jueves, 29 de enero de 2026

Los grandes iniciados - Budha - La India

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LOS GRANDES INICIADOS     


       
EDUARD SCHURÈ
APÉNDICE: BUDHA (La India)

I
LA INDIA

La India es, por excelencia, el país de los misterios y de las ocultas tradiciones por ser el más antiguo y el de más densa historia del mundo. En ninguna parte la humanidad ha vivido tanto en plena naturaleza. Allí, montañas enormes han surgido tras las montañas; especies se han revuelto sobre especies y hazas humanas se han deslizado unas sobre otras como el limo de los ríos.
El Djampudvipa, la tierra erizada de montañas (así llama a su patria Valmiki, el Hornero indo), ha visto evolucionar seres vivientes, desde los saurios y las monstruosas serpientes de la Lemuria, hasta los más bellos ejemplares de la raza aria, los héroes del Ramayana, de tez clara y ojos de loto.
La India ha visto toda la escala de los tipos humanos, desde los descendientes de las primitivas razas, de condición casi semianimálica, hasta los sabios solitarios de los Himalayas y el perfecto Buda, Sakia-Muni. Y de todo cuanto ha pululado durante edades innumerables bajo el sol de los trópicos sobre su suelo fecundo, la India ha conservado algo. Monumentos grandiosos, animales raros, tipos de humanidades desaparecidas, recuerdos de épocas inmemoriales que flotan aún en el aire embalsamado y en las antiguas plegarias.
De los tiempos antediluvianos guarda ella al elefante, majestuoso y sabio, la boa voraz y los ejércitos de monos retozones. Del período védico subsiste el culto de los elementos y de los antepasados. A pesar de la invasión musulmana y de la conquista inglesa, la civilización brahmánica reina como perpetua señora con sus millones de divinidades, sus vacas sagradas y sus faquires, sus templos ahondados en el corazón de los montes y sus pagodas monstruosas, pirámides de dioses superpuestos, erguidas en los bosques y en los llanos. Allí nadie se asombra de hallar los más violentos contrastes. El más grosero fetichismo vive en paz con la más refinada filosofía. Al lado del misticismo y del pesimismo trascendente, las religiones primitivas celebran todavía sus agitados ritos. Los viajeros que han asistido a la fiesta primaveral de Siva, en Benarés, lo han experimentado. No sin asombro han visto todo un pueblo compuesto de brahmanes y maharajás, príncipes y mendicantes, sabios y faquires, mancebos semidesnudos y mujeres de maravillosa hermosura, niños de porte grave y ancianos tambaleantes, salir como una marea humana de los palacios y de los templos que bordean la orilla izquierda del Ganges sobre un sendero de dos leguas. Han contemplado esta multitud, ostentando sedas suntuosas y sórdidos harapos, descender las gradas gigantescas, para lavar sus pecados en las aguas pútridas del sacro río y saludar con exclamaciones entusiastas, acompañadas de una lluvia de flores, a la Aurora índica, la Aurora de frente de rosa y corazón de ámbar que precede al fulgurante sol. Y han percibido la honda sensación del culto védico, todavía viviente en el corazón de la India y la grande emoción religiosa de los primeros días de la humanidad aria.
Otros viajeros, impelidos por una especie de piedad ancestral y por la sed de los orígenes, penetraron hasta el manantial del Ganges. Y ésos gustaron una sensación todavía más intensa y más rara, ya que oyeron los himnos sacros de los peregrinos al apuntalar el alba, el rumor de las aguas fluidas, de las nieves eternas y las primeras lumbres matinales en el éter puro de las cimas himaláyicas.
¿De dónde provienen, pues, a este pueblo y esta tierra, su carácter maravilloso y único?. ¿A qué se debe que aquí el pasado venerable y lejano domina aún el presente mientras que en nuestras urbes de Occidente la actualidad absorbe lo pasado en su fiebre de renovación, pareciendo como si quisiera pulverizarlo bajo la rabia ciega de sus máquinas?. La respuesta se halla en la misión providencial de la India. Esta misión consiste en perpetuar al través de los años y divulgar entre otras naciones las más antiguas tradiciones humanas y la ciencia divina subyacente en el alma. Todo contribuye a ello, la configuración geológica, las virtudes que irradian de la raza iniciadora, la elevación y la amplitud de su inspiración primera y también la diversidad de las razas que han hecho de este suelo un turbador y prodigioso hormiguero humano.
El mar y la montaña, que moldean la faz del planeta, se han conjurado para hacer de la India el país de la contemplación y del ensueño, rodeándolo de sus masas líquidas y rocosas. Al Sur, el Océano Indico envuelve sus costas casi doquiera inabordables. Al Norte se iza la barrera infranqueable, la más alta cordillera del globo, “el Himayat, dosel del mundo y trono de los dioses”, que la separa del resto del Asia y que parece querer juntarla con el cielo. También los Himalayas prestan a la India su carácter único entre los países tropicales. Todas las estaciones, la flora y la fauna toda, se escalonan en sus flancos, desde la palmera gigante al abeto alpino, desde el rayado tigre de Bengala a la lanuda cabra de Cachemira. De sus domos de hielo viérteme, hacia las planicies tostadas, tres grandes ríos: el Indo, el Ganges y el Bramaputra. En fin, por las brechas de Pamir ha descendido la raza electa de los conquistadores guiada por sus dioses. Vertiente humana, no menos fecunda que, mezclándose con las razas indígenas, debía crear la civilización índica.
Parece que el poeta Valmiki haya resumido el milagro ario al comienzo de su Ramayana cuando describe el Ganges lanzándose desde el alto cielo sobre los Himalayas, a la invocación de los más poderosos ascetas. Al principio los Inmortales se mostraron en todo su esplendor, y a su venida, el cielo se iluminó con claridad deslumbradora. Luego el río descendió y la atmósfera se llenó de espuma como lago argentado por multitud de cisnes. Después de saltar de cascada en cascada, de valle en valle, ganó el Ganges la llanura. Los dioses le precedían sobre sus carros centelleantes; los delfines y las ninfas celestes, las Apsaras, danzaron sobre sus ondas. Hombres y bestias siguieron su curso majestuoso. Ganó por fin el mar, pero ni el mismo Océano pudo detenerlo. El río santo se sumergió hasta el fondo de los infiernos y las almas se purificaron en sus ondas para remontar hacia los Inmortales. Soberbia imagen de la sabiduría primordial que, descendiendo de las alturas celestes, se hunde hasta las entrañas de la tierra para arrebatarles su secreto.

II
LA INDIA AL APARECER EL BUDHA

Durante muchos millares de años, desplegó su esplendor la civilización brahmánica, manteniendo su equilibrio a través de guerras intestinas, de rivalidades dinásticas y de las innovaciones de los cultos populares. Proveníale este equilibrio de la sabiduría védica, cuyo poderío perdura todavía. Sin embargo, seis o siete siglos antes de nuestra era, se inició el declive. A pesar de la sólida unidad religiosa que dominaba la diversidad de sus sectas, la India, dividida en multitud de reinos, predispuesta para las invasiones extranjeras de las que Alejandro Magno daría, tres siglos más tarde, la señal definitiva, se anemiaba y decaía. Entregada a sus luchas intestinas y a las intrigas de harén, afeminados por la poligamia sus reyes, deslizábase su vida entre el lujo y la pereza, mientras el pueblo se bastardeaba por el desbordamiento de las razas inferiores. Ante los templos de Siva, los faquires fanáticos, caricaturas de los verdaderos ascetas, se entregaban a odiosas mortificaciones bajo pretexto de alcanzar la santidad. A las sacras vírgenes, las devasis, que figuraron siempre en los templos de Brahmá y de Vishnú, se oponían ahora las sacerdotisas de Kali. Con sus miradas más llameantes que sus antorchas encendidas, con sus ojos en los que brillaba la sed inextinguible de voluptuosidad y de muerte, atraían a los fieles fascinados a sus templos tenebrosos. Los parias se entregaban todavía a placeres más viles para olvidar sus dolores y el yugo de la esclavitud. De los bajos fondos de esta sociedad subían lamentos mezclados a los gritos de alegría salvaje con los miasmas del vicio y el aliento de pasiones disolventes, amenazando sus virtudes seculares y sus conquistas del espíritu. Éstas permanecían todavía guardadas por los brahmanes. Ya que, en la cima de este mundo, velaba aún con ellos la tradición, la inmemorial sabiduría, que se reducía cada vez más. Había perdido su espontaneidad primitiva, su amplia visión abierta sobre el Cosmos como sobre el mundo interior. Limitada a fórmulas abstractas, se osificaba en el ritualismo y en la pedantería escolástica, no restándole de su pasado más que la prodigiosa ciencia. Y aun ésta comenzaba a declinar. ¡Dichosos los pueblos que, en la embriaguez de la acción, beben la onda del Leteo y olvidan su odisea al través del mundo!. Créense nacidos de ayer, puesto que renacen en un día, de un sorbo de vida y de esperanza. Los brahmanes doblegábanse bajo el yugo del pasado humano. Siglos, milenios, kalpas o períodos del mundo pesaban sobre sus espaldas como las masas gigantescas del Gaorisankar y cedían de laxitud sus brazos como ramas de viejos cedros inclinados bajo el peso de las nieves. Como perdieron los arios de la India poco a poco el espíritu de conquista y de aventura, perdían los brahmanes la te en el futuro humano. Encerrados en el círculo himaláyico, separados de los demás pueblos, dejaron pulular bajo ellos las masas corrompidas y se sumergieron en sus especulaciones. En los Upanishads hay elevados pensamientos, visiones de asombrosa hondura, mas se percibe en ellos el descorazonamiento, el desdén y la indiferencia. A fuerza de buscar la unión con Atma, el Espíritu puro, los brahmanes olvidaron, en su egoísta contemplación, el mundo y los hombres. En aquel momento surgió entre los brahmanes el primer hombre que osó combatirlos a ultranza. Más, circunstancia curiosa, combatiéndolos, él debía, al fin, impulsar su secreto pensamiento y fijar su ideal ético en la forma inolvidable de la renunciación perfecta. Su doctrina se nos aparece como la exacerbación y el negativo reverso del brahmanismo. Es el postrer chispazo del genio indo en el océano del infinito, chispazo de valentía y de una temeridad loca que finaliza desplomándose. Pero de este desplome veremos resurgir dos grandes ideas, como aves migradoras escapadas de un naufragio. Ideas fecundas, ideas-madres que llevarán la quintaesencia de la antigua sabiduría a Occidente, que la transformará según su misión y su genio.


