LOS GRANDES INICIADOS
EDUARD SCHURÈ
APÉNDICE: ZOROASTRO (Las etapas del verbo solar)
I
LAS ETAPAS DEL VERBO SOLAR
La religión y la civilización brahmánicas representan la primera etapa de la humanidad postatlante y se resume en una palabra: la conquista del mundo divino por la sabiduría primordial.
Las grandes civilizaciones que siguieron, Persia, Caldea, Egipto, Grecia y Roma, el judeo-cristianismo, el mundo en fin celta-germánico (en plena evolución todavía y del cual formamos parte), representan las diversas fases de adelanto de la raza blanca. En todas estas razas, religiones, civilizaciones y pueblos diversos se infiltra el elemento ario predominante y todas se unifican en un lazo magnético, en una idea que instintivamente las anima y guía.
Esta idea es la conquista de la tierra por la adaptación de lo Divino revelado en la vida. Tal adaptación no es posible sin la progresiva debilitación del instrumento por cuyo medio se llega a descubrir la divina morada, o sea, la comunión espontánea con las potestades cósmicas que llamamos dioses y la visión en los mundos astral y espiritual, que es el mundo interno del hombre y del universo.
Estas facultades creadoras y reveladoras se hallaban ya atrofiadas en la India en la época en que la filosofía especulativa substituyó a la intuición primordial. Habían de oscurecerse y esfumarse más todavía entre las razas arias y semitas del Asia central y de Europa a medida que se desenvolvieron en las facultades intrínsecas de la raza aria, indispensables para el logro y dominio del mundo externo, a saber: rigurosa observación, criterio y análisis, de donde surge el sentimiento de libertad y de independencia individual. Sin embargo, las facultades trascendentales del alma no se extinguen en la humanidad. Perduran en una selección que las desenvuelve y disciplina en secreto, bajo el velo del misterio, resguardadas de las profanaciones y corrupciones del exterior. De aquí la razón de las iniciaciones. Entre esta agrupación auto-selectiva, por las pruebas exigidas, perdura la inspiración divina, aunque varía de modalidad. En lugar de desperdigarse por todo el universo y de desvanecerse en el Infinito como entre los indos, tiende a condensarse y concentrarse en un punto único que nosotros llamamos el Verbo Solar.
El Verbo Solar es el Logos, la divina Palabra que anima nuestro mundo planetario. Al glorificar al sol, no adoraban exclusivamente los primitivos rishis y los poetas védicos al sol físico, sino que presentían tras él al Espíritu animador del astro-rey. Nuestro sistema solar y la tierra, su crisol más denso, en donde el Espíritu y la Materia alcanzan su tensión máxima generando la más ardiente vida, han sido creados por la jerarquía de las potestades cósmicas bajo la inspiración de Dios, infinito e insondable. El Génesis lo expresa admirablemente con la palabra Elohim, que significa Dios de los Dioses.
(Véase la “Bible hébraique restituée”, por Fabre d’Olivet, la “Science secrete”, de Rodolfo Steiner y “L’everfution planetaire et l’origine de l’homme”, del autor). transporta sus rayos a Egipto para posarse sobre la cuna de Belén, ilumina tres Sin embargo, desde el origen, desde el período saturniano de la vida planetaria, el pensamiento divino, el Logos que preside especialmente nuestro sistema solar, tiende a condensarse y a manifestarse por medio de un organismo soberano que será, en cierto modo, su verbo y su candente pira.
Este Dios, este Espíritu, es el rey de los Genios solares, superior a los Arcángeles, a las Dominaciones, a los Tronos y a los Serafines, a un tiempo inspirador y flor sublime de su creación común, cobijado por ellos y con ellos creciendo para superarles, destinado a convertirse en la Palabra humana del Creador, como la luz de los astros es su universal palabra. Tal es el Verbo Solar, el Cristo cósmico, centro y eje de la evolución terrestre.
Este Genio sublime, este Verbo Solar que no debemos confundir con el sol físico (porque es la quintaesencia espiritual de este astro), no puede revelarse súbitamente y de una vez a la débil humanidad. Sólo puede aproximarse a los hombres por etapas sucesivas. Precisa por el momento retener los reflejos y los rayos esparcidos antes de poder soportar la lumbre cegadora. Las primitivas razas, las antiguas religiones, principiaron a presentirlo al través de diversos dioses, como luce el sol tras las nubes o se transparenta la figura humana tras velos cada vez más tenues. Cristo brilla de lejos a través de Indra, llamea para Zoroastro en la aureola de Ormuz, clarea para Hermes en el sol de Osiris, habla a Moisés en la zarza ardiente, y surca como un blanco meteoro en los rojos relámpagos del Sinaí, para encarnarse, por fin, en el maestro Jesús, dulzura humana y esplendor divino. Él se hizo carne para ofrecerse a toda la humanidad como el sol de amor y de resurrección. Así, paulatinamente, el reflejo se convierte en rayo, el rayo en estrella y la estrella en fulgurante sol. La estrella de los magos, que del Asia central transporta sus rayos a Egipto para posarse sobre la cuna de Belén, ilumina tres lugares maravillosos en la sombría batahola de los pueblos precipitados unos sobre otros durante cinco mil años entre el Mar Caspio, el golfo Pérsico y el Mediterráneo.
Estos tres puntos señalan la revelación de Zoroastro en el Irán primitivo: el encuentro de los magos de Babilonia con la imponente figura del profeta Daniel; la visión sublime y terrorífica del sol de Osiris en las criptas de Egipto, anunciando el fin de las monarquías absolutas de Oriente, y la extensión de los Misterios antiguos prediciendo el advenimiento de Cristo.
Estos tres acontecimientos caracterizan tres etapas del Verbo Solar, y simultáneamente, tres pasos gigantescos para la conquista del mundo. Porque permiten entrever, por una parte, el descenso gradual del Cristo Cósmico en la humanidad; y por otra, la obra de tres potentes civilizaciones, Persia, Caldea y Egipto, en que prosigue el impulso ario hacia Occidente.
II
PERSIA
Pasemos de la India al Asia central y contemplemos el país a vista de pájaro. A lo lejos se extienden a nuestros pies el Pamir y el Indo-Kruchs, “Dosel del mundo” y nudo gordiano del continente. Crestas blancas y grises valles. Al norte y al este de aquella amalgama montañosa, el Irán y la Persia forman una alta meseta. Líneas austeras encuadran prolongadas extensiones de grandiosidad soberbia y salvaje. Terreno quebrado, verdes oasis, áridos desiertos que circundan las más enhiestas cimas del mundo.
Uno de los modernos viajeros que mejor ha visto la Persia y sentido palpitar su alma, el Conde de Gobineau, describe así esta comarca altiva: “La Naturaleza ha dispuesto el Asia central como un graderío inmenso en cuya cúspide parece haber tenido a gala, superando las demás regiones del globo, colocar la antigua cuna de nuestra raza”. “Entre el Mediterráneo, el golfo Pérsico y el Mar Negro, el suelo se eleva de estadio en estadio. Enormes macizos en hilera, el Tauro, los montes Gordianos, las cordilleras del Laristán, remontan y sostienen las provincias. El Cáucaso, el Elburz, las montañas de Chiraz y de Ispahan se ayuntan al colosal graderío elevándolos más aún. Esta plataforma inmensa, ostentando en planicies sus extensiones majestuosas por el laclo de los montes Soleyman e Indo-Krusch, finaliza por una parte, en el Turquestán, que conduce a la China, y por otra a las orillas del Indo, fronteras de un no menos extenso mundo”. “La principal característica de esta naturaleza, la evocación que predominantemente sugiere, es el sentimiento de la inmensidad y del misterio”. (Gobineau: “Trois ans en Asie).
