia el norte; gira en su círculo, y el viento vuelve a sus círculos. Todos los ríos corren hacia el mar, pero el mar no se desborda; al lugar de donde salen los ríos, allí vuelven para correr de nuevo... ... Lo que fue, eso será; y lo que se hizo, eso se hará, y no hay nada nuevo bajo el sol» (Eclesiastés 1: 2-7, 9).

«He visto todas las obras que se hacen bajo el sol, y he aquí que todo es vanidad y aflicción del espíritu. Lo torcido no puede enderezarse, y lo que no existe, no puede contarse. Y dediqué mi corazón a conocer la sabiduría y a conocer la locura y la necedad; y descubrí que también esto es vanidad. Porque en mucha sabiduría hay mucha aflicción; y quien aumenta el conocimiento, aumenta la aflicción» (Eclesiastés 1: 14-15, 17-18).

He aquí la rueda de la vida bajo el sol, cuya visión se le apareció a Salomón, el sabio y afligido rey de Jerusalén. ¿Qué consejo práctico da a la posteridad? Un consejo de extrema desesperanza:

«No está en manos del hombre ni siquiera el bien de comer, beber y deleitar su alma con el fruto de su trabajo. ... Disfruta, joven, en tu juventud, y que tu corazón saboree la alegría en los días de tu juventud; sigue los caminos de tu corazón y lo que ven tus ojos; pero ten presente que por todo ello Dios te llevará a juicio. Y aleja la tristeza de tu corazón, y aparta el mal de tu cuerpo, porque la infancia y la juventud son vanidad» (Eclesiastés 2:24; 11:9-10).

Es precisamente gracias a esta plena conciencia, rayana en la desesperación, de la falta de salida del «círculo de la existencia» por lo que honramos a Salomón al mismo nivel que al resto de los profetas del Antiguo Testamento. Pues Salomón describe el vacío —al que llama «vanidad»— del mundo de la serpiente y, de este modo, plantea un dilema: o el suicidio, o la salvación en Dios, pues sobre la rueda giratoria de la vanidad está DIOS.

La desesperanza de Salomón pertenece sin duda alguna a las Sagradas Escrituras. Describe un mundo sin Cristo —algo que también hizo Buda—. La aflicción de Salomón es la nostalgia de la existencia creada por la liberación, que se ha convertido en parte de su conciencia.

Así pues, Buda formuló un diagnóstico acertado del mundo de la serpiente que precedió a Cristo; Salomón lo lamentó; y Nietzsche —¡por espantoso que parezca! — lo ensalzó. Sí, Nietzsche vio y comprendió esa rueda, ese círculo cerrado y sin salida del mundo de la serpiente, y le dijo «Sí». Vio ante sí la imagen de la eterna repetición, el «eterno retorno» («ewige Wiederkunft»), y la identificó con la eternidad, aunque esa repetición es la antítesis misma de la eternidad:

«¡Oh, cómo no aspirar yo apasionadamente a la Eternidad y al anillo nupcial de los anillos —al Anillo del Retorno!

Nunca antes había conocido a una mujer de la que deseara tener hijos, salvo a una sola mujer a la que amo: ¡pues te amo, oh Eternidad!

¡Porque te amo, oh Eternidad!» (9: p. 297).

Así ensalza él esa rueda que Buda denominó la gran desgracia y que Salomón describió como vanidad de vanidades.

¿Poesía lírica? Aquí hay mucho más. Nietzsche, sin duda, dio forma poética a lo que confundió con una revelación. Pero no fue más que una exposición de las conclusiones más recientes de la ciencia contemporánea, no como método, sino como una variante del panorama general del mundo. En realidad, según las concepciones de la ciencia positivista de finales del siglo XIX, el mundo es un conjunto de innumerables combinaciones de partículas elementales, los átomos. Las combinaciones varían infinitamente, pero en algún momento el número de combinaciones posibles de átomos alcanzará inevitablemente su límite, y el número de nuevas combinaciones se agotará. Entonces, las combinaciones anteriores deben empezar a repetirse. Por lo tanto, algún día en el futuro llegará un día que será una repetición exacta del día de hoy. Esta es la justificación teórica y «científica» de la idea del «eterno retorno».

La idea del eterno retorno no solo no contradice los cálculos sobre el número de combinaciones posibles de átomos, sino también el dogma científico de la conservación cuantitativa de la materia y la energía en el universo. En el mundo, nada desaparece ni nada aparece. La cantidad total de materia y energía en el mundo es constante. Es imposible aumentarla o disminuirla. No se le puede añadir nada ni quitarle nada. El mundo es un círculo cerrado del que nada puede salir y al que nada puede entrar. 

Por lo tanto, si se acepta que el mundo es una cantidad determinada, entonces es calculable. En última instancia, no es más que un número determinado de partículas y/o unidades de energía. Por consiguiente, el número de combinaciones de estas partículas ya no es ilimitado. En algún momento se alcanzará un límite. Y entonces las combinaciones anteriores se repetirán... Por eso, en lo que respecta al mundo, entendido como un círculo cerrado, la «eterna repetición» de todo lo que existe es una conclusión totalmente lógica.

En un mundo que es un círculo cerrado, en el que la cantidad de materia y energía es una magnitud constante, no hay lugar para los milagros. Y es que el concepto cósmico de «milagro» implica la variabilidad de la cantidad de materia y energía en el mundo. Un milagro se produce cuando la energía del mundo sufre un aumento o una disminución. Esto supone la existencia de una brecha en el círculo del mundo. Para que un milagro sea posible, el mundo debe convertirse en un círculo abierto, en una espiral; es decir, debe tener una esfera «no creada» o un «día de reposo», según el mito cósmico anteriormente expuesto.

La religión —la que merece tal denominación— enseña que el mundo es un círculo abierto. Por esta misma razón, defiende también la realidad de la existencia de los milagros. Los milagros («lo sobrenatural») son la realidad de una acción procedente del exterior del círculo de la Naturaleza, que parece cerrado. Es la realidad del sábado cósmico.

La «buena nueva» de la religión consiste en que el mundo no es un círculo cerrado, ni un confinamiento eterno, sino que tiene una salida y una entrada. Hay una entrada que explica por qué la Navidad es una fiesta alegre. Y hay una salida que explica por qué la Ascensión es también una auténtica fiesta. Y el hecho de que el mundo pueda transformarse de lo que es ahora a lo que era antes de la Caída es la «buena nueva» de la fiesta de todas las fiestas: la Resurrección, la Pascua.

El mundo como un círculo vicioso, el mundo del eterno retorno, el mundo en el que «no hay nada nuevo bajo el sol», ¿cómo es en realidad?

No es más que un infierno cósmico. Pues la idea del infierno puede entenderse como una existencia eterna en un círculo vicioso. El círculo vicioso del egoísmo sería, en este caso, un infierno subjetivo e individual; el círculo vicioso del mundo, con una cantidad de energía constante, sería, en este caso, un infierno objetivo y cósmico.

Consideremos ahora los términos «salvación» y «perdición» en su significado cósmico. «Perdición» significa quedar atrapado en el ciclo eterno de un mundo de círculo cerrado, un mundo sin día de reposo; la «salvación» es la vida en un mundo de círculo abierto, o espiral, donde hay tanto salida como entrada. La «perdición» es la existencia en el círculo cerrado del «eterno retorno»; la «salvación» es la vida al aire libre, donde cada día es nuevo e irrepetible, un milagro en una cadena infinita de milagros... Pues Dios no es incognoscible, sino cognoscible, a través de un conocimiento inagotable e infinito. La «revelabilidad» y la «cognoscibilidad» infinitas de Dios: en ello reside la esencia del sábado eterno, el séptimo día de la creación. El séptimo día de la creación es el día de la vida eterna y la fuente de los milagros. Pues está repleto de posibilidades de novedad; desde él, a la llamada «cantidad constante» del mundo de los fenómenos, o bien pueden añadirse «energías» adicionales, o bien las energías de este mundo pueden desaparecer en él mismo.

Otros dos conceptos de la tragedia cósmica de la evolución son la «caída» y la «redención». El significado de estos conceptos resulta más fácil de comprender una vez que hayamos esbozado a grandes rasgos el significado cósmico de los términos «salvación» y «perdición», pues la «caída» es un fenómeno de escala cósmica, un huracán, un círculo cerrado de serpiente que «se muerde la cola» y que «arrastró del cielo una parte del mundo creado por Dios» (cf. Ap. 12:4). Y la «redención» es, propiamente hablando, un acto cósmico de reintegración del mundo caído, que consiste, en primer lugar, en crear una abertura en su círculo cerrado (religión, iniciación, profecía); a continuación, en establecer el camino de salida (Buda) y de entrada (Avatares) a través de esa puerta; y, por último, en la transformación del mundo caído desde dentro a través del resplandor de la Palabra hecha carne (Jesucristo).

Este es el significado de estos dos términos, llevado al máximo nivel de generalización. Ahora analicemos su significado con más detalle para destacar, de entre el conjunto de detalles, los más esenciales.

Así pues, la Caída... Aquí nos encontramos con el relato bíblico sobre el paraíso terrenal y los seis días de la creación; con la impresionante imagen de la evolución de la naturaleza que nos ofrece la ciencia; con los majestuosos contornos del mundo creado por el genio de la India antigua —kalpas, mantavantas, yugas—, un mundo de periodicidad y ritmo; un mundo que, de vez en cuando, se manifiesta en los sueños de la conciencia cósmica; con la exposición (siguiendo a las «Estancias de Dzyan») de la teoría de la cosmogonía y la antropogonía según la tradición indotibetana, expuesta por E. P. Blavatsky en los tres volúmenes de su Doctrina Secreta; con un grandioso panorama de la evolución espiritual del mundo, a través de las siete denominadas «fases planetarias», que Rudolf Steiner legó a la razón de nuestro siglo, que ha perdido su punto de apoyo; y, por último, con las cosmogonías y escatologías —manifiestas u ocultas— de Hermes Trismegisto, Platón, los libros del Zohar y diversas escuelas gnósticas de los primeros siglos de nuestra era.