III
LA JUVENTUD DEL BUDHA

Entre las estribaciones nepalesas de los Himalayas y el río Rohini, prosperaba antaño la raza de los Sakias. Esta palabra significa los Poderosos. De vastas llanuras pantanosas empapadas por los torrentes de la montaña, el trabajo del hombre había hecho una comarca floreciente y rica, salpicada de tupidos bosques, de claros arrozales, de praderas llenas de abundoso pasto nutridor de espléndidos caballos y opulento ganado. Allí nació, en el siglo VI antes de nuestra era, un niño al que dieron por nombre Sidarta. Su padre, Sudodana, era uno de los muchos reyes del país, soberanos en su dominio como lo son aún oficialmente los rajas de hoy día. El nombre de Gautama, que la tradición otorga al fundador del budismo, parece indicar una familia de cantores védicos de este nombre, sus ascendientes paternos. Ante el altar doméstico donde ardía el fuego de Agni, el niño fue consagrado a Brahmá. Él debía ser también cantor y encantador de almas, pero cantor de un género único. No celebraría la Aurora de rosados senos y de brillante diadema ni el Dios solar de arco centelleante, ni el Amor que tiene por flechas flores y cuyo aliento aturde como violento perfume. Él entonaría una melodía fúnebre, grandiosa y extraña, intentando envolver a los dioses y a los hombres en el estrellado sudario de su Nirvana. Los grandes ojos fijos de este niño, lucientes bajo una frente extraordinariamente comba (así la tradición ha figurado siempre a Buda), contemplaban al mundo con asombro. Había en ellos abismos de tristeza y de evocación. Gautama pasó su infancia en el lujo y la ociosidad. Todo le sonreía en el suntuoso jardín de su padre; los bosquecillos de rosales, los estanques esmaltados de lotos, las gacelas familiares, los antílopes domesticados y las aves de múltiple plumaje sacudiéndose a la sombra de los ramajes de los asokas y de los mangos. Más nada podía ahuyentar la sombra precoz que velaba su semblante, nada podía calmar la inquietud de su corazón. Era de aquellos que apenas hablan porque piensan mucho. Dos cosas lo diferenciaban del resto de los hombres, alejándolo de sus semejantes como un abismo sin fondo: por un lado, la piedad sin límites por el dolor de todos los seres; y por otro, la ansiosa búsqueda del porqué de los hechos. Una paloma desgarrada por el gavilán, un perro expirando bajo la mordedura de una serpiente, le llenaban de horror. Los rugidos de las fieras aprisionadas en la jaula de los exhibidores, le parecían más dolorosos, más espantables aún que los estertores de sus víctimas y le producían estremecimientos no de temor, sino de compasión. ¿Cómo, después de tales emociones, podía holgarse en los festejos reales, en las danzas gozosas, en los combates de elefantes, en las cabalgatas de hombres y mujeres que pasaban ante sus ojos a los sones de tambores y címbalos?. ¿Por qué Brahmá creó este mundo lleno de espantosos dolores y de insensatos goces?. ¿Qué aspiraban, dónde iban todos aquellos seres?. ¿Qué buscaban esas bandadas de cisnes viajeros que volaban en primavera más altos que las nubes en busca de las montañas, tornando en la estación de las lluvias al Yamuna y al Ganges?. ¿Qué habría tras las oscuras moles del Nepal y los enormes domos nevados de los Himalayas, hincados en el cielo?. Ya que, en las noches sofocantes del estío el lánguido cantar de una mujer salía de las cimbradas galerías del palacio, ¿Por qué la solitaria estrella la alumbraba, rútila, sobre el rojo horizonte de la llanura tórrida, ardiente de fiebre y entorpecida de oscuridad?. ¿Era para decirle que también ella palpitaba de un amor inasequible?. ¿No se desgranaría quizá, en aquel mundo lejano, la misma melodía en el silencio del espacio?. ¿No reinaría allí también la misma languidez, idéntico deseo de infinito?. Alguna que otra vez, y como hablando consigo mismo, el joven Gautama había dirigido tales preguntas a sus amigos, a sus preceptores y a sus padres. Sus amigos le respondían riendo: “¡Qué nos importa a nosotros!”. El brahmán preceptor le había dicho: “Los sabios ascetas tal vez lo sepan”. Sus padres susurraban: “Brahmá quiere que se ignore”. Sujeto a la costumbre, Gautama se unió en matrimonio y hubo de su esposa un hijo llamado Raúla. Este acontecimiento no pudo disipar sus dudas ni variar el curso de sus pensamientos. Debían conmover al joven príncipe los tiernos lazos con que la dulce esposa y el inocente niño enlazaban su corazón. Más, ¿Qué representaban las caricias de una mujer y la sonrisa de un niño sobre esa alma torturada por el dolor del mundo?. No hacían más que intensificar la fatalidad que lo sujetaba al dolor universal y su deseo de liberación devino más agudo. La leyenda ha juntado en un solo episodio las impresiones que condujeron a Gautama a su paso decisivo. Cuenta que, durante un paseo, encontró un anciano, un enfermo y un muerto. El aspecto de aquel cuerpo tambaleante y decrépito, de aquel apestado cuerpo cubierto de úlceras y de aquel cadáver en descomposición, debieron obrar sobre él con el poder del rayo, revelándole el fin inevitable de toda vida y la más negra hondura de la miseria humana. Y entonces resolvió renunciar a la corona y abandonar para siempre su palacio, su familia y su hijo, para consagrarse a la vida ascética. Esta tradición condensa en una escena dramática y en tres ejemplos las experiencias y reflexiones de largos años. Más esos ejemplos conmueven al descubrir los móviles de toda existencia, revelando un carácter. Un documento pali que se remonta a un siglo después de muerto Buda y donde palpita todavía la tradición viviente, pone en boca de Gautama, dirigiéndose a sus discípulos: “Al hombre, en todo tiempo le ataja el disgusto y el horror ante la vejez”. Sabe que la vejez le acecha. Más agrega: “No me alcanzará. Pensándolo, siento que me inunda todo el ardor de la juventud”. De hecho, en todas las predicaciones de Buda y en toda la literatura budista, la vejez, la enfermedad y la muerte acuden sin cesar, como los inevitables males de la humanidad. Contaba Gautama veintinueve años cuando decidió abandonar definitivamente el palacio de su padre, rompiendo todo lazo con su vida pasada para buscar la liberación en la soledad y la verdad en la meditación. En frases simples y conmovedoras, la tradición relata su muda despedida a la esposa y al hijo: “Antes de marchar, piensa en su hijo recién nacido: «Quiero ver a mi niño». Se encamina al departamento de su esposa y la encuentra dormida sobre su lecho sembrado de flores, la mano sobre la cabecita del infante. Gautama piensa: «Si aparto la mano de mi esposa para abrazar a mi hijo la despertaré. Cuando sea Buda volvere a ver a mi hijo». Fuera le esperaba su caballo Kantaka y el hijo del rey huyó sin que nadie le viera. Huyó lejos de su mujer y de su hijo, para hallar la paz del alma y brindarla al mundo y a los dioses. Tras de sí avanzaba, como una sombra, Mara, el tentador, acechando el momento en que un pensamiento de injusticia o de deseo brotara de aquella alma que luchaba por la salvación, un pensamiento que le diera fuerza sobre el odiado enemigo”. (Resumen de la leyenda por Oldenberg).