Pero abundan al mismo tiempo en ella tales contrastes, que traen a la mente la idea de la lucha y de la resistencia. Pasadas las violentas tormentas primaverales, de mayo a septiembre, el tiempo se mantiene seco y la atmósfera es de una transparencia maravillosa. Los contornos de las montañas y los ínfimos detalles del paisaje, dibújanse con una pureza límpida que no altera la frescura de sus irisados colores vivos. El verano es leve y cálido. El invierno crudo y terrible. El naranjo y el granado crecen al borde de los valles fértiles. Las palmeras dan sombra a las fuentes donde beben las gacelas, mientras las nieves se acumulan en los flancos de las montañas cubiertas de robles y de cedros, morada de osos y de buitres. El viento norte barre sus estepas levantando torbellinos de polvo. Tal es la tierra de adopción de los arios primitivos, de cuyo suelo avaro no brota el agua si no lo hiere la piqueta, ni da fruto más que bajo la reja del arado y el canal irrigador; donde la vida es un perpetuo combate librado contra la naturaleza.
Tal fue la patria de Zoroastro.
III
JUVENTUD DE ZOROASTRO
Hácenle nacer en Bactriana unos y en Ragés la biblica otros, no lejos de la actual Teherán.
Cedo también a Gobineau la descripción de esos lugares grandiosos: “Al Norte se extiende una hilera de montañas cuyas cimas, centelleantes de nieve, se yerguen a majestuosa altura. Es el Elburz, enorme cresta que une el Indo-Krusch con los montes de la Georgia, el Cáucaso índico con el Cáucaso de Prometeo. Dominando esta cordillera, como un gigante, se eleva en los aires el domo inmenso y puntiagudo del Demavend, blanco desde la cima a su falda...”
“No se otean allí detalles que limiten la mente. Sólo un horizonte de matices maravillosos, un cielo que ni lenguaje, ni paleta, ni nada es capaz de describir su fulgor y transparencia; una planicie que, en graduadas ondulaciones, alcanza en ascensión los pies del Elburz, fundiéndose y confundiéndose con sus grandezas”. “De cuando en cuando se arremolinan trombas de polvaredas, se izan, ascienden hacia el cielo pareciendo alcanzarlo con su vértice vertiginoso, y se mueven al azar hasta precipitarse de nuevo sobre la tierra. No es posible olvidar este espectáculo”.
Cuando nació el primer Zoroastro, cuatro o cinco mil años antes de nuestra era (Plinio atribuye a Zoroastro una antigüedad de 1000 años anterior a Moisés. Hermipo, que tradujo sus libros al griego, remonta su existencia a 4000 años antes de la guerra de Troya. Eudoxio, a 6000 años antes de la muerte de Platón), tribus nómadas, salidas de la más pura raza blanca, poblaban el antiguo Irán y la Persia. Pocos conocían el arado y el arte de la labranza, la sagrada espiga que crece enhiesta como un venablo, las cosechas de oro, ondulantes como senos de mujer, haces divinos, puro trofeo del recolector. Vivían otros del oficio pastoril, junto a sus rebaños, pero todos adoraban al sol y ofrecían su sacrificio al fuego, el césped por altar, distribuidos en pequeñas tribus, desaparecidos sus antiguos reyes pontificios. La ciencia moderna, después de los concienzudos estudios de Eugenio Burnouf, de Spiegel, de James Darmesteter y de Harlez, declara que es imposible fijar la época en que vivió el gran profeta iranio autor del Zend Avesta, pero la supone, probablemente allá por el año 2500 antes de J. C. La fecha indicada por Plinio corresponde casi con la época aproximadamente admitida por los modernos orientalistas. Pero Hermipo, que se ocupa especialmente de este asunto, debió poseer, referente a Persia, documentos y tradiciones hoy desaparecidos. La fecha de 5000 años antes de J. C, nada tiene de improbable, dada la prehistórica antigüedad de la raza aria. Pero luego, pasados los siglos, los turanos venidos de las llanuras del Norte y los montes de Mongolia, invadieron la vieja Ariana Vaeya, la tierra de lo$ puros y de los fuertes. Inagotable semillero humano, surgieron los turanios, de la más resistente raza atlante, individuos rechonchos, de amarilla tez y diminutos ojos semicerrados. Forzudos forjadores de armas, caballeros astutos y saqueadores, adoraban también el fuego, no la lumbre que ilumina las almas y unifica las tribus, sino el fuego terrestre manchado de elementos impuros, generador de tenebrosos encantamientos, el fuego que otorga riquezas y poderío, que estimula crueles deseos. Se les creía consagrados a las entidades tenebrosas. Toda la historia de los primitivos arios se reduce a sus luchas con los turanios. Bajo el choque de las primeras invasiones, las tribus arias se dispersaron. Huyeron ante los hombres amarillos, caballeros sobre brutos negros como si se vieran enfrentados por un ejército de demonios. Los más recalcitrantes se refugiaron en las montañas; los demás se sometieron, sufriendo el yugo del vencedor y adoptando su corrompido culto. En aquella época nació, en las montaraces tribus del Elburz, llamado entonces Albordj, un muchacho que hubo por nombre Ardjasp, descendiente de una antigua familia real.
Transcurrió entre su tribu la juventud de Ardjasp cazando búfalos y peleando contra los turanios. Por la noche, bajo la tienda, el hijo del rey desposeído soñaba a veces en restaurar al antiguo reino de Yima (El Rama indo, al que se hace referencia al principio del Zend Avesta, bajo el nombre de Yima y que reaparece en la leyenda persa en la figura de Djemchyd), el poderoso. Pero no era más que un sueño indefinido, porque no disponía para tal empresa de caballos ni hombres, de armas ni fuerza.
Un día, un loco visionario, un santo harapiento de los que han pululado siempre en Asia, un pyr, le predijo que llegaría a reinar sin cetro ni diadema, con más poder que todos los reyes de la tierra, coronado por el sol. Esto fue todo.
Una mañana clara, en una de sus rutas solitarias, llegó Aldjasp a un valle verde y fecundo. Varios erguidos picachos formaban un amplio círculo.
Aquí y allá ahumaban campos de labor. A lo lejos, un pórtico construido con troncos de árbol, dominaba un grupo de chozas, dentro de un cerco de empalizada. Deslizábase un río entre un tapiz de crecido césped, salpicado de silvestres flores. Remontó su cauce y distinguió un bosque de odorantes pinos. En lo más profundo, al pie de un roquedal, dormía una fuente límpida, de incomparable azul.
