Valentin Tomberg
Meditaciones sobre el tarot.
Un viaje a los orígenes del hermetismo cristiano.
EL DIABLO
Querido amigo desconocido,
Aún bajo la impresión del Arcano de la Inspiración, con su figura alada que vierte agua viva de un recipiente a otro, nos encontramos ante otro ser alado. Este ser se yergue de pie sobre un pedestal, sosteniendo una antorcha encendida sobre dos figuras atadas al pedestal. Ahora nos toca pasar al Arcano de la anti-inspiración. Si el Arcano XIV del Tarot nos introduce en el misterio de las lágrimas y la moderación de la inspiración, el Arcano XV nos iniciará en los secretos del fuego eléctrico y el éxtasis de la anti-inspiración.
Este es el siguiente capítulo del drama de los destinos de la imagen y semejanza de Dios, que nos toca leer.
Pero antes de comenzar la meditación sobre el Arcano de la antiinspiración, debemos tener en cuenta una diferencia sustancial entre la meditación sobre el Arcano «El Diablo» y la meditación sobre los demás Arcanos del Tarot. Consiste en lo siguiente.
Si el Tarot constituye una secuencia de ejercicios espirituales o herméticos, y todo ejercicio espiritual conduce a la identificación del meditador con el objeto de la meditación, es decir, a un acto de intuición, entonces el Arcano XV del Tarot, aunque sea un ejercicio espiritual, no puede —ni debe— conducir a la identificación del meditador con el objeto de la meditación. No debe alcanzarse el conocimiento intuitivo del mal, pues la intuición es identificación, y la identificación es asimilación.
Lamentablemente, muchos autores, —ocultistas y no ocultistas—, abordan, con cualquier pretexto y cada uno a su manera, los problemas profundos del bien y del mal, creyendo que deben «hacer todo lo posible» para penetrar lo más profundamente posible en sus investigaciones tanto en los misterios del bien como en los secretos del mal. Así, Dostoievski, al tiempo que revela al mundo algunas verdades cristianas profundas, también pone de manifiesto los métodos prácticos y ocultos del mal. Esto se aprecia, ante todo, en su novela «Los demonios».
Otro ejemplo del énfasis excesivo en el conocimiento del mal, —y por lo tanto, de la absorción de la conciencia por parte de este—, es la obsesión desmesurada por el problema del mal doble (e incluso triple) en el ámbito de los antropósofos alemanes. Lucifer y Ahriman, estos dos principios del mal, —el subjetivo y el objetivo, el seductor y el hipnótico—, se han apoderado de la conciencia de los antropósofos hasta tal punto que, a sus ojos, casi todo se clasifica como ahrimánico o luciférico. La ciencia, por su objetividad, es ahrimánica; el misticismo cristiano es luciférico, ya que es subjetivo. Oriente se encuentra bajo el dominio de Lucifer, pues niega la materia; Occidente, bajo el dominio de Ahrimán, ya que ha creado la civilización material y tiende al materialismo. Todos los mecanismos, incluidos la televisión y la radio, encierran en su interior demonios ahrimánicos. Los laboratorios son bastiones de Ahrimán; los teatros (y, según la creencia de algunos, también las iglesias) son fortalezas de Lucifer. Y así sucesivamente. Los antropósofos tienden a clasificar miles de hechos en función del grado de maldad que se manifiesta a través de ellos, lo cual es más que suficiente para mantener ocupadas sus mentes día tras día. Este tipo de actividades se reducen a una relación cada vez mayor con el mal y, en consecuencia, a una disminución del contacto vivo e inspirador con el bien. El resultado es una sabiduría desprovista de fuerza creadora, sin alas y mutilada, capaz únicamente de repetir e interpretar hasta la saciedad todo lo que dijo su maestro, el doctor Rudolf Steiner. ¡Y eso que Rudolf Steiner dijo sin duda cosas que, por su propia naturaleza, son capaces de despertar las más grandes fuerzas creativas! Bastaría con un solo ciclo de conferencias sobre los cuatro Evangelios y sobre las jerarquías celestiales, que impartió en Helsinki y Düsseldorf (por no hablar del libro «Cómo alcanzar el conocimiento de los mundos ocultos»), bastaría para encender un entusiasmo creativo profundo y maduro en cualquier alma que aspire a adquirir una experiencia auténtica del mundo espiritual. Pero la obsesión excesiva por el problema del mal cortó las alas al movimiento antroposófico y lo convirtió en lo que llegó a ser tras la muerte de su fundador: una especie de promotor cultural que aboga por diversas reformas (en el arte, la educación, la medicina y la agricultura), desprovisto de esoterismo vivo, es decir, de mística, gnosis y la magia, a las que sustituyeron las conferencias, los estudios y el trabajo intelectual, orientado a conciliar los escritos publicados con las transcripciones taquigráficas de las conferencias del maestro.
Para evitar el colapso de todas las fuerzas creativas de la vida o un riesgo aún mayor, —convertirse en un instrumento de las fuerzas del mal—, no se debe abordar el problema del mal sino desde la distancia adecuada y con la debida precaución. Solo se puede comprender en profundidad, es decir, intuitivamente, aquello que se ama. El amor es un elemento vital para el conocimiento profundo e intuitivo. Es imposible amar al mal. Por lo tanto, el mal es, en esencia, incognoscible. Solo se puede comprender desde la distancia, observando sus manifestaciones.
Por eso, sin duda encontrarás descripciones vívidas, —aunque esquemáticas—, de las jerarquías celestiales en Dionisio el Areopagita, los santos Buenaventura y Tomás de Aquino, así como en la Cábala y en los escritos de Rudolf Steiner, pero sería en vano buscar una descripción similar de las jerarquías del mal. En los libros de brujería y en la Cábala práctica (la de Abramelin el Mago, por ejemplo) puedes encontrar multitud de nombres de seres individuales que pertenecen a las jerarquías del mal, pero no encontrarás un sistema de clasificación general de los mismos a semejanza de la descripción de las jerarquías celestiales que ofrece Dionisio el Areopagita. El mundo de las jerarquías del mal se asemeja a una exuberante selva tropical, donde, por supuesto, puedes distinguir, si es necesario, cientos y miles de plantas distintas, pero nunca llegarás a tener una visión clara de su conjunto. El mundo del mal es un mundo de caos; al menos así se presenta a la vista del observador.
No conviene adentrarse en esta selva para no perder el rumbo; es mejor observarla desde fuera. Por eso, la meditación sobre el Arcano «El Diablo» debe seguir las reglas antes mencionadas sobre la relación con el mal. Esto significa que debemos intentar comprender este Arcano desde la distancia, mediante el método fenomenológico.
Pasemos, pues, al análisis «fenomenológico», es decir, al análisis directo de la propia carta. En primer lugar, en ella aparecen representados tres personajes. El que está en el centro es más grande que los demás y se yergue de pie sobre un pedestal, al que están atadas las otras dos figuras. El personaje central representa un ser andrógino con alas de murciélago extendidas hacia arriba. Tiene la mano derecha levantada; en la izquierda, que mantiene bajada, sostiene una antorcha encendida. Sus alas y piernas son de color azul. Lleva un cinturón rojo; en la cabeza, un gorro amarillo con dos cuernos amarillos parecidos a los de un ciervo; ese es todo su atuendo.
Los otros dos personajes a ambos lados de él representan a un hombre y una mujer desnudos. Ambos tienen colas y orejas de animal. En la cabeza llevan gorros rojos con cuernos similares a los de un ciervo. Tienen las manos atadas a la espalda y, mediante una cuerda que les rodea el cuello, están sujetos a un anillo central fijado en la parte inferior roja del pedestal del personaje principal. En este último cabe destacar otro rasgo característico: es bizco, con las pupilas juntas en el puente de la nariz.
¿Qué conjunto de ideas despierta, ante todo, esta carta? Diría que estas ideas, por su propia esencia, tienen precisamente un significado espiritual práctico, es decir, su contenido es el arcano práctico del hermetismo como síntesis de la mística, la gnosis y la magia. ¿Hay aquí algo en común con la metafísica cósmica del mal, o con la historia de la rebelión de la parte apóstata de las jerarquías celestiales bajo el liderazgo del «dragón antiguo[1]», que «arrastró del cielo a la tercera parte de las estrellas» (Ap. 12: 3-4)? ¿No es de él de quien habla Ezequiel: «Tú eras un querubín ungido para dar sombra, y yo te puse para ello; estabas en el monte santo de Dios, caminabas entre las piedras de fuego. Fuiste perfecto en tus caminos desde el día de tu creación, hasta que se halló en ti iniquidad... Y te derribaré como impuro del monte de Dios; te expulsaré, querubín protector, de entre las piedras de fuego. Tu corazón se enorgulleció por tu belleza; por tu vanidad perdiste tu sabiduría; por eso te derribaré a tierra...» (Ez. 28:14-17)?
Por supuesto que no. Las ideas que evoca el Diablo representado en esta carta no guardan relación directa con el drama cósmico de la caída del «querubín guardián de la montaña de Dios» ni con el «dragón antiguo» que libra batalla contra el arcángel Miguel y su ejército celestial. El contexto global de la carta expresa más bien la idea de la esclavitud de dos seres atados al pedestal de un demonio aterrador. La carta no habla de la metafísica del mal, sino que imparte una lección sumamente práctica sobre cómo se puede perder la libertad al caer en la esclavitud de un monstruo espantoso que lleva a las personas a la degeneración, convirtiéndolas en seres semejantes a él mismo.
La idea principal del Arcano XV del Tarot es la creación de demonios y el poder que estos adquieren sobre quienes los han engendrado. Es el Arcano de la creación de seres artificiales y de la esclavitud en la que cae su creador, al convertirse en esclavo de sus propias creaciones.