Me permito señalar desde el principio que, aunque llevo más de 40 años dedicándome al estudio comparativo de todo el abanico de estas ideas y documentos, no puedo rendirles aquí el homenaje que merecen, es decir, clasificarlos, identificar los principales puntos en común o de contraste, ni citar los pasajes pertinentes. De lo contrario, ahogaría el tema principal en un mar de detalles secundarios (secundarios en relación con el tema principal). Por eso debo aclarar: el espíritu de todas las diversas ideas y documentos enumerados anteriormente estará presente como telón de fondo general, pero tendré que abstenerme de cualquier uso directo del material que contienen. Una vez hecha esta aclaración, volvamos al problema de la Caída cósmica.

En primer lugar, cabe preguntarse: ¿en qué consiste este problema? ¿Cómo surge?

Echemos un vistazo al conjunto de nuestra experiencia del mundo —personal, histórica, biológica, etc.—. ¿Qué nos dice?

Leibniz, filósofo del optimismo, afirmaba que este mundo es el más perfecto de los mundos posibles. Schopenhauer, filósofo del pesimismo, sostenía que en este mundo la suma de los sufrimientos supera a la de las alegrías y que, por lo tanto, el mundo de nuestra experiencia no solo es imperfecto, sino que, en última instancia, es un mundo del mal. Tanto Leibniz como Schopenhauer consideraban el conjunto de la experiencia del mundo, tal y como intentamos hacer nosotros, ¡pero cuán diferentes son las cosas que vieron!

Desde el punto de vista del pensamiento puro, según la doctrina de Leibniz, el mundo en su conjunto nos presenta, sin lugar a dudas, un orden perfecto de equilibrio, un funcionamiento armonioso de sus partes fundamentales y, aunque en él puedan existir rincones y recovecos sombríos, —el mundo en su conjunto, como conjunto de fenómenos, es, en sus rasgos fundamentales, la encarnación de la armonía.

Desde el punto de vista de la voluntad pura, según la doctrina de Schopenhauer, la experiencia de cada individuo en el mundo confirma el diagnóstico que Gautama Buda formuló sobre el mundo, y que debe reconocerse como acertado.

¿Qué se puede decir entonces del mundo desde la perspectiva del corazón, propia del hermetismo y de la tradición judeocristiana?

El corazón nos dice: el cosmos, ese milagro de sabiduría, belleza y virtud, sufre. Está afectado por una enfermedad. Este gran organismo, que no pudo haber sido engendrado por la enfermedad, cuyo nacimiento debió de ser consecuencia de una salud perfecta —es decir, de la sabiduría, la belleza y la virtud perfectas, que en su conjunto constituyeron su cuna—, este gran organismo está enfermo. Los continentes —y los planetas— se endurecen, se produce su petrificación: y esto es la «esclerosis del cosmos». En la superficie de su tierra que se petrifica, en las profundidades de los mares y en el aire, todo está dominado por la lucha por la existencia, esa fiebre destructiva del universo.

Pero por muy enfermo que esté el mundo, conserva —en todas partes y siempre— los rasgos de su salud primigenia, y en él también se manifiesta la acción de las fuerzas de una nueva salud, las fuerzas de la recuperación. Porque, además de la lucha por la existencia, surge también la cooperación en aras de la supervivencia. Y, además de la petrificación mineral, existe también la cubierta vegetal, llena de savia y aliento. Por consiguiente, el mundo puede ser al mismo tiempo alabado y lamentado.

El mundo no es como debería ser. Existe una contradicción entre lo general y lo particular. Pues mientras que los cielos estrellados representan la armonía del equilibrio y la interacción perfecta, los animales y los insectos se devoran unos a otros, y legiones incontables de gérmenes patógenos traen enfermedades y muerte a las personas, los animales y las plantas.

Es precisamente a esta contradicción a la que alude el término «caída del hombre». Este término, ante todo, define el estado de las cosas en el mundo, según el cual se tiene la impresión de que el mundo está compuesto por dos mundos independientes, si no opuestos entre sí, como si en el organismo del gran mundo de la «armonía de las esferas» hubiera surgido otro mundo con sus propias leyes y evolución, que, a semejanza de un tumor canceroso, se ha formado en el organismo sano del gran mundo.

La ciencia toma estos dos mundos, los considera en una unidad indivisible y denomina a todo este conjunto «Naturaleza»: una Naturaleza de dos caras: suave y cruel al mismo tiempo; tan obstinada como sorprendentemente maleable; sabia y ciega; madre amorosa y madrastra cruel y despiadada. Con todo el respeto hacia la ciencia, es necesario llamar la atención sobre un error de razonamiento muy sencillo que comete. El caso es que comete el mismo error que cometería un médico si considerara el estado de una enfermedad (por ejemplo, el cáncer) como algo normal o «natural» y si afirmara que tanto el desarrollo del tumor canceroso como la circulación sanguínea son dos aspectos de la naturaleza del organismo de una persona enferma. Sería atroz que un médico se negara a distinguir entre lo natural y lo antinatural (la enfermedad) en el organismo del paciente, pero eso es precisamente lo que hace la ciencia con respecto al organismo del mundo. No quiere distinguir entre la Naturaleza y lo antinatural, entre la salud y la enfermedad, entre la evolución natural y la evolución contraria a la Naturaleza.

Los antiguos siempre supieron de la existencia de una anomalía en el estado del mundo. No importa si la atribuían al principio de la ignorancia (avidyá), como en la antigua India, o al principio de las tinieblas (Ahriman), como en el antiguo Irán, o también al principio del mal (Satanás), como hacían los antiguos semitas; siempre se trataba de establecer una distinción entre el mundo natural y el mundo no natural, entre lo natural y lo antinatural, entre la salud y la enfermedad.

Huelga decir que el hermetismo, de acuerdo con la tradición judeocristiana, considera la «Naturaleza» como objeto de la ciencia, no como un mundo creado por Dios, sino como un campo en el que el mundo de la creación se encuentra con el mundo de la serpiente.

El mundo de la serpiente: es el «mundo dentro del Mundo», que dio origen al dualismo del zoroastrismo, el maniqueísmo y otras escuelas gnósticas. Estas variantes del dualismo pertenecen a la categoría de las «herejías», es decir, pecan contra las verdades fundamentales de la salvación, pues cometen el mismo error que la ciencia moderna, pero en sentido contrario. Del mismo modo que la ciencia no desea establecer en la «Naturaleza» una distinción entre la Naturaleza de la ortogénesis[2] y la interacción, por un lado, y la Naturaleza que crea callejones sin salida genéticos y organismos parásitos, por otro, tampoco los maniqueos, los cátaros, los albigenses y otros tampoco querían distinguir entre la Naturaleza virginal y la Naturaleza caída. Pero mientras que la ciencia considera a la «Naturaleza» —aunque la Naturaleza sea en sí misma una contradicción— como la reina absoluta de la evolución, que ha logrado llevar a cabo la evolución desde la célula proteica hasta el cerebro desarrollado del Homo sapiens, los dualistas radicales consideraban a su «Naturaleza» como algo completamente impregnado de maldad. En otras palabras, la ciencia considera que la Naturaleza es, en última instancia, un bien; los maniqueos consideraban que la Naturaleza era el mal. La ciencia se niega a ver en ella a Satanás; los dualistas radicales no querían ver nada más que a Satanás.

Pero volvamos al mundo de la serpiente. El rasgo característico más general de este mundo es el pliegue, mientras que el rasgo característico más general del mundo de la creación es el despliegue, el florecimiento y la irradiación. Así, el cerebro y el intestino en el mundo animal son manifestaciones del pliegue; el follaje, las ramas y las flores son expresiones de la tendencia opuesta en el mundo vegetal.

Así, por ejemplo, el follaje son los «pulmones» de las plantas, desplegados y abiertos hacia el Aire, mientras que los pulmones de los animales y del ser humano son follaje contraído. O tomemos otro ejemplo: el sol se encuentra en la fase de irradiación, mientras que los planetas están en la fase de condensación, es decir, de contracción.

Estas dos tendencias tienen sus denominaciones tradicionales. Son la «luz» y la «oscuridad», es decir, la radiación y el pliegue, respectivamente. Por eso, el Evangelio según San Juan, al describir el drama cósmico, dice: «Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la han vencido» (Jn 1, 5) —

«και το φως εν τη σκοτια φαινει, και η σκοτια αυτο ου κατελαβεν»; — «et lux in tenebris lucet, et tenebrae eam non comprehenderunt». «ου κατελαβεν», «non comprehenderunt», significa que la luz no fue arrastrada por el ciclo de la oscuridad ni se vio oscurecida por ella, sino que brilla en las tinieblas. En esto reside toda la esencia del Evangelio, su «buena nueva».

Así pues, para los planetas (incluida la Tierra), el Sol y las estrellas son lo mismo que la luz para la oscuridad. Y en el microcosmos, el sistema de las «flores de loto» es para el sistema de las glándulas endocrinas lo que la luz es para la oscuridad. Porque, en esencia, las «flores de loto» son glándulas en flor, mientras que las glándulas son «flores de loto» cerradas. Las glándulas endocrinas son los sedimentos de las «flores de loto» en el microcosmos, del mismo modo que los planetas son los sedimentos de las «esferas planetarias» en el macrocosmos, o en el sistema planetario.

Así pues, el mundo de la serpiente es el mundo del enrollamiento. La serpiente que se muerde la cola y forma así un círculo cerrado es su símbolo. El enrollamiento completamente consumado sería el infierno, o el estado de aislamiento total.