IV
SOLEDAD E ILIMINACIÓN

Hallamos a Gautama, el regio descendiente de los Sakias, convertido en monje (Sakia-Muni) errando por las sendas, la cabeza rasurada, envuelto en amarillo sayal, con la escudilla en la mano, pidiendo limosna por los caseríos. Dirigióse primero a los encumbrados brahmanes para que le indicaran el camino de la verdad. Pero sus respuestas complicadas y abstractas sobre el origen del mundo y la doctrina de la identidad con Dios, no le satisfacían. Sus maestros, detentores de la antigua tradición de los rishis, le indicaron, sin embargo, ciertas prácticas respiratorias y procedimientos de meditación, necesarios para alcanzar la perfecta concentración interior. Más tarde se sirvió de ellos en su gimnasia espiritual.
Pasó luego varios años rodeado de cinco ascetas jainos, (Jainos, nombre que significa vencedores, era una secta de fanáticos ascetas, existente en el sur de la India mucho antes de la fundación del budismo, con el que tiene grande analogía), que le llevaron a su escuela de Uruvala, en Magada, a orillas de un río de remansos bellos. Después de sujetarse mucho tiempo a su disciplina implacable, pudo convencerse de que a ningún anhelado fin le conducía.
Un día les declaró su renuncia a tales mortificaciones inútiles y su resolución de buscar la verdad por sí mismo, valiéndose solamente de la meditación. A tales palabras, airados los ascetas fanáticos, con sus cuerpos esqueléticos y sus rostros escuálidos, se alzaron con desprecio y dejaron solo a
su compañero junto al río. Y gozó entonces sin duda la embriaguez de la soledad en medio de la naturaleza virgen, este refrigerante manantial descrito en la literatura budista: “Cuando a nadie distinguió ante mí y detrás de mí, gozo en la permanencia de mi soledad entre los bosques. Para el monje solitario anheloso de perfección es allí gozosa la vida. Solo, sin compañeros, en la selva amable, ¿Cuándo alcanzaré el fin?. ¿Cuándo estaré libre de pecado?”.
Y la noche le sorprendió en idéntica postura, sentado, las piernas cruzadas bajo el árbol de sus meditaciones, de cien mil hojas murmurantes. A la orilla del río, ornada de flores, por guirnalda la abigarrada corona de los bosques, el monje permanecía sentado gozosamente, entregado a su meditación. No había mayor felicidad para él. Un pastor, enamorado del aspecto ingenuo y grave del asceta de aura benéfica, le llevaba todos los días leche y bananas. Una gacela, atraída por su dulzura, se le acercaba hasta comer en su mano los granos de arroz. Y casi se sentía feliz. Más sus pensamientos sumergíanse ansiosamente en la espiral infinita del mundo interior. Durante el día meditaba esforzadamente, intensamente, sobre sí mismo y sobre los demás, sobre el origen del mal y sobre el supremo fin de la vida. Trataba de explicarse el fatal encadenamiento de los destinos humanos por medio de razonamientos cerrados, agudos, despiadados. Más ¡Cuántas dudas, cuántas lagunas, cuántos abismos insondables!. Durante la noche se abandonaba sobre el océano del sueño, a la deriva, para reemprender al día siguiente el curso de sus pensamientos. Y así su sueño devenía cada vez más transparente. Era como una serie de velos superpuestos, de gasas fluidas que, al descorrerse, descubrían mundo tras mundo.
Al comienzo veía proyectarse su propia vida pasada, inversamente, en imágenes sucesivas. Después reconocióse a sí mismo bajo distinta figura, con otras pasiones como en una pasada existencia. Y tras de este velo tenue, aparecieron otros semblantes desconocidos, extraños, enigmáticos que parecían llamarle...¡Oh ilimitado reino de la ilusión y del sueño!, pensaba Gautama, ¿Eres tú la cima del mundo que contiene las fuentes secretas?. ¿Eres tú el reverso de la urdimbre en la cual poderes ignotos entremezclan los hilos que tejen todas las cosas y todos los seres, que forman el vívido cuadro de este vasto universo?. Y reemprendía de nuevo sus meditaciones sin lograr unir entre sí las corrientes de aquel caos uniforme.
Relata la tradición que Sakia-Muni practicó durante siete años ejercicios de concentración interior antes de alcanzar la iluminación. Logróla, por fin, bajo la forma de una serie de éxtasis durante el sueño. Es preciso seguir de cerca los fenómenos psíquicos amasados por la leyenda durante estas cuatro noches extáticas. Ya que de su peculiar carácter y de su interpretación, ha surgido la doctrina del Buda y todo el budismo. Durante la primera noche penetró Sakia-Muni en lo que la India llama Kama Loka (mansión de deseos). Es el Amenti egipcio, el Hades griego, el Purgatorio cristiano. Es la esfera llamada mundo astral por el ocultismo de Occidente o estado psíquico definido con esta palabra: esfera de la permeabilidad, caos sombrío y nebuloso. Al principio le asaltaban toda clase de animales, serpientes y bestias feroces. Su alma lúcida comprendió que aquello eran sus propias pasiones de vidas precedentes, exteriorizadas y vitalizadas todavía en el fondo de su alma. Bajo el escudo de la voluntad, se iban disipando a medida que avanzaba sobre ellas. Entonces se le apareció su propia esposa a quien había amado y abandonado. La vio, desnudos los senos, llenos los ojos de lágrimas, de desesperación y de deseo, tender el hijo hacia él. ¿Era el alma de su esposa, todavía viviente, que así le llamaba durante el sueño?. Lleno de piedad, palpitante de amor, lanzóse hacia ella. Pero en aquel momento, desvanecióse la figura prorrumpiendo en un desgarrador lamento al que respondió el grito sordo de su propia alma. Entonces le envolvieron en ráfagas infinitas, en bandas desgarradas por el viento, las almas de los muertos sumergidos todavía en las pasiones de la tierra. Estas sombras perseguían sus presas, se arrojaban unas sobre otras sin lograr enlazarse, rodando anhelantes en un abismo sin fondo. Vio a los criminales torturados por el suplicio que les habían infligido, sufrirlo de nuevo indefinidamente, hasta que el horror del hecho mata la voluntad culpable, hasta que las lágrimas del asesino lavan la sangre de la víctima. Esta lúgubre región era verdaderamente un infierno agitándose en la hoguera de un deseo imposible de sofocar en las tinieblas angustiosas del vacío helado.
Sakia-Muni creyó percibir al príncipe de aquel reino. Era el que los poetas describen bajo la figura de Kama, dios del Deseo. Solamente que, en lugar de llevar traje de púrpura, coronado de flores y tener la mirada gozosa tras el arco tenso, lo envolvía un sudario, iba cubierto de ceniza y blandía un cráneo vacío. Kama se convirtió en Mara, el dios de la Muerte. Cuando despertó Sakia-Muni después de la primera noche de su iniciación, un sudor helado salpicaba todo su cuerpo. La mansa gacela, su querida compañera, había huido. ¿Temía acaso a las sombras con que se rozara su dueño?. ¿Había olfateado al dios de la Muerte?. Gautama permaneció inmóvil bajo el árbol de la meditación, de cien mil hojas susurrantes. El embotamiento le impedía moverse. El pastor cuidadoso le reanimó, ofreciéndole leche espumosa en una cascara de coco. Durante la segunda noche, penetró el solitario en el mundo de las almas dichosas. Ante sus ojos cerrados deslizáronse países flotantes, islas aéreas. Jardines encantados donde los árboles y las flores, las aves, el cielo y el aire embalsamado, las estrellas y las nubes, transparentes como velos, parecían acariciar el alma y modular inteligentemente el lenguaje del amor, condensando en significativa forma la expresión de humanos pensamientos o de divinos símbolos. Vio a las almas agrupadas o en parejas, caminar absortas unas en otras o reclinadas a los pies de un maestro. Y la felicidad que irradiaba de sus miradas, de sus actitudes, de sus palabras, parecía emanar de un elevado mundo planeante sobre sus cabezas, al que dirigían de vez en cuando sus tendidos brazos, uniéndolos a todos en su célica armonía. Pero de pronto, vio Gautama algunos de aquellos semblantes palidecer conmovidos. Entonces se apercibió de que cada una de aquellas almas se hallaba unida al mundo inferior por un hilo imperceptible. Esta red de filamentos descendía hasta lo profundo al través de una nube purpúrea que la sostenía en el abismo. A medida que la nube roja ascendía, se iba desvaneciendo, y el paraíso aéreo devenía cada vez más imperceptible.
Y Gautama comprendió el sentido de su visión. Aquellos lazos sutiles eran ataduras indestructibles, restos de pasiones humanas, de inextinguibles deseos que unían aquellas almas gozosas a la tierra, Forzándolas, tarde o temprano, a nuevas encarnaciones. ¡Cuántos adioses ¡ay! en perspectiva tras el
reencuentro celeste, cuántos nuevos alejamientos en aquellos laberintos de dolor y de prueba a los que aguardaba acaso, el fin, la separación eterna!...
Cuando a la mañana siguiente despertó Sakia-Muni tras la segunda noche, los cisnes viajeros volaban por el cielo nebuloso. Y fue más triste para el despertar de aquella visión paradisíaca, que del sueño infernal. Pensaba en los futuros destinos de todas aquellas almas, en su errar sin fin. En la tercera noche se elevó, por un poderoso esfuerzo, al mundo de los dioses. Fue aquel un sueño inenarrable, un sublime panorama de grandeza inefable.
Vio ante todo los Arquetipos luminosos que irradian en el umbral del mundo de los Devas, círculos, triángulos, astros centelleantes, moldes del mundo material. Seguidamente aparecieron ante él las fuerzas cósmicas, los dioses carentes de inmutable forma, pero que actuaban, multiformes, en las venas del mundo. Vio ruedas ígneas, torbellinos de luz y de tinieblas, astros transformándose en leones alados, en águilas monstruosas cuyas cabezas erguidas irradiaban un océano de llamas.