Para comprender este Arcano, es necesario, en primer lugar, tener en cuenta que el mundo del mal no está compuesto únicamente por entidades caídas de las jerarquías celestiales (excluyendo a los serafines), sino también por entidades de origen no jerárquico, es decir, aquellas que, al igual que los gérmenes patógenos, los microbios y los virus en el ámbito de la biología, deben su origen —por decirlo en términos escolásticos— no a causas primarias ni secundarias, sino más bien a causas terciarias, es decir, al capricho malicioso de individuos concretos. Así pues, existen jerarquías de la «mano izquierda» que actúan dentro del marco de la ley, limitándose estrictamente a las funciones de acusadores que «llevan ante la justicia»; y, por otro lado, existen los «microbios del mal», o entidades creadas artificialmente por los seres humanos a partir de carne y hueso. Estos últimos son demonios cuya alma es una pasión especial y cuyo cuerpo es el conjunto de vibraciones «electromagnéticas» producidas por dicha pasión. Estos demonios artificiales pueden ser engendrados incluso por comunidades enteras de personas. Tal es el caso, por ejemplo, de los temibles «dioses» de los fenicios, los mexicanos e incluso los tibetanos actuales. El Moloch cananeo, que exigía sacrificios sangrientos de los primogénitos y al que se menciona con tanta frecuencia en la Biblia, no pertenece a las entidades jerárquicas, —ni buenas ni malas—, sino que es un egregor maligno, es decir, un demonio creado de forma colectiva y artificial por una comunidad de personas embriagadas por el miedo. A estas creaciones se suma también el Quetzalcóatl mexicano, que en esencia también era un demonio creado y venerado colectivamente.
En el Tíbet nos encontramos con un fenómeno único: la práctica «semicientífica» de la creación y destrucción conscientes de demonios. Resulta que el Arcano que estamos estudiando también es conocido en el Tíbet y se aplica allí como uno de los métodos de entrenamiento oculto de la voluntad y la imaginación. Este entrenamiento consta de tres etapas: la creación, mediante una imaginación concentrada y dirigida, de los tulpas (seres mágicos); a continuación, su animación; y, por último, la liberación de la conciencia de su dominio mediante un acto destructivo de conocimiento. De este modo se alcanza la comprensión de que no son más que fruto de la imaginación y, por lo tanto, ilusorios. El objetivo de estos ejercicios es llegar a no creer en los demonios tras haberlos creado con el poder de la propia imaginación y haberse enfrentado a ellos sin miedo cara a cara. Esto es lo que dice al respecto Alexandra David-Neel, quien escribió con un profundo conocimiento del tema:
«Pregunté sobre esto [la falta de fe] a varios lamas. “La falta de fe a veces surge de verdad”, dijo un geshe (estudiante de posgrado) de Dirgi (un monasterio de la provincia de Kham, en el Tíbet Oriental). —En esencia, es uno de los objetivos finales que persiguen los maestros místicos. Pero si el discípulo alcanza ese estado mental antes de tiempo, empieza a carecer de lo que parte de esos ejercicios deben desarrollar en él: la intrepidez. Es más, los maestros no aprueban la simple incredulidad, ya que la consideran contraria a la verdad. El discípulo debe comprender que los dioses y los demonios existen realmente para quienes creen en su existencia, y son capaces de hacer el bien o el mal a quienes los veneran o les temen. Sin embargo, son muy pocos los que llegan a la incredulidad en una etapa temprana del entrenamiento. La mayoría de los novicios ven realmente imágenes aterradoras...
...Tuve la oportunidad de conversar con un ermitaño de Ga (Tíbet Oriental) llamado Kushog Wangchen sobre los casos de muerte súbita durante los rituales de invocación de demonios. Este lama no mostraba ninguna tendencia a la superstición y, pensando que encontraría en él a alguien con ideas afines, le dije: «Todos ellos murieron de miedo. Sus visiones eran fruto de su propia imaginación. Los demonios no pueden matar a quien no cree en ellos». Para mi mayor sorpresa, el anacoreta respondió con un matiz especial en la voz: «De ahí se deduce, según usted, que basta con no creer en la existencia de los tigres para que ningún tigre le haga daño jamás»... A continuación, prosiguió: «La objetivación, consciente o inconsciente, de las representaciones mentales es un proceso sumamente enigmático. ¿Cuál es el destino de estas criaturas? ¿Quizás, al igual que los bebés nacidos de nuestra carne, estos hijos de nuestra mente comienzan a vivir su propia vida, se escapan a nuestro control y empiezan a desempeñar su propio papel? ¿No deberíamos suponer también que no somos los únicos capaces de engendrar tales criaturas? Y si existen tales criaturas mágicas («tulipa»), ¿no podríamos entrar en contacto con ellas —por voluntad de su creador o por alguna otra razón? ¿Y no podría ser una de esas razones que nosotros mismos, con nuestros pensamientos o acciones, creamos las condiciones que permiten a estas entidades manifestar algún tipo de actividad?.. «Es necesario saber defenderse de los tigres engendrados tanto por uno mismo como por otros» (5: pp. 94-95).
Esto es lo que piensan los maestros tibetanos sobre la magia que crea demonios. Y el experto francés en magia Eliphas Levi difícilmente pensaba de otra manera.
«La magia de la invocación de demonios, que inspiró el «Grimorio» del papa Honorio, el «Enchiridion» de León III, el ritual eclesiástico de expulsión de las fuerzas impuras, las sentencias de la Inquisición, los procesos de Lobardeman, los artículos de los hermanos Veio, los libros de los señores de Fayou, de Moita-Lambert y de Mirvilla; la magia de los brujos y de las personas piadosas, que no tienen nada que ver con la brujería, es motivo de condena para unos y de infinitas lamentaciones para otros. Por eso se publica este libro, principalmente con el objetivo de aportar, con la ayuda de Dios, claridad a esta molesta confusión, fruto de la imprudencia humana...
El hombre es el creador de su propio cielo y su propio infierno, y no existen otros demonios más que nuestras propias imprudencias. Las mentes sometidas al castigo de la verdad emprenden el camino de la rectificación a través del castigo y ya no sueñan con sembrar la confusión en el mundo» (80: pp. 322-323, 410) .
Pues, basándose en su propia experiencia, Eliphas Lévi veía en los demonios —como los íncubos, las súcubos, las matriarcas Leonardas que dirigen los sabás de brujas y los demonios de los poseídos—, meras creaciones de la voluntad y la imaginación humanas, que proyectan, individual o colectivamente, su contenido sobre la sustancia maleable de la «luz astral» y, de este modo, engendran demonios que, como vemos, en Europa se crean exactamente igual que los tulpán tibetanos.
El arte y los métodos de «creación de ídolos», prohibidos por el segundo de los diez mandamientos, son universales y tienen un origen muy antiguo. Al parecer, los demonios se han creado siempre y en todas partes.
Tanto Eliphas Lévi como los maestros tibetanos reconocen no solo el origen subjetivo y psicológico de los demonios, sino también su existencia objetiva. Engendrados subjetivamente, se convierten en fuerzas independientes de la conciencia subjetiva que los ha creado. Dicho de otro modo, son criaturas mágicas, pues la magia es la objetivación de aquello que tiene su origen en la conciencia subjetiva. Los demonios que no han alcanzado la etapa de objetivación, —es decir, de una existencia independiente de la vida psíquica de sus progenitores—, llevan una existencia semiautónoma, denominada en la psicología moderna «complejo psicológico». C. G. Jung los consideraba entidades parasitarias que, en relación con el organismo psíquico, son lo mismo que, por ejemplo, el cáncer en relación con el físico. Por consiguiente, un «complejo psicopatológico» es un demonio, siempre y cuando no haya surgido del exterior, sino que haya sido generado por el propio paciente. En esta etapa de maduración, el feto aún no ha nacido, pero ya lleva una vida casi independiente, alimentándose de la vida psíquica de su progenitor. Esto es lo que dice C. G. Jung al respecto:
«Se manifiesta como una formación autónoma que se infiltra en la conciencia... El complejo es, por así decirlo, un ser autónomo, capaz de interferir en los designios del «yo». En esencia, los complejos se comportan como personalidades derivadas o incompletas, dotadas de una vida mental propia» (73: 40: vol. 11, pp. 13-14).
Así pues, ese «ser autónomo, capaz de interferir en los designios del “yo”» y «que posee una vida mental propia», según nuestra interpretación, no es otra cosa que un «demonio».
Es cierto que el «demonio-complejo» aún no actúa fuera de la vida psíquica del individuo concreto, —aún no se ha convertido en miembro de pleno derecho de la variopinta y fantástica comunidad de los «tulipanes», o de los demonios que existen objetivamente y que, en ocasiones, pueden propinar golpes muy reales a la víctima que eligen, como ocurrió, por ejemplo, con San Antonio el Grande o con el vicario de Ars. El ruido claramente audible de tal ataque y los hematomas visibles para todos en el cuerpo de la víctima ya no son una cuestión psicológica, sino una realidad objetiva.
¿Cómo se engendran los demonios? Su engendramiento, como cualquier otro, es el resultado de la interacción entre los principios masculino y femenino, es decir, la voluntad y la imaginación, en el caso de los engendramientos a través de la vida psíquica del individuo. Un deseo perverso y contrario a la naturaleza, acompañado de la imaginación correspondiente, conforman juntos el acto de engendramiento de un demonio.
Por eso, el hombre y la mujer, atados al pedestal del personaje principal de la carta del Arcano XV, —el Diablo—, no son ni su creación ni sus hijos, como se podría pensar al ver su estatura, tan pequeña en comparación con la figura del demonio. Por el contrario, se trata de sus padres, esclavizados por su propia creación. Personifican la voluntad perversa y la imaginación antinatural que dieron vida a un monstruo andrógino, es decir, a un ser dotado de deseo e imaginación y que domina las fuerzas que lo engendraron.
En cuanto a los engendros colectivos, también en este caso el demonio, —denominado en este caso egrégor—, es asimismo producto de la voluntad y la imaginación, solo que esta vez colectivas. Nos son bien conocidos los egregores nacidos en nuestra época.
«Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo», así comienza el «Manifiesto del Partido Comunista» de Karl Marx y Friedrich Engels, escrito en 1848. El «Manifiesto» continúa:
«Todas las fuerzas de la vieja Europa se unieron para la sagrada caza de este fantasma: el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y la policía alemana»[2].
Mientras tanto, el fantasma creció y cobró fuerza. Engendrado por la voluntad de las masas, provocado por la desesperanza que acompañó a la «revolución industrial» en Europa, alimentado por la indignación del pueblo, acumulada de generación en generación, armado con una falsa razón basada en la dialéctica de Hegel puesta del revés, este fantasma ha crecido y sigue rondando por Europa y otros continentes... Hoy en día[3], ya una tercera parte de la humanidad se arrodilla ante esta deidad y le sigue los designios en todo.