Pero el colapso total o el aislamiento definitivo no han tenido éxito alguno en el mundo. En la historia de la llamada evolución «natural» observamos una sucesión de intentos —ninguno de los cuales tuvo éxito— destinados a crear, mediante una contracción total, un organismo viable con una conciencia absolutamente autónoma que, al mismo tiempo, no cayera presa de la locura. ¿Acaso el átomo no es una entidad autónoma e independiente, creada mediante una contracción? ¡Pero los átomos se unen para formar moléculas! Entonces, ¿no es la molécula una unidad autónoma? Pero las moléculas se unen para formar misteriosas comunidades vivas a las que denominamos «células orgánicas». Y en el organismo existen innumerables uniones de moléculas... La historia de la evolución de los organismos vivos es el triunfo del principio de unión e interacción sobre el principio de separación y aislamiento. Este último solo logró crear monstruos no viables, como los dinosaurios, esos lagartos gigantes que poblaban en gran número la Tierra y reinaron sin rival sobre ella durante cientos de millones de años de la era mesozoica, o era de los lagartos. ¿Dónde están ahora? No fueron más que un gran callejón sin salida biológico y, por eso, se extinguieron. A su reinado le sucedió el de los mamíferos y las aves. Los primeros también dieron lugar a muchas formas sin futuro, antes de que comenzara el auge de los vertebrados, en cuyo curso, una especie tras otra fue descartada, condenada a una extinción rápida o lenta, hasta que, por fin, llegó el turno de los primates, de entre los cuales una subespecie, concretamente el Homo sapiens, se adueñó de la Tierra, sobre la que reina hasta el día de hoy sin rivales.

Así, nuestro planeta, que en la era mesozoica fue el «planeta de los reptiles», se ha convertido ahora en el «planeta de los seres humanos». ¿Es el ser humano descendiente de los reptiles? O, hablando en términos bíblicos, ¿son los seres humanos «hijos de la serpiente», «hijos de las tinieblas», producto de una degeneración, o son más bien «hijos de la luz» (Lc 16, 8)?

El ser humano posee el cerebro más desarrollado. Y el cerebro, como demostró Henri Bergson, es un órgano que actúa como un tamiz respecto a la conciencia: es, al mismo tiempo, un instrumento de conocimiento y de ignorancia. Su función es aceptar, en nombre de la conciencia, lo que le conviene, y no aceptar —«olvidar»— lo que no le conviene desde el punto de vista de la acción o de la voluntad orientada a la acción.

Por consiguiente, el cerebro es un órgano de selección: ¡la encarnación del proceso de la evolución! Pues lo que hace el cerebro es, en esencia, lo que ha venido ocurriendo a lo largo de millones de años de evolución biológica. Toda la evolución es un proceso secuencial que se repite sin cesar de «creación-selección-rechazo-olvido». Se seleccionan las «formas adecuadas» y se rechazan las demás. En definitiva, actúa un tamiz invisible. Ahora bien, ese tamiz se ha hecho visible, se ha hecho carne. Se ha convertido en el cerebro. Sobre el cerebro, Henri Bergson dice:

«Tanto en el funcionamiento del pensamiento en general como en el de la memoria en particular, el cerebro, al parecer, se dedica únicamente a la tarea de sugerir al cuerpo movimientos y posturas que se llevan a cabo según los designios de la razón, o bien tal y como las circunstancias le obligan a pensar. He expresado esta idea al decir que el cerebro es un «órgano de pantomima»... De hecho, los fenómenos cerebrales son para la vida mental lo mismo que los gestos de un director de orquesta para una sinfonía: marcan los movimientos de las articulaciones y nada más. En otras palabras, no encontraríamos nada relacionado con la actividad cerebral superior en el interior de la corteza cerebral. «Salvo las funciones sensoriales, el cerebro no desempeña ningún otro papel que no sea la representación mímica de la vida mental en el sentido pleno de la palabra» (28: pp. 74-75).

Por consiguiente, el cerebro es un órgano de imitación que selecciona lo que debe representarse mediante la pantomima. Y lo representa de la forma correspondiente.

Así pues, la imitación correspondiente es lo que el Libro del Génesis entiende por astucia cuando dice que «la serpiente era más astuta (arum - צלים ) que todos los animales del campo que el Señor Dios había creado» (Génesis 3:1). Este es, por así decirlo, el principio «psicológico» de la serpiente, del mismo modo que enrollarse y moverse en círculo cerrado es su principio «dinámico». Ser astuto significa imitar la sabiduría una vez que se ha eliminado lo esencial —su luz— y, a continuación, utilizarla para los propios fines. Por eso se dice que «el diablo es el mono de Dios», que lo imita.

Por consiguiente, el cerebro debe su existencia a la serpiente. Es una creación de la serpiente; y la humanidad, como especie animal dotada del cerebro más desarrollado, es sin duda descendiente de la serpiente. Los seres humanos, estas criaturas dotadas de intelecto, son en realidad «hijos de la serpiente» o «hijos de las tinieblas».

Por eso, en diversas regiones del mundo existe una especie de culto relacionado con la serpiente: en Egipto, la India («cobras sagradas»), México, América Central y, por último, en China, donde este reptil es venerado en su forma alada, como el dragón sagrado. Incluso Moisés alzó una serpiente de bronce como estandarte en el desierto, y solo durante el reinado de Ezequías, hijo de Acaz, rey de Judá, se puso fin al culto a la serpiente, concretamente cuando Ezequías «destrozó las estatuas, taló el bosque de robles y destruyó la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta aquellos mismos días (es decir, ¡durante todos los siglos del reinado de los jueces de Israel y de los reyes anteriores a Ezequías!), los hijos de Israel le ofrecían incienso y la llamaban Nehushtán» (2 Reyes 18:4). Pero muchos siglos después, la secta gnóstica de los naasenos adoraba a la serpiente en esa misma región, ¡y eso fue ya después de Jesucristo!

Incluso en los siglos XIX y XX, algunos escritores ocultistas se propusieron restablecer el culto a la serpiente, esta vez de forma intelectual. Así, E. P. Blavatsky, en su *Doctrina Secreta*, hizo todo lo posible por rendir el debido homenaje a la serpiente como idea filosófica de la sabiduría ancestral. Lo interpretó como el principio de la energía universal, el fohat, que ocupa un lugar único e indispensable entre la mente universal, el mahat, y la materia universal, la prakriti. Revivió las antiguas leyendas y tradiciones de los maestros de la infancia de la humanidad, que fueron los creadores de la civilización —los «hijos de la serpiente»—, benefactores de la humanidad en los albores mismos de su historia.

Según la interpretación de Elifaz Lévi, la serpiente es un «gran agente mágico» (o factor), es decir, un principio intermedio entre la conciencia y el mundo de los hechos objetivos. Según Lévi, la serpiente es el principio de la realización, es decir, aquello que, en la práctica, transforma la voluntad en fenómenos; aquello que convierte lo subjetivo en objetivo.

Stanislas de Guitaud dedicó a la serpiente su obra inacabada, titulada *Le serpent de la Genèse* («La serpiente del Génesis»). En este libro describe el papel real del «gran factor mágico» en la historia.

En cuanto a la Sociedad Teosófica, la serpiente que se muerde la cola, junto con el hexagrama y la letra egipcia «tau» dentro del círculo cerrado de la serpiente, fue elegida como su símbolo y sello, junto con el lema del Maharajá de Benarés: «satiyat nasti paro dharmah» — «no hay religión por encima de la verdad».

Sí, la serpiente es, en efecto, el «gran factor mágico», es decir, el principio que imita miméticamente la conciencia y que constituye, por lo tanto, el nexo de unión entre lo subjetivo y lo objetivo, del mismo modo que el cerebro es el nexo de unión entre la conciencia y la acción. Sí, los primeros representantes de la mente cerebral, esos «hijos de la serpiente» de las antiguas leyendas, fueron sin duda los primeros gobernantes de la civilización naciente. Fueron precisamente ellos quienes enseñaron a la humanidad los fundamentos de las artes y las ciencias en su infancia.

Reconociendo esto, no obstante, me pregunto: ¿es la serpiente, como «gran factor mágico», el único factor mágico, y es también el factor mágico de toda la magia? ¿Utiliza la magia divina o sagrada (de la que se hablaba en las cartas sobre el Tercer y el Quinto Arcano del Tarot) la misma fuerza que los faquires, los hipnotizadores, los curanderos magnéticos y los brujos?

La experiencia secular demuestra que no solo existen otros factores y otra magia, sino que también existen otra conciencia y otra experiencia distintas de las relacionadas con el cerebro. Juan el Bautista no vio una serpiente descendiendo hacia el Maestro de la magia sagrada, el mayor Taumaturgo de la historia, sino una paloma: «Y Juan dio testimonio, diciendo:

He visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre Él» (Jn 1, 32).

...Unos días más tarde se produjo el milagro en las bodas de Caná.

Los siete milagros —la conversión del agua en vino, la curación del hijo del funcionario del rey, la curación del enfermo junto al estanque de Betesda, el alimentamiento de los cinco mil, el caminar sobre las aguas, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro—, no tuvieron como factor a la serpiente, ni el cerebro fue el instrumento de su realización, ni el intelecto cerebral fue su fuente. Aquí el factor es la «paloma», es decir, el Espíritu que mora por encima del cerebro, por encima de la cabeza, que desciende sobre la cabeza y permanece allí: el Espíritu que supera al intelecto cerebral. Este Espíritu es la fuente y, al mismo tiempo, el factor y el instrumento de la magia divina o sagrada.