De aquellas figuras que aparecían, desaparecían y se metamorfoseaban multiplicándose con la rapidez del rayo, emanaban en todas direcciones corrientes lumínicas que se diversificaban por el Universo. Y aquellas corriente de vida, borboteaban en el curso de los planetas, brotando de nuevo en su superficie, amasando a todos los seres.
Al identificarse el vidente con todo el ardor de aquella vida con una especie de poder de ubicuidad, en el deslumbramiento de su embriaguez, oyó de súbito el grito de dolor humano ascender del abismo y llegar hasta él como una creciente marea de clamores desesperados. Entonces descubrió algo que le pareció terrible. Aquel mundo inferior, lleno de lucha y de sufrimiento, lo habían creado, pues, los dioses. Aun más; conscientes de sí mismos, se habían desenvuelto con su universo; y ahora, planeando por encima de él, pero inseparables de su esencia ¡vivían de su reflujo formidable!. Sí, los dioses inmortales se envolvían en la llama y en la lumbre emanada de sus corazones; más aquel fuego se convertía en los hombres en pasión y en desasosiego aquella lumbre. Se alimentaban del soplo del amor
humano que ellos excitaran, respirando el perfume de sus adoraciones y el humo de sus tormentas. Bebían todas aquellas mareas de almas henchidas de dolor y de deseo, como bebe el viento tempestuoso la espuma del océano...¡También ellos eran culpables!.
Al abrazar la vista del vidente panoramas y perspectivas de espacio y de tiempo cada vez más vastas, al volar su espíritu de edades en edades, creyó distinguir a aquellos dioses arrastrados en el naufragio final de sus mundos, engullidos en el sueño cósmico, forzados a morir y a renacer también, de eternidad en eternidad, y creando mundos perpetuamente miserables. Entonces el universo entero apareció a Sakia-Muni como una rueda espantable a la que se hallan sujetos todos los seres, los hombres y los dioses. No había medio de escapar a la ley inevitable que hace girar la rueda. De vida en vida, de encarnación en encarnación, imperturbablemente, todos los seres vuelven siempre a comenzar en vano idéntica aventura, siendo despiadadamente triturados por el dolor y la muerte. Como hacia atrás se extiende el inconmensurable pasado, el inconmensurable porvenir de sufrimiento se ofrece en la sucesión infinita de las existencias. Innumerables períodos del mundo deslízanse en miríadas de años. Tierras, cielos, infiernos, lugares de tortura, nacen y desaparecen como surgieron para ser barridos después de eternidades. ¿Cómo escapar a esta rueda?. ¿Cómo terminar con el suplicio de vivir?.
Despertó el asceta de esta visión en un vértigo de espanto. El viento del Norte había agitado toda la noche el árbol del conocimiento, de cien mil hojas murmurantes. El alba clareaba apenas y caía una lluvia frígida. Volvió la gacela y permaneció recostada junto al solitario, lamiéndole los pies helados. La tocó. La halló también fría. Entonces la atrajo en sus brazos para calentarla sobre su corazón. Y Sakia-Muni se consoló durante una hora del dolor del mundo, oprimiendo sobre su pecho a la infeliz gacela.
No tenía Gautama la costumbre de orar. Nada esperaba de los dioses y todo de sí mismo y de su meditación. No los odiaba ni de nada les acusaba. Sólo les envolvía en su inmensa piedad. ¿Acaso no se hallaban ellos también sujetos a la fatal ilusión del cambio, por el deseo universal, por la sed desenfrenada de ser y de vivir?. Si no podían salvarse a sí mismos, ¿Cómo iban a auxiliar a los hombres?.
Antes de la cuarta noche, Sakia-Muni, abrumado de angustia, invocó al Innominado, al Inmanifestado, a Aquel que el clarividente no percibe, para que le revelara el arcano de la felicidad y del reposo eternos.
Al dormirse, vio de nuevo la terrible rueda de la existencia, como un círculo de sombra poblado de hormigueros humanos. La rueda infatigable da vueltas lentamente. Aquí y allá, algunos valientes luchadores, ascetas sublimes, pasaban del círculo sombrío al halo luminoso que les rodeaba. Eran los sabios ascetas, los Bodisatvas que le habían precedido. Pero ninguno de ellos había logrado la salvación verdadera, el reposo definitivo. Todos caían de nuevo en el círculo de sombra, a todos sujetaba la rueda fatal.
Entonces experimentó Sakia-Muni el mayor de sus dolores, el quebrantamiento de todo su ser, al desquiciarse el mundo de las apariencias. Más a este desgarramiento supremo sucedió una inefable felicidad. Sintióse sumergido en un mar profundo de quietud y de paz. Allí no había formas, ni luz, ni rumores de vida. Su ser fundióse deliciosamente en la durmiente alma del mundo que ningún soplo agitaba y su conciencia se desvaneció en aquella inmensidad dichosa. Había alcanzado el Nirvana. Si Sakia-Muni hubiera tenido la voluntad de ir más allá y la fuerza para elevarse por encima del sueño cósmico, hubiera oído, hubiera visto, hubiera sentido algo más todavía. Hubiera oído el Sonido primordial, la divina Palabra que crea la luz; hubiera escuchado aquella música de las esferas que impulsa a los astros y a los mundos. Llevado por las ondas de esta armonía, hubiera contemplado la reverberación del Sol espiritual, del Verbo creador. Allí, el supremo deseo del amor se identifica con el ardiente gozo del sacrificio. Allí se halla uno por encima de todo, atravesando el todo, porque allí se ostenta el manantial del tiempo brotando de la eternidad y volviendo a ella. Allí se halla uno identificado con todas las cosas en la plenitud de la existencia. Se planea sobre todo dolor, porque puede convertirse en gozo. Allí todos los sufrimientos se funden en una felicidad única, como los colores del prisma en el rayo solar. Allí se alcanza el reposo en la acción trascendente y la personalidad suprema en el absoluto don de sí mismo. Allí no se condena la vida, porque se bebe la divina esencia en su manantial. Libre, enteramente manumiso, infrangible en adelante, se vuelve a la vida para crearla de nuevo más hermosa. De esta esfera de la Resurrección, presentida por la sabiduría egipcia y por los misterios de Eleusis, debía descender el Cristo.
Pero Sakia-Muni no estaba destinado a enseñar al mundo el verbo del Amor creador. Su misión fue grande, empero, porque reveló la religión de la piedad y la ley que une entre sí las humanas encarnaciones. Pero en su iniciación se detuvo en la Muerte mística sin llegar a la Resurrección. El Nirvana, que se ha interpretado por el estado divino por excelencia, no es más que el umbral. Buda no logró transponerlo. (He tratado aquí de colocar el Nirvana en su correspondiente lugar, en el orden de los fenómenos psíquicos de la Iniciación. Es ello esencial para la clara comprensión de la persona de Buda y de su papel en el mundo, puesto que su doctrina y su obra son sus consecuencias. El mérito de un iniciado, de un reformador o de un profeta cualquiera, depende, en primer lugar, de una intensa y directa ciencia de la verdad. Su doctrina nunca es otra cosa que una razonada explicación de este fenómeno inicial que siempre es, bajo una u otra forma, una revelación o una inspiración espiritual. El Nirvana aparece como la penúltima etapa de la alta Iniciación, presentida por Persia, Egipto y Grecia y que realizó el Cristo. Lo que el budismo llama la extinción o el fin de la ilusión, no es, pues, más que un estado psíquico intermedio, la fase neutra, atómica y amorfa, que precede al brotamiento de la verdad suprema. Pero representa algo importantísimo observar la forma completa en que el Buda realiza, al través de su vida, las fases todas de la Iniciación, como debía Cristo realizarlas en la suya coronándolas con la resurrección).
Transcurrida la cuarta noche de su iluminación, experimentó Gautama según reza la tradición, un placer inmenso, y una nueva fuerza inundó sus venas, animándole con nuevo valor. Sintió que, al alcanzar el Nirvana, se había liberado de todo mal. Templado en la muerte como en las aguas de la laguna Estigia, se sentía invencible. Sakia-Muni había vencido. Todo él, desde la médula de sus huesos a la cima de su alma, había devenido Buda, el Despierto. La verdad conquistada, quiso salvar al mundo. Pasó muchos días reflexionando sobre las experiencias atravesadas. Y se apercibió de la lógica secreta que unía entre sí las visiones aparecidas.
Analizando en el interior de su espíritu el encadenamiento de las causas y los efectos que conducen al sufrimiento, llegó a formular su doctrina. “Del no-conocimiento provienen las formas (Sankara); formas del pensamiento, que plasman las cosas. De ellas nace la conciencia y así, por una larga serie de procedimientos intermedios, del deseo de los sentidos deriva el apego a la existencia. Del apego nace la realización, de ésta el nacimiento, del nacimiento, la vejez y la muerte, las lamentaciones y dolores, las desgracias, desesperaciones y penas”.
“Pero si se suprime la causa primera, el no-conocimiento, toda la cadena de efectos se destruye, quedando el mal vencido”. En suma, precisa matar el deseo para suprimir la vida y cortar el mal de raíz.
Anhelaba el Buda que todos los hombres alcanzaran el Nirvana. Sabedor de cuanto tenía que decir a los brahmanes y al pueblo, Sakia-Muni abandonó su retiro para volver a Benarés y propagar su doctrina.