Una mujer vestida de blanco lino, arrodillada cerca del agua, llenaba un recipiente de cobre. Levantóse luego y colocó el ánfora sobre su cabeza. Tenía ella el soberbio aspecto de las montaraces de tribus arias. Un aro de oro sujetaba sus cabellos negros. Bajo el arco de sus pestañas unidas en el recio nacimiento de su corva nariz, brillaban dos ojos de negrura opaca. Translucían aquellos ojos una tristeza impenetrable y emergían de ellos, de vez en cuando, dárdicos centelleos parecidos a un relámpago azul brotado de una nube sombría.
— ¿A quién pertenece este valle?. — preguntó el cazador extraviado.
— Aquí reina el patriarca Vahumano, guardián del puro Fuego y servidor del Altísimo — contestó la joven.
— ¿Cómo te llamas, noble mujer? — Me dieron el nombre de este río, llamado Arduizur (Fuente de luz). ¡Pero vigila, extranjero!. El maestro ha dicho: Aquel que beba en sus aguas, se abrasará en sed inextinguible. Sólo un Dios podrá apagarla...Una vez más los ojos opacos de la joven se posaron sobre el desconocido. Y él vibró esta vez como una flecha de oro. Luego, volvióse la mujer y desapareció a lo lejos, bajo los pinos odorantes.
Centenares de flores blancas y rojas, amarillas y azules, inclinaban en haces sus pétalos y sus cálices sobre la fontana azul. Ardjasp se inclinó también. La sed le devoraba y bebió a largos sorbos, en el hueco de su mano, el agua cristalina.
Después se fue sin preocuparse ya más de aquella aventura. Solamente le venía de vez en cuando a la memoria el verdeciente valle circuido de picachos inaccesibles, la fontana azul bajo los aromados pinos y la profunda noche de los ojos de Arduizur, lucientes de azulinas claridades y de fulgores áureos.
Pasaron los años. El rey de los turanios, Zohak, venció a los arios. Para sojuzgar a las tribus nómadas se levantó en el Irán, sobre las estribaciones del Indo-Krusch, en Baktra, (La moderna Balk, en Bactriana), una fortaleza, una ciudad de piedra. Allí convocó el rey Zohak a todas las tribus arias para que reconocieran su poderío.
Adjasp rindióse con los de su tribu, no para someterse, sino para mirar al enemigo cara a cara. El rey Zohak, envuelto en una piel de lince, ocupaba un trono de oro colocado sobre un otero alfombrado con ensangrentadas pieles de búfalo. En torno de él, formando amplio círculo, permanecían los caudillos, armados de puntiagudas lanzas. A un lado, un pequeño grupo de arios. Al otro, centenares de turanios. A espaldas del rey, abríase un templo rústico tallado en la montaña como una especie de gruta. Dos enormes dragones de piedra toscamente esculpidos sobre enormes bloques de pórfido, guardaban la entrada y servían de ornamento. En el centro, sobre un altar de basalto, ardía una llama escarlata en la que echaban osamentas humanas, sangre de escorpiones y de toros.
Tras la ardiente pira veíase de cuando en cuando a dos enormes serpientes calentarse en la llama. (De ahí proviene que, en las tradiciones persas del Zer-duscht-Naméh y el Schah-Naméh, se represente al rey Zohak con dos serpientes saliéndole de las espaldas). Tenían patas de dragón y carnosos capuchones de crestas móviles. Eran las últimas supervivientes de los pterodáctilos antediluvianos. Estos monstruos obedecían a las varas de dos sacerdotes. Era el templo Angra-Mayniú (Arimán), señor de las potestades tenebrosas, dios de los turanios.
Apenas llegado Ardjasp con los hombres de su tribu, los soldados condujeron ante el rey a una cautiva. Era una mujer magnífica, casi desnuda. Un jirón de tela cubría apenas su cintura. Los anillos de oro enroscados a sus tobillos indicaban su noble alcurnia. Llevaba los brazos atados a la espalda y gotas de sangre salpicaban su cutis albo. Iba sujeta por el cuello con una cuerda trenzada con crin de caballo, tan negra casi como sus sueltos cabellos, que cubrían su espalda y sus palpitantes senos.
Ardjasp reconoció horrorizado a la mujer de la fuente, a Arduizur. Más ¡Ay!. ¡Cuán distinta aparecía!. Pálida de angustia, no fulguraban ya sus apagados ojos. Bajó la cabeza, con la muerte en el alma.
El rey Zohak dijo — Esta mujer es la más noble cautiva de los arios rebeldes del monte Albordj. La ofrezco al que de vosotros sepa merecerla. Pero es necesario que antes se consagre al dios Angra-Mayniú, vertiendo sangre suya en el fuego y bebiendo sangre de toro. Exijo luego que me preste juramento en vida y muerte colocando su cabeza bajo mis pies. El que esto haga, que tome por esclava a Arduizur. Si nadie la quiere, la ofreceremos como pasto a las dos serpientes de Arimán. Ardjasp vio cómo un largo escalofrío estremecía de pies a cabeza el bello cuerpo de Arduizur. Un caudillo turanio de tez anaranjada y entrecerrados ojos, se adelantó. Ofreció el sacrificio de sangre ante el fuego y ambas serpientes, y bajó la cabeza hasta colocarla bajo los pies de Zohak. Así cumplió el juramento. Semejaba la cautiva un águila herida. Cuando el brutal turanio puso la mano sobre la bella Arduizur, dirigió ésta los ojos hacia Urdjasp. Un dardo azul salió de sus pupilas y un grito de su garganta:
— ¡Sálvame!.
Ardjasp se lanzó espada en mano, contra el caudillo, pero los guardianes de la cautiva le detuvieron con intento de atravesarle con sus lanzas, cuando el rey Zohak gritó:
— ¡Deteneos!. ¡No toquéis a este caudillo!.
Y dirigiéndose al joven ario:
— Ardjasp — dijo —, te otorgaré la vida ofreciéndote esa mujer si me prestas juramento y te sometes a nuestro Dios. Ante tales palabras oprimióse Ardjasp las sienes, inclinó la cabeza y se dirigió hacia los suyos. El turanio retuvo su presa, lanzó otro grito Arduizur, y esta vez Ardjasp se hubiera dejado matar si no le retuvieran sus compañeros oprimiéndole la garganta hasta casi ahogarlo.
Moría la tarde, oscurecióse el sol y Ardjasp no vio más que un río inmenso de sangre roja, la sangre de toda la raza turania que ardía en deseos de verter por la víctima, la divina Arduizur, herida y arrastrada por el lodo. Ardjasp cayó al suelo sin conocimiento.
Cuando el joven jefe recobró los sentidos bajo la tienda donde le transportaron sus compañeros, distinguió a lo lejos a una mujer atada sobre la silla de un caballo. Un caballero montó sobre el bruto, oprimió con sus brazos a la mujer y un séquito de turanios armados de puntiagudas lanzas subidos sobre caballos negros se lanzó en su seguimiento. Y pronto, caballos, grupas, cascos arrojados al viento, desaparecieron tras una nube de polvo con la horda salvaje.
Entonces Ardjasp se acordó de las palabras de Arduizur pronunciadas junto a la fontana luminosa, bajo los pinos odorantes: “Aquel que beba de esta agua será abrasado por una sed inextinguible. Sólo un Dios logrará apagarla”. Sentía sed en la sangre de sus venas, en la médula de sus huesos, sed de venganza y de justicia, sed de luz y verdad, sed de poderío para liberar a Arduizur y al alma de su raza.