Por eso me pregunto —y te pregunto a ti, querido amigo desconocido—, ¿por qué los autores ocultistas no dedicaron sus esfuerzos, su fervor y sus capacidades a servir a la causa de la paloma en lugar de a la de la serpiente? ¿Por qué no reconocieron el gran factor de la magia sagrada, que sin duda ha demostrado su vocación de iluminar, sanar y transformar el mundo? ¿Por qué la Sociedad Teosófica, que antepone la verdad a cualquier fe, no eligió a la paloma del Espíritu Santo como su emblema? ¿Por qué no se eligió a la paloma del Espíritu Santo, que es el verdadero principio de la espiritualidad universal, en lugar de la serpiente que se muerde la cola? ¿Por qué Stanislas de Guitaud no escribió un libro titulado «La paloma del Evangelio»? ¿Por qué Eliphas Lévi no recurrió al nuevo gran factor mágico, la paloma, llamada a ocupar el lugar del antiguo factor mágico, la serpiente? ¿Por qué E. P. Blavatsky no quiso ver que existen dos principios de energía cósmica: el principio del fohat, o energía de la serpiente, y el principio del Espíritu Santo, o energía de la salvación? Aunque las Estancias de Dzyan no lo mencionen, ¿hay que considerarlas como la única fuente de la verdad? ¿Acaso no valen nada los testimonios de los profetas, los apóstoles y los santos a lo largo de más de tres mil años?

Me desconcierta —repito— no que la interpretación de la serpiente según las opiniones de los autores ocultistas antes mencionados sea errónea en sus aspectos más esenciales, sino que traten el tema de la serpiente con una extraña exclusividad, incluso con parcialidad, y esto resulta difícil de explicar con hechos objetivos relacionados con este problema en sí mismo, sin recurrir a factores psicológicos.

Sea como fuere, en la literatura ocultista existe una tendencia bastante marcada a representar a la serpiente como el único principio de la realización e incluso como el único principio del conocimiento, incluido el conocimiento ocultista. Nosotros, por nuestra parte, tendemos a ver en la serpiente, principalmente, el principio del funcionamiento del cerebro, del intelecto cerebral y el principio de la contracción, la tendencia a formar círculos cerrados —o, en otras palabras, el principio de la Caída. Digo «principalmente» porque, gracias a las obras de salvación, que cuentan con una historia milenaria, se ha producido una espiritualización gradual de la labor de la serpiente, incluido el intelecto cerebral, y también porque la intervención divina no solo impide la formación de círculos absolutamente cerrados, sino que además orienta la tendencia a la contracción hacia la solidaridad a través de etapas como la familia, el pueblo y la comunidad civilizatoria. En otras palabras, la providencia se encarga de que los círculos formados por la serpiente no sean completamente cerrados, así como de que la sucesión de sus círculos se transforme en una sucesión de espirales.

Pero los resultados beneficiosos de esta metamorfosis gradual de la labor de la serpiente no se deben a la serpiente, sino a otro principio opuesto: «la luz que brilla en las tinieblas». Pues la realidad y toda la evolución consisten, por un lado, en la actividad de contracción de la serpiente, que formó el cerebro y creó el intelecto cerebral, y, por otro lado, en la acción de la luz de lo alto, que despliega lo contraído e ilumina el intelecto cerebral. La serpiente y la paloma son, en última instancia, los factores que determinan todo el proceso de la evolución.

Si me preguntaras, querido amigo desconocido, si hay que tomar una decisión y ponerse del lado de la serpiente o de la paloma, mi respuesta se resumiría en el consejo de Cristo: «Sed prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas» (Mateo 10:16), es decir, hay que intentar combinar el intelecto racional con la espontaneidad espiritual. Por supuesto, es necesario formular con claridad los propios pensamientos y razonar de forma coherente, ¡pero sobre este proceso de pensamiento coherente siempre se cierne el ideal! Y hay que pensar precisamente a la luz de ese ideal.

Pero volvamos a la cuestión de si los seres humanos son «hijos de la serpiente» o «hijos de la luz». Hemos dicho que los seres humanos, como especie animal dotada del cerebro más desarrollado, son «hijos de la serpiente». Ahora bien, hay que añadir que, como seres que aspiran al ideal del bien, la belleza y la verdad, los seres humanos son «hijos de la luz». Pues, por mucho que se diga lo contrario, en todo el ámbito de la evolución biológica —cuya culminación fue la formación del cerebro humano— no existe nada que explique ni dé apariencia de necesidad al anhelo humano por la verdad, la belleza y el bien. Es más, cada monasterio, ya sea masculino o femenino, constituye una contradicción directa con la tesis de que la humanidad no es más que un producto de la evolución biológica. La renuncia total a cosas concretas —como la riqueza, el poder, la salud e incluso la vida— en aras de un ideal es testimonio de la realidad transevolutiva y transcerebral del núcleo del ser humano.

Si las excavaciones de los paleontólogos aportan cráneos y esqueletos como pruebas de la evolución biológica que condujo a la formación del cerebro humano, al mismo tiempo, a lo largo de toda la historia, los mártires son testimonio de la superioridad del núcleo de la naturaleza humana sobre la evolución biológica. La razón es que la evolución completa constituye la intersección entre la evolución biológica y la evolución espiritual. El hecho de que estas dos esferas, totalmente diferentes, se crucen es la realidad de la Caída.

Otro término del drama cósmico que estamos analizando, y que está relacionado con el concepto de la Caída, es la redención.

Anteriormente dijimos que la redención es «el acto cósmico de reintegración del mundo caído, que consiste, en primer lugar, en crear una brecha en el círculo cerrado (religión, iniciación, profecía); a continuación, en señalar la salida (Buda) y la entrada (Avatares) a través de esa puerta, esa abertura, y, por último, en la transformación del mundo caído desde dentro a través del resplandor de «la Palabra hecha carne» (Jesucristo).

Así pues, la tesis que aquí se desarrolla se resume en que la obra de la salvación, que conduce a la verdadera redención, es universal tanto en el tiempo como en el espacio. Pues se remonta a los albores de la humanidad y se extiende a todos los grupos y todas las religiones de la humanidad. Las épocas son sus etapas, y toda la humanidad ha sido y sigue siendo el ámbito de su actividad. La obra de la salvación es católica[3] en el sentido literal, hermético, mágico, gnóstico y místico de la palabra. Esto significa que la historia de la Iglesia que sufre, que lucha y que triunfa es tan prolongada como la historia de la humanidad, y tan vasta como la propia humanidad. Pues el Verbo es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo» (Jn 1, 9), es decir, a todo hombre, siempre y en todas partes.

Existe, por lo tanto, una única obra de salvación, que abarca todos los esfuerzos humanos que persiguen sinceramente el objetivo de superar el cerebro y el intelecto cerebral, y que incluye también todas las verdaderas revelaciones divinas a lo largo de todos los siglos de la historia de la humanidad. Esta obra se desarrolla por etapas... Desde el primer altar, erigido en algún cerro o en un rincón del campo, hasta las grandes catedrales de Europa, que se elevan hacia las alturas de la conciencia más allá de la esfera del intelecto cerebral; esta obra se desarrolla por etapas.

Las etapas de la labor de la salvación universal conforman la historia espiritual de la humanidad, que no es otra cosa que la gran Biblia universal, de la que la Biblia histórica no es más que una parte. El balance puede hacerse en dos direcciones, según dos puntos de vista diferentes: desde el punto de vista de la revelación y desde el punto de vista de la acción.

Según la primera, la historia espiritual de la humanidad podría resumirse, —tal y como hace la Cábala—, mediante la presentación de los distintos aspectos de Dios, que se revelan sucesivamente a lo largo de la historia espiritual de la humanidad. Los diez nombres de Dios de la Cábala, que se corresponden con las diez Sefirot de su Árbol, representan la síntesis de la historia espiritual de la humanidad desde el punto de vista de la revelación gradual de Dios.

Pues el camino es largo desde el aspecto representado por el nombre ADONAI («Señor») hasta el aspecto designado por el nombre EHYEH («Yo soy»); y ADONAI es un término que denota el poder supremo, perfecto e inmediato, mientras que EHYEH denota la intuición del Ser, que es la esencia de todo lo que existe, o «Aquel que es».

Desde el punto de vista de la acción de las obras de salvación, se puede resumir la historia espiritual de la humanidad por etapas, comenzando por el primer destello de luz en el círculo cerrado de la serpiente hasta la llegada y el florecimiento del «Reino de Dios» dentro de ese círculo. Estas etapas consisten, por lo tanto, en la aparición de una abertura en el círculo cerrado, en la apertura de un camino de salida y entrada a través de esa puerta y en la Encarnación del Verbo. La primera etapa, la de la apertura en el círculo cerrado, allana el camino para que la fe entre en la humanidad encarnada; la segunda etapa le aporta esperanza; la tercera despierta en ella el amor, que es la presencia activa de la vida divina en el corazón mismo del círculo de la serpiente. Todo aquello en lo que la humanidad creía, en lo que esperaba, se ha convertido en realidad en el presente: en esto consiste la esencia de toda la historia espiritual de la humanidad, expresada en una sola frase.