V
LA TENTACIÓN

Como todos los profetas, tuvo el Buda que atravesar una prueba antes de realizar su obra. Ningún reformador ha dejado de sufrir la tentación de la duda respecto de sí mismo antes de enfrentarse resueltamente con las potestades del día. A la primera tentativa, crecen los obstáculos como montañas y la labor de una serie de años aparece como la ascensión de un bloque hasta una cima.
Cuenta la leyenda que el demonio Mara cuchicheó a su oído: “Entra en el Nirvana, hombre perfecto. La época nirvánica ha llegado para ti”. Buda le respondió: “No entraré en el Nirvana en tanto no se acreciente y se difunda la vida santa entre los hombres y no sea lo suficientemente predicada doquiera”.
Aproximósele un brahmán exclamando con menosprecio: “Un laico no puede ser brahmán”. Buda respondió: “El verdadero brahmán es aquel que destierra de sí mismo toda maldad, toda mancha, toda impureza”. Fracasados los hombres frente al Bienaventurado, intervinieron los elementos. Viento, lluvia torrencial, frío, tempestad y tinieblas, cerniéronse sobre él.
Esta conjuración de los elementos contra Buda, representa el postrero y furioso asalto de las pasiones, expulsadas por el alma del santo y que se abalanzan ahora sobre él desde el exterior, con la horda entera de las fuerzas de que proceden.
Para evidenciar el hecho oculto que ocurre entonces, se sirve la leyenda de un símbolo. “En aquel momento, dice, el rey de las serpientes, Mucalinda, sale de su secreto dominio, enroscando siete veces con sus anillos el cuerpo de Buda, protegiéndole así contra la tempestad”.
Transcurridos siete días, cuando Mucalinda, rey de las serpientes, vio el claro cielo sin nubes, desenroscó sus anillos del cuerpo del bienaventurado, y tomando la forma de un mancebo, se aproximó al sublime, juntas las manos, adorándolo. Entonces el sublime dijo: “Dichosa la soledad del bienaventurado que ha reconocido y contempla la verdad”.
La serpiente Mucalinda representa aquí el cuerpo astral del hombre, asiento de la sensibilidad que compenetra su cuerpo físico, creando en torno de él un aura radiosa en la que se reflejan, para el ojo del clarividente, todas las pasiones en múltiples coloraciones. Durante el sueño, el cuerpo astral, con el yo consciente, se desintegra del cuerpo físico del hombre en forma de espiral. Semeja entonces una serpiente. En este cuerpo astral (Paracelso lo llama así porque se halla en relación magnética con los astros que componen nuestro sistema solar. El ocultismo occidental ha adoptado este término), residen y vibran las pasiones humanas. Por su mediación todas las influencias buenas y malas actúan sobre el ser humano. Gobernado y organizado por la fuerza de su voluntad, el santo o el iniciado pueden transformarlo en una coraza infrangibie contra los ataques externos.
Tal es el significado de la serpiente Mucalinda enroscada en el cuerpo de Buda, protegiéndolo contra la tempestad de las pasiones. Pero tiene todavía un segundo significado. En cierto grado de la iniciación, percibe el clarividente la imagen astral de la animálica parte inferior de su ser, evolucionada en encarnaciones precedentes. Es preciso afrontar este espectáculo y matar al monstruo por medio del pensamiento. De lo contrario, no es posible penetrar en el mundo astral y menos aun en el espiritual y en el divino.
En la tradición oculta, se llama esta aparición “el guardián del umbral”.
Mucho más adelante, transcurridas largas experiencias y logradas brillantes victorias, alcanza el iniciado su divino Prototipo, la imagen de su alma superior bajo una forma ideal. He aquí por qué la serpiente Mucalinda se metamorfosea en un bello mozo, una vez la borrasca del mundo inferior se ha
disipado.