IV
LA VOZ DE LA MONTAÑA
Corría el caballo a todo galope por colinas y llanos, hasta que llegó Ardjasp a los montes de Albordj. Entre abruptas rocas vio de nuevo la senda que conducía al valle de florido césped entre nevadas cimas. Al aproximarse a las cabañas de madera vio labradores hendiendo el surco con el arado del que tiraban humeantes caballos. Y la tierra removida a lo largo de los surcos humeaba de placer también bajo la reja del arado y las pezuñas de las caballerías.
Sobre un altar de piedra en pleno campo, había un cuchillo y encima de él un manojo de flores en forma de cruz. Su visión serenó el alma de Ardjasp.
Sentado bajo su tienda, halló a Vahumano, el venerable patriarca, administrando justicia a su tribu. Sus ojos semejaban un sol de plata salido de niveos cimales. Su barba, de verdosa blancura, podía compararse a los liqúenes que recubrían los viejos cedros, en los flancos del Albordj.
— ¿Qué quieres de mí? — preguntó el patriarca al extranjero —. Tú estás enterado del rapto de Arduizur por el rey Zohak, Ardjasp.
— He presenciado su suplicio en Baktra, convertida en presa de los turianos. Tienes fama de noble y de sabio. Eres el último descendiente de los sacerdotes del sol. Tú eres sapiente y poderoso por el favor de los altos Dioses. A ti vengo en busca de luz y de verdad para mí; de liberación y de justicia para mi pueblo.
— ¿Posees la paciencia que desafía al tiempo?. ¿Te hallas presto a renunciar a todo en aras de tu obra?. Porque sólo te hallas al comienzo de las pruebas y sufrirás durante toda tu vida.
— Toma mi cuerpo, toma mi alma — dijo Ardjasp — si con ello puedes ofrecerme la lumbre que sacia y la cuchilla que libera. Sí, dispuesto estoy a todo si puedo lograr por medio de esa luz y esa cuchilla salvar a los arios y arrebatar a Arduizur de su verdugo.
— Entonces, puedo ayudarte — dijo Vahumano —. Habita entre nosotros durante un tiempo. Vas a desaparecer a los ojos de los tuyos. Cuando te vean nuevamente serás otro. A partir de este momento tu nombre no será ya Ardjasp, sino Zarathustra que significa Dorada Estrella o Esplendor del Sol. (Zarathustra es el nombre zenda del que tomaron los griegos la forma posterior de Zoroastro. Los parsis dan al gran profeta ario el nombre de Zerduscht).
Te habrás convertido en apóstol del Ahura-Mazda, aureola del Omnisciente, Viviente Espíritu del Universo.
Así se convirtió Zoroastro en discípulo de Vahumano. (Ciertos cabalistas judíos, algunos gnósticos y los rosacruces de la Edad Media, confunden a Vahumano, el iniciador de Zoroastro, con Melquisedec, iniciador de Abraham). El patriarca, sacerdote del sol, conservador de una tradición que se remontaba a la Atlántida, comunicó a su discípulo cuanto sabía de la ciencia divina y del presente estado del mundo.
La electa raza de los arios — dijo Vahumano — ha caído bajo el yugo fatal de los turanios, excepto algunas tribus montaraces. Pero éstas lograrán salvar la raza entera. Los turanios adoran a Arimán y viven supeditados a su influjo.
— ¿Quién es, pues, Arimán?.
— Existen innumerables espíritus entre cielo y tierra — contestó el anciano —
Infinitas son sus formas, y como el ilimitado cielo, posee el insondable infierno de sus grados. Éste a que te refieres es un poderoso arcángel llamado Adar-Assur (Lo hallamos bajo tal denominación en la tradición asiria de Nínive y la caldea de Babilonia) o Lucifer que se precipitó en el abismo para abrasar a todas las criaturas con el fuego devorante de su antorcha. Es el más grande sacrificado por el orgullo y el deseo, el que busca a Dios en sí mismo aun en el fondo del precipicio. Caído, conserva todavía el divino recuerdo y algún día hallará nuevamente su corona, su perdida estrella. Lucifer es el arcángel de la luz. Pero Arimán (En zenda, Angra-Mayniú. He adoptado en este relato la mayor parte de los nombres de la tradición greco-latina, porque consuenan mejor a nuestro oído y evocan más recuerdos. El concepto de Mefistófeles en el Fausto de Goethe, corresponde exactamente al de Arimán ton la adición del escepticismo y la ironía modernos) no es Lucifer, sino su reverso y su sombra, príncipe de las potestades tenebrosas.
Frenéticamente adherido a la tierra, niega al cielo y no se dedica más que a la destrucción. Ha profanado, los altares del fuego y suscitado el culto a la serpiente, propagador de la envidia y del odio, de la opresión y del vicio, del furor sanguinario. Reina sobre los turanios, atrayendo su genio maléfico. Es preciso combatirlo y derribarlo para salvar la raza de los puros y de los fuertes.
— Pero, ¿Cómo combatir al Invisible si urde su trama en las tinieblas?.
— Volviéndote de cara al sol que se levanta tras la montaña de Hara-Berezaiti. Asciende por el bosque de cedros hasta llegar a la gruta del águila, suspendida sobre el abismo. Allí contemplarás todas las mañanas al sol naciente al emerger de los enhiestos picos. Durante el día, ruega al Señor del Sol que se manifieste en ti. En el transcurso de la noche aguárdale y eleva tu alma hacia los astros, como una lira inmensa. Esperarás durante mucho tiempo a Dios, porque Arimán tratará de interponerse en tu sendero. Pero una noche, en la paz de tu alma, surgirá otro sol más brillante aún que el que inflama las cimas del monte Berezaiti: el sol de Ahura-Mazda. Escucharás su voz y él te dictará la ley de los arios. Cuando hubo llegado la época de su retiro, dijo Zoroastro a su maestro:
— Pero, ¿Dónde hallaré a la cautiva atada en Baktra, arrastrada bajo la tienda del turanio, sangrando bajo su látigo?. ¿Cómo arrancarla de sus garras?.
¿Cómo apartar de mis ojos aquel bello cuerpo atado, salpicado de sangre, que sin cesar grita y me llama?. ¡Ay!, ¿No veré ya nunca a la hija de los arios, la que recoge el agua luminosa bajo los pinos odorantes y cuyos ojos dejaron en mi corazón sus flechas de oro y sus azules dardos?. ¿Cuándo veré otra vez a Arduizur?.
Vahumano permaneció un instante sin decir palabra. Se empañaron sus ojos fijos, embotados como las ramas heladas de los abetos invernales. Una tristeza inmensa parecía pesar sobre el anciano semejante a la que planea sobre las cumbres del Albordj, huido el sol.
Por fin, solemnemente, tendió el brazo derecho murmurando:
— Lo ignoro, hijo mío. Ahura-Mazda te lo dirá... ¡Vé a la montaña!.
El vellón del carnero por abrigo, pasó Zoroastro diez años en el confín del gran bosque de cedros, bajo la gruta, junto al abismo. Nutríale la leche de los búfalos y el pan que los pastores de Vahumano le llevaban de cuando en cuando. El águila que anidaba entre las rocas, encima de su gruta, anunciaba la aurora con sus chillidos. Cuando el astro de oro disipaba las nieblas del valle, llegaba con gran rumor de alas al umbral de la caverna como para ver si el solitario dormía. Luego, describía varios círculos sobre el abismo y partía, rauda, hacia el llano.