Lo que aquí expongo sobre el origen del más imponente de los egrégores contemporáneos concuerda plenamente con la propia doctrina marxista. Y es que, para el marxismo, no existe ni Dios ni dioses, sino únicamente «demonios», es decir, creaciones de la voluntad y la imaginación de las personas. Tal es la esencia de la doctrina marxista fundamental sobre la denominada «superestructura ideológica». Según esta doctrina, solo el interés económico, —es decir, la voluntad—, crea, —es decir, imagina[4]—, una u otra ideología: religiosa, filosófica, social o política. Para el marxismo, todas las religiones no son más que tales «superestructuras ideológicas», es decir, formaciones creadas por la voluntad y la imaginación humanas. Y el propio marxismo-leninismo no es más que una superestructura ideológica, un producto de la imaginación intelectual basado en la voluntad de organizar, —o reestructurar—, la sociedad, la política y la cultura según un modelo determinado. A este modo de erigir superestructuras ideológicas basadas en la voluntad nos referimos cuando hablamos de la generación colectiva de demonios o egregores.
Así pues, existe la Palabra, —y existen los egregores a los que rinde culto la humanidad—; existe la revelación de la verdad divina, —y la manifestación de la voluntad de los seres humanos—; existe la veneración a Dios y la adoración de ídolos creados por el hombre. ¿No se encuentra tal vez, al mismo tiempo, el diagnóstico y el pronóstico de toda la historia futura de la humanidad en la tradición bíblica que cuenta que, precisamente en el momento en que Moisés recibía la revelación de la Palabra en la cima del monte Sinaí, el pueblo que se encontraba a sus pies fabricó un becerro de oro y se postró ante él? La Palabra y los ídolos; la verdad revelada por Dios y las «superestructuras ideológicas» de la voluntad humana siempre han coexistido en la historia de la humanidad. ¿Ha habido siquiera un siglo en el que los servidores de la Palabra no se hayan enfrentado a los adoradores de ídolos, los egregores?
La decimoquinta carta del Tarot contiene una importante advertencia para todos aquellos que se dedican en serio a la magia: enseña el Arcano mágico de la creación de demonios y el poder que estos adquieren sobre quienes los han creado.
Nosotros, aquellos que nos hemos enfrentado por experiencia propia al demonio o egregor descrito anteriormente, así como a otro demonio engendrado por una voluntad colectiva obsesionada con ambiciones nacionales basadas en la imaginación, que ha extraído sus ideas del ámbito de la biología, —el egregor del nacionalsocialismo—,
sabemos de primera mano cuán terribles son las fuerzas que se esconden en nuestra voluntad y nuestra imaginación, y qué responsabilidad recae sobre quien les da rienda suelta. ¡Cuán ciertas son las palabras de que «el que siembra viento, cosecha tempestades» (Os. 8:7)... ¡Y qué tempestades!
Nosotros, los hombres del siglo XX, sabemos que las «grandes calamidades» de nuestro tiempo son los egrégores de las «superestructuras ideológicas», que han causado a la humanidad no pocas sufrimientos y se han cobrado más vidas que las grandes epidemias de la Edad Media.
Y, sabiendo esto, ¿no es acaso el momento de decirnos a nosotros mismos: guardemos silencio? Refrenemos los caprichos de nuestra voluntad y nuestra imaginación, sometiéndolos a la disciplina del silencio. ¿No es esto precisamente lo que reza una de las cuatro reglas tradicionales del hermetismo: atreverse, desear, saber y guardar silencio? Guardar silencio significa más que mantener algo en secreto; incluso más que evitar la profanación de los lugares sagrados, que exigen un silencio reverente. Guardar silencio es, ante todo, un gran mandamiento mágico que prohíbe engendrar demonios con el capricho de nuestra voluntad e imaginación; es la exigencia de obligarlos a callar.
Dediquémonos, pues, a la «Gran Obra» de la participación creativa en la tradición, —espiritual, cristiana, hermética, científica—. Sumerjámonos en ella por completo, estudiémosla, apliquémosla en la práctica, desarrollémosla, en definitiva, trabajemos no para destruir, sino para construir. Unámonos a las filas de los constructores del «gran templo» de la tradición espiritual de la humanidad, y procuremos aportar a él una pizca de nuestro esfuerzo. Que la Sagrada Escritura sea para nosotros sagrada. Que los Santos Sacramentos sean para nosotros verdaderos sacramentos. Que la jerarquía del poder espiritual sea para nosotros una auténtica jerarquía de poder. Y que la «filosofía imperecedera»[5] —así como la ciencia verdaderamente científica— encuentre en nosotros amigos del pasado y del presente y, si tal es la voluntad de Dios, ayudantes diligentes. Esto es lo que se desprende del mandamiento de «guardar silencio», que prohíbe engendrar demonios.
Así pues, los demonios siempre surgen de los excesos de una voluntad y una imaginación embriagadas. Si, (volviendo al ejemplo anterior), Marx y Engels se hubieran limitado a defender los intereses de los trabajadores industriales, sin permitirse, llevados por su propia imaginación embriagada, hacer afirmaciones de alcance histórico-universal e incluso cósmico, como, por ejemplo, que Dios no existe y que todas las religiones no son más que «opio del pueblo», que cualquier ideología no es más que una superestructura sobre la base de los intereses materiales, (y que así ha sido siempre y en todas partes), habrían aportado una contribución considerable a la tradición. Pues la preocupación por los derechos y el bienestar de los pobres es parte indisociable de la propia esencia de la tradición, —cristiana, judía, islámica, budista, hindú y humanista—. Llevados por la indignación, —no exenta de nobleza de corazón—, y por una amargura de decepción, no carente de fundamento, hacia las clases gobernantes, metieron en el mismo saco a Dios, a la burguesía, a los Evangelios, al capitalismo, a las órdenes monásticas mendicantes, a los monopolios industriales, a los filósofos idealistas y a los banqueros. ... y, sin pensárselo dos veces, declararon que todo ello eran desechos de la historia de la humanidad. Es tan claro como el agua que cayeron en el exceso, —es decir, que se salieron de los límites de su propia competencia, del conocimiento sensato y objetivo—, sin dudar lo más mínimo de su razón, llevados por la cresta de una ola embriagadora de radicalismo, es decir, de la voluntad y la imaginación que ansiaban febrilmente cambiarlo todo de un solo golpe. Es precisamente esa ansiedad febril por cambiarlo todo de un plumazo la que dio vida a ese demonio del odio de clase, el ateísmo, el desprecio por el pasado y la primacía de los intereses materiales sobre todo lo demás, que hoy se cierne sobre el mundo. Sin embargo, entre los instrumentos ciegos de este demonio hay excepciones: aquellos que intentan sinceramente sustituirlo por el espíritu de la auténtica preocupación por el ser humano, el espíritu de los sensatos Marx y Engels, es decir, de quienes piensan dentro de la tradición y no traspasan los límites ni de su competencia ni del objetivo fijado.
Guardar silencio significa la «Moderación» del Arcano XIV del Tarot, en contraposición al embriagamiento, cuya esencia y peligro se revelan en el Arcano XV. La inspiración de la «Moderación» puede convertirse en el embriagamiento del «Diablo». El anhelo inspirado de aliviar el destino de las masas pobres y oprimidas y restablecer la justicia social es capaz, —como ocurrió con Marx y Engels—, de convertirse en un embriagamiento por el radicalismo, es decir, en una fiebre de la voluntad y la imaginación que ansían cambiarlo todo de un solo golpe. Tal es la relación entre la inspiración del Ángel del Arcano XIV y la generación del demonio del Arcano XV. La historia de la humanidad nos ofrece numerosos ejemplos de la transformación de la inspiración original de la Moderación en un embriagamiento generador de demonios.
Esta relación entre el Arcano XIV y el XV arroja luz sobre cómo la religión del amor pudo conducir a las hogueras de la Inquisición; cómo la idea de la cooperación jerárquica entre los seres humanos condujo al sistema de castas (o, más bien, a la lucha de clases); cómo el método científico se convirtió en el dogma del materialismo; y cómo, por último, los hechos de la evolución biológica se utilizaron para fundamentar la doctrina de la desigualdad innata entre las razas y la superioridad de unos pueblos sobre otros que se deriva de ella. Esta lista dista mucho de ser exhaustiva, pero basta para mostrar claramente la importancia práctica de la interrelación entre el Arcano XIV y el Arcano XV del Tarot. Se trata de la interrelación entre la inspiración y la antiinspiración.
Desde los primeros siglos de la era cristiana se arraigó la costumbre de interpretar esta antinispiración como nada más que la «voz de la carne», lo que posteriormente contribuyó al auge de los dogmas fundamentales de las herejías maniquea y cátara, que proclamaban que la Naturaleza era, desde el principio, una creación del mal. Sin embargo, en el cristianismo de la Antigüedad tampoco faltaban afirmaciones de carácter totalmente opuesto. Esto es lo que decía, por ejemplo, San Antonio el Grande, autoridad indiscutible en cuestiones relacionadas con el «demonio de la carne»:
«Creo que en el cuerpo existe un movimiento natural, propio de él, que, sin embargo, no se produce si el alma no lo desea; y entonces en el cuerpo solo surge un movimiento desprovisto de pasión. Existe también otro movimiento que proviene de la alimentación y del placer que el cuerpo obtiene al comer y beber. El calor de la sangre, provocado por ello, impulsa al cuerpo a moverse... . Y hay otro movimiento, —en aquellos que se encuentran en medio de las luchas—, que proviene de la astucia y la envidia de los demonios... Es sabido que en el cuerpo hay tres tipos de movimiento carnal. El primero es el movimiento natural, propio de él... el segundo tipo de movimiento en el cuerpo se produce por el exceso de comida y bebida... el tercer movimiento proviene de los demonios...» (19: p. 40).