VI
LA ENSEÑANZA Y LA COMUNIDAD BUDISTA

Principió el Buda su predicación en Benarés. De momento convirtió a cinco monjes, que más tarde fueron sus fervientes discípulos y a los que envió a predicar su doctrina, diciéndoles: “Os halláis libres de todo lazo. Id por el mundo para salvación de las gentes, y la gloria de los dioses y de los hombres”. Poco después se le adhirieron mil brahmanes de Uruvela que practicaban las sentencias del Veda y el sacrificio del fuego, cumpliendo sus abluciones en el río Neranjara. Pronto afluyó la multitud. Por él dejaron los alumnos a sus maestros. Reyes y reinas llegaban sobre la grupa de sus elefantes para admirar al santo y hacerle ofrenda de su amistad. La cortesana Ambapali ofreció al Buda un bosque de mangos. El joven Bimbisara llegó a ser el protector de su regio colega, transformado en monje mendicante. La predicación de Buda duró cuarenta años, sin que los brahmanes opusieran el menor obstáculo. Compartíase anualmente su vida en dos períodos: uno nómada y otro sedentario, nueve meses de viaje y tres de reposo. “Cuando en junio, después de la ardiente canícula, se amontonan como terrones las negras nubes y el soplo del monzón anuncia el período de lluvias, se retira el indo durante quince días en su palacio o en su choza”. Ríos y torrentes acrecientan su cauce interceptando las comunicaciones. “Los pájaros, dice un viejo libro budista, construyen sus nidos en la copa de los árboles”. Lo mismo hacían los monjes durante un trimestre. En los nueves meses de viaje, Buda hallaba doquiera asilos, parques y jardines, mansiones de reyes o de ricos comerciantes. No le faltaban para su alimento mangos y bananas. Ello no impedía no obstante a aquellos renunciadores de los bienes mundanos, observar su voto de pobreza y continuar su vida de mendicantes. Todas las mañanas recorrían la ciudad, precedidos de su Maestro. En silencio, bajos los ojos, cuenco en mano, aguardaban la limosna, bendiciendo a los que daban y a los que no daban. Por la tarde, en la tranquila oscuridad del bosque o en su celda, meditaba el Sublime en “sagrado silencio”. (Oldenberg, “La Vie de Bouddha”). Así propagóse la secta budista. En muchas partes, bajo la dirección del Maestro, fundábanse asociaciones de monjes que más tarde debían convertirse en ricos conventos. A su alrededor se agrupaban comunidades laicas que, sin adoptar la vida monacal, hallábanse gustosas bajo la guía de los budistas. Los textos que relatan estos hechos con frías sentencias y mecánicos razonamientos, siempre repetidos, no nos han sabido legar prueba plena de la elocuencia del Maestro, el encanto que emanaba de su persona, el magnetismo de su voluntad potente, velada de imperturbable dulzura y de serenidad perfecta, ni tampoco de la extraña fascinación con que misteriosamente evocaba el Nirvana. Al principio describe la vida de los sentidos como turbulento océano irritado, con sus torbellinos, sus honduras insondables y sus monstruos. Allí bambolean sin un instante de reposo esas pobres barquillas llamadas almas plácidas donde el mar se calma. Por fin, sobre la llana superficie inmóvil, delinease una corriente circular que toma forma de embudo. En lo más profundo, reluce un punto centelleante. ¡Dichoso el que penetra rápidamente en el círculo y desciende hasta su fondo!. Se halla en otro mundo, alejado del mar y de la tempestad. ¿Qué hay más allá de esta profundidad, más allá del punto luminoso?. El Maestro no lo explica. Sólo afirma que es la beatitud suprema, y agrega: “Yo vengo de allá. Lo que no había llegado desde hace miríadas de años, está aquí. Yo os lo traigo”. La tradición ha conservado el Sermón de Benarés, que es el Sermón de la Montaña de Buda. Quizá en él hallamos un eco lejano de su viva palabra. “Me llamáis amigo, pero no me dais mi verdadero nombre. Yo soy el Liberado, el Bienaventurado, el Buda. Aguzad el oído. La liberación de la muerte ha sido hallada. Yo os instruyo, yo os enseño la doctrina. Si vivís sus preceptos, pronto tomaréis parte en lo que buscan los jóvenes que abandonan su país para convertirse en los sin-patria, y alcanzaréis la perfecta santidad. Aun en esta vida reconoceréis entonces la verdad, contemplándola cara a cara. Basta ya de mortificaciones, pues basta renunciar a todos los placeres de los sentidos. El sendero medio conduce al conocimiento, a la iluminación, al Nirvana. El sendero ocho veces santo, se llama: justa fe, resolución justa, justa palabra, justa acción, vida justa, justa aspiración, justo pensamiento, justa meditación. Ésta, ¡Oh monjes!, es la verdad santa sobre el origen del sufrimiento: el anhelo de existir de nacimiento en nacimiento, con su placer y deseo inherentes, hallan aquí y allá su voluptuosidad, la sed de sensaciones, el ansia de transformación, la avidez de poderío. He aquí, ¡oh monjes!, la santa verdad sobre la eliminación del sufrimiento: supresión del ansia por la destrucción del deseo, apartándolo, desligándolo de él sin dejarle ya lugar. Ésta es, ¡Oh monjes!, la santa verdad sobre la extinción del dolor”. Cuando Sakia-Muni se halló en posesión de las cuatro verdades esenciales, a saber: 1º el sufrimiento; 2º el origen del sufrimiento; 3º la eliminación del sufrimiento; 4º el camino de la eliminación, declaró que en el mundo de Brahma y de Mara, entre todos los seres, comprendidos brahmanes y ascetas, hombres y dioses, había alcanzado la felicidad perfecta y la suprema dignidad de Buda. Toda la obra del reformador indo, toda su predicación, el budismo todo con su literatura sacra y profana, no son otra cosa que un perpetuo comentario, bajo mil variaciones, del Sermón de Benarés. Esta doctrina tiene una característica exclusiva y rigurosamente moral. Es de una imperiosa dulzura y de una bienaventurada desesperanza. Cultiva el fanatismo del reposo. Diríase que es una conjuración pacifista para conducir el mundo a su fin. Ni metafísica ni cosmogonía, ni mitología, ni plegaria, ni culto. Nada más que la meditación moral. Su preocupación única consiste en poner fin al dolor y alcanzar el Nirvana. Buda se desliga de todo y de todos. Desconfía de los dioses, porque estos desgraciados han creado el mundo. Desconfía de la vida terrestre, porque es la matriz de la reencarnación. Desconfía del más allá, porque a pesar de todo aún impera la vida y, por lo tanto, el sufrimiento. Desconfía del alma, porque está devorada por la sed inextinguible de inmortalidad. La otra vida es, a sus ojos, una nueva forma de seducción, una voluptuosidad espiritual. Él sabe, por medio de sus éxtasis, que dicha vida existe, pero no quiere hablar de ella. Fuera demasiado peligroso. Sus discípulos le asedian a preguntas a este respecto, pero él permanece inflexible. “¿Continúa el alma viviendo después de la muerte?”, clamaban a coro; pero él no responde. “¿Muere acaso?”. El maestro permanece callado. Al preguntarle Ananda, el discípulo favorito, la razón de su silencio, hallándose solos, respondióle Buda: “Fuera dañoso a la moral responder en uno o en otro sentido” y guardó el secreto. Un monje razonador, más astuto que los otros, aborda un día al Maestro con un argumento incisivo y terrible: “Oh Bienaventurado, le dice. Tú pretendes que el alma no es más que un compuesto de sensaciones viles y efímeras. Si es así, ¿Cómo el no-yó influye en el yo que transmigra de encarnación en encarnación?”. El Buda debió indudablemente hallar embarazosa la precisa respuesta a tal argumento, digno de Platón o de Sócrates. Y se contentó diciendo: “¡Oh, monje!, tú te hallas en este momento bajo el imperio de la concupiscencia”. Si desconfía Buda del alma y de los dioses, más desconfía aún de las mujeres. En esto, como en todo lo demás, es la antítesis de Krishna, el apóstol del Eterno-Femenino. Sabía Buda que el amor es el más poderoso incentivo de la vida y que la mujer encierra, como arquilla de filtros y de aromas, la quintaesencia de todas las seducciones. Sabía que Brahmá no se decidió a crear al mundo y a los dioses antes de haber creado de sí mismo el Eterno-Femenino, el velo policromo de Maya donde torna-solea la imagen de todos los seres. No teme a la mujer como provocadora del delirio de los sentidos por medio de miradas o de sonrisas, sino que teme su arsenal de mentiras y astucias, cual urditrama de que se vale la naturaleza para tejer la vida. “La esencia de la mujer, dice, se halla insondablemente oculta, como las revueltas del pez en el agua”. “¿Cómo conducirnos ante una mujer?”, preguntó Ananda a su maestro. “Evita su presencia”. “¿Y si no podemos evitarla?”. “No les hables”. Y si no podemos menos de hablarle, Señor, ¿Qué hacer?” “Entonces, ¡guardaos!”. Buda permitió, sin embargo, a la comunidad budista, después de muchas vacilaciones, la fundación de conventos de mujeres, pero no las admitió en su intimidad, alejándolas de su presencia. No hallamos en la historia de Buda a Magdalena ni a María de Betania. Agregaremos, en honor y defensa de las mujeres indas, que las instituciones de beneficencia de la Orden budista fueron en gran parte obra de mujeres. ¿Cómo se explica que una doctrina desprovista de los goces de la tierra y del cielo, doctrina de moral implacable, casi excesiva por su nihilismo místico como por su positivismo negativo; que suprimió, por otra parte, las castas con la fe tradicional de la India en la autoridad de los Vedas, aboliendo el culto brahmánico con sus ritos suntuosos para substituirlos por centenares de conventos y un ejército de monjes mendicantes que recorrían la India escudilla en mano; cómo explicar el éxito prodigioso de una tal religión?. Se explica por la precoz degeneración de la India, por el bastardeamiento de la raza aria, entremezclada de elementos inferiores y languideciente de pereza. Se comprende por la tristeza de un pueblo envejecido entre la laxitud de la tiranía y de la esclavitud, sin perspectiva histórica ni unidad nacional, que ha perdido la afición al trabajo y que jamás ha poseído el sentimiento de la individualidad, salvo en los tiempos védicos, cuando la raza blanca dominaba en su pureza y en su fuerza. (Sabemos que el budismo no se sostuvo en la India más que cerca de cuatro siglos. Excepto en la isla de Ceilán, desapareció, en cierto modo, ante la recrudescencia del brahmanismo. Sin persecuciones, supo éste vencerlo. Absorbiendo sus elementos vitales, renovóse a sí mismo. Sabido es, también, que si el budismo se propagó en el Tibet, en Mongolia y en China, debióse a la adopción de buen número de elementos metafísicos y mitológicos proscritos por el Buda y a la profunda transformación de su doctrina). Esto dicho, precisa añadir que el momentáneo triunfo de Buda en la India fue debido, más que a su filosofía, a su estricta moral, a esta labor profunda sobre la vida interior que supo inculcar a sus discípulos. “Paso a paso, hora por hora, parcela por parcela, debe el sabio purificar su yo como el orfebre purifica el metal. El yo, al cual la metafísica budista niega realidad, se convierte aquí en el principal agente. Hallar el yo deviene el fin de toda búsqueda. Poseer por propio amigo el yo es la más segura, la más elevada amistad. Ya que el yo es el protector del yo. Precisa sujetarlo por la brida como sujeta el caballero su noble bruto”. (Sentencias morales budistas resumidas por Oldenberg). De esta austera disciplina se desprende al fin un sentimiento de libertad que se expresa con el encanto de un Francisco de Asís: “No debemos anhelar más que lo que está en nosotros mismos como no necesita el ave otro tesoro que sus alas, que guía a voluntad”. En fin, Buda fue, por la ternura de su alma, el verdadero creador de la religión de la piedad y el inspirador de una nueva poesía que emana de sus atribuidas parábolas y de las posteriores leyendas del budismo. ¡Cuán sugerente e insinuante resulta, por ejemplo, la metáfora sobre los diferentes grados evolutivos de las almas!. Compara la vida física, turbada por los sentidos, a un río sobre cuya corriente ansian elevarse las almas para aspirar la luz del cielo. “Como en un estanque de lotos blancos y azules, existen multitud de almas diversas en el interior y en la superficie del agua, unas puras, otras impuras. Sabio es aquel que, remontándose sobre el nivel del líquido elemento, prodiga a su alrededor la sabiduría, como el loto abierto expande sus gotas de rocío sobre las ninfas que flotan por los ríos”.