Pasaron años, según los libros persas, antes de que oyera Zoroastro la voz de Ormuz y contemplara su gloria. Al principio, le acometía Arimán con sus legiones furiosas. Transcurrían los días tristes y desolados para el discípulo de Vahumano. Terminadas sus meditaciones, los ejercicios espirituales y las plegarias diurnas, pensaba en el destino de los arios opresos y corrompidos por el enemigo. A menudo, veníale también al pensamiento la suerte de Arduizur.
¿Qué sería de la más hermosa ariana en manos del turanio odioso?. ¿Habría anegado su angustia en la corriente de algún río o tolerado su afrentoso destino?. Suicidio o degradación, no cabía otra alternativa. Tan horrible era una como otra. Y Zoroastro vería sin cesar el bello cuerpo sangrante de Arduizur estrujado por las cuerdas. Esta imagen surcaba las meditaciones del profeta incipiente como un relámpago o como una antorcha.
Las noches eran peores que los días. Los sueños nocturnos superaban en horror a los pensamientos de la vigilia. Porque todos los demonios de Arimán, terrores y tentaciones, le asaltaban bajo formas animálicas, terríficas y amenazantes. Un ejército de chacales, murciélagos y serpientes aladas, invadieron la caverna. Sus graznidos, silbidos y susurros le infundían la duda sobre sí mismo, haciéndole temer el resultado de su misión. Pero durante el día, evocaba Zoroastro los millares y millares de arios nómadas oprimidos por los turanios, en secreta revuelta contra su yugo; los altares profanados, las blasfemias y las invocaciones maléficas; las mujeres raptadas y reducidas a esclavas, como Arduizur. Y la indignación devolvía los perdidos ímpetus. Antes de apuntar el alba, trepaba a veces a la cima de su montaña cubierta por los cedros y oía el viento gemir entre sus ramas tensas, como arpas elevadas al cielo. Desde su cima contemplaba el abismo, de escarpadas pendientes verdes, las niveas cumbres erizadas de aguzados picos y a lo lejos, bajo una bruma rosada, la llanura del Irán.
Si la tierra, decíase Zoroastro, posee la fuerza para elevar con tal empuje su millar de senos hacia el infinito, ¿Por qué no he de poseer yo el poder de sublevar a mi pueblo con parecido impulso?. Y cuando el esplendor del astro rey doraba la nieve de los cimales, disipando con un solo rayo semejante a hendiente lanza las brumas del abismo, Zoroastro creía en Ormuz.
Y rezaba todas las mañanas lo que Vahumano le enseñara: “Levanta, ¡Oh rútilo sol!. ¡Asciende con tus caballos raudos sobre el Hara-Berezaiti, y alumbra al mundo!”.
Pero Ormuz no llegaba. Los sueños nocturnos devenían cada vez más espantosos. Asediábanle los más horribles monstruos, y tras su inquieta oleada, una sombra aparecía vestida con largos cendales negros, velado el rostro con oscuro manto, como su cuerpo. Permanecía inmóvil y parecía contemplar al durmiente. ¿Era la sombra de una mujer?. No podía ser Arduizur. La figura blanca que iba por agua a la fontana azul, no tendría aquel siniestro aspecto. Aparecía y desaparecía, perpetuamente inmóvil, siempre velada, fija la oscura máscara de su rostro sobre Zoroastro.
Durante un mes llegaba todas las noches sobre la agitada ola demoníaca; por fin pareció que se aproximaba y se enardecía. Tras su velo oscuro, centelleaba con fulgores fugitivos un cuerpo nacarado, de fosforescente hermosura. ¿Era una tentadora enviada por Arimán, una de aquellas larvas que inducen a los hombres a lúbricos amores entre las tumbas marmóreas, bajo los cipreses de los cementerios?. No. Revelaba la velada sombra demasiada majestad y pesadumbre. Una noche, sin embargo, inclinóse sobre ti y al través de su velo negro salió de su boca un aliento cálido que recorrió las venas del vidente como un río de fuego.
Y Zoroastro despertó sudoroso, lleno de angustia, en su lecho de hojarasca, bajo su piel de búfalo. No percibía en la noche más que el aullar del viento en el profundo abismo, al arremolinarse en ráfagas y torbellinos, del viento desesperado que respondía a la voz áspera y salvaje del torrente. Pero poco a poco, mes tras mes, en sus visitas espaciadas, se aclaraba la sombra femenina. De negra se convirtió en gris, luego devino blanquecina y parecía traer con ella rayos y flores, porque entonces llegaba sola. Había logrado expulsar a los demonios de su rosado nimbo. Un día se mostró casi transparente en la lumbre de un alba incierta y tendió los brazos hacia Zoroastro como en un gesto de inefable despedida. Y permaneció así mucho tiempo, silenciosa y velada. Luego, cambiando de expresión, señaló el sol naciente. Volvióse después y se diluyó en su fulgor propio, como absorbida y embebida en su radiación. Despertó Zoroastro y anduvo hasta el extremo de la gruta que bordeaba el abismo. Era pleno día. El sol lucía en lo alto del firmamento. En aquel instante, aun sin distinguir en lo más mínimo las facciones de la Sombra, tuvo el solitario el sentimiento irrecusable de que aquel fantasma era el alma de Arduizur y que no volvería a verla en este mundo. Permaneció largo tiempo inmóvil. Un dolor agudo le punzaba y un caudal de lágrimas silentes corrió de sus ojos, que el frío cuajaba entre su barba. Después ascendió a la cumbre. El sol de primavera derretía las estalactitas de hielo pendientes de las ramas de los viejos cedros. La nieve cristalizada centelleaba en las cimas de la cordillera del Albordj como si llorara lágrimas de hielo.
Los tres días y las tres noches siguientes representaron para Zoroastro la máxima hondura de su desolación. Vivía la Muerte no suya, sino la de todos los seres. Vivía en Ella y Ella en él. Nada esperaba ya. No invocaba a Ormuz y no hallaba reposo más que en el desgarramiento de todo su ser, caminando hacia la inconsciencia.
Más he aquí que durante la tercera noche, en lo más profundo de su sueño, oyó una voz inmensa, semejante al retumbar del trueno, que acababa en melodioso murmullo. Luego, se precipitó sobre él un huracán de luz con tal violencia, que creyó desprendida el alma de su envoltura. Sentía que la cósmica potestad que le frecuentaba desde su infancia, que le había como acogido en su valle, para transportarle a la cima, que el Invisible, y el Innominado iban a manifestarse a su inteligencia por medio del lenguaje con que hablan los dioses a los hombres.