Tales son los principios del ascetismo tradicional, expuestos con una claridad que no deja nada que desear, basados en la experiencia y confirmados por la experiencia de miles de ascetas espirituales, entre ellos Santa Teresa de Ávila y San Ignacio de Loyola en España... y a Gautama Buda en la India. Más de un siglo antes de Antonio, Orígenes (182-253 d. C.) dijo:
«A menudo decimos que los cristianos deben luchar contra dos hordas enemigas distintas. Porque los perfectos, como Pablo de Éfeso, tal y como dijo el propio apóstol, «... no luchan contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los gobernantes de las tinieblas de este siglo, contra los espíritus de maldad que hay en las regiones celestes» (Ef. 6, 13). Los menos perfectos, —aquellos que aún no han alcanzado la perfección—, deben luchar contra la carne y la sangre. Estos siguen luchando contra los vicios y la imperfección de la carne» (97: IX, 4; págs. 349-350).
En otras palabras, los principiantes deben luchar contra el segundo movimiento del cuerpo (siguiendo el esquema de San Antonio), mientras que a los más preparados les espera la lucha contra los demonios y las jerarquías de la mano izquierda. Así, el grado de tentación se corresponde con el nivel de desarrollo espiritual: a medida que el ser humano alcanza una espiritualidad cada vez mayor, la tentación se vuelve igualmente más sutil. Las tentaciones de las «autoridades y potestades» (αρχαι και εζουδιαι), a las que se enfrentan las personas espiritualmente desarrolladas, son incomparablemente más sutiles que las tentaciones del principiante. Al proverbio «noblesse oblige»[6] hay que añadir una precisión: «la sencillez protege». Por eso, Orígenes da este consejo:
«No conviene... hablar a los alumnos, al inicio mismo de su formación, cuando sus mentes aún no están maduras, de misterios profundos y ocultos, sino que hay que enseñarles lo relativo al mejoramiento de los modales, al desarrollo de la obediencia y a los primeros principios de la vida religiosa y de la fe sincera. Esa es la leche de la Iglesia. Esos son los fundamentos básicos para los principiantes desde el principio» (98: V, 6: pp. 469-497).
Aquí se requiere la ley de la moderación. Así pues, el Arcano de la Moderación, —el decimocuarto Arcano del Tarot—, representa al ángel de la guarda desempeñando su servicio. La opinión de Orígenes coincide con la nuestra; más concretamente, con la del autor anónimo del Tarot. Estas son las palabras de Orígenes:
«Cuando acudimos a adorar al Señor, cuando recibimos los fundamentos de la Palabra de Dios y de la enseñanza celestial, son precisamente los «príncipes de Israel» quienes deben transmitirnos estos principios. Por «príncipes de Israel», según mi entendimiento, hay que entender a los ángeles de los cristianos, quienes, según la palabra del Señor, ayudan a los más débiles de la Iglesia y contemplan a nuestro Padre celestial. Ellos son los «príncipes» de quienes debemos recibir los fundamentos...» (98: VI, 1: p. 498).
Orígenes no solo atribuía el ministerio de la moderación a los ángeles de la guarda («los ángeles de los cristianos»), de acuerdo con la doctrina del XIV Arcano del Tarot, sino que también predicaba los fundamentos de la doctrina sobre la «liberación de los ángeles» en el ser humano, tal y como vimos en la carta anterior. De hecho, dice:
«Pero no siempre debemos confiar en que los ángeles luchen por nosotros. Nos ayudan solo al principio, cuando todo es aún nuevo para nosotros. Con el tiempo, debemos armarnos nosotros mismos para la batalla. Antes de que aprendamos a luchar y pensemos en el sacrificio en las batallas del Señor, los «señores», los ángeles, nos sostienen en los momentos difíciles. Al principio nos dan el pan celestial… mientras aún somos niños, nos alimentan con leche. Cuando empezamos a seguir la palabra de Cristo, vivimos como niños bajo la tutela de nuestros guardianes y maestros. Pero, tras haber gustado de los misterios del ejército celestial y habernos alimentado del pan de vida, ¡escuchamos la trompeta apostólica que nos llama a la batalla! Es Pablo quien nos clama a voz en grito: «Revestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y, habiendo superado todo, permanecer firmes». No nos llama a refugiarnos bajo el ala de nuestra nodriza: nos convoca al campo de batalla. «Por tanto, manteneos firmes, ceñidos los lomos con la verdad, revestidos de la coraza de la justicia, y calzados los pies con la disposición para anunciar la paz; y, sobre todo, tomad el escudo de la fe, con el que podáis apagar todas las flechas encendidas del maligno; y tomad el yelmo de la salvación y la espada espiritual, que es la palabra de Dios» (Ef. 6, 13-17)» (98: VI, 2; pp. 498-500).
Encontramos una enseñanza similar, doce siglos más tarde, en San Juan de la Cruz. No se cansa de repetir que el alma que busca a Dios está llamada a rechazar todas las criaturas de Dios, tanto las de abajo como las de arriba, tanto las celestiales como las terrenales. Resumiendo esta enseñanza, dice:
«A este conocimiento se refiere también David cuando dice: “No duermo y estoy sentado como un pájaro solitario en el tejado” (“Vigilavi, et factus sum, sicut passer solitarius in tecto”, —Sal. 101, 8), lo que significa: «He abierto los ojos de mi entendimiento y me he elevado por encima de todo razonamiento natural, en soledad, lejos de ellos, en el tejado, elevado por encima de todos los pensamientos terrenales» (70: p. 122).
Esta soledad y este distanciamiento son consecuencia de que el hombre ha dejado de vivir «como un niño, bajo la supervisión de tutores y maestros», en palabras de Orígenes, y ha alcanzado la madurez espiritual. San Juan de la Cruz describe el cambio que se produce a raíz de ello de la siguiente manera:
«... y es entonces, cuando ellos [es decir, los neófitos] realizan una y otra vez sus ejercicios espirituales con entusiasmo y placer, cuando, en su opinión, el sol de la misericordia del Señor les ilumina con toda su intensidad, Dios oculta toda esa luz y cierra las puertas y las fuentes de agua fresca del espíritu, de la que habían bebido tan a menudo y en tanta abundancia como deseaban. Pues, como dice san Juan en el Apocalipsis (Ap. 3, 8), dado que eran débiles e indefensos, no había puerta que se les cerrara. Ahora, sin embargo, Dios los deja en tal oscuridad que se pierden en conjeturas confusas sobre qué camino elegir. Ahora que sus sentidos espirituales están sumidos en esta oscuridad, son incapaces de avanzar ni un paso en la meditación, como solían hacer antes. Les ha dejado en un vacío tan desolador que no solo no pueden encontrar en sus ejercicios y esfuerzos espirituales la alegría y la satisfacción de antaño, sino que los propios ejercicios les parecen ya penosos y pesados. Como he dicho, cuando Dios ve que los hijos han crecido un poco, los aparta de su generoso seno para que puedan fortalecerse por sí mismos; los libera de los pañales y los pone de pie para que aprendan a caminar por sí mismos» (39: p. 312).
Añadamos: caminar por nuestra cuenta con el fin de, con el tiempo, como dijo Orígenes, unirnos a las filas del ejército del Señor.
Este crecimiento va acompañado de tentaciones cada vez más sutiles. A las tentaciones de «los vicios y las debilidades de la carne» les siguen los ataques de demonios creados artificialmente, engendrados por otras personas o grupos de personas, a los que suceden tentaciones aún más sofisticadas, urdidas por las entidades de las jerarquías caídas. Y, por último, en el umbral del Omnipresente, —el propio Dios—, la tentación del vacío, la «noche oscura del alma» de la que habla San Juan de la Cruz, que significa al mismo tiempo la unión con Dios o, más bien, la desesperación de la no existencia: el nihilismo más elevado y perfecto.
Pues ciertas son las palabras de San Antonio el Grande:
«Ningún inexperto podrá entrar en el Reino de los Cielos. Porque si se eliminaran las tentaciones, tampoco habría salvados» (19: V).
Esta ley es tan universal que incluso Jesucristo, tras haber descendido el Espíritu Santo sobre él, durante su bautismo en el río Jordán, tuvo que enfrentarse a tres tentaciones en el desierto. Como vemos, a los escalones del perfeccionamiento les acompañan los escalones de la tentación. Y si los primeros significan un avance progresivo de lo burdo a lo sutil, los segundos también suponen un progreso similar. Dicho de otro modo, la inspiración va acompañada de la anti-inspiración.
Sin embargo, ¿cómo distinguir unas de otras? ¿Qué criterios hay que seguir para reconocer cuándo se trata de inspiración y cuándo de anti-inspiración?
Respondamos con las palabras de los maestros más experimentados en la práctica del perfeccionamiento espiritual:
San Antonio el Grande:
«...Porque, con la ayuda de Dios, es posible y no resulta difícil reconocer la presencia de los ángeles buenos y malos.
La visión de los santos es serena... Se presentan en silencio y con mansedumbre; por eso, en el alma nacen inmediatamente la alegría, el regocijo y la audacia... Los pensamientos del alma permanecen imperturbables y tranquilos, y el alma, iluminada por la visión, contempla a los que se han manifestado... Así son las visiones de los santos.
En cambio, la irrupción y la visión de los espíritus malignos suelen ser perturbadoras, con ruido, voces y gritos, semejantes al movimiento tumultuoso de jóvenes maleducados o de bandidos. De ahí surgen inmediatamente en el alma el temor, la confusión, el desorden de los pensamientos, la tristeza, el odio hacia los ascetas, el desánimo, la aflicción, el recuerdo de los familiares, el miedo a la muerte y, por último, los malos deseos, la indiferencia hacia la virtud y el trastorno moral.
Por eso, si al ver al que se ha manifestado [o al sentir la inspiración. - V. T.], os invadió el temor, pero vuestro temor se disipó de inmediato y, en su lugar, surgieron en vosotros una alegría inefable, serenidad, audacia, entusiasmo, imperturbabilidad de pensamiento y todo lo demás mencionado anteriormente, valor y amor a Dios: entonces no perdáis la esperanza y orad. Pues la alegría y la paz del alma denotan la santidad de quien se ha manifestado. ...Y si la aparición de alguien va acompañada de confusión, ruido exterior y pompa mundana, amenazas de muerte y todo lo mencionado anteriormente: sabed entonces que se trata de una invasión de ángeles malignos» (6: XXXV-XXXVI; pp. 22-23).