Pero esta generalización abarca el mundo de los fenómenos. Incluye: el primer despertar del recuerdo del paraíso en las almas sumidas en la oscuridad de la lucha por la supervivencia; el establecimiento de un culto con el fin de preservar ese recuerdo y protegerlo del olvido; la aparición de clérigos que ofician este culto, así como de profetas y videntes que lo sostienen y desarrollan; la aparición de enseñanzas sobre los esfuerzos individuales encaminados a adquirir una experiencia transcerebral; noticias asombrosas de que esos esfuerzos no son en vano, de que existe un camino de salida; las enseñanzas de Buda y sus seguidores, maestros de ese camino; las revelaciones de los Avatares, los Rishis, los grandes maestros y los «hombres de Dios», que demuestran la existencia real del camino de entrada, manifestación y encarnación; los preparativos espirituales en todo el mundo y los preparativos reales entre el pueblo elegido —el pueblo de Israel— para la Encarnación, cuyo prototipo fueron las encarnaciones y manifestaciones de los Avatares y los Bodhisattvas (en el camino hacia el estado de «Buda»); luego, la propia Encarnación y, por último, todo lo que encierran las palabras de San Pablo:

«Y, sin lugar a dudas, este es el gran misterio de la piedad: Dios se manifestó en la carne, fue justificado en el Espíritu, se mostró a los ángeles, fue anunciado a las naciones, fue recibido con fe en el mundo y ascendió en gloria» (1 Tim. 3:16).

Así pues, lo que en general se entiende por «evolución» se refiere a la rivalidad entre dos corrientes principales de acción: la corriente de la serpiente y la corriente de la salvación. Digo «principales», pues también hay corrientes secundarias que desempeñan un papel intermedio entre las principales, como, por ejemplo, la corriente de la evolución de cada alma individual a través de una serie sucesiva de encarnaciones. Esta cuestión se trató en la cuarta carta; volveremos sobre ella en la decimotercera. Aquí, en el contexto de la exposición de las ideas relativas a la evolución universal, nos centramos únicamente en el siguiente hecho.

En la actualidad, la ciencia se enfrenta al problema de la transmisión hereditaria de las cualidades adquiridas a través de la experiencia. Este problema, tal y como se plantea hoy en día, se debe a una contradicción paradójica entre lo que se sabe sobre la ley de la herencia y lo que se sabe sobre la evolución y el progreso en general. Más concretamente, se descubrió que las cualidades adquiridas no se transmiten por herencia, mientras que, por otro lado, el conjunto de factores relacionados con la evolución general ofrece indicios de progreso. Para resolver la contradicción entre la herencia, que se limita a reproducir, y la evolución general, que demuestra creatividad, es necesario recurrir a otra dimensión, es decir, añadir una dimensión vertical a la dimensión de la continuidad horizontal en el tiempo —esta última dimensión se refiere a la herencia, que vincula a las generaciones sucesivas—. Hay que reconocer que las cualidades adquiridas se acumulan en algún otro lugar y de otra manera que no sea a través del mecanismo propio de la herencia; y también que entre la «herencia» y las «cualidades adquiridas» (siendo que estas últimas no desaparecen, sino que simplemente se transmiten «a algún lugar») existe una tensión activa que se manifiesta en la educación y la autoformación, así como en la aparición de genios intelectuales y religiosos como fruto de una línea de antepasados mediocres. Esta tensión entre el mecanismo de la herencia y las cualidades adquiridas a través de la experiencia y acumuladas «en algún otro lugar» conduce, en última instancia, al predominio de estas últimas, y se produce una especie de «erupción» de las cualidades adquiridas en el mecanismo de la herencia. Los frutos de la experiencia pasada, por así decirlo, «encuentran una nueva encarnación».

De este modo, llegamos a constatar el principio de la reencarnación. Y cuando la psicología profunda contemporánea de la escuela de Jung aporta material suficiente sobre el resurgimiento de experiencias pasadas en los sueños, las visiones y la vida imaginativa de personas que —mientras se encuentran en un estado de conciencia normal— no saben nada al respecto (razón por la cual, por ejemplo, los rituales y símbolos de los antiguos misterios vuelven a aparecer a plena luz del día del siglo XX), entonces la afirmación necesaria para explicar la posibilidad del progreso deja de ser un mero postulado para convertirse en una conclusión basada en la experiencia y con un alto grado de probabilidad.

Jung denominó «inconsciente colectivo» al ámbito en el que se almacena la experiencia pasada. Pero, ¿por qué colectivo? ¿Por qué no «inconsciente individual»? ¿No será porque las vivencias del pasado, que afloran desde las profundidades de la conciencia, tienen mucho en común y, en cualquier caso, son sorprendentemente similares?

Pero es que esas experiencias del pasado resurgen en los seres humanos. Por eso resulta totalmente natural que tengan mucho en común —de hecho, tanto como lo que tienen en común las personas entre sí—. ¿Pero es necesario, por este motivo, postular la colectividad de una memoria inconsciente (o superconsciente) que abarca milenios? ¿No es más sencillo y natural concluir que quien recuerda una experiencia es precisamente quien la vivió?

Para ser justos con Jung, hay que señalar que él no insistía en la colectividad sustantiva del «inconsciente colectivo» que postulaba.

Como auténtico científico, deja abierta la cuestión de si el inconsciente colectivo es un depósito común para toda la humanidad o si se trata de un conjunto deducido mediante la síntesis de cualidades comunes a diversos individuos. La «metafísica», por así decirlo, del inconsciente colectivo fue apenas esbozada por Jung. Pero sea como fuere, los hechos recopilados y presentados por Jung se prestan, como mínimo, con la misma facilidad a una interpretación tanto desde el punto de vista de la reencarnación como desde el del inconsciente colectivo.

Pero para el juicio interno de la conciencia —y te recuerdo, querido amigo desconocido, que estas cartas van dirigidas únicamente a tu juicio interno y que, en principio, no pretenden plantear una doctrina de alcance universal, es decir, de relevancia científica— —, solo la experiencia que se guarda en lo más profundo de tu propia alma tiene la última palabra sobre el tema de la reencarnación individual, y es precisamente a esto a lo que se reduce la transformación de la posibilidad y la probabilidad de la reencarnación en certeza… certeza, por supuesto, ante ese tribunal interior.

Por consiguiente, en la evolución existen tres «continuidades»: la continuidad biológica, o hereditaria; la continuidad psíquica, o reencarnación; y la continuidad espiritual, o labor de salvación. Obsérvese que estas tres líneas de continuidad se corresponden con aquel triángulo dinámico al que Fabre d’Olivet redujo toda la historia de la humanidad: el triángulo formado por el destino, la voluntad y la providencia. La herencia se corresponde con el destino (el azar), la reencarnación con la voluntad (la libertad) y la obra de salvación con la providencia. Esto es lo que dice sobre este triángulo:

«Pero si el ser humano, al principio... no es más que energía en estado embrionario, que la civilización debe desarrollar, ¿de dónde le vendrán entonces los principios necesarios de esa cultura? Responderé que la fuente de ello serán dos fuerzas con las que se encuentra vinculado y a partir de las cuales debe formar una tercera... Estas dos fuerzas entre las que se encuentra son el destino y la providencia. Por debajo de él está el destino, la natura naturata[4] (la Naturaleza vinculada); por encima de él, la providencia, la natura naturans (la Naturaleza libre). Él mismo, como reino del hombre, como voluntad intermedia, como fuerza activa, se encuentra entre estas dos Naturalezas para servirles como eslabón de unión, como medio de conexión, y para unir dos acciones, dos movimientos que, sin él, serían incompatibles.

Las tres fuerzas que he mencionado constituyen el torno universal. Nada escapa a su influencia; todo en el universo está sometido a ellas; todo excepto Dios mismo, quien, abarcándolas con su unidad incomprensible, forma junto con ellas la sagrada cuádruple de los antiguos, ese brillante cuádruple que lo contiene todo y fuera del cual no hay nada» (94: pp. XI-XII).

Me permito añadir a esta cita que, a lo largo de toda mi vida, no he logrado encontrar una fórmula más clara ni una clave general más eficaz para comprender la evolución y la historia de la humanidad que la que nos ofrece Fabre d’Olivet. Sin embargo, el siglo y medio transcurrido desde que escribió su obra, el avance de los conocimientos en el ámbito de la historia de la humanidad alcanzado durante ese tiempo, así como la lamentable parcialidad de Fabre d’Olivet, que le cegó ante algunos misterios del cristianismo, —todo ello me ha llevado a replantearme la forma en que Fabre d’Olivet aplica su comprensión, digna de todo elogio, de los principios generales a los problemas concretos y a los detalles de la historia de la humanidad. Una observación similar es aplicable también a Saint-Yves d’Alveydre, y sobre todo a su obra *Mission de Juifs* («La misión de los judíos»), salvo la acusación de parcialidad anticristiana, de la que en realidad no adolece.

La herencia, la reencarnación y la labor de salvación —siendo la reencarnación, precisamente, un principio intermedio— conforman el drama cósmico de la evolución.

La décima carta del Tarot, relacionada con el conjunto de todas estas ideas, pone de manifiesto de forma sorprendente el núcleo mismo del problema de la evolución, representando el aspecto de mayor relevancia práctica, es decir, la relación entre lo «bestial» (la naturaleza animal) y lo «humano» (la naturaleza humana). La esfinge sobre la rueda representa la unión de los principios animal y humano —ya sea que aún no estén diferenciados o que ya se hayan reintegrado—. El enigma de la esfinge es, por lo tanto, el enigma de la «humanización» del principio animal y la «animalización» del principio humano. El perro que asciende hacia la esfinge simboliza el principio animal que aspira a la unión con el principio humano; el mono que desciende simboliza el proceso de animalización del principio humano.

Por lo tanto, la tarea de Arcano consiste en resolver de forma práctica el siguiente problema: ¿cómo lograr, sin recurrir ni a la erradicación ni al rechazo, la integridad de los componentes humano y animal en la personalidad humana, sin que el primero se animalice (se convierta en un «mono») y el segundo caiga bajo su dominio tiránico (se convierta en un «perro»)? En otras palabras: ¿cómo descender hasta el componente animal sin animalizarse, y cómo elevarse sin que el principio animal se someta al componente humano?