VII
LA MUERTE DE BUDHA

A la edad de ochenta años hallábase Buda en Beluva, pasando su solaz de estio, cuando cayó enfermo y sintió la muerte próxima. Entonces pensó en sus discípulos: “No conviene, se dijo, entrar en el Nirvana sin antes hablar a los que tienen puesta su vista en mí. Debo vencer con mi fuerza la enfermedad y retener la vida”. Y la dolencia del Sublime desapareció. Sentóse Buda a la sombra de la mansión que le tenían destinada. Ananda, su discípulo predilecto, acudió manifestándole su pena y añadiendo: “Sé que el Bienaventurado no entrará en el Nirvana sin comunicar su voluntad a la comunidad de sus discípulos”. “¿Qué solicita la comunidad? — preguntó Buda —. He predicado la doctrina. Yo no quiero reinar sobre la comunidad, Ananda. Que la verdad sea vuestra antorcha. Aquel que ahora y después de mi muerte sea su propio faro y su único refugio, aquel que no busque cobijo más que en la verdad y ande por la recta vía es mi discípulo”. Y Buda se levantó, reunió a los otros fieles y emprendió la marcha, deseoso de caminar enseñando, hasta el fin. Detúvose algún tiempo en Vesala, pero al llegar a Kusínara las fuerzas le abandonaron. Tendiéronle sobre una alfombra, entre dos árboles gemelos. Y permaneció recostado como un león fatigado. No pudiendo soportar el espectáculo, Ananda, el discípulo amado, penetró en la casa y lloró. Presintiendo Buda su tristeza, lo mandó llamar y le dijo: “No gimas, Ananda. ¿No te he dicho ya que es preciso abandonar cuanto amamos?. ¿Cómo puede escapar a la destrucción lo que ha nacido y se halla sujeto a lo efímero?. Pero durante mucho tiempo has honrado, Ananda, lo Perfecto, y en su nombre has rebosado de amor, de bondad, de gozo, practicado el bien, Ananda. Esfuérzate ahora y pronto estarás libre de pecado”. Poco antes de expirar, Buda dijo: “Tal vez tengas este pensamiento, Ananda. La palabra ha perdido su Maestro. No tendremos ya Maestro. No penséis así. La Doctrina y la Orden que os he enseñado serán vuestro maestro cuando yo haya partido”. Sus últimas palabras fueron: “Valor, discípulos míos. Todo cuanto sobrevenga, es perecedero. ¡Luchad sin cesar!”. Cerraba la noche. Pero he aquí que el cuerpo y la faz del Sublime resplandecían como si hubieran devenido transparentes. Este reflejo misterioso perduró hasta la exhalación de su último suspiro. Luego, extinguióse bruscamente. Y en el mismo instante, de la copa de los árboles gemelos se desprendió una lluvia de flores que cayó sobre el Buda. Acababa de entrar en el Nirvana. Llegaron entonces las mujeres de Kusínara que habían permanecido alejadas del Maestro, y suplicaron ver al Bienaventurado. Otorgó el favor Ananda, a pesar de las protestas de los demás. Se arrodillaron ellas, junto al cadáver, e inclinadas y sollozantes inundaron de ardientes lágrimas la faz helada del Maestro que en vida les alejara de su presencia. Estos detalles conmovedores, esta aureola discreta que la tradición hace planear sobre la muerte de Buda, evidencian quizá mejor aun que sus postreras pláticas lo que pasaba en el trasfondo de su conciencia y en la de sus discípulos. Como una oleada de lo Invisible, lo maravilloso invadió el vacío del Nirvana. Así las fuerzas cósmicas, relegadas o combatidas por Sakia-Muni como peligrosas, porque veía en ellas las tentadoras del fatal Deseo, aquellas fuerzas que había con celo proscrito de su comunidad y de su doctrina, flores de Esperanza, Lumbre celeste, Eterno-Femenino, tejedoras infatigables de la vida terrestre y de la vida divina, estuvieron presentes en su hora postrera. Sutiles, enlazantes, irresistibles, llegaron rozando y recogiendo el alma del formidable asceta para decirle que no las suprimiría ni las vencería.