Santa Teresa de Ávila:
«Las palabras seductoras [es decir, inspiradas] que provienen del diablo no solo no conducen a nada bueno, sino que además dejan malas consecuencias. Lo he experimentado en mi propia piel dos o tres veces, y en todas ellas el Señor me advirtió de inmediato que procedían del diablo. El alma no solo permanece en una gran insensibilidad, sino que en ella reina una evidente inquietud, como la que he experimentado muchas veces cuando el Señor permitía que me viera sometida a grandes tentaciones y pruebas espirituales de diversa índole. Y aunque esta inquietud me atormenta con bastante frecuencia, como diré más adelante, no siempre es fácil discernir de dónde proviene. El alma, por así decirlo, se resiste a esta experiencia; está confusa y abatida sin saber por qué, pues lo que se dice no es ni bueno ni malo... Creo que los placeres y las alegrías que otorga el diablo difieren radicalmente de los que proceden de Dios... Tras las visiones procedentes del diablo, en el alma no queda paz, sino confusión y extrema agitación... Cuando el diablo nos habla, parece que todo lo bueno se ha ocultado del alma y la ha abandonado. Se vuelve inquieta e irritable y no siente más que malestar. Puede parecer que en el alma hay buenos deseos, pero no son fuertes; y la humildad que hay detrás de ellos es aparente, frágil y carece de paz» (83: pp. 177-179).
«Volvamos ahora a lo dicho al principio. Estas experiencias pueden provenir tanto de la parte más elevada del alma como de la más baja, o incluso del exterior, lo que no excluye que tengan su origen en Dios. Los indicios más fiables de su origen divino, en mi opinión, son los siguientes: el primero y más auténtico es la fuerza y el poder que traen consigo, así como su eficacia (es decir, son a la vez comunicación e influencia)... Lo explicaré con más detalle. El alma experimenta la misma tristeza y angustia que he descrito: la mente está ensombrecida y en silencio; pero encuentra la paz, liberada de todas las angustias y llena de luz, en cuanto oye las palabras: «No te preocupes». Esas palabras la liberan de todas sus aflicciones, aunque antes, aunque se hubieran unido todo el mundo y todos los sabios para convencerla de que no hay motivos para afligirse, no habrían podido, por más que lo intentaran, librarla de la tristeza... El segundo signo es la gran serenidad y la reflexión reverente y pacífica que se instalan en el alma junto con el deseo de alabar al Señor... La tercera prueba es que estas palabras, (la comunicación espiritual), no se desvanecen de la memoria, sino que permanecen en ella durante mucho tiempo; y algunas nunca se olvidan...» (131: pp. 157-159).
San Juan de la Cruz:
«...existe una enorme diferencia entre las visiones divinas y las satánicas. Pues el efecto de estas últimas es muy distinto del de las primeras. Las satánicas agotan el espíritu con una vanagloria desmesurada y con el deseo de que las visiones se produzcan cada vez con mayor frecuencia. En absoluto engendran ni la dulzura de la humildad ni el amor de Dios. Además, las visiones diabólicas no dejan en el alma una huella tan nítida y dulce como las divinas; tampoco se distinguen por su perdurabilidad, sino que, por el contrario, se desvanecen de inmediato, salvo en los casos en que la propia alma se apega a ellas. Entonces, la importancia que se les atribuye conduce a su recuerdo natural, pero va acompañada de un gran agotamiento del espíritu y no dará frutos de humildad y amor, que las visiones buenas siempre engendran cuando vienen a la memoria... Tras estas (últimas) visiones, en el alma se instala la paz, llega la iluminación, reina una alegría semejante a la gloria, llegan el ánimo, la pureza, el amor, la humildad, la conversión o la elevación de los pensamientos hacia Dios —a veces una cosa, a veces otra» (66: II, XXIV, 6-7; pp. 201-202).
Tal es la doctrina tradicional, basada en una experiencia contrastada a lo largo de los siglos y que ha perdurado a lo largo de los siglos. Los hombres de la época de Descartes, Spinoza y Leibniz se encontraban bajo la poderosa influencia de la geometría, ya que las opiniones filosóficas cambian, mientras que los teoremas y las deducciones de Euclides y Arquímedes siguen siendo invariablemente válidos. Por ello, los hombres del siglo XVII tendían a dar preferencia al método geométrico (modo geometrico) de razonamiento frente a todos los demás. Sin embargo, hay algo más que posee una validez y una universalidad tan inmutables como el método geométrico: se trata de la auténtica experiencia espiritual. Como se desprende de las citas anteriores de maestros espirituales de los siglos IV y XVI, la auténtica experiencia espiritual permanece inmutable a lo largo de los siglos, al igual que el método geométrico de razonamiento, que no perdió su vigencia hasta Lobachevski.
Esta realidad inmutable de la experiencia espiritual constituye el fundamento y la esencia misma del hermetismo, es decir, del conocimiento basado en una experiencia secular de la realidad espiritual, obtenida de primera mano. Por ello, el hermetismo no se limita a los representantes de las denominadas órdenes, fraternidades y sociedades herméticas, sino que abarca a todos aquellos que, al poseer un conocimiento auténtico, pueden aportar algo de peso sobre la realidad espiritual y el camino que conduce a ella; en otras palabras, todos aquellos que dan testimonio a favor de la mística, la gnosis y la magia, cuyo conjunto constituye el hermetismo. Por ello, contamos con muchos más maestros de los que se puede y se debe aprender que los que figuran en las listas comúnmente conocidas de las llamadas autoridades: cabalistas, rosacruces, esoteristas, teósofos, ocultistas, etc. Al menos ese era el punto de vista de Papus, Sedir, Marc Aven y todos aquellos que pertenecían a fraternidades , órdenes y sociedades sagradas, cuando reconocieron a Felipe de Lyon como su maestro, aunque él no solo no pertenecía a ninguna organización de iniciados, sino que además las consideraba totalmente prescindibles. Y si esto no les impidió reunirse en torno a él, fue únicamente porque creyeron, (probablemente no sin fundamento), que habían encontrado en él a su mentor, es decir, a un testigo fidedigno de la realidad espiritual del hermetismo, entendido en el mismo sentido en que lo entendemos nosotros en estas cartas: como una tradición milenaria de auténtica experiencia espiritual, cuyos aspectos son el «misticismo», la «gnosis» y la «magia».
Louis-Claude de Saint-Martin se guió por las mismas consideraciones; él, como miembro de la orden de los iniciados de Martínez de Pascual, al igual que Papus y sus amigos, —que reconocían como maestro a Felipe de Lyon—, reconoció como su maestro al zapatero de Görlitz, Jacob Böhme.
Sé muy bien que ni San Antonio el Grande, ni Teresa de Ávila, ni San Juan de la Cruz fueron miembros de ninguna organización de iniciados y, por lo tanto, no son representantes de la llamada tradición de la iniciación, pero, dado que fueron testigos fidedignos de la realidad espiritual, me refiero a ellos del mismo modo que Papus y sus amigos se referían a Felipe de Lyon, y San Martín a Jacob Böhme. Pues el hermetismo no es, en absoluto, un privilegio ni algo exótico, sino profundidad, y por eso todo lo que posee esa profundidad, le pertenece. No es la «iniciación oficial» lo que conforma la cadena, —o mejor dicho, la corriente—, de la tradición, sino el nivel y la autenticidad de la experiencia espiritual y la profundidad del pensamiento que encierra. Así pues, en la base de la tradición hermética secular se encuentra la iniciación per se[7], y no su transmisión a través de rituales y fórmulas. Si la tradición dependiera únicamente de esto, hace tiempo que se habría extinguido o, sin duda, se habría perdido en la maraña de las disputas sobre derechos y legitimidad. Por lo tanto, solo quien conoce la tradición a partir de su experiencia directa es su representante, y ese conocimiento auténtico le confiere todos los derechos legítimos. De lo contrario, el famoso argumento «¿Puede salir algo bueno de Nazaret?» habría dejado la tradición estéril, reduciéndola al nivel de la erudición de los escribas y los fariseos, es decir, al nivel de la erudición y la letra de la ley. Cabe señalar, de paso, que Natanael, quien, según las Escrituras, planteó este argumento, tuvo la fortaleza de espíritu suficiente para no atribuirse un papel decisivo, pues, a pesar de todo, aceptó la invitación de Felipe: «Ve y mira» (Jn 1, 46). Tras lo cual dijo: «¡Rabí! Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel», y en respuesta oyó las palabras del Maestro: «En verdad, en verdad os digo: de ahora en adelante veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar hacia el Hijo del Hombre» (Jn 1, 49-51). Tal es la fórmula y la esencia de la tradición: ver los cielos abiertos y a los ángeles de Dios que suben y bajan.
Así pues, todos aquellos que vieron «los cielos abiertos y a los ángeles de Dios subir y bajar», incluidos los santos Antonio el Grande, Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, —por mencionar solo a los testigos de los que hemos hablado en esta carta—, pertenecen a la tradición y la representan.
¿Sabes, querido amigo desconocido, quién es el fundador de la primera orden dentro de la tradición del hermetismo cristiano? San Francisco de Asís, el poverello[8], sin ninguna erudición ni reglas: ¡una estrella de primera magnitud en el firmamento de la mística, la gnosis y la magia! Pues no solo vio los cielos abiertos y a los ángeles de Dios ascendiendo y descendiendo, sino que, mediante el acto de iniciación de los serafines, fue sintonizado en una armonía única con el propio Iniciador de todas las iniciaciones auténticas.
Pero volvamos al Arcano XV del Tarot. Hasta ahora lo hemos interpretado a la luz de la creación, tanto individual como colectiva, de «demonios creados artificialmente». En cuanto a esto último, es decir, la creación de egrégores, hay otro aspecto que requiere una explicación adicional:
La literatura ocultista de los siglos XIX y XX, sobre todo en Francia, plantea la tesis, (que se ha convertido en casi clásica y, al parecer, en general aceptada), de que la voluntad y la imaginación colectivas pueden generar, junto con los egregorios malignos, también otros buenos; es decir, los «demonios buenos» se generan exactamente de la misma manera que los malignos. Según esta tesis, todo depende de la propia voluntad y del propio imaginario: si son buenos, surgen egregoros positivos; si son malos, se crean egregoros negativos. Esto significa que, junto a los malvados, existen también «demonios artificiales» buenos, del mismo modo que existen pensamientos buenos y malos.