Así pues, el Décimo Arcano es, en esencia, puramente práctico. Se trata de un ejercicio espiritual cuyo objetivo es el despertar del «arcano», es decir, el manejo hábil de una determinada tecnología. Y la «técnica», que es el objeto del Décimo Arcano, consiste en la forma correcta de tratar, por un lado, los componentes del ser humano animalizado que se alejan del centro y, por otro, aquellos componentes del principio animal que se dirigen hacia el principio humano, hacia el centro firme. Este centro firme es la esfinge, situada sobre la rueda del principio animal, es decir, sobre el movimiento automático de la naturaleza psíquica del ser humano.

La rueda y la esfinge sobre ella... ¿Qué problema práctico plantea este contexto? El problema es el siguiente:

Existe un principio animal «creado» y existe un principio animal que ha «evolucionado». El primero tiene su origen en tiempos anteriores a la Caída, mientras que el segundo debe su existencia a la evolución posterior a la Caída, es decir, a las obras de la serpiente.

Existe un principio animal creado por la Palabra divina, del que el Evangelio según San Juan dice que «todo por medio de Él comenzó a ser, y sin Él nada de lo que ha comenzado a ser comenzó a ser» (Jn 1, 3), y del que habla el Libro del Génesis de Moisés cuando se refiere a la creación de los animales «según su género» (Génesis 1, 24) en el quinto y sexto día de la creación.

El principio animal de origen divino se reduce a cuatro prototipos (o especies) de los santos Hayoth (Querubines). Estos prototipos son: el Toro, el León, el Águila y el Ángel, o el Hombre. Y si se unen estos cuatro prototipos en un único ser, el resultado es la esfinge. Por consiguiente, la esfinge es el prototipo-síntesis del principio animal sagrado, es decir, la instintividad divina o el principio de la sumisión voluntaria a Dios. Pues el «principio animal sagrado» no significa otra cosa que «sumisión voluntaria a Dios» o «instinto divino».

Otros instintos son propios de la evolución de la serpiente. Se resumen en el concepto de bestialidad. Así pues, existen instintos de origen divino e instintos animales. Así, el instinto que conduce a la elevación del espíritu y del corazón está simbolizado por el águila, a la que la tradición iconográfica representa como el principio inspirador —o la fuente de la inspiración divina— de Juan el Evangelista. Al mismo tiempo, el águila, como prototipo de ave rapaz, representa el instinto de agresión y el ataque fulminante. Precisamente el águila, como personificación del instinto depredador, se representaba como principio inspirador en los estandartes de las legiones romanas.

De manera similar, el león simboliza un instinto que puede definirse como «valentía moral». Los mártires eran representantes del león, y es precisamente el león, como símbolo de la «valentía moral», el que se asocia en la iconografía cristiana con el evangelista Marcos. Pero, al igual que hay un águila y un águila, hay un león y un león. La ferocidad se relaciona con el valor moral del mismo modo que el león se relaciona con el León. La primera es una degeneración de la segunda.

El toro es un símbolo del instinto de concentración productiva. Constituye la base de la inclinación hacia la meditación profunda. Es la fuente de la inspiración divina del evangelista Lucas. En este sentido, el toro dio origen al culto a la vaca sagrada (el aspecto femenino del toro) en la India. La adoración de la vaca en la India no es más que un equivalente popular de la inclinación de los hindúes hacia la meditación. Pero, una vez más, hay un «Toro» y un «toro». Este último es una degeneración del primero. Se trata de una concentración de la voluntad en un único objeto, que hace que el sujeto sea ciego ante todo lo demás. Los sacrificios de toros en los misterios de Mitra no tenían como objetivo acabar con la inclinación a la meditación, sino que, más bien, estaban destinados a sofocar la furia desenfrenada y cegadora.

El evangelista Mateo, según la iconografía, tenía como compañero inspirador a un ángel, o a un hombre, que representa la inclinación a la objetividad, manifestada, por ejemplo, en la veracidad de la narración épica redactada por un cronista o un historiador. Sin embargo, hay objetividad y hay «objetividad». Se puede ser objetivo, es decir, imparcial, tomándose todo por igual muy a pecho. Y se puede ser «objetivo» («impasible»), adoptando una postura de indiferencia igualitaria hacia todo.

La primera es la objetividad angelical; la última es su degeneración, una observación fría y despiadada. La primera se manifiesta a través del instinto que llamamos conciencia; la última se manifiesta en lo que muchos confunden con el «espíritu científico», que, a decir verdad, no es más que una tendencia al cinismo.

Así pues, disponemos de una lista comparativa de los principales instintos de origen divino y de aquellos que surgieron a partir de la Caída.

La tarea práctica que se deriva de ello es la tarea de la alquimia espiritual: la transmutación de los instintos caídos en sus prototipos no caídos, es decir, la transmutación del «águila» en el Águila, del «león» en el León, del «toro» en el Toro, del «hombre» en el Ángel —o, en otras palabras, la tarea de establecer o restablecer la esfinge sobre la rueda de la instintividad, con el fin de transformar la «rueda» del automatismo psíquico en la esfinge. ¿Cómo hacerlo?

A través de metamorfosis, es decir, mediante una alternancia de contracción y expansión... del mismo modo que el crecimiento de una planta es la manifestación de dos tendencias —vertical y horizontal— que actúan alternativamente, de modo que la primera la empuja hacia arriba, y la segunda la hace florecer—, así también las metamorfosis psíquicas actúan limitando la tendencia a la expansión, lo que conduce a un nuevo ascenso, al que sigue una expansión en un nuevo nivel, alcanzado gracias a ese ascenso, y a este le seguirá una limitación que conducirá a un nuevo ascenso, y así sucesivamente. Esta es la ley de las metamorfosis que Goethe estableció y estudió en el reino vegetal, y es también la ley de la transmutación de las fuerzas psíquicas: el camino estrecho, o el camino de la Cruz, en el reino humano. Pues tanto las personas como las plantas viven según la ley de la Cruz: las segundas de forma orgánica, las primeras de forma espiritual. Por esta razón, la planta es un «manual» de hermetismo práctico, en el que se pueden leer las leyes inquebrantables de la ciencia espiritual. Schiller, «hermano» de Goethe, lo comprendía y por eso decía:

¿Buscas lo más elevado, lo más grandioso?
Hasta una planta te lo mostrará.
Sé conscientemente lo que la planta es inconscientemente.
— ¡Eso es todo!
("Suchst du das Hochste, das Grosste? 
Die Pflanze kann es dich lehren, 
Was sie willenlos ist, sei du es wollend 
- das ist's!")

Todo ello se debe a que el reino vegetal es el ámbito más prístino de la Naturaleza tras la Caída, y también a que el ser humano se encuentra en el camino de la Reintegración. Por eso, cada jardín guarda en su interior algo del jardín del Edén y puede servir de biblioteca viviente para quien aspira a la salvación.

Se trata, por tanto, de extender la ley de la Cruz, que gobierna el reino vegetal de forma orgánica y el reino humano de forma espiritual, también al reino animal. Y esto debe hacerse no mediante el adiestramiento de perros, caballos y loros, sino mediante la aplicación de la ley de la Cruz al principio animal interno de la vida psíquica del ser humano. Hay que refrenar al toro que hay en nosotros mismos para elevarlo hasta el «Toro». Esto significa que el deseo instintivo, que se manifiesta, por ejemplo, como ira, centrada en un solo objeto y que ciega al ser humano ante todo lo demás, debe ser refrenado y, de este modo, elevado hasta convertirse en una inclinación hacia la meditación profunda. Toda esta operación se resume en el hermetismo con las palabras «guarda silencio». La prescripción de «guardar silencio» no es, como la interpretan muchos autores, solo una regla de prudencia; es un método práctico para transformar ese instinto estrecho y cegador en un anhelo por las profundidades y, en consecuencia, en una aversión hacia todo lo superficial.

Por lo tanto, el Toro alado es el resultado de cumplir la regla de «guardar silencio». Esto significa que el Toro se eleva al nivel del Águila y se une a ella. De esta unión surge una estrecha alianza entre el impulso hacia las alturas y la atracción hacia las profundidades. La unión de los opuestos —este tema tradicional de la alquimia— es la esencia de la aplicación práctica de la ley de la Cruz. Pues la Cruz es la unión de dos pares de opuestos, y la acción de la Cruz es la labor de reconciliación de cuatro opuestos: dos verticales y dos horizontales. El Águila y el Toro son opuestos verticales: representan las tendencias hacia las alturas y las profundidades, hacia lo general y lo particular, hacia la visión global y los pequeños detalles.

El Ángel y el León constituyen otro par de opuestos en la intersección de los instintos humanos. Aquí se trata de la transformación de la valentía belicosa en valor moral, es decir, en el valor de la conciencia. Pues el instinto que llamamos «conciencia moral» es el resultado de la inspiración del Ángel, y se alcanza mediante la elevación de la valentía instintiva, es decir, la sed de heroísmo, aventuras y lucha, de modo que esta última se une a la conciencia y se convierte en el valor moral que tanto admiramos en los mártires y los santos.

El León Alado es el resultado que se alcanza al cumplir la regla que se denomina «atreverse», lo cual implica la presencia de valor moral. Del mismo modo que el Toro adquiere alas a través de su unión con el Águila, al cumplir la regla de «guardar silencio», y como el Águila adquiere la constancia y la perseverancia del Toro gracias al cumplimiento de la regla de «desear», — así también el León obtiene sus alas mediante su unión con el Ángel, al cumplir la regla de «atreverse», y el resultado de la inspiración del Ángel, que es consecuencia de la «audacia» de alguien, se convierte en una confianza espontánea, que se adquiere al cumplir la regla designada por el término «saber». Tales son, por lo tanto, las cuatro líneas de esfuerzo a la luz de la resolución del enigma simbolizado por la esfinge: guardar silencio, desear, atreverse y saber.