VIII
CONCLUSIONES

No es difícil hacer la crítica del budismo desde el punto de vista filosófico. Religión sin Dios, es moral sin metafísica, no tiende puente alguno entre lo finito y lo infinito, entre el tiempo y la eternidad, entre el hombre y el universo. Hallar este puente es el supremo anhelo del hombre, la razón de ser de la religión y de la filosofía. Buda hace emerger el mundo de un deseo de vida ciego y nocivo. ¿Cómo explicar entonces la armonía del Cosmos y la inextinguible sed de perfección innata en el espíritu?. He aquí la contradicción metafísica. Buda reconoce que de día en día, de año en año, de encarnación en encarnación, por la victoria sobre sus pasiones, labora el Yo humano su perfeccionamiento. Pero no le otorga ninguna realidad trascendente, ningún valor inmortal. ¿Cómo explicar entonces todo este trabajo?. He aquí la contradicción psicológica. Da por fin el Buda como ideal y único fin al hombre y a la humanidad el Nirvana, concepto puramente negativo, la cesación del mal por la cesación de la conciencia. Este saltus mortalis en el vacío de la negación, ¿Equivale acaso a la inmensidad del esfuerzo?. He aquí la contradicción moral. Estas tres contradicciones que emanan una de otra encajándose rigurosamente, indican suficientemente la flaqueza del budismo como sistema cósmico. No es menos cierto que el budismo ha ejercido profunda influencia sobre el Occidente. Cuando la religión y la filosofía atraviesan una honda crisis como en la época alejandrina, durante el Renacimiento y en la actualidad, óyese en Europa como un eco lejano y traspuesto del pensamiento budista. ¿De dónde le proviene esta fuerza?. ¿De su doctrina moral y de sus conclusiones?. De ninguna manera. Proviene de que Buda fue el primero en divulgar a la luz del día la doctrina que los brahmanes no pronunciaban más que a media voz en el vedado secreto de sus templos. Esta doctrina es el verdadero misterio de la India, el arcano de su sabiduría. Me refiero a la doctrina de la pluralidad de las existencias y al misterio de la reencarnación. En un libro antiquísimo, durante una reunión, dice un brahmán a su colega: “¿Dónde va el hombre después de la muerte?. Te lo diré, Yainavalkia, respondió el otro; pero sólo nosotros debemos saberlo. Ni una palabra a los demás sobre ello”. Y hablaron de la reencarnación. (“Upanishad de los cien senderos”, citado por Oldenberg). Este pasaje prueba que en cierta época fue considerada esta doctrina como esotérica entre los brahmanes. Tuvieron para ellos excelentes razones. Si no es verdad que fuese más allá en los laboratorios secretos de la naturaleza y el proceso de la evolución universal, no lo es menos que el vulgo pudiera hacer mal uso de ella. Para expresar la singular fascinación, el encanto insinuante y temible que ha ejercido este misterio sobre las almas ardientes y soñadoras, permitidme recurrir a una vieja leyenda índica. Cuenta la leyenda que, en remotísimos tiempos, una Apsara, ninfa celeste, quiso seducir a un asceta que permaneciera insensible a todas las tentaciones de cielo y tierra, recurriendo a una ingeniosa estratagema. Moraba el asceta en una inextricable selva virgen que sobrecogía de terror, a la orilla de un estanque cubierto de toda suerte de plantas acuáticas. Cuando las apariciones celestes o infernales planeaban sobre el espejo de sus ondas para tentar al solitario, bajaba éste los ojos y contemplaba su reflejo en el estanque sombrío. Las imágenes invertidas y deformadas de las ninfas o de los demonios tentadores, bastaban para calmar sus sentidos y restablecer la armonía en su turbado espíritu. Porque aquello le demostraba las consecuencias de su caída en la materia inmunda. La astuta Apsara proyectó, pues, esconderse en una flor, para seducir al anacoreta. De las profundidades del estanque hizo emerger un loto maravilloso. Un loto distinto de todos los demás. Éste, como es sabido, dobla su cáliz bajo el agua durante la noche y no aparece hasta que lo besa el sol. El loto aquel, por el contrario, permanecía invisible durante el día, pero al llegar la noche, cuando la suave luz de la luna deslizábase entre el tupido penacho de los árboles hasta el estanque inmóvil, veíase agitar su superficie, y de su oscuro seno brotaba un gigantesco loto de mil hojas, de blancura deslumbradora, grande como un pomo de rosas. Entonces, de su cáliz de oro, vibrante bajo el rayo inflamado de la luna, emergió la divina Apsara, la ninfa celeste, de cuerpo nacarado y luminoso. Tocaba su cabeza un velo estrellado arrebatado del cielo de Indra. Y el asceta que resistió a todas las Apsaras descendidas directamente del cielo, cedió al encanto de aquella que, nacida de la flor de agua, parecía remontar del abismo, y ser a un tiempo hija de la tierra y del cielo. Del mismo modo que la ninfa celeste sale del abierto loto, en la doctrina de la reencarnación sale el alma de la naturaleza de mil hojas como la última y más perfecta expresión del divino pensamiento. Dicen los brahmanes a sus discípulos: Así como el universo es el producto del pensamiento divino que sin cesar organiza y vivifica, así el cuerpo humano es el producto del alma que lo envuelve a través de la evolución planetaria y de él se sirve como instrumento de trabajo y de progreso. Las especies animales no poseen más que un alma colectiva, pero el hombre es dueño de un alma individual, una conciencia, un yo, un destino exclusivo, garantía de su permanencia. Después de la muerte, liberada el alma de su efímera crisálida, vive una nueva vida más vasta en el esplendor espiritual. Retorna, en cierto modo, a su propia patria y contempla al mundo del lado de la luz y de los dioses, después de haber actuado en su fase humana y sombría. Pero no se halla bastante adelantado para permanecer definitivamente en aquel estado que todas las religiones llaman cielo. Transcurrido un período de tiempo proporcionado a su esfuerzo en la tierra, siente el alma la necesidad de una nueva experiencia para adelantar un paso más. Y vuelve a la encarnación en condiciones determinadas por la vida precedente. Tal es la ley de Karma, o de encadenamiento causal de las vidas, sanción y consecuencia de la libertad, justicia y lógica del placer y de la desdicha, razón de la desigualdad de condiciones, organización de los destinos individuales, ritmo del alma que anhela remontar a su divino origen a través del infinito. Es la concepción orgánica de la inmortalidad en armonía con las leyes del Cosmos. Aparece Buda, alma de profunda sensibilidad, forjada por el tormento de las causas últimas. Al nacer parecía abrumado ya por el peso de multitud de existencias y sediento de paz suprema. La lasitud de los brahmanes, inmovilizados en un mundo estancado, se centuplica en él con un sentimiento nuevo: una piedad inmensa por todos los hombres y el anhelo de arrancarlos del sufrimiento. Es un transporte de sublime generosidad, anhela la salvación de todos. Pero su sabiduría no iguala la grandeza de su alma y su impulso no se halla a la altura de su visión. Una iniciación incompleta le muestra el mundo en su más tenebroso instante. No comprende más que la maldad y el dolor. Ni Dios, ni universo, ni alma, ni belleza, ni amor hallan gracia ante sus ojos. Sueña en sumergir para siempre a los agentes de la ilusión y del dolor en el abismo de su Nirvana. A pesar de la excesiva severidad de su disciplina moral, aunque la piedad que predicara estableciera entre los hombres un lazo de universal fraternidad, su obra fue parcialmente negativa y disolvente. Atestigua este aserto la historia del budismo. Social y artísticamente no ha creado nada fecundo. Donde se instala en bloque, engendra la pasividad, la indiferencia y el descorazonamiento. Los pueblos budistas han permanecido en estado de estancamiento. Los que han desarrollado una actividad sorprendente, como el Japón, ha sido merced a instintos y a principios contrarios al budismo. Buda tuvo, sin embargo, un alto mérito y desempeñó un gran papel al divulgar la doctrina de la reencarnación, que era antes exclusivo patrimonio de los brahmanes. El difundió esta verdad fuera de la India y entró en la conciencia universal. Aunque repudiada oficialmente o velada por la mayor parte de las religiones, no cesa de desempeñar en la historia del humano espíritu su misión de levadura vivaz. Solamente lo que fue para Buda razón de renuncia y de muerte, deviene para las almas enérgicas y para las razas fuertes, motivo de afirmación y de vida. ¡Qué otra modalidad o qué color distinto tomará la idea de la pluralidad de existencias entre los arios y aun entre los semitas que la adoptaron! Sea en las orillas del Nilo, en Eleusis o en Alejandría, ya se trate de los sucesores de Hermes, de Empédocles, de Pitágoras o de Platón, tomará un carácter heroico. No será ya la rueda fatal de Buda, sino una entusiasta ascensión hacia la luz. La India posee las llaves del pasado, pero no las del porvenir. Es el Epimeteo de los pueblos, pero no su Prometeo. Se ha dormido en su sueño. El iniciado ario, por el contrario, aporta a ,1a idea de la pluralidad de las vidas la necesidad de actuación y de desenvolvimiento infinito que arde en su corazón como la llama inextinguible de Agni. Sabe que el hombre no posee más que la tierra que riega con su sudor y su sangre, que no aguarda más que el cielo al cual con toda su alma aspira. Sabe que el universo es una tragedia formidable, pero que la victoria es para los valerosos y los creyentes. La lucha en sí es para él un placer y un aguijón el sufrimiento, y la acepta al precio de los sublimes goces del amor, de la contemplación y de la belleza. Cree en el porvenir de la tierra como en el del cielo. La sucesión de vidas no le atemoriza, a causa de su variedad. Sabe que el cielo esconde en su azul combates sin nombre, pero también felicidades ignotas. Los viajes cósmicos le prometen mayores maravillas aún que los viajes terrestres. Cree, en fin, con el Cristo y su Verbo, en una victoria final sobré la maldad y la muerte, en una transfiguración del mundo y de la humanidad, al cabo de las edades, por el completo descenso del Espíritu en la carne. El antiguo budismo y el pesimismo contemporáneo afirman que todo deseo, toda forma, toda vida, toda conciencia son un mal y que el único refugio es la total inconsciencia. Su felicidad es completamente negativa. El ario considera la lasitud de vivir como una cobardía. Cree en una felicidad activa en la expansión de su deseo, como en la soberana felicidad del amor y del sacrificio. Para él las formas efímeras son mensajeras de lo divino. Cree, pues, el ario en la posibilidad de la acción y de la creación en el tiempo con la conciencia del Eterno. Habiéndolo experimentado y vivido, siente su alma parecida a una nave siempre flotante en medio de la tempestad. Es el único reposo, la divina calma a que aspira. En una palabra. En el concepto ario, la desaparición del universo visible, lo que el indo llama el sueño de Brahmá, no será otra cosa que un sueño inenarrable, un silencio del Verbo recogiéndose en sí mismo para oír cantar las armonías íntimas con sus miríadas de almas y preparándose para una nueva creación.

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Pero no seamos demasiado injustos con la India y su Buda, porque ellos nos han legado el tesoro de la más antigua sabiduría. Tributémosles, al contrario, el culto de la gratitud debida a los más remotos antepasados y a los primitivos misterios religiosos de nuestra raza. Cuando la mujer inda subía a la pira de su esposo y la mortífera llama la alcanzaba, echaba a sus hijos su collar de perlas en postrera señal de despedida. Así la India agonizante, sentada sobre la tumba de sus héroes arios, lanza hacia el joven Occidente la religión de la piedad y la idea fecunda de la reencarnación.


Traducido por Biblioteca UPASIKA