El Señor de los espíritus, el rey de reyes, Ormuz, el verbo solar, se le apareció en forma humana. Revestido de hermosura, potente y luminoso, fulguraba sobre su ígneo trono. Un toro y un león alados soportaban por ambos lados el sitial y un águila monstruosa tendía sus alas bajo su base. A su alrededor resplandecían, formando tres semicírculos, siete querubines de alas de oro, siete Elohim de azules alas y siete Arcángeles de alas purpurinas. (En el Zend Avesta se llama a los Querubines Ameshas-pendas, a los Elohim Yzeds y a los Arcángeles Feruers). De vez en cuando, un relámpago partía de Ormuz, penetrando en sus tres mundos de luz. Entonces los Querubines, los Elohim y los Arcángeles relucían como el mismo Ormuz en su blanca fulguración para tomar pronto de nuevo su color propio. Anegados en la gloria ele Ormuz, manifestaban la unidad de Dios; lucientes como el oro, la púrpura y el azur, devenían su prisma.
Y Zoroastro oyó una voz formidable, aunque melodiosa y vasta como el universo, que decía:
— Soy Ahura-Mazda, el que te ha creado y elegido. Ahora escucha mi voz, ¡Oh Zarathustra! el mejor de los hombres. Te hablaré día y noche y te dictaré la palabra de Vida. (Zend Avesta significa, en lengua zenda, “palabra de Vida”).
Entonces tuvo una cegadora fulguración de Ormuz con su trino círculo de Arcángeles, de Elohim y Querubines. El grupo se hizo inmenso llenando toda la amplitud del abismo y ocultando las puntiagudas cimas del Albordj, palideciendo a medida que se alejaba para invadir todo el firmamento. Durante breves instantes, cabrillearon las constelaciones al través de las alas de los Querubines. Luego todo se diluyó en la inmensidad. Pero el eco de la voz de Ahura-Mazda resonaba aún en la montaña como un trueno lejano que al apagarse vibraba como broncíneo escudo. Zoroastro cayó de bruces. Cuando despertó se hallaba de tal manera aniquilado, que se guareció en lo más oscuro de su gruta.
Entonces el águila que anidaba en su cima salió del abismo donde en vano oteó su presa y se posó confiadamente a breves pasos del solitario, como si el ave real de Ormuz reconociera al fin a su profeta. Por el dorso del ave goteaba la lluvia. Alisó con su pico las plumas ásperas. Luego, al reaparecer tras una nube el astro del día, tendió a secar sus alas y miró fijamente al sol.
A partir de aquel momento, cada día oyó Zoroastro la palabra de Ormuz. Hablábale día y noche como una voz interior por medio de imágenes ardientes, expresión de los vivos pensamientos de su Dios. Mostróle Ormuz la creación del mundo y su propio origen, es decir, la manifestación de la viviente palabra en el universo, (En la religión de Zoroastro, dice Silvestre de Sacy) las jerarquías o potestades cósmicas, la necesaria lucha contra Arimán, enemigo de la obra constructiva, espíritu del mal y de la destrucción, y los medios de combatirlo por medio de la plegaria y del culto del fuego. Le enseñó a luchar contra los demonios por medio del pensamiento vigilante y contra los impuros (los turanios) por medio de las armas consagradas. Instruyóle en el amor del hombre por la tierra y en el amor de la tierra por el hombre que la cultiva, su contribución en el esplendor de las cosechas, su gozo de ser laborada y sus poderes secretos convertidos en bendiciones para la familia del labrador.
Todo el Zend-Avesta no es más que una larga plática entre Ormuz y Zoroastro: “¿Qué es lo más agradable de la tierra?. Ahura-Mazda responde: Un hombre puro hollándola. Y en segundo lugar, ¿Qué de más bello hay en la tierra?. Un hombre puro construyendo una morada provista de fuego, habitada por mujer e hijos con ganado y rebaños bellos. Se evidencia que, excepción hecha del tiempo, todo ha sido creado: el tiempo es el creador, porque no tiene límites. Carece de dimensión y de principio; ha sido siempre y eternamente será. A pesar de esas excelentes prerrogativas que posee el tiempo, nadie le había concedido el atributo de creador. ¿Por qué?. Porque nada ha creado. Después generó el fuego y el agua.
Cuando los puso en contacto, vino Ormuz a la existencia. Y desde entonces fue el tiempo señor y creador, por la creación que acaba de ejecutar. Porque existe en tal morada abundancia de rectitud. (Tercer “fargard” del Vendidad-Sadé (1-17).
Y Zoroastro, por la voz de Ormuz, oyó la respuesta que da la tierra al hombre que la respeta y labora: “Hombre, te sostendré siempre y vendré a ti. Y la tierra se le brinda don sus olores buenos y su vaho benéfico y el brote naciente de trigo verde y la cosecha espléndida.
Al contrario del pesimismo budista y de la doctrina de la no-resistencia, hay en el Zend-Avesta (eco de las íntimas revelaciones de Zoroastro) un optimismo sano y una combatividad enérgica. Ormuz condena la violencia y la injusticia, pero impone el valor como la primordial virtud del hombre.
En el pensamiento de Zoroastro se percibe la continua presencia del mundo invisible, de las jerarquías cósmicas, pero toda la atención se concentra en la actividad, en la conquista de la tierra, en la disciplina del alma y en la energía de la voluntad.
El inspirado profeta del Albordj tenía la costumbre de anotar sus internas revelaciones sobre una piel de cordero, con un estilete de madera templado al fuego, en forma de caracteres sacros que le había enseñado Vahumano.
Más tarde anotaron sus discípulos los ulteriores pensamientos como prolongación de sus dictados, y aquello fue después el Zend-Avesta, escrito en sus comienzos sobre piel de animales como debió escribirse el Koran de los árabes y conservado en una especie de arca santa, de madera de cedro, guardaba la cosmogonía, las oraciones y las leyes con las ceremonias del culto.
V
EL GRAN COMBATE
Cuando, después de diez años de soledad y de meditación, regresó de nuevo Zoroastro a su tribu natal, los suyos apenas le reconocieron. Una llama bélica brotaba del misterio de sus grandes ojos y una soberana autoridad emanaba de su palabra. Convocó a su tribu y a las vecinas tribus arias para incitarlas a la pelea contra los turanios. Pero simultáneamente les anunció su revelación, el Zend-Avesta, el viviente verbo, la palabra de Ormuz.
Esta palabra convirtióse en el centro animador de su obra. Purificación, trabajo y lucha, tales fueron las tres disciplinas. Purificación del espíritu y del cuerpo por la plegaria y el culto del fuego, a quien llama “hijo de Ormuz”, que entraña el primordial aliento de Dios. Trabajo de la tierra con los útiles de labranza y el cultivo de los árboles sagrados, el ciprés, el cedro y el naranjo; trabajo coronado de amor con la esposa, sacerdotisa del hogar. Lucha contra Arimán y los turanios enemigos. La vida de los arios, bajo la guía de Zoroastro, fue de este modo un interminable velar de armas, un combate incesante ritmado y dulcificado por las tareas campestres y los goces másculos del hogar. Los himnos a Ormuz embellecían el cotidiano sacrificio del fuego. La primitiva ciudad fundada por Zoroastro convirtióse en floreciente urbe y fortaleza. Sembrábase arco en mano y dardo al cinto. Laborábase el campo de batalla y se cosechaba durante los días de paz. Se avanzaba lentamente. Sobre cada solar conquistado, mandaba erigir Zoroastro el cerco de empalizada, germen de una ciudad futura, y en el centro, el altar de fuego bajo un pórtico rodeado de cipreses, a menudo cercano a una fuente. Se instituyeron los mobeds o sacerdotes y los destores, o doctores de la ley. Se prohibió, bajo pena de muerte, dar las hijas por esposas a los turanios y tomar las hijas de ellos por esposas. Zoroastro dio por símbolo a sus bélicos labradores los animales sagrados, sus compañeros y colaboradores: el perro fiel, el caballo presto, el gallo vigilante. “¿Qué nos dice el canto del gallo?. Levántate, es de día. El que antes madruga, entra en el paraíso”.