«Guardar silencio» es la restricción de la voluntad que se eleva a sí misma y el cumplimiento de la ley de la Cruz como resultado de dicha restricción. Posteriormente, esta se expande a otro nivel, donde se convierte en la verdadera «voluntad».

La atención constante a la conciencia refrena la impulsividad, y esta última, como resultado, se eleva a un nuevo nivel en el que encuentra su expansión. Refrenar la impulsividad mediante la conciencia: en esto radica el sentido práctico de las reglas de «atreverse» y «saber».

Pues solo en armonía con el conocimiento surgido gracias a la conciencia, la audacia se convierte en «osadía legítima» o en valor moral. 

Tal es el principio milenario del ascetismo hermético. Se basa en la ley de la Cruz; su objetivo es la esfinge, en la que el principio animal se une al principio humano. Es evidente que se trata de una doctrina muy antigua y que las raíces más profundas del Décimo Arcano son el hermetismo antiguo, tal y como era antes de nuestra era; a través de él entramos en contacto con las ideas de quienes erigieron la esfinge y las pirámides. A esta conclusión nos lleva el testimonio espiritual, y en absoluto el testimonio iconográfico e histórico. 

Es más, esto se ve reforzado por lo que falta en la décima carta. Esta nos presenta la rueda del principio animal y la esfinge como solución a un problema práctico del principio animal. Pero un análisis más profundo y minucioso de la esfinge y de todo el contexto de la carta nos lleva inevitablemente a los cuatro animales y a todo lo que ello implica: al principio animal divino y caído, a la Caída y a la Reintegración, al principio del ascetismo práctico, etc. Todo ello puede respaldarse con los hechos y conocimientos que nos proporcionan la historia, la psicología y la biología modernas. Pero a esta carta le falta un elemento esencial —la quinta essentia, la «quinta esencia»—, que haría realidad para nosotros a la esfinge, pero que en sí misma no es la esfinge. Aquí no se indica el principio activo de la Cruz, esa misma «quinta esencia», sin la cual toda acción no puede llevarse a cabo y se quedará solo en conocimiento y esperanza. La esfinge se representa aquí como la solución definitiva o, más bien, como el último enigma.

La ausencia de una referencia directa (pues, de forma indirecta, toda la carta está relacionada con el enigma de la esfinge y, por tanto, con la «quinta esencia») en el contexto de la carta al principio del Nuevo Adán, que es precisamente esa «quinta esencia» (lo cual, a día de hoy, es un lugar común tanto en el esoterismo como en el exotismo), apunta al origen precristiano de la décima carta. Desde el punto de vista iconográfico, es evidentemente medieval (del Alto Medievo), al igual que todas las demás cartas de los Arcanos Mayores, pero por su contenido interno esta carta es más antigua, o más concretamente, precristiana. 

¿Es la más antigua o simplemente la menos desarrollada de las veintidós cartas de los Arcanos Mayores del Tarot?

Dado que estas veintidós cartas constituyen un «organismo» integral, no se trata de fuentes de origen diversas o fundamentalmente distintas entre sí para cada carta, sino más bien del grado de su evolución o transformación. Pues el tarot tampoco es una rueda ni un círculo cerrado, sino una espiral; es decir, se desarrolla a través de la tradición y… la reencarnación.

Los autores que veían en el tarot el «Libro Sagrado de Thot» (Thot = Hermes Trismegisto) tenían razón y se equivocaban a la vez: tenían razón al rastrear la historia de la esencia del tarot hasta tiempos antiguos, hasta el antiguo Egipto; y se equivocaban al suponer que el tarot se había heredado del antiguo Egipto, es decir, que se había transmitido de generación en generación, sufriendo solo cambios iconográficos insignificantes. A favor de esta afirmación, citan la leyenda (que probablemente ya conocéis) sobre el consejo de los sacerdotes egipcios, que debatían cómo preservar la esencia de su sabiduría para las generaciones venideras una vez que se apagara la luz de Egipto.

Se rechazaron una tras otra las propuestas —si plasmar la sabiduría en papel, piedra, metal, etc.— y, finalmente, se decidió confiarla a un elemento menos propenso a la destrucción y más duradero que el papel, la piedra y el metal, es decir, al vicio humano. Así se inventó el juego de cartas que ha llegado hasta nosotros: el tarot.

Pero desde el punto de vista iconográfico, el tarot pertenece sin duda a la Edad Media. Desde el punto de vista histórico, en cambio, no hay pruebas que indiquen su existencia antes de finales del siglo XIV (cf. 114: pp. 48 y ss.). Por lo tanto, si se tratara de un juego popular inventado como tal por los sabios egipcios, tendríamos que enfrentarnos a una enorme cantidad de material sobre el tarot (como juego de cartas) acumulado a lo largo de los catorce o, como mínimo, diez siglos anteriores, durante los cuales reinó un profundo silencio en torno al tarot.

No, el tarot no se ha heredado, sino que se ha reencarnado. Se ha «reencarnado» de acuerdo con la experiencia de la psicología profunda contemporánea de la escuela de Jung, quien descubrió la conexión entre los misterios y cultos antiguos, e incluso arcaicos, y las profundidades del subconsciente de las personas del siglo XX. El tarot, ese «Libro Sagrado de Thot», no se ha heredado ni transmitido: ha renacido.

A favor de esta afirmación, citaremos otra cita, remitiéndonos esta vez no a la leyenda anteriormente mencionada en su interpretación moderna, sino al texto de un tratado hermético griego muy antiguo. Se trata de Kore Kosmu, o Isis, que instruye a su hijo Horus en los misterios de los cielos. Aquí se habla del «Libro Sagrado de Thot», de su contenido y su origen. A continuación, se reproduce el texto correspondiente:

«Mientras el Maestro que creó el Universo no quiso darse a conocer, todo estaba sumido en la ignorancia. Pero cuando decidió revelarse, infundió en algunas personas divinas un deseo ardiente de conocerlo y dotó a su mente de un resplandor más brillante que el que ya habitaba en su pecho, de modo que ahora pudieran, en primer lugar, desear buscar a un Dios que aún les era desconocido y, a continuación, encontrar la fuerza para hallarlo. Pero esto, mi maravilloso hijo Gor, habría sido imposible para los mortales si no hubiera aparecido alguien cuya alma respondiera con sensibilidad a la influencia de las santas Fuerzas celestiales. Y ese hombre fue Hermes, que lo comprendió todo. Hermes veía todas las cosas y comprendía todo lo que veía, y estaba dotado del don de explicar a los demás lo que comprendía... pues lo que descubrió lo grabó en tablillas y las ocultó a buen recaudo, dejando la mayor parte inaccesible a los profanos, de modo que todos los siglos venideros pudieran dedicarse a la búsqueda... Y Hermes dijo así: «... Y ahora debo guardar en el tesoro, junto a los objetos secretos de Osiris, estos símbolos sagrados de los elementos cósmicos y, tras recitar oraciones sobre ellos, partir hacia los cielos». No puedo, hijo mío, dejar este relato inconcluso; debo contarte todo lo que dijo Hermes cuando guardó sus libros en el tesoro. Y él dijo así: «Vosotras, libros sagrados, escritos por mi mano mortal, pero impregnados con el bálsamo de la inmortalidad por Aquel que reina sobre todo, permaneced intactos por todos los siglos, y sed invisibles y ocultos para todos aquellos que vengan a las extensiones de esta tierra, hasta que los cielos envejecidos den a luz a criaturas (a las que el Creador llamó almas) dignas de vosotros». Tras pronunciar esta oración sobre las obras de sus manos, Hermes fue admitido en el santuario de las esferas eternas» (78: vol. I; pp. 459-461).

Esta es la versión greco-egipcia sobre la naturaleza y el origen del «Libro Sagrado de Thot». Según esta versión, los libros que la componen fueron escritos por «mano mortal», pero están «impregnados del bálsamo de la inmortalidad» y se conservan «intactos por los siglos de los siglos» en el «santuario de las esferas eternas», propiedad de Hermes, para que «todas las generaciones venideras puedan emprender su búsqueda»... Por consiguiente, están «inscritos» mágicamente en el espacio entre el cielo y la tierra, lo suficientemente cerca de la tierra como para que las almas de los buscadores en la tierra puedan alcanzarlos y despertar en ellas el espíritu de la búsqueda con su atractivo, pero, por otro lado, lo suficientemente lejos como para que nunca puedan ser comprendidas por el intelecto cerebral, es decir, para que este no pueda apoderarse de ellas, someterlas a análisis y utilizarlas para sus propios fines. El origen del «Libro Sagrado de Thot» debe buscarse en la esfera «transcerebral», la esfera de la superconciencia. Por esta razón, no hay que buscar en criptas, manuscritos o inscripciones talladas en piedra, ni siquiera en sociedades secretas y hermandades, sino en el «santuario de las esferas eternas», que pertenece a Hermes. Es necesario elevarse por encima de la esfera del intelecto cerebral, pues los «libros sagrados» fueron escritos, según el tratado hermético que hemos citado, antes de la formación del cerebro. Nos lanzan un llamamiento —mágicamente irresistible— a través del tiempo, «a través de todos los siglos», para que traspasemos los límites del intelecto cerebral y elevemos a «las criaturas dignas de ellas, aquellas a las que el Creador llamó almas», hasta la esfera donde se conservan.