Desde un punto de vista práctico, esta tesis justifica los intentos colectivos de crear un egregor con un objetivo concreto: como, por ejemplo, el «espíritu de grupo» o el espíritu propio de una determinada fraternidad. Se considera que, una vez creado dicho egregor, se puede contar con su apoyo y encontrar en él un aliado mágico eficaz. Se cree que cada grupo de personas tiene su propio «espíritu de grupo» activo, que le confiere influencia tanto en el mundo que le rodea como entre los miembros de la comunidad que lo ha creado. También se considera que las tradiciones auténticas e influyentes no son, en última instancia, más que egregoros poderosos que reciben energía constante y que viven y actúan a lo largo de los siglos. No solo todas las órdenes y fraternidades de iniciados, sino también las Iglesias, deben su existencia a la influencia de los egregoros. Así, se considera que el catolicismo, junto con el ortodoxismo, el lamaísmo, etc., es también un egrégor, engendrado por la voluntad colectiva y la imaginación de los creyentes.
Tal es esta tesis y su consecuencia práctica. La claridad que, en mi opinión, debo aportar a esta cuestión consiste en una antítesis que afirma que no existen los «demonios artificiales» buenos, es decir, que es imposible crear un egregor positivo. Los argumentos que respaldan esta tesis son los siguientes:
Para generar una entidad psíquica o «astral», es necesario que la energía psíquica y mental que generas se condense, es decir, se contraiga. La forma no se crea mediante la emisión, sino únicamente mediante la condensación, es decir, la contracción. El bien, en cambio, solo emite, sin contraerse jamás. Solo el mal es capaz de contraerse.
Es imposible generar un «demonio del amor puro» o un «egregor del amor universal», pues las cualidades de voluntad e imaginación necesarias para ello no se agrupan como una especie de formación concentrada, sino que entran en unión con el «movimiento radiante» de la actividad del mundo de las jerarquías espirituales.
La energía psíquica y mental del amor nunca es fuente ni causante de la formación de una entidad psíquica o «astral» individualizada; la cual se pondría de inmediato y por completo a disposición de las jerarquías celestiales, de los santos y de Dios. Por lo tanto, si bien es perfectamente posible engendrar demonios, no es posible en absoluto engendrar ángeles artificiales.
Si existen egregoros de órdenes de iniciados, así como de comunidades religiosas, —y de otro tipo—, estos son siempre negativos. El egregor del catolicismo, por ejemplo, es su doble parasitario, (cuya existencia sería ingenuo negar), que se manifiesta a través del fanatismo, la crueldad, la «sabiduría diplomática» y las pretensiones desmesuradas. Cabe señalar, ya que hemos abordado el tema de los espíritus positivos de las comunidades humanas, que estos nunca son egregoros, sino más bien entidades que pertenecen a las diez jerarquías, (diez, ya que aquí se incluye también la décima jerarquía: la humana). De este modo, la responsabilidad, en sentido positivo, de dirigir una u otra comunidad de personas recae en el alma humana, en un ángel o en un arcángel. Y, por consiguiente, no es un egregor, sino el propio San Francisco quien es el líder espiritual de la orden franciscana. Lo mismo ocurre con la Iglesia, cuyo espíritu rector y orientador es Jesucristo.
Las naciones se encuentran bajo la guía de los arcángeles en lo que respecta a su verdadero destino y progreso espiritual. Al mismo tiempo, existen también egregoros o demonios, engendrados por la voluntad colectiva y la imaginación de los pueblos. Por eso, el «Gallo francés» disputa al «Arcángel de la memoria»[9] el derecho a dirigir la nación francesa. Lo mismo ocurre con otros pueblos.
Pero se podría objetar: si el bien, —la energía psíquica y mental del bien—, no se acumula, ¿cómo se pueden explicar entonces los milagros o el efecto mágico de ciertos «lugares sagrados», estatuas, iconos y reliquias, si no es por el hecho de que están «cargados» de fe, es decir, de la voluntad y la imaginación de los creyentes?
Los lugares sagrados, las reliquias milagrosas, las estatuas y los iconos no son receptáculos de energía psíquica y mental, sino lugares u objetos en los que «los cielos están abiertos y los ángeles pueden ascender y descender». Son fuentes de radiación espiritual. Sin duda, para que esta radiación sea eficaz, se requiere una fe considerable por parte de los creyentes, pero la «energía» que irradian no proviene en absoluto de ellos. La fe de estos últimos simplemente los hace receptivos a esa fuerza sanadora e iluminadora que emana de esos lugares y objetos, pero no es ella la fuente de dicha fuerza.
Por lo tanto, se puede afirmar sin lugar a dudas que las reliquias y demás objetos similares están «cargados», —por alguien hace mucho tiempo—, en el sentido de que se han convertido en una especie de puertas o ventanas abiertas hacia los cielos que permiten que su influencia se manifieste en la tierra. Pero no están «cargadas», es decir, no se han convertido en acumuladores del fluido que emana de los creyentes y que constituye el factor activo de las curaciones, transformaciones e iluminaciones posteriores. La ley de las reliquias y similares consiste en que cuanto más se toma de ellas, mayor es el poder que irradian, mientras que los objetos magnetizados con fluidos se rigen por una relación inversamente proporcional entre la energía recibida y la cedida. El magnetizador sabe perfectamente que no puede superar un determinado nivel de gasto de fluido vital sin poner en riesgo su salud y su vida: su fluido vital se rige por la ley de la cantidad: cuanto mayor es el gasto, menos le queda. Por el contrario, el santo cura al que sufre sin recurrir a su propio fluido vital: lo cura asumiendo la enfermedad sobre sí mismo y elevándola al cielo como una especie de ofrenda, una peculiar «hostia».
Lo mismo ocurre con los talismanes y las reliquias. Los talismanes son receptáculos de energía mágica. Se rigen por la ley de la cantidad. Las reliquias, por el contrario, son ventanas abiertas a los cielos. Se rigen por la ley de la calidad, es decir, cuanta más energía ceden, mayor es su rendimiento. Como fuentes de energía, son inagotables. No son receptáculos ni acumuladores de energía, sino generadores y manantiales de la misma.
El agua bendita, por ejemplo, no «encierra» en sí misma la bienaventuranza, —es decir, la fuerza de voluntad y la imaginación del sacerdote que la ha bendecido—, sino que la bienaventuranza «flota» sobre ella. Esta restaura, —encarnando en la práctica la magia sagrada de las analogías—, la relación original que existía entre el agua y el Espíritu de Dios en el primer día de la Creación, cuando «el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas» (Génesis 1:2). Por lo tanto, el agua denominada «santa» no solo está «cargada» con el poder de la consagración, sino que en ella se manifiesta su receptividad eterna a la presencia del cielo. Por eso, unas pocas gotas bastan para expulsar a los demonios, tal y como confirman desde la antigüedad testigos fidedignos.
Así pues, hemos llegado a una cuestión muy importante. Puesto que se han generado demonios artificiales, ¿cómo luchar contra ellos, cómo protegerse de ellos y cómo deshacerse de ellos?
En primer lugar, si hablamos de lucha, el bien no combate al mal con métodos de destrucción. «El libra la batalla» por el mero hecho de su presencia. Así como la oscuridad retrocede ante la luz, también el mal retrocede ante el bien.
La psicología profunda contemporánea ha descubierto y puesto a prueba el principio terapéutico de sacar a la luz de la conciencia los complejos subconscientes del ser humano. Y es que, según afirma, la luz de la conciencia hace que los complejos obsesivos no solo sean visibles, sino también inofensivos. Este importante descubrimiento de la psicología moderna concuerda plenamente con la realidad espiritual de la «lucha» de las jerarquías celestiales contra las fuerzas del mal. Y es que esta «lucha» también se reduce únicamente a su mera presencia, es decir, a sacar el mal a la luz del día.
La luz expulsa la oscuridad. Esta sencilla verdad es la clave práctica para saber cómo luchar contra los demonios. Si un demonio es alcanzado, es decir, si se derrama sobre él la luz de la conciencia, pierde todo su poder. He aquí por qué los padres eremitas y otros santos solitarios adquirieron una experiencia tan rica en la lucha contra los demonios. Dirigían hacia ellos la luz de su conciencia, actuando como representantes de la conciencia humana en su conjunto, pues todo aquel que se aleja del mundo se convierte en un representante especial de esa conciencia, en un «hijo del hombre». Y, al ser «hijo del hombre», el santo ermitaño atraía hacia sí a los demonios que habitan en el subconsciente de la humanidad, obligándolos a manifestarse, es decir, sacándolos a la luz de la conciencia y privándolos así de su poder. Y si Atanasio el Grande, con su labor social como obispo de Alejandría, luchó abiertamente contra los errores y la depravación de las personas, su hermano y compañero, San Antonio el Grande, en el aislamiento del desierto egipcio, luchaba contra aquellos demonios cuyas artimañas, en la oscuridad del subconsciente, engendraban precisamente esos mismos errores y esa misma depravación.
Las famosas «tentaciones» de San Antonio no fueron, a decir verdad, tanto tentaciones, —en las que se trataba de la salvación y el perfeccionamiento de su alma—, como actos de sanación de la humanidad de su época frente a la posesión demoníaca. Se trataba de actos de magia sagrada que sacaban a los demonios a la luz de la conciencia iluminada desde lo alto del «hijo del hombre» . Él los hacía visibles y, de ese modo, los dejaba sin poder.
Un demonio privado de sus fuerzas es como un globo que se ha desinflado. Así, algunos demonios, engendrados por el subconsciente colectivo a mediados de siglo, se convirtieron en una mera abstracción y cayeron en el olvido. Tal fue, por ejemplo, el destino del famoso personaje demoníaco conocido como «maestro Leonard» o «el chivo del sabat». Un día, gracias a un alma valiente y pura, simplemente estalló como una burbuja de jabón.