Como todos los verdaderos iniciados, no ignoraba Zoroastro la ley de la reencarnación, pero jamás hablaba de ella. No pertenecía a su misión revelarla. Esta idea hubiera retrasado a la raza aria en su labor cercana: la conquista del suelo por medio de la agricultura y la cristalización de la familia. Pero enseñaba a sus adeptos el principio del Karma en su forma elemental, es decir, que la vida futura es consecuencia del presente comportamiento. Los impuros van al reino de Arimán. Los puros ascienden por una senda luminosa construida por Ormuz, luciente como un diamante, estrecha como el filo de una espada. Al extremo les aguarda un ángel alado, bello como una virgen quinceañera, que les dice: “Soy tu obra, tu verdadero yo, tu propia alma esculpida por ti mismo”. (Véase en el Zend-Avesta (traducción de Anquetil-Du-perron. el heroico descubridor de la lengua zenda y la primitiva religión persa) el relato de cierta tentación de Zoroastro por Agra-Mayniú (Arimán), seguido por los medios de combatirlo, valiéndose de plegarias e invocaciones. Acaba el capítulo con una descripción del juicio del alma entrevisto por Zoroastro en una especie de visión. (Vendidad-Sadé - 19? fargard). Asaltaba de vez en cuando a Zoroastro una honda tristeza invencible. La terrible melancolía de los profetas, abrumador rescate de sus éxtasis. Su misión era vasta como los horizontes del Irán, donde las montañas galopaban tras las montañas, donde las llanuras ocultábanse tras las llanuras. Pero cuanto más le atraía Ahura-Mazda, más se alejaba la grandeza del profeta del corazón de los hombres, aun conviviendo y luchando en medio de ellos. A veces, durante atardeceres otoñales, desfilaban ante él las mujeres transportando las cosechas en gavillas. Algunas se arrodillaban y ofrecían sus haces de trigo al profeta sentado sobre una piedra, junto al altar campestre.
Tendía el brazo hacia alguna de ellas murmurando algunas frases. Contemplaba sus recias nucas y sus brazos, bronceados por el sol. Alguna que otra le recordaba a Arduizur, pero ninguna poseía la luciente blancura de la virgen que iba por lumbre a la fontana azul, ninguna la majestad de su porte, ninguna su semblante de hija de rey, ninguna su mirar de águila herida que penetraba como un dardo, ninguna la armonía de su voz que emergía como una onda de cristal. La oía aún cuando clamaba: “¡Sálvame!”.
¡Y no había podido salvarla!. Aquel grito terrible había impulsado al fogoso mancebo, convertido en Zoroastro, hacia el sabio Vahumano. Merced a aquel grito había él sublevado a su tribu y despertado a toda la raza de los arios a su propia conciencia, por medio de una lucha a vida o muerte. De aquel grito de mujer angustiada, había nacido su obra. Pero Ella... Arduizur, ¿Dónde languidecía, viva o muerta?. Zoroastro, que sabía tantas cosas, lo ignoraba. A pesar de tantas plegarias, Ahura-Mazda no se lo había revelado. Una sombría nube de dolor velaba su secreto.
VI
EL ÁNGEL DE LA VICTORIA
Después de cuarenta años de tumultuosas luchas y de innúmeras peripecias, Zohak, rey de los turanios, que no había cesado de hostigar a los vencedores, apareció muerto en su fortaleza, asaltada por los arios. Zoroastro proclamó rey a Lorasp e instauró el culto de Ormuz en Baktra, luego de haber mandado descuartizar a las dos serpientes y cubrir de bloques y de arena la caverna donde se celebraba el infame culto de Arimán.
Cumplida así su obra fuese de nuevo a su retiro para que Ormuz le comunicara el porvenir de su raza y transmitir luego la revelación a los suyos. Y ordenó a tres de sus mejores discípulos que, transcurrido un mes, reuniéranse en el monte Albordj para recibir sus últimas instrucciones.
Quería Zoroastro acabar sus días en la montaña donde oyera por vez primera la voz de Ormuz, porque sabía que allí le comunicaría su Dios su postrer mensaje. Pero antes de abandonar este mundo, recomendó a sus fieles, como conclusión y resumen del Zend-Avesta: “Vosotros que me escucháis, no prestéis nunca atención a Arimán, la apariencia de las cosas y de las tinieblas, sino atended al fuego original, la Palabra, Ahura-Mazda y vivid en él. Los que me oigan no se arrepentirán en el fin de los tiempos”. (Ahura-Mazda, halo solar, representa aquí la corona de divinos espíritus, creadores del sol y que forman su aura, vivificada por Ormuz. Esta aureola espiritual es, en cierto modo, la viviente alma del astro rey en el pensamiento mazdeísta).
Cuando llegó Zoroastro a su caverna, en los primeros días de primavera, caía aún la nieve sobre el Albordj y el viento rudo azotaba las cimas blancas y los cedros silvestres. Los pastores que le condujeron, encendieron fuego y se fueron.
Y el profeta, fatigado y decaído por tantas jornadas, soñó, contemplando el danzar de las llamas transparentes y rojas sobre la tea resinosa.
Evocó todos los acontecimientos de su vida como en un cuadro único. Revivióla como abundoso manantial, desde su origen a su desembocadura. El claro riachuelo montesino se había convertido en amplio cauce y éste en impetuoso río deslizándose sobre la arena, espumeando al chocar contra las rocas.
Junto a su caudal emergieron urbes, y navios surcaron sus aguas. ¡Y he aquí que su majestuosa corriente sumergíase en la inmensidad del Océano!... Había cumplido su tarea. Los arios ya eran libres.
Pero no obstante, ¿Qué porvenir aguardaba a su raza?. Se iniciaba la noche y hacía frío. El anciano profeta tiritaba junto al hogar. Entonces exclamó: “¡Oh divino Señor Ormuz, heme aquí próximo al fin!. Nada me queda. Todo lo he sacrificado a mi pueblo. He obedecido a tu voz. Para convertirse en Zoroastro, Ardjasp renunció a la divina Arduizur... ¡y Zoroastro no ha vuelto a verla!. Se ha desvanecido en el ilimitado espacio y el Señor Ormuz no la ha devuelto a su profeta. Todo lo he sacrificado a mi raza para que posea hombres libres y esposas nobles. Pero ninguna de ellas tiene el esplendor de Arduizur, la áurea llama que emanaba de sus ojos... ¡Hazme conocer, al menos, el porvenir que aguarda a los míos!...”.