Este ámbito, este jardín de «símbolos sagrados de los elementos cósmicos», cultivado entre la tierra y el cielo; estas fórmulas mágicas, símbolos gnósticos y fuegos místicos de la revelación primigenia, que conforman un «santuario» por encima del intelecto cerebral, pero por debajo de los cielos: eso es precisamente la realidad del hermetismo. Este es el verdadero estímulo que, a lo largo de todos los siglos, impulsa a las almas de los hombres a aspirar a la visión de «todas las cosas»; y, una vez contemplada esta totalidad, a comprenderla; y, una vez comprendida, a adquirir la fuerza para revelarla y mostrarla. La totalidad de las cosas (ta sympanta) es el alma del hermetismo en todos los tiempos, «a lo largo de todos los siglos». Del mismo modo que el cerebro es un órgano de especialización práctica, la llamada y el anhelo hacia la totalidad de las cosas se reducen a la llamada y al anhelo de superar al cerebro y al intelecto cerebral.

El hermetismo ha acompañado a la humanidad a lo largo de los siglos. ¿Se explica esto únicamente por el talento de los autores de los monumentos literarios sobre el hermetismo? ¿O se debe a la cadena de sociedades secretas, o de nuevo al inalterable atractivo de todo lo misterioso? Quizás...

Pero, ¿por qué, entonces, se valora la literatura hermética independientemente de la época? ¿Y por qué surgen invariablemente sociedades secretas? ¿Por qué, en definitiva, el misterio en sí mismo resulta tan atractivo?

Porque en las profundidades del subconsciente —que llama a la puerta y desea convertirse en conciencia— se encuentra el «santuario de las esferas eternas», donde se guarda el «Libro Sagrado de Thot», del que surgen y reciben su nueva encarnación las obras simbólicas y herméticas. El Tarot es una de esas obras.

El Tarot tiene su propio prototipo invisible, y la función y la misión del Tarot consisten en elevar el alma hasta ese original. Por eso constituye un sistema de ejercicios espirituales. Proporciona al alma la orientación y el impulso necesarios para traspasar los límites del intelecto cerebral, a fin de penetrar en el «santuario de las esferas eternas», donde se custodian los «símbolos sagrados de los elementos cósmicos».

El conjunto de cosas... la intuición que trasciende el intelecto cerebral... el hermetismo... Pero, ¿por qué el hermetismo? ¿Acaso no es eso a lo que aspira toda filosofía metafísica y toda práctica mística religiosa?

La práctica mística de la religión también, por supuesto, trasciende los límites del intelecto cerebral. Pero su objetivo es alcanzar los cielos, y en absoluto la zona intermedia entre el cielo y la tierra, donde se guarda la revelación original de los «misterios celestiales». Los santos viven de la luz, el calor y la vida de los cielos. Sus vidas están iluminadas por los rayos de la luz celestial —dorados, azules y blancos— y están impregnadas de ellos por completo.

En cuanto a los hermetistas, están llamados —¿o debería decir «condenados»?— a no vivir ni por el día terrenal ni por el Día celestial, sino sumergidos en la Noche, en la profunda oscuridad del misterio de las relaciones entre el cielo y la tierra. El pensamiento que une el cielo y la tierra, y que es inherente en igual medida tanto a toda estructura fenoménica terrenal como a toda esencia nouménica celestial, es la visión y la comprensión de la totalidad de las cosas como capacidad para revelarla y mostrarla.

Los santos, por su parte, no aspiran al pensamiento cósmico, ni a la comprensión de la totalidad de las cosas, sino a la vida divina.

¿Y la metafísica? ¿Acaso los filósofos idealistas no aspiran a comprender la totalidad de las cosas a través del pensamiento?

Platón, padre de la filosofía metafísica, tuvo una experiencia de pensamiento transcerebral, un pensamiento no inventado, sino vislumbrado. Por eso enseñaba el método de la elevación gradual por encima del intelecto cerebral: la elevación desde la «opinión» (δοξα), es decir, lo posible, hasta la «conclusión» (διανοια), es decir, lo probable, mediante pruebas dialécticas y, finalmente, desde la probabilidad de la conclusión hasta la certeza de la percepción inmediata (επιστημη). Precisamente gracias a la επιστημη, gracias a la percepción inmediata, alcanzó la experiencia del pensamiento objetivo y cósmico, al que denominó «mundo de las ideas». Al adquirir la experiencia de las ideas, que no fueron ideadas ni inventadas por el intelecto cerebral subjetivo, sino percibidas y contempladas a través de επιστημη, Platón cometió un error, —por cierto, perfectamente comprensible—, al poblar las esferas superiores del mundo espiritual con ideas, aunque no existe ningún «mundo de las ideas» como un mundo aislado o una esfera especial. Todo el mundo está poblado únicamente por seres individuales, y las ideas viven y existen solo en ellos, a través de ellos y en las relaciones entre ellos. Las ideas son indudablemente reales, pero solo como realidad inmanente, no como realidad aislada. Las ideas viven únicamente en una conciencia concreta, ya sea en la conciencia de Dios, de las jerarquías angélicas o del ser humano.

Pero también pueden proyectarse hacia el exterior (o «grabarse en piedra», como reza nuestro antiguo tratado), plasmarse en símbolos o fórmulas y conservarse así en el mundo espiritual objetivo. Todo este proceso de proyección, plasmación y conservación de las ideas se denomina en el hermetismo «la escritura del libro». Es precisamente de este libro del que hablan las palabras del Apocalipsis:

«Y vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos» (Ap. 1: 5).

Tal es también el «Libro Sagrado [o libros] de Thot», del que habla Kore Kosmu.

Así pues, Platón, elevándose por encima del intelecto cerebral, se encontró con el «Libro Sagrado de Thot», con los «símbolos sagrados de los elementos cósmicos», los cuales permanecen «intactos e incorruptibles» en el «santuario de las esferas eternas», que pertenece a Hermes. Como hermetista, alcanzó su «santuario», pero, al ser también un filósofo especulativo, no supo valorar debidamente el hecho mágico de ese monumento espiritual vivo y le dio una interpretación —posteriormente rechazada por su propio discípulo Aristóteles— no mágica, sino «racional», postulando la existencia de un «mundo de las ideas» más allá del mundo de los fenómenos.

Ahí radica el principal error de toda la filosofía metafísica, desde Platón hasta nuestros días. Esta atribuye a las ideas una existencia independiente. Las ideas, sin embargo, solo viven en la conciencia de los individuos o están presentes de forma potencial en los libros —en los libros escritos de forma visible, como las Sagradas Escrituras, en los libros invisibles, es decir, en los monumentos espirituales vivos creados por la acción de la magia divina—, o, por último, en todo el mundo, que también constituye un gran libro que contiene en su potencial las ideas de su creación y su destino, expresado en el simbolismo de los hechos.

He aquí, por lo tanto, en qué se diferencia el hermetismo del misticismo religioso y de la filosofía metafísica. El hermetismo, como aspiración a comprender la totalidad de las cosas, no es ni una escuela, ni una secta, ni una comunidad. Es el destino de una determinada clase o grupo de almas. Pues hay almas que no pueden dejar de aspirar a comprender la «totalidad de las cosas», impulsadas a ello por el río del pensamiento, eterno e incesante, que fluye hacia lo infinito... A estas almas no les está destinado conformarse con lo efímero; ni en la juventud, ni en la madurez, ni en la vejez: no pueden, sin renunciar a su propia vida, salir de este río infinito del pensamiento, que, sin detenerse en su curso, fluye de una oscuridad —que espera la iluminación— a otra —que espera ser penetrada—. Así fue y así seguirá siendo también mi destino. Y al dirigir estas cartas a un amigo desconocido, me dirijo a quien comparte conmigo este destino.

Señor profesor, perdone este anhelo descarado e inmodesto (si no infantil a sus ojos): el anhelo de alcanzar la seguridad personal respecto al conjunto de las cosas, algo que usted, en sus celosos y fructíferos trabajos, espera alcanzar solo tras siglos de esfuerzos colectivos de la gran comunidad de científicos. Pero sepa, al menos, que le estoy infinitamente agradecido y que, en mi persona, cuenta con un alumno siempre aplicado, lleno de respeto y gratitud, a quien nunca se le ocurriría darle lecciones de ningún tipo.

Señor sacerdote, perdóneme por lo que usted considera orgullo humano, que desea penetrar en los misterios del Señor en lugar de inclinarse ante la sabiduría y la bondad divinas y aceptar con la humildad propia de un cristiano, las verdades de la salvación reveladas por Dios, que —en la medida en que se pongan en práctica— bastan plenamente para la prosperidad, la felicidad y la salvación del alma. Y ahora me dirijo a usted como si estuviera en confesión: no puedo evitar aspirar a las alturas, las profundidades y las amplitudes de la verdad universal, a la comprensión de la totalidad de las cosas. Con el alma abierta y sin vacilar, ofrezco en sacrificio mi intelecto («sacrificium intellectus»), ¡pero cuán poderosa vida ha adquirido mi pensamiento gracias a ello, cuán alto se ha elevado la llama de la sed espiritual de conocimiento! Sé que las verdades de la salvación, reveladas y transmitidas a nosotros por el Concilio de la Santa Iglesia, son necesarias y suficientes para la salvación; no dudo en absoluto de su veracidad y me esfuerzo con todas mis fuerzas por ponerlas en práctica; pero no puedo detener el curso del río del pensamiento, que me arrastra hacia misterios destinados, tal vez, solo a los santos —o quizá solo a los ángeles— y, en cualquier caso, no dudo en absoluto de que están destinados a seres más dignos que yo. ¿Me concederá la absolución de mis pecados, padre?

Sea como sea, solo puedo repetir las palabras de Jacob: «No te dejaré marchar hasta que me hayas bendecido» (Génesis 32:26).


COMENTARIOS


1. «Sabbath».
2. Ortogénesis: teoría de la evolución dirigida («por la Providencia»); opuesta a la teoría darwinista de la «selección natural».
3. «καθολικος»: «universal», «católico»: una de las primeras autodefiniciones dogmáticas de la Iglesia en cuanto a su condición.
4. «Naturaleza creada» (lat.).

Traducido por J.Luelmo -jul.2026-