Los demonios creados artificialmente, repelidos y sacados a la luz, se dispersan y vuelven al olvido. En cuanto a los «demonios naturales», es decir, las entidades de las jerarquías de la izquierda, la situación es diferente. Por ejemplo, el demonio que, cegado por la pasión por Sara, hija de Raguel, y que mató a sus pretendientes, «voló por los aires hasta Egipto. Rafael lo persiguió hasta allí, lo aprisionó y lo encadenó inmediatamente» (Tobías 8:3), según la Biblia de Jerusalén, y «fue herido por el ángel Rafael en el desierto del Alto Egipto y allí fue encarcelado» («tunc Raphael Angelus apprehendit daemonium, et religavit illud in deserto superioris Aegypti», Liber Tobiae VIII, 3), según la Vulgata.
En este caso, no hablamos de la destrucción del demonio, sino de un cambio en su ámbito de actividad... y en su lugar, o mejor dicho, en su modo de existencia. El demonio derrotado en la historia de Tobías, (completamente ausente de la Biblia protestante), fue obligado por el Arcángel Rafael a abandonar el país de su víctima elegida, a establecerse en el exilio en Egipto y a permanecer allí. Fue la presencia del Arcángel Rafael, posible gracias a la oración y el ritual que Tobías realizó durante sus tres noches de bodas, lo que obligó al demonio a retirarse a Egipto.
Volvamos ahora a la segunda parte de nuestra pregunta. ¿Cómo podemos protegernos de los demonios y librarnos de ellos? De lo dicho anteriormente, se deduce que son condiciones necesarias la claridad de pensamiento y la integridad moral, —y suficientes—, para recibir la luz que los neutralizará. Sin embargo, una persona necesita paz: tiempo en que los demonios no la molesten, tiempo en que estén ausentes.
Para alcanzar dicha paz, es necesario recurrir a la magia sagrada. La tradición y siglos de experiencia nos enseñan lo necesario para protegernos de la presencia de los demonios, —así como para ahuyentarlos ante la menor señal de su presencia—, y ofrecen el siguiente consejo práctico: trazar una cruz orientada hacia el norte, el sur, el este y el oeste, repitiendo en cada una dos versículos del Salmo 68:
«Que Dios se levante[10] y que sus enemigos se dispersen; que los que lo odian huyan de su presencia. Como se desvanece el humo, así se dispersarán; como se derrite la cera ante el fuego, así perezcan los impíos ante la presencia de Dios» (Salmo 68:1-3). Y un consejo más, igual de sencillo y no menos efectivo: cuando te sientas deprimido o percibas cualquier otro síntoma de la presencia de un demonio o demonios, escupe tres veces por encima de tu hombro izquierdo y persigna.
Ambos métodos han sido probados y comprobados durante siglos y, repito, son bastante efectivos, especialmente contra demonios creados artificialmente. En cuanto a las entidades pertenecientes a las jerarquías de la izquierda, defenderse de ellas no es tan sencillo. Pues la fórmula «Que Dios se levante y que sus enemigos se dispersen...» es, francamente, inaplicable a ellas, ya que no son literalmente enemigos de Dios y no pueden dispersarse. Después de todo, en jurisprudencia, un caso no se gana expulsando al fiscal de la sala. Debe convencerse de la inocencia del acusado. Solo así se verá obligado a guardar silencio y dejar al acusado en paz. Lo mismo se aplica a las jerarquías de la izquierda, las jerarquías de «justicia severa», como se las denomina, (con razón) en la Cábala. Combinan las funciones del fiscal o sus ayudantes, la policía y los testigos de la acusación. Imaginemos un departamento de justicia cuyos empleados no solo investigan los hechos de los crímenes cometidos, sino que también, —y sobre todo—, ponen a prueba a los potenciales delincuentes, creando condiciones favorables para su comisión, es decir, exponiéndolos a la tentación. Esta es, esencialmente, la actividad de las entidades de la jerarquía de la izquierda en relación con la humanidad. La historia de Job ofrece un ejemplo bien conocido. En ella, Satanás, entre los hijos de Dios, le habla a Dios acerca de Job: «¿Acaso teme Job a Dios sin motivo? ¿No lo has protegido, a él, a su casa y a todo lo que posee? Has bendecido la obra de sus manos, y su ganado se ha extendido por la tierra. Ahora, por favor, extiende tu mano y toca todo lo que tiene, ¿acaso te bendecirá?» (Job 1:9-11). Y, habiendo recibido permiso, Satanás puso a prueba a Job.
Así, Satanás acusa a Job no de pecado real, sino de pecado potencial. Y hace todo lo posible por sacar a la luz este pecado. Por así decirlo, somete a Job a una serie de "experimentos de laboratorio" para demostrar su acusación. ¿Quién necesita esto? ¿Dios? No, porque Dios es un amigo demasiado noble y magnánimo, y un Padre demasiado amoroso como para someter a sus amigos e hijos a tales pruebas. Además, Dios no necesita pruebas experimentales de su afirmación, hecha con total certeza: "Porque no hay otro como él en la tierra, un hombre intachable y recto, temeroso de Dios y apartado del mal" (Job 1:8). Los únicos que necesitaban esta prueba eran el propio Satanás y quizás algunos de los "hijos de Dios" presentes en la conversación, quienes podrían haberse escandalizado por la acusación satánica.
Por lo tanto, ningún medio mágico habría ayudado a Job a defenderse de Satanás y expulsarlo. Job tuvo que perseverar para convencer a Satanás de la inutilidad de sus intentos de hacer que Job maldijera a Dios.
Así, las entidades de las jerarquías de la izquierda deben ser convencidas mediante una prueba real de que han cometido un error. No hay otra manera de obligarlas a marcharse. Lo mismo ocurrió con Tobías y el demonio Asmodeo. Tobías demostró, al pasar tres noches en oración en la cámara nupcial con su esposa, que no era de los que «cuando están a punto de casarse, cierran sus corazones y mentes a los pensamientos de Dios, buscando satisfacer sus deseos, como si fueran un caballo o una mula, un animal insensato» (Tob. 6:17, según la Vulgata). Después de esto, el arcángel Rafael obligó al demonio a abandonarlos y huir a Egipto. Por lo tanto, el demonio fue derrotado porque Tobías no era como los siete pretendientes anteriores de Sara. El demonio, habiéndose «enamorado» de Sara, quería protegerla de un matrimonio que, en su opinión, no era digno de ella. Tobías demostró ser digno de ser su esposo. De lo contrario, el corazón y el hígado del pez por sí solos no habrían sido suficientes para obligar al demonio a renunciar a su puesto como protector de Sara en favor del Arcángel Rafael y Tobías.
Estos ejemplos, —el «Satanás» de Job y el demonio de Tobías—, bastan para comprender la naturaleza de las entidades de la jerarquía de la izquierda, su modo de acción y cómo combatirlas. Son espíritus de condenación, es decir, acusadores, y solo pueden ser derrotados demostrando, —en un entorno experimental, por así decirlo—, la falta de fundamento de sus acusaciones, lo cual es extremadamente difícil. Pues sus acusaciones suelen ser el resultado de un trabajo realizado con incansable diligencia, plena consciencia y perfecta comprensión de todo, excluyendo el ámbito más íntimo de la consciencia moral, al que son inaccesibles. Es precisamente de este ámbito de donde emana el factor decisivo que puede convertir la acusación en beneficio del acusado. Porque una persona es «justa» y «santa» solo cuando el bien y el mal concurren. Por lo tanto, la participación de un advocatus diaboli («abogado del diablo») por parte de la Iglesia no solo es permisible, sino obligatoria en el proceso de canonización de un nuevo santo.
Las entidades de la jerarquía de la izquierda cumplen sus funciones como acusadoras de diversas maneras. Algunas adoptan una postura trágica, viéndose obligadas a hacer lo que no quieren ni creen; otras las llevan a cabo con ferviente convicción. También hay entidades que eligen el ridículo y la farsa como medio para expresar sus acusaciones. Una entidad perteneciente a esta última categoría es bien conocida en el mundo occidental: Mefistófeles, cuyo retrato pintó Goethe con asombrosa precisión. Dado que es tan conocido como el «Satanás» de Job y el demonio de Tobías, su ejemplo puede, sin exceder los límites de la prudencia, (véase el inicio de esta carta), incluirse entre ellos.
La burla que emplea Mefistófeles tiene fundamentos profundos. Sobre todo, ridiculiza la arrogancia y la vanidad humanas. Pongamos un ejemplo.
Un periodista desilusionado se retiró con su esposa, lejos de las vanidades del mundo, permitiéndose tal lujo, y se instaló en una mansión en una pequeña isla frente a la costa de Gran Bretaña. Buen periodista con amplia experiencia, no creía ni rechazaba nada incondicionalmente. Llevaba una vida sencilla, del desayuno al almuerzo, del almuerzo a la merienda y de la merienda a la cena. Pero un día, algo extraordinario le sucedió. De repente, despertó en él el deseo de tomar papel y escribir. Y así lo hizo. Bajo el dictado de una voz interior, escribió una serie de manuscritos con dibujos, —él, que nunca había sabido dibujar—, y el autor de estos manuscritos, (su voz interior), se proclamó nada menos que Osiris del Antiguo Egipto, quien ahora tenía la oportunidad de exponer abierta y exhaustivamente lo que sabía sobre religión y sabiduría antigua en forma de mensaje para la gente del siglo XX. Los manuscritos, con cautivadora sencillez, relataban la lucha entre las fuerzas del bien y del mal, y cómo las fuerzas del mal fueron castigadas con la catástrofe de la Atlántida. También contenían una descripción fidedigna de los rituales realizados en los templos de Osiris. Incluían dibujos de lámparas, vasijas y otros objetos de culto, así como retratos de Osiris y otras figuras prehistóricas, todos idénticos. El destinatario de esta asombrosa revelación y su esposa, cautivados por su grandeza y la personalidad de su inspirador, contemplaron con deleite su obra y decidieron dar a conocer esta revelación sin precedentes a toda la humanidad. Y así, una editorial especializada comenzó a publicar volumen tras volumen de la revelación de Osiris…
Lo que les he contado es la pura verdad; esta editorial existe de verdad. Los libros que publicó se pueden encontrar en las bibliotecas públicas de Inglaterra. La existencia de la revelación y su inspiración son igualmente ciertas. Solo que su inspiración no es Osiris, sino... Mefistófeles, y la revelación en sí es simplemente una farsa orquestada por él para... ¿los ingenuos? No, para los esnobs espirituales. Porque quienquiera que sea el autor de esta "revelación", —usted, querido amigo desconocido, no está obligado a creerme—, en esencia está diciendo:
«Ustedes que desprecian la investigación científica, el mundo del pensamiento desde Platón hasta Kant, los tesoros del testimonio auténtico de los grandes místicos, las riquezas de la tradición hermética y, finalmente, la Sagrada Escritura, los santos sacramentos, el sudor de sangre del Huerto de Getsemaní, la Cruz del Gólgota y la Resurrección... tomen lo que querían: estos volúmenes de pomposas banalidades, que les llegan, a petición suya, de forma sobrenatural».