Y murmurando estas palabras, percibió Zoroastro el retumbo de un trueno lejano junto con la vibración de mil broncíneos escudos. Aumentó el fragor a medida que se aproximaba y fue al fin terrible. Temblaban todas las montañas y la voz del Dios airado parecía querer descuajar la cordillera del Albordj. Zoroastro no pudo menos de gritar: “¡Ahura-Mazda, Ahura-Mazda!”. Y el profeta, lleno de terror, cayó desvanecido contra el suelo, bajo el influjo de la retumbante voz de la altura. Y pronto contempló Zoroastro el máximo esplendor de Ormuz, como lo viera en los primeros días de su revelación, aunque sin su corona de ferueres y de ameshaspentlas. Solamente los tres animales sagrados, el toro, el león y el águila, sostenían su ígneo trono, fulgurando a los pies de Ormuz. Y Zoroastro oyó la voz de su Dios recorrer los espacios, repercutiendo en su corazón:
— ¿Por qué — decía — ansias haber lo que sólo pertenece a tu Dios?.
Ningún profeta conoce por entero los pensamientos del Verbo. No dudes jamás de Ahura-Mazda, ¡Oh Zoroastro!, el mejor de los hombres. Porque en mi balanza está el destino de todos los seres y aun el tuyo. ¿Quieres conocer el porvenir de tu raza?. Observa, pues, lo que harán los pueblos de Asia de los tres animales que sostienen mi trono. La fulgurante visión de Ormuz desapareció y Zoroastro se sintió transportado en espíritu hacia futuras edades. Volando a través del espacio, vio a sus pies el desfilar tumultuoso de las montañas y la fuga procelosa de los llanos, como el descorrer de un gran libro enrollado. Distinguió al Irán hasta el Mar Caspio, Persia junto al Tauro y el Cáucaso; Mesopotamia cerca del Golfo Pérsico. Vio primero una flota de turanios arrebatar de nuevo la fortaleza de Baktra y profanar el templo de Ormuz. Luego, junto a las orillas del Tigris, vio levantarse la orgullosa Nínive, con multitud de torres, templos y palacios. Un gigantesco toro alado con cabeza humana, símbolo de su poderío, posábase sobre el arco de la ciudad. Y Zoroastro observó que el toro se transformaba en búfalo salvaje y asolaba las llanuras, pisoteaba los pueblos cercanos, de los cuales los puros arios huían en masa en dirección al Norte.
Vio después, ciudad más vasta todavía, cercana al Eufrates, elevarse con su doble muralla y sus pirámides, la inmensa Babilonia. En el interior de uno de sus templos, dormía, enroscada, una colosal serpiente. El águila de Ormuz hendiendo los aires intentó atacarla. Pero la serpiente, erguida, rechazóla con su soplo de fuego y se fue vertiendo su veneno sobre los pueblos circundantes. Por fin vio Zoroastro al león alado avanzar victorioso a la cabeza de un ejército de persas y medos. Pero súbitamente el rey del desierto transmutóse en tigre feroz que devoraba a los pueblos, destrozando a los sacerdotes en lo profundo de los santuarios consagrados al sol, a orillas del Nilo. Despertó Zoroastro de su sueño, lanzando un grito de horror: “Si tal es el porvenir que amenaza a los arios, la raza de los puros y de los fuertes ―clamó el profeta —, he combatido en vano. Si así se cumple, desenvainaré mi espada que hasta el presente ha permanecido limpia de sangre enemiga, para templarla en sangre turania. Aunque viejo, avanzaré solo hacia el Irán para exterminar hasta el último de los hijos de Zohak. Para evitar la destrucción de mi pueblo me convertiré en la presa de Arimán... como la noble Arduizur.
Entonces la voz de Ormuz se elevó como un leve murmullo, como el soplo de la brisa entre las ramas de los altos cedros, y dijo: “¡Detente, hijo mío!. ¡Depón tus ímpetus, gran Zoroastro!. No debe tu mano empuñar jamás la espada. Tu misión está cumplida. Asciende a la cumbre de la montaña desde donde se ve asomar al sol tras las crestas del monte Berezaiti. Has visto el porvenir con mirada de hombre; ahora lo contemplarás con los ojos de los Dioses... Allí brilla la justicia de Ormuz y te aguarda el Ángel de la Victoria”.
— ¡Es la muerte! — murmuró la voz de Arimán desde el abismo tenebroso.
— ¡Es la resurrección!. — clamó la voz de Ormuz desde el cielo.
Y pronto percibió Zoroastro una especie de luminosa arcada que, partiendo de sus pies, se elevaba hacia el firmamento, aguda como el filo de una espada, luciente como diamante...Arrebatada de su cuerpo, como si fuera conducida por un águila, ascendió su alma...En lo más alto una mujer soberbia, revestida de luz, permanecía de pie sobre el puente Tinegad, reluciente de majestad y de sobrehumana dicha.
Como dos astros albos le brotaron las alas. Y tendió al profeta una copa de oro de la que desbordaba espumeante brebaje. Parecióle a Zoroastro que la había conocido eternamente y por ello no pudo nombrarla. Tan refulgente era el esclate de su maravillosa sonrisa.
— ¿Quién eres, Oh prodigio?.
— ¡Oh Maestro!. ¿No me conoces?. Soy Arduizur...Tu creación. Soy más que tú mismo. Soy tu alma divina... Porque tú me has salvado, ¡tú me has llamado a la vida! Cuando, ciega de horror y de cólera, asesiné a mi raptor, el caudillo turanio, cuando fui despues apuñalada por sus hermanos, erró mi alma mucho tiempo entre tinieblas. Fui la sombra que te visitaba. Te perseguía en medio de mi desconsuelo, de mis remordimientos, de mis deseos... Pero tus plegarias, tus súplicas y tus lágrimas, me elevaron poco a poco del reino de Arimán. Sobre el incienso de tu amor, sobre el relampaguear de tus pensamientos, he ascendido y me he aproximado al esplendor de Ormuz. ¡Vamos por fin a beber en la copa de la vida inmortal, en la fuente de la luz!...
Y la bella Arduizur, transfigurada en el Ángel de la Victoria, se lanzó en brazos de Zoroastro, como la esposa en brazos del esposo, mientras aproximaba a sus labios la espumeante copa de la eterna juventud. Entonces le pareció al profeta que una radiosa oleada de fuego le sumergía por entero. Y en el mismo instante, fundióse Arduizur para compenetrarse con su salvador. Ahora Arduizur late en el corazón de Zoroastro. Mira al través de los ojos de él y él en los suyos. Y ambos contemplan la gloria de Ormuz. En lo futuro, no serán más que uno. Zoroastro sabe que Arduizur puede alejarse sin separarse de él o diluirse en su esencia sin dejar de ser ella.
De súbito, dirigiendo su mirada a la tierra, vio el profeta a los arios avanzando en luengas caravanas, en tribus o grupos. Arduizur, al frente, los guiaba hacia Occidente... ¡Arduizur, convertida en el Alma de la raza blanca!.
Cuando los tres discípulos fueron al encuentro de su Maestro, no lo hallaron. En la gruta, no quedaba más que su silvestre báculo y el cubilete de oro con el que vertía al fuego el licor fermentado.
En vano buscaron doquiera. En la cumbre no había tampoco huella alguna del profeta. Su águila compañera planeaba solitaria sobre el abismo. Cuando rozaba con fuerte batir de alas el umbral de la caverna, parecía buscar todavía al hermano de sus soledades, el único hombre que osara, como ella, contemplar de frente al sol.
Traducido por Biblioteca UPASIKA