He aquí un ejemplo de acusación mefistofélica contra quienes no buscan la verdad en sí misma, sino circunstancias sobrenaturales de revelación... lo que sea. A este ejemplo de engaño mefistofélico, añadiría que evitar su destino es pan comido, si uno posee un mínimo de sentido común y juicio moral.
Creo, querido amigo desconocido, que lo anterior ha esbozado suficientemente, en primer lugar, la distinción entre los demonios generados por la voluntad y la imaginación del hombre, por un lado, y las entidades pertenecientes a las jerarquías de la izquierda, por otro; y en segundo lugar, que el Decimoquinto Arcano del Tarot es el Arcano de la generación y esclavitud del hombre por los llamados "demonios creados artificialmente", el "tyulpa" tibetano. Esto es una advertencia, que afirma que poseemos el poder de generar demonios, pero el uso de estos poderes convierte a quien los genera en esclavo de su propia creación.
Aún nos queda una última pregunta. ¿Fueron todos los dioses paganos siempre demonios, egregors generados colectivamente? ¿Acaso el paganismo, en general, no es un culto a los demonios?
Antes de responder a esta pregunta, debemos distinguir entre el «paganismo» de los filósofos e iniciados en los misterios, el «paganismo» simbólico y mitológico, el «paganismo» de la veneración de las fuerzas de la naturaleza y, finalmente, el «paganismo» del culto a los demonios.
En otras palabras, es necesario distinguir entre el «paganismo» de Hermes Trismegisto, Pitágoras, Platón, Aristóteles, Plotino y otros, y el «paganismo» de Homero y Hesíodo. Luego, es necesario distinguir este último de la totalidad de cultos que veneran al Sol, la Luna, las estrellas, el fuego, el aire, el agua y la tierra. Y finalmente, es necesario distinguir estos cultos de la multitud de cultos que veneran a «deidades» generadas por una imaginación y voluntad colectivas pervertidas, de la veneración de los egregors ordinarios.
Sería un error y una grave injusticia considerar estos cuatro tipos de «paganismo» como uno solo, es decir, ver en el sacerdote de Moloc, que ofrece sacrificios humanos, un representante de la misma tradición que Platón. Sería un error igualmente grave ver la misma «luz» en las llamas de la Inquisición y en las lámparas de la Fiesta de la Resurrección del Señor, o considerar a Mahatma Gandhi y al asesino que estrangula personas en nombre de la diosa Kali como representantes de la misma tradición, es decir, el «paganismo» hindú.
Una vez señaladas estas diferencias, se puede afirmar que los iniciados y filósofos «paganos» reconocían a un solo Dios: el creador y dador del Bien supremo del universo. El Bhagavad Gita, los libros de Hermes Trismegisto, Platón, Plutarco, Plotino y muchas otras fuentes antiguas lo demuestran sin lugar a dudas. La diferencia entre la religión de los llamados iniciados y filósofos «paganos» y la religión de Moisés radica únicamente en que Moisés hizo del monoteísmo la religión del pueblo, mientras que el primero lo reservó para la élite, la aristocracia espiritual, aunque, (por lo general), bastante numerosa.
En cuanto al culto asociado a diversos «dioses» e idolatría, los iniciados y filósofos «paganos» veían en ello la práctica de la teurgia, es decir, el establecimiento de una conexión con entidades de las jerarquías celestiales, ya sea ascendiendo a ellas o posibilitando su descenso y presencia en la tierra, en santuarios, templos u otros lugares. Hermes Trismegisto e Jámblico lo explican con bastante claridad. Así, Jámblico afirma:
"Ellos [los egipcios] sostienen que la razón pura reina sobre el mundo: una razón desapasionada que abarca todo el mundo, y otra que penetra todas las esferas. Y no solo estudian todo esto con su razón, sino que también declaran que, a través de la teurgia sacerdotal, son capaces de elevarse a seres más excelsos y perfectos, así como a aquellos que están por encima del Destino, es decir, a Dios y al Demiurgo, sin la mediación de la materia ni de nada más, sino solo observando el tiempo apropiado. Hermes habló de este camino divino e invisible. (...) Por otro lado... tales dioses, siendo verdaderamente divinos y los únicos dadores del bien, se dignan a condescender solo a los justos y a aquellos que se han purificado a través del arte sacerdotal, liberándolos de todos los vicios y pasiones. Cuando además los dotan de su luz, todo lo malo y demoníaco desaparece ante seres de una naturaleza más excelsa, como la oscuridad desaparece en presencia de la luz; el mal no es capaz de perturbar en modo alguno a los propios teurgos, que adquieren de esta luz todo lo bueno y lo malo. virtudes concebibles, que han alcanzado la capacidad adecuada de conducirse, que se han vuelto estrictos y sencillos en sus acciones, que se han liberado de las pasiones y se han limpiado de todos los impulsos desordenados y de las obras impías e inmorales" (63: III, 31; pp. 199, 306).
Estas son las características fundamentales de la teurgia «pagana» de los iniciados y filósofos. También se pueden encontrar detalles importantes en «Sobre Isis y Osiris» de Plutarco (77), las «Enéadas» de Plotino (IV, 3, 11), «Asclepio» de Hermes Trismegisto (23-24, 37) y «Sobre el sacrificio y la magia» de Proclo. Huelga decir que el «paganismo» de los iniciados y sabios no tiene nada en común con la veneración de demonios creados colectivamente, a menos que degenere en sí mismo.
El «paganismo» de los poetas, —simbólico y mitológico—, si bien no era una forma simbólica de la sabiduría y la magia (teurgia) de los misterios, era un humanismo universal. Sus «dioses» eran, en esencia, figuras humanas: héroes y heroínas deificados y poetizados, que se convirtieron en prototipos del desarrollo de la personalidad humana, es decir, símbolos planetarios y zodiacales. Así pues, Júpiter, Juno, Venus, Marte, Mercurio, Diana, Apolo, etcétera, no eran demonios en absoluto, sino los principales prototipos del desarrollo de la personalidad humana, que, a su vez, corresponden a principios cósmicos, —planetarios y zodiacales—.
En cuanto a la tercera forma de paganismo, la «naturalista», se trataba de un culto al cosmos que no trascendía los límites impuestos por la Naturaleza, al igual que las ciencias naturales de nuestros días. Por consiguiente, era «neutral» tanto respecto al verdadero mundo espiritual como a los demonios, que este paganismo percibía como un «hecho» con el que reconciliarse. Pero si bien se postraba ante la Naturaleza, no generaba demonios, pues eso contradeciría a la propia Naturaleza, ya que la generación de demonios presupone una voluntad e imaginación pervertidas.
Finalmente, queda la cuarta forma de «paganismo»: el culto a demonios generados colectivamente. Esta forma, que tuvo su origen en la degeneración de las otras tres, —principalmente el «paganismo naturalista»—, es la única en la que los demonios eran generados, adorados y subyugados, lo que llevó a que todo el paganismo fuera injusta y calumniosamente denominado «religión de demonios». Los Padres de la Iglesia, que, con raras excepciones, lo consideraban así, en realidad se ocupaban principalmente del paganismo degenerado y, por lo tanto, tenían razón al ver en los cultos paganos populares de su tiempo o bien el culto a los demonios o bien invenciones poéticas. Pero aquellos de ellos que, como Clemente de Alejandría, Orígenes, San Agustín y Sinesio, comprendían el paganismo de los iniciados y filósofos, (que era la verdadera esencia del paganismo como tal), afirmaban que «todo hombre posee un sentido innato de la ley moral». Como dijo Orígenes al respecto:
«No hay nada sorprendente en que el mismo Señor infunda en el alma de cada hombre las mismas verdades que predicó a través de sus profetas y Salvador» (95:1, 4; pp. 8-9).
Esto es algo completamente distinto del paganismo como culto a los demonios.
En cuanto al hermetismo cristiano, no puede considerar la aparición de Jesucristo sino un acontecimiento de significado universal, precedido por preparativos universales. Y así como los profetas de Israel antes de Juan el Bautista prepararon la aparición de Jesucristo en carne y hueso, así también los iniciados, sabios y justos del mundo entero preparan al mundo para su Palabra y su Espíritu. El Logos encarnado era esperado con anhelo en todos los lugares donde el hombre sufría, moría, creía, esperaba y amaba… Los judíos se prepararon para la encarnación, los paganos se prepararon para reconocer al Logos. De este modo, el cristianismo tuvo precursores en todas partes; su «coro» incluía no solo a los profetas de Israel, sino también a los iniciados y sabios del paganismo.
COMENTARIOS
1. En el texto ruso (edición sinodal): «gran rojo» (Ap. 12:3).
2. K. Marx, F. Engels. Obras completas, 2.ª ed., vol. 4, p. 423.
3. Aquí, en el texto, se hace referencia a la última página del manuscrito, donde figura la fecha: Domingo de la Santísima Trinidad, 21 de mayo de 1967.
4. Cf. A. Schopenhauer, «El mundo como voluntad y representación».
5. «Philosophia perennis».
6. «La nobleza obliga» (francés).
7. «En sí mismo»; «en su forma pura» (latín).
8. «Pobre» (italiano).
9. ¿Miguel? El santo patrón tradicional de Francia es San Dionisio. - Adde Vries, Diccionario de símbolos e imágenes, Ámsterdam-Londres, 1974, p. 204.
10. En la traducción eslava: «Que Dios resucite...»
Traducido por J.Luelmo -jul 2026-